Recuperar el cuarto horrocrux, la copa de Hufflepuff, había sido toda una experiencia para Draco, una llena de maleficios imperdonables, intervenciones ilegales, suplantaciones de identidad, pociones multijugos, una capa de invisibilidad y un dragón que les había ayudado a escapar de Gringotts.
Ahora entendía por qué Harry siempre terminaba en la enfermería, si sus aventuras habían sido así desde que había entrado a Hogwarts lo entendía bastante bien. Él había terminado con unas cuantas quemaduras en todo el cuerpo a causa del enfurecido y ciego dragón, y se había lastimado la mano con la que usaba su varita desviando un hechizo que iba dirigido a Potter.
Draco debía admitir que la ayuda de Hermione y de Ron había sido indispensable, ambos chicos estaban dispuestos a todo y eran tan incondicionales a Harry que hacía cuanto se les pidiera. Granger era el cerebro de todos los planes, Ronald era el respaldo, Harry el estratega con una habilidad excepcional para todo tipo de magia y Draco, que recién se había integrado al equipo era el tipo sin escrúpulos que proponía planes alternativos con recursos desesperados como usar maldiciones imperdonables, era quién se encargaba de pensar como el enemigo y de buscar y encontrar la posición más ventajosa para los suyos, todo un Slytherin.
Hacer equipo con el trio dorado no había significado problema alguno, Ronald y Hermione parecían realmente agradecidos con él por haberlos cubierto durante su visita en Malfoy Manor e incluso, parecían tenerle respeto, no solo como persona, sino como mago y como novio de su mejor amigo, cosa que facilitaba todo de sobremanera, no habían insultos o miradas mordaces, simplemente opiniones, platicas amenas e incluso amistosas a las que Draco pronto se acostumbró.
Pese a haber recuperado la copa, no habían podido destruirla, Harry le había explicado a su rubio novio que solo se podían destruir con algo realmente poderoso como lo era el veneno del basilisco, el cual estaba impregnado también en la espada de Gryffindor, la cual se había llevado el duende que les había ayudado a entrar al banco mágico; el muy bastardo se había dado a la fuga nada más las cosas se habían complicado y se había llevado la espada con él, parte de un trato que había hecho con Harry.
Faltaban únicamente dos horrocrux, uno de ellos de forma desconocida y localización de igual estado y Nagini, la serpiente de Voldemort, por lo que estaban completamente perdidos, al menos lo estuvieron un par de horas hasta que Harry tuvo una visión nada más bajaron del dragón que los había ayudado a escapar. Voldemort ya sabía que estaban tras sus horrocrux o al menos lo sospechaba, el haber robado la copa de forma tan escandalosa les había quitado el factor sorpresa.
—Lo sabe. —Dijo Harry saliendo de su trance—. Lo sabe, y piensa ir a comprobar dónde están los otros Horrocruxes. El último —ya se había puesto en pie— está en Hogwarts. Lo sabía. ¡Lo sabía!
Los tres leones y la serpiente se encontraban acampando en lo profundo de un bosque, escondidos hasta saber cuál sería su siguiente paso, el cual ya les había sido revelado.
—Pero ¿qué has visto? —Preguntó Draco con euforia—. ¿Cómo lo sabes?
—He visto cómo se enteraba de lo de la copa. Me he metido... en su mente. Está... —Harry recordó los asesinatos de la visión— muy enfadado, pero también asustado; no entiende cómo lo supimos y ahora quiere comprobar si los demás Horrocruxes están a salvo, el anillo primero. Cree que el de Hogwarts es el más seguro; en primer lugar, porque allí tiene a Snape, y, en segundo lugar, porque sería muy difícil que entráramos en el colegio sin que nos vieran. Imagino que ahí irá en último lugar, pero aun así podría llegar en cuestión de horas...
—¿Has visto en qué parte de Hogwarts está? —preguntó Ron poniéndose también en pie.
—No, él estaba demasiado concentrado en prevenir a Snape, y no pensó en el sitio exacto donde escondió el Horrocrux...
