CAPÍIULO 30: LA RUINA DE UN SILENCIO.
Elgin era una ciudad del norte de Escocia que podía presumir de su castillo medieval y de su importante catedral pero cuando Remus apareció allí como tantas otras veces había hecho no pensó en nada de aquello, para él Elgin no tenía importancia por su arquitectura antigua sino por sus recuerdos. Se paró un momento y miró a su alrededor, habían pasado diez años de la última vez que había aparecido en aquel parque, la esquina que se reservaba para sus apariciones ahora estaba más camuflada por el follaje, los muros tenían muchas más pintadas Y algunos de los columpios ya no funcionaban. No serían más de las cinco de la tarde pero en aquellas latitudes el cielo parecía más bajo y oscurecía antes. Estaba nervioso, no sabía cómo estaría Andrea ni qué tenía que hacer para afrontar aquella situación. Se pasó las manos por el pelo y sopló despacio, vio una lata de refresco tirada en el suelo y sintió la necesidad de convertirla en un traslador para salir de allí. Hacía poco tiempo que le había dado carpetazo a esa parte de su vida y ahora se veía de nuevo obligado a meterse de lleno ¿cómo se lo tomará ella? Se preguntó, pero sacudió la cabeza intentando sacar esos pensamientos, ahora lo importante era su salud, tenía que llevarla a San Mungo para tenerla vigilada.
Salió del parque por un callejón y dio a parar en una calle ancha de casas iguales de dos plantas, tenían el ladrillo de color marrón oscuro y los tejados de pizarra lo que daba un toque más triste, a juego con el clima de aquella zona. Pasó por el centro de la carretera, ahora desierta de coches y fue pasando uno a uno los jardines, no miraba a ninguna parte, sabía perfectamente a dónde tenía que dirigirse y ahora lo hacía con más prisa que nunca.
Se paró delante de una verja de madera pintada de blanco que daba entrada al pequeño jardín que presidía la casa, en medio del camino baldosado había una bicicleta infantil dejada allí con prisas. Miró la puerta- cerrada, de color blanco en contraste con la oscuridad que presentaba el edificio y agarró la verja como si fuera de toneladas de hierro. Suspiró y entró. Tuvo que saltear la bicicleta y fue para él tan duro como escalar una montaña: la causa de todo debería tener edad ya para montar en bicicleta, pensó mientras se acercaba a la puerta. Antes de llamar al timbre se fijó en el letrero dorado de la puerta que indicaba el nombre de sus habitantes: Mackenzie.
La última vez que cruzó esa puerta fue para salir de la casa y en ella aún ponía Markins. Las voces de Andrea todavía resonaban en su cabeza.
Estaban sentados a la mesa de la cocina. almorzando en silencio. Andrea llevaba viviendo ahí tres años y durante ese tiempo Remus había ido en muchas ocasiones, cada vez que el trabajo se lo permitía. Hacía tres años que James y Lily habían muerto y que Sirius estaba en Azkabán, el mismo tiempo que Andrea había tenido que vivir escondida, apartada del mundo mágico. Volvía a tener su melena ondulada y azabache aunque aún conservaba un aire frío en sus gestos. Se levantó y empezó a fregar los platos sin usar la varita, cada vez eran menos las ocasiones que recurría a ella y más las veces que vivía como una auténtica muggle. Las manos le temblaban un poco, una mezcla de tristeza y furia contenida.
-¿Por qué tienes que irte?-le preguntó a Remus que todavía estaba en la mesa dándole vueltas a su comida incapaz de ingerir nada.
-Es un buen trabajo-le contestó él- Sé que Francia está lejos, pero... tengo que trabajar.
-Busca trabajo aquí- Andrea se giró y apoyó las manos en el fregadero- No es tan malo vivir como un muggle, tú ya lo has hecho. Para nosotros no será difícil vivir como lo habíamos hecho antes de que todo esto empezara- los dos guardaron silencio, la sugerencia de Andrea había sido una súplica desesperada - Podríamos estar juntos de una vez, ser una pareja de verdad.
-Siempre lo hemos sido ¿no?-murmuró Remus, pero una risa sarcástica de Andrea le dio a entender que ella no estaba muy de acuerdo con aquella afirmación- Está bien, nunca lo hemos sido, pero eso no ha importado. Siempre he estado para ti cuando me has necesitado.
-Pero ahora te vas- Andrea empezaba a enfurecerse y el porte regio y distante se había apoderado de ella- Vuelves a huir del compromiso y vuelves a abandonarme.
-¿Cómo puedes decir que te he abandonado después de lo que hemos pasado juntos?
-La magia sólo nos ha traído dolor. Quédate y empecemos de nuevo. No la necesitamos para nada.
