Se removió sobre la acolchada y cómoda cama. Estirando los brazos y deshaciéndose de las cobijas empujándolas con los pies. Se sentía sumamente adormecido, con el cuerpo tan pesado que lo único que logró hacer al intentar decir "Draco", fue soltar un gruñido bastante felino. Bostezó y se volvió a estirar, esta vez girando hacia la derecha, pero su piel seguía sin hacer contacto con la de su mejor amigo y fue entonces que decidió abrir los ojos.
Su vista tardó un poco en acoplarse a la tenue luz que se filtraba por las ventanas verduscas por el agua del lago. Tardó un minuto más en acostumbrar su vista a estar sin las gafas y, cuando finalmente consiguió identificar sombras se dio cuenta de que Draco no estaba.
Se levantó apoyándose sobre sus antebrazos que se hundían cómodamente en el colchón. Estiró un brazo hasta la mesita de noche que descansaba a un lado de su cama y tomó sus gafas pero ni si quiera la visión clara de la habitación le reveló que el rubio anduviera por allí y definitivamente no parecía estar en el baño así que preguntándose a donde carajos pudo haber ido, Harry se puso de pie.
La noche anterior habían caído dormidos haciendo la última prueba del encantamiento que Harry utilizaría para pasar la segunda prueba que tendría lugar esa mañana. Consistía en un muy difícil y avanzado encantamiento de trasformación que transformaba su sistema respiratorio común en uno similar al de una ballena. Suficiente para pasar una hora bajo el agua y buscar lo que fuese que le hubieran quitado sin que se percatara. Aunque hasta el momento, él creía que todo se encontraba en su lugar; su mapa, su capa, la saeta de fuego que Sirius le había regalado un año antes y el aniño de Draco que descansaba dentro de la caja de madera que había adquirido solo para guardarlo.
Miró el reloj que se encontraba colgando en una de las paredes de la habitación. La prueba iniciaría a las nueve con treinta minutos y apenas eran las ocho cuarenta, tiempo suficiente para tomar el desayuno en la habitación y tomar una ducha.
Durante la última semana, no había hecho más que recibir un montón de frases de ánimo por parte de todos en el colegio. Los alumnos, entusiasmados como se encontraban parecían realmente convencidos de que, si Harry Potter había doblegado la voluntad de un dragón, podría enfrentarse a lo que fuese que las segunda prueba les preparaba. Incluso Hagrid y McGonagall le habían dado ánimos y Sirius había enviado una caja completa de dulces de parte suya y de Remus, para animarle y desear que todo saliera bien.
Y por supuesto que todo saldría bien. Harry era un as de la magia, dominaba hechizos y maldiciones que sus rivales ni siquiera imaginaban y además su nivel de magia era tan superior, que había tenido que elegir la mejor manera de no lucirse demasiado durante la prueba y además, cumpliera la cuota de dejar boquiabiertos a cualquiera que le viera ejecutar su transformación.
—Dobby —dijo con ese tono aristocrático que había desarrollado con el tiempo gracias a la influencia Malfoy.
El elfo apareció con un plop.
—Harry Potter, señor ¿en qué puedo servirle, señor?
—El desayuno Dobby, lo tomaré aquí.
—Por supuesto señor... —dijo estrujando sus manitas y mirándolo—. ¿Señor? —Harry alzó una ceja—. La prueba, Dobby ha escuchado que tendrá que sumergirse en el agua y yo pensé que...
—Lo he solucionado ya —le dijo con gran seguridad. Luciéndose. Los ojos del elfo brillaron, idolatrándolo—. ¿Pero... cómo lo has sabido?
—Lo escuché del profesor Moody, señor, por accidente señor, Dobby hubiera estado dispuesto a robar branquialgas para usted, señor, en caso de que Harry Potter las necesitara.
—Muy amable de tu parte —le dijo con sinceridad. Le gustaba la devoción de aquella creatura—. Ahora, mi desayuno.
—Enseguida Harry Potter, señor.
Y desapareció.
Harry se adentró a la ducha, no sabía dónde estaba Draco, pero esperaba que, lo que fuese que estuviese haciendo, lo resolviera rápido. Quería que lo viera triunfar una vez más y que le recompensara con uno de esos besos que le hacían perder el sentido común y por los que mataría sin dudar. Aunque a esas alturas, Harry se sentía dispuesto a matar por muchas cosas.
