Si a Harry antes le había parecido imposible acercarse a Draco, lo que vino después fue peor, Viktor Krum no dejaba solo a Draco por nada del mundo, si no estaba con él en el comedor, lo acompañaba a hacer sus tareas en la biblioteca o en los jardines. No entraba a clases con él porque no se lo permitían, pero Potter estaba segurísimo de que de haber podido, Krum también hubiese estado ahí, pegado a Malfoy como ni Pansy lo había hecho.

Harry y sus amigos se encontraban en el comedor, esperando la cena, habían pasado ya dos días desde que Durmstrang y Beauxbatons habían llegado, la mayoría de los alumnos mayores de edad habían colocado su nombre en el cáliz que descansaba cerca de la mesa de los profesores.

Entre los candidatos se encontraba Victor Krum, por supuesto, Fleur Delacour (el nuevo crush de Ronald que ya había olvidado y dejado a un lado al búlgaro), Cedric Diggory el alumno más popular y guapo de Hufflepuff, un par de chicos de Durmstrang y tres más Beauxbatons y treinta y dos alumnos de Hogwarts (sin contar a los gemelos Weasley que intentaron traspasar la línea de la edad dibujada por Dumbledore y habían terminado convertidos en ancianos).

Aquella noche, por fin, se darían a conocer los nombres de los campeones de cada uno de los colegios, los favoritos ya estaban claros, solo faltaba que el cáliz de fuego estuviera de acuerdo con los deseos de la mayoría.

Cenaron todos de manera ansiosa, todos morían por saber lo resultados, todos menos Harry Potter que no había podido meterse ni un solo bocado desde que Draco había llegado con Krum abrazándolo por la cintura. Gesto que a cualquiera le hubiera parecido de mera camaradería, pero que a un celoso compulsivo como Harry Potter le parecía la peor de las insinuaciones.

—Parkinson dice que Krum no se aleja de Malfoy para nada —Dijo Hermione al ver lo interesado que parecía Harry por la escena que se llevaba a cabo en la mesa de las serpientes. —Ni si quiera ellos que son sus amigos pasan tiempo con él. Aunque dice que es normal, tenían años de no verse.

—Krum parece demasiado interesado en el hurón —Agregó George Weasley —Y no necesariamente en el sentido amistoso.

Perfecto, aquello era lo que necesitaba Harry, que sus propios amigos le recordaran su miseria.

—Bueno, Malfoy es bastante guapo, tenemos que admitir —Dijo Seamus encogiéndose de hombros.

—Oh... Por favor... dime que no lo dijiste en serio —Se quejó Ron con cara de asco.

—Malfoy es de lo peor, un mentiroso, embustero, una vil rata —Agregó Fred. —Pero tengo que admitir que Seamus tiene razón.

—No, tu no, por favor —Chilló Ron.

Cuando por fin, los platos de oro volvieron a su original estado inmaculado. Se produjo cierto alboroto en el salón, que se cortó casi instantáneamente cuando Dumbledore se puso en pie. Junto a él, el profesor Karkarov (El director de Durmstrang) y Madame Maxime (La directora de Beauxbatons) parecían tan tensos y expectantes como los demás. Ludo Bagman (El jefe del departamento de deportes y juegos mágicos) sonreía y guiñaba el ojo a varios estudiantes. El señor Crouch (El jefe del departamento de seguridad magia y juez del torneo al igual que Bagman), en cambio, no parecía nada interesado, sino más bien aburrido.

—Bien, el cáliz está casi preparado para tomar una decisión —anunció Dumbledore—. Según me parece, falta tan sólo un minuto. Cuando pronuncie el nombre de un campeón, le ruego que venga a esta parte del Gran Comedor, pase por la mesa de los profesores y entre en la sala de al lado —indicó la puerta que había detrás de su mesa—, donde recibirá las primeras instrucciones. Sacó la varita y ejecutó con ella un amplio movimiento en el aire. De inmediato se apagaron todas las velas y la estancia quedó casi a oscuras. No había nada en el Gran Comedor que brillara tanto como el cáliz de fuego, y el fulgor de las chispas y la blancura azulada de las llamas casi hacia daño a los ojos. Todo el mundo miraba, expectante. Algunos consultaban los relojes.

—De un instante a otro —susurró Lee Jordan, dos asientos más allá de Harry.

De pronto, las llamas del cáliz se volvieron rojas, y empezaron a salir chispas. A continuación, brotó en el aire una lengua de fuego y arrojó un trozo carbonizado de pergamino. La sala entera ahogó un grito. Dumbledore cogió el trozo de pergamino y lo alejó tanto como le daba el brazo para poder leerlo a la luz de las llamas, que habían vuelto a adquirir un color blanco azulado.

—El campeón de Durmstrang —leyó con voz alta y clara— será Viktor Krum.