-No la necesitas tú, pero yo, por si no lo recuerdas me convierto en lobo cada luna llena. -Remus se había puesto de pie Y había dado un manotazo en la mesa que había hecho caer la cuchara al suelo. Podía entender a Andrea, pero no sabía cómo le estaba pidiendo aquello- Yo pertenezco a la magia como ella pertenece a mi. Que tú la odies no significa que yo también deba hacerlo.
-Eso es que no tienes el valor suficiente para estar conmigo. - Andrea se giró y empezó de nuevo a fregar los platos con fuerza.
-No te comportes como una niña mimada, Andy, no te pega nada-le reprochó él ahora en un tono más calmado- Sabes que no puedo ser un muggle, ¡¡yo no puedo ser normal!
Aquella expresión la había oído hasta la saciedad durante toda su extraña relación de sí pero no, había sido la excusa más utilizada para no entrar nunca en algo formal y ella siempre le había rebatido con un "no me importa". Llevaba años sin oírla y le sorprendió tanto volver a hacerlo que el plato que tenía en las manos se le escurrió y se rompió en pedazos al chocar contra el suelo. Se agachó a recogerlos y cuando se levantó tenía el cuerpo de Remus pegado en su espalda.
-Siempre hemos sabido esperar por el otro a pesar de todo por lo que hemos tenido que pasar- le susurró hundiendo la cabeza en la melena de Andrea.
Ella se giró y sorprendió a Remus con ese escudo que había aprendido a forjarse durante los años de guerra pero que siempre había derribado voluntariamente delante de él. Ahora volvía a ser ella, fuerte, fría y casi cruel; estaba enfadada y le estaba poniendo a prueba.
-No te prometo que te esté esperando para cuando vuelvas. Mi vida no tiene magia y no quiero nada que perturbe eso.
Remus asintió con la cabeza y se giró hacía la puerta con solemnidad; Andrea tuvo que hacer grandes esfuerzos para no derrumbarse allí mismo ahora que él no la miraba. Es cierto que no quería la magia en su vida, pero no era tan cierto eso de que no le esperaría siempre. El portazo la derrumbó y la dejó durante horas sentada en el suelo de la cocina sin más ruido que el grifo abierto salpicándolo todo de agua.
El ruido sordo del portazo en su cabeza le sacó de la ensoñación y recordó que tres años después había vue1to, con los anillos que Harry había visto en el hospital dispuesto a dejarlo todo por ella, dispuesto a dejarse a sí mismo a un lado sin con eso podía tenerla cerca, pero habían pasado tres años nada menos y en la puerta ahora rezaba Mackenzie y no Markins así que al no saber si se había mudado esperó hasta que alguien llegara. Ojalá no lo hubiera hecho nadie porque la imagen le destrozó en los años siguientes y se le clavó como una espina de culpabilidad.
Andrea cargaba un bebé que no tendría ni si quiera un año, estaba guapísima y radiante de felicidad haciéndole carantoñas a la niña mientras la pequeña intentaba tirarle del pelo, junto a ellas un hombre alto y moreno iba empujando un carrito y las miraba sonriente, nunca le había visto entre los amigos de Andrea, pero ahora estaba claro quién era y lo que había ocurrido durante esos tres años, ya sabía por qué se llamaba Mackenzie. Andrea no le había visto, por suerte, pensó Remus. De eso hacía diez años y desde entonces no había sido capaz de perdonarse a sí mismo haber perdido la oportunidad de formar parte de aquella estampa feliz.
Llamó al timbre de la puerta y vio cómo la cortina de la ventana más cercana se movía un poco. Era una niña.
-¡Ábreme la puerta, por favor!
La niña se escondió rápidamente, pero volvió a asomarse de nuevo por la ventana. Remus al ver que nadie le abriría la puerta sacó su varita dispuesto a abrirla con la magia.
-¡No vas a entrar! - oyó la voz de la niña gritando desde dentro, al parecer había abandonado su posición en la ventana.
Había sonado el clic propio de un "alohomorra" pero al intentar abrir la puerta le estaba costando trabajo, empujó con fuerza y pudo entrever a la niña haciendo esfuerzos por mantenerla cerrada aunque Remus era mucho más fuerte que ella y consiguió arrastrarla al tiempo que abría la puerta. En cuanto estuvo dentro la niña se le abalanzó y empezó a golpearle en el estómago. El con la varita en la mano todavía intentaba pararla, pero estaba como loca, realmente tiene la misma mala leche que su madre, pensó Remus.
-¡No voy a dejar que le hagas nada!- gritaba mientras intentaba soltarse de Remus- No vas a tocar a mi madre.
Remus se agachó y puso su cara a la altura de la de la niña. Tenía el mismo pelo que Andrea y unas facciones parecidas aunque los ojos eran azules y la piel algo más clara.
-¿Cómo te llamas?
-Guarda ese palo, no pienso dejar que nadie le vuelva a hacer daño con él
-Está bien- Remus guardó su varita, para tranquilizarla, aunque le asaltó la duda de saber a qué se refería con eso de volver a hacerle daño a Andrea con una varita- ¿Cómo te llamas?
