Draco abrió los ojos con pesadez, un encantamiento repulsor le había dado, era lo único que recordaba, uno de los mortífagos lo había reconocido y estaba tratando de librarse de él, había estado a punto desarmarlo cuando lo habían atacado desde la derecha, probablemente se había estrellado contra algo y al golpearse la cabeza se había quedado inconsciente.

Abrió los ojos justo para encontrarse con el rostro de Severus frente él, su cabeza se encontraba recargado en el regazo de su padrino que le miraba con cariño y preocupación, por primera vez, desde que recordaba, lo veía mostrar emociones, frescas y sinceras y eso le alegró el corazón, le hizo sentir tranquilo.

—Sev... —Dijo con voz débil y una sonrisa ladeada.

—Nos preocupaste a todos, mocoso.

—¿Qué sucedió? —Intentó incorporarse pero se sintió mareado.

—Te golpeaste contra un muro y te abriste el cráneo, perdiste algo de sangre.

—¿Dónde están Harry, Hermione y Ronald? —Severus alzo una ceja.

—Ahora les llamas por su nombre...

—Bueno, han sido muy buenos conmigo... y contigo al parecer —Miró alrededor, se encontraban a la mitad del gran comedor, todos estaban atendiendo a sus heridos y cubriendo a sus muertos... —¿Ha terminado? —Severus negó.

—El bastardo solo nos ha dado tiempo para recuperarnos, insiste en que los entreguemos.

—Ya sabe que eres un traidor...

—No exactamente, solo cree que vine a cumplir con mi trabajo, tuve que dejar que Minerva usara legeremancia para que me creyera y me dejara permanecer contigo.

—No me has respondido...

—Potter seguramente está en el despacho del director, usando el pensadero, habían unas cosas que necesitaba saber sobre... Dumbledore y... —Suspiró pesadamente. —Era parte de mi misión entregarle esa información.

—No vas a decirme de que se trata.

—Las órdenes de Dumbledore fueron claras, Draco, solo Potter podía ver esos recuerdos. —El rubio asintió. —Pero hay algo que debo decirte...

—¿Es sobre la varita de sauco? —Su padrino le dirigió una mirada sorprendida y confundida. —Potter me lo ha dicho, saben sobre las reliquias, Voldemort me quiere por que la varita no se ha doblegado ante él, porque me pertenece. —Le sonrió. —No estoy asustado.

De repente un aroma familiar inundó las fosas nasales del rubio, se incorporó lentamente, esperando ver a Harry ahí, pero no habían más que un montón de magos yendo de un lado a otro, realmente ocupados, miró los cadáveres cubiertos con mantas y se preguntó si alguno de aquellos sería alguien conocido.

Pronto su mirada se cruzó con la de Ronald que sujetaba la mano de Lavander Brown.

—Fenrir... —Dijo Severus. —La chica no resistió el ataque.

Draco se puso de pie muy lentamente y caminó hasta el pelirrojo que no lloraba, pero parecía a punto de hacerlo. El rubio simplemente le colocó una mano sobre el hombro y lo apretó con cariño, ninguno dijo nada, pero no necesitaban hacerlo.

Malfoy pronto logró reconocer a algunas de las víctimas que aún no habían sido cubiertas por las mantas, Colin Creevey estaba muerto y Draco no pudo evitar sentirse un poco mal, le tenía mala mañana al chico, pero jamás había deseado su muerte. Más allá reconoció a Nymphadora Tonks, su prima, hija de su la hermana de su madre, Andrómeda Black y Daphne Greengrass, su ex compañera de casa y gran amiga de Pansy quién se encontraba junto al cuerpo llorando en el hombro de Granger, ambas parecían encontrarse bien.

Más de treinta cadáveres descansaban por toda la sala, chicos y chicas a los que alguna vez había molestado por los pasillos, personas con las que había compartido algunos días de verano, chicos con los que había compartido clases, gente que solo un par de horas atrás aún dormía plácidamente en su cama sin saber como acabarían.

Sintió que temblaba y no por el terrible frio de la madrugada, sino por la impotencia, el horror y la tristeza. El solo pensar que en algún momento él pudo haber terminado en el bando contrario le hizo sentir nauseas, el solo imaginar apoyar al demente de Voldemort le hacía sentir repugnante y entonces comprendió porque había regresado en el tiempo, había intentado arreglar sus errores, sus pecados.

