El frío era palpable incluso con el castillo lleno de encantamientos de calefacción. Era navidad y estaba nevando en el exterior. Sin embargo, el viento no parecía soplar en absoluto y las calmadas montañas de blanca nieve reposaban en silencio, aguardando a que los alumnos más osados (y por supuesto, lo más infantiles) salieran de su refugio dentro de Hogwarts y decidiera pasar aquella espectacular mañana de invierno arrojando bolas de nieve a su prójimo o creando hombres de nieve bailarines con sombrero y bufanda. Los Gryffindor habían sido los primeros en acudir al llamado de la naturaleza, enseguida, los Hufflepuff y finalmente los Ravenclaw. Algunos Slytherin habían salido más a acechar que a divertirse, pero Harry Potter no, él tenía cosas más importantes de las que ocuparse.

Reunidos en la sala común de Slytherin, los alumnos de cuarto curso en adelante se encontraban congregados alrededor de la chimenea, donde Harry había tomado asiento en aquella silla de madera, oro y terciopelo verde que se había vuelto su trono personal y sobre el que nadie, excepto Draco, se atrevía a sentarse, aunque Potter no se encontrara en la sala común.

Harry, con una túnica de invierno color verde, gruesa y suave como la lana más fina sobre la tierra miraba a todos los que pacientemente esperaban el anuncio por el que habían sido llamados. Crabbe y Goyle habían sido los encargados de divulgar el mensaje y ahora, solo era cuestión de tiempo para que todos terminaran de reunirse. Era un momento importante.

Draco se encontraba sentado a la derecha de Harry, en un silloncito para dos personas donde Pansy le acompañaba. El rubio y la morena se tomaban de las manos distraídamente y hablaban en voz baja entre ellos. O bueno, Pansy hablaba y Draco escuchaba pacientemente. Detrás de Malfoy y Parkinson, Nott y Zabini aguardaban de pie. Crabbe y Goyle, por supuesto, flanqueaban a Potter que silencioso y pensativo jugaba con su anillo de serpiente, girándolo alrededor de su dedo y repasando los detalles de las esmeraldas y la plata.

—Buenas tardes —dijo con voz moderada pero imponente. Nadie estaba hablando en ese momento, pero de todas formas aquello pareció silenciar incluso el crepitar de la chimenea—. Voy a ser conciso y directo: Mi acompañante para el baile es Draco Malfoy y no quiero escuchar ni un solo murmullo al respecto, ni ahora, ni durante el baile y mucho menos después ¿he sido claro?

—P-pero ambos son chicos... su majestad... —dijo una chica de sexto, con voz insegura pero desafiante. Lo último lo había agregado al recibir la mirada asesina de Potter directamente. Sus ojos eran del mismo color que el avada kedavra.

—No seas idiota, Emma —le dijo Pansy—. Ellos no van como una pareja romántica.

—¿Y tú crees que eso lo van a entender los miembros de las otras casas? ¿Los magos que leerán el profeta? ¡Nuestro líder bailando un vals con otro hombre! —repuso Emma—. ¡No puedes! —dijo ahora dirigiéndose a Potter.

Harry levantó la barbilla, decidido. Giró solo un poco su muñeca y la magia fluyendo fue obvia cuando la lengua de Emma se pegó a su paladar. Algunos soltaron un jadeo de sorpresa, otros simplemente retrocedieron, alejándose de la chica. Nadie había sido testigo, hasta ese momento, del control y el manejo que Potter tenía sobre la magia no verbal, sin varita y aquellos los dejó completamente petrificados. Parecía que nadie más tenía nada que replicar.

—Aunque no debería, me veo en la obligación de darles una explicación —dijo Harry cruzando las piernas elegantemente sobre su asiento. Draco mantenía su expresión calma e imperturbable—. Es bastante sencillo, la verdad ¿alguien podría mencionar a una sola chica, en todo el colegio, que esté a mi altura? —silencio. Era obvio que no lo había—. Creo que ha sido bastante fácil. No lo hay. En todo Hogwarts solo hay un alumno capaz de rivalizar contra mí y ese es Draco Malfoy. Voy a asistir con el mejor porque lo merezco y ustedes, por supuesto, no van a entrometeré ni a estropear nada, todo lo contrario, convencerán al resto del colegio de que es lo mejor ¿he sido claro?

