A las doce del día sábado salieron del castillo bajo un débil sol plateado que brillaba sobre los campos. El tiempo era más suave de lo que había sido en lo que llevaban de año, y cuando llegaron a Hogsmeade los dos se habían quitado la capa y se la habían echado al hombro. Por supuesto que hubieran podido encogerlas y meterlas en los bolcillos pero siempre estaba bien aparentar que eran un par de jovencitos si trucos bajo las mangas, como lo eran realidad.
Caminaron entre las amplias calles como si el pueblo les perteneciera, aunque tal vez era así; la gente les saludaba con el mismo respeto con el que saludaban al ministro. Harry a veces se olvidaba de sonreírles amablemente, por suerte Draco sabía recordar sus obligaciones como miembro de la alta sociedad mágica y siempre estaba dispuesto a codearlo para que reaccionara.
—Las apariencias, Potter, las apariencias —solía decirle.
Aquel sábado en específico ambos muchachos habían decidido hacer algunas compras, aprovechando el sábado de excursión. No que no pudieran hacerlo cualquier otro día, con la capa y el mapa era muy fácil escabullirse hacia Hogsmeade por las tardes en que se suponía debían permanecer en sus habitaciones, lo habían hecho ya muchas veces, pero además de las compras, Harry tenía asuntos familiares que atender en el pueblo.
Pasaron a la tienda de artículos escolares donde adquirieron un poco más de pergamino y de tinta. Pasaron a la boticaria por ingredientes para pociones que a simple vista parecían ciertamente inofensivos, pero que, mezclados correctamente, creaban increíbles pociones que solo un maestro pocionista soñaría con crear. Fueran a la librería a adquirir nuevo material de formación, los libros de Hogwarts ya no eran suficientes y ciertamente habían libros en Malfoy Manor que ni Draco, ni Harry se atrevían a pedirle a Narcissa. Con el dependiente de la librería solo hacía falta un confundus y pagar el monto equivalente. Fueron, además a Zonko y a Honeydukes. Cierto que sus incursiones en bromas a profesores y alumnos eran cada vez menos, pero molestar a Filch siempre era divertido y ambos tenían una gran obsesión por los dulces en cantidades poco sanas.
A la una y media de la tarde se encontraban en Dervish y Banges donde adquirieron n par de chivatoscopios. Draco había insistido en que, ahora que Voldemort parecía más cerca que nunca, debían cuidar sus espaldas de los traidores y no había mejor manera que con un aparto que se los revelara. La preocupación principal iba de que, durmiendo en Slytherin, era más que probable que estuvieran rodeados de simpatizantes del señor oscuro. Draco había dicho que incluso él hubiera pertenecido a ese grupo de hijos de mortífagos si no hubiese sido por que ya tenía planteadas sus lealtades (lealtades que se encontraban bastante en duda por la incertidumbre y el miedo, pero aquello Harry no lo sabía, o tal vez sí).
—Con esto debería ser suficiente —dijo Draco mirando su chivatoscopio—. Aunque tampoco es fiable al cien por ciento —invocó un tempus: la hora apareció flotando frente a él como humo verdusco—. ¿No deberías estar en camino a las tres escobas?
—Supongo que sí, Sirius y Remus estarán esperando. ¿Vuelves al castillo?
—Me reuniré con Pansy en la plaza principal e iremos por unos helados —Harry frunció el ceño—. No te molesta, ¿cierto?
—Por supuesto que no —mintió—. Nos veremos después.
Dio media vuelta sin esperar respuesta. El camino a las tres escobas era corto así que simplemente se limitó a bajar la calle a peso lento pero decidido, mientras dejaba que la brisa de primavera le revolviera el cabello y le descubriera la cicatriz de la frente. Hacía buen tiempo y todo estaba tranquilo. Los alumnos iban y venían a su lado, a veces saludándolo a veces simplemente dejándolo y cuando llegó a la entrada de las tres escobas, se descubrió a si mismo cargando varias cajitas con caramelos que alguno chicos de cursos inferiores le habían regalado.