Se dejó caer el suelo, de repente sus piernas no le sujetaban, se sentía mareado y muy cansado, la cabeza iba a estallarte y una extraña sensación de confusión le invadió, los recuerdos de la otra línea de tiempo buscaban salir y como él no había dormido nada, éstos simplemente optaron por mostrarse sin más.

Draco se vio a si mismo dentro del castillo, oculto junto a Crabbe, tenía quemaduras por todo el cuerpo y la nariz llena de sangre, Weasley lo había golpeado después de que lo salvaran por segunda ocasión, había estado a punto de ser asesinado por uno de los suyos, por un mortífago. Le había llamado traidor y cobarde y él estaba de acuerdo, eso era lo que era en ese momento, el Draco Malfoy que observaba a través de sus párpados era un cobarde, un traidor, un imbécil bueno para nada.

Se vio a si mismo temblando, había dejado escapar a Potter y había desobedecido al Lord, su castigo no tardaría en llegar y tal como pintaban las cosas, Voldemort ganaría, los buenos cada vez eran menos, y los que aún quedaban lucían cansados y heridos. Draco sintió una ligera ola de alivio por haber elegido al bando ganador, no el correcto, pero si en el ganador.

Una perra egoísta, eso era lo que era, aquel Draco no le importaba dejar que todos murieran, no mientras él y sus padres se encontraran a salvo, pero no era su culpa, así lo habían criado y estar rodeado de chicos cuyos padres pensaban igual a los suyos solo había reforzado aquella personalidad egoísta. Y pese a todo, Draco sentía una pequeña chispa de culpa y aquella pequeña chispa se complementaba con un toque de esperanza que murió en cuanto la voz de Voldemort proviniendo de afuera del castillo embriagó todo.

El monstruo gritaba que Potter había muerto, Potter estaba muerto.

Draco puso sentir el punzante y creciente dolor en el pecho de su otro yo que quería tirarse a llorar, él lo sabía, sin Potter, Voldemort había triunfado y aunque se había intentado convencer de que así debían ser las cosas no pudo evitar sentirse terriblemente abrumado, como si su cerebro comenzara a pelear entre lo que estaba bien y lo que no.

Se puso de pie y salió hasta los jardines, nadie parecía querer acabar con él, parecían tan abrumados por la noticia como él, todos salían del castillo, todos querían comprobar con sus ojos que lo que él lord decía era cierto.

Y cuando Draco vio el cuerpo sin vida de Potter que descansaba sobre los brazos del gigante deseó que aquello no fuera verdad, deseó con todas sus fuerzas que fuera mentira, que el héroe se levantara y plantara batalla, pero los minutos pasaron y aquello no sucedió.

Pudo escuchar la voz de sus padres llamarle desde las filas de lo mortífagos, debía permanecer en el bando ganador, debía hacerle honor a su casa, debía ser Slytherin y siempre pensar en su propio bien, pero en lugar de eso, Draco ya se había dado media vuelta y había corrido hasta el sexto piso donde se encerró en el casi derrumbado baño de hombres.

Sintió la desesperación de aquel chico, de él mismo en un tiempo que había sido diferente, diferente y cruel, porque el Draco de ese momento había tenido a Harry y Harry lo había hecho pensar diferente, le había dado una nueva oportunidad, lo había salvado de caer en el profundo agujero de la crueldad y la maldad.

Y entonces Draco comprendió, su otro yo había viajado en el tiempo pensando que le estaba dando una ventaja Potter para evitar aquel futuro tan desastroso cuando en realidad había sido Harry quién les había brindado a ellos un futuro diferente, brillante y lleno de amor, el único sentimiento que Voldemort no había sido capaz de entender, ni de sentir.

Pero aquella verdad no fue la única que se reveló ante los ojos de Draco Malfoy, porque incluso después de ver como viajaba en el tiempo y se interceptaba a sí mismo en la tienda de túnicas a los once años pudo distinguir el final de aquel otro yo, aquel que se desvaneció después de haber pactado un trato mágico de sangre, el otro Draco Malfoy dejaría de existir, pues el tiempo había sido modificado y aquella línea desaparecería, pero alguien tendría que pagar el precio.

