Los días pasaron para Draco entre bromas del desmayo de Potter y una absorbente Pansy que se tomaba muy en serio su papel de novia. Muchas de las chicas y chicos del instituto la miraban con odio, pues no era un gran secreto en el colegio que Draco Malfoy era casi tan amado como odiado entre los alumnos de las diferentes casas. Al contrario de lo que uno creería, Pansy no se sentía mal por ser la envidia de muchos, pues le encantaba presumir su relación con Draco y gritarlo a los cuatro vientos.
A Malfoy esto no le importaba mucho, le iba y le venía lo que la gente pensara, Pansy era una chica hermosa, de cabellos negros y ojos verdes, tez blanca y figura estilizada que con su porte lucía mucho más, además de que era de buena familia y de sangre pura. Pero lo mejor de todo era que se trataba de su mejor amiga, porque sobre todas las cosas Pansy seguía siendo eso para él.

El día jueves se encontró caminando hacia los jardines del castillo, aquellos que rodeaban la cabaña del apestoso del guardabosques que el anciano director había decidido nombrar profesor (y Draco no podía entender cómo aquella barbaridad había ocurrido).
Pero no era la clase la causante de que tuviera un gesto de total fastidio, sino el hecho de que Cuidado de Creaturas Mágicas era una de las materias que compartía con Harry Potter.

No era que él lo estuviese evitando, por supuesto que no, aquello era para cobardes. Pero cada que se encontraba cerca de Potter, el pelinegro le buscaba la mirada, se acercaba discretamente hasta él como si quisiera decirle algo y parecía tan nervioso que a él mismo terminaba por descolocarle los nervios.
Por supuesto que habían intercambiado unas cuantas burlas (o bueno, él se burlaba de Potter) y aunque en realidad las riñas eran más directamente con Wesley quién no perdía el tiempo y se proponía sacar de quicio a Draco apenas estaban a dos metros de distancia.

Llegaron hasta la cabaña del guardabosque y se quedaron esperando, Draco les contaba unas cuantas cosas a sus amigos, quienes reían por sus bromas crueles, cuando Potter apareció por el sendero acompañado de la comadreja y la sangre sucia (como siempre).

—¡Vamos, dense prisa! —gritó Hagrid a medida que se aproximaban sus alumnos—. ¡Hoy tengo algo especial para ustedes! ¡Una gran lección! ¿Ya está todo el mundo? ¡Bien, síganme!

Durante un desagradable instante, Harry temió que Hagrid los condujera al bosque; Harry había vivido en aquel lugar experiencias tan desagradables que nunca podría olvidarlas (como las arañas de Aragog y el encuentro con Voldemort en el cuerpo del profesor Quirrell). Sin embargo, Hagrid anduvo por el límite de los árboles y cinco minutos después se hallaron ante un prado donde no había nada.

—¡Acérquense todos a la cerca! —gritó—. Asegúrense de tener buena visión. Lo primero que tienen que hacer es abrir los libros...

—¿De qué modo? —dijo la voz fría y arrastrada de Draco Malfoy.

—¿Qué? —dijo Hagrid.

—¿De qué modo abrimos los libros? —repitió Malfoy. Sacó su ejemplar de El monstruoso libro de los monstruos, que había atado con una cuerda. Otros lo imitaron. Unos, como Harry, habían atado el libro con un cinturón; otros lo habían metido muy apretado en la mochila o lo habían sujetado con pinzas.

—¿Nadie ha sido capaz de abrir el libro? —preguntó Hagrid decepcionado. La clase entera negó con la cabeza. —Tienen que acariciarlo —dijo Hagrid, como si fuera lo más obvio del mundo—. Miren...

Cogió el ejemplar de Hermione y desprendió el listón mágico que lo sujetaba. El libro intentó morderlo, pero Hagrid le pasó por el lomo su enorme dedo índice, y el libro se estremeció, se abrió y quedó tranquilo en su mano.

—¡Qué tontos hemos sido todos! —dijo Malfoy despectivamente—. ¡Teníamos que acariciarlo! ¿Cómo no se nos ocurrió?

Draco era una persona impaciente, pero lo era aún más con aquellos como Hagrid quien parecía ser tonto por naturaleza.

—Yo... yo pensé que les haría gracia —le dijo Hagrid a Hermione, dubitativo.

—¡Ah, qué gracia nos hace...! —dijo Malfoy—. ¡Realmente ingenioso, hacernos comprar libros que quieren comernos las manos!

