Draco tomó su mano, apartándolo del resto, incluso de Sirius y Remus que lo mataban a besos y abrazos, aliviados de que todo hubiera salido perfectamente bien.
Harry sabía, Harry sabía que algo iba mal, pero no sabía describir exactamente qué era, por eso, en cuanto Draco se apartó de sus padres y le pidió hablar en privado no dudó ni un segundo en dejar todo para comenzar a seguirlo.
Ambos chicos consiguieron escabullirse y evadir a todos aquellos que morían de ganas de abrazarlos y besarlos por haberlos librado finalmente de Voldemort y caminaron tomados de la mano, lentamente como si tuvieran todo el tiempo del mundo.
Llegaron hasta el aula en desuso que había sido suya desde que habían comenzado a ser amigos, aquella que les había visto jugar al ajedrez y a los naipes, aquella que les había visto compartir cientos de dulces y encantamientos, aquella que les había visto compartir tareas y bromas, aquella que les había visto compartir su primer beso.
Nada más entrar el ambiente se tornó pesado, como si alguien los hubiese sumergido en arenas movedizas y Harry, al mirar a Draco supo que tal vez si, se estaban adentrando en un terreno pantanoso del que solo uno saldría.
El aula seguía como siempre, no había ni una sola marca de la batalla que se acababa de librar en el castillo, las bancas amontonadas y polvorientas seguían donde ellos la habían dejado la última vez que se habían encontrado ahí, el escritorio apenas y se veía ligeramente más gastado y la pizarra estaba tan sucia como siempre.
Draco los encaminó hasta el escritorio, como cuando tenían doce y haciendo uso de un fregotegoeliminó el polvo.
Harry lo observó detenidamente, la manera en que elegantemente se sentaba sobre el escritorio, el cómo pasaba su rubio cabello, ahora sucio por la batalla, por sus dedos, tratando de arreglarlo un poco, el cómo sus grises ojos parecían bastante interesado en todo menos en él, como evadiéndolo. Lo vio tomar aire y luego expulsarlo, lo vio levantar el rostro y cuando sus ojos se encontraron lo vio sonreír, cálida y amorosamente.
Y él se quedó ahí, de pie frente a él, admirando su angelical belleza que para nada se veía arruinada por la suciedad o la sangre seca, al contrario, la incrementaba y le hacía lucir como todo un guerrero, un ángel enfundado en una armadura brillante.
Sintió las pálidas manos del rubio arrastrarlo hasta él, sujetándolo fuertemente de su camisa muggle. Y entonces se besaron, suavemente, dulce y con mucha paciencia, como si el mundo ahora les perteneciera en conjunto con el espacio el tiempo. Fue un beso húmedo y lleno de amor, un amor que se profesaban desde que tan solo tenían doce años y que parecía tan infinito, tan inagotable como las mismísimas estrellas.
—Te amo —Le dijo el rubio sin apartar sus labios de él. —Te amo más que a nada Harry Potter.
Harry quiso responder que él le correspondía, que le amaba tanto que podía explotar de contener aquel sentimiento en pecho, pero cuando se disponía a hacerlo, Draco lo arrastró nuevamente a ese montón de caricias en los brazos y besos sin tregua, lo arrastraba lentamente a un paraje conocido y anhelado, a un mundo donde solo estaban ellos dos, donde solo importaba el amor que se sentían, donde todo lo demás quedaba atrás.
Harry no pudo evitar sonreír entre el beso, recordando como había conocido a aquel insufrible rubio, el como aquella primera vez en la tienda de túnicas le había parecido de lo más desagradable y el como aquel sentimiento había cambiado por uno de curiosidad cuando se encontraron en el tren. Recordó como se sentía al querer conocerlo y que todo en Hogwarts gritara que aquello no era correcto, por que aquel rubio tan guapo era un Slytherin y se desanimaba de inmediato, recordó haberse visto en espejo de Erised, junto a sus padres, sus abuelos y Draco Malfoy, el príncipe de las serpientes, recordó como se sintió después de haberle pedido que se volvieran amigos, la felicidad, el alivio. Recordó todos los momentos que lo llevaron hasta ese punto, junto a Draco Malfoy, aquel que todos creían su enemigo, su rival, los celos, las inseguridades, las sonrisas, las caricias y aquella noche en la enfermería.
Todo había pasado de manera tan natural, que ni si quiera se había percatado en que momento había dejado de quererlo para pasar a amarlo, no se percató de cuando dejó de verlo como amigo, no se percató de en que momento había depositado su corazón en sus manos, pero no importaba por que hacerlo era la única opción y no se arrepentía de nada.