Draco abrió los ojos nuevamente, el corazón le palpitaba a mil por hora, sentía como si acabase de despertar de una terrible pesadilla, una que lo había hecho jadear y transpirar, porque mierda, que había sido demasiado, incluso para alguien como él que ya no se asustaba tan fácilmente.

—Has despertado... —Le dijo Pansy.

El rubio asintió, se encontraba rodeado de sus amigos, Pansy, Blaise, Gregory, Theo, Granger, Weasley e incluso Luna. Todos lo observaban con cierto temor, lucían preocupados y realmente alterados.

—¿Dónde está Harry? —Preguntó con voz ronca, incorporándose para quedar sentado en la fría piedra.

Las miradas que le dirigieron sus compañeros fueron suficientes para hacerlo entender, al igual que en la otra línea Potter se había entregado.

—Se entregó a Volvemort... —Dijo en un susurro.

—No, no Draco —Dijo Hermione, intentando tranquilizarlo. —Habló con nosotros, al parecer el recuerdo de Severus lo dejó muy consternado pero él no... él no lo haría... tal vez solo está ayudando allá afuera...

—Se entregó, Hermione —Sentenció Malfoy con frustración en la voz, tal vez cuando había percibido su olor Harry había ido a verlo por última vez y él no lo había detenido.

—Él nos prometió que... —Quiso intervenir Ronald.

—¡No seas ingenuo Ron! —Grito Draco, consiente de su propia desesperación, al final aquel viaje en el tiempo, el pago, nada había valido, Harry Potter se había entregado al Lord y nadie había podido detenerlo.

No tengo tiempo, no me queda tiempo. Se repetía Draco mentalmente. Necesito reclamar esa varita, necesito saber que Harry aún está con vida, necesito alcanzarlo en el bosque, necesito detenerlo.

—¡Severus! —Exclamó mirando en todas direcciones. —¡Demonios Severus!

—No es necesario alzar la voz de esa manera, Draco —Dijo su padrino acercándose, aparentemente con una herida en la pierna.

—Potter se ha marchado, ¿Qué era lo que había en ese recuerdo que le has entregado? —Preguntó con la mirada fría, completamente calculadora.

—Ya te he dicho que Dumbledore... —Pero Draco no quería escuchar esa respuesta de nuevo, así que apuntó su varita a hacia Severus y exclamó.

Legeremens —Su voz, al igual que sus ojos, eran frios, estaba decidido a obtener lo que quería.

Severus opuso resistencia, era un experto en el arte de la oclumancia, pero Draco estaba desesperado y fue precisamente esa desesperación lo que fortaleció la magia de Malfoy, era tan poderosa que un ligero viento comenzó a levantarse alrededor y los leones y serpientes que se encontraban cerca y se vieron obligados a alejarse.

Vamos, vamos, es de vital importancia, mierda. Se repetía el ojigris mientras concentraba todo su poder en abrirse paso entre las barreras de aquel que le había enseñado a usar esos encantamientos, de su maestro.

Debía admitirlo, estaba a punto de rendirse cuando lo logró. Se abrió paso entre los recuerdos de Severus junto a Lily Evans, Lily Potter posteriormente, ahora entendía porque Severus odiaba tanto a Harry, porque se parecía muchísimo a James, el hombre que le había arrebatado al amor de su vida.

Pasó rápido entre aquellos recuerdos y los recuerdos de la infancia de aquel hombre que tanto había admirado, entre los recuerdos de su pasado como un verdadero mortífago, entre los recuerdos de su redención y su paso hacia la orden del fénix. Y entonces lo vio, aquel debía ser el recuerdo, no podía ser otro.

Severus aún se resistía a que entrara a su muerte, tal vez por lealtad a Dumbledore, tal vez para protegerse a sí mismo, pero aquello no importó, Draco tenía el control y no iba a echarse para atrás en ese momento.

Draco vio Dumbledore y Severus en su despacho, ambos acordaban que el anciano profesor moriría a manos de Severus para evitar condenarlo, cosa que se había salido totalmente del plan, al final, Draco había cumplido con su tarea. Los vio hablar sobre Horrocruxes, sobre él mismo, sobre Voldemort y su conexión con Harry, hasta que encontró lo que buscaba.

—Harry no debe saberlo hasta el último momento, hasta que sea imprescindible. De lo contrario, no podría tener la fuerza necesaria para hacer lo que debe. —Dijo Dumbledore.

