La cámara estaba prácticamente a oscuras. Sus pilares con forma de serpiente se erguían orgullosas hasta el techo y las pocas antorchas que veían de aquella luz verduzca titiritaban suavemente por el movimiento de la creatura que rondaba aquellos aposentos que habían sido marcados como suyos y de nadie más. La estatua con la figura de Salazar Slytherin y su barba majestuosa se encontraba contra una pared, con la boca abierta dando vista al túnel por el que el basilisco solía desplazarse y el agua que rodeaba el centro de la cámara se movía apenas un poco. Dentro no vivía ninguna creatura. A los pies de Slytherin un trono de piedra y mármol se levantaba con refinamiento y clase y sobre el trono un muchacho de ojos verde veneno y cabello negro como la noche descansaba. Impaciente.

Aquella era su morada, suya y de Draco quien tranquilamente se encontraba sentado a sus pies, con la cabeza cerca de su regazo y los ojos cerrados, sosteniendo el huevo dorado que Harry había obtenido de la primera prueba del dragón. El rubio acariciaba la superficie del huevo dorado con veneración, casi de la misma manera en que Harry le acariciaba el cabello. Sus dedos pálidos describían cirulos sobre el botón que abría el huevo y liberaba aquellos espantosos gritos que nadie había sido capaz de descifrar, y la razón principal por la que se habían recluido en la cámara de los secretos aquel sábado por las mañana en vez de estar en Hogsmeade.

Los dedos de Harry tomaban las hebras del cabello de su mejor amigo con una devoción que no podía ser saludable. Cabello a cabello, mechón a mechón pasaba sus dedos lentamente, repasándola textura y el olor a Draco que desprendía aquel cabello que se encontraba largo únicamente por que Harry había opinado que le gustaba de aquella manera. Lo suficientemente largo como para poder acariciarlo cómodamente, pero no tanto como para que pareciera una chica. Y aquellos mechones largos de rubio cabello de sol solo se marcaban las facciones de Malfoy que día a día se endurecían, dejando atrás la infancia y adentrándose a la adolescencia.

Y ahí a la luz verduzca de las antorchas Harry miraba Draco y le dolía. Era tan hermoso que le hería hasta lo más profundo de su ser. Su piel pálida, sus ojos grises que no se contaminaban ni si quiera por la iluminación. Sus rasgos puntiagudos y la manera en que sus pestañas, solo un poco más oscuras que el color de su cabello caían sobre sus ojos al parpadear.

Era precioso. Y era suyo.

Pasó de acariciar su suave cabellera a prestar atención a su rostro. Delineaba sus facciones con suma devoción, repasando la línea de su frente y nariz, los ojos, la babilla y las mejillas. Deteniéndose un poco más de tiempo en lo afilados pómulos. Las yemas de los dedos le cosquilleaban por aquella sensación. Las descargas eléctricas que tocar a Draco le causaba eran sublime y tan apabullante que si no le acariciaba con delicadeza la otra opción era oprimirla con fuerza, destrozarla hasta que fuese soportable sujetarla entre las palmas de sus manos y pudiera alejarse sin la necesidad de volver a tocarle.

Draco suspiró cuando sus manos pasaron de acariciar su angelical rostro a acariciar su cuello. Harry se detuvo y prestó más atención a aquella vena que saltaba de la yugular cuando el rubio esturaba el cuello cual gato, disfrutando del tacto que significaban las manos de Harry sobre su piel sensible. Los dedos del moreno pasaron de aquella vena y masajearon ambos lados del cuello con la delicadeza de alguien que sabe que, de apretar un poco más fuerte, podría quebrarle el cuello sin problemas. Harry podía sentir bajo su tacto la manzana de adán quiso morderla.

Le acarició los hombros y luego los brazos, con fuerza. Draco gruñía con los ojos cerrados mientras disfrutaba de las atenciones. A veces se mordía los labios, a veces suspiraba con los labios entreabiertos. A veces, simplemente abría los ojos y miraba hacia arriba y cundo sus orbes grises se encontraba con los de Harry sonreía con todo el descaro y el encanto de un Black y Harry quería perderse en esa mirada y en ese sonrisa para siempre. Deseaba con toda la fuerza de su magia poder quedase de aquella manera junto al que hasta hacía unas semanas aún era su mejor amigo y que ahora se había convertido en algo más. Algo más intenso.

