Aquella mañana despertó bastante más ansioso de lo que debía, sentía un pequeño hormigueo en las manos y no podía sujetar la cuchara con firmeza mientras intentaba meter el cereal con leche dentro de su boca.

Era la primera vez que pensaba en aquel chico que había conocido en la tienda de túnicas y se sentía ligeramente tonto al hacerlo, era obvio que no le había agradado demasiado a aquel jovencito, pero no lo culpaba, había comenzado a creer (tan sólo un poco) que no había sido demasiado agradable, sobre todo por aquel tonto comentario sobre la sangre pura.

—No pareces tan entusiasmado como otros días —afirmó su madre dándole una sonrisa divertida—. ¿Nervioso?

—¿Por qué debería estarlo? Es obvio que me pondrán en Slytherin como tú y papá.

Lucius Malfoy entró al gran comedor soltando una carcajada.

—Ese es mi muchacho, siempre seguro de sí mismo. ¿Listo para el gran día?

—Por supuesto padre —respondió el jovencito manteniendo la postura más solemne que pudo frente a su padre.

Al terminar el ligero desayuno, Draco se puso de pie y se dirigió a su enorme alcoba sólo para revisar una vez más si tenía todo en orden.
Draco no había cambiado en absoluto, seguía siendo el mismo niño malcriado y prepotente, se encargaba (al igual que su padre) de poner a la gente en el lugar que él creía que merecía y era hasta cierto punto despreciable.

Pero el tema de "joven de ojos verdes y cabello revuelto" era otra cosa, cuando Draco pensaba en la pequeña conversación que había mantenido con él se sentía entusiasmado, sentía que podían ser verdaderos amigos y por supuesto que se encargaría de que lo fueran, nadie rechazaba a Draco Malfoy. Si Malfoy quería algo, Malfoy lo tenía.

Partió de la mansión hasta el andén 9 y ¾ en King Cross mientras uno de sus sirvientes cargaba todo su equipaje y sus padres caminaban a su lado con la cabeza muy en alto, mirando alrededor.

Draco mantenía la misma postura con ellos, mirando a los demás por debajo del hombro y con un semblante frívolo, o al menos eso había sido hasta que vio entrar a cierto pelinegro a la estación.

—Así que ese es Harry Potter —dijo su padre con un poco de disgusto.

—¿Harry Potter? —preguntó el rubio con incredulidad. ¡Había tenido una charla con el famoso Harry Potter!

—Y parece que está bastante mal acompañado —agregó su madre—. Weasleys...

Draco pareció entenderlo en seguida; Harry Potter entraba a la estación rodeado de un grupo de pelirrojos sonrientes que le decían un montón de cosas que no comprendía. Sabía por su padre que el patriarca de aquella familia, Arthur Weasley, trabajaba en el ministerio tratando con cosas de muggles, trabajo que era muy mal pagado y que, a pesar de tener que mantener tantos hijos, no parecía dispuesto a despegarse de él.

Pronto vio que Harry subía al tren dejando atrás a la pandilla de pelirrojos y pensó que no sería mala idea acercarse a saludar, tal vez el pelinegro lo recordaba tanto como él lo hacía. Pero aquel plan fue frustrado por la llegada de sus dos amigos: Vincent Crabbe y Gregory Goyle, quienes lo esperaron para comenzar a caminar, aquellos dos no daban ni un paso en falso sin que Draco lo ordenara y aunque al pequeño rubio le encantaba aquello, a veces debía admitir que era cansado.

Finalmente subió al tren, habían sido uno de los últimos, pues Draco no pensaba soportar ser aplastado por un montón de estudiantes. Crabbe y Goyle se aventuraron a entrar para abrirle paso a Draco quien en cuanto logró poner un pie dentro del tren, se escabulló hasta donde todo el mundo decía se encontraba Harry Potter.

La locomotora ya había salido de la estación cuando Malfoy finalmente logró llegar al último compartimento. Abrió ligeramente la puerta y miró a Harry como restándole importancia, al tiempo que uno de los Weasley lo miraba con el ceño fruncido.

—Oh... eres tú —dijo el rubio mirando a Potter—. Mi nombre es Draco, Draco Malfoy, nos conocimos en la tienda de túnicas. ¿Recuerdas?

