CAPÍTULO 41: ME DESPERTÉ SOÑANDO.
A Harry la salida para ver a Remus en Grimmauld Place le costó perderse el desayuno y llegar a clase de pociones tarde y con un hambre voraz. Intentó entrar en clase con el mayor disimulo posible para evitar que Snape se diera cuenta de su tardanza pero no lo consiguió. Snape estaba de espaldas a la puerta, pero se había dado cuenta de su ausencia y escuchar la puerta y unos pasos furtivos sólo le hicieron esbozar una sonrisa perversa de satisfacción.
-Veinte puntos menos, Potter- había un tono de felicidad en su voz como si hacerlo le produjese un gran placer- Y la próxima vez déme el gustazo de no verle la cara.
Harry no le contestó, se sentó junto a Ron en la zona en la que todos sus amigos estaban concentrados alrededor de los calderos y le hizo una mueca a Ron para indicarle que pasaba de Snape. Estaba de buen humor, le daba igual perder veinte puntos porque luego los recuperaría en cualquier otra asignatura, así que lo único que le contaba esa mañana es que se había marchado del colegio con la preocupación de que Remus estaba herido y lo había encontrado muy bien tanto de salud como de compañía.
-¿Qué tal Remus?- le susurró Andrea sin mirarle, para que Snape no se diera cuenta.
-Muy bien, lo estabas cuidando cuando llegué-Andrea levantó la cabeza sorprendida del caldero haciendo sonreír a todos los que estaban pendientes de ella- Pero ahora lo he dejado con Nicole.
La sonrisa se le cayó de golpe y adoptó la misma cara de asco que Sophie solía poner cuando se le nombraba a Nicole, así que todos volvieron a su tarea de conseguir una poción muy líquida y transparente, aunque lo cierto era que para la mayoría de ellos el concepto de "muy líquida" no estaba quedando nada claro. Snape se estaba paseando entre las mesas, dando indicaciones a los pocos alumnos de Slytherin que quedaban en su clase y bramando al resto por cualquier error minúsculo.
-Perfecto, Malfoy, está muy bien.- comentó en voz alta para llamar la atención de todos- Diez puntos para Slytherin por su poción.
Draco sonrió con superioridad y como siempre hacía miró a donde estaba el grupo de Gryffindor para restregarles su capacidad para las pociones.
-Gilipollas- murmuró James cortando en trocitos una lengua de iguana disecada- ¡Es que no lo soporto!
-Tranquilo- le susurró Harry con una cara excesivamente maliciosa- Se va a enterar ése.
Andrea le había dicho que tenía que practicar su poder con el fuego y Harry no pudo encontrar mejor situación para practicar que aquella. Se concentró levemente, puesto que ya lo controlaba bastante, e hizo que el fuego sobre el que estaba el caldero de Malfoy aumentara su potencia haciendo que la poción se estropeara a pesar de los muchos esfuerzos que estaba haciendo el chico. Los Gryffindor tuvieron que hacer lo imposible para no desternillarse de risa al verle la cara a Malfoy luchando contra un fuego descontrolado.
-¿Se puede saber qué hace, señor Malfoy?- Snape se había percatado de lo que le estaba pasando a la poción de Malfoy que cada vez estaba más espesa y bullía con más fuerza- ¡Baje ese fuego!
Los chicos seguían aguantando la risa en sus sitios, intentando mantener la compostura pero estaban al borde del colapso. James se volvió para hacerle un gesto a su hijo de aprobación con las manos antes de volverse a esconder tras el cuello de su túnica para que no se le notara tanto.
-Espera a ver esto.
Harry movió su mano intentando esconderse tras la espalda de su padre para que nadie se diera cuenta excepto ellos y una de las llamas se movió hacia Snape incendiándole la túnica. A partir de ahí el espectáculo fue grotesco, Snape se sacudía la túnica con las manos para intentar apagar las llamas, todos gritaban o reían ahora sin tapujos y el profesor empezaba a alterarse. Fue corriendo hasta su mesa a coger la varita para intentar apagarlo, pero Harry volvía a mover las manos y reavivaba el fuego. No quería quemarle vivo, pero cambiar de túnica no le vendría nada mal.
