Harry vio a Draco agregar un par de ingredientes más a su caldero antes de que éste echara humo de manera discreta. El rubio movió entonces el contenido de su caldero tres veces en dirección a las manecillas del reloj y dos más al contrario y Harry se puso de pie desde su propio escritorio hasta el de su amigo para extenderle las raíces que con tanta delicadeza y precisión había cortado. Draco le sonrió recibiendo las raíces y las agregó lentamente hasta que su poción se tornó de un color verde bastante agradable. El vapor que soltaba la poción era espeso, pero se filtraba gracias a un encantamiento que Draco había colocado en la habitación.

Las clases en Hogwarts se estaban volviendo especialmente pesadas para los alumnos de cuarto año, a quienes comenzaban a prepararlos para los TIMO del siguiente año. No era que Harry y Draco no estuviesen lo suficientemente adelantados en todas las materias, era más bien que la carga de tareas era tan excesiva que se contaba con muy poco tiempo libre para cualquier otra actividad fuera de la escolar. Tenían tareas pendientes de artimacia, pociones, herbología y encantamientos. ¡Si hasta Hagrid había dejado una cantidad extraordinaria de deberes!

Sin embargo, la clase más importante, y la que los tenía a todos más estresados, era la clase de pociones donde Snape había decidido examinar sus conocimientos. El asunto era que Snape había decidido colocar en sus asientos un pequeño frasco con jugo de calabaza y veneno letal. El veneno tardaría poco más de tres horas en hacer efecto, el tiempo suficiente para crear el antídoto. Debían identificarlo por el cambio de sabor y de textura del jugo de calaba, y luego, basándose en eso, intentar salvar sus vidas. Por supuesto, nadie iba a morir realmente, pero la humillación que significaría sofocarse frente a todos por la ineptitud de poder identificar venenos que llevaban estudiando desde el curso pasado era palpable.

Harry no tenía demasiados problemas, podía identificar los venenos, aunque a la hora de preparar el antídoto se viese metido en problemas. Draco por su parte estaba convencido de poder identificarlo sin si quiera beberlo y de crear el antídoto en menos de una hora. Sin embargo, era obvio que no todos tenían su misma seguridad. El arte de las pociones era realmente difícil y muy pocos lo dominaban realmente bien. Incluso Hermione tenía unos cuantos problemas con la materia, y Neville Longbottom ni se diga. El pobre temía tanto que Snape lo dejase morir al creerlo un inútil que Ron decía que podía escucharlo sollozar por las noches mientras revisaba una y otra vez todos sus apuntes de pociones.

El líquido dentro del caldero de Draco se volvió entonces del color de mercurio y dejó de emitir vapores. El rubio se inclinó sobre su caldero y apagó el fuego del mechero, aspirando el aroma. Harry no necesitó hacer memoria para saber que aquel color y olor era el que debía tener la poción y sonrió satisfecho. Draco jamás cometía un error, sus habilidades en pociones eran tan innatas como las de Harry en defensa. Mezclaba todos los ingredientes con la paciencia y la experiencia de un maestro, mezclaba y dejaba que el fuego hiciera su trabajo. Hacía sus propias notas y modificaba las pociones que él creía que podían ser mejoradas y Harry creía que solo era cuestión de tiempo para que Draco Malfoy superara a Severus Snape como maestro pocionista.

—¿Has prestado atención? —le preguntó el rubio.

—Hasta he tomado notas —le respondió mostrándole su pergamino—. Apuesto a que Snape eme pondrá el veneno con el antídoto más difícil de hacer.

—Yo no estaría tan seguro. Recuerda que compartimos clase con Longbottom... últimamente parece más distraído que de costumbre...

—Ron me ha dicho que es culpa de Moody, al parecer lo altera escuchar sobre imperdonables —dijo Harry limpiando el área de trabajo de Draco con un movimiento de varita. Draco lo miró en silencio.

—¿No lo sabes, cierto? —Harry alzó la ceja—. Los padres de Longbottom fueron torturados por mi tía Bellatrix con la cruciatus, se las aplicó tantas veces que ahora se encuentran internados en San Mungo, enloquecieron.

—Bueno —dijo Harry encogiéndose de hombros y volviendo a su escritorio—. Mis padres murieron por un avada y no voy llorando por los pasillos. Neville es patético, si quieres mi opinión.

—Si, lo es —aceptó Draco.

Alguien tocó la puerta.