-Sophie- respondió ella todavía mirándole con desconfianza- Sophie Mackenzie.
La sangre se le heló por completo, buscó a uno y otro lado como si Andrea fuese a estar allí para darle la respuesta, ¿cómo había podido llamar a su hija Sophie? Eso representaba todo lo odioso de su vida y ahora le ponía ese nombre, pero lo importante ahora era dar con Andrea, sacarla de allí y llevarla al hospital para que hicieran algo por ella.
-Tu madre está muy enferma ¿Verdad?
Sophie se sorprendió pero intentó recomponerse para no demostrar nada delante de aquel hombre al que no había visto en su vida y que al parecer también sabía usar aquel palo que tanto temía.
-Eso no es verdad.
-Escúchame, Sophie, tu madre y yo somos amigos desde hace muchos años. Te prometo que no quiero hacerle daño, pero sé que ella está enferma, si no viene conmigo al hospital puede morirse y ni tu ni yo queremos que eso ocurra.
La niña debió ver la total sinceridad que había en las palabras y en los ojos de Remus porque suavizó el rostro.
-Si le haces daño con esa cosa te mataré yo misma-la amenaza por parte de una niña que no llegaba a los once años podía parecer irrisoria, pero a Remus le conmovió, era capaz de decir aquello sólo para defender a su madre.
-Este palo, como tú dices, se llama varita y no siempre hace cosas malas, también puede salvar muchas vidas. La magia no es mala.
-¡¡La magia no existe!.
Remus hubiera mantenido una pequeña discusión con aquella niña que debía tener magia en sus venas pero no tenía tiempo para ello. Se dio cuenta que la niña instintivamente miraba la escalera y supo que Andrea debía estar en su habitación. Subió los escalones de dos en dos, con Sophie detrás chillándole que se parara, pero ya había perdido mucho tiempo. Abrió la puerta del más que conocido dormitorio y vio a Andrea tumbada en la cama respirando mal y bañada en sudor.
Se arrodilló junto a la cama y le acarició la cara. Estaba fría y tenía el pelo desordenado y húmedo, pero por lo demás estaba casi igual que la última vez que la había visto. Vestía vaqueros ajustados y Remus estaba seguro que debían ser la misma talla, sólo algunas pequeñas arrugas enmarcaban su rostro que en ese momento estaba más pálido y ojeroso que nunca.
-Andy, ¿me oyes?- Andrea se removió como en un sueño, hacía mucho tiempo que nadie la llamaba así- Andy, por favor ¿puedes oírme?
Andrea abrió un poco los ojos y se topó con Remus muy cerca de su cara, con esa expresión de preocupación y calma que siempre tenía. Sonrió con pesadez como si tuviera los músculos de escayola y volvió dejarse llevar. Parecía estar en paz, era como si no le importara aquella situación y ver a Remus no fuera más que un lindo sueño.
-Andy, voy a llevarte al hospital ¿entiendes?
Remus la estaba acariciando, despacio y suavemente, con una angustia muy parecida a como el joven Remus la había acariciado en la enfermería. Sophie había llegado detrás de él y al ver que no tenía ninguna intención de hacerle daño se quedó apoyada en la cama observándoles algo sorprendida. Su madre parecía haberle reconocido pero ella ni si quiera le había visto en fotos y encima la llamaba Andy.
-Tráeme algo que no sirva, Sophie.-la niña obedeció en seguida. Remus se incorporó y tomó a Andrea en brazos que con el cambio de postura se espabiló un poco, volvió a sonreírle y pasó los brazos por el cuello apoyando la cabeza en el hombro de Remus.
-¿Te vale eso?- Sophie tenía en las manos su libro de matemáticas de sexto curso. Remus la miró sorprendida, no era exactamente el concepto de trasto inútil que él tenía- A mi no me sirve mucho- explicó ella encogiéndose de hombros pero cuando vio a Remus apuntar al libro dio un grito Y lo dejó caer.
-Tienes que confiar en mí- Andrea seguía dormitando en sus brazos igual que lo podía hacer un bebé en brazos de su madre y Sophie se dio cuenta de ello, si su madre lo hada ella también podía- Esto es nuevo para ti, pero te aseguro que no para tu madre, y no os hará daño a ninguna de las dos. Tenemos que llevarla a un hospital lo antes posible y sólo podemos hacerlo con magia.
-Está bien- ella se agachó para coger el libro, cerró los ojos y giró la cabeza como si el libro estuviera a punto de estallar. Remus pronunció el hechizo para convertir el libro en un traslador que los llevase a San Mungo.
-Pase lo que pase, no sueltes el libro por nada del mundo- Ella asintió tragando saliva al mismo tiempo que Remus agarraba el libro por el otro extremos y volvía notar el gancho tirando de su ombligo. Oyó a Sophie gritar ante aquella nueva experiencia y mientras todo a su alrededor se movía rápidamente cambiando de colores, estrechó a Andrea contra él.
