—¡Dragones! —Exclamó Harry nada más entró al aula en desuso donde Draco lo esperaba.

El pelinegro vestía la pijama y cargaba la capa de invisibilidad sobre su brazo derecho doblada de cualquier forma, en un bulto.

—¡Dragones! —Volvió a decir.

Draco quién se encontraba repasando sus apuntes de pociones aún vestido en el uniforme se puso de pie, le dejó la silla a Harry y se sentó sobre el escritorio.

—Están locos... —Dijo Draco con una enorme sonrisa en el rostro, amaba a los dragones. —¿De que tipo?

—Un colacuerno húngaro, un galés verde común, un hocicorto sueco y un bola de fuego chino, el rojo. Tenemos que burlarlos.

—¡Merlín! ¡Todos son hermosos y fascinantes y poderosos!

Harry suspiró resignado.

—Pareces más interesado en los dragones a que yo sobreviva a ellos.

—Es que...

—Ya, ya... Sé que amas a los dragones —Se recargó sobre el escritorio, poniendo la cabeza muy cerca de las piernas de Draco y aspirando su aroma.

—¿Crees que los otros campeones ya lo sepan? —Preguntó Draco de repente, mientras intentaba desenredar el cabello de Harry sin mucho éxito.

—¿Estás preocupado por Krum?

Y ahí iban de nuevo, Harry Potter el niño que vivió celoso de Viktor Krum, la súper estrella de quidditch.

—Por supuesto, es mi amigo. Como sea tu ya tienes una ventaja al saber a lo que te vas a enfrentar.

Harry suspiró, resignado, intentando convencerse de que Draco y Krum eran únicamente amigos.

—Tal vez deberías decirle, supongo que Delacour ya debe saberlo, Hagrid llevó a Madame Maxime hasta el campamento donde tienen a los dragones, estoy segura que ella le dirá a su campeona. —Miró hacia Draco y sonrió al ver como su amigo seguía batallando con su cabello. —Yo le diré a Cedric, sería injusto que fuese el único que no supiera a que se va a enfrentar.

—El punto del torneo es que gane uno, Harry, tienes que tomar la mayor ventaja posible.

—Eso es demasiado Slytherin para mí—Se burló.

—Tienes razón —Sacó su varita e intentó arreglar el negro cabello con magia. —Bueno, al menos ya sabemos a qué nos enfrentamos.

El cabello de Harry se desenredó pero no se dejó ordenar por nada del mundo.

—¿Alguna idea? Dijeron que todas eran dragonas en periodo de incubación.

—¿Dijeron?

—Charlie Weasley. El trajo los dragones. —Suspiró. —No puedo creer que Ron no me lo dijera directamente, tenía que pedirle a Hermione que me dijera que Hagrid me buscaba y no sé que tanta cosa más.

—¿Sigue sin hablarte? Pensé que lo superaría rápido. —Pasaba sus dedos por el ahora suave cabello de Potter, arrullándolo en el proceso.

—Es un imbécil.

—Yo ya lo había dicho, tres años atrás.

Harry se enderezó y le dio un puñetazo amistoso en el hombro. Draco sonrió.

—Bueno —Dijo dispuesto a retomar el asunto de los Dragones. —Creo que si solo tienes que burlarlos lo mejor es no intentar hacerlos enojar, lo mejor es no lanzar ningún hechizo contra el dragón. Podrías usar tu escoba.

—No, me han dicho que no podemos llevar otra cosa que no sea la varita.

—¿Sabes usar el encantamiento convocador?

—Acabamos de empezar a verlo, me está yendo muy mal con él.

—Podríamos practicarlo, dejar tu saeta de fuego a las afueras del castillo y tú podrías invocarla, creo que no contaría como hacer trampa. Después de todo, usaste la varita y no llevaste nada, simplemente convocaste un objeto útil.

—Ahora entiendo por qué eres el príncipe de Slytherin. —Sonrió. —Gracias.

Draco levantó la nariz de manera altanera y orgullosa. Inmediatamente después dejó aquel gesto y sonrió ampliamente, robándole a Harry un suspiro discreto.

—Para eso están los amigos ¿No?

Draco se puso de pie, utilizó un encantamiento para apartar todos los pupitres del centro de aula y le hizo una seña a Harry para que se parara junto a él.

El pelinegro le obedeció y empezaron inmediatamente con la práctica. Draco era un maestro muy paciente, para sorpresa de Harry. No se enfadaba ni le recordaba lo inútil que era, se dedicaba a darle consejos, a darle demostraciones para que pudiera imitarlo e incluso le ayudaba a sujetar la varita correctamente, cosa que no era muy buena idea, pues en vez de pensar en el encantamiento Harry no podía dejar de sentirse nervioso por la cercanía de su rubio amigo, quién respiraba muy cerca de su cuello mientras le explicaba cómo realizar el encantamiento.