—Adelante— dijo Harry y Pansy apareció por el umbral.

—¿Lo han oído? —preguntó entusiasmada—. Los chicos de Beauxbatons y Durmstrang llegan mañana para la selección de los campeones, la clase con Snape se cancela para poder darles la bienvenida. Escuché que el favorito de Hogwarts es Cedric Diggory, ahora que Potter no puede participar, claro está. Bueno, solo era eso —la chica se acercó a Draco con la intención de besarlo en la boca pero el rubio giró rápidamente la cabeza, recibiendo el beso en la mejilla.

—Bunas noches, Pansy —le dijo prácticamente corriéndola. Con aquella voz que poco a poco le cambiaba.

Harry fingió que no les prestaba atención y se dirigió a al baño para tomar una ducha antes de dormir. Poco a poco había aprendido a manejar aquella furia ciega que le invadía cuando veía a su mejor amigo y a su novia. Y es que si algo le había quedado verdaderamente claro, era que Draco no volvería a tratarlo como lo haría una pareja. No habrían besos, no abrían abrazos que fueran más allá de lo fraternal. Y todo era culpa suya.

Sim embargo, recuperar todo eso podía ser fácil, si tan solo el chico dorado de Slytherin se decidiera actuar, si tan solo decidiera aceptar que aquello que sentía por Draco iba más allá de una amistad. Pero no podía y estaba aterrado. Su cuerpo adolecente reaccionaba positivamente a los estímulos visuales que Draco le ofrecía cuando se cambiaba frente a él o cuando simplemente le sonreía. Sabía que seguramente sería sumamente perturbador que Draco descubriera cuando deseaba tenerlo cerca. Estaba consciente de que nadie quería ser acosado por alguien de su mismo sexo y sin embargo no podía evitarlo. A cada día que pasaba, más trabajo le costaba mantenerse a raya, Draco para él era sumamente atractivo, le gustaba muchísimo y solo desea poder sentir sus labios una vez más.

Vivir en un mundo donde las relaciones entre dos chicos no eran aceptadas solo hacía que el asunto se tornara más atractivo. Lo imposible, lo prohibido lo tentaba de sobre manera. La emoción que significaba el mantener sentimientos tan impuros escondidos dentro de las sombra de su alma le hacían sentir emoción. Y le gustaba la posibilidad de conquistar aquello que todos creerían imposible. Le encantaban los retos.

Sabía que debía ser discreto. Que el día que lograra aceptar por completo que no era igual a los otros chicos tendría la posibilidad de adueñarse de Draco Malfoy. Por muy enfermiza que sonara la oración. Draco sería su amante, su amante secreto y perfecto, aquel a quién protegería con la vida y al que le entregaría el mundo entero a base de sangre y maldiciones imperdonables de ser necesario y no le importaba si Draco estaba casado con Pansy o con cualquier bruja sangrepura que sus padre le impusiera. Quería a Draco de una manera tan poco sana que la fidelidad y el amor habían pasado a segundo plano. Todo era cuestión de atracción y satisfacción, de complicidad y lealtad. Harry no amaba de una forma común, pero no por eso era erróneo.

Salió de la ducha y se encontró con Draco en su escritorio, leyendo la última carta que Narcissa le había enviado. Harry caminó hasta el armario y sacó de allí sus pijamas y su ropa interior. Draco se puso de pie y se metió a cuarto de baño. Harry se colocó la ropa y luego se metió entre las sábanas de su cama dispuesto a irse a dormir. Debía descansar, al día siguiente por fin descubriría que utilizarían para elegir a los campeones del torneo y él tenía que arreglárselas para colar su nombre entre las opciones.

Al día siguiente había en el ambiente una agradable impaciencia. Nadie estuvo muy atento a las clases, porque estaban mucho más interesados en la llegada aquella noche de la gente de Beauxbatons y Durmstrang. Cuando sonó la campana, al final de la última clase, Harry Draco salieron a toda prisa hacia las mazmorras, dejaron allí las mochilas y los libros tal como les habían indicado, se pusieron las capas y volvieron al vestíbulo.

—Crabbe, ponte bien el sombrero —le ordenó el profesor Snape —. Vanity, podrías al menos haber intentado arreglarte un poco el cabello. —Seguidme —dijo con voz cansina, como si realmente estuviese cansado de lidiar con aquellas tareas—. Los de primero delante. Sin empujar...