Al salir de la ducha no encontró a Dobby, pero si encontró su desayuno sobre su recién arreglado escritorio y su uniforme bien planchado y doblado sobre su ya hecha cama.
Se vistió antes de tomar el desayuno, repasando todos los encantamientos que utilizaría durante la prueba. Sabía que dentro del agua vivían un montón de creaturas a las que necesitaría enfrentarse de encontrarse con ellas.
A las nueve y cuarto Draco no había aparecido así que usando el mapa intentó localizarlo. No estaba en la sala común, ni si quiera parecía estar dentro del castillo. Buscó por cada rincón del mapa, minuciosamente. Desde la planta más alta hasta los jardines y entonces fue que se dio cuenta. La razón por la que Draco no estaba con él aquella mañana.
La etiqueta de su nombre "Draco Malfoy" se encontraba en medio del lago junto al nombre de Hermione Granger y una tal Gabrielle Delacour que debía ser pariente de Fleur.
—¿Cómo se han atrevido...? —susurró para asimismo.
No pensaba claramente. Le hervía la sangre y la idea de que Draco terminara herido por culpa del idiota al que se le ocurrió implicarlo en el torneo le carcomía los sesos de tal manera que, cuando se dirigió a paso de fuego hasta el lago donde lo esperaban para la segunda prueba. Solo pensaba en arrojarse y en acabar con todo el ecosistema submarino del lago y su una sola cosa le había pasado a su reina, entonces Harry ignoraría su fachada de héroe y se encargaría de hacer miserable la vida de todos aquellos que se hubieran visto inmiscuidos en la decisión de tomar a Malfoy de rey.
Salió de la sala común. En el vestíbulo se encontró con algunos rezagados que dejaban el Gran Comedor después de desayunar y, traspasando las puertas de roble, se dirigían al lago para contemplar la segunda prueba. Se quedaron mirando a Harry, que pasó a su lado como una flechade furia encendida, arrollando a Colin y Dennis Creevey al sortear de un salto la breve escalinata de piedra, para luego salir al frío y claro exterior.
Al bajar a la carrera por la explanada, vio que las mismas tribunas que habían rodeado en noviembre el cercado de los dragones estaban ahora dispuestas a lo largo de una de las orillas del lago. Las gradas, llenas a rebosar, se reflejaban en el agua. El eco de la algarabía de la emocionada multitud se propagaba de forma extraña por la superficie del agua y llegaba hasta la orilla por la que Harry corría a toda velocidad hacia el tribunal, que estaba sentado en el borde del lago a una mesa cubierta con tela dorada. Fleur y Krum se hallaban junto a la mesa, y lo observaban acercarse.
Ludo Bagman, el presentador le preguntó si todo se encontraba bien, pero Harry, que tenía ganas de gritarle que nada estaría bien hasta que Draco estuviera sano y salvo a su lado se abstuvo. Su parte Slytherin le había gritado que debía ser paciente y astuto, que no debía dejarles ver que sabía dónde estaba Draco. Por qué el mapa ahora representaba una ventaja. El mapa no podía indicarle donde estaban los objetos, pero si podía decirle donde se encontraba su mejor amigo. Lo sacaría de allí en menos de veinte minutos, según la distancia a la que se encontraba.
—Bien, todos los campeones están listos para la segunda prueba, que comenzará cuando suene el silbato. Disponen exactamente de una hora para recuperar lo que se les ha quitado. Así que, cuando cuente tres: uno... dos... ¡tres!
El silbato sonó en el aire frío y calmado. Las tribunas se convirtieron en un hervidero de gritos y aplausos. Sin pararse a mirar lo que hacían los otros campeones, Harry se quitó zapatos y calcetines y susurró el encantamiento que le permitiría respirar bajo el agua. Estaba tan concentrado en traer a Draco de vuelta que ni si quiera se dio cuenta de que no había utilizado la varita que se encontraba dentro de su túnica.
El agua estaba tan fría que sintió que la piel de las piernas le quemaba como si hubiera entrado en fuego. A medida que se adentraba, la túnica empapada le pesaba cada vez más. El agua ya le llegaba a las rodillas, y los entumecidos pies se deslizaban por encima de sedimentos y piedras planas y viscosas. No podía seguir más tiempo fuera del agua, comenzaba a sentirse mareado.