Hizo un esfuerzo por no caerse con Andrea en brazos cuando dio contra el suelo del vestíbulo de San Mungo, notó que su brazo derecho había mejorado mucho, seguramente al Remus joven ya le habrían administrado algún antídoto, pero Andrea había perdido totalmente la conciencia, ya no estaba dormida, sino que yacía totalmente inerte entre sus brazos. Le tapó la cara con el pelo a fin de que nadie la reconociera y buscó a Sophie. La niña se estaba poniendo de pie, había tenido un aterrizaje forzoso y se frotaba el trasero para calmar el golpe.
-¿Estás bien?
-Esto es mejor que el parque de atracciones.- Sophie le sonrió, le caía bien aquel hombre que sostenía a su madre. Mientras él esperaba en la cola se dirigió a la papelera a tirar su "inservible" -libro.
-Guarda ese libro, señorita, a no ser que quieras que tu madre nos mate cuando se despierte.- Sophie chasqueó la lengua con disgusto y se guardó el libro debajo del brazo, después se colocó junto a Remus.
-¡¡Remus!- el hombre se giró despacio, había reconocido esa voz. Era Nicole.
La auror se acercó con paso decidido y se topó con Sophie que se interponía entre ella y Remus. Le gustaba Remus pero no se fiaba un pelo de nadie que usara una varita o como quisiera que se llamara ese palo mágico.
-Estaba preocupada por ti, tenemos que hablar- Nicole se paró en seco y se fijó en que Remus cargaba con una mujer que tenía el rostro cubierto y una niña no le dejaba acercarse a ellos- ¿Quién eres tú?-le preguntó a la niña- ¿Y quién es ella?
-Nicole ahora no tengo mucho tiempo para hablar.
-¡Lupin!- una medimaga perteneciente a la orden se acercó a ellos- Dumbledore me dijo que traerías una herida.-sacó una pluma del bolsillo y se dispuso a escribir en la tablilla con pergamino que llevaba en la mano- ¿Cómo se llama?- Remus no contestó, un vestíbulo abarrotado y Nicole junto a él no eran los elementos más propicios para anunciar que quien estaba en sus brazos era Markins.
-Andrea Mackenzie- contestó Sophie con resolución- Es mi madre y quiero saber a dónde la vas a llevar.- la medimaga abrió la boca sorprendida y sonrió por la disposición de la pequeña.
-La llevaremos a una habitación para curarla, puedes venir con nosotros si quieres. Ponla en esa camilla, Lupin.
-No importa. Yo la llevaré- no quería exponer a Andrea a que fuera reconocida en una camilla paseada por todo el hospital
Remus empezó a caminar detrás de la medimaga pero Nicole le detuvo.
-Es ella ¿verdad?
-Nicole, por favor, no es el momento. Prometo que luego hablaré contigo, pero ahora tengo que irme.
Nicole asintió temblando de arriba abajo. Sentía una furia contenida al ver a aquella mujer que tanto sufrimiento le había causado pero ahora todo se estaba incrementando, sus brazos rodeaban a su novio y ella sabía que la causa de la melancolía de Remus en el terreno amoroso llevaba su nombre. Subió las escaleras hasta la planta que la orden tenía reservada para ellos y por el camino iba pensando una y otra vez cómo podía estar Remus tan ciego para tratar de aquella forma tan dulce a una asesina despiadada.
El director se había asegurado que estuvieran en una zona segura, aislada del resto del hospital para que nadie pudiera acceder a ellos, ni mortífagos ni aurores, sólo tres medimagos que pertenecían a la orden tenían la posibilidad de entrar a la habitación de Andrea joven mientras él estuviera fuera y no permitiera otra cosa. Había dejado que el joven Remus estuviera con ella una vez que tomara los antídotos, y había avisado de la llegada de Lupin con una herida a la que no podría ver nadie excepto Ann Becket, un joven medimaga de origen muggle que no tenía la más remota idea de quién era Sophie Markins.
Ya estaba bien entrada la tarde y aunque no había comido ni un bocado la angustia por saber el estado de sus amigos no les permitía comer nada. Después del incidente de los Potter que había acabado con la bofetada a James y la confesión de Lily, todos estaban sentados a la mesa del gran comedor, sin pronunciar una palabra, esperando cualquier noticia. En cuanto Dumbledore pisó el castillo después de dejar a Andrea y Remus en San Mungo bajo la exclusiva vigilancia de unos medimagos de su confianza, James tomó la cabeza de mando para exigir verles.
-Profesor, nos conoce muy bien como para saber que somos capaces de ir hasta Londres por nuestra cuenta si no nos deja ver a Andrea y a Remus- terminó diciendo James después de un buen rato de intentar razonar con Dumbledore sin obtener ningún éxito.
