El asunto del torneo no estaba siendo cosa fácil para Harry Potter, su mejor amigo Ronald Weasley no le dirigía la palabra, se sentía traicionado, ¿Cómo había sido posible que Harry se las ingeniara para meter su nombre en el cáliz y no le dijera? Todos en el colegio repentinamente habían dejado de admirarlo, lo veían como un auténtico tramposo, para todos el legítimo y único campeón de Hogwarts era Cedric Diggory.
Aquella situación reducía a seis personas la lista de quienes realmente le habían creído al pelinegro, Hermione Granger, Colin Creevey, Hagrid, Dumbledore y McGonagall y por supuesto, Draco Malfoy. Nadie más en todo el bendito colegio parecía dispuesto a aceptar que él no se había postulado al torneo para llamar la atención.
Por supuesto que muchos de los estudiantes no se habían atrevido a burlarse de él en su cara, a comparación de los Slytherin, que disfrutaban con crecer hacerlo y los Hufflepuff que más que burlarse le miraban con infinito rencor. Alegaban que encontraban injusto que le quitara a su cada la gloria que por derecho les pertenecía.
—Mira lo que tengo, especial para ti — , dijo Pansy a Hermione.
Los Slytherin y los Gryffindor esperaban a fuera de las mazmorras a que la clase de pociones con Snape comenzara.
La castaña tomó entre sus manos una pequeña insignia que primero mostraba la leyenda "Apoya a CEDRIC DIGGORY: ¡el AUTÉNTICO campeón de Hogwarts!" y que si apretabas cambiaba totalmente para mostrar la frase "POTTER APESTA"
—Bastante ingenioso —, dijo Granger rodando los ojos y regresándole la insignia a Parkinson quién miraba con malicia a Harry.
Potter estaba rojo de la furia, no por las ridículas insignias, si no por todo lo acumulado a lo largo de las semanas. Comenzaba a ser insoportable, ya no soportaba ni una broma más de ese tipo, aun así se las había ingeniado para mantener la calma.
Ron estaba apoyado contra el muro con Dean y Seamus. No se rió, pero tampoco defendió a Harry.
—Puedes quedártela, Granger —, le dijo Zabini, ofreciéndole otra de las insignias—. Tengo montones. Pero con la condición de que no me toques la mano. Me la acabo de lavar y no quiero que una sangre sucia me la manche.
La ira que Harry había acumulado durante días y días pareció a punto de reventar un dique en su pecho. Antes de que se diera cuenta de lo que hacía había cogido la varita mágica. Todos los que estaban alrededor se apartaron y retrocedieron hacia el corredor.
Pansy miraba con claro enojo a Blaise, pensando que aquello había sido demasiado, después de todo Hermione se había vuelto una buena amiga y confidente para ella.
En ese momento Draco llegaba acompañado de Krum, lo que encendió aún más la furia de Potter.
—¡Harry! —le advirtió Hermione.
—Vamos, Potter —, lo desafió Blaise con tranquilidad, también sacando su varita—. Ahora no tienes a Moody para que te proteja. A ver si tienes lo que hay que tener...
Se miraron a los ojos durante una fracción de segundo, y luego, exactamente al mismo tiempo, ambos atacaron:
—¡Furnunculus! —gritó Harry.
—¡Densaugeo! —gritó Zabini.
De las varitas salieron unos chorros de luz, que chocaron en el aire y rebotaron en ángulo. El conjuro de Harry le dio a Goyle en la cara, y el de Zabini a Hermione. Goyle chilló y se llevó las manos a la nariz, donde le brotaban en aquel momento unos forúnculos grandes y feos. Hermione se tapaba la boca con gemidos de pavor.
—¡Hermione! —Ron se acercó a ella apresuradamente, para ver qué le pasaba.
—¡Mierda Blaise! —Exclamó Malfoy acercándose Greg. —¡¿Estás loco?! ¿Por qué diablos decidiste empezar una pelea a la mitad de un pasillo tan malditamente angosto?
Harry se volvió y vio a Ron que le retiraba a Hermione la mano de la cara. No fue una visión agradable. Los dos incisivos superiores de Hermione, que ya de por si eran más grandes de lo normal, crecían a una velocidad alarmante. Se parecía más y más a un castor conforme los dientes alargados pasaban el labio inferior hacia la barbilla. Los notó allí, horrorizada, y lanzó un grito de terror.
Malfoy miró a Granger y no pudo evitar soltar una pequeña carcajada por la cual se ganó miradas reprobatorias de parte de Potter y Pansy.
—¿A qué viene todo este ruido? —, dijo una voz baja y apagada. Acababa de llegar Snape.
Los de Slytherin se explicaban a gritos. Snape apuntó a Malfoy con un largo dedo amarillo y le dijo:
—Explícalo tú.