El primer trago de agua helada fue como respirar vida. La cabeza dejó de darle vueltas. Tomó otro trago de agua, y notó cómo pasaba suavemente por entre las branquias y le enviaba oxígeno al cerebro. Extendió las manos y se las miró: parecían verdes y fantasmales bajo el agua, y le habían nacido membranas entre los dedos. Se retorció para verse los pies desnudos: se habían alargado y también les habían salido membranas: era como si tuviera aletas.
Cuando su cabeza se encontró completamente dentro del agua y se aseguró de que los otros campeones se alejaba dejándolo atrás, sacó el mapa del merodeador del bolcillo. Lo protegía un encantamiento de impermeabilización, aunque Harry no estaba seguro de que lo necesitara, tal vez el mapa era contra agua o fuego y él ni si quiera se había dado cuenta, pero tampoco iba a arriesgarse.
Localizó a Draco justo delante de él y comenzó a nadar.
Se topó con unos cuantos grindylows que en vez de hacerle más difícil el viaje le miraron con temor e inclinándose ante él le dejaron el paso libre. Harry amaba lo mucho que su energía mágica influía en las creaturas mágicas. Se topó incluso con Myrtle la llorona que muy amablemente le dijo en qué dirección se encontraba Draco, aunque eso ya lo sabía.
Y entonces lo escuchó, un canto.
Nos hemos llevado lo que más valoras, y para encontrarlo tienes una hora...
Harry nadó más aprisa, y no tardó en ver aparecer frente a él una roca grande que se alzaba del lodo. Había en ella pinturas de sirenas y tritones que portaban lanzas y parecían estar tratando de dar caza al calamar gigante. Harry pasó la roca, guiado por la canción:
... ya ha pasado quince minutos, así que no nos des largas si no quieres que lo que buscas se quede criando algas...
De repente, de la oscuridad que lo envolvía todo surgió un grupo de casas de piedra sin labrar y cubiertas de algas. Harry distinguió rostros en las ventanas. Las sirenas y los tritones tenían la piel cetrina y el pelo verde oscuro, largo y revuelto. Los ojos eran amarillos, del mismo color que sus dientes partidos. Le dirigieron a Harry sonrisas malévolas pero en el momento en que Harry les devolvió la mirada parecieron empequeñecerse hasta doblar la cabeza en señal de respeto.
Dos de aquellas criaturas, que enarbolaban una lanza, salieron de sus moradas para observarlo, mientras batían el agua con sus fuertes colas de pez plateadas. Harry siguió, mirando a su alrededor, y enseguida las casas se hicieron más numerosas. Alrededor de algunas de ellas había jardines de algas, y hasta vio un grindylow que parecían tener de mascota, atado a una estaca a la puerta de una de las moradas. Para entonces las sirenas y los tritones salían de todos lados y lo contemplaban con mucha curiosidad; señalaban sus branquias y las membranas de sus extremidades, y se tapaban la boca con las manos para hablar entre ellos.
Harry dobló muy aprisa una esquina, y vio de pronto algo muy raro. Una multitud de sirenas y tritones flotaba delante de las casas que se alineaban en lo que parecía una versión submarina de la plaza de un pueblo pintoresco. En el medio cantaba un coro de tritones y sirenas para atraer a los campeones, y tras ellos se erguía una tosca estatua que representaba a una sirena gigante tallada en una mole de piedra. Había tres personas ligadas con cuerdas a la cola de la sirena. Draco era una de ellas.
Se acercó rápidamente a ellos. Las cuerdas de algas que sujetaban a los rehenes a la estatua eran gruesas, viscosas y muy fuertes. Se acercó rápidamente a un tritón de más de dos metros de altura que lucía una larga barba verde y un collar de colmillos de tiburón, y le pidió por señas que cortara las cuerdas.
—No ayudamos —declaró con una voz ronca pero no muy seguro.
Harry bien podía haber usado magia sin varita y no verbal, pero la manera en que la creatura le contestó le animó a mirarlo fijamente y exigirle, mentalmente, que cortara las algas. Nadie le decía que no a Harry Potter.
El tritón comenzó a temblar, pero se mantenía erguido, decidido a no ceder. Harry dejó que más de su magia fluyera. Y entonces cayó.
Las algas que sujetaban a Draco fueron cortadas por el tritón y Harry sujetó el cuerpo del rubio, dispuesto a salir de allí.
