Las cosas se estaban jodiendo, eso Draco ya lo sabía, las cosas se estaban saliendo de su control y poco a poco iba perdiendo la calma que Snape le había enseñado mantener. Se sentía solo, desdichado y completamente enfermo, vomitaba cada dos por tres y no se podía permitir tomar una comida decente sin terminar con unas nauseas terribles.
La situación poco a poco iba sobrepasándolo, recibía cartas sin firmar asegurándole que su pobre madre sufriría un castigo esa noche si seguían sin noticias sobre algún avance que demostrara que se estaba tomando en serio su papel como servidor del Lord y aquello lo estaba volviendo loco, literalmente, escuchaba pasos cerca de él y nunca había nadie cerca, sentía una presencia agobiándolo, observándolo y juzgando sus acciones.
No podía más, eso era claro, llevaba todo el año escolar convenciéndose de que estaba a la altura, que podía mantener la fachada, que era fuerte que no se iba a dejar vencer, pero poco a poco sus fuerzas fueron menguando hasta convertirlo en la sombra de lo que era el verdadero Draco Malfoy, orgulloso, petulante, fuerte y poderoso, ahora no era más que un manojo de nervios y saladas lágrimas, lágrimas que ya ni si quiera se molestaba en limpiar de su grisáceo y demacrado rostro.
No tenía a nadie, su madre estaba a miles de kilómetros bajo el yugo de Voldemort, su padre estaba en Azkaban, preso de sus propios errores, Pansy y Blaise, aquellos que fueran sus mejores amigos desde que tenía memoria lo repudiaban y lo evitaban, culpa suya, debía admitir, Dumbledore le había ordenado a Severus darle su espacio y Harry Potter, su primer amor, lo tenía en el peor de los conceptos y lo odiaba casi tanto como se odiaba a sí mismo.
Por eso, cuando Myrtle la llorona lo encontró llorando dentro del baño abandonado del sexto piso y le ofreció su amistad, éste la aceptó sin dudar. La fantasma resultó ser una gran compañía, era amable, linda y una gran oyente, siempre dejaba que Draco se desahogara (aún si siempre se quejaba de lo mismo), luego le daba unas palmaditas de manera amistosa y cariñosa en la cabeza y finalmente se ponía frente a él y le decía lo guapo que se vería si dejaba de llorar, lo que siempre hacía reír a Draco, como si fuese un niño pequeño.
—Has sido muy fuerte por casi dos años, Draco —Le decía ella, flotando frente a él. —Está bien si no eres fuerte ahora, porque así después vas a levantarte mucho más poderoso que antes.
Aquello era algo que ella siempre decía para hacerlo sentir mejor y aunque Malfoy se sentía muy lejos de sentirse "más poderoso que antes", aceptaba esas palabras con un asentimiento y una mirada seria.
Sus calificaciones había bajado, muchísimo, toda su atención estaba en las amenazas escritas de Voldemort y en reparar el armario evanescente, el cual poco a poco y a base de muchas noches sin dormir estaba siendo reparado. Draco ponía todo su carazón y su esperanza en que aquella cosa pronto funcionara, porque si lo lograba, le iba a importar una mierda el mundo mágico, iba a tomar a su madre y se la iba a llevar al mundo muggle donde estaría a salvo en una bella casa de campo protegida por un fidelius y sobre su cadáver alguien le iba a poner una mano encima.
Pero volveré. Se decía cuando recordaba a Harry. Voy a volver por Harry y voy a ayudarle a acabar con ese desgraciado, voy a volver para matar a mi padre por habernos metido en esto y cuando todo acabe, voy a decirle a Harry que lo amo y que lo siento.
Todo aquello mientras lloraba de rabia e impotencia y movía la varita frente al armario, armándolo y desarmándolo, probándolo, rectificando los planos que él mismo había creado del artefacto.