Aquel beso antes de la primera prueba del torneo de los tres magos lo había significado todo. Había sido un antes y un después en aquella relación tan extraña que llevaba y Harry no podría estar más contento con lo que había obtenido. Un beso con algo de saliva, un poco de lengua y un toque de sangre había terminado por unirlos de una manera que por donde se le mirara gritaba antinatural. Pero a Harry le gustaba tanto lo prohibido (como era su amor por las artes oscuras) que ignoraba aquel pensamiento y solo se concentraba en lo que besar a aquel muchacho a sus pies le hacía sentir. Beber la sangre de Draco en aquel beso había sido como hacer un pacto con alguna fuerza poderosa y mágica, como venderle su alma a la peor de las creaturas.

Y le encantaba.

No entendía de dónde provenía aquella sensación de pertenencia que le nacía cuando miraba al rubio. No entendía de donde nacían aquellos instintos casi animales que no le permitían estar lejos de él, que no le permitían mantenerse del laso seguro de su relación donde ambos eran únicamente amigos. Y tampoco le importaba obtener una respuesta. Sentía que llevaba guardando aquello demasiado tiempo como para retractarse y que Draco le mirara con aquella intensidad le daba la seguridad de que no era el único, que si Harry estaba quemándose entre las llamas del mismo infierno, Draco le estaba acompañado.

Por supuesto, que Draco se encontrara en ese momento sentado a sus pies no era más que una burla a lo que estaba creciendo entre ambos. No era Draco quién se encontraba a los pies de Harry, sino todo lo contrario. Y aquella sensación de sumisión tenía al salvador del mundo mágico total y completamente embelesado. Siempre era él quién tenía el control, siempre era él quien ordenaba y eran los otros los que ejecutaban, siempre era él el que se sentaba y recibía todas las atenciones. Y ahí, entre la oscuridad y el secreto era Draco el único rey, porque Harry le había dejado serlo, porque Harry se sentía como un súbdito cerca de él y solo de él. Y no quería dejar de servirle nunca si aquello significaba que podía ver aquellos ojos grises incendiados en satisfacción.

El basilisco se arrastró lentamente hacia ellos. Había estado por aquí y por allá buscando víctimas pequeñitas para alimentarse. Harry le había llevado a su mascota un par de conejos y unas cuantas ratas de campo que había conseguido en el bosque prohibido. O mejor dicho, que los centauros habían conseguido para él como un pequeño favor. Incluso le había llevado uno de los cadáveres de uno de los hijos de Aragog, la acromántula. A Harry no se le había olvidado que en segundo año aquella creatura se había atrevió a intentar atacarle y de vez en cuando exigía la vida de uno de sus hijos para alimentar al basilisco.

Sin embargo era obvio que el basilisco no estaría satisfecho con presas pequeñas como conejos o ratas o una araña de edad pequeña y de tamaño cuestionable. Iba y venía de un lado a otro intentando llenar su estómago de algo más y a Harry le entretenía verlo arrastrarse de un lado otro con esos movimientos hipnotizantes que le recordaban a Draco cuando se desenvolvía entre los miembros más fuertes de sus alianzas. Slytherin principalmente, Slytherins como Nott o Zabini o Parkinson. Alumnos importantes como Diggory o Hermione o ese tal Zacharias Smith de Hufflepuff o ese tal Anthony Goldstein que Draco aseguraba que en ese momento era un don nadie, pero que pronto, y que Salazar le reclamara si se equivocaba, lo verían incluso siendo prefecto junto a Granger.

El basilisco siseaba a veces su inconformidad por el alimento y le pedía a Harry, le rogaba que le dejara probar un poco del bonito muchacho rubio que siempre le acompañaba. Le decía lastimeramente que extraña el sabor a la carne humana. Que si ese tal Lockhart y ese otro Pettigrew habían sabido bien, imaginaba que el muchacho que su amo mentalmente llamaba príncipe debía saber mil veces mejor. Y Potter, por supuesto, le decía que no podía tocarlo, que Draco era suyo.

