Las vacaciones pasaron sin pena ni gloria para el pequeño Malfoy que pasó los días jugando al quidditch, al ajedrez mágico y a los naipes explosivos junto a sus amigos Vincent y Gregory que prácticamente lo visitaban todos los días. Pansy y Zabini lo visitaban con mucho menos frecuencia, pero siempre que lo hacían pasaban momentos divertidos, tan divertidos como podían ser para un grupo de chicos de doce años.

Cuando sus amigos no podían visitarlo, él pasaba sus días de compras con su madre, tomando clases de música y literatura o simplemente practicando encantamientos en su sala privada de entrenamientos.

Al contrario de lo que el rubio había pensado, Potter no envió ni una sola carta durante las vacaciones y eso sólo le hizo reforzar la furia que sentía hacia el pelinegro. Pensaba, constantemente, que era estúpido enojarse con Harry, pues no había mentira alguna en las palabras del pelinegro; ellos no eran amigos, a duras penas eran conocidos, no hablaban, no comían juntos y definitivamente no pasaban tiempo de calidad como lo haría un grupo de amigos.

Sabía que Potter tenía razón, pero no pudo evitar sentirse completamente humillado cuando el mismísimo Harry se lo había gritado en la cara; Draco se había interpuesto entre el Señor Tenebroso y el que él consideraba su amigo y todo para que el muy malagradecido decidiera que finalmente no eran amigos, aunque hubiese sido el mismo ojiverde quién le había propuesto aquella amistad.

Se encontraba en el comedor junto a su madre quién de manera elegante y silenciosa consumía sus alimentos, al menos hasta que Dobby entró a la sala y le entregó el correo; Draco cómo siempre, miró de reojo —tratando de parecer desinteresado— y vio como su madre analizaba cada una de las cartas y finalmente las ponía a un lado.

Lucius entró a paso firme y con su larga cabellera platinada flotando grácilmente por el movimiento de su cuerpo. El hombre pateó al elfo cuando llegó junto a su esposa a quien le dedicó un suave y frío beso en los labios para inmediatamente después susurrar algo en su oído.

—Termina tu comida, Dragón. —Le ordenó su madre—. Volveré en seguida.

Draco simplemente asintió, Lucius ordenó al elfo acompañarlos y todos se marcharon. Fue cuando Malfoy vislumbró lo solitario que se sentía y que su casa fuese tan grande sólo asentaban aquello. Él tenía siempre todo lo que quería, los mejores juguetes, libros, ropas y joyas, las mejores escobas de carreras y las mejores comidas, pero su vida siempre había sido como en aquel momento: él solo con todas esos lujos rodeándolo y haciéndolo sentir más vacío.

Hubiera compartido incluso su mejor túnica con Weasley si eso significaba que iba a poder comer junto a sus padres como la familia normal y feliz que él sabía que no eran. Suspiró y se puso de pie al tiempo que su plato vacío desaparecía.

Caminó a su habitación, le pareció ver a Dobby desaparecer de la casa, pero aquello no le importó demasiado, aunque sabía que el elfo no tenía permitido abandonar la mansión.

Casi al final de las vacaciones fue cuando Draco recibió una carta de Harry, una bella lechuza blanca se la había llevado hasta su habitación y esperaba pacientemente, Draco supuso que esperaba una respuesta. El rubio le dio un dulce al ave y se dirigió a su escritorio con el pergamino en manos.

Hola, Malfoy.

¿Qué tal tus vacaciones? ¿Algún lujoso objeto nuevo que quieras presumirme? ¿Sigues enojado conmigo? Espero sinceramente que no, lamento haber tardado tanto en escribir pero prácticamente me encontraba encarcelado en la casa de mis tíos. Una larga historia.

Desde que te fuiste de la enfermería y durante la cena de fin de curso quise hablar contigo y pedir disculpas, incluso en el transcurso de vuelta a Londres pero simplemente no tuve el valor suficiente; es extraño como ponerme frente a Voldemort me resultó mucho más fácil que enfrentar tu furia.

Draco sonrió ante aquel comentario y siguió leyendo.

Sé qué mis amigos no te soportan y los tuyos no quieren ni verme en pintura, pero realmente me gustaría cumplir con lo que dije el curso pasado, ya sabes, que seamos amigos y esas cosas. No tenemos porque ser enemigos, después de todo, tú me has ayudado muchísimo. ¿Crees que podrías perdonarme y acceder a ser mi amigo? Prometo ser discreto, no tendrás problemas con las serpientes.

Espero tu respuesta.

El príncipe de Gryffindor.

Draco frunció el ceño ligeramente mientras la luz en su pecho comenzaba a calentarlo lentamente, aquella carta significaba mucho más de lo que él se admitiría puesto que desde que había conocido a Potter había querido ganarse su amistad, aun cuando no sabía que se trataba del famoso Harry Potter y comenzaba a creer que Harry pensaba similar. Tal vez se trataba de algún lazo mágico que compartían, pues era bastante común congeniar con personas cuya magia era compatible, sobre todo en el caso de los sangre limpia.

Se acercó su escritorio y escribió su respuesta.

De acuerdo, pero no aceptaré ninguna disculpa por escrito; nos vemos en el tren.

D.

Satisfecho con su respuesta ató la carta a la patita del ave que partió rápidamente hacia donde fuese que estuviera su dueño.

La respuesta llegó al día siguiente, la lechuza cargaba una pequeña caja del tamaño de una libreta pequeña. En esa ocasión el ave se marchó sin esperar respuesta.

Draco abrió el paquete y se encontró con una libreta de firmes pastas de piel verde de dragón.

Abrió la pequeña libreta y al instante un pequeño triangulo se empezó a dibujar en lo alto de la página, inmediatamente después, un texto comenzó a aparecer sobre el pergamino.

«¿Te gusta? Así podremos comunicarnos.»

Draco reconoció inmediatamente la desastrosa caligrafía de Harry y respondió.

«Es bastante bonita... y costosa.»

Agregó, pues sabía reconocer perfectamente cuando algún objeto era valioso.

«Tienes problemas con el costo de las cosas. Si quieres comunicarte conmigo (que es para lo que sirve) simplemente debes dibujar un pequeño triangulo en la parte superior de la página y si quieres cortar la comunicación debes dibujar el triángulo al final de la página. ¿De acuerdo? Puedes usar la libreta como una más para las clases y yo no leeré todas tus aburridas notas de pociones si no pones el triángulo.»

Draco sonrió con malicia.

«De acuerdo.»

Contestó e inmediatamente después agregó el triángulo, cortando toda comunicación con Potter. Hablaba muy en serio cuando había aclarado que no pensaba perdonarlo del todo hasta que el pelinegro se disculpara como debía.

Draco sonrió con suficiencia y sacó de su cajón el broche con el emblema de Slytherin y se lo colocó sobre su fina túnica color morado. Le alegraba siempre obtener lo que quería y jamás había querido tanto algo como la amistad de Harry Potter, aunque jamás lo admitiría ante nadie.

Harry del otro lado de la libreta suspiró con pesadez al notar que Draco había cortado la comunicación, sabía que el chico era orgulloso y que le costaría mucho convencerlo de que sus intenciones eran buenas.

Sonrió, al menos había aceptado hablar con él y aquello, por muy raro que le pareciera, lo hacía tremendamente feliz.