Querido Harry,
Lamento haber tardado tanto en responder, pero como recordarás, ha sido luna llena y Remus no lo ha pasado nada bien.
He hablado con Dumbledore, pero no parece tener idea de quién es el que ha colocado tu nombre en el cáliz. No paree que haya sido un estudiante al menos no uno común y corriente. Y no puedo dejar de pensar que Malfoy ha tenido algo que ver. Su familia domina las artes oscuras como ninguna otra y aunque me duela admitirlo, Remus me ha dicho lo muy hábil que es el muchacho, lo poderoso que es. ¿Hay alguna posibilidad de que él quisiera verte dentro del torneo? Ya sabes, poner en peligro tu vida.
Sé que me has dicho un millón de veces cuanto confías en él, pero Harry, yo soy tu padrino y es mi deber protegerte. Ya cometí el error una vez de confiar en que no debía y no voy a perderte por la misma razón.
Como sea, Remus está igual de preocupado que yo, muchos han muerto en el torneo de los tres magos y no que dudemos de tus habilidades, pero eres solo un muchacho.
Por el momento Lunático y yo estamos buscando la manera de disolver tu vínculo con el cáliz, nos importa un carajo si Hogwarts se queda sin campeón y no queremos leerte rezongar.
—Sirius.
Suspiró ganándose una mirada de Draco quién sobre su cama estudiaba algunos de sus libros avanzados de transformaciones. El rubio alzó la ceja y Harry solo atinó a sonreírle mientras incineraba con un movimiento de manos el pergamino con la carta de Sirius. No se le antojaba para nada que Draco las encontrara por casualidad y se enterara que su padrino lo veía como un peligro pese a que Harry lo defendiera capa y espada. Era ofensivo, pero Harry soportaba las críticas de Sirius porque era su única oportunidad de dejar atrás su vida rodeado de muggles.
Harry ha dicho que él no ha puesto su nombre en el cáliz y por supuesto que todos le han creído. Moody incluso le ha defendido diciendo que ningún alumno de cuarto año sería capaz de burlar al gran Albus Dumbledore y él está complacido por que en todos los años que Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore llevaba como director del colegio Hogwarts de magia y hechicería, nadie, absolutamente nadie había sido capaz de burlar sus medidas de seguridad. Nadie, absolutamente nadie había sido capaz de emplear un encantamiento los suficientemente fuerte como para deshacerse de su magia y definitivamente nadie se había atrevido a hacerlo frente a los representantes de las otras dos escuelas de magia más importantes de Europa y aquello, casi que podía considerarse una burla. Una burla de la que no podía hacerse responsable, no mientras decidiera seguir jugando al chico bueno, no mientras todos creyeran que Harry James Potter Evans era noble, justo y sobre todo, sincero.
Los Hufflepuff eran quienes lo llevaban peor que el resto de las casas. Ellos habían creído fervientemente que Cedric Diggory sería el campeón de Hogwarts ahora que Potter estaba fuera de las posibilidades. Y estaban tan desanimados con la ida de que les hubieran robado protagonismo, que no disfrutaban el hecho de que fuera Potter y no otro, quién representara a Hogwarts. Sin embargo, el resto del colegio parecía realmente satisfecho, aunque alguien hubiese puesto el nombre de Potter en el cáliz de manera ilegal. Creían que con Potter como campeón la oportunidad de llevarse la copa sería pan comido y ni Viktor Krum, de Durmstrang, ni Fleur Delacour de Beauxbatons serían un impedimento.
El único alumno en todo Hogwarts que parecía realmente disgustado con la situación era Ronald Weasley. No importaba cuantas veces Hermione le repitiera que Harry no habría puesto su nombre a voluntad dentro del cáliz (aunque si era sincera, tampoco estaba cien por ciento segura de su afirmación), Ronald no parecía querer dar su brazo a torcer. Estaba claramente celoso, cegado por la envidia que significaba toda la atención que Harry siempre había arrastrado consigo. Y Hermione le entendía, Ron había expresado querer participar en el torneo antes de que pusiera como regla la mayoría de edad. Era Harry Potter y siempre Harry quién se llevaba la gloria y Ron parecía cansado de ser un don nadie. ¿No había sido él quien en varias ocasiones le había salvado la vida a Potter? ¿No había ganado él aquel juego de ajedrez en primer año? ¿No se había interpuesto entre Black y Harry aún a costa de su propia vida el año anterior?