Draco, por supuesto, no podía entender ni una sola palabra de lo que se decían y aquello solo alentó al muchacho a estudiar algo de párcel. No iba a poder hablarlo, pero entenderlo seguro sí. Algún día. Y vivía fascinado con la idea de escuchar a Harry hablar de aquella manera tan endemoniadamente cautivante, con él, en secreto, aún frente a una multitud aterrorizada porque nadie entendería una mierda y entonces, Draco podría sonreír con autosuficiencia y demostrar que él más que nadie, entendía a Harry Potter, el rey. Como era su responsabilidad, como era su derecho, como merecía él más que nadie, él Draco Malfoy, quién había descubierto en Harry el potencial de un emperador romano y lo había explotado al máximo.

Harry se recargó en el trono de piedra cerrando los ojos y dejando sus manos sobre los hombros de su acompañante. Draco e removió solo un poco sobre su lugar en el suelo. Acomodándose obre el pequeño cojín de terciopelo verde botella sobre el que solía sentarse. Harry abrió los ojos y vio al chico jugar con el huevo entre sus dedos, mirándolo, como si no lo hubiera hecho un millón de veces más. Por un momento, Potter creyó que Draco intentaría abrir de nuevo el huevo y se preparó para los terribles chillidos de tortura que soltaba cada que lo hacía. Sin embargo, Malfoy únicamente enredó sus largos dedos alrededor del botó y lo delineó, aún pensativo.

El basilisco enredó entonces su largo y delgado cuerpo alrededor de ellos, se enroscaba por detrás del trono y por delante de Draco en un gesto que hubiera parecido afectuosos si no se hubiera tratado de un basilisco; una de las creaturas más peligrosas existentes en el planeta. Draco hizo una mueca de inconformidad cuando la creatura dejó su cabeza frente a él y le miró con aquello ojos que él ya había identificado como hambre. El rubio siseó, salvaje y Harry soltó una pequeña carcajada cuando la serpiente alejó si cabeza, asustada.

Ábrelo —le dijo el basilisco y Harry le tradujo.

—Suena horrible —aclaró el rubio pero de todas formas lo hizo.

Gente del agua— dijo el basilisco. Y Harry exclamó.

—Por supuesto... Gente del agua.

—Hay gente del agua en el lago —dijo Draco—. A veces puedes verlos pasar por las ventanas de la sala común, junto al calamar... necesitamos sumergirlo.

Harry asintió distraídamente y se estiró para palmear la cabeza del basilisco con aprobación. La serpiente siseó agradecida por el reconocimiento y se desenroscó de su alrededor. Harry se puso de pie y ofreció una mano a Draco para ayudarlo. El basilisco trepó por la estatua de Salazar y se adentró a su boca, dando por terminada aquella reunión.

—Creo que deberíamos hablar con Diggory — dijo Draco.

Harry no respondió. Aferró con fuerza su mano y le miró a los ojos antes de besarle, o mejor dicho, masticarle los labios. Draco ya se estaba acostumbrando. Harry no pedía permiso, él tomaba lo que quería, cuando quería y aquel era uno de esos momentos. Y dolía pero se sentía tan bien que no quería detenerse. La mano del moreno se aferró a su nuca, sin dejarle chance de alejarse el más mínimo de los centímetros, aunque si era sincero consigo mismo, tampoco tenía la intención de apartarse. Draco no lo entendía, pero besar a Harry era adictivo, y una vez que había empezado, no habían podido detenerse.

Draco no sabe cuando Harry ha aprendido a besar así, pero tampoco le molesta en absoluto. Probablemente había pasado todo el verano leyendo demasiada literatura muggle de romance o mirando demasiadas de esas cosas que los no magos llamaban películas. Si fueron películas, novelas o música era lo de menos, lo único importante era que sentía que se derretía con aquel contacto tan íntimo, y tan maduro. No se sentía como un adolecente de catorce años, se sentía como un adulto, hecho y derecho. Era como ir demasiado rápido, pero a la vez necesitar acelerar un poco más, porque lo que ellos tenían era inexplicablemente sucio, pecaminoso y carnal. No había ni una pisca de ternura, aunque tal vez cariño sí que había, un cariño retorcido y algo malévolo que había tomado forma la primera vez que Draco había decidido jugar a seducir, besándole, en primer año, tal cual hacía su madre con Lucius cada que quería conseguir algo.