—¡Espera! ¡Espera un momento! —saltó Hermione mientras Ron recogía la copa y Harry volvía a sacar la capa invisible—. No podemos ir allí sin más, no hemos hecho ningún plan, tenemos...
—Tenemos que darnos prisa —dijo Harry con firmeza. Le habría gustado dormir un poco, pero eso era imposible ya—. ¿Te imaginas lo que hará cuando se entere de que el anillo y el guardapelo han desaparecido? ¿Y si se lleva el Horrocrux de Hogwarts, porque cree que no está lo bastante seguro ahí?
—Creo que Granger tiene razón, Harry —Intervino Draco. —Necesitamos planearlo. ¿Cómo vamos a entrar en Hogwarts?
—Iremos a Hogsmeade y ya pensaremos algo cuando veamos qué tipo de protección hay en el colegio. Todos bajo la capa; esta vez no quiero que nos separemos.
—Es que no cabemos... —Dijo Hermione recordando como todavía a los catorce los tres podían colarse bajo ella sin que se notara nada.
—Estará oscuro, no importa que se nos vean los pies.
Draco apuntó la capa con la varita y esta se hizo un poco más grande, perfecto para cuatro chicos de diecisiete años.
—Muy inteligente —Alagó Hermione y Draco simplemente se encogió de hombros.
Harry los cubrió con la capa, tiró de ella al máximo hacia abajo para taparse bien y, juntos, giraron sobre sí mismos y se sumergieron en la opresora oscuridad, haciendo uso de la aparición conjunta.
Habían puesto apenas un solo pie en Hogsmeade cuando una alarma saltó, los habían detectado, pero no podían verlos, no bajo la capa invisible.
—¡Accio capa! —rugió un mortífago.
Harry se agarró a los pliegues de la capa invisible, pero ésta no dio señales de abandonarlo: el encantamiento convocador no había funcionado.
—Así que no estás debajo del envoltorio ese, ¿eh, Potter? —gritó el mortífago, y dijo a sus compinches—: ¡Dispersense; está aquí!
Seis mortífagos corrieron hacia ellos: Harry, Ron, Draco y Hermione retrocedieron tan aprisa como pudieron por el callejón más cercano, y sus perseguidores no chocaron contra ellos de milagro. Los chicos esperaron en la oscuridad; oyeron las carreras de aquí para allá y vieron los haces que salían de las varitas e iluminaban la calle.
—¡Vamonos! —susurró Hermione—. ¡Desaparezcámonos ya!
—Buena idea —corroboró Ron, pero antes de que Harry replicara un mortífago gritó:
—¡Sabemos que estás aquí, Potter, y no tienes escapatoria! ¡Te encontraremos!
—Nos estaban esperando —susurró Draco—. Habían puesto ese hechizo para que les avisara de nuestra llegada. Supongo que habrán hecho algo para retenernos aquí y atraparnos, un encantamiento antiaparición, seguramente.
—¿Y los dementores? —gritó otro mortífago—. ¡Soltémoslos! ¡Ellos lo encontrarán enseguida!
—El Señor Tenebroso no quiere a Potter muerto. Quiere matarlo...
—¡Pero los dementores no lo matarán! El Señor Tenebroso quiere la vida de Potter, no su alma. ¡Le será más fácil matarlo si antes lo han besado los dementores!
En aquel momento los cuatro jóvenes percibieron el ya conocido frío antinatural que se extendía por la calle. Se apagaron todas las luces del entorno, incluso las estrellas, y en medio de la oscuridad impenetrable Harry pudo notar que Draco apretaba su mano con fuerza, dándole ánimos, pues sabía lo mucho que aquellas creaturas lo afectaban.