Abrió la puerta del local y la campana que anunciaba que la puerta había sido abierta sonó. Como siempre, las tres escobas se encontraban a reventar de gente, pero sobre todo de alumnos que habían generado una malsana obsesión por la cerveza de mantequilla a la que Harry tampoco podía negarse.
Rosmerta, la dependienta, le saludó como siempre que hacía siempre que entraba al local. Le ofreció por supuesto, cerveza de mantequilla, la primera a cuenta dela casa y él la aceptó con aquella sonrisa pícara que había aprendido, funcionaba muy bien con las personas de género femenino.
—Has crecido mucho, Harry, y que guapo —le dijo guiñándole un ojo antes de seguir con su tarea de atender a los otros clientes.
Caminó entre la gente, esquivando cuerpos y mesas que aglomeraban por todo el salón. Sirius y Remus se encontraban al fondo del local, en una mesa en la esquina, muy apartada del resto. Ambos parecían estar en su propia burbuja, se sonreían con las mejillas encendidas en rojo y sus ojos brillaban mientras sus manos se sujetaban sobre la madera de la mesa, como si no les importara que cualquiera que pasara a su lado los mirara con gesto desagradable, como si solo existieran ellos dos.
La última vez que Harry los había visto a ambos había sido una semana antes de salir de vacaciones durante su tercer año. Harry había tenido que testificar ante el Wizengamot para que Sirius saliera bien librado. Se habían reunido antes del juicio habían repasado todo lo que testificarían y luego Harry había sido llevado por Dumbledore de vuelta a Hogwarts. Cuando el jurado emitió su decisión, durante la primera semana de vacaciones, se había dictaminado que Sirius estaba absuelto de todas las acusaciones pero que debía permanecer lejos de la vista pública por al menos seis meses, para que la gente aceptara a la verdad, después de ese tiempo se le recomendaba no hacer muchas excursiones en el mundo mágico e incluso, habían dictaminado que Harry podía vivir con él, si así lo deseaba, una vez que volviera de su cuarto año en Hogwarts.
La razón por la que lo habían citado aquella tarde de sábado en el pub más concurrido de Hogsmeade era bastante obvia aún si Sirius no lo había escrito en la carta que le había enviado donde aseguraba que le extrañaba y que aquella era razón suficiente para querer ver a su adorado ahijado.
Harry sabía, porque no podía ser de otra manera, que Sirius quería habar de Draco y de la amistad que mantenía con él. Black no confiaba en Malfoy, ni un poco, insistía en que era mala hierba y que a Harry no le convenía dejarse ver con él o si quiera mantener una relación de compañerismo. Harry, por supuesto, no sabía se debía a que Draco era un Malfoy o a que era un Black, hijo de uno de los miembros de su familia quienes le habían hecho miserable gran parte de su vida. Aunque probablemente se debiera más a la manera Black de resolver los problemas; chantaje, astuta manipulación, apariencias y estrategias en la oscuridad. Los Gryffindor solían decir que era deshonesto comportarse así. Ellos no entendían que a veces era necesario, no solo para sobrevivir, si no para salir ileso del asuntos. A ellos les valía más salir llenos de cicatrices pero honestos y valerosos. Ridículo.
Se acercó hasta la mesa y Sirius apartó la mirada de Remus por fin. Por un segundo la idea de que sus padres hubiesen tenido la misma edad y probablemente se mirarían de la misma manera, asaltó la mente del Slytherin, haciendo que aquel vació constante en su pecho palpitara con fuerza. No había tristeza, había rabia y algo de melancolía. Draco solía decir que ese hueco era su corazón, pero al final, dos los habían llegado a la conclusión de que, tal vez, Harry no tenía uno.
