Harry se encontraba listo para partir al callejón Diagon. Había pasado las últimas semanas de vacaciones con los Weasley que muy amablemente lo habían recibido como parte de la familia. Se sentía realmente feliz de pertenecer a una; comer ricas comidas acompañado de risas y de juegos, de pasar las tardes hablando de quidditch y sobre todo de sentirse aceptado y querido.
Durante su estancia con los Dursley, Harry no había podido dejar de pensar en Malfoy, en la forma en que se había marchado, y aún estando rodeado de reboltosos pelirrojos, aquel pensamiento no se había alejado de su mente. Pensaba en Draco todo el tiempo, mientras comía, mientras jugaba y mientras hacía sus tareas de vacaciones; su propia voz gritándole al rubio que debían ser enemigos lo atormentaba y mentalmente se golpeaba por haber sido tan estúpido.
Él no había querido decir aquello, el tono arrogante y furioso de Draco le al hablarle lo había hecho perder los estribos y es que durante su pelea contra Voldemort no había hecho más que pensar en él y peor aun cuando se encontró nuevamente frente al espejo de Erised y vio a Draco parado justo detrás de él, entre sus padres y ocultando la piedra dentro de su bolsillo.
Había sido gracias a sus padres y al propio Malfoy que había tenido el valor de salir con vida de ahí, de enfrentar a Voldemort y cantar victoria.
Harry era un chico simple, no se preguntaba ni se atormentaba por saber a qué se debían los sentimientos que tenía por Draco —esa incontrolable necesidad por tener su aprobación y su amistad—, en cambio simplemente aceptaba sus sentimientos y se dejaba guiar por ellos noblemente, después de todo, ¿quién podría guiarlo mejor que su corazón?
Llegó a la chimenea aún pensando en el chico de rubios cabellos y en cómo recuperar su naciente amistad cuando le dieron indicaciones de cómo llegar al callejón, por lo que distraídamente pronunció mal el nombre del lugar al que deseaba llegar y terminó dentro de un tienda totalmente desconocida para él, una bastante aterradora.
Draco entró en Borgin y Burkes apenas un segundo después que su padre, quién de manera altanera lo guiaba hasta el mostrador. El rubio miraba con curiosidad todo lo que había alrededor; cientos de objetos malditos y extraños brillaban llamando su atención. Sabía que estaban en aquel lugar por asuntos de su padre, asuntos que no lo implicaban y en los que tampoco quería meterse, sospechaba hacía bastante que su padre era un tipo tal vez un poco ilegal, pero jamás había expresado aquello en voz alta, por miedo a una reprimenda o a la verdad.
Tampoco podía decir que repudiaba del todo las artes oscuras y la prueba de ello era que todo en el lugar le fascinaba.
—No toques nada, Draco —le dijo su padre.
El chico, que estaba mirando un ojo de cristal, le dijo:
—Creía que me ibas a comprar un regalo.
—Te dije que te compraría una escoba de carreras —le dijo su padre, tamborileando con los dedos en el mostrador.
—¿Y para qué la quiero si no estoy en el equipo de la casa? —preguntó Malfoy, enfurruñado—. Harry Potter tenía el año pasado una Nimbus 2000. Y obtuvo un permiso especial de Dumbledore para poder jugar en el equipo de Gryffindor. Es bastante bueno, tengo que admitirlo, pero apuesto que le ganaría sin problemas.
—Me lo has dicho ya una docena de veces por lo menos y me alegra que comiences a hacerte de la idea de guardar las apariencias con lo que respecta a Potter —repuso su padre dirigiéndole una mirada sorprendida—, y me alegra que seas lo suficientemente prudente para dar la impresión de que tú también lo admiras, porque si en la clase todos lo ven como el héroe que hizo desaparecer al Señor Tenebroso...