—Pero ¿qué es eso que debe hacer? —Preguntó Snape.

—Eso es asunto mío y de Harry. Escúchame con atención, Severus. Después de mi muerte llegará un momento... ¡No, no me discutas ni me interrumpas! Llegará un momento en que lord Voldemort temerá por la vida de su serpiente.

—¿De Nagini? —se extrañó Snape. —Sí, eso es. Y si lord Voldemort deja de enviar a esa serpiente a hacerle encargos y la mantiene a su lado, bajo protección mágica, creo que entonces será prudente contárselo a Harry.

—Contarle ¿qué?

Dumbledore respiró hondo, cerró los ojos y continuó:

—Que la noche en que lord Voldemort intentó matarlo, cuando Lily, actuando como un escudo humano, dio su vida por él, la maldición asesina rebotó contra el Señor Tenebroso y un fragmento del alma de éste se separó del resto y se adhirió a la única alma viva que quedaba en aquel edificio en ruinas. Es decir, que una parte de lord Voldemort vive dentro de Harry, y eso es lo que le confiere el don de hablar con las serpientes y una conexión con la mente de lord Voldemort, circunstancia que él nunca ha entendido. Y mientras ese fragmento de alma, que Voldemort no echa de menos, permanezca adherido a Harry y protegido por él, el Señor Tenebroso no puede morir.

—Entonces el chico... ¿el chico debe morir? —preguntó Snape con serenidad.

—Y tiene que matarlo el propio Voldemort, Severus. Eso es esencial.

Guardaron un largo silencio, y por fin Snape dijo:

—Yo creía... Todos estos años, yo creía... que lo estábamos protegiendo por ella; por Lily.

—Lo hemos protegido porque era fundamental instruirlo, educarlo, permitir que pusiera a prueba sus fuerzas —explicó Dumbledore, que seguía con los ojos fuertemente cerrados—. Mientras tanto, la conexión entre ellos dos se ha hecho aún más fuerte. Es un crecimiento parasitario; a veces he pensado que él también lo sospecha. Si no me equivoco, si lo conozco bien, hará las cosas de forma que, cuando se enfrente a la muerte, ésta significará verdaderamente el fin de Voldemort.

Dumbledore abrió los ojos. Snape estaba horrorizado y exclamó:

—¿Lo ha mantenido con vida para que pueda morir en el momento más adecuado?

—No pongas esa cara, Severus. ¿A cuántos hombres y mujeres has visto morir?

—Últimamente, sólo a los que no podía salvar —respondió Snape. Se levantó y agregó—: Me ha utilizado. —Pasó su mano por su cabello. —Dios... Draco va a estar destrozado.

—Y eso ¿qué significa?

—He espiado por usted, he mentido por usted, he puesto mi vida en peligro por usted. Se suponía que todo eso lo hacía para proteger al hijo de Lily Potter, a la persona que más ama mi ahijado, aquel que es como mi propio hijo. Y ahora me dice que lo ha criado como quien cría un cerdo para llevarlo al matadero...

—Me emocionas, Severus —repuso Dumbledore con seriedad—. ¿No será que has acabado sintiendo cariño por ese chico?

—¿Por él? —se escandalizó Snape—. ¡Experto patronum! —Del extremo de su varita salió la cierva plateada, se posó en el suelo del despacho, dio un brinco y saltó por la ventana.

Dumbledore la vio alejarse volando, y cuando el resplandor plateado se perdió de vista, se volvió hacia Snape y, con lágrimas en los ojos, le preguntó:

—¿Después de tanto tiempo?

—Siempre —dijo Snape.

Draco rompió el encantamiento, ahora lo sabía, sabía que Harry estaba destinado a morir que no había fuerza que pudiera evitarlo, no si querían librarse de Voldemort y Harry lo había entendido y noblemente había ido a entregar su vida por él, por todos los que en ese momento se encontraban luchando y los que habían tenido que esconderse, por sus padres muertos, por Dobby, por Percy Weasley, por Alastor Moody, por Cedric, por Tonks y por todas las víctimas del Lord.

—Joder —Dijo con lágrimas en los ojos.

Quería ser egoísta, joder que quería, quería correr hasta el bosque, encontrar a Harry y persuadirlo de irse lejos, de ocultarse juntos, que se jodieran todos, que se jodiera el mundo entero, pero que Harry siguiera con vida, que Harry pudiera vivir.