Bajaron en fila por la escalinata de la entrada y se alinearon delante del castillo. Era una noche fría y clara. Oscurecía, y una luna pálida brillaba ya sobre el bosque prohibido.

Todos los alumnos parecían expectantes. Los Gryffindor se movían de un lado a otro sin romper filas intentando ver por sobre las cabezas de aquellos que estaban delante. Los Hufflepuff cuchicheaban con entusiasmo y debatían la forma en que ambos colegios arribarían Hogwarts. Los Ravenclaw, al igual que los Slytherin, parecían más ansiosos por saber quiénes se postularían al torneo y cuál sería el medio de selección.

Harry y Draco habían hablado del asunto días antes. Sabían que la posibilidad de no poder burlar a Dumbledore era alta, pero aquello no significaba que no pudieran sacar ventaja de la presencia de las otras dos escuelas de magia y hechicería que harían su aparición. Harry veía la venida de ambos colegios como una nueva oportunidad de dominar territorios no explorados. Si conquistar Hogwarts había sido sencillo, no veía por qué no lo sería conquistar otras dos instituciones. Por supuesto que Draco sería su puente hacia aquellas nuevas alianzas. El rubio tenía buenas amistades con un par de chicos de Beauxbatons y Viktor Krum, quien además de ser el buscador estrella del momento, era estudiante de Durmstrang y le había escrito una semana antes para informarle que pertenecía al grupo de su escuela que ansiaba ser campeón del torneo. Viktor, por supuesto, ya tenía diecisiete años y no tendría problemas para postularse.

La alianza con Krum sería suficiente para que Harry se ganara a Durmstrang por completo. Por lo que Draco le había dicho, el chico era el rey de su colegio, como Harry lo era en Hogwarts. Potter lo había conocido en el mundial de quidditch cuando en compañía de Draco entraron a los vestidores de los jugadores (ventajas de ser un adinerado sangre pura). Y aunque Krum parecía genuinamente interesado en Harry y en la influencia que tenía en toda la sociedad mágica, nunca estaba de más aplicar sus estrategias Slytherin para ganarse su confianza. Por supuesto que esas técnicas habían evolucionado, ya no iba por allí regalando dulces y sonriendo hipócritamente, como en primer año y estaba seguro, porque jamás nadie se le había resistido, que Krum vería la ventaja que significaría ser su amigo y al final se unirían.

Beauxbatons llegó en un carruaje jalado por un montón de caballos alados y Durmstrang en un barco que surgió del fondo del lago negro. Pero ninguna de las entradas logró arrancar de Harry un solo jadeo de sorpresa. Ya sospechaba que aquella reunión era en parte para presumir qué colegio era más espectacular. Lo que también explicaba que cada rincón de Hogwarts reluciera como nunca en la vida y que cada jefe de casa obligara a sus estudiantes a vestir de la mejor manera posible.

—Draco —dijo Krum acercándose a ellos—. Harry.

—Es bueno verte de nuevo Viktor —Saludó Potter estrechándole la mano.

—Es una lástima lo de la restricción de edad —dijo Viktor y Draco comenzó a caminar hacia el gran comedor—. Me hubiera encantado enfrentarme a ti. Draco no deja de hablar de lo espectacular que eres.

—Y no miento —intervino el rubio—. Te haría pedazos.

Krum no pareció ofendido, sino más bien divertido. Harry sabía que él y Draco eran amigos por negocios entre sus familias desde hacía al menos cinco años.

Caminaron entre una charla tranquila. Ron había intentado llamar la atención de Harry entre susurros ansiosos y nada discretos, pero Harry lo dejó pasar. No necesitaba que Ron lo avergonzara frente Krum por su desfachatado fanatismo. Finalmente, los dos Slytherin y los alumnos de Durmstrang tomaron asiento en la mesa de las serpientes. Beauxbatons terminó en la mesa de Ravenclae donde Hermione había comenzado una charla con algunas de los chicos. Harry sonrió, al menos ya tenía otra conexión con aquel colegio.

—Buenas noches, damas, caballeros, fantasmas y, muy especialmente, buenas noches a nuestros huéspedes —dijo Dumbledore, dirigiendo una sonrisa a los estudiantes extranjeros—. Es para mi un placer darles la bienvenida a Hogwarts. Deseo que vuestra estancia aquí les resulte al mismo tiempo confortable y placentera, y confío en que así sea. El Torneo quedará oficialmente abierto al final del banquete —explicó Dumbledore—. ¡Ahora los invito a todos a comer, a beber y a disfrutar como si estuvieran en su casa!

