Harry, Ron, Seamus, Dean y Neville se pusieron la túnica de gala en el dormitorio, todos un poco cohibidos, pero ninguno tanto como Ron, que se miraba en el espejo en forma de luna del rincón con expresión de terror. Su túnica se parecía más a un vestido de mujer que a cualquier otro tipo de prenda, y la cosa no tenía remedio. En un desesperado intento de hacerla parecer más varonil, utilizó un encantamiento seccionador en el cuello y los puños. No funcionó mal del todo: al menos se había desprendido de las puntillas, aunque el trabajo no resultaba perfecto y los bordes se deshilachaban mientras bajaba la escalera.
—No me cabe en la cabeza que hayas invitado a Lavander al baile—susurró Dean hacia Ron.
—Es bonita, un poco... extraña, pero bonita—replicó Ron de mal humor, cansado de las burlas sobre su pareja de baile y tirándose de los hilos sueltos de los puños de la túnica.
La sala común tenía un aspecto muy extraño, llena de gente vestida de diferentes colores en lugar del usual monocromatismo negro. Colin aguardaba a Harry al pie de la escalera. Estaba realmente muy guapo, con su túnica de gala color azul marino, su ondulado cabello marrón peinado a la perfección y sus pequeños ojos castaños brillando con entusiasmo.
—Te ves bien —Le dijo al chico con una sonrisa.
—Gracias Harry, tú te ves muy guapo —Le respondió con las mejillas encendidas y algo avergonzado.
—¿Dónde está Hermione? —Preguntó Ron.
Colin se encogió de hombros y le dijo a Harry:
—¿Quieres que bajemos?
—Vale —aceptó Harry, lamentando no poder quedarse en la sala común.
Fred le guiñó un ojo a Harry cuando éste pasó a su lado para salir por el hueco del retrato.
También el vestíbulo estaba abarrotado de estudiantes que se arremolinaban en espera de que dieran las ocho en punto, hora a la que se abrirían las puertas del Gran Comedor. Los que habían quedado con parejas pertenecientes a diferentes casas las buscaban entre la multitud.
Vieron pasar a Fleur Delacour acompañada de Roger Davis, a Cedric Diggory (quién coquetamente le guiño un ojo a Harry) con Cho Chang, a Neville con Ginny, Seamus con Dean e incluso Blaise Zabini con Zacharias Smith, pero no había señal de Hermione por ningún lado.
Aquello dejó de tener importancia para Harry cuando llegaron unos cuantos alumnos de Slytherin subiendo la escalera desde su sala común, que era una de las mazmorras. Malfoy iba al frente. Llevaba una túnica negra de terciopelo con cuello alzado, aquello era demasiado para el pobre Harry, jamás había creído que comenzaría a babear por alguien, pero lo estaba haciendo, tenía la quijada hasta el suelo, sus ojos recorrían a Malfoy quién no parecía haberse dado cuenta de su presencia.
Es como una veela. Pensó Harry. Definitivamente el maldito me mintió y tiene sangre de veela.
Y entonces, cuando los ojos grises de Draco se encontraron los de Harry, el pelinegro se encontró soñando despierto que se acercaba a él, lo tomaba de la mano y se alejaban corriendo por los pasillos del castillo, dejando atrás a un muy desconcertado Colin y un muy enojado Viktor.
Aquella fantasía de desvaneció en cuanto Malfoy apartó la mirada para posarla en Colin, quien le sonrió con burla, cosa que no le agrado para nada a Harry.
Se abrieron las puertas principales de roble, y todo el mundo se volvió para ver entrar a los alumnos de Durmstrang con el profesor Karkarov. Krum iba al frente del grupo, se detuvo frente a Draco a quién le besó la mano con devoción y éste simplemente rodó los ojos con una sonrisa traviesa en los labios.
Fue cuando Harry comprendió lo que Hermione había querido decirle, ya había esperado demasiado y si seguía haciéndolo jamás sabría si era correspondido o no por Draco. Tenía que hacerlo, tenía que decirle.
Por encima de las cabezas pudo ver que una parte de la explanada que había delante del castillo la habían transformado en una especie de gruta llena de luces de colores. En realidad eran cientos de pequeñas hadas: algunas posadas en los rosales que habían sido conjurados allí, y otras revoloteando sobre unas estatuas que parecían representar a Papá Noel con sus renos.
