—¿Por qué siento como si hubiera llegado en un momento inoportuno? —le susurró Draco.
Se encontraban en la biblioteca, el invierno comenzaba a quedar muy atrás y la primavera se asomaba suavemente y de manera lenta. Ya no había nieve ni ventiscas invernales pero el frio aún no terminaba de menguar y, aunque los estudiantes ya no iban con bufanda y gorros a todas partes, si iban ligeramente abrigados. Los suficiente como para no pescar un resfriado absurdo.
La segunda prueba estaba a la vuelta de la esquina, pero Harry tenía otros asuntos en mente.
El primero y más importante de ellos había ocurrido durante el baile de navidad. Harry había decidido darle una pequeña lección a aquel Gryffindor que se había atrevido a llamarlo marica y. Lo había visto salir completamente solo del castillo, lo siguió a una distancia prudente y cuando se aseguró de que nadie lo miraba, se colocó la capa encima. El resto fue trabajo de la imperius y el corto camino hacia la cámara de los secretos donde el basilisco obtuvo su pequeño manjar, no sin que antes Harry se asegurara de dejarle a aquel tipo que no era un marica, casi de la misma manera en que le había dejado en claro a Pettigrew que detestaba a los traidores. Ni si quiera sabía su nombre y no lo supo hasta que los anuncios de desaparición llegaron cada tablero de cada sala común de Hogwarts.
Volviendo de su pequeña travesía Harry había decidido tomar el camino menos concurrido hasta el gran comedor donde había dejado a Draco, con Pansy. Jamás imaginó que su pequeño viaje le proveyera de información sumamente importante; Hagrid era mitad gigante (algo realmente obvio y nada sorprendente) y que el regreso de Voldemort estaba más cerca de lo que imaginaba.
Había encontrado, casualmente, a Snape y a Karkarov cuchicheando a la mitad de aquel pasillo desierto. Hablaban de la marca tenebrosa. Karkarov necesitaba huir, todos sabían que había vendido a sus compañeros mortífagos por su propia libertad de Azkaban. Snape le decía que él no podía marcharse, que debía esperar. La conversación había sido corta y llena de inconsistencias, pero Harry jamás había sentido tan cerca el regreso de Voldemort como en ese momento. Solo sus más fieles seguidores habían sido marcados y solo ellos, a través de su marca, podían saber, podían sentir la fuerza de su señor.
Ojoloco Moody parecía bastante al tanto de la situación. Era el único de todos los profesores que se atrevía a insinuar, en la cara de Snape, que sabía lo que estaba haciendo y por qué lo hacía. No le temía al profesor de pociones y difícilmente las miradas endurecidas de Snape le hacían callar, sobre todo cuando el asunto involucraba a Harry. Moody creía fervientemente que había sido Snape el culpable de que había colado su nombre en el cáliz y cada que veía a Harry ser sancionado sin razón aparente por Severus, no tardaba en salir en su defensa.
Que Snape estuviera jugando al doble agente no le sorprendía. Harry lo detestaba, pero no por eso desestimaba su intelecto, su astucia y su facilidad para moverse entre las sombras. Snape era un Slytherin después de todo y Harry sospechaba de los mejores. El hombre estaba esperando, manteniéndose en ambos bandos para sacar algún beneficio. Si Dumbledore caía, siempre podía permanecer junto a Voldemort. Si Voldemort caía, siempre podía arrastrarse a los pues de Dumbledore y fingir que solo estaba haciendo bien su trabajo. Lo que Snape no sabía es que un nuevo bando estaba por levantarse.
Si Voldemort y Dumbledore estaban preparados, Harry también debía estarlo.
El segundo asunto importante por el cual debía preocuparse era la reciente desaparición de algunos miembros del ministerio. Gente importante entre los que se encontraban Barty Crouch, el jefe del departamento de cooperación mágica internacional y uno de los que había osado acusar a Harry por lanzar la marca tenebrosa durante el mundial de quidditch durante el verano. Se suponía que el hombre sería uno de los jueces del torneo de los tres magos, pero había desaparecido una semana después del baile de navidad y nadie había vuelto a saber nada de él, ni si quiera Percy Weasley, que trabajaba como su secretario.
Todos sabían, pero nadie se atrevía a decirlo en voz alta, que aquello probablemente tenía que ver con Voldemort. Durante la primera batalla que se libró contra él los magos y brujas habían vivido con el miedo de ser secuestrados por él, sobre todo aquellos con cargos importantes. Y por supuesto, también estaba el hecho de que en el mundo muggle, estos habían sido atacados por hechos sospechosamente mágicos a los que el profeta no quería darles nombre, porque de aceptar que tenía que ver con los mortífagos, el mundo mágico caería en pánico y aquello era lo último que el ministro necesitaba sobre su, ya de por sí, mala administración.
