Draco se sintió realmente aliviado al descubrir al día siguiente que tanto Potter como su amigo se encontraban sanos y salvos en el Gran Comedor y que no habían podido encontrarlos rompiendo las reglas, aunque claro, el resto de sus amigos no parecían tan contentos como él.
Vio al pelinegro entrar con expresión cansada pero triunfante, se alegró muchísimo de que no hubiese sido necesaria su intervención para que saliera bien librado, aunque un poco decepcionado de no haber podido entablar una conversación decente con él, conversación que nunca tendría pues después del primer partido de quidditch en que Harry le había dado la victoria a Gryffindor las serpientes odiaban más que nunca a los leones.
Llegó pronto el invierno y Draco había notado un ligero cambio en Harry, que, junto con sus amigos, Ronald y la sangre sucia de Hermione (la cual no le agradaba demasiado, pues parecía demasiado al pendiente de Potter) parecían bastante sospechosos, murmurando entre ellos en las comidas o escabulléndose de un lado a otro. Malfoy sólo esperaba que no estuvieran haciendo nada que provocara su expulsión.
Las cosas siguieron como siempre, los leones odiaban a las serpientes, las ágilas odiaban a las serpientes y los tejones odiaban a las serpientes. Pero sin duda la serpiente más odiada para esas alturas de año era Draco Malfoy, que a costa de molestar a otros —lanzándoles maleficios e insultándolos— se había ganado el título de príncipe de Slytherin, título por el que había estado bastante orgulloso, pues le encantaba aquel sentimiento de superioridad.
Incluso, aunque no se lo había propuesto al inicio, Malfoy había tenido sus altercados con los amigos más íntimos de Potter, el pobre de Weasley, el sin cerebro de Longbottom y la sangre sucia de Granger. Y aunque Harry no parecía muy contento con su actitud, siempre buscaba evitar tener una pelea con él.
Durante la Navidad, Draco había regresado a su mansión y había disfrutado de una rica cena en compañía de sus padres quienes parecían realmente contentos. Malfoy no se lo había pasado mal del todo, había podido volar en su escoba y jugar al quidditch con Crabbe y Goyle, había comido todos los dulces que había deseado y había obtenido muchísimos regalos; demasiados, pensaría cualquiera.
De entre todos esos regalos había recibido uno un tanto misterioso, era una caja color marrón bastante sencilla y de tamaño mediano, dentro habían unas cuantas golosinas, un pequeño broche con el emblema de Slytherin y una nota.
Abrió el pergamino de manera bastante descuidada y mientras metía una gragea sabor a moco a su boca comenzó a leer.
«Este año no parece que te hayas portado muy bien, espero que hagas un mejor esfuerzo el siguiente año, no creo que consideres demasiado agradable ser llamado le príncipe de las serpientes ¿o sí?
Harry Potter.»
Malfoy comenzó a toser de manera precipitada cuando el caramelo logró atorarse dentro de su garganta. Miró a todas partes, sus padres parecían bastante ocupados por lo que ignoraron completamente aquel momento de asfixia. Draco se puso de pie con la caja entre las manos y sujetándola contra su pecho como si su vida dependiera de aquello.
Al llegar hasta su enorme habitación cerró la puerta y colocó el seguro mientras se preguntaba qué era esa cálida sensación en su pecho; era tan fuerte que casi podía verla brillar de un rojo intenso dentro de sí, aunque claro, aquello tan sólo había sido una ilusión, o tal vez él así lo había creído.
Releyó la carta una y otra vez, estaba tan contento que ni siquiera se detuvo a pensar la razón por la que Potter había enviado aquel regalo, pero entonces después de largos minutos de alegría se dio cuenta que él no le había enviado nada a Potter.
Rápidamente se levantó de su enorme cama y miró a todas partes; no tenía nada que enviarle. Absolutamente nada.
Se acercó a su escritorio y tomó un trozo de pergamino para comenzar a hacer una lista bastante corta
—Row —llamó el pequeño rubio con voz temblorosa a uno de los elfos domésticos de la mansión, el cual apareció en una esquina e hizo una reverencia—. Necesito un favor, necesito que salgas y compres lo que está escrito en esta lista, sabes que mi padre no dirá nada por el dinero, pero te prohíbo que le muestres o digas lo que hay que comprar, simplemente dile que yo te he enviado.
—Por supuesto, joven amo.
—Hablo en serio Row, nadie puede saber nada de esto.
—Entendido, amo.
—Ahora vete.
(...)
Aquella noche Harry recibió una caja color carmín con un montón de chocolates que lucían extremadamente caros y finos, una bufanda de Gryffindor, un pequeño broche con el emblema de su casa junto a una nota que simplemente ponía.
«No recuerdo haber preguntado tu opinión sobre mi comportamiento, pero supongo que crees que puedes hacerlo ahora que te llaman "príncipe de Gryffindor". Disfruta los chocolates, son los mejores del mercado, incluso puedes compartir un par con Weasley apuesto que en su vida tendrá la oportunidad de hacerse con uno.
El príncipe de Slytherin.»