Los tres retrocedieron un poco más por el callejón, andando a tientas y procurando no hacer ruido. Entonces vieron llegar una decena de dementores por la esquina; se deslizaban en silencio, ataviados con sus negras capas y dejando ver las manos podridas y cubiertas de costras; las siluetas sólo eran visibles gracias a que su oscuridad era más densa que la del entorno. ¿Acaso percibían el miedo? Harry estaba seguro de que sí: los dementores se acercaban más y más, haciendo aquel ruido vibrante al respirar que el muchacho tanto detestaba, atraídos por la desesperanza disuelta en el ambiente...
Harry alzó su varita: no permitiría... no estaba dispuesto a sufrir el beso del dementor, y no le importaba lo que pudiera pasar después. Pensó en sus amigos, en la cálida mano de Draco dándole fuerzas y susurró:
—¡Experto patronum!
El ciervo plateado salió de su varita y embistió a los dementores, que se dispersaron, y alguien soltó un grito triunfal:
—¡Es él! ¡Allí abajo, allí abajo! ¡He visto su patronus, era un ciervo!
Los dementores se habían retirado y volvieron a salir las estrellas, pero los pasos de los mortífagos cada vez se oían más cerca; sin embargo, antes de que Harry —presa del pánico— pudiera decidir qué hacer, se oyó un chirrido de cerrojos cerca de donde se hallaban. Se abrió una puerta en el lado izquierdo del estrecho callejón y una áspera voz dijo:
—¡Por aquí, Potter! ¡Deprisa!
El muchacho obedeció sin vacilar y los cuatro chicos cruzaron como un rayo el umbral.
—¡Vayan arriba sin quitarse la capa! ¡Y no hagan ruido! —murmuró una figura de elevada estatura que pasó por su lado, salió a la calle y cerró de un portazo.
Subieron las escaleras a toda prisa y con el mayor sigilo posible. Draco podía notar a Weasley temblar a su lado, Hermione trataba de regular su respiración por los nervios y Harry se aferraba a él como si por un momento hubiera creído que de verdad estaban perdidos.
—Estamos en cabeza de puerco, el pub... —Dijo el rubio tratando de tranquilizarlos.
Desde la ventana escuchaban a su salvador defendiéndolos de los mortífagos, incluso había alegado que aquel patronus era el suyo y mentía tan bien que Draco por un momento pensó que aquel sujeto seguramente sería un Slytherin.
Cuando las cosas se calmaron el salvador anónimo de los cuatro chicos entró de nuevo a la tienda, y subió para encontrarse con ellos. Harry nunca se había sentido tan agradecido con nadie, al menos hasta que el hombre comenzó a regañarlos.
Hermione había cerrado bien las cortinas, así que se quitaron la capa.
—¿Se volvieron locos? —dijo con brusquedad mirándolos de uno en uno—. ¿Cómo se les ocurre venir aquí?
—Gracias —dijo Harry—. Muchas gracias. Nos ha salvado la vida.
El hombre soltó un gruñido, y el chico se acercó a él sin dejar de mirarlo, tratando de ver algo más, aparte del largo, greñudo y canoso cabello y la barba. Llevaba gafas, y tras los sucios cristales lucían unos ojos azules intensos y penetrantes.
—Era a usted a quien vi en el espejo.
Draco ya había escuchado la historia de cómo a través del espejo que le había regalado Sirius, Harry había jurado ver a Dumbledore mientras estaban en sótano de Malfoy Manor y como gracias a ese espejo Dobby había podido encontrarlos y ayudarlos a escapar.
Se produjo un silencio. Harry y el camarero se miraron con fijeza.
—Usted nos envió a Dobby. El hombre asintió y miró alrededor buscando al elfo.
—Creía que vendría con ustedes. ¿Dónde lo han dejado?
—Está muerto —contestó Harry—. Lo mató Bellatrix Lestrange.
El camarero no mudó la expresión y, tras unos segundos, dijo:
—Lo siento. Ese elfo me caía bien.
Entonces se dedicó a encender lámparas tocándolas con la punta de la varita, sin mirar a los chicos.
—Usted es Aberforth —dijo Draco a las espaldas del hombre.
