—No puedo ir contigo —repuso Hermione, ruborizándose—, porque ya tengo pareja.

—¡Vamos, no tienes que mentirme! —dijo Ron—. ¡Le dijiste eso a Neville para librarte de él!

—¿Ah, sí? —replicó Hermione, y en sus ojos brilló una mirada peligrosa—. ¡Que tú hayas tardado tres años en notarlo, Ron, no quiere decir que nadie se haya dado cuenta de que soy una chica!

Y salió como un huracán de la biblioteca.

Harry no despegó su vista ni un segundo del libro de transformaciones y animagia en el que se había adentrado un par de horas antes. En comparación el resto de sus compañeros, él no necesitaba estudiar para los exámenes que serían el día anterior al baile porque estaba exentado de ellos gracias a que era un campeón del torneo. Sin embargo, Harry estaba consciente de que él no era como un chiquillo más y que perder el tiempo haciendo el imbécil no era una opción. Por eso pasaba exactamente el mismo tiempo que sus aliados invertían estudiando en seguirse alimentando de conocimiento. La animagia parecía algo interesante.

—Es mentira —afirmó Ron, viendo a Hermione irse.

—No, no lo es —dijo Ginny en voz baja.

—Entonces, ¿con quién va? —preguntó Ron bruscamente.

—No les voy a decir. Eso es cosa de ella —contestó Ginny.

—Bueno —dijo Ron, que parecía extraordinariamente desconcertado—, esto es ridículo. Ginny, tú puedes ir con Harry, y yo...

—No puedo —lo cortó Ginny, y también se puso colorada—. Soy la pareja de... de Neville. Me lo pidió después de que Hermione le dijera que no, y yo pensé... bueno... si no es con él no voy a poder ir, porque aún no estoy en cuarto. —Parecía muy triste y le dirigía al Slytherin miraditas bastante significativas que él ignoraba mientras leía—. Creo que voy a ir a cenar —concluyó. Se levantó y salió.

—¿Qué les pasa? —preguntó Ron fastidiado—. A este paso seremos los únicos sin pareja.

—Puedes hablar por ti, yo ya tengo pareja —dijo Harry como quitándole importancia, pasándole página al grueso libro entre sus manos.

—¿Qué? ¿En serio? ¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó francamente decepcionado y atribulado—. ¿Qué se supone que voy a hacer?

Harry suspiró ante el comentario exageradamente dramático del Gryffindor. Para ellos, el fin del mundo bien podía ser tener que pasar por la vergüenza de no tener con quién asistir al baile y Harry la verdad es que no lo entendía en lo más mínimo. ¿No habían, acaso, cosas más importantes de que ocuparse? ¿Cómo los crecientes rumores de que Voldemort estaba recobrando su fuerza? ¿Qué hacía Ronald lloriqueando porque no había podido conseguir una cita con ninguna de las chicas del castillo? Era sinceramente patético, pero como recién acababa de recuperar su amistad con él (no sabía exactamente qué había ocurrido, pero de alguna manera el pelirrojo se convenció de que Harry no se hubiera atrevido a desafiar a Dumbledore y a meter su nombre en el cáliz) decidió que bien podía echarle una mano. Por dos razones; la primera, estaba cansado de sus berridos y la segunda, porque nunca está de más mostrarse simpático.

Alzó la vista, no había mucha gente en la biblioteca, la cena estaba por comenzar y la mayoría de los alumnos estresados por sus estudios habían decidido tomar un descanso. Miró a Ron intentando evaluar, de acuerdo a su físico, y no a su carisma, porque si no, aquello hubiese sido un caso perdido, que tipo de chica sería capaz de acceder a salir con él. Ron era bastante... simpático. Era alto, no estaba muy en forma, pero nadie a su edad lo estaba (excepto tal vez Draco que insistía en que la fuerza mágica no lo era todo), sus ojos azules eran brillantes y su cabello pelirrojo, aunque desordenado, lucía suave. Sus pecas parecían parte de su atractivo y Harry pensó que, si podía convencerlo de quitar esa expresión bobalicona, incluso podría ser bastante apetecible para alguna chica.

Dos mesas por delante de la suya divisó a Padma Patil, estudiante de Ravenclaw, hermana gemela de Parvati, compañera de curso de Ron. Piel morena, ojos verde aceituna, cabello negro lacio y largo. Bonita, carismática y muy inteligente. Hermione solía juntarse con ella, a veces y Harry y Draco la tenían fichada como alguien que incluso podría ser competencia para Granger a la hora de elegir prefectos en la casa del águila. Tal vez era demasiado inteligente para Ron, y también demasiado bonita, pero tal vez, si la convencía de ir con Ronald, este terminaría de convencerse de que ellos era, de verdad, amigos. Así que valía la pena intentar.