El tercer asunto, el más insignificante de todos y que en realidad no era un problema sino que más bien funcionaba de absurda distracción era el hecho de que al parecer, Ron y Hermione habían decidido fijarse el uno en el otro y su inmensa inmadurez (la de Ron sobre todo), no les permitía estar en la misma habitación sin discutir más de diez minutos. Y Harry no necesitaba un par de aliados así de incapacitados a darle su opinión sobre el tema de Voldemort, él necesitaba consejos prácticos y teorías inteligentes.
Harry no tenía tiempo para lidiar con los problemas de adolescentes, él no era su madre por amor a Salazar, pero tal parecía que Weasley y Granger en empeñaban en ponerlo de por medio y comenzaba ser molesto, y no solo para él, sino también para Draco quien no había preguntado nada, pero seguramente se daba un idea y le parecía tan absurdo como a Harry.
—En realidad, has interrumpido otra absurda pelea entre Ron y Hermione —le contestó sin molestarse en bajar la voz.
Draco vio de reojo que los mencionados se ruborizaban.
—¿Sí? No me lo hubiera imaginado —respondió con sarcasmo—. Como sea, ¿has leído el profeta?
Harry quien hasta ese momento se encontraba leyendo un libro de pociones avanzadas levantó la vista del viejo ejemplar que Narcissa le había enviado una semana antes, directamente de la biblioteca privada de los Malfoy.
—¿Más gente desaparecida? —preguntó con poco interés. Sin embargo, cada que se trataba de Draco, procuraba ponerle toda la atención posible.
—Sí, pero eso no es lo importante.
Draco colocó el artículo sobre el escritorio de Harry. Hermione y Ron, que hasta ese momento se habían estado dando la espalda de pronto se giraron para observar mejor lo que decía; en la portada estaba Harry, el día del baile de navidad, junto a Draco, ambos manteniendo una conversación tranquila con Cedric Diggory y Cho Chang que no dejaba de hacerle ojitos a Potter ni con su novio presente.
El artículo decía:
El niño que vivió para triunfar.
Por Rita Skeeter.
Hace algunas semanas, en este su periódico de confianza, El Profeta, me leyeron a mí, Rita Skeeter escribir un amplio —y muy bien redactado— artículo sobre la celebración del baile de Yule que tuvo lugar en Hogwarts, tal cual lo indica la tradición cuando el torneo de los tres magos se encuentra en curso.
Me leyeron hacer un montón de indagaciones sobre las razones que tendría el señor Harry Potter, campeón del torneo y actual primer lugar de la competición, para haber asistido al baile de la mano del que se presume es su mejor amigo; el joven heredero de la familia Malfoy, Draco Lucius Malfoy.
Pues bien, el día de hoy me alegra informarles que por fin he dado con la verdadera razón de aquella extraña decisión de Potter.
Al contrario de lo que podíamos pensar, nuestro héroe y carismático salvador no invitó al joven Malfoy con intensiones que no fueran de las más nobles y enternecedoras. Nada de besos a escondidas en las habitaciones privadas de Slytherin o un romance prohibido.
Harry Potter siempre destacó por su benevolencia y su hambre de paz en cualquier hábito en el que estuviera involucrado, y esta, señoras y señores, no es la excepción.
Y después de mucho indagar, entrevistar y preguntar —una muy, muy ardua tarea que me dejó ojeras—, por fin ha salido la verdad a la luz y es que el joven Potter había recibido tantas invitaciones al baile, de diferentes chicas, que no ha querido romper el corazón de ninguna y al final decidió que lo más justo y lo mejor era asistir con el heredero de los Malfoy y así no comprometer la estabilidad emocional de ninguna de las adorables jovencitas que le habían abierto su corazón.
Malfoy, por supuesto, no se atrevería a negarle nada a su mejor amigo. Ya en anteriores ediciones, hemos recalcado la fuerza y el potencial de aquella extraña amistad. El chico Malfoy incluso tuvo que pedirle a su novia, la señorita Pansy Parkinson que comprendiera que haría lo que fuese por su mejor amigo. Aún si eso incluía ponerse en el ojo del huracán y los comentarios desagradables que según uno de nuestros testigos, recibieron esa noche.
No cabe duda que esta historia estuvo llena de amabilidad y amistad verdadera. Y si les tengo que ser sincera, mis queridos lectores, es que, aunque me entusiasmaba la versión del romance secreto y lo prohibido, este desenlace es mucho más conmovedor.