Y se perdió entre sus besos, entre los suaves labios del rubio, entre sus dulces y rosados labios, se perdió hasta que su mente comenzó a viajar al futuro, uno donde ambos vivían juntos, donde Draco se volvía Ministro y él era el jefe de los aurores, donde ambos vivían en una casa en el campo, lejos de todos, lejos de Grimmauld Place, lejos de Malfoy Manor, lejos de los recuerdos de aquella guerra, una casa de campo donde podían ser solo ellos dos, donde podían ser para siempre los mismos chicos de once años que se encontraron por casualidad en una vieja tienda de túnicas.
Entonces Draco se apartó, fue suave y lento y un así Harry se sintió irritado, aquel beso lo había llevado al cielo, y quería mas de aquello, mucho más.
—¿Harry? —Escuchó su nombre y abrió los ojos.
Draco lo miraba con las mejillas sonrosadas por el beso, sus ojos plata se clavaban en los suyos, penetrantes, insistentes, suplicantes, amorosos y devotos de él. Aquellos ojos mercurio le derritieron y le reconstruyeron mil veces, los bebía y le daban vida.
—¿Hum? —Preguntó acariciando el cabello de su acompañante.
—Hay... Hay algo que quiero mostrarte.
Harry jamás lo había visto tan inseguro, aquella máscara de Slytherin había caído y no estaba seguro de si aquello auguraba algo bueno o todo lo contrario.
Draco no esperó a por una respuesta, metió la mano dentro de su chamuscada y maltratada túnica, la última que le había regalado su madre, cuando Voldemort aún no tomaba total posesión de sus vidas y sacó el giratiempo, sosteniéndolo como si fuese la cosa más frágil del mundo.
—¿Sabes usar legeremancia? —Le preguntó y el moreno asintió.
—Snape me enseñó durante quinto año.
—Bien, sujeta esto —Dijo con voz amable y cálida mientras le entregaba el giratiempo y la varita de sauco —Ahora hazlo.
Draco cerró los ojos y esperó. Harry guardó la varita del destino en su túnica, sujetó la mano de Malfoy y entre los dos sujetaron el giratiempo.
El pelinegro sacó la varita original del rubio, aquella de espino con veinticinco centímetros de longitud y núcleo de pelo de unicornio, la apuntó a su dueño y susurró con delicadeza:
—Legeremens.
Fue bastante sencillo entrar en su mente, Draco no había mostrado resistencia alguna y aquella sensación de ser un invitado grato le invadió al instante. Los recuerdos que Draco le mostraba iban uno tras otro, a velocidad media, lo suficientemente rápido como para captar el mensaje pero no tanto para perder detalle.
Aquello era como ver una película, una película de la vida de Draco Malfoy, un niño malcriado y egocéntrico al que siempre se le había dado todo y al que nunca le faltó nada, un niño que con el tiempo se transformó en el joven que tenía delante y aquello hizo que Harry le amara más y más y pensó que terminando aquello, él también quería compartir con Draco sus recuerdos, aun lo peores.
Pero de un momento a otro Harry notó algo extraño, los recuerdos iban y venían, pero ahora en pares, mostrándose ambos al mismo tiempo, como si hubieran sucedido al mismo tiempo, como si... Como si alguien hubiera alterado el tiempo y hubiese creado esas dos realidades.
Podía verse a sí mismo insultando a Draco y éste respondiéndole con la misma intensidad y a la vez, podía verse junto al rubio, compartiendo caldero entre miradas cómplices y fugaces, veía a Draco en el baile de navidad de cuarto año con Pansy como pareja de un lado y de otro podía verse a sí mismo, acorralando al rubio en ese mismo salón antes del beso, podía ver al Draco Malfoy que había dejado entrar a los mortífagos a propósito y a aquel que había ido a advertirle a Dumbledore del incidente.
Habían tantas diferencias entre esa otra vida y la que era su realidad que por un momento se asustó, aquel Draco, su Draco había sido, en otro tiempo, su peor enemigo, aquel que le hacía la vida imposible, aquel que detestaba.
Y justo cuando se empezaba a preguntar el por qué Draco había alterado el tiempo si se suponía que su odio era mutuo la respuesta saltó en forma de recuerdo, Malfoy no lo odiaba, le quería y se había percatado en la clase en que les fue presentada la Amortenia, durante sexto año, pero tenía miedo, sabía que su padre era un mortífago, él mismo lo era y no podía amar al héroe del mundo mágico trabajando para Voldemort.
Aquel Harry nunca lo sabría, porque Draco Malfoy era un Slytherin y un Slytherin siempre oculta sus debilidades.