El director los miró uno a uno y se dijo para sí que estaba más que seguro de que aquello era cierto, de hecho no sería la primera vez que Harry, Ron, Hermione y Ginny se escapaban a Londres, y todo sin tener la mala influencia de James y Sirius con ellos.
-Tenéis que entender que es muy peligroso, no podéis estar yendo y viniendo a Londres. Tenéis que quedaros aquí.
-Podríamos ir a Londres- sugirió Harry mirando al director, que en seguida entendió de qué iba aquello.
-Eso ya lo he dicho yo- farfulló James.
-A pasar la Pascua, quiero decir- explicó Harry- ahora todos saben que estamos en el castillo y sería una tontería salir de aquí después de un ataque. Nadie sospechará que hemos ido a casa.
-¿A qué casa? - preguntó Sirius, al que el razonamiento de Harry le había gustado.
-A la tuya. Al cuartel de la Orden.-le contestó Harry- Profesor, nadie sabe de ese sitio y sería mucho más fácil ir a San Mungo desde allí.
-Es muy precipitado, Harry. Ya me dijiste que no ocurriría nada si os dejaba ir a Hogsmeade y mira lo que ha pasado- Harry se ofendió por ese comentario y el director intentó arreglarlo- No te estoy culpando de ello, pero es que quiero que entiendas que en la teoría todo es muy lógico y muy fácil pero en la práctica siempre hay algo que puede fallar.
-Profesor o esta noche hemos visto a Andrea o nos vamos por nuestra cuenta.
-No estoy dispuesto a aguantar tus amenazas, James. Nadie saldrá del castillo sin mi consentimiento.
-Pero estamos solos en el castillo- apuntó Hermione inteligentemente- Todos los profesores se han marchado y usted estará muy ocupado. ¿No estaríamos mejor en Grirnmauld Place?
El director se quedó meditando unos segundos. Hermione tenía razón, si quería tenerlos controlados estarían mucho mejor en Grimmauld Place donde siempre habría alguien y si los dejaba allí se exponía a que en cualquier momento se plantaran en Londres por su propia cuenta y voluntad.
-Iréis a Grimmauld Place- Sirius hizo una mueca de disgusto, volver a la mansión Black no estaba entre sus prioridades, pero todo fuera por ir a Londres.
-¿Y al hospital?
-Vendréis ahora mismo conmigo al hospital, pero sólo volveréis cuando yo lo diga ¿entendido?
Ann Becket, la medimaga encargada de la salud de Andrea, estaba comprobando sus constantes vitales. No podía administrarle nada excepto pociones sedantes para evitar el dolor. Su cuerpo no había sufrido magia negra, no había veneno en su sangre, sólo sufría las consecuencias del estado de su otro yo. Remus dejó a Sophie unos minutos con su madre y salió con la medimaga para contarle lo ocurrido, ella sabía que habían llegado los padres de Harry del pasado, incluso había reconocido a Remus cuando llegó con a herida en el brazo, así que fue sencillo contarle que era una antigua amiga del colegio que se había colado en la excursión temporal y que ahora la adulta sufría el ataque.
-Pero si es sólo una antigua amiga, ¿Por qué se ha empeñado Dumbledore en que sólo la atienda yo?
-Eso no puedo decírtelo, Ann, pero es muy importante que por ahora no entre nadie en la habitación.-la medimaga asintió- ¿Crees que sacaréis de ésta a Andrea?
-No lo sé, estamos haciendo todo lo que podemos, pero la cosa está muy complicada. Lo que ocurra mañana será determinante.
Remus se había sentado junto a la cama de Andrea y observaba a Sophie tumbada a su lado acariciarle la cara. Él necesitaba salir de allí, ver a Andrea le estaba matando, había decidido estar con Nicole y ahora él mismo la traía de vuelta. Ya no sólo era su fantasma sino también el de su novia y para colmo había tenido que traer a Sophie, la prueba de que Andrea le había olvidado.
-Vamos, Sophie, salgamos un momento afuera, tienes que comer algo, que no has cenado. -Remus levantó un poco a la niña que en seguida se irguió por sí misma y se colocó bien la ropa, dando a entender que no necesitaba a nadie. Arropó a su madre y la besó.
Remus se acercó a Andrea, le acarició la cara y se acercó para besarle la frente, pero se arrepintió a mitad del camino. Había decidido zanjar esa historia y abrir de nuevo la herida sólo supondría más dolor. Ahora su vida estaba con Nicole, que debía estar fuera esperándole.
-Feliz cumpleaños, Andy.
Tonks estaba en la puerta, había visto llegar a Remus y pasar cerca de una hora dentro de la habitación pero no sabía quién sería la mujer que traía en sus brazos. Remus salió acompañado de Sophie, que parecía estar haciendo grandes esfuerzos por mantenerse fuerte y no llorar, el hombre le pasó el brazo por los hombros y le apretó un poco para reconfortarla, lo que le sirvió para que la pequeña le sonriera, realmente le estaba cayendo bien.