Draco frunció el ceño, él no estaba fingiendo absolutamente nada, él admiraba realmente la valentía y la pureza de corazón de Harry Potter. Eestaba seguro de que jamás lo había dicho en voz alta, pero tampoco se había declarado nunca como enemigo de Harry, aunque seguramente su padre lo creyera por la forma en que sus amigos se expresaban de príncipe de Gryffindor.
—¡Ah, señor Borgin! —exclamó Lucius.
—¡Señor Malfoy, qué placer verle de nuevo! —respondió el señor Borgin con una voz tan pegajosa como su cabello—. ¡Qué honor...! Y ha venido también el señor Malfoy hijo. Encantado. ¿En qué puedo servirles? Precisamente hoy puedo enseñarles, y a un precio muy razonable...
—Hoy no vengo a comprar, señor Borgin, sino a vender —dijo el padre de Malfoy.
—¿A vender? —La sonrisa desapareció gradualmente de la cara del señor Borgin.
—Usted habrá oído, por supuesto, que el ministro está preparando más redadas —empezó el padre de Malfoy, sacando un pergamino del bolsillo interior de la chaqueta y desenrollándolo para que el señor Borgin lo leyera—. Tengo en casa algunos... artículos que podrían ponerme en un aprieto, si el Ministerio fuera a llamar a...
El señor Borgin se caló unas gafas y examinó la lista.
—Pero me imagino que el Ministerio no se atreverá a molestarle, señor.
El padre de Malfoy frunció los labios.
—Aún no me han visitado. El apellido Malfoy todavía inspira un poco de respeto, pero el Ministerio cada vez se entromete más. Incluso corren rumores sobre una nueva Ley de defensa de los muggles... Sin duda ese rastrero Arthur Weasley, ese defensor a ultranza de los muggles, anda detrás de todo esto.
Draco sintió un ligero dolor en el pecho. ¿Desde cuándo la forma de ser de su padre le parecía tan desagradable? Si él predicaba los mismos ideales.
»Y, como ve, si algunas de estas cosas salieran a la luz...
Draco caminó por toda la sala de manera curiosa hasta que un dulce e inesperado olor llegó a hasta su nariz; sabía perfectamente a quien pertenecía aquel aroma y el que su padre revelara algún oscuro secreto familiar le aterró al instante. No quería que él se diera cuenta del tipo de familia que tenía, aunque no era un secreto para nadie en el mundo mágico.
—¿Puedo quedarme con esto? —interrumpió Draco, señalando una mano cortada que estaba sobre un cojín e intentando que su padre se olvidara de aquel asunto o al menos decidiera hablar mucho más bajo.
Dirigió su mirada a todas partes, pero no encontró señal del pelinegro.
—¡Ah, la Mano de la Gloria! —dijo el señor Borgin, olvidando la lista de su padre y encaminándose hacia donde estaba Draco—. ¡Si se introduce una vela entre los dedos, alumbrará las cosas sólo para el que la sostiene! ¡El mejor aliado de los ladrones y saqueadores! Su hijo tiene un gusto exquisito, señor.
—Espero que mi hijo llegue a ser algo más que un ladrón o un saqueador, Borgin —repuso fríamente el padre de Malfoy.
Y el señor Borgin se apresuró a decir—: No he pretendido ofenderle, señor, en absoluto...
—Aunque si no mejoran sus notas en el colegio —añadió el padre de Malfoy, aún más fríamente—, puede, claro está, que sólo sirva para eso.
—No es culpa mía —replicó Draco bastante avergonzado, él siempre había sido un gran estudiante pero en su primer año había alguien que lo distraía de todo—. Todos los profesores tienen alumnos consentidos. Esa Hermione Granger...
—Vergüenza debería darte que una chica que no viene de una familia de magos te supere en todos los exámenes —dijo el señor Malfoy bruscamente.
Draco se puso colorado de la furia y agachó el rostro. No era para tanto, era verdad que Granger lo había superado, pero el segundo lugar no estaba tan mal. ¿O sí?
El pequeño Malfoy escuchó lo que le pareció un pequeño y gruñido que nadie más divisó.