—¿Draco? —Escuchó la voz de Pansy.

Pero aquello no fue lo que interrumpió sus pensamientos, el sonido de pasos, muchos pasos provenientes del exterior se hicieron presentes y entonces Draco lo supo, lo supo porque ya había vivido aquello una vez, lo supo porque aún estaba fresco en su memoria, como una película.

—Harry Potter ha muerto —Dijo casi susurrando y sus amigos lo miraron, Severus simplemente apartó la mirada. —Lo mataron cuando huía, intentando salvarse mientras ustedes entregaban su vida por él. Hemos traído su cadáver para demostrarles que su héroe ha sucumbido.

Ni un par de segundos después aquella misma letanía fue dicha por Voldemort desde el exterior y todos miraron a Draco intentando saber que estaba sucediendo. Sin embargo el rubio no tenía entre sus planes dar explicaciones.

Draco levantó la mirada, las lágrimas aún caían por su rostro pero estaba decidido, lo último que haría sería acabar con ese bastardo, la muerte de Harry no sería en vano y él se encargaría de cumplir con la tarea que Harry había empezado de la manera más noble.

—La serpiente es nuestro principal objetivo —Dijo con voz grave, aquella que solo mostraba un Malfoy cuando estaba realmente enojado.

Caminó hasta la salida, notando que los demás lo seguían con miedo, miedo de que Voldemort no estuviese mintiendo y Harry Potter realmente estuviese muerto, pero Draco ya había pasado por eso (o al menos su otro yo) y había decido que sería tan valiente como lo había sido su novio en vida, sería tan valiente como Harry que siempre estuvo ahí enfrentándose a basiliscos, Horrocruxes, mortífagos y al mismísimo Voldemort para no comprometer la integridad de los que amaba y los que le rodeaban.

Lo siento, no puedo ser puro y noble como tú. Pensó mientras la luz del amanecer lo cegaba, impidiéndole ver de momento lo que ocurría a fuera. No soy un Gryffindor, soy una serpiente, no voy a jugar limpio, pero voy a terminar con lo que empezaste.

Draco no escuchaba nada de lo que Voldemort decía, podía recordar aquel enfermo discurso. Draco no escuchaba los gritos desgarradores de los amigos de Potter, aquellos se le habían quedado gravados en el alma como las quemaduras del fuego maldito en su piel. Draco no escuchaba los sollozos de los buenos ni las risitas de los malos, él solo podía escuchar la voz de Harry diciéndole que lo amaba.

El rubio miró a sus padres, Lucius parecía realmente contento, pero Narcissa, Narcissa lucía extraña, no le pidió ir a su lado, no como su padre que le hacía señas para que se les uniera, para que se uniera al bando ganador mientras aún tenía tiempo, en su lugar, su madre le sonrió cálidamente y señaló discretamente con su dedo a su pecho y Draco comprendió, le estaba señalando el broche de Slytherin, el primer regalo que Harry le había hecho.

Draco miró hacia Harry, se encontraba en el suelo inmóvil, pero...

Miró de nuevo a su madre y ella sonrió nuevamente.

Potter no está muerto. Pensó con alegría infinita, no sabía cómo, pero su madre, su amada madre había logrado mantener al héroe con vida ¿Lo habría protegido? ¿Qué importaba? ¡Harry estaba vivo!

Necesitaba pensar inteligentemente, el cuerpo del moreno estaba rodeado de mortífagos y la mayoría de los del bando de la luz aún estaban en shock.

Entonces fue que pasó, frente a todo pronóstico Neville Longbottom se atrevió a atacar directamente al lord, por supuesto que fue desarmado de inmediato por él y sometido por Bellatrix que parecía encantada con tener al hijo de los Longbottom a su merced.

Fue cuando Voldemort puso el sombrero seleccionador en la cabeza del Gryffindor y lo prendió en llamas que pareció que todos reaccionaron, ambos bandos blandían sus varitas, esperando la más mínima provocación para volver a iniciar fuego.