Con elegancia que había logrado memorizar e imitar a la perfección de Draco, cerró su libro y se puso de pie. Ron dejó de lloriquear por un segundo y le miró mientras se acomodaba la túnica y emprendía hacia la mesa donde Patil, completamente sola, se encontraba escribiendo a gran velocidad sobre su pergamino. Parecía realmente concentrada, solo alzaba la mirada del pergamino para posarla en el libro a su izquierda.

Harry nunca había hablado con ella, pero tenía muy bien ensayada su forma carismática y embaucadora de acercarse a la gente. Sobre todo a las chicas. Además, siempre cabía la posibilidad de que Patil y Weasley se enrollaran de verdad y entonces, Harry ganar a un nuevo aliado con el mínimo de esfuerzo.

Padma alzó la vista cuando la silueta de Harry se sentó frente a ella en la mesa. Ella bastante desconcertada, pero no molesta, parpadeó y esperó pacientemente a que el rey de las serpientes se decidiera a hablar. Harry le sonrió y agradeció que fuese lo suficientemente lista para callar y ser paciente, lo agradeció porque así era más fácil tomar el control de las cosas y Harry amaba tener el control.

—Padma Patil —dijo con zalamería—, cuarto curso, Ravenclaw, la mejor de su clase —la chica le sonrió al escuchar esto último—. Bonita, muy inteligente, solo un defecto —juguetón, imparable—: no tienes pareja para el baile.

—¿No la tengo? —preguntó igual de coqueta y Harry negó.

—No, no la tienes, pero no por mucho tiempo — ¿Sería mucha molestia pedirte que asistas con mi muy íntimo amigo, Ronald Weasley? —señaló con su pulgar hacia sus espaldas. No podía ver a Ron, pero esperaba que estuviese luciendo, al menos, un poco varonil.

Padma miró sobre el hombro de Harry y pareció evaluar por un segundo lo que le estaban ofreciendo. Como una mercancía. Sus ojos verdes subiendo de arriba abajo, deteniéndose en lo que Harry suponía era el rostro de su aliado. Sus dedos delgados y estilizados, de pronto, jugando con un mechón suelto de su brillante cabello negro y sus blancos dientes mordisqueando su grueso labio inferior, quitando un poco del brillo labial que tenía encima.

¿Ya estaban en ese momento de sus vidas? ¿Con las chicas aprendiendo a maquillarse y los chicos aprendiendo a hacerse pajas? Parecía que sí.

—De acuerdo —dijo sonriendo ampliamente hacia Ron y luego hacia Harry—. A las siete, frente al gran comedor. Gracias rey serpiente.

Harry, quién estaba a punto de levantarse, la miró con la ceja enarcada preguntó.

—¿Disculpa?

—Es así como te llaman: "Rey serpiente" —Harry soltó una carcajada, halagado.

—En ese caso se dice: "Gracias, su majestad" —La chica le devolvió la sonrisa.

—Entonces gracias, su majestad.

—De nada, Padma Patil.

Y se puso de pie.

No había escuchado aquel apodo, suponía que era nuevo. Y le encantaba. Y sabía que a Draco le gustaría aún más.

—¿Qué sucedió? —le preguntó Ron nada más se sentó a su lado en la mesa —. ¿Por qué me miraba? ¿Por qué me sonreía? ¿Por qué parecía que hablaban de mí? —paranoico.

—Por qué hablábamos de ti. Padma Patil es tu cita para el baile. Me dijo que te veía a las siete frente al gran comedor y será mejor que la trates bien, no me hagas quedar mal.

Ron se deshizo en palabras de agradecimiento. Repetía una y otra vez que lamentaba haber sido un terrible amigo y haber dudado de la pureza de su corazón, que, con aquel acto tan noble, jamás volvería a dudar de él. Berreaba que era el mejor amigo que hubiese tenido nunca, lloriqueaba que jamás conocería a alguien tan benevolente como Harry y él, por supuesto, fingió que no le escuchaba pero por dentro se regocijaba de, una vez más, haber logrado convencer al mundo exterior de su máscara. Una máscara que cada día le costaba más trabajo contener, pero que, definitivamente no iba a quitarse.

Cuando Harry sintió que era demasiado, detuvo los halagos de Weasley insistiendo en que no era para tanto y que ya buscaría la manera correcta de agradecérselo. Ambos estuvieron de acuerdo en ello y detuvieron su sesión de estudios para dirigirse al gran comedor y tomar la merecida cena de aquel día lleno de tareas y materias por repasar.