—Cierra la boca, Malfoy —le dijo Harry en voz baja.

No era que a Harry le agradara demasiado enfrentarse a Draco, pues su prioridad era recuperar su amistad, pero si algo debía reconocer era que el rubio se estaba pasando y al ser Hagrid un maestro tan novato se sentía mal por él.
Hagrid se había quedado algo triste y Harry quería que sus primeras clase fueras un éxito.

Draco levantó una ceja mientras le mantenía la mirada a Harry, el pelinegro abrió mucho los ojos, era claro que no esperaba tener la atención de Malfoy después de tantos intentos durante esos días.

—Bien, pues —dijo Hagrid, que parecía haber perdido el hilo—. Así que... ya tienen los libros y... y... ahora les hacen falta las criaturas mágicas. Sí, así que iré a por ellas. Esperen un momento... Se alejó de ellos, penetró en el bosque y se perdió de vista.

—Dios mío, este lugar está en decadencia —dijo Malfoy en voz alta, dispuesto a hacer enojar a Harry—. Estas clases idiotas... A mi padre le dará un infarto cuando se lo cuente.

—Cierra la boca, Malfoy —repitió Harry ligeramente rojo por el enojo, Malfoy había sido su amigo, pero Hagrid también lo era y no podía permitir que Draco siguiera hablando así, pero sobre todo odiaba ver a Malfoy actuando de aquella manera, porque él sabía que si, Draco era cruel y malcriado, pero no tanto como aparentaba.

—Cuidado, Potter; hay un dementor detrás de ti.

Harry le sostuvo a Draco la mirada y por un instante, sólo uno muy pequeño, Harry notó un brillo amistoso que hacía mucho no veía en esos ojos grises, tal vez Malfoy ya lo estaba perdonando.

Trotando en dirección a ellos se acercaba una docena de criaturas, las más extrañas que Harry había visto en su vida. Tenían el cuerpo, las patas traseras y la cola de caballo, pero las patas delanteras, las alas y la cabeza de águila gigante. El pico era del color del acero y los ojos de un naranja brillante. Las garras de las patas delanteras eran de quince centímetros cada una y parecían armas mortales. Cada bestia llevaba un collar de cuero grueso alrededor del cuello, atado a una larga cadena. Hagrid sostenía en sus grandes manos el extremo de todas las cadenas. Se acercaba corriendo por el prado, detrás de las criaturas.

—¡Para allá! —les gritaba, sacudiendo las cadenas y forzando a las bestias a ir hacia la cerca, donde estaban los alumnos. Todos se echaron un poco hacia atrás cuando Hagrid llegó donde estaban ellos y ató los animales a la cerca. —¡Hipogrifos! —gritó Hagrid alegremente, haciendo a sus alumnos una señal con la mano—. ¿Verdad que son hermosos?

Harry pudo comprender que Hagrid los llamara hermosos. En cuanto uno se recuperaba del susto que producía ver algo que era mitad pájaro y mitad caballo, podía empezar a apreciar el brillo externo del animal, que cambiaba paulatinamente de la pluma al pelo. Todos tenían colores diferentes: gris fuerte, bronce, ruano rosáceo, castaño brillante y negro tinta.

Draco miró a aquellos animales con expresión seria, nunca había sido fanático de las creaturas mágicas, pero aquellas le parecían fantásticas, aunque claro, jamás lo admitiría en voz alta, mucho menos porque se trataba de una clase del guardabosque.

—Vamos —dijo Hagrid frotándose las manos y sonriéndoles—, si quieren acercarse un poco...

Nadie parecía querer acercarse. Harry, Ron y Hermione, sin embargo, se aproximaron con cautela a la cerca. Malfoy y sus amigos los miraron desde atrás.

—Lo primero que tienen que saber de los hipogrifos es que son orgullosos —dijo Hagrid y Harry no pudo evitar pensar en Draco—. Se molestan con mucha facilidad. Nunca ofendan a ninguno, porque podría ser lo último que hagan.

Harry sonrió discretamente, definitivamente Draco era como un Hipogrifo.

—Tienen que esperar siempre a que el hipogrifo haga el primer movimiento —continuó Hagrid—. Es educado, ¿Se dan cuenta? Van hacia él, se inclinan y esperan. Si él responde con una inclinación, querrá decir que les permite tocarlo. Si no hace la inclinación, entonces es mejor que se alejen de él enseguida, porque puede hacer mucho daño con sus garras. Bien, ¿quién quiere ser el primero?