Draco lo pensó muy seriamente, miró a Blaise, quién estaba pálido, un castigo más y su padre lo sacaría del colegio, luego miró a Harry quién lucía tranquilo sabiendo que Draco no iba a hundirlo, tal vez se limitaría a decir la verdad, pero nada más.
—Potter y yo tuvimos una pelea, señor...
—¡Eso no...! —, gritó Harry., pero Malfoy lo interrumpió y siguió hablando.
—... Potter le dio a Goyle y yo a Granger. Fue un accidente...
Snape examinó a Goyle, cuya cara no hubiera estado fuera de lugar en un libro de setas venenosas.
—Ve a la enfermería, Goyle. Acompáñalo Crabbe. —, indicó Snape con calma. Luego miró los muy enorme dientes de Hermione. —No veo ninguna diferencia —, le dijo.
Hermione profirió un gemido y se le empañaron los ojos. Dando media vuelta, echó a correr por el corredor hasta perderse de vista. Pansy la miró alejarse con aflicción, tendría que visitarla más tarde en la enfermería.
—Cincuenta puntos menos para Gryffindor y estás castigado Potter. —Draco miró a su padrino con incredulidad, el pofesor se percató y rodando los ojos agregó. —Y también tú estás castigado, Malfoy.
Aquello no parecía suficiente para los leones que exigían puntos menos para la casa de las serpientes. Queja que Snape ignoró.
—Gracias —, le dijo Zabini a Malfoy nada más tomaron asiento.
—Agradece que Severus estaba cerca, de haber sido Ojo loco seguro hubieras terminado siendo una rata de campo —, le regañó.
—Fuiste demasiado lejos, Blaise —, le reclamó Pansy.
—¿Ahora qué? ¿Te dedicas a defender sangres sucias? —, le espetó con fastidio.
—Basta los dos —, intervino Malfoy con autoridad. —Blaise, sabes que la sabelotodo es amiga de Pansy. Y Pansy, sabes que nadie en Slytherin va a dejar de molestar al príncipe de los leones y a sus amigos, será mejor que lo superes y sigas con tu vida como si nada.
—Que tú no tengas el valor de defender a Potter de esos estúpidos botones no es culpa mía, no descargues tus frustraciones conmigo. —Draco abrió la boca para replicar, pero entonces cayó en cuenta de que él nunca le había contado nada a Parkinson.
Zabini se encogió de hombros, culpable.
—Bien —, dijo Draco azotando su ejemplar de pociones sobre la mesa—, hora vamos a tener una pelea por culpa de los estúpidos leones.
Pansy desvió la mirada hacia el pizarrón, Blaise hacia la ventana y Draco hacia la puerta.
Llamaron a la puerta, era Colin Creevey. Entró en el aula, sonrió a Harry y fue hacia la mesa de Snape.
—¿Sí? —, preguntó éste escuetamente.
—Disculpe, señor. Tengo que llevar a Harry Potter arriba. Snape apuntó su ganchuda nariz hacia Colin y clavó los ojos en él. La sonrisa de Colin desapareció.
—A Potter le queda otra hora de Pociones —, contestó Snape con frialdad—. Subirá cuando la clase haya acabado.
Colin se ruborizó.
—Señor..., el señor Bagman quiere que vaya —, dijo muy nervioso—. Tienen que ir todos los campeones. Creo que les quieren hacer unas fotos...
La cara de Potter no tuvo comparación, se puso completamente rojo de la vergüenza, Snape lo dejó salir y casi tropezando salió del salón. Pansy, Blaise y Draco compartieron miradas divertidas y luego comenzaron a reírse muy fuerte.
—Sigo sin entender como pudiste hacerte amigo de esa cosa —, dijo Pansy aun riendo pero bajando considerablemente su tono de voz. —Es un completo desastre.
—Bueno, Granger tampoco es como ninguna de las amigas que tuviste antes —Se burló el rubio.
—¡Oh! ¡Vamos! —Se quejó Blaise. —A este paso voy a tener que hacerme amigo de Weasley y eso no me hace mucha gracia.
Pansy y Draco rieron y luego dijeron al unísono.
—Créeme, nadie quiere que seas amigo de Weasley.
Draco bajó aquella noche para cumplir con su castigo, sabía que con Potter solo habían dos posibilidades, que Snape lo tratara igual de mal o que hiciera más que obvio su favoritismo hacia él.
Cuando llegó al aula de pociones Harry ya estaba ahí, encurtía cerebros de rana con la mayor mueca de fastidio que le había visto en su vida. Sabía que Harry odiaba pociones, porque no era tan bueno en aquella asignatura y por qué Snape parecía dispuesto a hacerle la vida realmente imposible.
—Malfoy, me alegra que llegaras, no podía dejar a éste inútil solo con mis preciados ingredientes, tu tarea es organizar aquel anaquel, ya sabes como hacerlo y supervisa a Potter, que no haga ninguna estupidez.