—En todas partes pasa lo mismo —dijo el señor Borgin, con su voz almibarada—. Cada vez tiene menos importancia pertenecer a una estirpe de magos.
—No para mí —repuso el señor Malfoy, resoplando de enfado.
—No, señor, ni para mí, señor —convino el señor Borgin, con una inclinación.
—En ese caso, quizá podamos volver a fijarnos en mi lista —dijo el señor Malfoy, lacónicamente—. Tengo un poco de prisa, Borgin, me esperan importantes asuntos que atender en otro lugar.
Draco caminó lo más casual que pudo por lo que le restaba de la tienda hasta que estuvo seguro de que Potter se encontraba por ahí, seguramente escondido. Ante tal idea rápidamente reparó en un armario de color negro. Se dirigió hacia él, alargó la mano para coger la manilla y...
—De acuerdo —dijo el señor Malfoy en el mostrador—. ¡Vamos, Draco!
Antes de volverse, Draco tocó su nariz tres veces esperando que Harry pudiese verlo y luego señaló discretamente hacia la izquierda que era el camino que Harry debía seguir para volver a callejón Diagon. Tres calles a la izquierda había sido la señal.
El joven Malfoy caminó elegantemente hasta la salida donde su padre ya lo esperaba.
—¿Podemos ir ahora por mi escoba? —preguntó el chico sin mirar a su padre.
—Por supuesto, tendrás tu escoba y tu lugar cómo buscador en el equipo de Slytherin, eso corre por mi cuenta; no dejaremos que ni Potter ni la sangre sucia crean que son superiores a un Malfoy.
Draco sonrió como cada que obtenía algo que realmente quería y jugar con Potter al quidditch era una de las cosas que más quería.
El resto de la tarde el rubio y su padre la pasaron viendo a los socios de su familia y al final se dirigieron al callejón Diagon para comprar las cosas que Draco utilizaría en su segundo año en Hogwarts.
Pararon frente a la librería, Lucius se entretuvo con un conocido por lo que Draco entró a pesar de la enorme cantidad de gente que había alrededor, cosa bastante extraña para él, ya que era uno de los lugares menos concurrido por los magos. Al poner el primer pie en el lugar, Draco pudo entender porque la gente estaba haciendo tanto alboroto: Gilderoy Lockhart se encontraba dando una firma de autógrafos junto a nada más ni nada menos que el famoso Harry Potter que parecía bastante atribulado por encontrarse entre la multitud.
Harry se separó del hombre en cuanto tuvo oportunidad y —sin percatarse de que cierto rubio se encontraba mirándolo muy cerca de la puerta— llegó hasta Ginny Wesley que aguardaba totalmente ajena a los ligeros celos que nacieron en el pecho de Malfoy.
—¿A que te gusta, eh, Potter? El famoso Harry Potter. Ni siquiera en una librería puedes dejar de ser el protagonista —dijo Draco con lo que se suponía debía ser malicia, pero a Harry aquel comentario no pareció molestarlo si no avergonzarlo ligeramente, pues sus mejillas se habían puesto de un flameante color rojo.
—¡Déjalo en paz, él no lo ha buscado! —replicó Ginny.
Draco que no tenía ni un pelo de tonto, arqueó la ceja mirando a la menor y tratando de parecer lo más tranquilo posible dijo:
—¡Vaya, Potter, tienes novia! —dijo Malfoy arrastrando las palabras.
Ginny se puso roja mientras Ron y Hermione se acercaban, con montones de los libros de Lockhart en brazos.
—¡Ah, eres tú! —dijo Ron, mirando a Draco como se mira un chicle que se le ha pegado a uno en la suela del zapato—. ¿Te sorprende ver aquí a Harry, eh?
Draco no entendió en ese momento lo que Ronald le había dicho, sin embargo, decidió evadir aquella pregunta.
—No me sorprende tanto como verte a ti en una tienda, Weasley —replicó Malfoy—. Supongo que tus padres pasarán hambre durante un mes para pagarte esos libros.
