"¿Viste el tablón de noticias? ¡Van a abrir un club de duelo! ¿Asistirás?"
Preguntó Harry a través de la libreta que lo comunicaba con Draco.
"Por supuesto, Potter, será divertido, sobre todo cuando las serpientes aplastemos a todos los leones"
"Será divertido"
Draco sonrió ante aquel comentario tan poco competitivo e infantil, pero adorable.
"Lo será, quiero saber de qué es capaz el gran Harry Potter, el niño que vivió, el gran vencedor del señor oscuro, el héroe del mundo mágico."
"Sabes que odio que me llamen así"
"Y precisamente es por eso que yo te digo así todo el tiempo"
"Que extraño yo recuerdo cosas como, imbécil, cara rajada, cuatro ojos y mestizo apestoso"
Draco soltó una carcajada, llamando la atención de sus amigos que se encontraban, al igual que él, sentados cerca de la chimenea.
Movió la mano restándole importancia y tal como esperó todos sus amigos volvieron a sus cosas, todos menos Blaise que lo miraba de manera acusadora.
"Pero todo es con cariño, Potter"
"Si no viera como tratas a Herms y Ron, diría que es mentira"
Draco hizo una mueca de desagrado cuando leyó nuevamente el apodo con que Harry llamaba a la sangre sucia.
—El club ya va a comenzar —Anunció Pansy, sacándolo de sus pensamientos. —Será mejor que nos pongamos en marcha.
Draco se puso de pie sin que se lo dijeran dos veces, terminó la conversación con Harry y se colocó conto a su amiga quién le extendió una mano, dispuesta a caminar de su brazo, como siempre.
Las cinco serpientes, Parkinson, Zabini, Crabbe, Goyle y Malfoy caminaron elegantemente hasta el gran comedor que era donde aquel club tendría lugar.
Todos se sentían realmente entusiasmados, un club de duelo representaba una oportunidad única para demostrar sus habilidades y para divertirse, aquellos chicos, como provenientes de familias de magos, habían sido entrenados desde muy pequeños y adoraban la sensación de libertad mágica, algo que les limitaban muchísimo en el colegio, pero en ese momento, con un monstruo legendario rondando el castillo, que los chicos (aun de primer año) supieran defenderse era de vital importancia.
Llegaron al gran comedor, donde un montón de alumnos de todas las edades ya estaban reunidos. Las grandes mesas de comedor habían desaparecido, y adosada a lo largo de una de las paredes había una tarima dorada, iluminada por miles de velas que flotaban en el aire. El techo volvía a ser negro, y la mayor parte de los alumnos parecían haberse reunido debajo de él, portando sus varitas mágicas y aparentemente entusiasmados.
Draco miraba aquel pequeño escenario con ansias, hacía mucho que no practicaba en medio de un duelo y aquella sensación de familiaridad le invadió por completo, porque, tal y como se esperaba del heredero de los Malfoy, jamás había perdido un duelo mágico. Tenía un repertorio amplio de maldiciones y encantamientos enseñados por su mismo padre desde que había logrado pararse de lo más firme.
—¿No estás emocionado? —Preguntó Pansy que aún colgaba de su brazo.
—Lo estoy.
—Esta vez no vas a ganarme —Dijo la chica con orgullo. —Esta vez te ganaré.
Draco sonrió de lado ante la competitividad de su amiga.
—Ya veremos, Pans...
Draco buscó Potter entre la gente, lo vio un poco más adelante, cerca de la comadreja y de Granger, lo atrapó dirigiéndole una mirada que Malfoy no pudo descifrar y que tampoco pudo contemplar demasiado tiempo, pues Harry rápidamente desvió su atención a la tarima donde Gilderoy Lockhart había aparecido y lo acompañaba nada menos que su padrino, Severus Snape, con su usual túnica negra.
Lockhart rogó silencio con un gesto del brazo y dijo:
—¡Vengan aquí, acérquense! ¿Me ve todo el mundo? ¿Me oyen todos? ¡Estupendo! El profesor Dumbledore me ha concedido permiso para abrir este modesto club de duelo, con la intención de prepararlos a todos ustedes por si algún día necesitan defenderse tal como me ha pasado a mí en incontables ocasiones (para más detalles, consulten mis obras).
Draco rodó los ojos pensando en lo imbécil que era ese tipo.