Como de costumbre, las fuentes que tenían delante se llenaron de comida. Los elfos domésticos de las cocinas parecían haber tocado todos los registros. Ante ellos tenían la mayor variedad de platos que Harry hubiera visto nunca, incluidos algunos que eran evidentemente extranjeros

El Gran Comedor parecía mucho más lleno de lo usual, aunque había tan sólo unos veinte estudiantes más que de costumbre. Quizá fuera porque sus uniformes, que eran de colores diferentes, destacaban muy claramente contra el negro de las túnicas de Hogwarts. Una vez desprendidos de sus pieles, los alumnos de Durmstrang mostraban túnicas de color rojo sangre.

Una vez limpios los platos de oro, Dumbledore volvió a levantarse. Todos en el Gran Comedor parecían emocionados y nerviosos. Con un estremecimiento, Harry se preguntó qué iba a suceder a continuación.

—Ha llegado el momento —anunció Dumbledore, sonriendo a la multitud de rostros levantados hacia él—. El Torneo de los tres magos va a dar comienzo. Me gustaría pronunciar unas palabras para explicar algunas cosas antes de que traigan el cofre. Sólo para aclarar en qué consiste el procedimiento que vamos a seguir. Pero antes, para aquellos que no los conocen, permítanme que les presente al señor Bartemius Crouch, director del Departamento de Cooperación Mágica Internacional —hubo un asomo de aplauso cortés—, y al señor Ludo Bagman, director del Departamento de Deportes y Juegos Mágicos. Los señores Bagman y Crouch han trabajado sin descanso durante los últimos meses en los preparativos del Torneo de los tres magos —continuó Dumbledore—, y estarán conmigo, con el profesor Karkarov y con Madame Maxime en el tribunal que juzgará los esfuerzos de los campeones.

Filch, que había pasado inadvertido pero permanecía atento en un apartado rincón del Gran Comedor, se acercó a Dumbledore con una gran caja de madera con joyas incrustadas. Parecía extraordinariamente vieja. De entre los alumnos se alzaron murmullos de interés y emoción.

—Los señores Crouch y Bagman han examinado ya las instrucciones para las pruebas que los campeones tendrán que afrontar —dijo Dumbledore mientras Filch colocaba con cuidado el cofre en la mesa, ante él—, y han dispuesto todos los preparativos necesarios para ellas. Habrá tres pruebas, espaciadas en el curso escolar, que medirán a los campeones en muchos aspectos diferentes: sus habilidades mágicas, su osadía, sus dotes de deducción y, por supuesto, su capacidad para sortear el peligro.

—Como todos saben, en el Torneo compiten tres campeones —continuó Dumbledore con tranquilidad—, uno por cada colegio participante. Se puntuará la perfección con que lleven a cabo cada una de las pruebas y el campeón que después de la tercera tarea haya obtenido la puntuación más alta se alzará con la Copa de los tres magos. Los campeones serán elegidos por un juez imparcial: el cáliz de fuego.

Dumbledore sacó la varita mágica y golpeó con ella tres veces en la parte superior del cofre. La tapa se levantó lentamente con un crujido. Dumbledore introdujo una mano para sacar un gran cáliz de madera toscamente tallada. No habría llamado la atención de no ser porque estaba lleno hasta el borde de unas temblorosas llamas de color blanco azulado. Dumbledore cerró el cofre y con cuidado colocó el cáliz sobre la tapa, para que todos los presentes pudieran verlo bien.

Harry y Draco se tomaron la mano por debajo de la mesa, ansiosos y excitados a partes iguales. Ahora que sabían cuál era el método el viejo director para seleccionar a los campeones comenzaban a descartar ideas y planes.