Como respuesta, la mayoría de la clase se alejó aún más. Incluso Harry, Ron y Hermione recelaban. Los hipogrifos sacudían sus feroces cabezas y desplegaban sus poderosas alas; parecía que no les gustaba estar atados.

—¿Nadie? —preguntó Hagrid con voz suplicante.

Harry lo pensó durante un instante, si Malfoy era como un hipogrifo y lograba agradarle a un hipogrifo, tal vez, de la misma manera podía recuperar la amistad de Draco.

—Yo —se ofreció Harry.

Detrás de él se oyó un jadeo, y Lavender y Parvati susurraron:

—¡No, Harry, acuérdate de las hojas de té! Harry no hizo caso y saltó la cerca.

Draco arqueó una ceja al escuchar la tontería de las hojas de té, pero no apartó la mirada de Potter. No podía dejar de pensar que a Harry definitivamente le encantaba meterse en problemas.

—¡Buen chico, Harry! —gritó Hagrid—. Veamos cómo te llevas con Buckbeak.

Soltó la cadena, separó al hipogrifo gris de sus compañeros y le desprendió el collar de cuero. Los alumnos, al otro lado de la cerca, contenían la respiración. Malfoy mantenía la expresión indiferente, pero por dentro comenzaba a sentirse un poco nervioso.

—Tranquilo ahora, Harry —dijo Hagrid en voz baja—. Primero mírale a los ojos. Procura no parpadear. Los hipogrifos no confían en ti si parpadeas demasiado...

A Harry empezaron a irritársele los ojos, pero no los cerró, se imaginó teniendo una pelea de miradas con Draco, aquellas que, estando a solas terminaban en carcajadas. Buckbeak había vuelto la cabeza grande y afilada, y miraba a Harry fijamente con un ojo terrible de color naranja.

—Eso es —dijo Hagrid—. Eso es, Harry. Ahora inclina la cabeza...

A Harry no le hacía gracia presentarle la nuca a Buckbeak, por que al igual que Malfoy, la creatura podría aprovechar para desnucarlo si se enojaba. Pero hizo lo que Hagrid le decía. Se inclinó brevemente y levantó la mirada. El hipogrifo seguía mirándolo fijamente y con altivez. No se movió. Entonces Harry suspiró, Draco tampoco hubiera cedido así de fácil.

—Ah —dijo Hagrid, preocupado—. Bien, vete hacia atrás, tranquilo, despacio...

Pero entonces, ante la sorpresa de Harry, el hipogrifo dobló las arrugadas rodillas delanteras y se inclinó profundamente.

—¡Bien hecho, Harry! —dijo Hagrid, eufórico—. ¡Bien, puedes tocarlo! Dale unas palmadas en el pico, vamos.

Harry se acercó al hipogrifo lentamente, sintiéndose capaz y alargó el brazo. Le dio unas palmadas en el pico y el hipogrifo cerró los ojos para dar a entender que le gustaba. La clase rompió en aplausos. Todos excepto los Slytherin, Draco solo esbozó una sonrisa que reflejaba orgullo y alivio, sonrisa que no pasó desapercibida para Blaise.

—Bien, Harry —dijo Hagrid—. ¡Creo que el hipogrifo dejará que lo montes!

Aquello era más de lo que Harry había esperado, ¿Draco también cedería ante él si lo miraba a los ojos y se inclinaba ante él? Seguramente no.
Harry estaba acostumbrado a la escoba; pero no estaba seguro de que un hipogrifo se le pareciera.

—Súbete ahí, detrás del nacimiento del ala —dijo Hagrid—. Y procura no arrancarle ninguna pluma, porque no le gustaría...

Harry puso el pie sobre el ala de Buckbeak y se subió en el lomo. Buckbeak se levantó. Harry no sabía dónde debía agarrarse: delante de él todo estaba cubierto de plumas.

—¡Vamos! —gritó Hagrid, dándole una palmada al hipogrifo en los cuartos traseros.

A cada lado de Harry, sin previo aviso, se abrieron unas alas de más de tres metros de longitud. Apenas le dio tiempo a agarrarse del cuello del hipogrifo antes de remontar el vuelo. No tenía ningún parecido con una escoba y Harry tuvo muy claro cuál prefería. Muy incómodamente para él, las alas del hipogrifo batían debajo de sus piernas. Sus dedos resbalaban en las brillantes plumas y no se atrevía a asirse con más fuerza. En vez del movimiento suave de su Nimbus 2.000, sentía el zarandeo hacia atrás y hacia delante, porque los cuartos traseros del hipogrifo se movían con las alas.