»Permitidme que les presente a mi ayudante, el profesor Snape —dijo Lockhart, con una amplia sonrisa—. Él dice que sabe un poquito sobre el arte de batirse, y ha accedido desinteresadamente a ayudarme en una pequeña demostración antes de empezar. Pero no quiero que se preocupen los más jóvenes: no se quedarán sin profesor de Pociones después de esta demostración, ¡no teman!
Malfoy y sus amigos resoplaron con fastidio, sabían que Snape era un gran duelista y que aquellas palabras de Lockhart eran solo eso, palabras.
Lockhart y Snape se encararon y se hicieron una reverencia. O, por lo menos, la hizo Lockhart, con mucha floritura de la mano, mientras Snape movía la cabeza de mal humor. Luego alzaron sus varitas mágicas frente a ellos, como si fueran espadas.
—Como ven, sostenemos nuestras varitas en la posición de combate convencional —explicó Lockhart a la silenciosa multitud—. Cuando cuente tres, haremos nuestro primer embrujo. Pero claro está que ninguno de los dos tiene intención de matar.
—Yo no estaría tan seguro —susurró Draco con malicia, viendo a Snape enseñar los dientes.
Una..., dos... y tres. Ambos alzaron las varitas y las dirigieron a los hombros del contrincante. Snape gritó:
—¡Expelliarmus!
Resplandeció un destello de luz roja, y Lockhart despegó en el aire, voló hacia atrás, salió de la tarima, pegó contra el muro y cayó resbalando por él hasta quedar tendido en el suelo. Malfoy y algunos otros de Slytherin vitorearon. Hermione se puso de puntillas y Harry negó con la cabeza ante la horrible demostración de su inútil profesor.
Lockhart se puso de pie con esfuerzo. Se le había caído el sombrero y su pelo ondulado se le había puesto de punta.
—¡Bueno, ya lo han visto! —dijo, tambaleándose al volver a la tarima—. Eso ha sido un encantamiento de desarme; como pueden ver, he perdido la varita... ¡Ah, gracias, señorita Brown! Sí, profesor Snape, ha sido una excelente idea enseñarlo a los alumnos, pero si no le importa que se lo diga, era muy evidente que iba a atacar de esa manera. Si hubiera querido impedírselo, me habría resultado muy fácil. Pero pensé que sería instructivo dejarles que vieran...
Snape parecía dispuesto a matarlo, y quizá Lockhart lo notó, porque dijo:
—¡Basta de demostración! Vamos a colocarlos por parejas. Profesor Snape, si es tan amable de ayudarme...
Se metieron entre la multitud a formar parejas. Lockhart puso a Neville con Justin Finch-Fletchley, pero Snape llegó primero hasta donde estaban Ron y Harry
—Ya es hora de separar a este equipo ideal, creo —dijo con expresión desdeñosa—. Weasley, puedes emparejarte con Finnigan. Potter... — Harry se acercó automáticamente a Hermione. —Me parece que no —dijo Snape, sonriendo con frialdad—. Señor Malfoy, aquí. Veamos qué puedes hacer con el famoso Potter. La señorita Granger que se ponga con Bulstrode.
Draco que se encontraba burlándose del profesor de defensa contra las artes oscuras y riendo a más no poder cuando volteó al escuchar su nombre.
Se encontró con la sonrisa de medio lado de Harry que le indicaba que estaba tan entusiasmado como él.
—Disculpe señor —Interrumpió Zabini. —Pero Draco y yo seremos pareja.
—¿Me está cuestionando, Zabini? —El moreno se paralizó en su lugar y negó rápidamente.
Draco caminó hasta Harry con la expresión más altanera que tenía, lo que divirtió muchísimo a Potter, le parecía chistoso fingir que Draco y él se odiaban cuando nada podía estar más alejado de la realidad.
—Potter... —Dijo Malfoy con suficiencia y notó como Harry se aguantaba la risa.
—Malfoy —Respondió finalmente, lo más serio que pudo.
—¡Pónganse frente a sus contrincantes —dijo Lockhart, de nuevo sobre la tarima— y hagan una inclinación!
Harry y Malfoy se miraron fijamente, era una mirada cómplice que para cualquier otro hubiera representado indiferencia. Draco se inclinó de manera elegante, como todo un caballero, Harry por su parte lo imitó torpemente.