—Claro en la tienda de túnicas —afirmó Harry removiéndose incómodo sobre su asiento, la verdad es que aquella primera impresión del muchacho no había sido buena—. Soy Harry, Harry Potter.

—Un gusto, Potter. —Le extendió la mano y Harry la tomó enseguida, haciendo que una pequeña sensación de calor se instalara en el pecho de Draco—. Tu amigo debe ser Ronald Weasley, lo sé porque todos los Weasley tienen gran parecido entre ellos. —También le tendió la mano a Weasley, aun a sabiendas de que si su padre se enteraba lo mataría.

—Hola, soy Ron —dijo el pelirrojo.

—¿Puedo sentarme con ustedes? —pidió Malfoy finalmente—. El resto de los compartimentos están ocupados.

Ron pareció ligeramente incómodo, Draco suponía que al igual que él, Ronald sabía perfectamente todo sobre su familia. Malfoy se ruborizó ligeramente al no recibir una respuesta pero se quedó ahí de pie, esperando a que por lo menos Harry dijera algo. Cuando Potter estuvo a punto de abrir a boca para hablar, Goyle ya se encontraba gritándole que habían encontrado un lugar para sentarse.

—Nos veremos entonces —dijo Malfoy lo más educado que pudo.

—Podrías... si quieres, quedarte —dijo Harry finalmente, algo apenado.

—No hace falta —miró a Ron y luego al pelinegro—. Weasley, Potter —dijo a forma de despedida y cerró la puerta del compartimiento.

Cuando Ron y Harry se quedaron finalmente solos el pelirrojo no desaprovechó la oportunidad para comentarle a Harry que la familia Malfoy había servido a Lord Voldemort, el asesino de sus padres, aunque habían argumentado que se encontraban bajo un maleficio y esa era la única razón por la que los habían dejado libres. Pese a todo Harry creyó que no era buena idea juzgar a Malfoy tan pronto y que tal vez, sólo tal vez, podía darle una oportunidad.

Al llegar a Hogwarts y después de cruzar el lago en bote y de la muy larga ceremonia de selección donde Harry y Ronald habían quedado en Gryffindor y Draco en Slytherin, comenzaron con el banquete de bienvenida. El muy anhelado banquete de bienvenida.

—Es una pena que no tuviéramos a Potter con nosotros —comentó Zabini—. Supongo que no es tan digno —bromeó sonriendo a lo que el resto soltó una carcajada, todos excepto Malfoy que se sentía ligeramente decepcionado de que Potter se encontrara precisamente en la casa rival de la suya.

—¿A caso no es aquel que viene para acá? —preguntó Pansy.

Todos los que se encontraban de espaldas a la mesa de Gryffindor voltearon sorprendidos, todos excepto Malfoy quien ahora parecía más interesado en su pieza de pavo.

—¡Eh, Draco! —dijo Potter a sus espaldas, haciendo que el rubio volteara finamente—. ¿Quieres venir a cenar con nosotros? —preguntó señalando la mesa de los leones.

Todos en el gran comedor guardaron silencio y por un momento, Harry se tensó al sentir todas las miradas sobre él pero no se movió ni dejó de mirar al rubio. Draco, en cambio, se había ruborizado por completo, nunca había recibido tanta atención.

Harry arqueó una ceja impaciente y fue hasta ese momento que Malfoy se dio cuenta que no había respondido.

El rubio se puso rápidamente de pie ante la expectante mirada de todos sus compañeros que seguían sin creerlo. ¡Un Slytherin hablando con un Gryffindor!

Pero antes de que las cosas se volvieran más incómodas Dumbledore ya había llamado la atención de todos, quienes olvidaron el asunto un instante después y siguieron cenando.

—¿Por qué todos nos miraron de esa manera?

—En verdad no sabes nada, Potter.

—Pensé que sería buena idea.

—Parece que hasta tus amigos han entrado en shock —anunció Draco señalando la mesa de Gryffindor donde Ronald aún miraba a Harry tratando de deducir si su nuevo amigo se había vuelto loco.

—Eso parece... —Harry suspiró—. Lamento el momento incómodo. Nos veremos por ahí, Malfoy.

Y tan rápido como había llegado, Harry había regresado a su mesa.

Malfoy no tardó en recibir miles de preguntas por parte de sus compañeros, aunque con lo bien relacionada que se encontraba la familia del rubio, nadie puso en duda que Draco Malfoy conociera al famoso niño qué vivió.