—¡Harry! —le dijo su padrino sin molestarse en ponerse de pie o soltar la mano del licántropo que le sonreía con aquella marcada amabilidad.
—Sirius, Remus, hola —saludó sentándose frente a ellos y dejando su cerveza de mantequilla sobre la mesa—. Lucen muy bien.
Y no era mentira. La última vez que había visto a Sirius este tenía más barba y cabello del que era necesario. Estaba completamente sucio, de pies a cabeza, tanto que, en comparación con Snape, el profesor de pociones parecía lavar su cabello más seguido y había estado tan delgado y ojeroso que Harry creyó por un momento que moriría al soplarle el aire en el rostro. Parecía que había recuperado algo de músculo, se alimentaba mejor claramente y se ejercitaba, al parecer, también era obvio que ahora tenía a la mano un cuarto de baño con todo lo necesario para mantener limpio y brillante aquel cabello negro que le llegaba a los hombros. La barba había desaparecido. Remus Lupin por su parte seguía tan delgado como siempre y con esa expresión cansina que la luna le dejaba y que no se borraba ni con el pasar de los días, solo menguaba un poco. Seguía vistiendo sus túnicas viejas, seguramente no había dejado que Sirius le comprara nada con la fortuna Black y una nueva cicatriz había aparecido en su mejilla. Se veía realmente contento, aliviado, enamorado.
—Has crecido bastante —observó Remus—. Y espero que no solo haya sido en estatura.
—He estado estudiando mucho, profesor —le dijo y Remus soltó una risita ¿es que acaso nunca dejaba de estar feliz?
—Ya no soy tu profesor, Harry.
—Pero ojalá lo fuera, ha sido el mejor profesor que hemos tenido —respondió, dispuesto a ganarse la confianza del hombre a base de halagos.
—¿Qué hay de malo con Moody? —preguntó Sirius—. Cuando estuve de prácticas en la academia de aurores trabajé con él, sabía mucho.
—Tal vez, pero parece que le agrado demasiado, no me quita el ojo de encima, el mágico, es molesto.
—"Siempre alerta" —le imitó Sirius y los tres echaron a reír.
Una nueva ronda de cervezas de mantequilla Llegó, así como algunos sándwiches de pollo. Sirius devoraba como un perro de verdad, a veces hasta jadeaba, como si el aliento se le fuera. Remus parecía realmente enternecido por este hecho, como si Sirius fuese su mascota o algo similar, alguien a quién podía rascarle la oreja y recibir un lengüetazo en el rostro a cambio.
Harry era, en muchos sentidos, diferente de ellos, incluso en la forma de comer. Ellos parecían tan casuales, tan ligeros, como si la vida fuese un montón de algodón de azúcar yo la mierda que era por lo general. Ambos Gryffindor habían pasado por cosas terribles y aun así, parecían un par de niños pequeños dispuestos a seguir conociendo al mundo, con el alma en un puño, expuestos, frágiles, demasiado sinceros, pidiendo a gritos ser pisoteados por aquellos como Harry que no desaprovechaba las debilidades de nadie, ni siquiera de sus aliados, ni si quiera de Draco.
Cuando Sirius le sonrió con las mejillas llenas de comida se esforzó por corresponderle. Definitivamente pensaba que su padre habría podido elegir a un padrino mejor, Remus al menos parecía tener modales, usaba los cubiertos, las servilletas y a penas y manchaba sus ropas de migas de pan. Se metía a la boca un bocado pequeño y luego otro al terminar. Ahora entendía un poco más a los Black, que no eran precisamente inteligentes al haberse aliado con Voldemort, pero sabían de modales y desastres y Sirius era un desastre seguro. Demasiado infantil, demasiado ligero.