Él ni lo confirmó ni lo desmintió, y se agachó para encender el fuego.
—¿De dónde ha sacado esto? —preguntó Harry acercándose a la repisa de la chimenea para coger el espejo de Sirius, la pareja del que él había roto casi dos años atrás.
—Se lo compré a Mundungus hará cosa de un año —respondió Aberforth—. Albus me dijo qué era, y me ha servido para no perderlos de vista.
Ron dio un gritito de asombro.
—Después de que Grimmauld Place fuera abandonada por la orden —Afirmó Hermione, pues así era como habían perdido el guardapelo, Mundungus había robado muchas cosas de la antigua casa Black.
—¡La cierva plateada! —Exclamó Ron de repente—. ¿Eso también lo hizo usted?
—No sé de qué me hablas —dijo Aberforth.
—¡Alguien nos envió un patronusl
—Con un cerebro así, podrías ser mortífago, hijo. ¿No acabo de demostrar que mi patronus es una cabra? —Malfoy soltó una carcajada.
—¡Ah! —exclamó Ron—. Sí, ya... ¡Bueno, tengo hambre! —añadió, un poco ofendido, y el estómago le rugió.
El hombre hizo aparecer un poco de comida con su varita y los cuatro muchachos la aceptaron con entusiasmo, incluso Draco que ya estaba acostumbrado a no comer nada durante días.
—Eres el heredero de los Malfoy —Le dijo el anciano. —Creí que estarías escondido tras las faldas de tu madre.
—Draco nos ayudado desde el principio, él no se anda escondiendo en ninguna parte —Le defendió Harry con las mejillas enrojecidas por la mezcla de vergüenza y enojo.
—Está bien Harry, entiendo por qué lo dice, todos deben estar creyendo lo mismo, pero aquí no es lo importante —Miró a Aberforth. —Necesitamos entrar a Hogwarts, esta misma noche de ser posible.
—¿A caso son estúpidos?—repuso Aberforth.
—Debemos ir —insistió Harry sin dejarse ofender.
—Lo que tienen que hacer es alejarse de aquí en cuanto puedan.
—Usted no lo entiende. No disponemos de mucho tiempo. Tenemos que entrar en el castillo. Dumbledore, es decir, su hermano, quería que nosotros... —Dijo Harry pero fue interrumpido.
—Mi hermano Albus quería muchas cosas, pero resulta que la gente tendía a salir perjudicada cuando él llevaba a la práctica sus grandiosos planes. Aléjate del colegio, Potter, y si puedes sal del país. Olvídate de mi hermano y sus astutos planes. Él se ha ido a donde ya nada de esto puede hacerle daño, y tú no le debes nada.
—Usted no lo entiende —repitió Harry.
—Yo concuerdo con usted —Intervino Draco, como si se tratara de un político haciendo diplomacia. —Albus Dumbledore era manipulador y controlador, soy consciente de ello, pero esto ya no es por él —Draco miró a los leones, parecían realmente sorprendidos de verlo expresarse así del viejo director de Hogwarts. —Esto es por todos los que han peleado hasta el día de hoy, es esencial, es cuestión de vida o muerte que entremos ahí. Tenemos que.
Ron soltó una risa cómplice; Hermione asintió energéticamente, como motivada por lo que Malfoy había dicho y Harry se mantenía serio.
—¿Y por qué tienen qué? —Rebatió el hombre. —¿Por qué Dumbledore se los dijo? Y supongo que mi difunto hermano fue sincero con ustedes y les contó todo —Harry no respondió, sabía a lo que se refería, Dumbledore siempre estaba ocultando cosas. —Escucha, aún tienes una oportunidad, Harry, la orden del fénix ya no existe, Voldemort tomará el poder y la única manera que existe de que sobrevivas es yéndote y llevándote a esos tres contigo, aquí corren tanto peligro como tú. Yo conocía muy bien a mi hermano, Potter. Aprendió de mi madre el arte de guardar secretos. Nosotros crecimos rodeados de secretos y mentiras, y Albus tenía un talento innato para eso.