Ron se puso tan rojo como Ginny. Draco había logrado lo que quería, hacer enojar a la pequeña de los Weasley y de paso molestar al culpable de que Harry no aceptara ser su amigo en el primer año.
Ron dejó los libros en el caldero y se fue hacia Malfoy, pero Harry y Hermione lo agarraron de la chaqueta. Harry mucho más en pánico que la chica, al parecer.
—¡Ron! —dijo el señor Weasley, abriéndose camino a duras penas con Fred y George—. ¿Qué haces? Vamos afuera, que aquí no se puede estar.
—Vaya, vaya... ¡sí es el mismísimo Arthur Weasley!
Draco cerró los ojos tratando de relajarse, si su padre estaba ahí las cosas no podían ir peor. El hombre lo tomó por el hombro presionando con fuerza, sabía que lo regañaría por haber armado tal escándalo en público, pero Draco no se arrepintió.
—Lucius —dijo el señor Weasley, saludándolo fríamente.
—Mucho trabajo en el Ministerio, me han dicho —comentó el señor Malfoy—. Todas esas redadas... Supongo que al menos te pagarán las horas extras, ¿no? —Se acercó al caldero de Ginny y sacó de entre los libros nuevos de Lockhart un ejemplar muy viejo y estropeado de la «Guía de transformación para principiantes»—. Es evidente que no —rectificó—. Querido amigo, ¿de qué sirve deshonrar el nombre de mago si ni siquiera te pagan bien por ello?
El señor Weasley se puso incluso más rojo que Ron y Ginny. —Tenemos una idea diferente de qué es lo que deshonra el nombre de un mago, Malfoy —contestó.
—Es evidente —dijo Malfoy, mirando de reojo a los padres muggles de Hermione, que lo miraban con aprensión—, por las compañías que frecuentas, Weasley... creía que ya no podías caer más bajo.
Entonces el caldero de Ginny saltó por los aires con un estruendo metálico; el señor Weasley se había lanzado sobre el señor Malfoy y éste fue a dar de espaldas contra un estante. Docenas de pesados libros de conjuros les cayeron sobre la cabeza. Fred y George gritaban: «¡Dale, papá!», y la señora Weasley exclamaba: «¡No, Arthur, no!». La multitud retrocedió en desbandada, derribando a su vez otros estantes.
—¡Caballeros, por favor, por favor! —gritó un empleado. Y luego, más alto que las otras voces, se oyó:
—¡Basta ya, caballeros, basta ya!
Hagrid vadeaba el río de libros para acercarse a ellos. En un instante, separó a Weasley y Malfoy. El primero tenía un labio partido, y al segundo, una enciclopedia de setas no comestibles le había dado en un ojo. Malfoy todavía sujetaba en la mano el viejo libro sobre transformación. Se lo entregó a Ginny, con la maldad brillándole en los ojos.
—Toma, niña, ten tu libro, que tu padre no tiene nada mejor que darte.
Liberándose de Hagrid, que lo agarraba del brazo, hizo una seña a Draco y salieron de la librería.
Draco no podía sentirse más abochornado, la primera vez que Potter veía a su padre y lo veía de aquella manera tan vergonzosa. ¿Qué pensaría de él después de aquello? Seguramente nada que no supiera ya, que la familia Malfoy era mucho más insoportable de lo que los Weasley le habían contado.
Suspiró mientras caminaba tras su padre que estaba que echaba chispas. Todo había pasado por culpa de Draco, pero es que no le había agradado para nada la manera embelesada en que la Weasley había mirado a Potter; no le había gustado ni un poco y eso sólo lo había hecho actuar de aquella manera, aunque claro, él no sabría que se trataba de celos hasta mucho después.
Draco estaba tan inmerso en sus pensamientos y en la pelea que jamás notó que su padre ya no cargaba cierto diario de tapas negras; diario que mágicamente había pasado a manos de Ginny Weasley.