Los alumnos se miraban entre ellos, con el ceño fruncido y con expresión contradictoria en reflejada en sus rostros. La lucha interna que estaban llevando a cabo era obvia; luchaban entre sus creencias y su disposición de dejar que Harry Potter les gobernara, porque era lo mejor. Harry podía ver en los rostros de algunos el asco, en otros la concentración, podía ver la duda y la repulsión. Pansy había dicho "no en plan romántico" pero no parecía que aquello fuese suficiente para aplacar la furia. Harry temía tener que ocupar su poder mágico para hacerles doblegar. No iba a ir a ese baile con nadie más y por supuesto, no dejaría que Draco fuese con Parkinson.

Volvió a la tarea de jugar con el anillo sobre su dedo mientras desplegaba un poco de su poder mágico. Harry sabía que ellos no podían sentirlo en su más pura expresión, pero la presión de aquel poder sería suficiente para hacerles temblar y doblar las rodillas nuevamente. Jamás, ningún Slytherin había dudado de sus decisiones y no iba a dejar que pasara en aquel momento. El poder podía dominar al hombre, doblegarlo a voluntad, desarmarlo y armarlo a convicción y eso, era justo lo que Harry estaba haciendo. Como un ciervo mostraba sus astas y las presumía, marcando territorio, recalcándoles, recordándoles quién en aquella sala, era el único que llevar el control de un grupo tan difícil de personas como lo eran los Slytherin.

Aquello fue suficiente.

Una a una las cabezas cayeron, inclinándose ante él. Tal vez aquella manera de control debía ser tan prohibida como las maldiciones imperdonables, pero Harry estaba dispuesto a sacarle ventaja y como el único mago en la sala capaz de sentir su magia en el estado más puro y de percatarse de sus intenciones era Malfoy, su mano derecha, su mejor amigo, no corría ningún riesgo.

—Pueden marcharse —dijo sin dejar de mirar su anillo.

Uno a uno los estudiantes desaparecieron de la sala común, unos en dirección a los dormitorios y otros en el exterior. Nott fascinado por su forma de convencimiento se sentó frente a él y le susurró:

—Yo puedo ser tu acompañante.

Y Harry respondió con un bufido de burla.

—¿Te crees mejor que Draco Malfoy? —si se ofendió o no, no lo demostró, simplemente se puso serio—. Cumple con la tarea que les he encargado —le dijo agitando la mano, corriéndolo.

—¿Harry? —preguntó Pansy con voz débil y curiosa. Luego se corrigió cuando Potter alzó la ceja—. Potter, lo siento, ¿con quién deberé asistir al baile?

—Con Zabini, por supuesto —respondió—. Gregory, vas con Daphne y Vincent con Millicent.

Nadie replicó.

—¿Debería avisarle a Nott? —preguntó Daphne, indiferente—. Él me había invitado.

—Haz lo que tengas que hacer —le respondió el rey serpiente poniéndose de pie—. Draco, acompáñame.

El rubio no se tomó la molestia de responder. Era el único que podía darse aquel lujo. Simplemente besó a Pansy en los labios rápidamente y se puso de pie sacudiéndose la túnica y siguiendo a Harry que ya iba hacia las habitaciones. Ni si quiera se sentían las miradas de los otros alumnos que no salían del shock, y de todas formas, Draco pensaba que ni así se atreverían a voltearlo a ver, nunca lo hacían y con esta última demostración de poder por parte de Harry creía que mucho menos.

Harry se adentró a la habitación y Draco detrás de él. Ambos se mantuvieron en silencio mientras Harry se desprendía de su pesada túnica de invierno.

—¿Crees que fue lo mejor? —preguntó Harry, por primera vez en mucho tiempo, inseguro.