-¿Ves a aquella mujer?- Remus se había agachado un poco para hablar a Sophie cara a cara. Sophie miró hacia donde estaba señalando Remus y vio a Nicole, sentada sola en una esquina- Tengo que hablar con ella así que te quedarás con esta chica de aquí ¿Vale? - Sophie la miró con desconfianza y a pesar de lo divertido de su aspecto, la niña retrocedió un poco y se acercó más a Remus.
-¿También tiene palo? Esto... ¿varita?-le preguntó en el oído.
-Sí, pero ya te he dicho que la magia es buena, no toda, pero la nuestra sí. Además Tonks es una policía. No te pasará nada con ella.
-Toma esto, seguro que te gusta- Tonks hizo un movimiento de varita y en su mano apareció un montón de ranas de chocolate y un pastel de melaza- Apuesto a que nunca has comido nada igual.
Sophie seguía desconfiando pero los dulces eran muy atractivos, miró a uno y a otro y al final aceptó probar una rana de chocolate.
-Procura darle una cena decente, Tonks-le riñó Remus- y tú- volvió a agacharse a la niña Y a hablarle al oído- No digas nada de dónde vives ni de tu madre ¿entendido?
La niña frunció el ceño dudosa de las razones que tendría para que no pudiera hablar de aquello pero aceptó rápidamente. No tenía a su madre y la única persona que le estaba inspirando confianza era Remus, así que haría cualquier cosa que le pidiera especialmente si con ello podía hacer algo por su madre.
Nicole se había querido apartar de todo para pensar un poco en todo lo que había ocurrido en ese día. Había tenido en sus manos la posibilidad de cambiar toda su vida, tener una familia normal y borrar el rencor que la carcomía día a día, pero lo había hecho de forma inconsciente, no había pensado en eso, sólo en la posibilidad de zanjar su venganza, de matar a quien la había destrozado. Vio a Remus salir después de un largo rato de la habitación acompañado por aquella niña y a su desesperación se unieron los celos. Se había encarado con ella para defender a Markins y se había marchado a buscarla, él sabía donde estaba mientras todo el mundo mágico la estaba buscando.
-Hola- Remus se sentó junto a su novia sin esperar a que ella levantara la cabeza.
-Esa niña... - desde que la había visto un odioso pensamiento se había apoderado de ella- ¿es sólo de Markins?
Remus sonrió amargamente, la idea de que fuera suya no le disgustaba pero por la edad era simplemente imposible, además él nunca hubiera sido capaz de permitir que Andrea quedara embarazada.
-y de su padre, supongo; pero por si te lo estás preguntando, el padre no soy yo.
-¿Por qué no la has entregado? Has estado ocultándola todo estos años mientras en el departamento nos volvíamos locos.
-Tengo mis razones.-le contestó sencillamente, ella levantó la cabeza y le miró casi decepcionada.
-Tú no lo entiendes, ella...
-Sé perfectamente quién era ella y lo que le hizo a tu familia- le cortó Remus, que imaginaba el dolor que le podía estar provocando todo aquello- Dumbledore me lo contó.
-No tenía ningún derecho- Nicole se puso de pie dándole la espalda y se cruzó de brazos. Estaba enfadada y en ese momento hubiera salido corriendo hacia la habitación de Andrea para matarla.
-Sólo quería que entendiera por qué esta mañana has estado a punto de matar a una niña que no sabe ni si quiera lo que es la guerra.- Remus le habló con calma, como si el tema a tratar fuera el tiempo en el sur de Inglaterra, pero sabía que cada palabra que decía estaba milimetrada para hacerle pensar sin herirla. Nicole cerró los ojos y bajó la cabeza, después de unas horas de enfriamiento se había dado cuenta de que matar a la joven Andrea no era realmente la solución y que podía haber causado un mal en el tiempo, pero la odiaba tanto... - Además no se puede cambiar la historia, Nicole.
-Lo siento- se giró para mirarle de frente y Remus se puso de pie- Siento haber intentado atacar a la niña Y prometo no hacerlo, pero no por ella sino por mantener la historia, por no ser la responsable de alguna catástrofe aunque dudo mucho que eliminar a Markins pueda suponer un mal para nadie.
-Nicole
-No, déjame hablar. Te he dicho que no atacaré a la joven, pero no me dejes cerca de la adulta porque no le daré tiempo ni a respirar.- Nicole escupía las palabras con un odio casi demoníaco.
-Te pediré esto como algo personal- Remus le acarició el brazo pero ella lo retiró todavía demasiado enfadada- Esta mañana te hablé en serio. No le hagas daño, no le hagas ni un rasguño.
-¿o qué?-le desafió ella.