Si a Harry le molestó la nueva actitud de Ron no lo demostró. El que el pelirrojo hubiera dejado de dirigirle la palabra después de haberle felicitado de muy mala gana no le afectó en lo más mínimo. ¿Quién se fijaría en la desaprobación de un Weasley más cuando tenía la aprobación y el respeto de todo Hogwarts? Harry definitivamente no. Ron era un gran aliado, siempre dispuesto a dar la vida por sus amigos, pero para Harry siempre había sido un peón, una pieza desechable de su tablero. No era tan importante como Hermione, su alfil, que con su inteligencia lograba resolver problemas como nadie y definitivamente no era tan importante como Draco, su reina, tan indispensable como él mismo. Draco era una pieza insacrificable, la pieza más importante del tablero. Ron era su vínculo a Gryffindor, pero no era el único; siempre estaba Ginny, muy dispuesta a arrojar a sus pies la lealtad de los leones.
Sin embargo que nadie estuviera de acuerdo con él, no evitaba que Weasley fuera por allí despotricando que no era justo que Harry se hubiera librado de los exámenes finales y que además, tuviera la oportunidad de ganar mil galeones. A Draco le parecía cómico, era divertido que alguien se enfiereciera por tampoco ¿Qué eran mil galeones comparado con todo lo que los Malfoy podían ofrecerle a Potter? ¿Qué valor tenía no tener que presentar ningún examen cuando Harry iba adelantado al menos dos cursos en conocimiento?. Weasley era patético.
—Deberías ir a dormir —le dijo Draco aún sin apartar su mirada de sus apuntes —. Mañana es la primera prueba, alguien completamente común estría como mínimo, asustado, repasando cada uno de los libros del colegio para saber cómo sortear al dragón.
—Creí que ya había quedado claro que yo no soy común —sonrió—. Además, tengo toda la ventaja, gracias a Hagrid sé de qué va la primera prueba y ni Fleur, ni Viktor tienen manera de saberlo. No necesito estudiar o entrenar porque tengo una habilidad nata para domar a las creaturas mágicas, el dragón será pan comido.
—¿Y si el dragón se resiste?
—Los dementores no lo hicieron.
—Si no supiera quién eres, hasta podrías haber pasado por un Black. Estoy orgulloso, Harry. —cerró sus libros, uno a uno—. Posando para todas esas fotos de El Profeta, dando entrevistas para Rita. Esa vieja bruja está fascinada contigo y no hace más que dar una buena imagen de ti a todo el mundo mágico —soltó una carcajada—. No sé cual me gusta más, sinceramente, si el cuento del pobre huérfano que solo busca que el bien triunfe o el del chico inocente que no tiene ni idea de cómo llegó su nombre al cáliz pero que igual va a participar en el torneo para mostrarle a sus padres muertos que es valeroso.
—La ingenuidad de la gente siempre es una ventaja —dijo colocándose de pie y caminando hasta el baño sin molestarse en cerrar la puerta.
—A estas alturas ya todo el mundo mágico te idolatra, nadie dudaría en nombrarte ministro si así lo desearas, ni si quiera necesitarías la mayoría de edad. —Harry terminó de lavarse los dientes y volvió a la cama.
—Ser ministro no es lo que deseo. De ser necesario el ministerio tendrá que caer, la manera en la que rigen... no es mi estilo —Draco sintió que la piel se le erizaba cuando aquella mirada decidida se posó en su rostro. Harry no sería ministro, él sería un rey.
—Buenas noches, su majestad —dijo guiñándole un ojo y apagando la luz de la lámpara junto a su cama.