—Sabes que yo hubiera preferido mantener las apariencias. Todos saben que estoy comprometido con Pansy, pero eso no significa que deje de ser extraño. Los magos repudian que dos chicos... bueno, ya sabes. Aunque algunos lo llevan mejor que otros.

—Ninguna chica me pareció lo suficientemente interesante como para invitarla —suspiró.

—Lo sé, Harry, no hace falta que me recuerdes que solo me has elegido por ello —soltó con amargura.

—Sabes que no es el caso...

—Sabes que si lo es, has decidido que sería tu pareja porque conmigo te sientes cómodo. Incluso insinuaste que tal vez debíamos usar algún encantamiento o una poción que me volviera chica, temporalmente. Vaya humillación... —despotricó.

—Creí que era lo mejor...

—Lo mejor para ti, Harry —le encaró—. No para mí, soy un chico, siempre voy a serlo y soy feliz de esta manera, si elegiste venir conmigo al baile es mejor que te hagas la idea. Me sorprende que allá abajo les encararas y ahora... parezcas tan cobarde...

—Me gustas Draco...

—¿Hasta cuándo? —no le respondió—. No te estoy pidiendo nada, lo que nosotros... lo que yo... lo que sentimos, no te estoy pidiendo nada... eres tú quien va por allí robándome besos y tocándome como si te perteneciera pero ni si quiera has tenido el valor de pedirme que me niegue a comprometerme con Pansy. Y es porque eres un cobarde.

—¡Retráctate! —dijo con el rostro enfurecido.

—¡No voy a hacerlo! Esperas que lo que sientes por mi sea pasajero, quieres que sea pasajero y solo esperas que no lo sea si estoy dispuesto a volverme... una chica...—escupió con desagrado—. Te ofrecí mi amistad, solo mi amistad, te ofrecí mi fuerza, mi apellido y mi respaldo, pero tu querías otra cosa y lo tomaste y ahora... ¿En qué estamos metidos? Vienes y me preguntas si fue lo mejor y pareces tan agobiado, pero no te molesta dormir conmigo todas las noches o besarme. Si tanto conflicto te causaba pudiste haber invitado a Granger, luce, de hecho, bastante bien desde que se arregló los dientes.

—No me estas ayudando —le recriminó apretándose el puente de la nariz—. No lo estás haciendo más fácil Draco.

—Tu eres el que lo complica —respondió con aquella frialdad marca Malfoy y paciencia marca Black.

—Sabes que haría cualquier cosa por...

—Por mí, lo has dicho, pero no he visto que nada cambie.

Harry se encontraba de pie junto a su armario. Draco caminó hasta él con calmada furia, encarándolo como nadie se atrevía a hacerlo. Frente a él Harry era tan frágil como aquel chiquillo al que sus tíos solían encerrar debajo de la escalera, estaba tan indefenso como el Harry que conoció en la tienda de túnicas por primera vez. Era Draco y solo Draco quien tenía el control, aunque en apariencia no lo fuera. Él sabía cómo usar a Harry y sabía cómo manipularlo, aunque no se atreviera a hacerlo por respeto a su amistad a su lealtad y a alianza.

Draco sabía que Harry tenía dudas, no solo porque lo que había entre ellos estaba creciendo, sino porque con los rumores sobre Voldemort todo se complicaba. Los Malfoy le volverían a servir al Lord y la lealtad de muchos se inclinaría hacia él, dejándole desprotegido, dejándole sin la mitad de sus aliados, principalmente en Slytherin. Y Harry, había actuado muy poco como un Slytherin invitándole al baile, aunque su manera de hacer sucumbir a sus súbditos había sido el de una serpiente de verdad. Arriesgaban mucho dejando a la luz que era más que amigos. Si esa información callera en manos de Voldemort Draco podría ser utilizado por su propio padre. Todo era un desastre.