El tiempo pasaba rápido, y mucho más cuando uno estaba demasiado ocupado exigiéndose demasiado. Por eso a Draco no le sorprendió verse a punto de terminar el curso y el armario por fin quedó listo para usarse, lo que fue un gran alivio para él. Ya no importaban las veces que había llorado, ni las veces que había pensado en acabar con la presión aplicándose un obliviate, las cartas del Lord ya no valían nada, porque el armario estaba listo y pronto podría ver a su madre de nuevo y ponerla a salvo.
Lo había pensado bastante, sacaría a Narcissa de Malfoy Manor, la ocultaría en algún lado y fingiría no saber absolutamente nada, incluso le pediría a Snape agregar recuerdos falsos a su mente o que le lanzara un obliviate si era necesario, se mantendría junto a Voldemort hasta que la batalla final llegara y entonces, haría todo lo que estuviese en sus manos para darle la ventaja a los buenos, cualquier cosa para joder al monstruo de Voldemort.
Sin embargo, era de vital importancia hacerles creer a Crabbe y Goyle que el armario seguía inservible, así ellos no se atreverían a usarlo o a mencionárselo al lord, después de todo, un plan que estaba incompleto no tenía valor alguno para Voldemort y mencionarle un armario evanescente que no servía era una pérdida de tiempo.
Las cosas mejoraron ligeramente, Draco comía un poco más, las náuseas solo se producían con la llegada de un nuevo paquete del lord, los cuales comenzaban a incluir animales muertos enteros o por partes y aunque seguía sin dormir lo necesario, al menos era capaz de conciliar el sueño por un par de horas.
Pese a todo, Malfoy siguió visitando a Myrtle que muy orgullosa le hizo ver que las cosas mejorarían un poco de ahí en adelante que solo debía seguir esforzándose lo suficiente y volverse más fuerte. Draco por primera vez sonrió, Myrtle podía tener razón, tal vez el armario era una señal de que las cosas podían mejorar, que había esperanza, que después de todo, tal vez, tenía una oportunidad para seguir viviendo.
—Yo sabía que eras muy perseverante e inteligente, no dudé ni un solo segundo que lo conseguirías —Le dijo la fantasma cuando, una vez más le contó como había logrado reparar el armario.
—Pero recuerda que no puedes contárselo a nadie —Le dijo con voz seria. —Ni por accidente.
—No puedo creer que creas que puedo hacerlo —Le recriminó, a punto de echarse a llorar, como siempre.
—Escucha, me tomó todo el año arreglarlo, y es peligroso que alguien se entere.
—Lo sé, rubio tonto, no me trates como si no lo entendiera —Y dio media vuelta para desaparecer por uno de los excusados.
Draco que ya estaba acostumbrado a ese tipo de reacciones se puso de pie y caminó hasta la puerta que chocó contra alguien en cuanto la empujó para salir.
Y entonces todo su mundo se vino abajo, Vincent Crabbe estaba del otro lado, mirándolo con la seriedad de siempre.
—Te buscaba, me he encontrado a Snape y dice que tienes que ir a cumplir con tu castigo por no haber entregado tarea la última semana, de ninguna materia.
—Justamente iba para allá —Respondió el rubio manteniéndole la mirada y disimulando muy bien su nerviosismo. ¿A caso Vincent había escuchado lo del armario?
Draco lo evaluó con la mirada, Crabbe no parecía más que aburrido, ni sorprendido, ni enojado, simplemente indiferente. Aquello representó un alivio inmediato, no podía creer que hubiera estado a punto de revelar su arma secreta, aquella que había mantenido lejos de las garras de los que alguna vez fueron sus amigos.
Caminaron en silencio hasta las mazmorras donde se separaron, Vincent al parecer se dirigía a la sala común y Draco tomó el camino más corto a la sala de pociones, donde ayudaría a Slughorn a organizar el almacén para cumplir con su castigo.
Solo para asegurarse de que Vincent Y Gregory no sabían nada del armario decidió fingir un par de días más que aún lo estaba reparando con ellos esperándolo muy cerca de la sala, pero no lo suficiente como para llamar la atención.