Así que pueden estar tranquilas señoritas, el señor Potter está completamente disponible para cualquiera que sea digna de su bondad y su amabilidad.
Nada de cosas extrañas entre muchachos, solo amistad en su más pura expresión.
Sin embargo, y como ya es costumbre, su servidora también se dio a la tarea de investigar más a fondo sobre los intereses románticos de Harry Potter, una exclusiva que ni si quiera Corazón de Bruja tendrá disponible y que estoy segura encontrarán de lo más interesante.
Pero eso, amigos míos, es una historia que tendrán que leer la próxima semana, aquí en su diario de confianza, El profeta.
—Parece que le agradas —dijo Hermione con el entrecejo fruncido—. Generalmente no hace más que escribir cosas desagradables de todo el mundo... ¿esto es verdad? Nunca nos dijiste porque decidiste no invitar a una chica.
—Malfoy parece una —se burló Ron.
—Y puedo convertirte en una, Weasley, cuidado con tus palabras —amenazó Draco con voz tan fría que lo mandó a callar.
—Creí que mostrarías algo más interesante —dijo Harry volviendo a su lectura.
—Para ti lo único interesante sería ver a Voldemort en primera plana —se defendió el rubio, guardando el diario dentro de su morral—. Como sea, saber lo que otros dicen de ti siempre es importante.
—Lo sé —respondió Potter con voz conciliadora. Sonriéndole un poco.
—¿No han dicho nada de Christopher? —preguntó Hermione.
—¿Quién? —respondió Draco.
—El chico de Gryffindor que desapareció la noche del baile —soltó con cuidado—. ¿No han dicho nada?
—Ni una palabra —aseguró Draco poniéndose de pie—. Harry, necesito enviarle una carta a madre.
—Te acompaño, Hedwig estará encantada de llevarla. Nos vemos después.
Sin decir más salieron de la biblioteca en dirección a la lechucería. Draco rebuscaba entre sus cosas la carta de su madre y Harry miraba al frente, erguido, mientras saludaba cualquiera que le sonriera o le deseara un buen día. Tan amable como podía aparentar que era y tan fresco como se podía fingir que se sentía.
—Eso fue estúpido he innecesario —le dijo Draco en voz baja, mientras subían hacia la torre de las lechuzas.
—Lo sé —dijo sin una pizca de remordimiento en su tono de voz—. Pero lo olvidarán pronto, con todo lo que viene, "Christopher" es el menos de nuestros problemas.
—Tienes dificultad para controlar tu temperamento, Harry.
—Me insultó, nos insultó.
—Mandarlo a la enfermería con los genitales reducidos a pasas podría haber sido una solución viable —le regañó.
Caminaron entre las aves que descansaban en su sitio, ululando discretamente, algunas dormidas, algunas somnolientas. Todas o la mayoría de ellas mirándoles con curiosidad. Hedwig descansaba sobre su percha estaba despierta, así que Harry la llamó y ella acudió de inmediato. El piso estaba lleno de excremento de pájaro y de plumas que se limpiaban a cada paso que Harry daba, por arte de magia.
—Al final no ha sido más que un nacido de muggles, sin pariente influyentes.
—Pero no te tomaste la molestia de investigarlo antes de actuar ¿cierto? —Hedwig alzó la patita y Draco ató la carta—. A veces tu vanidad te domina y eso va a llevarte e a la ruina si no aprendes a manejarlo.
—Te tengo a ti para controlarlo.
—¿Por cuánto tiempo? —le preguntó con seriedad.
Hedwig levantó vuelo en dirección a Malfoy Manor.
—Tu prometiste... tu juraste...
—Las cosas están cambiando, Harry, y lo sabes.
La mirada verde de Potter se endureció.
—¿Entonces todo era mentira? ¿Vas a traicionarme?
—¿Cuánto crees que duraré con vida si le doy la espalda a mi padre?
—Yo voy a protegerte.
—No será suficiente.
—¿Y qué propones? Me temo que de traicionarme yo tendría que...
—¿Asesinarme?
—No quiero hacerte daño, Draco, no me obligues.
—Necesitamos un plan. Uno donde pueda salir bien librado y a la vez pueda seguir a tu lado...
—Snape...
—¿Snape?
—Él es un doble agente ¿Por qué no lo eres también? Podrías fingir ante tu familia que me has traicionado y entonces...
—Ofrecerte información, información importante —Harry sonrió ampliamente.
—Exactamente.
—Pero todos saben... mi padre sabe que eres mi...
—La debilidad de tu padre es la sangre, tú eres su sangre, va a creerte cualquier cosa que le digas. Probablemente van aprobarte, probablemente te harán confesar bajo veritaserum. Voldemort confía en Lucius, y si Lucius confía en ti...