Remus la miró fijamente, no iba a responder a aquello pero ella sabía muy bien que tocar a Andrea supondría no ver más a Remus. Eso sólo consiguió irritarla aún más, estaba poniendo a aquella asesina por encima de su relación.
-Ella fue una gran amiga desde el colegio, sólo te pido que no digas nada de que está aquí y que no busques venganza hasta que no hables con ella.
Nicole apretó los puños y se giró para que Remus no pudiera ver que su rostro se estaba contorsionando por el odio irracional que se estaba desarrollando en su interior.
-¿Una vieja amiga? - suspiró- Sé que estuvisteis enamorados y... - respiró hondo intentando aclarar al menos una de las partes que le llevaban a odiarla- ¿Sigues estándolo?
A Remus la pregunta le pilló por sorpresa, no sabía la respuesta aunque le hubiera gustado decir que no de forma tajante y rotunda. Buscó en su interior la respuesta y pensó en todo el tiempo que había pasado lamentándose por un fantasma, la miró a ella temblando incapaz de darle la cara y oyó a Sophie reírse por algo que le estuviera haciendo Tonks. Tenía que seguir adelante con su vida, tenía que dejarlo atrás todo tal y como lo había pensado, por mucho trabajo que le costara.
-Estoy contigo ¿no?- Remus le abrazó la cintura por la espalda.
-Sí pero esta mañana te encaraste conmigo, la defendiste a ella y fuiste a buscarla a dondequiera que estuviese antes si quiera que preguntarme a mí cómo estaba.-le reprochó ella.
-Está enferma y podía morirse si no iba a buscarla.
-Pues que se muera- Nicole se dio la vuelta todavía entre los brazos de su novio y le miró desafiándo1e, por ella no había ningún problema en que desapareciera para siempre y si podía hacerlo de una forma dolorosa mucho mejor -¿No crees que es lo que se merece?
-Nicole, en este tema vamos a tener opiniones muy diferentes, a mí no me valen tus razonamientos y a ti no te valdrán los míos, pero si quieres que sigamos juntos, procura no hacer nada por que muera.
Nicole se soltó del abrazo de Remus y se intentó marchar de allí. Había empezado a llorar de pura rabia, de ver que no quería entenderla, era la asesina de toda su familia, la única razón por la que se había convertido en auror, lo que le había llevado a seguir enfrentándose cada día en aquella guerra que para ella no valía nada excepto la oportunidad de encontrarse algún día con Sophie Markins.
-Nic,- Remus la agarró del brazo para que no se fuera, no quería verla así, sabía que sentía un odio irracional pero también sabía que lo había pasado muy mal- Ven aquí, anda- Nicole se dejó abrazar por él mientras se calmaba. - sólo es cuestión de tiempo.
Los medimagos habían salido de la habitación de la Andrea joven, le habían administrado pociones y antídotos pero ella seguía inconsciente. El brazo de Remus había mejorado, estaba menos hinchado y sus venas perdían el tono oscuro que habían tenido tiempo atrás, sin embargo todavía le dolía. Estaba sentado junto a la cama, acariciándo1e el brazo frío y b1anquedno.
-Siento mucho no haber podido ayudarte-1e susurró con la voz rota - Ojalá me hubiera pasado a mí
Llamaron a la puerta y Remus adulto la entreabrió. Si la escena de por sí ya era conmovedora para él fue casi desesperante. Su yo joven seguía acariciándola con ternura y susurrándole cosas al oído.
-¿Qué tal está?- Remus entró y se sentó al otro lado de la cama observándoles.
-Mal.
-¿Y tú?- Remus joven levantó la cabeza y le miró, estaba destrozado, reconocía esa expresión porque era la suya propia, así que no necesitó respuesta. El adulto empezó a acariciarle un poco la cara a Andrea y volvió a sentir aquella sensación electrizante, pero esta vez no retiró la mano. -¿Tú le regalaste esa flor?
-¿Qué flor? - el joven no sabía de qué le estaba hablando, estaba preocupado por la salud de Andrea y él le salía con aquello de una flor. Sólo quería estar a solas con ella, decirle que la quería más que nunca y rogarle que no se fuera.
-Andrea siempre le tuvo mucho cariño a una flor de porcelana, un azahar, pero nunca supo de donde lo sacó. - se calló un momento y adoptó una expresión dudosa como si no fuera posible lo que estaba recordando- Ahora, acabo de recordar que se lo regalé yo, bueno tú, nosotros; pero... yo nunca lo hice.
-Yo sí, esta mañana para su cumpleaños ¿no lo recuerdas? - el hombre negó con la cabeza- ¿Y ahora sí?
-Sólo eso, ha sido al tocarla.
Hubieran seguido hablando pero Tonks llamó a la puerta.
-Lupin, entro a trabajar ya y la niña dice que no se queda con Davids.