Se entretuvo dándole una mirada a la sala de los menesteres, a pesar de haber pasado prácticamente todo el año encerrado ahí, la verdad era que jamás se había detenido a observar el montón de cosas que había dentro, un montón de objetos que la gente había ocultado o que había perdido, escobas, ropa, joyas, pelotas de quidditch, muebles, piezas de arte, esculturas, objetos decorativos, artefactos de magia oscura, detectores de magia oscura, estantes llenos de libros, bolas de cristal, frascos con líquidos irreconocibles a la vista y un montón de cosas más, pero sin duda, lo que más llamó su atención fue una hermosa diadema plateada con joyas azules que parecía destacar entre todas las cosas, le recordaba ligeramente a una que su padre le había dado a su madre por su cumpleaños durante su viaje a Italia, un año antes de que ingresara a Hogwarts, cuando todo era sencillo, cuando todo era felicidad.
Suspiró y usó su varita para ver la hora usando el encantamiento tempus, pronto sería la hora de la cena.
Salió de la sala asegurándose de que nadie estaba cerca y silbó para indicarles a Vincent y Gregory que era hora de irse.
Sin esperar a sus dos ex amigos comenzó su camino hasta el gran comedor, se sentía ligeramente motivado y mucho más tranquilo que otros días y pensó que tal vez debía ir a ver a Myrtle después de la cena para contarle todas las cosas que había en la sala de los menesteres, sabía por boca de la misma Myrtle que los fantasmas no podían entrar a la sala.
Llegó justo a tiempo, la cena estaba recién servida y aunque ya todos estaban sentados, nadie le prestó demasiada atención a su tardía llegada.
Draco se sentó lo más lejos posible de todas las serpientes, quienes siempre respetaban su privacidad y le dejaban un espacio muy cerca de la puerta, un espacio bastante grande, porque sabían lo mal que reaccionaba Draco si alguien se sentaba cerca de él.
El rubio tomó una porción de pollo y otra de puré de papas, se sirvió un vaso de leche de chocolate y comenzó a comer tranquilamente mientras pensaba que tal vez, solo tal vez, se sentía con un poco de humor para comer un trozo de la deliciosa tarta de fresa que servirían como postre.
Pero aquel momento nunca llegó.
Una lechuza solitaria entró volando al gran comedor, llamando la atención de todo el mundo, Draco no le prestó importancia hasta que la lechuza se detuvo frente a él, esperando a que tomara el paquete. Draco lo hizo nada más reconoció la letra de su madre en la nota que acompañaba la solitaria y pequeña caja que cargaba el ave.
La lechuza partió y todos volvieron su atención a sus propios asuntos, todos menos Harry Potter que se encontraba cenando sin Ron ni Hermione en la mesa de los leones, ni Severus Snape, quien desde la mesa de los profesores no se había perdido nada.
Draco tomó la caja, era muy pequeña y era bastante simple, no parecía un regalo de ningún tipo, pero tampoco podía ser otra de las amenazas de Voldemort para presionarlo en su misión de asesinar a Dumbledore.
Era obvio que la nota la había escrito Narcissa, aquella letra tan bonita y estilizada era la suya, pero era bastante extraño que su madre le enviara algo, no lo había hecho desde finales de su quinto año, cuando las cosas con Voldemort aún estaban bajo control, hasta que su padre fue encerrado en Azkaban.
Dejando de lado sus cubiertos y asegurándose de que nadie intentaba mirar lo que había en el paquete lo abrió.
Aquello le hubiera hecho soltar un grito si no hubiera estado en shock.
Dentro de la caja descansaba un dedo anular con el anillo que representaba el emblema de los Malfoy, el anillo de su madre.
Su mundo se vino abajo en un santiamén, necesitaba vomitar, necesitaba arrojar aquella caja lejos, muy lejos, necesitaba dejar de temblar, necesitaba dejar de llorar, mierda.
Tapó con manos temblorosas la caja y aun aferrándose a ella salió del comedor empujando a unas cuantas personas que hacían lo mismo, ganándose un montón de miradas extrañas que rápidamente lo olvidaron, pues no era la primera vez que se portaba así de extraño.