En ese momento los llamó la voz de la profesora McGonagall:
—¡Los campeones por aquí, por favor!
Sonriendo, Colin se acomodó las mangas de la túnica. El y Harry se despidieron de Ron y Lavander, y avanzaron. Sin dejar de hablar, la multitud se apartó para dejarlos pasar. La profesora McGonagall, que llevaba una túnica de tela escocesa roja y se había puesto una corona de cardos bastante fea alrededor del ala del sombrero, les pidió que esperaran a un lado de la puerta mientras pasaban todos los demás: ellos entrarían en procesión en el Gran Comedor cuando el resto de los alumnos estuvieran sentados. Fleur Delacour y Roger Davies se pusieron al lado de las puertas: Davies parecía tan aturdido por la buena suerte de ser la pareja de Fleur que apenas podía quitarle los ojos de encima. Cedric y Cho estaban también junto a Harry, quien no los miró para no tener que hablar con ellos. Entonces con mucho pesar miró hacia Draco, quién con su porte aristocrático lucía extremadamente bien.
Pero hubieras lucido mejor a mi lado. Pensó Harry mirando a Krum. Hasta yo me hubiera visto menos mal a tu lado.
Cuando se abrieron las puertas y todos los campeones entraron, Harry pudo divisar finalmente a Hermione que estaba completamente distinta. Se había hecho algo en el pelo: ya no lo tenía enmarañado, sino liso y brillante, y lo llevaba recogido por detrás en un elegante moño. La túnica era de una tela añil vaporosa, y su porte no era el de siempre, o tal vez fuera simplemente la ausencia de la veintena de libros que solía cargar a la espalda. Ella también sonreía (con una sonrisa nerviosa, a decir verdad), pero la disminución del tamaño de sus incisivos (la que se había hecho después de que el maleficio de Blaise le diera de lleno en la cara) era más evidente que nunca. Y Pansy Parkinson, bueno, ella lucía igual de espectacular que siempre.
Cuando todos se hubieron acomodado en el Gran Comedor, la profesora McGonagall les dijo que entraran detrás de ella, una pareja tras otra. Lo hicieron así, y todos cuantos estaban en el Gran Comedor los aplaudieron mientras cruzaban la entrada y se dirigían a una amplia mesa redonda situada en un extremo del salón, donde se hallaban sentados los miembros del tribunal. Habían recubierto los muros del Gran Comedor de escarcha con destellos de plata, y cientos de guirnaldas de muérdago y hiedra cruzaban el techo negro lleno de estrellas. En lugar de las habituales mesas de las casas había un centenar de mesas más pequeñas, alumbradas con farolillos, cada una con capacidad para unas doce personas.
La cena pasó sin pena ni gloria, Harry se sentía tremendamente incómodo de estar en una mesa al centro de todo, mientras que Colin realmente parecía disfrutar el ser la compañía de Harry Potter por esa noche.
El pelinegro había hablado con Percy Weasley que ahora trabajaba para el ministerio y que estaba ahí representando a Crouch, uno de los jueces, había visto a sus amigos a lo lejos. Hermione estaba realmente feliz con Pansy, quien parecía ser muy amable y linda con ella, Ronald no lo estaba pasado nada mal con Lavender, Neville y Ginny se divertían, pero la pelirroja no dejaba de mandarle miraditas coquetas de vez en cuando e incluso había visto a Dean y Seamus compartir un corto y casto beso que le hizo desviar la mirada y ponerse un poco rojo ¿A caso ya estaban en edad de hacer algo así?
—Hablo en serio, Draco —Dijo la voz de Viktor arrastrando las erres. —Estoy seguro que harías grandes cosas si vienes a Durmstrang. Quiero decir, aquí es genial, pero allá... ya sabes, podríamos estar juntos.
Harry apuñaló con furia su chuleta, ignorando lo que Colin le decía, algo sobre las fotografías que tenía que tomar esa noche.
—No puedo ir a Durmstrang, aquí está mi familia y soy feliz en Slytherin —Contestó el rubio en tono divertido, pero educado. —Además, ni si quiera tengo idea de donde se encuentra tu dichoso colegio.