—¡Varitas listas! —gritó Lockhart—. Cuando cuente hasta tres, ejecuten sus hechizos para desarmar al oponente. Sólo para desarmarlo; no queremos que haya ningún accidente. Una, dos y... tres.
Harry apuntó la varita hacia los hombros de Malfoy, pero éste había sido más rápido. El conjuro de Malfoy causó en Harry el mismo efecto que si le hubieran golpeado en la cabeza con una sartén aunque no de manera muy dolorosa.
Harry se tambaleó pero aguantó, y sin perder tiempo, dirigió contra Malfoy su varita, diciendo:
—¡Rictusempra!
Un chorro de luz plateada alcanzó a Malfoy en el estómago, y el chico se retorció, respirando con dificultad por aquel encantamiento que causaba cosquillas.
—¡He dicho sólo desarmarse! —gritó Lockhart a la combativa multitud cuando Malfoy cayó de rodillas, intentado aguantar el encantamiento; apenas se podía mover de la risa.
Harry no volvió a atacar, porque le parecía que no era deportivo hacerle a Malfoy más encantamientos mientras estaba en el suelo, se dedicó a mirarlo reír y deleitándose con la angelical risa del rubio.
Tomando aire, Malfoy apuntó la varita a las rodillas de Harry, y dijo con voz ahogada:
—¡Tarantallegra!
Un segundo después, a Harry las piernas se le empezaron a mover a saltos, fuera de control, como si bailaran un baile velocísimo. Aquello sólo hizo que la risa de Draco se intensificara, Harry lucía tan adorable de aquella manera, intentando controlarse.
—¡Alto!, ¡alto! —gritó Lockhart, pero Snape se hizo cargo de la situación.
—¡Finite incantatem! —gritó. Los pies de Harry dejaron de bailar, Malfoy dejó de reír y ambos pudieron levantar la vista. Snape se alejó para auxiliar al resto.
Draco miró a Harry con una chispa de diversión que fue correspondida, ambos lo estaban pasando bastante bien.
—Nada mal, Potter. —Dijo el rubio en voz tan baja que apenas y había sido oído por Harry.
—Te dije que sería divertido, es una suerte que me pusieran contigo, moría de ganas por... —Respondió el pelinegro pero se vio interrumpido.
Una niebla de humo verdoso se cernía sobre la sala. Tanto Neville como Justin estaban tendidos en el suelo, jadeando; Ron sostenía a Seamus, que estaba lívido, y le pedía disculpas por los efectos de su varita rota; pero Hermione y Millicent Bulstrode no se habían detenido: Millicent tenía a Hermione agarrada del cuello y la hacía gemir de dolor. Las varitas de las dos estaban en el suelo.
Harry se acercó de un salto y apartó a Millicent. Fue difícil, porque era mucho más robusta que él. Draco frunció el ceño, no le había agradado para nada que su amigo lo abandonara así, se molestó con Granger por ser una inútil, pero se enfureció con Harry y su estúpido complejo de héroe.
—Muchachos, muchachos... —decía Lockhart, pasando por entre los estudiantes, examinando las consecuencias de los duelos—. Levántate, Macmillan..., con cuidado, señorita Fawcett..., pellízcalo con fuerza, Boot, y dejará de sangrar enseguida...
»Creo que será mejor que les enseñe a interceptar los hechizos indeseados —dijo Lockhart, que se había quedado quieto, con aire azorado, en medio del comedor. Miró a Snape y al ver que le brillaban los ojos, apartó la vista de inmediato—. Necesito un par de voluntarios... Longbottom y Finch-Fletchley, ¿qué tal ustedes?
—Mala idea, profesor Lockhart —dijo Snape, deslizándose como un murciélago grande y malévolo—. Longbottom provoca catástrofes con los hechizos más simples, tendríamos que enviar a Finch-Fletchley a la enfermería en una caja de cerillas. —La cara sonrosada de Neville se puso de un rosa aún más intenso—. ¿Qué tal Malfoy y Potter? —dijo Snape con una sonrisa malvada.
Draco frunció el ceño, comenzaba a parecerle extraño que su padrino se empeñara tanto en enfrentarlo con Harry, aunque si lo pensaba mejor, sería porque él era su consentido y odiaba a Harry tanto que no se explicaba por qué.