Cuando ambos muchacho atravesaron el umbral de la puerta se despidieron con un hasta luego y se dirigieron cada uno hasta la mesa que les correspondía. Hermione ya estaba en su mesa, platicando amenamente con Luna Lovegood y Ginny se encontraba en su sitio, charlando con Colin Creevey y Lavender Brown. Draco, por supuesto, también se encontraba en el mismo lugar de siempre, junto a Pansy Parkinson y frente a Blaise y Theo. Todos le habían guardado al rey su lugar predilecto y Harry no tardó en ocuparlo.

Pansy se sentaba lo más cerca del rubio de lo que era posible, intentando, como siempre, acaparar toda su atención sin importar lo humillante que aquello pudiese parecer. Theo y Blaise miraban a la parejita de reojo, mientras intentaban, por respeto más que otra cosa, no reírse de lo patética que lucía Parkinson. Draco, en cambio, no parecía incómodo por la manera en que se recargaba en él, ni en la que le hablaba, casi al odio. Paciente, la escuchaba, sutilmente la apartaba de su lado y la obligaba a sentarse como la señorita de sociedad que se suponía que era. Y Harry le admiraba por tremendo temple, él no lo poseía y por eso mismo decidió intervenir.

—Pansy, compórtate —dijo, autoritariamente y ella obedeció de inmediato—. ¿Qué clase de ejemplo crees que les das a las chicas menores? Ese no es el comportamiento de una Slytherin que se sienta orgullosa de llamarse tal. Y acomódate la falda, por amor a Salazar.

Avergonzada se acomodó en su silla, acomodándose la tela de la falda debajo de las piernas e, incluso, arreglándose el cabello que recién había sufrido un corte que, Harry debía admitir, la hacía lucir mayor y atractiva. Pansy no se atrevería despotricar en su contra, al menos no en voz alta, Draco, en cambio, le miró con cierto brillo en los ojos y le acarició la rodilla bajo la mesa en agradecimiento, discreto, pero ardiente.

Cenaron entre charlas banales, los exámenes y las noticias del exterior. Harry notaba como muchos, o la mayoría de los Slytherin tenía especial cuidado en mencionar a Voldemort o cualquier cosa que lo implicara. Sus lealtades no estaban claras para nada, parecía que, en el momento en que Voldemort resurgiera, muchos buscarían darle la espalda y posicionarse donde mejor les conviniera y aquello, sin duda alguna, le enervaba. Sabía que aún no era lo suficientemente poderosos como para liderar un ejército que con convicción se enfrentara al Lord y lo derrotara en su nombre, sabía que iba a la mitad del camino y sin embargo, desea con todo su corazón, contar con la lealtad de hombres como Nott o Zabini. Aunque probablemente, Nott terminaría por traicionarlo.

Theodore Nott era un alumno ejemplar, muy, muy Slytherin. Con una habilidad innata para las actividades físicas y para los maleficios. ¿Su debilidad? Siempre iba tras el pez gordo, y en Slytherin, Harry era esa presa. Nott buscaba, por todos los medios hacerse con la amistad de Harry, aspiraba, incluso a ocupar el lugar de Draco y había hecho un par de berrinches cuando las cosas no salieron a su favor. La mayoría de las serpientes, por supuesto, entendían perfectamente que para Potter, Draco era irremplazable y Harry sospechaba que, si Nott no conseguía hacerse su mano derecha, buscaría el favor de Voldemort. Al fin y al cabo, la lealtad de los Nott ya se encontraba con el Lord.

—Sea como sea, mi padre dice que lo mejor que un mago ingles puede hacer en este momento es invertir en América Latina, tienen los mejores ingredientes para pociones del mundo; sus hiervas, sin poderosas y su magia antigua los alimenta —dice Nott intentando acaparar la atención de Harry.

Potter bebe su último sorbo de té y le da el último bocado a su tostada. Draco ha decidido que acariciarle la pierna durante el final de la cena es lo mejor que puede hacer para entretenerse y lo hace. Harry, por supuesto, no ha escuchado más de la mitad de la charla que Nott le propina y está seguro de que la reacción de su cuerpo ante aquel tacto tan suave es completamente natural... sin embargo es incómodo. Sus pantalones de repente parecen sentirse apretados, al igual que sus calzoncillos y entonces, cuando decide voltear a ver al rubio a su derecha, se da cuenta de que éste no le mira, pero sonríe descarado. Y Harry decide que ha sido suficiente.

—Hora de marcharnos, Draco —sentencia con voz poderosa, interrumpiendo cualquier cosa que alguien le esté diciendo.

Apenas se molestan en ser corteses y desear buenas noches. Draco parece satisfecho por su pequeña travesura y no lo oculta, al contrario, sonríe orgulloso de haberse salido con la suya y juntos comienzan en corto camino hacia las mazmorras, en silencio, con Draco sonriendo de oreja a oreja y con Harry tratando de recordar aquella vez que descubrió a su tía Petunia en calzoncillos. Si controlar las hormonas sin estimulación le parecía toda una osadía, ahora que ha descubierto que un simple roce de Draco Malfoy puede alterarlo cinco veces más, siente que es imposible.