A la mañana siguiente en el colegio había una tensión y emoción enormes en el ambiente. Las clases se interrumpieron al mediodía para que todos los alumnos tuvieran tiempo de bajar al cercado de los dragones. Aunque, naturalmente, aún no sabían lo que iban a encontrar allí. Harry se sentía extrañamente distante de todos cuantos lo rodeaban, así le desearan suerte. Mo se encontraba nervioso, para nada, estaba realmente seguro de que conseguiría sortear al dragón sin un solo rasguño, pero si se encontraba realmente pensativo. Moody lo había interceptado antes de herbología y le había sugerido que intentara usar su escoba para la prueba. ¿Por qué lo ayudaba? No lo sabía, pero aunque parecía que el hombre intentaba ganarse su confianza eso solo hacía que Harry sospechara más.
Draco también le había aconsejado cuidarse de Viktor. Era un buen amigo suyo, si, y respetaba a Harry, también, pero era bien conocido que en Durmstrang a los alumnos se les enseñaba magia tenebrosa desde el primer año y era probable que Viktor intentara tomar ventaja de ello para deshacerse de la competencia.
Draco le sirvió un poco de todo a la hora del almuerzo y agregó, además, a su jugo un par de gotas de poción revitalizante que no era para nada ilegal, o al menos, nadie las había mencionado dentro de las reglas que los campeones debían seguir. También agregó a su comida unas cuantas hojitas de romero cuya propiedad principal elevaba los niveles de magia del mago hasta su límite natural. Aquello seguramente no era dl todo legal pero Draco no iba a arriesgar a su amigo y si, para eso debía hacer pasar aquellas hiervas como parte del platillo, iba a hacerlo. De todas formas no creí que ningún Slytherin fuera a delatarlos, no con lo contentos que estaban de que Potter pusiera en alto el nombre de la casa de Salazar.
—Mi madre ha prometido enviarte un kit de mantenimiento de escobas de última generación si ganas la prueba, además, he apostado por ti contra unos chicos de Beauxbatons —le dijo el rubio agregando más comida a su plato.
—Los campeones tienen que bajar ya a los terrenos del colegio. Prepárate para la primera prueba, Potter —Dijo Snape saliendo de la nata. Con aquel odio tan conocido imprimido en su tono de voz. Harry pensaba que tal vez el hombre ansiaba verlo muerto entre las fauces del dragón.
Harry asintió solemnemente y se puso de pie.
—Suerte Harry —le dijo Astoria Greengrass y todos los Slytherin aplaudieron. Draco le respondió:
—Él no necesita suerte.
Salió del Gran Comedor con el profesor Snape quién lucía tan impasible como siempre. Snape se había mantenido inteligentemente callado desde que la noticia de que Harry sería campeón salió a la luz. Pero Harry sabía, porque Blaise le había dicho, que Snape pasaba parte de su tiempo quejándose con otros profesores, recalcando que Potter era igual a su padre, completamente ávido de un poco de atención.
Snape lo conducía bordeando el bosque hacia donde estaban los dragones; pero, al acercarse al grupo de árboles detrás del cual habría debido ser claramente visible el cercado, Harry vio que habían levantado una tienda que lo ocultaba a la vista.
—Tienes que entrar con los demás campeones —le dijo con voz indiferente— y esperar tu turno, Potter. El señor Bagman está dentro. Él te explicará lo que tienes que hacer.
—¿No va a desearme suerte, profesor? —dijo Harry con voz burlona y Snape le dirigió una mirada asesina antes de marcharse.
Entró a la tienda que e levantaba frente a él solo para encontrarse con Krum y Fleur que nerviosos, se encontraban cada uno en una esquina. Paseando de un lado a otro o murmurando lo que Harry suponía eran encantamientos. Ludo Bagman lo había recibido efusivamente y la había ofrecido un lugar para sentarse. Al parecer los otros campeones también tenían sus propios asientos pero ambos habían declinado la oferta. Harry en cambio se sentó tranquilamente en la silla y con un movimiento de varita invocó un libro de transformaciones y un vaso con jugo de calabaza que Dobby siempre tenía listo para él en las cocinas. Fleur lo miró con odio al saberlo tan seguro y Krum, sorprendido como estaba por su actitud solo atinó a seguir repasando mentalmente todos los encantamientos que sabía.