La prueba tendría lugar el 24 de noviembre, la fecha estaba muy próxima y Harry no podía sentirse más inseguro. Había aprendido a hacer el encantamiento convocador con ayuda de Draco, pero aún no conseguía dominarlo por completo. Hermione se había prestado a ayudarle los días que Draco estaba ocupado en el laboratorio de pociones y, aunque Hermione era tan paciente como Malfoy, estaba tan acostumbrada a siempre dar órdenes que no podía contenerse y Harry terminaba con un horrible dolor de cabeza cada que tenía que practicar con su amiga.

El día antes de la prueba los nervios se sentían revoloteando por todo el colegio, Potter ya había puesto al tanto a Diggory sobre los dragones y parecía que todos los campeones habían tomado las medidas necesarias para su encuentro con las criaturas.

Harry acababa de salir de una reunión con Moody quién únicamente quería aconsejarle que usara su habilidad más grande para enfrentar la primera prueba, y él sabía, tal y como Draco le había dicho desde días atrás, que esa habilidad era el vuelo en escoba.

—Hermione —susurró Harry diez minutos más tarde, al llegar al Invernadero 3 y después de presentarle apresuradas excusas a la profesora Sprout para poder entrar—, me tienes que ayudar.

—¿Y qué he estado haciendo, Harry? —le contestó también en un susurro, mirando con preocupación por encima del arbusto nervioso que estaba podando.

—Hermione, tengo que aprender a hacer bien el encantamiento convocador antes de mañana por la tarde.

Practicaron. En vez de ir a comer, buscaron el aula libre (donde Potter y Malfoy siempre se encontraban por las noches) en la que Harry puso todo su empeño en atraer objetos. Seguía costándole trabajo: a mitad del recorrido, los libros y las plumas perdían fuerza y terminaban cayendo al suelo como piedras.

—Concéntrate, Harry, concéntrate...

—¿Y qué crees que estoy haciendo? —contestó él de malas pulgas—. Pero, por alguna razón, se me aparece de repente en la cabeza un dragón enorme y repugnante... Vale, vuelvo a intentarlo.

Él quería faltar a la clase de Adivinación para seguir practicando, pero Hermione rehusó de plano perderse Aritmancia (dónde había quedado con Pansy) y de nada le valdría ensayar solo, de forma que tuvo que soportar la clase de la profesora Trelawney, que se pasó la mitad de la hora diciendo que la posición que en aquel momento tenía Marte con respecto a Saturno anunciaba que la gente nacida en julio se hallaba en serio peligro de sufrir una muerte repentina y violenta.

—Bueno, eso está bien —dijo Harry en voz alta, sin dejarse intimidar—. Prefiero que no se alargue: no quiero sufrir.

Le pareció que Ron había estado a punto de reírse. Por primera vez en varios días miró a Harry a los ojos, pero éste se sentía demasiado dolido con él para que le importara. Se pasó el resto de la clase intentando atraer con la varita pequeños objetos por debajo de la mesa. Logró que una mosca se le posara en la mano, pero no estuvo seguro de que se debiera al encantamiento convocador. A lo mejor era simplemente que la mosca estaba tonta.

Se obligó a cenar algo después de Adivinación y, poniéndose la capa invisible para que no los vieran los profesores, volvió con Hermione al aula vacía.

—Muy bien, casi lo tienes —Le alentaba Hermione, tan nerviosa como él.

El vuelo de aquel libro de transformaciones se vio interrumpido por la puerta al abrirse, Draco Malfoy estaba ahí, de pie, aún con la túnica puesta y mirando a Granger con los ojos muy abiertos.

—¿Qué...? —Iba a preguntar el rubio, pero fue interrumpido por Hermione quién le apuntó a la cabeza con la varita.

—No vas a ir de soplón —Le amenazó seriamente.

Draco miró a Harry quién lucía seriamente preocupado, no sabía si era porque temía que Granger descubriera su amistad secreta, o porque sabía que Hermione fácilmente podía vengarse por el asunto de los dientes gigantes aunque Draco no hubiera sido el culpable.

—Está bien Mione... —Dijo Harry interponiéndose entre los dos. —Draco me ha estado ayudando.

La castaña miró al Slytherin y luego a su amigo, había incredulidad en su mirada, una muy enorme incredulidad.
Cuando logró salir del trance lo único que pudo decir fue:

—¿Draco? ¿Ahora le dices así?

Malfoy soltó una carcajada, el rostro de la sabelotodo no tenía precio. Harry miró al rubio, pidiéndole que se callara y éste con mucho trabajo le hizo caso.

—Es mi amigo —Aclaró Harry con un ligero rubor en el rostro.

—¿Desde cuándo? —Preguntó aún sin creérselo del todo.

—Pues... comenzamos a hablar en primero, pero pasaron muchas cosas y podría decirse que en forma desde el año pasado.