Corrió con las piernas a punto de fallarle hasta llegar al sexto piso, donde se encerró en el baño y vomitó todo lo que había comido mientras las saladas lágrimas caían por su rostro.
Salió del váter aun temblando y soltándose a llorar como si tuviera cinco años, su madre, él le había hecho daño a su madre, no había otra explicación, no necesitaba engañarse, Narcissa no podía quitarse aquel anillo ni aunque lo deseara, la única manera de arrancarlo era cortándole el dedo y el bastardo de Voldemort lo había hecho.
Sin dejar de llorar abrió la caja de nuevo, estaba manchada de sangre, así como habían arrancado el dedo lo había aventado en la caja y parecía tan fresco que las ganas de vomitar regresaron, pero lo resistió y con mucho cuidado tomó el trozo de carne dispuesto a recuperar el anillo de su madre.
Le costó mucho trabajo no dejarlo caer por los temblores de su cuerpo y lo único que agradecía era que las lágrimas le nublaran la vista lo suficiente para no ver bien el que alguna vez había sido el dedo de su madre.
Usando el lazo de sangre de los Malfoy retiró el anillo del dedo que ya no pertenecía a nadie, dejó el trozo de carne de nuevo en la caja, la cerró y la arrojó lejos para luego lanzarle un incendio.
En cuanto la caja comenzó a consumirse llevó el anillo de su madre hasta su pecho y comenzó a llorar con más fuerza.
—¿Draco? —Dijo la voz de Myrtle —Merlín... —Dijo mirando la caja incendiándose en un rincón. —¿Qué ha pasado?
Draco no respondió, siguió llorando, recargado contra el mugriento lavamanos que tenía enfrente y con la cabeza agachada.
—Ya, ya... —Le decía la fantasma. —Ya, ya... cuéntame... ¿qué te pasa?... Quizá pueda ayudarte...
—Nadie puede ayudarme —dijo Malfoy. Estaba temblando de pies a cabeza. —No puedo hacerlo... no puedo... no sirvo para esto... y si no hago algo pronto... va a matarla...
Malfoy jadeó y tosió, y entonces, con un gran estremecimiento, levantó la cabeza y a través del espejo resquebrajado, miró a Harry observándolo sobre su hombro.
Draco se dio la vuelta con rapidez y levantó la varita, cegado por el terror y la desesperación. Instintivamente Harry sacó la suya, lo que causó que Draco no lo pensara dos veces y lanzara un maleficio que falló por centímetros, haciendo añicos la lámpara que estaba en el muro junto a Harry.
Draco no pensaba, solo actuaba, invadido por la locura a la que se había visto arrastrado y que ahora lo dominaba.
Arrojándose al suelo, Harry pensó "¡Levicorpus!" y agitó su varita, pero Malfoy logró esquivarlo y levantó su propia varita para arrojarle otro maleficio.
—¡No! ¡No! ¡Deténganse! –chilló Myrtle la llorona, su voz hacia eco en el cuarto de baño. —¡Alto! ¡PAREN YA! ¡Draco, es Harry! ¡Es Harry!
Se escuchó un terrible estruendo y la cabina que estaba junto a Harry explotó; intentó hacer el hechizo de las piernas pegadas pero éste rozó la oreja de Malfoy y golpeó el muro detrás de él, destrozando el tanque de agua sobre el que estaba Myrtle, quien gritó fuertemente; el agua se empezó a derramar por todos lados y Harry se resbaló al mismo tiempo que Malfoy, con el rostro contorsionado, gritaba:
—Cruci...
—¡SECTUMSEMPRA! —gritó Harry con todas sus fuerzas desde el piso, al mismo tiempo que agitaba salvajemente la varita.
La sangre empezó a salir a chorros del rostro y pecho de Malfoy como si éste hubiera sido golpeado con una espada invisible. Se tambaleó hacia atrás y cayó en el suelo encharcado haciendo un gran ruido en el agua. Su varita cayó de su mano derecha, que se había quedado sin fuerza.
—No... —jadeó Harry.