—Es el espíritu del merodeador —le dijo Remus amablemente, cuando Sirius se levantó a pedir el postre—. Tu padre era igual, como gemelos... —soltó una carcajada ligera—. Desastrosos e inmaduros, muy arrogantes y algo torpes. Pero al final, unos genios, dominaban la magia mejor que nadie y sin necesidad de estudiar. Durante sexto año me eligieron prefecto porque Dumbledore confiaba en que yo podría controlar sus bromas, por supuesto, nada de lo que hice sirvió, al final seguí uniéndome a sus bromas a los Slytherin y a Filch...
—Los Slytherin no les gradan demasiado —soltó intentando no sonar rencoroso. Remus le sonrió nuevamente.
—No, no mucho, —admitió— ellos se metían con nosotros, y nosotros nos metíamos con ellos. Sirius tuvo un altercado con Lucius Malfoy en segundo, Malfoy estaba en séptimo, los Slytherin no se lo tomaron nada bien, aunque entre los Gryffindor y los Slytherin siempre ha sido así.
—Ronald Weasley y yo somos buenos amigos —mintió. Ronald era, la mayoría de las veces, una herramienta.
—Lo sé, pareces llevarte muy bien con los alumnos de todas las casas. Te respetan y te aprecian mucho. Los Slytherin están orgullosos de que permanezcas a su casa.
—Y yo estoy orgulloso de pertenecer a ellos —dijo solemnemente. Remus volvió a sonreírle.
—¿De qué hablan? —preguntó Sirius mientras levitaba sin ayuda de una varia tres copas de helado de chocolate.
—De Slytherin —respondió Harry.
—Y Gryffindor —agregó Remus dando el primer bocado a su postre.
—Sigo diciendo que deberían jubilar al sombrero seleccionador, mira que enviar a Harry Potter a Slytherin... —negó con pesadumbre.
—Harry está muy bien en Slytherin —intervino Remus —¿A que sí, Harry?
—Bueno, bueno —interrumpió Sirius antes de que Harry contestara—. Slytherin, de acuerdo, puedo vivir con ello (más o menos), pero ¿Malfoy?
—Es mi mejor amigo, Sirius y es mi última palabra.
—Ya, pero, hay mejores chicos que él para elegir como mejor amigo. Como Weasley, dejó que le mordiera el brazo para protegerte. O Granger, es muy lista.
—¿Qué es lo que te molesta de Draco? —preguntó con frialdad.
Sirius dejó la cucharita del helado dentro de su copa de cristal y lo miró con una seriedad que Harry jamás le había visto reflejada en el rostro. Como acto reflejo, él mismo adoptó su máscara de indiferencia. No le preocupaba lo que Sirius le pudiera decir sobre los Malfoy, Harry conocía los más oscuros secretos de aquella familia por boca del propio Draco, por sus propias experiencias.
—Los Malfoy sirven a Voldemort, el hombre que asesinó a tus padres, Harry.
—Lucius Malfoy sirve a Voldemort, Draco no tiene nada que ver —le aseguró.
—¿Y por cuanto tiempo? Hasta donde sabemos el muchacho bien podría seguir el camino de su padre, de su madre y si eso sucede, no va molestarse en pedirte permiso Harry. Podría venderte a Voldemort únicamente por la gloria y el poder. Podría venderle información tuya, podría entregarte a él abusando de la confianza ciega que has depositado en él. ¿Es que no te das cuenta?
—Por supuesto que lo sé, pero aun así he decidido confiar en él, hasta el día en que me traicione, si es que lo hace.
—Te lo digo, Remsie, este chico pertenecía a Gryffindor —soltó despectivamente.
—Creo que podrías confiar un poco más en Harry —intervino el hombre lobo—. Durante el tiempo en que enseñé en Hogwarts Draco parece apreciarlo mucho como amigo.
—Como Peter con James... —dijo como veneno. Remus esfumó su sonrisa por primera vez.