—Harry, no puedes flaquear ahora, no puedes dudar —le dijo con voz calmada—. Aún debes vencer a Voldemort nuevamente, aún debes tomar el lugar de Dumbledore, pero sobre todo, debes crear un mundo donde no tengas que devanarte los sesos pensando si besarme está bien o no. Sólo tú eres capaz de hacerlo ¿entiendes? Y lo harás aún a base de maldiciones, amenazas e imperdonables. Tú puedes destruir el mundo en mil pedazos y reconstruirlo, solo debes seguir avanzando... Y si tenemos que dejar de... de hacer cosas que los amigos no deben hacer por un tiempo, lo haremos.

—No podría... —se apresuró a decir—. Tú eres mío, Draco... —sonaba como un niño pequeño, uno muy peligroso.

Draco le sonrió, enternecido.

—¿Lo soy? —Harry frunció el ceño.

Sin embargo, y pese a la molestia reflejada en su rostro, Harry no respondió con palabras, sino que lo tomó fuertemente por el cabello y lo atrajo hasta él. Sus labios prácticamente se estrellaron unos contra los otros. Y dolió, pero el dolor era parte de su extraña y bizarra relación y estaba completamente bien. Aquel intercambio de saliva y de carne gritaba "joder cuanto me gustas" y no había ni una pizca de "cuanto te quiero" pero no hacía falta, por que gustar y querer podía ser lo mismo, por que desear podía ser lo mismo que amar si se hablaba de un par de Slytherin con aires de grandeza y debilidad por el poder.

Se separaron y sonrieron. Se sonrieron como nadie nunca en el exterior los había visto sonreír. Llenos de picardía una chispa de maldad que amenazaba con salirse de control. Era perverso y oscuro, pero era fuerte y los conectaba. Harry no solo mataría por Draco Malfoy, él sería capaz de torturar hasta la muerte, arrancar con sus propios dientes la carne de cualquiera que intentase dañar a su reina y eso, eso no era amor, pero era algo mucho más fuerte, frívolo y poderoso.

Draco se metió a la ducha casi de inmediato, Harry, en cambio, se aproximó hasta su escritorio donde con un movimiento de varita recogió todo el desastre que solía dejar sobre él. Una vez despejado, lo único que descansaba sobre el mueble de madera n trozo de pergamino con el enigma del huevo dorado y una serie de pergaminos con todo lo que necesitaría para su transformación como animago. Él había insistido en transformarse ese mismo año. Draco le había pedido que esperara un año más y él le había obedecido, como en casi cualquier cosa que le aconsejaba.

Draco salió de la ducha veinte vistiendo una bata de baño y con el cabello rubio escurriendo pequeñas gotas de agua y dispuesto a cambiarse para el baile de navidad que comenzaría a las siete.

Harry se adentró en la ducha y una vez cerró la puerta abrió el grifo de la ducha y comenzó a desnudarse. Se deshizo de la camisa, del corbatín y de los pantalones. Se deshizo de los calzoncillos y de los calcetines. El agua salió caliente sin tener que esperar prácticamente nada, así que, cuando el agua hizo contacto con su piel, el frio del ambiente se evaporó casi de inmediato y la sensación del rápido cambio de temperatura le puso la piel de gallina.

Salió de la ducha quince minutos después. Después de haberse tallado el cuerpo y la cabeza a conciencia y definitivamente, después de asegurarse de que había aplicado correctamente el encantamiento contra el frio en su bata de baño.

Draco no estaba en la habitación.

Se vistió con toda la calma del mundo. Aún faltaba bastante para que el baile comenzara. Se colocó la túnica que muy amablemente Narcissa Malfoy le había ayudado a elegir, se peinó (lo mejor que puso) se alzó lo brillantes zapatos de cuero negro y finalmente agregó a su cuello un poco de la loción que Draco le había regalado por navidad aquella misma mañana.

Se sentía nervioso y no sabía decir si era por el hecho de ir al baile con un hombre, o si era porque ese muchacho era Draco Malfoy.

Decidió que no importaba, que cualquiera que fuese las razones, no tenía permitido sentirse de esa forma. Porque era el rey de Slytherin.

Al diez para las siete se miró en el espejo una vez más y decidió que no quería llevar las gafas aquel día así que, echándose encima un encantamiento que le permitiría ver mejor durante unas cuantas horas, abandonó las redondas gafas en su mesita de noche y salió de la habitación en dirección a la sala común donde sabía, por el mapa del merodeador, que Draco estaba esperando.