De repente sucedieron varias cosas a la vez. Se oyó una barahúnda proveniente de los límites del colegio. Era como si cientos de personas irrumpieran saltando los muros, que no se veían desde allí, y salieran disparadas hacia el castillo lanzando gritos de guerra. Por su parte, Grawp (el medio hermano gigante de Hagrid) bordeó el castillo con sus torpes andares, y bramó: «¡Jagiü» Los gigantes de Voldemort respondieron a su grito con rugidos, y al correr hacia él como elefantes enfurecidos hicieron temblar el suelo. También se oyeron ruidos de cascos y de arcos tensándose, y una lluvia de flechas cayó sobre los mortífagos, que rompieron filas, desprevenidos. Draco vio a Harry sacar en ese momento la capa invisible de debajo de su túnica y ponérsela sin que nadie más lo notara. Y entonces Neville también se movió.

Con un rápido y fluido movimiento Longbottom se libró de la maldición de inmovilidad total que lo aprisionaba, y el llameante sombrero se le cayó de la cabeza. Acto seguido sacó de su interior un objeto de plata con rubíes incrustados en la empuñadura y de un solo tajo de espada degolló a la serpiente.

Draco lo cubría con bastante habilidad en medio de todo el caos, había derribado ya a cinco mortífagos que se habían percatado de las intenciones de Longbottom, el rubio lanzaba maldición tras maldición y no se medía ni un poco a la hora de usar imperdonables (excepto avadas pues podía darle a uno de los suyos en medio de la confusión).

La cabeza de Nagini salió despedida hacia arriba, girando sobre sí misma, reluciente a la luz que llegaba del vestíbulo. Voldemort abrió la boca para dar un grito de cólera que nadie pudo oír, y el cuerpo de la serpiente cayó a sus pies con un ruido sordo.

—¡Estoy impresionado Longbottom! —Le dijo Draco con euforia. —¡Joder que eres un Gryffindor!

—¡Llámame Neville! —Le dijo el chico con una sonrisa enrome en el rostro —¡Y gracias por cubrirme, de no haber sido por ti no habría alcanzado a la serpiente!

La pelea rápidamente se transportó hasta el gran comedor, Draco tenía mucho cuidado de mezclarse entre la gente, aunque estaba seguro que con la desaparición de Harry, Voldemort ni si quiera se acordaría de él.

Su sorpresa fue enorme cuando al entrar al castillo, vio a los elfos pelear al lado de los buenos, todos ellos cargaban artefactos punzantes y se los clavaban a los mortífagos que intentaban colarse entre las paredes de Hogwarts.

—¡Potego! ¡Sectumsempra! —Atacaba Draco, decidido completamente a no dejar que ninguno de esos miserables se pusiera de nuevo de pie —¡Depulso! ¡Serpensortia!

Se sentía fuerte e invencible, los ataques de los mortífagos pasaban a su lado, todos de ellos letales y ninguno acertaba, todos y cada uno de ellos fallaba, miserablemente y aquello solo le daba más fuerzas para seguir peleando sin compasión.

Y entonces lo olió, Harry estaba cerca.

—Eres el bastardo más afortunado del mundo —Dijo Draco hacia la nada mientras un Harry invisible le ayudaba a repeler a los mortífagos.

—También estoy feliz de verte —Replicó el moreno.

—No mueras, Potter, tenemos una cita pendiente ¡Expelliarmus!

—No me lo perdería por nada del mundo, Malfoy ¡Repello!

Voldemort, en cuyo rostro se reflejaba un odio inhumano, peleaba contra McGonagall, Slughorn y Kingsley, que lo esquivaban y se zafaban de él, defendiéndose con denuedo pero incapaces de reducirlo.

Bellatrix luchaba a unos cincuenta metros de Voldemort, e, igual que su amo, lidiaba con tres oponentes a la vez: Hermione, Ginny y Pansy. Las chicas peleaban a fondo, dando lo mejor de sí, pero Bellatrix igualaba sus fuerzas.

Fue cuando una maldición asesina pasó rozando la oreja de Ginevra que Molly Weasley intervino, no necesitaba envidiarle nada a Bellatrix, aquella mujer la igualaba en fuerzas. Justo cuando Molly logró acabar con Lestrange fue que Draco y Harry giraron hacia donde Voldemort.

McGonagall, Kingsley y Slughorn salieron despedidos hacia atrás como en cámara lenta, retorciéndose en el aire, al mismo tiempo que la rabia de Voldemort, ante la caída de Bellatrix su último y mejor lugarteniente, estallaba con la fuerza de una bomba. El Señor Tenebroso alzó la varita y apuntó a Molly Weasley.