Los ojos del hombre se posaron en el cuadro de una niña que se encontraba encima de la repisa de la chimenea, y Harry reparó en que era el único en toda la habitación. No había ningún retrato ni fotografía de Albus Dumbledore, ni de nadie más.
—Señor Dumbledore —dijo Hermione con timidez—. ¿Es ésa su hermana Ariana?
—Sí —contestó Aberforth, lacónico—. Veo que has leído a Rita Skeeter.
Pese a que el fuego de la chimenea lo bañaba todo con una luz rojiza, era evidente que Hermione se había ruborizado.
—Elphias Doge nos la mencionó —aclaró Harry para sacarla del apuro.
—Ese imbécil idolatraba a mi hermano —masculló Aberforth, y bebió un sorbo del hidromiel que había aparecido en la habitación—. Bueno, lo idolatraba mucha gente, incluidos ustedes tres, por lo que veo. Al menos el joven Malfoy parece alguien sensato y observador.
Harry llevaba meses dudando de Dumbledore, pero aquel no era un tema que quisiera retomar, no hasta que todo se calmara, por el momento simplemente debía cumplir su misión y no por el antiguo director del colegio, si no por las razones que Draco ya había expresado.
Costó muchísimo trabajo que Aberforth finalmente cediera a ayudarlos, costó una larga charla sobre el pasado de su familia y un millón de reproches hacia Albus, costó que Harry dudara más que nunca de Dumbledore al que sabía no conocía para nada y costó que Draco tuviera que tocar el orgullo del viejo para que finalmente les prestara su ayuda.
Harry no lo diría, pero agradecía que Malfoy fuese tan mañoso, tan Slytherin.
La única forma de entrar al castillo era a través del retrato de Ariana el cual desapareció de su marco, para buscar a alguien que según Aberforth era de fiar. En cuanto la niña del cuadro regresó no lo hizo sola, llegó acompañada nada más y nada menos que de Neville Longbottom el cual no parecía muy contento de ver a Malfoy y aun así los guio hacia el castillo.
—Sigo sin entender por qué Malfoy está aquí —Recriminó Longbottom el cual estaba cambiadísimo, se veía fuerte y más seguro de sí mismo.
—Es de los buenos —Aclaró Ron con simpleza.
—¿Y ha estado con ustedes todo éste tiempo?
—No, pero ya estaba cuando entramos a Gringotts –Dijo Hermione, orgullosa. —Sin él no hubiéramos podido traspasar la seguridad, Malfoy sabe muchos trucos útiles.
—Escuché sobre eso, lo del Dragón, wow... —Neville sonrió. —En ese caso bienvenido, Malfoy.
—¿Cómo están todos por aquí? —Preguntó Hermione.
—Bastante mal, la verdad, aunque la ED aún sigue activa, sabíamos que regresarían, se nos unieron bastantes alumnos nuevos, Slytherin además, obra de Parkinson y Zabini.
—No esperaba menos de mis chicos —Dijo Draco con orgullo.
—Basta o me voy a poner muy celoso —Aclaró Harry divertido. Neville los miró con suspicacia pero no dijo nada.
—Pero ¿qué han estado haciendo? Había gente que decía que habías huido, Harry, pero yo no me lo creí. Seguro que te traías algo entre manos.
—Tienes razón —dijo Harry—. Pero háblanos de Hogwarts, Neville. No sabemos nada.
—Pues... bueno, Hogwarts ya no parece Hogwarts —afirmó el chico, y la sonrisa se le borró de los labios—. ¿Sabes lo de los Carrow?
—¿Esos dos mortífagos que dan clases en el colegio?
—Hacen algo más que dar clases: se encargan de mantener la disciplina; les encanta castigar.
—¿Como Umbridge?
—No; son mucho peores que ella. Los otros profesores tienen órdenes de mandarnos ante ellos cada vez que cometemos alguna falta. Pero, si pueden evitarlo, lo evitan. Es evidente que los odian tanto como nosotros.