Entonces Harry llegó al final, un final más confuso que el resto de los recuerdos mezclados que se le habían mostrado con anterioridad.
Él muerto, Draco volviendo en el tiempo para insertar una luz roja en el cuerpo de su yo de once años, una luz que simbolizaba su amor por Harry y que a su vez era el pago por haber alterado el tiempo, aquel Draco desapareciendo para siempre, dándole lugar al tiempo que Harry conocía como su presente, como su realidad y luego, Draco, su Draco, no otro, escuchando dentro de su cabeza el pago que aún debía pagar por haber alterado el tiempo.
Draco había salvado a Sirius Black del destino, lo había salvado de la muerte al haber cambiado el pasado, había aprendido a hacer un patronus, había impedido que el amor que florecería entre Potter y Ginevra, había cambiado la muerte de Fred por la de Percy, había salvado a Severus de las garras del lord al haber acabado con Dumbledore, había impedido que Granger y Weasley se enamoran y salvó a Pansy de la oscuridad emparejándola con Hermione, arrastrando a Blaise consigo, pero sobre todo, había ayudado a cambiar el fatídico destino al que Harry Potter lo había ayudado a sobrevivir y había limpiado su nombre, el nombre de los Malfoy.
Todos esos cambios, todo lo que creaste y destruiste tiene un costo. Decía una voz, una voz desconocida, no sonaba como un hombre o una bestia, no sonaba como nada que Harry conociera. Y el precio de un final tan distinto al original es tu propia existencia, Draco Malfoy.
Harry tardó un poco en entender aquellas palabras, no porque no pudiera, sino porque no quería, no quería que aquellas palabras fueran verdad, no quería ni si quiera pensarlo, porque si lo hacía aquellas palabras se volverían verdad.
La voz con la sentencia se fue desvaneciendo poco a poco y Harry notó como el efecto del legeremensfue desapareciendo a la vez, como humo.
Y tuvo miedo, tuvo miedo de abrir los ojos, tuvo miedo de abrir los ojos y darse cuenta de que todo había acabado, que Draco no estaba a su lado, que lo había perdido para siempre.
Su corazón latió rápidamente, ahora entendía la mirada que Draco le había dedicado nada más había terminado todo, la profecía se había cumplido, Harry Potter había acabado con Voldemort y se suponía todo iba a mejorar, entonces, ¿por qué el destino se empeñaba en seguir haciéndolo miserable? ¿a caso Harry no había cumplido con su deber? ¿a caso no había sido un hombre valiente y amoroso? ¿no merecía ser feliz después de todo por lo que había pasado?
La respuesta del destino fue no.
Cuando salió totalmente del trance del legeremens lo notó, la mano de Draco, aquella que había sostenido durante todo ese tiempo ahora no se encontraba, sólo estaba su mano, sosteniendo el pequeño giratiempo. El calor del rubio, su olor, todo se había desvanecido, no podía percibirlo, ya no.
Abrió los ojos lentamente, como un niño asustado. Draco no estaba, se había ido para siempre.
El pelinegro gritó y golpeó todo cuanto encontró, las lágrimas se derramaban por su rostro y su magia destrozaba todo, haciendo que el castillo temblara como si una nueva batalla se hubiera desatado dentro de aquel pequeño salón de clases abandonado, aquel pequeño mundo que Draco y él habían construido con tiempo, paciencia, peleas, bromas y cariño.
Sabía que estaba llamando la atención, sabía que al abrir la puerta del aula en desuso se encontraría con todos sus amigos, preocupados, preguntándose que era lo que ocurría y por primera vez no tuvo valor, no tuvo el valor de enfrentar al mundo, no tuvo el valor de darle la cara a Narssisa quién lo había ayudado a evadir a Voldemort, no tuvo el valor de dale la cara a Pansy y decirle que su mejor amigo no volvería nunca.
Y entonces la puerta se abrió, mostrando a Hermione, Ron, Pansy y Blaise, todos ellos estaban realmente preocupados y ligeramente asustados de que Harry les maldijera en su arranque de ira.
—¿H-Harry? —Preguntó su amiga. —¿Está todo en orden?
Harry quiso gritar que no, que nada estaba bien, que nada volvería a estar bien dentro de su vida, no sin Draco, pero en su lugar se tiró al suelo a llorar cual niño de cinco años al que han apartado de su madre.
Hermione rápidamente se acercó a acobijarlo en un abrazo cálido y fraternal, pero aquello no lo hizo sentir mejor, solo lo hizo extrañar más al rubio. Se lo habían dado, habían dejado que se enamorara de él y luego se lo habían arrebatado.