Lo extraordinario de todo aquello era que Harry quisiera seguir con aquella extraña manera de control. Impura, sucia, Slytherin, muy Black. Dejaba que Draco lo mangoneara de aquella manera tan obvia y sínica que el rubio pensaba que incluso disfrutaba de estar a su merced. Sin embargo era obvio que Draco también se doblegaba ante ese simple intercambio poco infantil de saliva, aunque la verdad era que lo disimulaba mucho mejor. Debía disimularlo mucho mejor o su pequeño secreto se vendría abajo y ninguno de los dos estaba dispuesto a exponerse y perder aquel reinado que les había tomado más de tres años construir.

Se separaron y se miraron a los ojos, intentando leerse la mente de manera literal. Harry quería saber lo que causaba en Draco y éste, orgulloso y demasiado Malfoy como para dejarle husmear en sus sentimientos, levantaba sus escudos de oclumancia, impidiéndole a Harry abrirse paso hacia aquella pequeña fractura que su caparazón Slytherin mostraba. Era doloroso, Harry aún debía aprender a perfeccionar el art de la legeremancia, no era sutil y era fácil que te percataras de que intentaba meterse bajo tu piel de aquella manera. Potter solo se atrevía a inter usarlo con él.

Cuando el basilisco desapareció por completo de sus vistas ellos ya se encontraban saliendo de la cámara, pasando por algunos restos de huesos de algunas creaturas pequeñas y otras no tanto. Pasando sobre resto de tela y sangre y cabello que bien podía pertenecer a Gilderoy Lockhart, por el que absolutamente nadie había preguntado nada. Todos habían asumido que Lockhart había huido con éxito del heredero de Slytherin y de su monstruo, dos años atrás y nadie, nunca, ni si quiera su editor preguntó por él. De la misma manera en que nadie había preguntado por Peter Pettigrew, aunque Sirius jurara y perjurara que se había ido a reunir con su amo.

Al salir del baño Myrtle la llorona les saludó con aquella manera coqueta de mover las pestañas tras sus gafas que solo reservaba para ellos mientras les preguntaba, demasiado amablemente, si todo estaba en orden y si no podía ayudarles en algo. Draco, con su amable y fría aristocracia que se antojaba cautivadora le respondió que no, pero que agradecía su interés y ella se derritió y Harry quiso besarle de nuevo hasta hacer que esos preciosos labios rozados comenzaran a sangrar y dejaran así de mostrarse tan dispuestos a cautivar a otros que no fueran él. Aunque de todas manera su pálida piel manchada de aquel rojo líquido se le antoja mucho más.

Nadie los vio salir del baño de chicas del tercer piso por que casi nadie merodeaba por allí. Caminaban con aquella postura erguida y poderosa que hacía que los otros estudiantes con los que se topaban se apartaran y les miraran con una admiración casi enfermiza. Las chicas temblaban suspirando y los chicos querían caminar detrás de ellos y obtener la mitad de la atención que ellos. Solo los alumnos de cursos superiores (o de su mismo curso) se atrevían a acercarse y saludar de manera respetuosa. Unos incluso caminaban junto a ellos intentando iniciar una charla interesante que siempre terminaba en Malfoy y Potter debatiendo entre ellos en susurros discretos.

—¡Harry! — dijo entonces Ginny Weasley, toda rubor en las mejillas. Cabello de fuego revoloteando por la brisa invernal—. Harry... —repitió un poco más tranquila, parándose a su lado.

Draco solo la saludó con un asentimiento serio de cabeza y se mantuvo al margen de lo que fuese que Ginevra Weasley quisiera.

—Ginny, buenas tardes —le saludó el pelinegro, como si en vez de que fuera la hermana de un buen amigo, fuera una estudiante más. Draco sonrió discretamente.

—Hola, yo bueno, escuché que, bueno, en navidad y el baile —decía bastante indecisa—. Y los campeones, que tienes que, están obligados a...

—Oh, eso —dice con simpleza y Ginny lo mira expectante—. Si, los campeones estamos obligados a abrir el baile.