—¡Protego! —bramaron Harry y Draco a la vez, y el encantamiento escudo se expandió en medio del comedor.

Voldemort miró alrededor en busca del responsable y el muchacho se quitó por fin la capa invisible. Draco levantó su varita instintivamente hacia el lord mientras los cuchicheos se hacían presentes.

—Draco... —Dijo Harry sin apartar la mirada de Voldemort.

La multitud se encontraba aprisionada contra las paredes del gran comedor a causa del encantamiento de protección que el Slytherin y el Gryffindor habían lanzado, solo estaban ellos dos, frente a Voldemort.

—No vas a dejarme de lado, no cuando ya hemos llegado hasta aquí —Le respondió el ojigris.

—Veo que tu escudo de este día es nada más y nada menos que Draco Malfoy —Se burló Voldemort —Es tan tú dejar que otros mueran por ti.

—No te dejes provocar —Dijo Malfoy. —Es un puto Slytherin, solo busca distraerte.

—A nadie —respondió Harry llanamente, colocándose frente al rubio—. Ya no hay más Horrocruxes. Sólo quedamos tú y yo. Ninguno de los dos podrá vivir mientras el otro siga con vida, y uno de los dos está a punto de despedirse para siempre...

—¿Uno de los dos, dices? —se burló Voldemort. Tenía todo el cuerpo en tensión y no quitaba la vista de su presa; parecía una serpiente a punto de atacar—. ¿Y no crees que ése serás tú, el niño que sobrevivió por accidente y porque Dumbledore movía los hilos?

—¿Llamas accidente a que mi madre muriera para salvarme? —replicó Harry—. ¿Llamas accidente a que yo decidiera luchar en aquel cementerio? ¿Llamas accidente a que esta noche no me haya defendido y aun así siga con vida, y esté aquí para volver a pelear?

—¡Accidentes, sólo han sido accidentes! —gritó Voldemort, pero no se decidía a atacar. La multitud los observaba petrificada, y de los cientos de personas que había en el comedor parecía que sólo respiraran ellos tres—. ¡Accidentes y suerte, y el hecho de que te escondieras y gimotearas bajo las faldas de hombres y mujeres mejores que tú, y que me permitieras matarlos por ti!

Draco sintió como Harry tomaba su mano, pidiéndole silenciosamente que actuara, pero el rubio no sabía excatamente que hacer, mantenía la varita en alto, pero sabía que sólo Harry podía acabar con el Lord, entonces ¿qué? ¿qué podía hacer él que no pudiera Harry?

—Esta noche no vas a matar a nadie más —sentenció Harry—. Nunca más volverás a matar. ¿No lo entiendes? Estaba dispuesto a morir para impedir que le hicieras daño a esta gente...

—¡Pero no has muerto!

—Tenía la intención de morir, y con eso ha bastado. He hecho lo mismo que mi madre: los he protegido de tu maldad. ¿No te has percatado de que ninguno de tus hechizos ha durado? No puedes torturarlos ni tocarlos. Pero no aprendes de tus errores, Ryddle, ¿verdad que no?

Harry le estaba dando tiempo. Mierda, mierda. Pensaba mientras sus ojos iban del Lord a Potter y luego a la multitud que los rodeaba.

—¡Cómo te atreves...!

—Sí, me atrevo —afirmó Harry—. Yo sé cosas que tú no sabes, Tom Ryddle. Sé muchas cosas importantes que tú ignoras. ¿Quieres escuchar alguna, antes de cometer otro grave error?

Voldemort no contestó. Mantenía la varita en alto, y Harry comprendió que lo tenía temporalmente hechizado y acorralado, retenido por la remota posibilidad de que fuera verdad que él sabía un último secreto, Draco tenía que darse cuenta...

—¿Estás hablando otra vez del dichoso amor? —preguntó Voldemort, y su rostro de serpiente compuso una sonrisa burlona—. El amor, la solución preferida de Dumbledore, que según él derrotaría a la muerte; aunque ese amor no evitó que cayera desde la torre y se partiera como una vieja figura de cera —Miro a Draco—. El amor, que no me impidió aplastar a tu madre, esa sangre sucia, como a una cucaracha, Potter.