Cuando los pasos de todos los espectadores se escucharon alrededor, Bagman se puso de pie y reunió a los campeones. Les tendió una bolsa de tela donde uno a uno extrajo un dragón miniatura que hizo que los chicos palidecieran, parecía como si hubieran estado esperando por lo peor y luego de repente, se dieran cuenta de que lo peor no era aquello que habían pensado si no lo que les estaban presentado. Y Harry tuvo que luchar mucho internamente para no reírse de sus expresiones desoladas. Ganar aquella prueba debería ser pan comido.
Al final, Harry tendría que enfrentarse al colacuerno húngaro, el más peligroso de todos los dragones. Pero ni eso logró hacer mermar su seguridad y simplemente aceptó su destino. Sería aún más espectacular ver a Harry Potter sortear a un Draco tan peligroso.
Con un movimiento de varita hizo desaparecer el dragón miniatura. Lo había hecho aparecer en la cama de Draco, seguramente le gustaría.
Fleur fue la primera en salir.
—¿Harry? —preguntó una voz a través de la tienda, del exterior. Era Draco.
Sin importarle que Krum le mirara desde la esquina donde se había acomodado, Harry salió de la tienda. El viento frio del otoño le golpeó el rostro pero aquello no le molestó en absoluto. Del otro lado Draco le miraba con intensidad y Harry supo que tal vez estaba un poco preocupado por él. Sonrió internamente, algo en su corazón se removió, algo similar al fuego y se intensificó cuando Draco estiró los brazos y los enredó alrededor de su cuello, sin apartar aquellos ojos de mercurio que últimamente le hipnotizaban y le causaban la misma sensación que cuando se encontraba bajo la imperius; una sensación de poder, seguridad y tranquilidad inhumana. Joder, que Draco Malfoy le hacía sentir irracional, pero tan, tan bien.
—¿Estás listo? —le preguntó, con su aliento a manzana golpeándole en los labios justamente. Sus rostros tan cerca.
—No será muy diferente al basilisco —respondió con voz ronca y no necesariamente por los cambios que su cuerpo sufría últimamente.
—No, lo será... —le dijo el rubio con tono tranquilo. Como si confiara en que nada mala ocurriría, pero a la vez necesitara expresarlo en voz alta para estar seguro—. Si las cosas se salen de control intervendré.
—Ni se te ocurra, si el dragón llegase a hacerte algo no me lo perdonaría.
Ambos se quedaron en silencio, enredados en aquel abrazo tan poco fraternal. El gris y el verde chocando y mezclándose de forma tan natural que no se sentía incorrecto.
—Bésame —le pidió antes de darse cuenta y Draco apretó los labios, inseguro de tomar una decisión.
—Estoy con Pansy... —le recordó y Harry sonrió con malicia.
—Me importa una mierda.
Draco sintió su cuerpo estremecerse ante aquella respuesta. Su mente ya no pensaba en su matrimonio arreglado, ni en lo mucho que decaería el respeto hacia ambos si se enteraran que ellos... que ello... ¿ellos que? Ya no importaba. Se estaban besando.
Harry no supo si fue Draco o si fue él mismo el que acoró esa distancia entre sus labios y tampoco le importó. La textura delos labios de Draco era suave y sabían más dulces que la tarta de melaza. Y Harry se hundía en la sensación de besarlos y morderlos hasta hacerlos sangrar. Y Draco ni si quiera se quejaba pese a que el sabor a sangre se mezclaba entre sus salivas. ¿Estaba bien? ¿Estaba mal? Ninguno quería responder aquella pregunta, solo querían seguir unidos de aquella manera. Harry era demasiado brusco y solía, pero se sentía tan bien que Draco no protestó.
Y entonces se separaron. Con las mejillas demasiado incendiadas como para poder ocultarlo.
Draco se limpió el labio de su sangre labio. Y sonrió.
—Acábalos Potter —le dijo y Harry lamió la sangre que se había escurrido por la pálida barbilla de su mejor amigo.
