Draco se encontraba en la enfermería con una pequeña bolsa de hielo apretada contra su ojo; Weasley lo había golpeado bastante fuerte, aunque el pelirrojo tampoco había salido limpio del todo. Habían tenido una pelea durante el partido de Hufflepuff contra Gryffindor después de que las serpientes expresaron su descontento ante la victoria de los leones.

Había sido una pelea bastante idiota, debía admitirlo, pero no iba a dejar que ningún Weasley le hablara como Ronald se había atrevido a hacerlo y todo había terminado en un ojo morado y un labio ligeramente herido.

—¿Puedo irme ya? —preguntó el joven a la señora Pomfrey.

—Por supuesto, cariño —dijo la mujer—. Se desinflamará en unas cuantas horas y si sigues poniendo el ungüento que te he dado el moretón pronto desaparecerá.

El joven se puso de pie sujetando con su mano derecha la bolsa de hielos y con la izquierda su varita con la cual lanzó un último maleficio a Longbottom quien se encontraba inconsciente en una de las camas, al igual que Weasley; Neville se había metido en la pelea y Crabbe y Goyle habían terminado por noquearlo.

Salió con paso elegante hasta el pasillo rumbo a las mazmorras, todo estaba silencioso, suponía que la mayoría de los alumnos ya se encontraban en sus salas comunes pues era de noche y pronto sería la hora límite para poder andar por los pasillos sin ser castigado.

Se encontraba dando la vuelta a uno de los pasillos cuando sintió una cálida mano sujetarlo por el brazo. Draco se sobresaltó y trato de pelar con lo que fuese que lo hubiese atrapado, dejando caer la bolsa de hielos al suelo. Incluso estaba dispuesto a empezar a gritar pero una conocida voz le pidió que no lo hiciera mientras le sujetaba la boca.

—Basta —le dijo en casi un susurro—. Casi es hora del toque de queda, si nos encuentran nos castigarán.

Draco se paralizó y dejó de pelear contra su captor que resultó ser nada más y nada menos que el mismísimo Harry Potter aún con la túnica puesta. El rubio estaba seguro que no lo había visto, era como si el pelinegro hubiera simplemente salido de una de las paredes.

—Potter... —contestó entre aliviado y nervioso.

Harry se agachó para recoger los hielos del suelo y entregársela a Malfoy mientras con un gesto indeciso tomaba valor para hablar.

—Escuché que peleaste con Ron.

—Con que ya se lo dijo a todo el mundo —contestó con prepotencia—. Y supongo que has venido a burlarte de mí, pues déjame decirte que tu amigo no salió muy bien parado de ahí y que...

—En realidad quería saber si te encontrabas bien —interrumpió Harry que inconscientemente se llevó la mano al pecho donde descansaba el broche del león que Draco le había enviado.

Malfoy no pasó por desapercibido aquello y algo dentro de su pecho empezó a calentarse, una felicidad enorme había comenzado a crecer dentro. Harry al darse cuenta de lo que había hecho se sonrojó sin siquiera intentar ocultarlo, dejando entre ellos un silencio extraño y un tanto incómodo.

—Yo... también lo tengo puesto —aclaró el rubio haciendo a un lado la túnica para mostrar el broche de la serpiente colgado sobre el chaleco de lana.

—¿Duele mucho? —se animó a preguntar el chico de verdes ojos ahora con voz ligeramente más segura.

—Por supuesto que no —replicó Malfoy de manera orgullosa—. Mejor deberías ir a ver a tu amigo Weasley, seguro que no puede levantarse del dolor.

Harry soltó una carcajada, haciendo que Draco se sonrojara ligeramente.

—Si puedes hablar así supongo que es porque te sientes bien.

—Por supuesto —afirmó con una sonrisa altanera—. Soy un Malfoy.

—De acuerdo —respondió Potter dando media vuelta—. Hasta luego, intenta no pelear demasiado con la gente.

Y entonces se fue a pasos lentos, alejándose en la dirección contraria a la que Draco se dirigía. El rubio se quedó de pie observando al pequeño pelinegro dudando en si debía decir algo más; Harry se había tomado la molestia de ir hasta allá para preguntar por su salud y él no había podido actuar de manera demasiado agradable.

—¿Por qué viniste? —le preguntó finalmente, cuando ya se encontraba algo lejos.

—No lo sé —le afirmó con toda la sinceridad del mundo—. Me pareció que era lo correcto.

Draco bufó y respondió:

—Clásico de un Gryffindor.

Harry volvió a reír y Draco descubrió que cada que escuchaba esa melodía se sentía ligeramente más feliz.

—Tú querías que fuéramos amigos, ¿verdad? —se aventuró a decir el pelinegro, frase que hizo que Draco se sonrosara en exceso, aunque él si intentó contenerse—. Quiero decir, te acercaste en el compartimiento del tren e incluso te negaste a tener un duelo conmigo sólo por que tus amigos así lo querían. —Draco no contestó por lo que Harry siguió hablando—. No te negaste a ponerte de pie conmigo cuando fui hasta la mesa de Slytherin a buscarte a pesar de que todos nos miraban y... en la tienda de túnicas, tú no sabías que se trataba de mí, Harry Potter y aun así...

—¿Te hablé hasta que te cansaste de mí y te sentiste aliviado de salir de la tienda? —interrumpió el chico.

—Me gustaría- ya sabes... ser amigos... —aclaró Harry, ignorando aquel último comentario.

Por la distancia Draco no pudo estar seguro, pero casi podía jurar que Potter lucía un poco avergonzado.

—Ya sé que todos creen que deberíamos llevarnos mal y que a veces creen que es así pero yo, algo me hizo darme cuenta que no quería que fuera así —continuó diciendo.

—¿Y qué fue? —preguntó el rubio realmente sorprendido.

—Un espejo —aclaró Potter.

Malfoy estaba a punto de decir que no entendía a lo que se refería hasta que ambos escucharon el maullido de la señora Norris bastante cerca. Se despidieron con una mirada y cada uno salió disparado hacia su sala común con el miedo de ser encontrados fuera de las camas cuando no debían.

Draco llegó hasta su cama y sin ponerse la pijama se recostó mientras colocaba su mano sobre el broche que Potter le había regalado en Navidad, hacía tanto que no se sentía tan feliz. Aunque seguía sin entender el asunto del "espejo" no le importaba mucho, después de tantos meses por fin había logrado hacerse amigo de Harry Potter, justo cómo había planeado desde el principio.