-Está bien, ya salgo- pero no le dio tiempo ni a ponerse de pie cuando Sophie se había colado entre la puerta y Tonks y se había puesto a su lado. - Te veo mañana, Tonks.
Remus se puso de pie para que Sopbie no pudiera ver a Andrea y la reconociera, bastante tenía con aceptar ese día la existencia de la magia como para tener que ver a su madre llegada del pasado.
-Tú hermano se parece mucho a ti.-le dijo ella observando al jovencito que estaba en la habitación con cara triste.
-¿Quién es esta niña?
Remus dudó unos segundos en responderle, le estaba viendo ahí tan enamorado de Andrea y recordaba lo que él había sentido con diecisiete años, no sería justo decirle que esa niña era hija de ella, pero tampoco merecía la pena mentirle, al fin y al cabo terminaría enterándose y había aprendido que cuantas menos mentiras hubiera mucho mejor.
-Es la bija de Andrea.
Los músculos del joven se helaron en cuestión de segundos y el adulto pudo ver cómo se le destrozaba el corazón. Recordaba lo que él había sentido cuando había visto la primera vez a Andrea con la niña en brazos; su mundo se había desvanecido entre sus dedos y fue incapaz de levantar la cabeza en muchas semanas.
-¿Conoces a mi madre? -le preguntó ella.
-Más o menos- acertó a contestar Remus joven mientras apretaba con fuerza la mano de su novia, la que años después sería la madre de aquella niña que tenía en frente.
Si le hubieran dado tiempo para recomponerse le habría preguntado que quién era el padre o le habría recriminado al adulto haberlo permitido pero la puerta volvió a abrirse, esta vez sin aviso y los chicos entraron en tropel seguidos de Dumbledore. Lo primero que hizo Sophie al verles entrar de esa forma tan alborotadora seguidos de aquel viejo de barba larga y aspecto extraño, fue acorralarse detrás de Remus, que la abrazó un poco.
-Tranquila, Sopbie, son amigos míos y este hombre de aquí es el profesor Dumbledore, el mago más poderoso y el director del colegio.- Ella hizo una mueca de asco a la mención del colegio pero se soltó de Remus al ver que eran gente de confianza.
Dumbledore se acercó a Remus después de haber echado un vistazo a Andrea, que permanecía ignorante al barullo que se estaba montando a su alrededor.
-Voy a ver cómo está Andrea. Hace mucho tiempo que no la veo- comentó el profesor- ¿Dónde está Becket?
-Dijo que pasaría otra vez por la habitación dentro de un rato.
-¿Quién es esta niña?- Sophie seguía sin separarse de Remus aunque al menos ahora no se estaba escondiendo, así que cuando oyó la referencia a ella se irguió muy digna para hablar.
-Soy la hija de Andrea. Me llamo Sophie Mackenzie- estiró la mano para estrecharla con Dumbledore que sonrió al ver lo pizpereta que era.
-Encantado, Sophie, yo soy Albus Dumbledore.-le sonrió y se dirigió al adulto que tenía al lado.-Cuando acabes aquí, llévalos al cuartel general. Pasarán allí las vacaciones.
-Yo... quería pasar aquí la noche.-le contestó Remus. El director le miró con cariño y le dio un golpecito en el hombro.
-Preferiría que fueras con ellos, además ya tendrás tiempo. - Remus asintió en silencio.
Al oír a la niña todos se había callado de golpe, casi no se habían fijado en su presencia porque habían estado muy preocupados por Andrea y Remus y al oír al director y sobretodo al oír la respuesta de ella se habían quedado petrificados. Sirius y James miraron a Remus al instante para ver su reacción pero él que ya sabía quién era no levantó la cabeza y siguió concentrado aunque ausente en Andrea.
Remus sacó de allí Sophie, cuanto menos viera a la joven menos tiempo tendría para hacer elucubraciones, teniendo en cuenta lo suelta que era y el genio que tenía sólo sería cuestión de tiempo que averiguara toda la verdad y prefería saber la opinión de Andrea antes de darle aquella información a su hija.
El pasillo estaba desierto y él esperó en la puerta mientras la niña se despedía de Andrea después de que Dumbledore hubiera salido de la habitación. En un primer impulso quiso entrar, quedarse a su lado toda la noche, porque si despertaba estaba seguro de que estaría muy asustada. El mundo mágico en su conjunto la perseguía y todavía le quedaba por aclarar quién le había atacado para que Sophie tuviera tanto miedo a una varita, pero prefirió no tentar a la suerte y quedarse fuera, tenía que quedarse en el presente aunque cada minuto que pasaba estaba más y más seguro que le supondría un terrible esfuerzo.
N/A: lo prometido es deuda y dije que este capitulo estaria pronto, asi que ya esta! Espero que os guste mucho, a mi me encanta. Muchas gracias por los reviews y por los animos, sin vosotros no podria escribir. Un beso muy fuerte y hasta la proxima.