Pero Draco ya no escuchaba, el mismo Voldemort le había dado la respuesta, la torre, Dumbledore, el dichoso amor que se antojaba cursi, pero verdadero. El rubio le hizo una señal a Harry apretando su mano, le decía que sabía lo que debía hacer, que esperaba su señal.

—Es tu última oportunidad —continuó Harry—. Es lo único que te queda... He visto en qué te convertirás si no lo haces... Sé hombre... Intenta... intenta arrepentirte un poco...

—¿Cómo te atreves...? —volvió a decir Voldemort.

—Sí, me atrevo —repitió Harry—, porque el plan último de Dumbledore no me ha fallado en absoluto. Te ha fallado a ti, Ryddle.

La mano con que Voldemort sujetaba la Varita de Saúco temblaba, en un rápido movimiento Draco le entregó su varita a Harry, qué dejó caer la varita que había tomado de Narcissa el día en la mansión, varita que se desvaneció al instante.

—Esa varita todavía no te funciona bien porque no has logrado vencer a su legítimo dueño, Draco Malfoy.

—¿Y qué importancia tiene eso? —dijo con voz débil—. Aunque tuvieras razón, Potter, ni a ti ni a mí nos importa. Tú ya no tienes la varita de fénix, así que batámonos en duelo contando sólo con nuestra habilidad... Y cuando te haya matado, ya me encargaré de Draco Malfoy... No podrás esconderlo tras de ti para siempre.

—Yo no necesito esconderme tras nadie, Voldemort —Dijo Draco, adelantando a Harry, completamente indefenso.

Entonces el Señor Tenebroso chilló con voz aguda, y Harry también gritó, encomendándose a los cielos y apuntándolo con la varita de Draco:

—¡Avada Kedavra! Gritó Voldemort.

—¡Expelliarmus! Replció Harry, cubriendo al rubio.

—¡Accio varita de sauco! —Exclamó Draco extendiendo la mano hacia la varita y completamente a salvo tras el encantamiento de Harry.

El rubio sentía el poder de la varita, aquella que le era fiel, aquella que era tan suya como la que Harry sostenía entre sus manos. Sentía como la varita de sauco se resistía a Voldemort, como ansiaba saltar hasta sus manos. La sentía traicionar a Voldemort poco a poco, la sentía resistirse a dañar a su amo y al portador de aquella varita que era su hermana, pues ambas le servían, ambas servían a Draco Malfoy.

El estallido retumbó como un cañonazo, y las llamas doradas que surgieron entre ambos contendientes, en el mismo centro del círculo que estaban describiendo, marcaron el punto de colisión de los hechizos. Harry vio cómo el chorro verde lanzado por Voldemort chocaba contra su propio hechizo, vio cómo la Varita de Saúco saltaba por los aires —oscura contra el sol naciente—, girando sobre sí misma hacia el techo encantado como antes la cabeza de Nagini, y dando vueltas en el aire retornaba hacia su dueño, al que no mataría porque por fin había tomado plena posesión de ella. Draco, con la infalible destreza del buscador de quidditch, la atrapó con la mano, al mismo tiempo que Voldemort caía hacia atrás, con los brazos extendidos y aquellos ojos rojos de delgadas pupilas vueltos hacia dentro. Tom Ryddle cayó en el suelo con prosaica irrevocabilidad, el cuerpo flojo y encogido, las blancas manos vacías, la cara de serpiente inexpresiva y sin conciencia. Voldemort estaba muerto, lo había matado su propia maldición al rebotar, y Harry se quedó allí inmóvil, contemplando el cadáver de su enemigo.

Hubo un estremecedor instante de silencio en el cual la conmoción de lo ocurrido quedó en suspenso. Y entonces el tumulto se desató alrededor de Harry y Draco: los gritos, los vítores y los bramidos de los espectadores hendieron el aire. El implacable sol del nuevo día brillaba ya en las ventanas cuando todos se abalanzaron sobre los muchachos. Los primeros en llegar a su lado fueron Ron y Hermione, Pansy y Blaise y fueron sus brazos los que los apretujaron, sus gritos incomprensibles los que lo ensordecieron.

Pero Harry pronto se dio cuenta de que la victoria no le sabía, no cuando Draco lo miraba con una infinita tristeza, como si a pesar de haber vencido, hubieran perdido.