Para cuando fue su turno de enfrentar al dragón Harry se sentía más que invencible. Draco solía causar aquella sensación en él y le gustaba. Le encantaba que solo un beso le hiciera sentir como un dios todo poderoso. Definitivamente quería repetir aquello, definitivamente iba repetir aquello, era de vital importancia hacerlo y si Draco estaba de acuerdo o no, era lo de menos.
Cuando el silbato que indicaba que debía salir sonó no perdió mucho tiempo, salió hacia la arena donde cientos de estudiantes lo recibieron entre gritos de aliento y vitoreos. Lo vio todo ante sus ojos como si se tratara de un sueño de colores muy vivos. Desde las gradas que por arte de magia habían puesto después del sábado lo miraban cientos y cientos de rostros pero Harry se enfocó solo en uno, el rostro de Draco que le miraba con una seguridad indescifrable. Pansy se encontraba su lado, sujetándole de la mano y mirando aquel labio que ninguno de los dos se habían atrevido a curar, por el puro morbo de verlo, de saber que lo que había ocurrido entre ellos había sido real. Pansy no parecía muy feliz.
Allí, al otro lado del cercado, estaba el colacuerno agachado sobre la nidada, con las alas medio desplegadas y mirándolo con sus malévolos ojos amarillos, como un lagarto monstruoso cubierto de escamas negras, sacudiendo la cola llena de pinchos y abriendo surcos de casi un metro en el duro suelo. La multitud gritaba muchísimo, pero Harry ni sabía ni le preocupaba si eran gritos de apoyo o no. Era el momento de hacer lo que tenía que hacer: concentrarse, entera y absolutamente. Vencer, aplastar a sus oponentes y levantarse como el único y más excepcional campeón del torneo de los tres magos.
Bagman narraba todo lo que ocurría mediante un encantamiento que le amplificaba la voz. Fleur y Krum habían tardado más de veinte minutos en hacerse con el huevo que cuidaba el dragón y Harry intentó aparentar que no le divertía saber que lo conseguiría en menos de cinco minutos.
Caminó lentamente hasta el nido del dragón que no apartaba su fiera mirada de su cuerpo. Escuchó la voz de Bagman que sorprendido narraba como Harry no había ni si quiera hecho el esfuerzo de sacarla varita de dentro de su túnica. El dragón soltó un alarido salvaje, pero Harry no retrocedió en lo más mínimo y todos en la arena guardaban silencio preguntándose si se había vuelto loco.
Dejó que su magia fluyera como un aura protectora. El dragón se paró a dos patas y desplegó sus alas, como advirtiéndole que no se acercara más y Harry detuvo su andar. Sabía que iba por buen camino, en cualquier otra situación el dragón ya le hubiese escupido fuego como mínimo, pero no lo había hecho así que Harry liberó un poco más de su poder. Sabía que nadie en Hogwarts además de Dumbledore y Draco podían sentir las auras mágicas y de todas formas no era ilegal hacer lo que él hacía.
Estiró la mano hacia la creatura sin molestarse en mostrar humildad. El dragón le miró atentamente sintiendo de lo que Harry era capaz y entonces, se inclinó ante él.
Los jadeos de sorpresa no se hicieron esperar. Todos gritaban asombrados por lo que veían, aquel dragón, una criatura salvaje y sanguinaria, le mostraba sus respetos a Harry Potter y se postraba ante él como su maestro.
Harry descubrió que tenía facilidad con los reptiles.
Con la seguridad y elegancia de un monarca, Harry pasó junto al Dragón que mantenía la cabeza inclinada a forma de respeto. Esquivó sin problema algunas piedras y llegó hasta el nido. El dragón ni si quiera se molestó en expresar el disgusto que aquello le producía y que Harry podía sentir a través de la conexión que amabos habían establecido.
—Me llevaré esto —le dijo en voz baja mientras tomaba el huevo de oro y lo levantaba al aire.
Todos aplaudieron y gritaron pero Harry solo podía mirar los ojos grises de Draco Malfoy que brillaban con ambición y orgullo.