—Todo el que quiera proponerse para campeón tiene que escribir su nombre y el de su colegio en un trozo de pergamino con letra bien clara, y echarlo al cáliz —explicó Dumbledore—. Los aspirantes a campeones disponen de veinticuatro horas para hacerlo. Mañana, festividad de Halloween, por la noche, el cáliz nos devolverá los nombres de los tres campeones a los que haya considerado más dignos de representar a sus colegios. Esta misma noche el cáliz quedará expuesto en el vestíbulo, accesible a todos aquellos que quieran competir. Y Para asegurarme de que ningún estudiante menor de edad sucumbe a la tentación —prosiguió Dumbledore—, trazaré una raya de edad alrededor del cáliz de fuego una vez que lo hayamos colocado en el vestíbulo. No podrá cruzar la línea nadie que no haya cumplido los diecisiete años. Por último, quiero recalcar a todos los que estén pensando en competir que hay que meditar muy bien antes de entrar en el Torneo. Cuando el cáliz de fuego haya seleccionado a un campeón, él o ella estarán obligados a continuar en el Torneo hasta el final. Al echar su nombre en el cáliz de fuego están firmando un contrato mágico de tipo vinculante. Una vez convertido en campeón, nadie puede arrepentirse. Así que deben estar muy seguros antes de ofrecer su candidatura. Y ahora me parece que ya es hora de ir a la cama. Buenas noches a todos.

—Draco —dijo Pansy, interviniendo al rubio cuando llegaron a las escaleras de las mazmorras— estaba pensando que podíamos estudiar ésta noche juntos, aún tengo problemas en pociones y...

—Lo siento Pans —dijo Draco caminando ansiosamente hasta su habitación —Harry y yo tenemos cosas por hacer.

Y así, ambos chicos cruzaron la puerta de la sala común y subieron lo más disimuladamente posible hasta su habitación. Una vez dentro, como ya era costumbre, colocaron los encantamientos que bloqueaban la puerta y que no dejaba escapar ningún sonido. Draco se sentó en su escritorio y comenzó a revolver un montón de papeles. Harry sacó el juego de viales que tenía dentro de un cajón y unos cuantos libros más y los lanzó de manera descuidada sobre el escritorio donde el rubio había comenzado a escribir un montón de cosas sobre un pergamino.

—¿Tenemos la poción protectora? —le pregunto y Harry asintió alcanzándosela—. ¿Y la poción revitalizante?

—Todo en orden —dijo Harry con emoción.

—Busca la capa y el mapa, nadie puede vernos —dijo el rubio ahora revisando un par de libros al mismo tiempo y escribiendo rápidamente en el pergamino.

—El procedimiento será similar al que lleva cabo un rompedor de maldiciones — dijo el rubio al tiempo que Harry sacaba de su baúl la capa y el mapa —. Tengo todos los encantamientos necesarios y no debes saltarte ninguno, memorízalos, porque leerlos no dará el mismo efecto.

Harry tomó entre sus manos el primer pergamino que Draco terminó de llenar a tinta. En el encontró plasmados tres encantamientos de protección, dos de indetección, y cinco que servían para desactivar el círculo de la edad de Dumbledore que claramente no podría ser burlado con una simple poción de la edad. Además estaban bastante bien descritos los movimientos de la varita, los tiempos en que debía decir cada encantamiento y los lapsos en que debía ingerir alguna poción.

Harry comenzó a memorizar cada detalle de lo que Draco con su estilizada y pulcra caligrafía había escrito para él. Entonces el segundo pergamino llegó a sus manos. No era que Draco estuviera ideando todo en aquel presiso momento. Ambos chicos habían pasado noches enteras creando planes para cada posibilidad que se les presentara y aquellos que Draco estaba haciendo, era simplemente tomar lo esencial de cada estrategia y unirla en una sola, la definitiva, aquella que le permitiría a Harry poner su nombre en el cáliz y además, elevar las posibilidades de que lo eligiera. Harry se alzaría como el indiscutible campeón del torneo, demostrando su superioridad por sobre los otros colegios, ganándose el respeto y la admiración de sus invitados. ¿Quién podría ser mejor como campeón de Hogwarts que alguien que había podido burlar a Dumbledore?

Harry se mantenía al centro de la habitación, practicando cada movimiento como si ya se encontrara frente al cáliz. Draco se encontraba sentado en su propia cama, con las piernas cruzadas en la posición de loto y con el mapa sobre su regazo. No despegaba la vista del gran comedor que poco a poco se vacía.

—Viktor a colocado su nombre, igual que Diggory y esa chica que juega en el equipo de Gryffindor, Angelina Johnson. Una tal Fleur anduvo cerca del cáliz también y los gemelos Weasley lo han intentado... —dijo Draco con voz tranquila—. Creo que podríamos ir para allá en veinte minutos, solo quedan un par de chicos con nombres franceses y no hay ningún profesor, supongo que Dumbledore confía en que nadie podrá traspasar su barrera —sonrió con malicia—. Supongo que va a arrepentirse mañana por la mañana.