Deslizándose y tambaleándose, Harry se puso de pie y se precipitó hacia dónde yacía Malfoy, cuyo rostro se había puesto de un rojo brillante. Tenía sus manos contraídas sobre su pecho bañado en sangre.
—No... no quise... Draco... ¡Draco!
Harry no sabía lo que había dicho, cayó de rodillas a un lado de Malfoy, quien temblaba incontroladamente en el charco de su propia sangre.
Myrtle la llorona dejó salir un ensordecedor grito:
—¡¿Qué le has hecho?! ¡No es malo! ¡No es malo!
Draco se sentía agonizar, pero aquel dolor logró despejarle su nublada mente y cuando pudo abrir los ojos a pesar del dolor y vio a Harry se sintió ligeramente más tranquilo.
—Lo lamento... —Le dijo con voz débil.
—Voy a ayudarte, Draco, voy a ayudarte —Le decía Harry con lágrimas en los ojos. —Dios, dios lo siento tanto —Ver tanta sangre sólo empeoraba las cosas.
—Déjalo así... —Le dijo con voz implorante. —Déjame morir, Harry...
La puerta se abrió de golpe detrás de Harry él miró hacia arriba, aterrorizado: Snape había irrumpido en el baño, tenía el rostro lívido. Empujó bruscamente a Harry hacia un lado y se puso de rodillas junto a Malfoy. Sacando su varita se puso a trazar con ella sobre las profundas heridas que la maldición de Harry le había causado, al mismo tiempo que murmuraba un encantamiento que sonaba como una canción. La sangre pareció dejar de fluir. Snape limpió el rostro de Malfoy y repitió su hechizo. Parecía cómo si hubiera cosido las heridas.
Harry sólo observaba, horrorizado por lo que había hecho, se sentía tan culpable y miserable. Apenas se percató que estaba también empapado en sangre y agua. Myrtle la llorona seguía sollozando y lamentándose sobre ellos. Cuando Snape pareció terminar su contrahechizo por tercera vez, ayudó a Malfoy a incorporarse, aunque no lo logró del todo, Draco parecía un muñeco sin vida, seminconsciente
—Necesitas ir a la enfermería. Te podrían quedar las cicatrices, pero si tomas esencia de díctamo inmediatamente podremos evitarlas... Vamos...
Sosteniendo a Malfoy, lo ayudó a cruzar el baño y al llegar a la puerta se volvió y dijo, con una voz fría cargada de furia:
—Y tú, Potter... espérame aquí.
Ni por un segundo le pasó a Harry por la cabeza desobedecer. Se levantó lentamente, temblando, y miró hacia abajo el suelo mojado. Había manchas de sangre flotando como lirios rojos sobre la superficie del agua. No encontraba palabras para pedirle a Myrtle la llorona que se callara.
Harry estaba shock, se sentía terriblemente mal, lo único que quería era inmovilizar al rubio para poder tranquilizarlo, pero Draco se veía tan fuera de sí, tan completamente descolocado que Harry no lo pensó ni dos veces cuando estuvo a punto de recibir la cruciatus de Malfoy. Debió haberle hecho caso a Hermione, no debió leer el estúpido libro del príncipe mestizo.
Lloró hasta que la puerta del baño volvió a abrirse, diez minutos después, mostrando a un muy enojado Severus Snape.
—Vete. —le dijo a Myrtle, y ésta se sumergió dentro de su taza dejando un sonoro silencio detrás de ella.
—No sé que pasó. –dijo Harry con voz temblorosa y aún con lágrimas cayendo por su moreno rostro. Su voz hacía eco en aquel frío y húmedo lugar. –No sabía lo que ese hechizo hacía, yo jamás le hubiera hecho daño, yo jamás...
Pero Snape lo ignoró y lo interrumpió.
—Aparentemente te he subestimado, Potter. —dijo tranquilamente. —¿Quién hubiera creído que tú supieras semejante magia oscura? ¿Quién te habló de ese hechizo?
—¿Qué? Eso no importa, Draco...
—¿Quién te habló de ese hechizo? —Volvió a interrumpirlo.