—¡Era de imaginar! —gritó Ron, al tiempo que una tormenta de aplausos y vítores inundaba el Gran Comedor. Harry vio a Krum levantarse de la mesa de Slytherin y caminar hacia Dumbledore. Draco aplaudía con ímpetu y miraba a su amigo con orgullo, aquella escena hizo que a Harry se le revolviera el estómago. Krum se volvió a la derecha, recorrió la mesa de los profesores y desapareció por la puerta hacia la sala contigua.

—¡Bravo, Viktor! —bramó Karkarov, tan fuerte que todo el mundo lo oyó incluso por encima de los aplausos—. ¡Sabía que serías tú!

Se apagaron los aplausos y los comentarios. La atención de todo el mundo volvía a recaer sobre el cáliz, cuyo fuego tardó unos pocos segundos en volverse nuevamente rojo. Las llamas arrojaron un segundo trozo de pergamino.

—La campeona de Beauxbatons —dijo Dumbledore—es ¡Fleur Delacour!

—¡Es ella, Ron! —gritó Harry, cuando la chica que parecía una veela se puso en pie elegantemente, sacudió la cabeza para retirarse hacia atrás la amplia cortina de pelo plateado, y caminó por entre las mesas de Hufflepuff y Ravenclaw.

Cuando Fleur Delacour hubo desaparecido también por la puerta, volvió a hacerse el silencio, pero esta vez era un silencio tan tenso y lleno de emoción, que casi se palpaba. El siguiente sería el campeón de Hogwarts... Y el cáliz de fuego volvió a tornarse rojo; saltaron chispas, la lengua de fuego se alzó, y de su punta Dumbledore retiró un nuevo pedazo de pergamino. —El campeón de Hogwarts —anunció— es ¡Cedric Diggory!

—¡No! —dijo Ron en voz alta, pero sólo lo oyó Harry: el jaleo proveniente de la mesa de al lado era demasiado estruendoso. Todos y cada uno de los alumnos de Hufflepuff se habían puesto de repente de pie, gritando y pataleando, mientras Cedric se abría camino entre ellos, con una amplia sonrisa, y marchaba hacia la sala que había tras la mesa de los profesores. Naturalmente, los aplausos dedicados a Cedric se prolongaron tanto que Dumbledore tuvo que esperar un buen rato para poder volver a dirigirse a la concurrencia.

Harry tenía que admitirlo, Cedric era muy, muy atractivo y por lo que había oído, era un mago bastante competente y, aunque quería que algún Gryffindor fuese seleccionado, se sintió muy feliz de que fuera Diggory quién representara a su colegio. Había jugado con él al quidditch el año pasado y era un rival muy digno, esperaba que como campeón de Hogwarts lo fuera aún más.

—¡Estupendo! —dijo Dumbledore en voz alta y muy contento cuando se apagaron los últimos aplausos—. Bueno, ya tenemos a nuestros tres campeones. Estoy seguro de que puedo confiar en que todos ustedes, incluyendo a los alumnos de Durmstrang y Beauxbatons, darán a sus respectivos campeones todo el apoyo que puedan. Al animarlos, todos contribuyen de forma muy significativa a...

Pero Dumbledore se calló de repente, y fue evidente para todo el mundo por qué se había interrumpido.

El fuego del cáliz había vuelto a ponerse de color rojo. Otra vez lanzaba chispas. Una larga lengua de fuego se elevó de repente en el aire y arrojó otro trozo de pergamino.

Dumbledore alargó la mano y lo cogió. Lo extendió y miró el nombre que había escrito en él. Hubo una larga pausa, durante la cual Dumbledore contempló el trozo de pergamino que tenía en las manos, mientras el resto de la sala lo observaba. Finalmente, Dumbledore se aclaró la garganta y leyó en voz alta:

—Harry Potter.

Harry permaneció sentado, consciente de que todos cuantos estaban en el Gran Comedor lo miraban. Se sentía aturdido, atontado. Debía de estar soñando. O no había oído bien.

Nadie aplaudía. Un zumbido como de abejas enfurecidas comenzaba a llenar el salón. Algunos alumnos se levantaban para ver mejor a Harry, que seguía inmóvil, sentado en su sitio.

En la mesa de los profesores, la profesora McGonagall se levantó y se acercó a Dumbledore, con el que cuchicheó impetuosamente. El profesor Dumbledore inclinaba hacia ella la cabeza, frunciendo un poco el entrecejo.

Harry miró en dirección a Draco quién lo miraba con el ceño fruncido, tratando de adivinar si aquello era una broma.

—Yo no puse mi nombre —dijo Harry, totalmente confuso, esperando a que Draco pudiera leer sus labios—. Ustedes lo saben —Dijo ahora dirigiéndose a Ron y Hermione. Más allá de ellos, vio que todos los demás ocupantes de la larga mesa de Gryffindor lo miraban con la boca abierta.

En la mesa de los profesores, Dumbledore se irguió e hizo un gesto afirmativo a la profesora McGonagall.

—¡Harry Potter! —llamó—. ¡Harry! ¡Levántate y ven aquí, por favor!