—¡Excelente idea! —dijo Lockhart, haciéndoles un gesto para que se acercaran al centro del Salón, al mismo tiempo que la multitud se apartaba para dejarles sitio—. Veamos, Harry —dijo Lockhart—, cuando Draco te apunte con la varita, tienes que hacer esto. Levantó la varita, intentó un complicado movimiento, y se le cayó al suelo. Snape sonrió y Lockhart se apresuró a recogerla, diciendo: —¡Vaya, mi varita está un poco nerviosa!
Snape se acercó a Malfoy, se inclinó y le susurró algo al oído. Malfoy asintió concentrado y con respeto hacia Snape. Harry miró asustado a Lockhart y le dijo:
—Profesor, ¿me podría explicar de nuevo cómo se hace eso de interceptar?
No era que Harry desconfiara de Draco, sabía que su amigo jamás le haría daño, porque él tampoco se atrevería a hacerlo, aún que eso significara destapar su amistad. Pero no confiaba en Snape y sabía que lo que fuese que le hubiera dicho a Draco este lo obedecería.
—¿Asustado? —murmuró Malfoy, de forma que Lockhart no pudiera oírle, Harry sonrió internamente, sabía que aquella era la manera de Draco de arle ánimos.
—Eso desearías. —le dijo Harry de manera seria.
Lockhart dio una palmada amistosa a Harry en el hombro.
—¡Simplemente, hazlo como yo, Harry!
—¿El qué?, ¿dejar caer la varita?
Draco soltó una ligera carcajada apenas insonora. Pero Lockhart no le escuchaba.
—Tres, dos, uno, ¡ya! —gritó.
Malfoy levantó rápidamente la varita y bramó:
—¡Serpensortia!
Hubo un estallido en el extremo de su varita. Harry vio, aterrorizado, que de ella salía una larga serpiente negra, caía al suelo entre los dos y se erguía, lista para atacar. Todos se echaron atrás gritando y despejaron el lugar en un segundo.
Draco miró rápidamente a su padrino, jamás había usado aquel encantamiento y había confiado en que, por mucho, Harry caería sobre su trasero de manera poco dolorosa.
—No te muevas, Potter —dijo Snape sin hacer nada, disfrutando claramente de la visión de Harry, que se había quedado inmóvil, mirando a los ojos a la furiosa serpiente—. Me encargaré de ella...
—¡Permítanme! —gritó Lockhart. Blandió su varita apuntando a la serpiente y se oyó un disparo: la serpiente, en vez de desvanecerse, se elevó en el aire unos tres metros y volvió a caer al suelo con un chasquido. Furiosa, silbando de enojo, se deslizó derecha hacia Finch-Fletchley y se irguió de nuevo, enseñando los colmillos venenosos.
Harry no supo por qué lo hizo, ni siquiera fue consciente de ello. Sólo percibió que las piernas lo impulsaban hacia delante como si fuera sobre ruedas y que gritaba absurdamente a la serpiente: «¡Déjale!» Y milagrosa e inexplicablemente, la serpiente bajó al suelo, tan inofensiva como una gruesa manguera negra de jardín, y volvió los ojos a Harry. A éste se le pasó el miedo. Sabía que la serpiente ya no atacaría a nadie, aunque no habría podido explicar por qué lo sabía.
Sonriendo, miró a Justin, esperando verlo aliviado, o confuso, o agradecido, pero ciertamente no enojado y asustado.
—¿A qué crees que jugamos? —gritó, y antes de que Harry pudiera contestar, se había dado la vuelta y abandonaba el salón.
Snape se acercó, blandió la varita y la serpiente desapareció en una pequeña nube de humo negro. También Snape miraba a Harry de una manera rara; era una mirada astuta y calculadora que a Harry no le gustó. Fue vagamente consciente de que a su alrededor se oían unos inquietantes murmullos. A continuación, sintió que alguien le tiraba de la túnica por detrás.
—Vamos —le dijo Ron al oído—. Vamos...
Ron lo sacó del salón, y Hermione fue con ellos.
Draco se quedó a mitad de la sala con una expresión completa de confusión, miró a Snape quién no alejaba sus ojos de Potter (un Potter abrumado y confundido) y por un segundo le pasó por la cabeza que aquel había sido el objetivo de su padrino, que Harry demostrara ante todos su habilidad para el pársel. No pudo evitar enrojecerse del coraje, ¿A caso Severus lo había usado?
Suspiró, debía dejar aquello para después, primero debía hablar con Harry y preguntarle por qué diablos no le había confiado que podía hablar la lengua de las serpientes.