»Amycus, el tipo ese, enseña lo que antes era Defensa Contra las Artes Oscuras, aunque ahora la asignatura se llama Artes Oscuras a secas, y nos obliga a practicar la maldición cruciatus con los alumnos castigados.
—¿Quéeee? —exclamaron Harry, Ron y Hermione a la vez, y su grito resonó por todo el pasadizo.
—Sí, como lo oyen—confirmó Neville—. Este corte me lo gané así —añadió señalando un tajo que tenía en la mejilla—, porque me negué a hacerlo. Aunque hay gente que lo aprueba; a Crabbe y Goyle, por ejemplo, les encanta. Supongo que es la primera vez que destacan en algo.
—Estoy seguro que Goyle solo lo hace para mantener las apariencias —Afirmó Malfoy. —Él fue quién me avisó sobre los Mortífagos la noche que Dumbledore... que yo... —Harry tomó su mano y lo miró con una sonrisa cálida.
—Alecto, la hermana de Amycus, enseña Estudios Muggles, —continuó Neville. —una asignatura obligatoria para todos los alumnos. De manera que tenemos que oír cómo nos explica que los muggles son como animales, estúpidos y sucios, que obligaron a los magos a esconderse porque eran crueles con ellos, pero asegura que ahora va a restablecerse el orden natural. Esto de aquí —se señaló otro corte en la cara— me lo gané por preguntarle cuánta sangre muggle tenían ella y su hermano.
—Jo, Neville —intervino Ron—, hay momentos en que uno tiene que saber callar.
—Eso lo dices porque no la oíste. Tú tampoco lo habrías aguantado. El caso es que ayuda ver que la gente les planta cara; eso nos da esperanzas. Yo lo aprendí viéndote a ti, Harry.
—Pero te han utilizado de afilador de cuchillos —dijo Ron, e hizo una mueca de dolor cuando pasaron por una lámpara que iluminó las heridas de Neville.
—Bueno, no importa. Como no quieren derramar demasiada sangre limpia, sólo nos torturan un poco si somos demasiado respondones, pero no llegan a matarnos.
—Has cambiado, Longbottom —Dijo Draco, era su manera de decirle que lo felicitaba.
—Ahora difícilmente podrías maldecirme sin que me defienda —Dijo él como una broma y todos echaron a reír.
Doblaron una esquina y llegaron al final del pasadizo. Otros escalones conducían hasta una puerta igual que la que había oculta detrás del retrato de Ariana. Neville la abrió y entró. Harry lo siguió y oyó cómo el chico le anunciaba a alguien:
—¡Miren quién ha venido! ¿No se los decía yo?
Una vez Harry estuvo en la habitación, se oyeron gritos y exclamaciones:
—¡Harry!
—¡EsPotter! ¡Es él!
—¡Ron!
—¡Hermione!
Y de repente los gritos de emoción cesaron cuando Draco entró en la sala, entonces una decena de varitas se levantaron contra el rubio quién sonrió con malicia. Harry se puso frente a él con las manos extendidas y el ceño fruncido.
—Es de los nuestros —Aclaró con enojo, los presentes dudaron un segundo pero finalmente bajaron las varitas.
Entonces Draco los vio, Blaise y Pansy se abrían paso entre los desconcertados alumnos y se dirigieron directamente al rubio para envolverlo en un abrazo.
—Merlín, Draco, estas bien, estás a salvo —Dijo Pansy con lágrimas en los ojos —No sabíamos nada de ti y creímos que te habían descubierto cuando no volviste este año...
—Voldemort sospechaba de mí, no me dejaba salir ni recibir correspondencia —Harry y sus amigos me sacaron de ahí.
Pansy giró y se encontró con Hermione quién la miraba con una sonrisa enorme. La pelinegra se abalanzó sobre Granger y la envolvió entre sus brazos para después besarla efusivamente, acto que hizo que todos desviaran la mirada.