—Ron me ha dicho que aún no tienes pareja —soltó la chica, mostrando su colmillo Gryffindor y armándose de todo el valor que le era posible—. ¿Te enfrentas a Dragones y no puedes conseguir una cita? —intentó bromear mientras pasaba un mechón de su precioso cabello rojo detrás de su oreja lechosa.

En aquel momento Cedric Diggory apareció en su campo visual, atravesando aquel estrecho pasillo y desviándose para salir a los jardines que quedaban a la derecha. Ginny y Harry se habían detenido aparentemente y Draco había seguido su camino. El rubio había interceptado al Hufflepuff de séptimo y sus amigos tejones habían seguido con su camino. Draco movía las manos sutilmente mientras hablaba con Cedric y el castaño le correspondía prestándole toda la atención posible; asintiendo distraídamente y sonriendo con aquel carisma que lo representaba tan bien. Cedric era guapo y popular y amable. Pero sobre todo, era uno de los aliados más fuertes de Harry.

El moreno se perdió en la manera en que Draco movía los labios. Casi en cámara lenta. Se perdió en esos finos y pálidos dedos que se enredaban constantemente en sus cabellos cuando intercambiaban alguno de aquellos impúdicos besos que solo podían compartir ellos sin que pareciera algo vulgar. Se perdió en el brillo de su cabello y en la forma en que su nariz se enrojecía por el frio del invierno. Se perdió esa manera alzar el rostro y mostrar una sutil superioridad aún frente a alguien como Cedric que por naturaleza no intentaba ser mejor que nadie. Y estaba tan perdido en sus ojos plata que cuando Ginny carraspeó en busca de una respuesta a su broma solo atinó a decir:

—Creo que sí, prefiero los dragones.

Harry se despidió cortésmente de Ginny quién se había mantenido en un silencio que denotaba que no había entendido nada y que estaba un poco confundida. Potter se acercó hasta el Slytherin y el Hufflepuff y saludó al tejón estrechando su mano y sujetando a Draco posesivamente por los hombros; esperaba que aquello luciera francamente casual. Y tal vez así fue porque Cedric siguió con lo que fuese que estaba explicándole a Draco.

—Creo que sé de un lugar que encaja con lo que me has explicado —dijo con un tono cómplice—. En el quinto piso, detrás de la cuarta puerta a la izquierda de la estatua de Boris el Desconcertado, no lo oyeron de mí, pero la contraseña es "frescura de pino" —les guiño un ojo—. Ahora que el quidditch se ha cancelado, nadie excepto los prefectos lo usan... una lástima, lo del quidditch, quiero decir, era mi último año y no anhelaba nada más que verlos perder, sin ofender.

—Lamento decirte que si el quidditch no se hubiera cancelado igual habríamos ganado —dijo Draco, juguetón y Cedric soltó una carcajada. Inocente, puro, diferente a sus acompañantes Slytherin.

—Como sea, lo del dragón ha estado genial, Harry — le sonrió y comenzó a alejarse—. Espero haber sido de ayuda.

—Necesitamos el mapa y la capa —dijo Draco cuando Cedric se alejó lo suficiente—. Esta noche debemos entrar al baño de prefectos.

Comenzaron a caminar en dirección al gran comedor. Harry demasiado distraído. Draco no preguntando nada, dándole su espacio para pensar, formular, cavilar y resolver. Entonces en vez de ir hacia el gran comedor, Potter se desvió hasta los jardines delanteros del colegio. Hacia el lago que se encontraba completamente abandonado por el frio invernal que azotaba Hogwarts.

Draco dio una vuelta más a su bufanda, Harry le aplicó un encantamiento para ayudarlo a mantenerse caliente sin si quiera abrir la boca. A veces lo hacía y ni si quiera se daba cuenta, pero Draco le hacía y algo dentro de sus entrañas se removía con emoción. Harry era poderoso.

Se detuvieron a la orilla del congelado lago, el viento soplaba y Harry parecía haber tomado una decisión a lo que fuese que estuviera pensando.

—Vendrás al baile conmigo —le dijo. No era una pregunta, le demandaba, le exigía su compañía. El tono de voz que había usado era tan posesivo que a Draco se le erizó la piel.

—Por supuesto, su majestad —le respondió

Ambos se quedaron en silencio y la nieve comenzó a caer.