Entonces se le ocurrió otra idea.
—Solo puede llevarse a uno —le dijo una sirena. Lo más respetuosamente posible. Era obvio que Harry, al igual que, con los centauros, había logrado ganarse su lealtad y respeto.
Pero Harry no escuchó y nadie más intentó detenerlo cuando liberó a Hermione y a Gabrielle. Sacó a las chicas a la superficie con un encantamiento propulsor y tomando a Draco entre sus brazos salió de la misma manera del agua. Desde las tribunas, la multitud armaba muchísimo jaleo: todos estaban de pie, gritando y chillando.
Harry deshizo la trasformación y volvió su sistema respiratorio a la normalidad.
—¿Harry? —preguntó Draco abriendo los ojos— Lo has hecho... —dijo orgulloso—.Mi héroe —se burló batiendo las pestañas. Como una damisela.
—Ayúdame con ellas, Malfoy, ya me agradecerás como se debe después —le guiñó un ojo y Draco soltó una carcajada mientras ambos llevaban a Hermione y a Gabrielle a la orilla.
—¡Y HARRY POTTER LO HACE DE NUEVO, SEÑORAS Y SEÑORES, no sólo a sido el primero en volver con un record de veinticinco minutos, además ha traído a todos los rehenes a salvo y completamente intactos! —bramaba Bagman, la gente estaba vuelta loca.
—¡«Gabguielle»!, ¡«Gabguielle»! ¿Está viva? ¿Está «heguida»? —decía Fleur quién al parecer había sido forzada a salir del lago y no completar la prueba. Fleur se había soltado de Madame Maxime y corría a abrazar a su hermana. —Fue «pog» los «guindylows»... Me «atacagon»... ¡Ah, Gabguielle, pensé... pensé...!
—Está bien —le dijo Harry y la chica le sonrió como si hubiera encontrado en él un ángel de la guarda. Draco carraspeó.
Madame Pomfrey se encargó de todos lo que ya habían salido del lago. Viktor Krum salió al menos quince minutos después solo para encontrarse con que Hermione ya había sido rescatada, cosa que no le hizo mucha gracia en realidad.
—Te dije que Harry era muy poderoso, Viktor —fue lo único que dijo Draco colgándose del brazo de Potter.
—Harry, no debiste...— había dicho Hermione, ruborizada—. Pero gracias.
Al final, Harry quedó en primer lugar, no solo por la manera tan rápida en que había encontrado a los rehenes y por la manera en que los había llevado a la superficie. Su vitoria se debió principalmente a su heroica manera de actuar, no dejando a absolutamente nadie detrás. Delacour estuvo muy de acuerdo con eso pese a quedar n último lugar. A Viktor se le habían dado puntos por haber dado con la ciudad submarina de las sirenas, pero solo por eso.
—¿Lo pasaste muy mal? —le preguntó Harry a Draco, aplicándole un encantamiento para secar su ropa después de que estornudara.
—Sabía que estaba a salvo, prometiste que no me abandonarías —le recordó con una sonrisa cómplice dibujada en su pálido rostro—. ¿Debo deducir que has sido lo bastante astuto como para usar el mapa del merodeador?
—No hubiera llegado tan rápido sino lo hubiera hecho —le respondió sonriéndole con picardía.
—De acuerdo, Malfoy, Potter —les dijo la enfermera—. De vuelta al castillo para que los revise y luego, podrán ir a descansar.
Y así lo hicieron, volvieron al castillo en un silencio amistoso que le gritaba, a cualquiera que fuera lo suficientemente hábil para entender, que aquella prueba les había unido más que antes. Si es que era posible.
Cuando estuvieron de vuelta en sus habitaciones, lo único que Harry quería era dormir. Draco en cambio parecía demasiado entusiasmado, como a un niño pequeño a quién le han dado un regalo realmente importante. Harry, por supuesto, no iba a arruinarle su momento de buen humor aunque si tenía curiosidad por saber que era aquello que le tenía tan contento.
Dejó que el rubio tomara una ducha y tomaría una ducha más antes del almuerzo.
Sacó de su túnica el mapa que intacto y sin una letra marcada sobre él dejó dentro de su baúl. Se acercó a su escritorio y tomó un trozo de pergamino. Remojó la pluma en la tinta y comenzó a escribir.