Harry había visto, antes que nadie, la túnica que Draco llevaría al baile, la había visto colgada en el armario del rubio durante muchos días, con un encantamiento que repelía el polvo encima. Había visto sus finísimos zapatos y había olido su colonia francesa un millón de veces. Sin embargo, cuando bajó el último escalón y ante su vista apareció Draco sentado en su lugar, con las piernas cruzadas en un ademan delicado y aristocrático, con su cabello rubio desordenado de manera agradable y su mirada gris brillando por el fuego de la chimenea, Harry sintió que no estaba viendo a la misma persona. No recordaba que aquella túnica le quedara tan bien, no recordaba que esa loción le hiciera oler tan delicioso y definitivamente, jamás había deseado tanto echarlo de su asiento a mordiscos en los labios.

Draco le sonrió y lo demás dejó de importar.

—Me gustan tus ojos, son como veneno... —le dijo en un susurro.

Harry no recordaba haberlo visto acercarse, pero ahora lo tenía solo a escasos centímetros de distancia. Él solo quería responder que el verdadero veneno era Draco que le estaba infectando cada arteria y que moriría si no recibía un beso suyo, pero se contuvo. Bendito el momento en que se le ocurrió dejarse las gafas en la recámara.

Caminaron uno a lado del otro en dirección al gran comedor. No iban tomados de las manos y nada en su actitud revelaba la naturaleza de su relación, excepto, tal vez, las miradas discretas y apreciativas que se lanzaban el uno al otro.

Algunas chicas les miraban embelesadas, como si al verlos pasar se les hubiera acabado el aire. Algunos susurraban y preguntaban por qué no iban acompañados de nadie, otros sonreían intentando llamar su atención y otros más les saludaban abiertamente.

En aquel momento, era más que notorio que el colegio les pertenecía. Harry se lo había ganado a base de miradas profundas y sonrisas hipócritas que parecían tan sinceras que te derretían el corazón. Harry se lo había ganado con Draco Malfoy bajo su sombra, aconsejándole, diciéndole como moverse, como hablar y que decir. Eran los reyes.

Se abrieron las puertas de roble del gran comedor, y todo el mundo se volvió para ver entrar a los alumnos de Durmstrang con el profesor Karkarov. Krum iba al frente del grupo, acompañado por Hermione preciosamente vestida con túnica azul, al final no había mentido y había pescado a uno de los campeones del torneo.

Nada mal, pensó Harry. Muy Slytherin.

Por encima de las cabezas pudo ver que una parte de la explanada que había delante del castillo la habían transformado en una especie de gruta llena de luces de colores. En realidad eran cientos de pequeñas hadas: algunas posadas en los rosales que habían sido conjurados allí, y otras revoloteando sobre unas estatuas que parecían representar a Papá Noel con sus renos.

En ese momento los llamó la voz de la profesora McGonagall:

—¡Los campeones por aquí, por favor!

Sin dejar de hablar, la multitud se apartó para dejarlos pasar. Draco se acomodó el cuello de la camisa y un mechón rebelde de cabello detrás de su oreja. Harry sonrió satisfecho. Por primera vez en toda la tarde sintió que había hecho lo correcto al ir con Draco al baile. McGonagall les pidió que esperaran a un lado de la puerta mientras pasaban todos los demás: ellos entrarían en procesión en el Gran Comedor cuando el resto de los alumnos estuvieran sentados.

Fleur Delacour iba en compañía de Roger Davis, el capitán del equipo de quidditch de Ravenclaw, Hermione, quien sonreía nerviosa y ni si quiera se había percatado de la presencia de Harry, iba del brazo de Viktor Krum.

—¡Harry! —dijo al notarlo a su lado.

—Te ves muy bien, Hermione —le saludó besando su mano y haciéndola sonrojar. Krum carraspeó.

—Tú también, tus ojos lucen muchos más sin los lentes y... ¡Harry! ¿Y tu pareja? —preguntó genuinamente interesada—. No me digas que has venido solo... Hola, Draco... McGonagall va a asesinarte, ella dijo que todos los campeones debían...