Buckbeak sobrevoló el prado y descendió. Era lo que Harry había temido. Se echó hacia atrás conforme el hipogrifo se inclinaba hacia abajo. Le dio la impresión de que iba a resbalar por el pico. Luego sintió un fuerte golpe al aterrizar el animal con sus cuatro patas revueltas, y se las arregló para sujetarse y volver a incorporarse.

—¡Muy bien, Harry! —gritó Hagrid, mientras lo vitoreaban —. ¡Bueno!, ¿quién más quiere probar?

Envalentonados por el éxito de Harry, los demás saltaron al prado con cautela. Hagrid desató uno por uno los hipogrifos y, al cabo de poco rato, los alumnos hacían timoratas reverencias por todo el prado. Neville retrocedió corriendo en varias ocasiones porque su hipogrifo no parecía querer doblar las rodillas. Ron y Hermione practicaban con el de color castaño, mientras Harry observaba.

Malfoy, Crabbe y Goyle habían escogido a Buckbeak. Había inclinado la cabeza ante Malfoy, que le daba palmaditas en el pico con expresión que intentaba ser indiferente pero que en el fondo era fascinación absoluta.

—Creí que sería más difícil —dijo Malfoy, arrastrando las sílabas—. Tenía que ser fácil, si Potter fue capaz... ¿A que no eres peligroso? —le dijo al hipogrifo y miró de reojo a Harry quien sonreía por el comentario hacia su persona.

Entonces Vincent, empujado por Gregory y en un acto de completo accidente se acercó de más al hipogrifo que alertado por el repentino movimiento de las serpientes perdió el control.

Sucedió en un destello de garras de acero. Malfoy emitió un grito y un instante después Hagrid se esforzaba por volver a ponerle el collar a Buckbeak, que quería alcanzar a un Malfoy que yacía encogido en la hierba y con sangre en la ropa.

—Mierda... —expresó Malfoy con mucho dolor en el rostro, mientras cundía el pánico.

—Vas a estar bien —le dijo Hagrid, que se había puesto muy pálido— . Que alguien me ayude, tengo que sacarlo de aquí...

Hermione se apresuró a abrir la puerta de la cerca mientras Hagrid levantaba con facilidad a Malfoy. Mientras desfilaban, Harry vio que en el brazo de Malfoy había una herida larga y profunda; la sangre salpicaba la hierba y Hagrid corría con él por la pendiente, hacia el castillo.

El pelinegro no pudo evitar sentir un feo dolor en el pecho que él clasificó como preocupación, la herida se veía fatal y debía serlo, el hipogrifo tenía unas garras potentes y afiladas.
—Lo tiene merecido —Le dijo Ron con una sonrisa burlona.

Pero Harry se limitó a resoplar y a intentar tranquilizarse, después visitaría a Malfoy en la enfermería con ayuda de su capa invisible.

—¡Deberían despedirlo inmediatamente! —exclamó Pansy Parkinson, con lágrimas en los ojos.

Harry la miró con gesto de fastidio, por supuesto que ya se había enterado de su supuesta relación con Draco, y aquello solo había hecho que le callera un poco peor que antes, porque ¿Qué le había pasado a Malfoy por la cabeza para iniciar una relación con aquella víbora?

—¡La culpa fue de esos dos gorilas a los que llamas amigos! —lo defendió Dean Thomas.

—¡Voy a ver si se encuentra bien! —dijo Pansy.

Y la vieron subir corriendo por la escalera de mármol. Los de Slytherin se alejaron hacia su sala común subterránea, sin dejar de murmurar contra Hagrid; Harry, Ron y Hermione continuaron subiendo escaleras hasta la torre de Gryffindor.

—¿Creen que se pondrá bien? —dijo Harry, asustado.

—Por supuesto que sí. La señora Pomfrey puede curar heridas en menos de un segundo —dijo Hermione. —El cretino se pondrá bien y Hagrid no perderá su trabajo, no te mortifiques, Harry.

Pero Harry Potter, por muy cruel que a el mismo le pareciera, no estaba pensando en Hagrid o en su empleo, si no en cierto rubio.
Miró en la dirección en la que Pansy había desaparecido sintiéndose celoso (aunque él no lo supiera) y pensando en que sería mejor no ir a molestar a Malfoy a la enfermería, después de todo él ya tenía a alguien que lo cuidara, no necesitaba de Harry.