—¿Qué sucede compañero? —Preguntó Ron, arrodillándose a su lado, acariciando su brazo.
—D-Draco... —Chillo Harry entre fluidos nasales y lágrimas que seguían cayendo de manera abundante. —Draco... Draco... —Repetía, una y otra vez.
Hubo un momento de silencio, pero Harry no se atrevió a alzar el rostro, no quería dar explicaciones, solo quería que Draco volviera.
—¿Draco? —Preguntó Hermione, dirigiéndole una mirada a su novia quién junto a Blaise no se atrevían a acercarse. —¿Harry, quién es Draco?
Y entonces el mundo se detuvo, el mundo explotó en mil pedazos y nadie se percató de aquello, nadie excepto Harry Potter.
El pelinegro levantó finalmente el rostro, mostrando sus verdes ojos hinchados y su cara roja por el llanto y la pena, miraba a su amiga con incredulidad y al ver que su semblante no cambiaba miró a Ron quién parecía tan confundido como Hermione.
Con mucho cuidado se puso de pie y trastabillando se acercó hasta Pansy y Blaise, con gesto implorante.
—Draco, Draco Malfoy —Dijo hacia la pelinegra y luego miró a Zabini quién negó ligeramente asustado por su actitud. —Draco Lucius Malfoy —Volvió a decir, pero los dos Slytherin solo atinaron a pegarse contra la puerta, buscando mantener la distancia con el chico de oro quién parecía totalmente abrumado. —¡Draco, joder! —Explotó. —¡Draco! ¡Cabello rubio platino! ¡Ojos grises! ¡Los más hermosos de todo el maldito mundo! —Las lágrimas arreciaron, estaba quebrado, completamente roto. —¡Su mejor amigo! ¡El príncipe de los Slytherin! ¡El hijo de Lucius y Narcissa Malfoy! ¡El hombre con quién pasaría el resto de mi puta vida! ¡Joder!
—Harry... cálmate... —Hermione intentó acercarse pero el pelinegro la apartó de un leve manotazo.
—¡No voy a calmarme! ¡No voy a calmarme!... Tengo que encontrar a Narcissa...
—Se la han llevado los aurores... —Declaró Blaise. —Junto a su esposo, Potter, van a enjuiciarlos...
—No pueden llevársela, ella me ayudó, ella estaba de nuestro lado...
Harry miró a todas partes, buscando un poco de ayuda, pero ninguno de los presentes parecía dispuesto a moverse de ahí, entonces Hermione le apuntó con su varita, le susurró un "lo siento, es por tu bien" y se quedó profundamente dormido.
Al abrir los ojos se encontró en una habitación, una pequeña y bastante hogareña, sabía que era su habitación en la casa de Sirius y Remus aquella que ocuparía nada más terminara su misión y Voldemort desapareciera para siempre. Era una habitación sencilla, perfecta para un joven de diecisiete, perfecta para un Gryffindor, pues la decoración se basaba en el rojo y dorado.
Intentó ponerse de pie, pero se encontró con que no tenía fuerzas, se sentía cansado física y emocionalmente y en su mente solo existía una palabra: Draco.
Las lágrimas volvieron a caer, esta vez de manera no tan exagerada, como si ellas mismas estuvieran cansadas de rodar por su rostro.
Inconscientemente, Harry llevó su mano hasta su pecho y sintió la ausencia del broche de Gryffindor que Draco le había regalado, aquel que había resistido toda la batalla y que, al igual que primer dueño, había desaparecido.
Potter juntó todas las fuerzas que pudo para enderezarse, ahí a su lado, en la pequeña mesita de madera junto a la cama estaba la varita de sauco, pero no había señal de la varita de Malfoy.
Y entonces lo sintió, el giratiempo aún se encontraba entre su puño, al parecer se había aferrado a él y nade había podido arrebatárselo.
Buscó el pequeño bolso que Hagrid le había regalado en su cumpleaños número diecisiete, aquel donde podía guardar todo cual quisiera pues siempre había espacio para lo que quisiera meter, aquella con la que habían viajado él y sus amigos y les había servido de maleta a los tres. Cuando la encontró sacó de ahí su varita de pluma de fénix, se le había roto casi al principio de su aventura de ese año y la había echado muchísimo de menos.
La coloco sobre su cama, con mucho cuidado para que los dos trozos que apenas y se unían por la pluma del fénix no se separan por completo. Tomó la varita de sauco y con un reparo logró arreglar su varita, sabía que la varita de la leyenda sería la única capaz de hacerlo, pero la felicidad que creyó que sentiría al recuperar su varita nunca llegó.