—En realidad, Granger, yo soy su pareja —dijo el rubio al vez que Harry era incapaz de hacerlo.

Delacour abrió la boca para expresar su desagrado, pero la mirada fría de Draco la detuvo. Krum frunció el ceño, confundido, tal vez, pero al ser Draco amigo suyo se abstuvo de comentar nada. Hermione simplemente sonrió y dijo.

—Oh, lo siento, pues al menos has conseguido a alguien que sepa bailar.

Y ahí murió el tema. Al menos hasta que las puertas del gran comedor se abrieron y los campeones entraron.

Harry no sabía exactamente hacia quienes estaban dirigidos los cuchicheos y los alaridos de incredulidad. A veces escuchaba el nombre de Hermione y a veces alguien se atrevía a decir "Potter". El rey serpiente suponía que Granger estaría en la mira de todas aquellas personas que no creerían que a Krum le gustaran como ella. Sin embargo y cuando estaba a punto de lanzar avadas de los puros nervios, Draco le tomó de la mano y la apretó con fuerza. Harry no se atrevía a mirar a todos los que le rodeaban, pero estaba mirando a Draco y este parecía estar ahuyentando los prejuicios de todos los presentes con su mirada tan endurecida, que el gris de sus ojos parecía metal sólido y no el típico mercurio.

Entonces la tensión se rompió y en cuanto se acomodaron en su lugar para bailar los espectadores rompieron en aplausos emotivos.

Habían recubierto los muros del Gran Comedor de escarcha con destellos de plata, y cientos de guirnaldas de muérdago y hiedra cruzaban el techo negro lleno de estrellas. En lugar de las habituales mesas de las casas había un centenar de mesas más pequeñas, alumbradas con farolillos, cada una con capacidad para unas doce personas.

La música comenzó a sonar y entonces no supo que más hacer.

—Sólo relájate, tú has pedido esto, ahora afróntalo —le dijo Draco colocando una de sus manos sobre su hombro y la otra en su cintura.

—No sé qué haría sin ti —le respondió y le sonrió.

De manera casi inmediata, Harry se aferró al cuerpo de Draco y comenzó a dirigir el baile. Habían estado practicando para ese día por horas y horas después de la cena y era grato descubrir que había dado sus frutos. Harry no se movía con tanta gracia, ni tanta elegancia como Draco, pero su torpeza varonil era parte de su encanto y pronto, que su pareja de baile fuese un chico, dejó de importar, porque todos les miraban asombrados, no asqueados, ni horrorizados, simplemente asombrados por la manera tan sincronizada en que se movían uno en los brazos del otro, como si fuera algo natural.

—Parece que nuestros chicos han hecho un gran trabajo —susurró Draco al dar una vuelta.

Harry asintió complacido. Los Slytherin habían seguido sus órdenes sin titubear y se habían encargado de aligerar el ambiente para que él y Draco no fuesen mal vistos por ser dos muchachos bailando como si no fuese completamente antinatural.

Tal vez, después de todo, si Voldemort volvía, Harry conservaría bastantes aliados.

La música les llevaba como si estuvieran en medio del mar. Harry sentía los pies ligeros y sabía que era porque Draco, de manera sutil, había comenzado a llevar el ritmo y los pasos. Sus ojos grises no se apartaban de su rostro, es una de las reglas: debes mirar a tu acompañante todo el tiempo, le había dicho y lo estaba cumpliendo. Y Harry estaba tan maravillado con esa intensidad que le atravesaba hasta su corrupta alma que, cuando el resto de los alumnos se unió al baile, no se percató de ello, estaba tan hipnotizado por la manera tan frágil, pero a la vez, tan segura en que Draco le miraba que cuando alguien susurró marica, únicamente se hizo nota mental para tomar desprevenido al tipo y dárselo de comer al basilisco.

Nada podía arruinar esa noche.

Ni si quiera la mirada endurecida que Dumbledore le dirigía desde la mesa principal.