—Vamos —le susurró Hermione, dándole a Harry un leve empujón.

Harry se puso en pie, se pisó el dobladillo de la túnica y se tambaleó un poco. Avanzó por el hueco que había entre las mesas de Gryffindor y Hufflepuff. Le pareció un camino larguísimo. La mesa de los profesores no parecía hallarse más cerca aunque él caminara hacia ella, y notaba la mirada de cientos y cientos de ojos, como si cada uno de ellos fuera un reflector. El zumbido se hacía cada vez más fuerte. Después de lo que le pareció una hora, se halló delante de Dumbledore y notó las miradas de todos los profesores.

—Bueno... cruza la puerta, Harry —dijo Dumbledore, sin sonreír.

Draco estaba totalmente en estado shock, aquello debía ser una broma, una de muy mal gusto, por que ¿Qué otra cosa explicaría que precisamente Harry Potter fuera elegido como campeón?

El rubio pasó su mano por su platinada cabellera como gesto de frustración ¿Es que acaso nadie iba a detener aquella locura?

Se dio cuenta de que no, nadie parecía dispuesto a evitar que Potter cruzara la puerta hacia su muerte cuando el pelinegro cruzó la misma puerta que los tres campeones elegidos anteriormente.

Los murmullos comenzaron en todas y cada una de las mesas.

—Cálmate —Le susurró Blaise. Si bien nadie los miraba era mejor hacer entrar en razón a su amigo.

—Van a matarlo, no puedo estar tranquilo.

—Creí que estabas enojado con él.

—Sí, es un imbécil, pero eso no quiere decir que quiero verlo muerto.

—¿Sabías que iba a intentarlo? ¿Cómo lo ha hecho?

—No, no tenía idea sobre nada —Cerró los ojos con frustración. —Mierda Potter, ¿Por qué siempre tienes que meterte en problemas?

Malfoy regresó a su sala común solo para sobrellevar las apariencias y en cuanto estuvo seguro de que todos habían desalojado el gran comedor, volvió.

Esperó pacientemente escondido detrás de uno de los pilares, vio salir a Diggory e inmediatamente después la rebelde cabellera de Harry se dejó ver, caminaba desganado y con la mirada en sus zapatos.

Draco se paró justo frente a él y lo detuvo, estaba seguro de que nadie los vería, pero de todas formas le hizo a Harry una señal para que lo siguiera.

No dijeron absolutamente nada hasta que llegaron al aula en desuso más cercana. Harry lucía terriblemente atribulado, lo habían acusado de tramposo y estaba seguro que nadie podría creer lo contrario, después de todo no había manera de que él metiera su nombre en el cáliz sin hacer trampa.

—Y no he sido —Dijo nada más Draco había cerrado la puerta.

—Lo sé, Harry —Le dijo con tranquilidad.

Aquel tono y escuchar su nombre hizo que el pelinegro levantara la vista y mirara a su compañero. Draco parecía casi tan preocupado como él.

—¿De verdad me crees?

—Por supuesto que sí, sé que cualquiera dudaría porque tiendes a buscar los problemas, pero hacer trampa frente a las narices de Dumbledore no es tu estilo —Sonrió, lo tomó de la mano y lo sentó frente al escritorio. —¿Qué fue lo que ocurrió? ¿Qué te dijeron?

—Al parecer estoy obligado a participar, por un vínculo mágico que tengo con el cáliz —Suspiró. —Los directores de las otras escuelas no estaban nada contentos, acusaron a Dumbledore de tramposo ¡Creían que quería que Hogwarts tuviera dos oportunidades de ganar! —Atrapó su cabeza entre sus manos. —No sé que voy a hacer.

—Por supuesto que si —Le contestó el rubio levantándole la cabeza, para que lo mirara a los ojos. —Vas a participar y vas a ganar.

—Pero...

—No me digas que ahora tienes miedo...

Harry se puso de pie, apretando los puños, ofendido.

—¡Por supuesto que no! —Respondió.

Draco sonrió con suficiencia.

—De acuerdo, entonces voy a ser tu entrenador personal.

—¿Lo dices en serio?

—Por supuesto, tonto. Tengo conocimiento de temas bastante avanzados que podrían serte de utilidad. Sé que eres un gran mago Harry y yo no dudo de tus habilidades, pero...

—No, no, no necesitas explicármelo, de verdad te agradecería mucho que me ayudaras con toda esta porquería.

—Sabes que puedes contar conmigo... siempre.

Harry lo comprendió al instante, se refería al problema que los había llevado a distanciarse las últimas semanas, Draco intentaba arreglarlo sin tocar el tema.

El pelinegro sonrió ampliamente.

—Lo sé, dragón.

Draco le sonrió de vuelta, por primera vez se sentía protagonista en la vida de Harry Potter y no podía estar más contento. Ahora sólo debía asegurarse de darle a Potter las armas suficientes para no terminar muerto en el torneo e incluso, tal vez, darle la victoria.