—¿Vas a salir?
—Espero que solo sea por un momento. Dumbledore quiere verme —, respondió con fría indiferencia, luego miró de reojo a Harry. —Confío en ti.
Snape salió del aula a pasos largos.
Draco se acercó hasta Harry quién sufría claramente con la tarea que le habían asignado.
—Snape de verdad debe odiarte —, dijo Malfoy. —Hay un encantamiento para hacer eso.
—Bueno, parece ser que todos los miembros de tu familia me detestan.
Aquella frase se clavó en el cerebro del rubio quién no pudo evitar pensar en sus padres, los mortífagos.
—Déjame hacerlo —, le dijo y lo apartó del recipiente lleno de cerebros de rana.
Malfoy murmuró un encantamiento y en menos de un minuto todos los cerebros de rana ya estaban encurtidos.
—Gracias —, le dijo el pelinegro al tiempo que le dedicaba una enorme sonrisa que hizo que Malfoy se sonrojara.
Presa del pánico, Draco caminó hasta el estante dónde debía organizar los frascos con ingredientes y pociones ya hechas.
—Lamento lo de los botones —, dijo Draco con voz baja mientras Harry tomaba asiento muy cerca de él y lo observaba cumplir con su tarea. —Prácticamente fue idea mía, lo dije como una broma y al día siguiente Blaise ya los había preparado todos.
—Oh... no fue por eso que estaba enojado, si no, más bien todo...
—Sí, ya me lo habías dicho, prácticamente Granger y Creevey son los únicos que aún te hablan. Aparte de mí.
—¿Aparte de ti? —, dijo Harry con un pequeño tono que reproche. —Pero si esta es la primera vez en semanas que hablamos. Desde que tu querido Krum está aquí no nos hemos visto para nada.
Draco detuvo lo que estaba haciendo por un momento y miró a Harry divertido.
—Si no te conociera, diría que estás celoso.
Las mejillas del pelinegro se encendieron enseguida, y sus manos comenzaron a sudar.
—Eso desearías —Se defendió y desvió la mirada.
—Tranquilo, sólo fue una broma, Potter. —Malfoy hubiera querido que en su voz no se notara la decepción que había sentido al darse cuenta que, efectivamente él lo deseaba y Harry repudiaba aquella idea con mucha fuerza.
El silencio que los envolvió fue uno que muy rara vez habían experimentado, era pesado y terriblemente asfixiante.
Harry se sintió ligeramente culpable, su respuesta había sido ruda e insensible. Lo había echado a perder una vez más.
—Prometiste que me ayudarías con la primera prueba. —Dijo tratando de romper aquel horrible silencio.
—No sabemos de qué trata la primera prueba.
—Bueno, pero algo deberías estarme enseñando, lo que sea —. Suspiró mientras comenzaba a estresarse nuevamente.
—Tranquilízate, va a salir bien —, le dijo Draco leyendo sus pensamientos. —Eres un gran mago Harry, tienes una habilidad innata y un gran profesor como yo. No vas a morir.
Harry soltó una pequeña risita, claramente aliviado. Aquello alegró muchísimo a Draco.
—Y sobre lo de Krum, eso no es verdad —, aclaró. —No te veo por las noches porque he estado metido aquí.
—¿Por qué? Tu castigo terminó hace mucho.
—Porque pensé que como campeón de Hogwarts ibas a necesitar de todos los recursos posibles, y aquí, Severus guarda unas pociones e ingredientes increíbles. No las conseguiríamos en ninguna parte.
El corazón de Harry comenzó a latir muy rápido, la felicidad de saber que Draco estaba velando por él lo hacía sentir en el cielo, como aquella vez que voló en escoba por primera vez.
—Gracias...
—De nada, Harry —, le dijo Draco con voz dulce mientras seguía ordenando el estante.
De nuevo silencio, uno tranquilo, agradable.
—Entonces entre Krum y tú... —, dijo Harry.
—Él está enamorado de mí, — aclaró.
Aquella felicidad que Harry había sentido minutos atrás se desmoronó y fue reemplazada por unos celos peligrosos, unos celos que lo hicieron sentir náuseas y ganas de lanzar maldiciones imperdonables a la mitad del gran comedor a la hora de la cena.
—Pero para mí es sólo un amigo, un gran amigo.
¿Por qué le estaba dando explicaciones a Harry Potter sobre sus conquistas? Ni él lo sabía.
Aliviado, Harry se acercó para ayudar a Draco, sujetando con mucho cuidado algunas de las botellas de cristal que le pasaba.
Del otro lado de la puerta, Severus Snape escuchaba toda la conversación con una sonrisa en su rostro, una llena de resignación y alegría genuina. Harry Potter podía ser quién anclara a su ahijado al lado de la luz, lejos de los mortífagos.