—¿Draco? —preguntó Potter y Draco hizo un sonido que le daba a entender que le escuchaba—. Ese tal Karkarov... leí su nombre en los registros de mortífagos que fueron exonerados... no pude evitar notar que miraba demasiado mi cicatriz.

—Al igual que mi padre nadie pudo comprobarle nada... —dijo el rubio con la voz tensa—. Sin embargo, es obvio que los del ministerio son unos inútiles —agregó y Harry recordó aquella noche en Malfoy Manor, cuando había visto al padre de Draco con su vestimenta de mortífago—. Si lo que dice tu padrino es cierto y se rumorea que Voldemort está por volver, no estaría mal irnos con cuidado... aunque entre Moody y Karkarov será demasiado trabajo.

—Un paso en falso y los asesinaré a ambos— lo dijo como quién habla del clima y no de la vida de una persona. Draco sonrió.

—Lo sé... ¡Es hora Harry! —dijo con entusiasmo, mirando toda la extensión del mapa—. El gran comedor está completamente vacío y no veo que nadie más vaya a acercarse.

El moreno asintió y detuvo su entrenamiento, dejando los pergaminos sobre su cama, seguro de que no los necesitaría. Rápidamente ambos se metieron bajo la capa y salieron de la sala común de Slytherin con pasos sigilosos. Debía ser media noche y ambos esperaban a que nadie más intentara meter su nombre a tales horas, después de todo, el toque de queda había comenzado hace mucho.

Caminaron en silencio por los oscuros corredores del castillo. Ni si quiera las antorchas alumbraban ya y Harry y Draco eran guiado únicamente por el lumos que brillaba en la punta de sus varitas. Draco sujetaba el mapa y observaba a través de él, Harry se mantenía alerta, en caso de que debiera aturdir a alguien de improviso.

Llegaron sin mayor problema hasta el gran comedor. Todo estaba a oscuras y no había ni un fantasma rondando el lugar. Harry salió de debajo de la capa, mientras Draco se quedaba bajo ella, a una distancia prudente del cáliz, aún con el mapa en la mano para asegurarse de que nadie les interrumpiría. Sin embargo, y para mayor seguridad, Draco había colocado alrededor de la sala un inofensivo encantamiento de confusión que hacía que cualquiera intentara acercarse al comedor diera tres vueltas en vano encontrando el camino. Aquello alejaría a los estudiantes, pero dudaba que funcionara con un profesor y no se animaba a usar un encantamiento más poderos, por su Dumbledore era capaz de detectarlos.

Harry comenzó con la tarea de irrumpir en el círculo de la edad. Se mantenía de pie frente al cáliz y murmuraba todos los encantamientos necesarios, moviendo la varita con gran maestría y con su magia bailando por todo el gran comedor. A veces se detenía a beber las pociones que Draco específicamente había ordenado que bebiera, a veces solo se detenía a tomar aire, entre encantamiento y encantamiento.

Y entonces, el círculo explotó vibró y Draco se quitó la capa justo a tiempo para ver a Harry adentrarse en el círculo. Ambos esperando en silencio que algo ocurriera, pero al parecer había funcionado. Habían burlado a Dumbledore, uno de los magos más poderosos de su tiempo.

Intercambiaron una mirada cómplice y una sonrisa de satisfacción. Harry sacó de su túnica el papelito que había llevado consigo y que ya tenía gravado su nombre en tinta.

Y lo dejó caer en el cáliz.

La llama azul del recipiente creció por un segundo y luego volvió a su forma original.

Lo habían logrado.

Entonces escucharon pasos. Draco no había estado mirando el mapa. Harry se coló de nuevo bajo la túnica, a gran velocidad. Los pasos se acercaron cada vez más y ambos pudieron reconocer el sonido de las pisadas de la pierna falsa de ojoloco golpear contra el suelo. Se cruzaron con el profesor justo cuando cruzaba el umbral de la puerta y ellos salían. Harry miró el círculo para asegurarse de que hubiera regresado a la normalidad, y así había sido.

Ambos chicos comenzaron a caminar de vuelta a su habitación, pero a Harry le pareció ver que Moody había intentado introducir un trozo de pergamino dentro del cáliz y que este se lo regresaba, escupiéndolo con una lengua de fuego.

Ambos Slytherin regresaron sanos, salvos y victoriosos a su habitación.

El nombre de Harry Potter salió sorteado en el cáliz al día siguiente.