Atraviesan la sala común y saludan a algunos de sus compañeros. Crabbe le pide ayuda a Draco con sus deberes de pociones pero el rubio hábilmente, se zafa de la responsabilidad y continúa con su camino, tras Harry quién no lo ha volteado a mirar en todo el camino, pero no necesita hacerlo, Draco sabe lo que piensa. Con Harry no necesita Legeremancia, pero casi es como si con él, la conexión jamás se desvaneciera.

Cuando el rubio entra a la habitación Harry se ha encerrado en el baño.

Draco camina con paso ligero hasta su cama, pasando frente al escritorio de su compañero de habitación donde descansan el sin fin de cartas de Sirius Black y Remus Lupin, quienes, realmente aliviados, expresaron su orgullo y su asombro por la manera en que Harry había resuelto su enfrentamiento con el dragón durante la primera prueba. Allí, en ese mismo escritorio, descansa un trozo de pergamino con el enigma del huevo que descubrieron en el baño de prefectos al sumergir el huevo y que reza:

Donde nuestras voces suenan, ven a buscarnos, que sobre la tierra no se escuchan nuestros cantos. Y estas palabras medita mientras tanto, pues son importantes, ¡no sabes cuánto!:

Nos hemos llevado lo que más valoras, y para encontrarlo tienes una hora. Pasado este tiempo ¡negras perspectivas! demasiado tarde, ya no habrá salida.

Ya ha pasado media hora, así que más vale que te apresures porque lo que se queda aquí siempre se pudre.

Ambos saben lo que significa; se llevarán algo de gran valor para Harry, lo meterán en el fondo del lago (pues es el único lugar donde hay gente del agua habitando) y él tendrá que recuperarlo en el transcurso de una hora. Podría ser aquel álbum con fotografías de sus padres que Hagrid le regaló el primer año en Hogwarts, o su primera escoba. Podía ser, incluso, aquel anillo que Draco le había regalado durante su cumpleaños y que Harry cuidaba con su propia vida y que no se quitaba más que para bañarse y dormir.

Draco sabía que Viktor aún no había logrado resolver el enigma y había escuchado de una chica de Beauxbattons que se había vuelto muy amiga suya, que Delacour tampoco tenía idea de como avanzar, así que, nuevamente, llevaban ventaja y Harry volvería a salir victorioso y con el primer lugar en el torneo intacto.

Cuando Harry salió del baño, cinco minutos después, Draco se encontraba sobre su cama, en pijama y terminando de leer aquel libro sobre animagia que ya había leído más de tres veces. Harry se aproximó hasta él, avergonzado por lo obvio, sin intercambiar palabras. Nunca mencionaban aquel pequeño problema y no iban a comenzar en aquel momento.

—Creo que serías un cuervo —dijo Draco, cerrando el libro. Claramente refiriéndose a su forma de animago.

—Y tú una serpiente —le respondió con voz suave, acomodándose junto a él para irse a dormir—. ¿Sabes como me han estado llamando?

—El rey serpiente —dijo con solemnidad.

—¿Lo sabías?

Draco se encogió de hombros.

—Si resulta que puedes transformarte en un cuervo, y no en una serpiente, la gente estará muy decepcionada —dijo el rubio.

—Eso es lo interesante de ser animagos ilegales, que no tienen que saberlo.

—Creo que estamos tratando de abarcar demasiado...

—Con Voldemort a la vuelta de la esquina cualquier ventaja es necesaria.

—Has aprendido bien, Harry.

—Del mejor —le respondió acomodando su cabeza sobre su brazo. Mirando al rubio desde arriba.

Guardaron un pequeño silencio. Los ojos de Draco brillaban intensamente en la oscuridad.

—Aún no estoy seguro de que lo mejor sea ir juntos al baile —dijo el ojigris. Interrumpiendo el silencio —. Se supone que vayas con alguna chica... se supone que vaya con Pansy... ella pregunta, quiere saber por qué no me has dejado asistir con ella.

—Tú no la necesitas y yo no necesito una chica, te necesito a ti, solo a ti.

—¿Hasta cuándo?—le pregunto en un susurro, con el aliento de Potter golpeándolo en el rostro. A punto de besarle.

—Por la eternidad...

Aquella respuesta le basó para hacerle estremecer. Harry le besó tan demandante como siempre, como se le estaba haciendo costumbre y el no protestó. Ambos se dejaron llevar por aquella mar de sensaciones prohibidas que sentían al fusionarse de aquella manera.

Sonaba a promesa.

Sonaba a amenaza.

Sonaba a un pacto irrompible de sangre.