—¡Para, para, Viktor! —dijo Karkarov, con una risa en la que no participaban sus fríos ojos—. No queremos que tu encantador amigo sepa exactamente dónde se encuentra el castillo.
Dumbledore sonrió.
—Con todo ese secretismo, Igor, se podría pensar que no quieres visitas.
—Bueno, Dumbledore —dijo Karkarov, mostrando plenamente sus dientes amarillos—, todos protegemos nuestros dominios privados, ¿verdad? ¿No tenemos motivos para estar orgullosos de ser los únicos conocedores de los secretos de nuestro colegio? ¿No tenemos motivos para protegerlos?
—¡Ah, yo nunca pensaría que conozco todos los secretos de Hogwarts, Igor! —contestó Dumbledore en tono amistoso—. Esta misma mañana, por ejemplo, me equivoqué al ir a los lavabos y me encontré en una sala de bellas proporciones que no había visto nunca y que contenía una magnífica colección de orinales. Cuando volví para contemplarla más detenidamente, la sala había desaparecido. Pero tengo que estar atento a ver si la vuelvo a ver: tal vez sólo sea accesible a las cinco y media de la mañana, o aparezca cuando la luna está en cuarto creciente o menguante, o cuando el que pasa por allí tiene la vejiga excepcionalmente llena.
Harry resopló mirando su plato de gulasch. Percy fruncía el entrecejo, pero Harry hubiera jurado que Dumbledore le había guiñado un ojo.
Entre pláticas absurdas de todo tipo en las que Harry no participó, la cena terminó y aquello solo podía significar una cosa, el baile tendría lugar en ese momento.
Potter por supuesto, era el más nervioso de los campeones, pues seguramente era el único que no sabía bailar y al estar enojado con Draco, éste nunca le había enseñado a hacerlo.
Con mucho pesar se puso de pie tomando la mano de Colin quién irradiaba felicidad pura y cuando estuvieron en la pista de baile se acomodaron y aguardaron hasta que la música comenzó.
No era tan terrible como había temido, pensó Harry, dando vueltas lentamente casi sin desplazarse (Colin lo llevaba). Miraba por encima de la gente, que muy pronto empezó a unirse al baile, de forma que los campeones dejaron de ser el centro de atención.
Fue cuando aprovechó para buscar a Draco con la mirada, bailaba de manera elegante y ligera, como si estuviera flotando. Lucía angelical bajo las luces de la pista de baile, sus plateados cabellos brillaban y se balanceaban a cada paso que daba y sus brillantes e intensos ojos grises no se apartaban de los ojos de Viktor, que estaba casi tan fascinado como Harry mirando a Draco.
Y entonces, la música se detuvo.
—¡Harry! —Exclamó Hermione, abriéndose paso entre la gente. —¿Bailamos? —Preguntó y miró a Colin quién le entregó la mano del pelinegro y dijo algo parecido a "voy a estar en nuestra mesa".
La segunda pieza comenzó y Harry dejó que Hermione lo guiara, pues de haberlo hecho él, seguramente hubieran terminado en el suelo.
—Draco está bailando con Pansy en éste momento —Le anunció la chica. —Lo va a llevar al aula donde entrenamos el encantamiento convocador nada más termine la canción, nosotros vamos a esperar un poco, y luego vamos a alcanzarlos. ¿Qué te parece? ¿Cómo te sientes?
—Creo que voy a vomitar.
—Perfecto.
Y siguieron bailando, lentamente hasta que la música se detuvo al igual que el corazón de Harry.
—Oh no... ahí viene Colin —Dijo Hermione e inmediatamente después sacó su varita para apuntarse a sí misma a la cara.
Un montón de lágrimas comenzaron a salir de sus ojos y puso cara de aflicción.
—Sígueme la corriente —Le pidió la chica y Harry comprendiendo asintió.
Colin los alcanzó justo cuando la siguiente pista estaba sonando, Hermione comenzó a fingir que lloraba desesperadamente y a balbucear cosas sin sentido.
—Lo siento Colin —Dijo Harry. —Voy a acompañarla de vuelta a la sala común y regreso ¿Si?
El chico asintió, mirando con preocupación a Hermione a quién nunca hubiera imaginado ver en ese estado tan triste.