—Estamos muy contentos de verte Draco —Dijo Zabini sujetando su rostro e inspeccionándolo, Harry inmediatamente intervino, abrazando a Malfoy posesivamente por la cintura. —Tranquilo cuatro ojos, no estoy interesado en robártelo. —Señaló a Theodore Nott que los observaba seriamente, desde una distancia prudente. —Tengo a mi propio chico.
Draco negó divertido.
—¿Dónde estamos? —Preguntó Hermione que no se apartaba de Pansy.
—En la Sala de los Menesteres, ¿dónde si no? —contestó Neville—. Supera las expectativas, ¿verdad? Verás, los Carrow me perseguían, y yo sabía que sólo había una guarida posible, así que conseguí colarme por la puerta ¡y esto fue lo que encontré! Bueno, cuando llegué no estaba exactamente así; era mucho más pequeña, sólo había una hamaca y unos tapices de Gryffindor. Pero a medida que han ido llegando miembros del Ejército de Dumbledore se ha agrandado más y más.
—¿Y los Carrow no pueden entrar? —preguntó Harry mirando alrededor en busca de la puerta.
—No, qué va —respondió Seamus Finnigan. —Pero... Harry, ¿Van a decirnos han que han venido? ¿Tienes un plan? ¿Qué tenemos que hacer?
Harry miró a todos los miembros de la ED que estaban impacientes pos saber, Neville había dicho la verdad, la lista había crecido y por mucho, habían alumnos de todas las casas y de todas las edades, habían muchos miembros nuevos y le alegró saber que los antiguos miembros (al menos los que aún estudiaban ahí) también seguían ahí.
Draco vio como la cara de Harry cambiaba, sabía que la cicatriz le dolía y que estaba teniendo una visión, pero no podían decir nada así que Hermione, Ron (quién ya estaba junto a Lavander) y él se limitaron a fingir que nada pasaba al igual que Harry que pronto se recuperó.
—Ah, sí, un plan —repitió Harry, empleando toda su fuerza de voluntad para no volver a sucumbir a la ira de Voldemort, con la cicatriz aún doliéndole—. Verás, Ron, Hermione, Draco y yo tenemos que hacer una cosa, y luego saldremos de aquí.
Las risas y gritos de alegría se interrumpieron. Neville pareció desconcertado.
—¿Qué quieres decir con «saldremos de aquí»?
—No hemos venido para quedarnos, Neville —dijo Harry frotándose la dolorida frente—. Tenemos que hacer una cosa muy importante...
—¿De qué se trata?
—No puedo... decírselos.
Una oleada de refunfuños se propagó entre los presentes. Neville arrugó la frente.
—¿Por qué no puedes? ¿Porque tiene relación con combatir a Quien-tú-sabes?
—Pues sí...
—Entonces te ayudaremos.
Todos los miembros del Ejército de Dumbledore asintieron con la cabeza, algunos con entusiasmo, otros con solemnidad. Dos muchachos se levantaron de los asientos para demostrar que estaban dispuestos a entrar en acción de inmediato.
—Perdonen, pero no lo entienden. —Harry tenía la impresión de haber dicho eso muchas veces en las últimas horas—. No podemos... contarles nada. Tenemos que hacerlo... solos.
—¿Por qué? —preguntó Neville —Malfoy lo sabe y hasta donde recuerdo nunca se llevaron muy bien.
—Es complicado, Longbottom. Lo mejor será no seguir preguntando —Atajó Draco.
—Nosotros hemos estado en éste barco mucho antes que tú —Acusó Neville.
—Bueno, bueno, basta, es suficiente —Intervino Hermione —Tendrán las explicaciones suficientes después, ahora de verdad nos urge...
Pero el sonido de la puerta los interrumpió, Luna y Dean habían aparecido seguidos de Ginny, Fred George y Lee Jordan.
Las cosas se estaban complicando, Harry no quería involucrar a más personas en eso.