—¿Y por qué siempre se porta como un patán contigo?

—Yo jamás he tratado a Potter de ninguna manera, mis burlas y bromas siempre van dirigidas al resto de los Gryffindor y las pocas veces que ha sido para Potter, él ha estado al tanto y completamente de acuerdo. —Dijo el rubio con altanería mientras cerraba la puerta a sus espaldas.

—¿Esto es en serio? —Le preguntó a Harry, casi suplicando que le dijera que era una broma. —Él no es bueno, Harry, es un racista insoportable y narcisista.

—No parece que eso te moleste cuando se trata de Parkinson —Le defendió el pelinegro.

Draco sonrió triunfante, se acercó y pasó su brazo por sus hombros, le era fácil mantener esa postura porque Harry era más bajito que él.

—Bueno, eso es porque ella es diferente cuando no está con los otros Slytherin y... —Suspiró resignada, viendo la expresión decidida de su amigo. —De acuerdo, tiene un punto —Miró a Draco, desafiante. —Yo sé aceptar mis errores. Ahora será mejor que sigas practicando.

Harry obedeció pero en el ambiente se podía respirar la tensión. Tanto Draco como Hermione eran mandones por naturaleza, no dejarían que absolutamente nadie les diera órdenes y mucho menos de mala gana. Por eso, cuando Hermione decía algo hacia Harry y a Draco no le parecía, el rubio no tenía miedo de decir en voz alta que aquello era estúpido e inmediatamente corregía a Harry de otra manera.

Fue hasta que llegó la media noche que parecía que el Slytherin y la Gryffindor habían logrado ponerse de acuerdo, se apoyaban mutuamente para que Harry saliera bien librado la prueba que tendría lugar el día siguiente, se compenetraban bastante bien y Harry casi pudo ver que Hermione le sonreía en agradecimiento al rubio cuando, muy amablemente corrigió un error que había cometido al explicarle a Harry como sujetar la varita.

Aunque Draco no sonrió como lo hacía cuando estaba solo con Potter, si se le notaba más tranquilo que al principio, no lanzaba comentarios mordaces, ni indirectas ofensivas. Se limitaba a apoyar a su amigo, sabiendo que si no lograba ese hechizo para el día siguiente, seguramente saldría lastimado.

Siguieron practicando hasta pasadas las dos.

Se habrían quedado más, pero apareció Peeves, quien pareció creer que Harry quería que le tiraran cosas, y comenzó a arrojar sillas de un lado a otro del aula. Harry, Hermione y Draco salieron a toda prisa antes de que el ruido atrajera a Filch, y regresaron a sus respectivas salas comunes, que afortunadamente estaban ya vacías. A las tres en punto de la madrugada, Harry se hallaba junto a la chimenea rodeado de montones de cosas: libros, plumas, varias sillas volcadas, un juego viejo de gobstones, y Trevor, el sapo de Neville. Sólo en la última hora le había cogido el truco al encantamiento convocador.

—Eso está mejor, Harry, eso está mucho mejor —aprobó Hermione, exhausta pero muy satisfecha.

—Bueno, ahora ya sabes qué tienes que hacer la próxima vez que no sea capaz de aprender un encantamiento —dijo Harry, tirándole a Hermione un diccionario de runas para repetir el encantamiento—: amenazarme con un dragón. Bien... —Volvió a levantar la varita—. ¡Accio diccionario!

El pesado volumen se escapó de las manos de Hermione, atravesó la sala y llegó hasta donde Harry pudo atraparlo.

—¡Creo que esto ya lo dominas, Harry! —dijo Hermione, muy contenta.

—Espero que funcione mañana —repuso Harry—. La Saeta de Fuego estará mucho más lejos que todas estas cosas: estará en el castillo, y yo, en los terrenos allá abajo.

—No importa —declaró Hermione con firmeza—. Siempre y cuando te concentres de verdad, la Saeta irá hasta ti. Ahora mejor nos vamos a dormir, Harry... Lo necesitarás.

El pelinegro se dispuso a ponerse de pie, pero Hermione lo detuvo, sujetándolo de la túnica.

—Lo de Malfoy... —Parecía ligeramente avergonzada, Harry puso su mano sobre el hombro de su amiga y sonrió.

—Es un gran chico, en serio.

—Él es el dueño del patronus de pavo real ¿Verdad? —Harry asintió. —Bueno, pues, ya le daré las gracias después por habernos salvado aquella noche de los dementores. —Le dio un beso en la mejilla y caminó hasta el dormitorio de las chicas —Buenas noches, Harry.

Aquella noche soñó con el patronus de Draco y el suyo, flotando en el bosque, como si nada más existiera y por primera vez, desde que los sueños con Voldemort había comenzado y que fuese seleccionado campeón, pudo descansar realmente.