Llegaron a la puerta y Hermione se limpió las lágrimas falsas para tomar a su amigo de la mano y comenzar a caminar entre los largos pasillos y escaleras del castillo.
El corazón de Harry latía rápidamente, el camino al aula en desuso se le hacía eterno y a la vez tan corto. Veía a Hermione mover la boca, pero no escuchaba más que un molesto zumbido en sus orejas y las ganas de vomitar regresaron a él con más fuerzas que nunca.
Y entonces se detuvieron. Se detuvieron frente a la familiar puerta de madera.
—No puedo hacerlo... —Dijo al fin, pero Hermione ya había abierto la puerta.
Del otro lado, Draco se encontraba sentado sobre el escritorio, con la mirada distante y el ceño fruncido, Pansy lo miraba con las manos en la cintura, como si hubiese estado regañándolo.
Draco levantó la vista, no le sorprendió ver a Harry parado en la puerta temblando como una hoja con las mejillas rojas de la vergüenza y sus manos jugando nerviosamente con las mangas de la túnica.
Se veía excepcional, había intentado arreglar su desastroso cabello y aunque no lo había conseguido, el aire rebelde que le daba, era irresistible para Draco. Su túnica negra, sencilla pero elegante, lo hacía lucir tremendamente varonil y guapo, más que de costumbre.
El rubio miró a Pansy por última vez, ella alzó la ceja y lo miró con algo que parecía pena, se acercó hasta Hermione y Harry para decirles algo que Draco no pudo escuchar, pues sus pensamientos ya se encontraban en otra parte.
—Draco.
Aquella voz diciendo su nombre lo trajo de nuevo a la realidad.
—Harry, no creo que... —Intentó decir Granger, pero el pelinegro le lazó una mirada decidida. —De acuerdo. Nos vemos más tarde.
Ambas chicas salieron y cerraron la puerta.
Draco tomó aire, había descubierto el plan de Pansy nada más salieron del gran comedor, querían que hablara con Harry sobre sus sentimientos y por un segundo su amiga casi había logrado convencerlo. Casi.
—Escucha, Draco. —Dijo Harry plantándose frente a él. —Hay algo que tengo que decirte.
El rubio levantó la vista, solo para encontrarse con los verdes ojos de Harry llenos de decisión. No podía rechazarlo, pero tampoco podía aceptarlo, por dios, sus padres podrían ser mortífagos.
—Yo también. —Le dijo finalmente. —Lo siento Harry, yo no comparto los mismos sentimientos por ti.
Draco esperaba que aquello fuese suficiente para que el pelinegro dejase de insistir, pero la seguridad y la decisión que Harry portaba en ese momento no se desvanecieron.
—Estás mintiendo —Le dijo finalmente.
—Está bien si quieres creer eso, pero yo de verdad...
Harry no sabría decir a que se debía aquella sensación de seguridad, Draco lo miraba fría e indiferentemente, pero había algo en sus ojos, una chispa que le hacían creer fuertemente que realmente el rubio no estaba siendo sincero y se aferró a esa esperanza con todas sus fuerzas.
—¿Qué es lo que tratas de ocultar? —Le preguntó con voz dulce, colocando su morena mano sobre la suave y pálida mejilla de Draco. —¿A que le tienes miedo?
Miedo. Aquella palabra resonó en la cabeza de Malfoy como si fuera una bomba ¿De verdad tenía miedo?
Pero no tuvo tiempo de responderse esa pregunta. Sintió la mano de Harry posarse en su nuca y jalarlo lentamente hacia él, dispuesto a besarlo.
Draco cerró los ojos, pero el movimiento se detuvo, el aliento de Potter estaba a escasos centímetros del suyo.
—¿Asustado, Malfoy? —Le dijo Harry casi en un susurro.
Draco solo lo pensó un segundo, tomó aire, apartó todos los pensamientos sobre su familia y los mortífagos, sobre Creevey, sobre la cicatriz de Harry y el dolor que le causaba, sobre sus inseguridades, sus miedos y, por primera vez, simplemente pensó en lo que le causaba estar cerca de Harry Potter, felicidad, mucha felicidad y un amor indescriptible.
Sonrió discretamente y respondió:
—Eso desearías.
Y tomó al pelinegro por la túnica para terminar de acortar aquellos pocos centímetros que separaban sus labios de los del moreno.