Canuto,
Te alegrará saber que he salido completamente ileso de la segunda prueba del torneo y que además, sigo en primer lugar. Sé que no debería cantar victoria por que la tercera prueba es la definitiva, pero sé que a ti no te molestará que saboreé antes de tiempo la victoria, después de todo, no todos los días enfrentas tritones, sirenas y monstruos acuáticos para salvar a tu mejor amigo.
Sé que los detalles los tendrás en el profeta el día de mañana, sé que estarás orgulloso de mi por haber sacado mi vena Gryffindor y haber salvado a todos los rehenes, yo simplemente no podía dejarlos morir en el agua, aunque Draco insistía en que Dumbledore había prometido mantenerlos a salvo. Hermione realmente estaba conmovida y Fleur Delacour también, así que supongo que valió la pena.
Mándale a Lunático mis saludos y agradécele por haber sido tan buen profesor el año pasado. Aunque los grindylow del lago no están muy contentos.
— Harry.
Releyó su carta antes de doblarla. Satisfecho con el resultado. Tenía la costumbre de agregar cosas Gryffinderescas a las cartas de Sirius únicamente para darle la mejor visión de él. Y Black que estaban tan ansioso de ver a James Potter en él, se tragaba todo sin rechistar. Pero sin duda la razón más fuerte por la que actuaba de aquella manera era Remus Lupin quien estaba convencido, realmente convencido de que Harry estaba tomado un camino equivocado, aunque aún no terminaba de descifrar que era lo erróneo en él.
Si Harry quería manipular a Lupin, debía hacerlo por medio de Sirius que ya tenía una arraigada debilidad por él y la mejor manera de hacerlo era sentimentalmente. Black había demostrado que podía abandonar a su familia, a la ancestral familia Black únicamente para perseguir sus ideales y Harry se convertiría en uno de esos ideales para que no le traicionara, ni se volviera en su contra.
Era un trabajo mucho más difícil, por supuesto. Tratar con los niños y adolescentes de Hogwarts no representaba el mismo nivel de dificultas. Sirius Black podía ser ingenuo y podía estar cegado por el amor que le tenía a Harry por ser hijo de quién era, pero era un adulto, un ex auror y un Black y Harry no se lo tomaba a la ligera, para nada, frente a él tenía que pretender a la perfección, aunque aquella perfección tuviera una grita en la máscara a través de la que Lupin parecía estar viendo. Aunque en realidad, el licántropo le atribuía a Draco esa grieta.
Draco salió de la ducha veinte minutos después, aun con esa expresión de satisfacción en su rostro que Harry adoraba y ni si quiera se percataba de ello. Salió enfundado en un uniforme limpio y libre de la basura marina con la que se había arruinado y se sentó en su cama. Hacía tiempo que los pies no le colgaban cuando lo hacía, pero Harry apenas se percataba de lo grande que estaba. No solo alto, si no grande, mayor.
Esta vez Harry no pudo resistirse así que dijo:
—Pareces muy contento.
—No solo lo parezco, mi señor —respondió ensanchando su sonrisa.
—¿Y pedo saber a qué se debe tanta felicidad?
—Para ser el rey de Hogwarts y futuro gobernador del mundo mágico eres bastante despistado, Harry —Harry frunció el ceño divertido—. Por favor, revéleme algo, su majestad ¿quién es la persona más importante en el mundo, para usted?
Harry se sonrojó comprendiendo. Intentó recobrar la postura pero aquello lo tomó tan desprevenido que le costó trabajo.
—Así que es por eso...
— "Nos hemos llevado lo que más valoras" —dijo el rubio, recitando aquella parte de la canción de las sirenas—. No Sirius Black, no Ron Weasley, yo —suspiró Dramáticamente—. Me conmueves Harry.
—Y yo que creía que no tenías corazón.
Harry se acercó hasta él lentamente. Se miraron a los ojos por un largo momento en el que ninguno dijo nada. Te quiero decían esas miradas, te quiero a mi manera, te quiero tanto que mataría por ti, te quiero tanto que te asesinaría solo para verte libre. Te quiero porque me entiendes, te quiero porque puedes ver a través de mí, te quiero así, manchado de sangre y de víctimas no tan inocentes, te quiero con ese trozo de dedo entre tus manos y esas vísceras manchándote ese cabello que solo se vuelve más suave cuando está lleno de las lágrimas de nuestros enemigos.
Te quiero a mi manera.