—Yo... lo leí por ahí.
—¿Dónde?
—En... un libro de la biblioteca. –inventó Harry desesperadamente. —No recuerdo cómo se llamaba...
—Mentiroso. –dijo Snape.
Harry sintió la boca seca. Sabía lo que Snape estaba tratando de hacer y no se había prevenido para evitarlo, legeremancia... El baño parecía destellar ante sus ojos, trató de bloquearse de todo, pero sobre todas las cosas, intentó desaparecer la imagen de la copia de "Pociones Avanzadas: su elaboración" del Príncipe Mestizo de su mente.
Y entonces Snape fue apareciendo ante sus ojos otra vez, en medio de aquel baño destrozado y empapado. Miró sus ojos negros, deseando y esperanzado de que Snape no viera en su mente lo que tanto temía, pero...
—Tráeme tu bolsa, —dijo Snape suavemente, —y todos tus libros. Todos. Tráemelos aquí. ¡Ahora!
Harry corrió hasta la torre de Gryffindor, no podía entregarle el libro a Snape, aquello podía costarle la expulsión si Slughorn se daba cuenta que durante todo el curso había hecho trampa usando el libro de pociones del príncipe mestizo y Harry no podía ser expulsado, mucho menos en ese momento, necesitaba estar con Draco, necesitaba pedirle perdón, necesitaba hacer cualquier cosa para que lo perdonara.
Al llegar no dudó en pedirle a Ron su libro, por supuesto que le había preguntado lo que pasaba (por su aspecto, suponía), pero Harry no tenía tiempo para aquello.
Tomó el libro de Ron y corrió hasta la sala de los menesteres donde con todas sus fuerzas pidió un lugar donde pudiera ocultar su libro. Escondió el libro del príncipe dentro de una alacena junto a una jaula, colocó un busto desgastado y viejo sobre el armario para localizarlo después, al busto le colocó una vieja peluca y sobre ésta, una diadema un tanto desgastada con gemas de color azul incrustadas.
Harry no corrió, casi voló, de regreso al baño del piso inferior, metiendo el libro de Ron dentro de su bolsa en el camino. Un minuto después, estaba frente a Snape, quien tendió su mano sin decir palabra en espera de la bolsa de Harry. Él se la entregó, jadeando y con dolor de pecho. Y esperó.
Uno por uno, Snape extrajo los libros de Harry y los examinó. Al final, el único que quedaba era el libro de Pociones, el cual revisó con mucho cuidado antes de decir algo.
—¿Éste es tu libro de "Pociones Avanzadas: su elaboración", Potter?
—Sí —dijo Harry, quien todavía respiraba con dificultad.
—¿Estás completamente seguro de ello, Potter?
—Sí –contestó Harry, con un dejo de desafío en la voz.
Snape se quedó en silencio, analizando el libro.
—Señor... —La voz le temblaba. —Señor, Draco...
—Escúchame bien Potter —Lo miró como si quisiera asesinarlo. —No te quiero cerca de mi ahijado ¿Me escuchaste? Ya en demasiados problemas lo has metido, no haces más que complicarle la vida ¡Te quiero lejos de él! —Colocó su dedo índice en su pecho, presionando con fuerza, Harry nunca lo había visto tan furioso. —Y si me entero, Potter, de que si quiera te has atrevido a mirarlo, no solo me encargaré de que te expulsen, sino de hacer tu vida miserable a cada segundo. —Lo fulminó con la mirada. —Lo único que haces es traer muerte a las personas que te rodean y yo, no voy a dejar que algo le pase a Draco por tu estúpida culpa.
Harry lo miró con los ojos abiertos y con nuevas lágrimas corriendo por su rostro pero no se atrevió a decir nada, sabía que Snape tenía razón.
—Ahora lárgate y estás castigado, te quiero cada miserable sábado a partir de las diez de la mañana en mi despacho.
Le arrojó sus cosas al suelo antes de marcharse, haciendo que todos sus libros se llenaran de agua y de la sangre de Draco.