Se sentó al borde de la cama, no tenía ganas de tomar una ducha o de cambiar sus ropas, solo quería quedarse ahí y pensar.
Draco siempre le había parecido extraño, eran tan Slytherin, un príncipe digno de su casa y ahí en el momento final se había portado mucho más valiente que muchos Gryffindor, había sacrificado su propia vida y su futuro por el de todos los que había sobrevivido a la guerra, se había sacrificado por Harry Potter, aquel que estaba destinado a ser su enemigo y terminó siendo su amante.
Un calor reconfortante se instaló en el pecho de Potter, se sentía orgulloso de su serpiente, Draco había demostrado que un Slytherin podía ser tan inteligente como un Ravenclaw, tan amable como un Hufflepuff y tan valiente como un Gryffindor, Draco había demostrado ser un chico excepcionalmente valiente y maduro, renegando de su destino y construyendo uno propio, uno en el que había decidido incluir a Harry, y él, no podía estar más agradecido.
Y Harry Potter tomó una decisión, Draco lo había salvado regresando en el tiempo y se había condenado a sí mismo, era verdad, no podía negar que aquella decisión había alterado la vida de muchas personas, pero la mayoría de ellas, para mejor, incluso Sirius, su amado padrino estaba vivo gracias a él y los Malfoy habían sido condenados, sin opción a redención.
Se puso de pie, ahora se sentía seguro y muy decidido, no podía dejar que aquello pasara, debía regresar y evitar que Draco cambiara todo, por que prefería un mundo en el que Draco Malfoy tuviera una oportunidad de crear un futuro para sí mismo y su familia y no se amaran, a uno donde él simplemente no existiera para nadie, uno donde no pudiera verlo nunca más.
Rápidamente se cambió y se colocó una túnica color verde que encontró dentro de su armario, se limpió a si mismo usando un encantamiento y se aferró al giratiempo.
Escuchó pasos en las escaleras y luego en el pasillo, pero las ignoró, comenzó a calcular mentalmente la cantidad de vueltas que necesitaría para llegar a ese momento a sus once años, cuando había visto a cierto rubio que se había vuelto su todo.
Tocaron la puerta, él ya había terminado de calcular el número de vueltas y había comenzado a girar el pequeño artefacto, dispuesto a regresar todo a su estado original, a volver a aquel mundo donde él y Draco Malfoy no eran más que enemigos, pero donde Draco estaba vivo y tenía un oportunidad.
La puerta se abrió, pero él no volteó, no debía perder la cuenta, debía volver, debía arreglarlo todo.
—¿Harry que...? —Era la voz de Hermione, él no respondió —Harry no... ¿Eso es un giratiempo? ¿De dónde lo has sacado? —Harry seguía girándolo. —¿Esto es por ese tal Draco? Harry él no es real, necesitas descansar, no puedes jugar con el tiempo —Pero él no la escuchaba, seguía concentrado en su tarea.
Entonces, el artefacto le fue arrancado de las manos, Hermione se lo había quitado con un accio.
—Hermione, devuélveme eso —Dijo con voz furiosa y su amiga se encogió en su lugar, aterrada por la mirada que Potter le lanzaba.
—Harry, escúchame, no me estás escuchando, no puedes jugar con el tiempo...
—Tengo que salvarlo...
—No puedes salvar a alguien que no existe, Harry.
—¡Tengo que salvarlo!
Perdió el control, una onda de magia explotó y salió disparada de su cuerpo, arrojando a Hermione fuera de la habitación, no era que su amiga no le importara, pero ahora sus prioridades eran otras, había dado todo por el resto del mundo, ahora solo quería pensar en él y en Draco, porque lo merecían.
Caminó, sus pisadas resquebrajaban la madera del suelo a causa de su poder desbordado, llegó hasta la castaña que se encontraba inconsciente en el suelo, pero no parecía herida. Tomó el giratiempo, arrebatándolo de las manos de Hermione, se dispuso a reanudar su tarea y entonces el giratiempo se rompió.
El pequeño artefacto no había resistido la cantidad de magia que Potter emanaba y al entrar en contacto directo con él se había deshecho como polvo de oro y se deshizo entre sus manos.
Todo estaba acabado, Harry había quedado atrapado en un mundo en él que Draco Malfoy no había existido nunca, uno donde el significado de la palabra felicidad no tendría sentido ni ese día ni dentro de cincuenta años, no para él, no para Harry Potter quién estaba condenado a recordar a Draco por el resto de su vida.