—Tenemos que decirles algo para dejarlos tranquilos —Apuntó Ron. —O esto se va a salir de control, Ginny dice que la orden vendrá en seguida y si las cosas siguen así el factor sorpresa va a...
El alboroto de exigencia por parte de la ED abarrotaba toda la sala, cientos de preguntas y reclamos, ellos querían pelear, querían ayudar y no aceptarían un no por respuesta.
Harry finalmente tomó aire y haciendo uso de su habilidad nata para liderar alzó la voz y dijo:
—Estamos buscando una cosa, una cosa que nos ayudará a derrocar a Quien-ustedes-saben. Está aquí, en Hogwarts, pero no sabemos dónde exactamente. Es posible que perteneciera a Ravenclaw. ¿Alguien ha oído hablar de un objeto que perteneciera a la fundadora de la casa, o ha visto alguna vez un objeto con el águila dibujada, por ejemplo?
—Bueno, está la diadema perdida. Ya te hablé de ella, ¿lo recuerdas, Harry? La diadema perdida de Ravenclaw. Mi padre está intentando hacer una copia. —Dijo Luna.
—Sí, pero la diadema perdida —intervino Michael Córner poniendo los ojos en blanco— se perdió, Luna. Ese es el quid de la cuestión.
—¿Cuándo se perdió? —preguntó Harry.
—Dicen que hace siglos —respondió Cho—. El profesor Flitwick dice que la diadema se esfumó cuando desapareció la propia Rowena.
—Perdón, pero ¿qué es una diadema? —preguntó Ron.
—Es una especie de corona —contestó Terry Boot—. Dicen que la de Ravenclaw tenía poderes mágicos, como el de aumentar la sabiduría de quien la llevara puesta.
—Sí, los sifones de torposoplo de mi padre...
Pero Harry interrumpió a Luna:
—¿Y nadie ha visto nunca nada parecido? Todos volvieron a negar con la cabeza.
Harry miró a Ron y Hermione y vio su propia decepción reflejada en sus rostros. Un objeto perdido hacía tanto tiempo (a simple vista, sin dejar rastro) no parecía un buen candidato a ser el Horrocrux escondido en el castillo...
Antes de que formulara otra pregunta, Cho volvió a intervenir:
—Si quieres saber cómo era esa diadema, puedo llevarte a nuestra sala común para enseñártela, Harry. La estatua de Ravenclaw la lleva puesta.
Harry notó de nuevo una tremenda punzada en la cicatriz. Por un instante, la Sala de los Menesteres se desdibujó y el muchacho vio cómo sus pies se separaban del oscuro suelo de tierra, y sintió el peso de la gran serpiente sobre los hombros. Voldemort volvía a volar, aunque Harry no sabía si iba hacia el lago subterráneo o al castillo de Hogwarts; pero, fuera a donde fuese, a Harry le quedaba muy poco tiempo.
—Se ha puesto en marcha —les dijo en voz baja a Draco, Ron, Hermione. Echó una ojeada a Cho y luego volvió a mirarlos—. Escuchen, ya sé que no es una pista muy buena, pero voy a subir a ver esa estatua; al menos sabré cómo es la diadema. Espérenme aquí y guarden bien... el otro.
Cho se había levantado, pero Draco, muy decidido, dijo:
—No; Luna acompañará... nosacompañará a Harry y a mí, ¿verdad, Luna?
Lovegood con quién ya había tratado mientras habían permanecido en la casa de Bill y Fleur al escapar de Malfoy Manor asintió.
El tiempo estaba corriendo, Voldemort llegaría en cualquier momento y aquella diadema podría marcar una ventaja para ellos.
Draco tomó la mano de Harry firmemente, tan firmemente como sujetaba su varita, preparado para salir y enfrentar a cualquiera que se interpusiera en su objetivo.
—Escucha, Draco, hay algo que me gustaría decirte, pero... no ahora...
—De acuerdo —Dijo el rubio con una enorme sonrisa en el rostro, sin sospechar que aquellas no serían más que malas noticias. —Vamos, tenemos trabajo por hacer.