El silencio se hizo denso, Harry no quería, pero comprendía muy bien las inseguridades de Sirius. Él mismo aborrecía la traición como nada que hubiese aborrecido antes. Odiaba la traición incluso más de lo que odiaba a sus parientes muggles. Odiaba a Peter Pettigrew incluso ahora que se había encargado de él, que se había encargado de demostrarle cuando lo aborrecía. Pettigrew había quedado reducido a huesos rotos y astillados por el basilisco pero ni así el rencor que se había encarnado en él lo dejaba en paz.
—Solo quiero mantenerte a salvo... —Sirius rompió el silencio—. Tú y Remus son todo lo que tengo.
—Nada va a pasarme —respondió como un intento de consuelo.
—Las cosas están cambiando, ya debiste haberlo notado. La gente habla, habla de Voldemort, hablan de que alguno de sus sirvientes ha logrado traerlo de vuelta y que solo es cuestión de tiempo antes de que recupere su fuerza. Ellos hablan, Voldemort te busca, es personal, tú le hiciste caer y hora va a aniquilarte. La gente desaparece, magos y muggles, sucedes cosas, catástrofes que solo habían ocurrido en tiempos oscuros y yo solo quiero protegerte, porque eres mi ahijado, porque eres hijo de James y de Lily, porque ningún muchacho merece pasar por todo lo que te han hecho pasar, Harry. Te protegería con mi vida —miró a Remus—. Los protegería con mi vida.
—Creo que me subestimas, Sirius, soy lo suficientemente fuerte como para defenderme, ya me he enfrentado a Voldemort antes.
—Nunca con todo su poder... —suspiró—. Terminando el curso no volverás a casa de los Durlsey, vendrás conmigo a Grimmauld Place, es un lugar seguro.
—De acuerdo —dijo sin darle más vueltas—. Pero Draco no dejará de ser mi mejor amigo.
—Eso me temía —se lamentó—. Solo espero estar equivocado y que él de verdad no vaya a hacer nada que te perjudique.
—¿Bueno, que tal si dejamos ese tema y le das a Harry el regalo que hemos comprado para él? —dijo Remus recobrando su amable sonrisa.
—Es verdad —Sirius sacó su varita de la chaqueta de cuero negra y la agitó.
Un regalo de tamaño mediano se materializó en la mesa. Harry sonrió y alargó las manos hasta el paquete. Podía desenvolverlo con magia, pero siempre le había gustado abrir los regalos con sus propias manos. Suponía que se debía a que, hasta que cumplió once, nadie, jamás le había regalado algo, y mucho menos algo envuelto. Una vez que se deshizo del papel, quitó la tapa de la caja y miró el interior. Dentro descansaban cinco libros sobre animagia.
Sirius le guiñó el ojo.
—No que te estemos alentando a ser un animago ilegal, Harry —dijo con una chispa infantil en su voz—.Remus no lo permitiría.
—Por supuesto que no —respondió Lupin, pero Harry pudo ver en sus ojos la misma mirada juguetona.
—Pero pensé que podría dártelos —se acercó a él y susurró—. Así aprendimos nosotros, tú padre y yo, quiero decir —se apartó y luego habló un poco más fuerte—. Como sea, creo que es mejor que volvamos a casa, Remus y yo queremos besuquearnos un rato —Remus negó divertido.
Harry tapó su caja de regalo y miró a los dos hombres que le sonreían. Entonces preguntó:
—¿No les molesta?
—¿El qué? —preguntó Remus.
—Que los miren de mala gana por estar juntos.
Sirius sonrió ampliamente.
—En realidad nos miran porque mi cara estuvo en todas partes el año pasado, no una de mis mejores fotografías, debo admitir. Sin embargo, hace tiempo que dejó de importarnos. Cuando una persona te importa de verdad dejas de escuchar al resto del mundo y creas uno nuevo, uno donde nada más importe, solo su compañía.
—Eso ha sido realmente conmovedor, Canuto.
—Oh, cierra la boca, Lupin.
Ambos echaron a reír. Harry no, él no comprendía como era querer de esa manera.