—No será tan fácil.
—¿Estás conmigo o no? —Draco guardó silencio. Por un segundo pudo ver el miedo reflejado en el rostro y Harry y entonces respondió.
—Lo estoy.
—Esa carta a tu madre...
—Necesito saber lo que está ocurriendo en el bando de Voldemort, mi padre le habrá confiado algunas cosas. Sin embargo, no confío en que me las diga todas. Después de todo, parte la lealtad de mi madre se encuentra con Lucius.
—Hay que entrenarte, debes aprender a resistir la poción de la verdad... Reforzarte como oclumante y cuando llegue el momento tendrás que servir a Voldemort. Sé que serás capaz de convencerlo Draco, eres bueno en ello. Él debe creer que estarías dispuesto a cualquier cosa por su simpatía, incluso es probable que debas darle información sobre mí. Confío en que sabrás decirle cosas irrelevantes de manera que parezcan relevantes.
—Debo confesar que me asusta —dijo en aparente calma. Harry se acercó y lo abrazó.
—Si tú no me abandonas, yo no te abandonaré. Cuando menos te des cuenta, Voldemort habrá caído, junto con Dumbledore y entonces podrás volver a mi lado.
—¿Y si tu caes?
—Entonces quédate junto a Voldemort, eso solo demostrará que él era más digno de tu lealtad que yo.
Draco asintió en silencio. Pensativo y con su mente trabajando a toda velocidad. Harry había dicho que estaba bien que se quedara junto a Voldemort, pero lo que en realidad pensaba era en que si él caía, Draco tendría que caer con él. ¿No era aquel el trato desde el principio? ¿No era justo? Si Harry llegaba a la cima, a la gloria, llegaría junto con Draco y si caía, lo arrastraría con él hasta el fondo del mismísimo infierno. Y aquella era su manera de quererlo, aunque el mundo no lo entendiera, aunque Draco no lo comprendiera. Cuando él cayera, caerían con él todos los hombres y mujeres que hubieran decidido seguirlo. A él no le servía de nada que le siguieran a medias, por él, se debía dar el todo por el todo, en la victoria y en la derrota.
Voldemort estaba por resurgir, el hecho era inminente y todo apuntaba que no llegarían al verano sin tener noticias verídicas sobre ello. Los mortífagos sentían su presencia, los muggles padecían sus creencias y las brujas y magos que se le oponían abiertamente terminaban desaparecidos. No tenía punto de comparación con las dos veces que Voldemort había decidido regresar, porque ahora parecía que, aunque no tenía un cuerpo, era mucho más influyente. No era un rostro en la nuca de un hombre, ni un recuerdo dentro de un diario maldito. Era real, tan real como esas pesadillas que Harry solía tener por las noches y que no había tenido el valor de contarle a nadie, ni si quiera a Draco. Era tan real como esas punzadas en la cicatriz que se esforzaba por ocultar.
Tal vez por eso Draco estaba tan asustado. Y no le culpaba, él tal vez, lo estaba, un poco. Draco temía traicionar a su familia su sangre. Harry temía no estar a la altura de Voldemort. Eran demasiado jóvenes para tomar decisiones de ese calibre, pero eran Slytherin y no podían darse el lujo de dejar nada al azar. Siempre un paso por delante del enemigo.
Solo les quedaba confiar el uno en el otro, ciegamente, hasta el final. O morir en el intento.
—Volvamos a la habitación —dijo Draco tomándolo de la mano hasta llegar a las escaleras.
—Tal vez deberías poner al tanto a tu padrino y a su... hombre lobo. Black era auror ¿cierto?
—Lupin confía demasiado en Dumbledore.
—Ellos no tiene que saber que tú no lo haces. Black parece bastante dispuesto a dudar de todos menos de ti.
—No podemos hablar de guerra mientras Voldemort no haya dado la cara.
—Pero deberíamos estar preparados... un ejército...
—¿Lleno de estudiantes de Hogwarts?
—Y de todos aquellos que estén dispuestos a un nuevo régimen... tal vez deberíamos sortearlos a todos, convencerlos de que eres la mejor opción.
—Soy la mejor opción.
—Lo eres, pero muchos creen en Dumbledore.
—Entonces debemos deshacernos del viejo primero.
—Debemos planearlo, debemos planearlo muy bien. Una vez esté fuera del juego, muchos intentarán arrimarse a nuestra sombra, no habrá lugar para debilidades, Harry.
—Te aseguro que no tengo ninguna.
Pero Draco sabía que era mentira. Harry Potter poseía muchos puntos débiles.
La arrogancia era la más grande de ellas.