-¡¡Fuera!! Fuera todo el mundo- gritó Snape desquiciado y sus alumnos no tardaron ni dos minutos en hacerle caso y dejar el aula vacía.
Para desgracia de todos, pero especialmente de Harry que se moría de hambre, la siguiente clase estaba a punto de empezar, así que sin poder quitarse la carcajada y relatando una y otra vez la cara de Snape apagando las llamas se fueron al aula de encantamientos para su clase con Flitwick.
Antes de la comida todos se habían buscado planes. Ginny tenía un examen al día siguiente y pensaba pasar todo el día en la biblioteca; Ron ni si quiera había empezado el trabajo de transformaciones que tenían al día siguiente, y aunque él no estaba dispuesto a saltarse la comida para hacerlo, Hermione lo arrastró a la sala común para dejarle allí hasta que terminara. Sirius había quedado con Patricia para pasar un rato juntos y el resto excepto Harry, que había salido en desbandada hacia el comedor, se había retrasado un poco hablando con el profesor Flitwick sobre un trabajo que tenían que hacer.
Harry estaba sentado solo en la esquina de la mesa de Gryffindor, deleitándose en una pizza como si ese fuese el mayor de los placeres del universo. Como nota mental se apunto no volver a saltarse un desayuno, pero ahora no importaba, se había atrincherado rodeado de los mejores platos de la mesa y pensaba darse el gustazo con el último trozo de su pizza favorita.
-Hola cariño- Lily había pasado por su espalda y le había dado un beso en la cabeza antes de sentarse a su lado.
-¿Qué pasa, chaval?- James le había dado un golpecito en el hombro y había tomado asiento al otro lado de Harry- ¡Ostia! Pizza- justo cuando Harry se disponía a darle un bocado al último trozo de pizza que le quedaba James se la había arrebatado de las manos y se la estaba comiendo tan felizmente.
-Eso era mi pizza favorita- se lamentó él.
-¿Y con quien compartirla mejor que con tu padre?- bromeó James con la boca llena.
A Harry le hizo ilusión ese comentario, allí estaba sentado entre su padre y su madre, sin mentiras ni broncas. Era lo más parecido a una familia normal que podrían llegar a ser alguna vez y se sintió completamente feliz. Ese parecía ser un buen día.
A la caída de la tarde Grimmauld Place comenzó a ser un hervidero de personas que entraban y salían, cuchicheando y portando mapas que extendían en la mesa del salón para luego volver a salir a la carrera. Remus había resistido una hora sin bajar al salón para enterarse de lo que ocurría, pero después de ese tiempo ya estaba desesperado, así que se levantó con las protestas de Andrea de fondo y bajó las escaleras para ir al salón donde en ese momento había cinco personas. A penas podía andar por sí mismo, la herida del costado y los efectos de la luna llena anterior lo habían dejado muy mal, pero su voluntad era mayor y sabía que en las circunstancias en las que estaban no podían permitirse el lujo de mantener a alguien entre algodones.
-¿Qué ha ocurrido?- Andrea, a la que le interesaba poco o nada lo que estuviera tramando la Orden ayudó a Remus a sentarse y se volvió para salir pero Remus, sin mirarla le agarró de la mano para que se quedara.
-Hay tres ataques, parece que están como locos.- Shacklebot tenía un mapa del Reino Unido extendido en la mesa- En Warwick hay un ejército de trescientos mortífagos, están arrasando y casi no podemos pararles. En Norwich hay gigantes, no queda nada en pie, los aurores del ministerio están allí, pero casi no tenemos para hacerles frente.- Andrea seguía allí con su mano presa bajo la mano de Remus en la mesa que bebía las palabras del auror, a ella todo le llegaba como un eco, recordando lo que había sido programar esos ataques masivos. Una época dura y un descanso, esa era la política de Voldemort y ahora era uno de los momentos más duros.- Lo peor está aquí, Birmingham, nos falta demasiada gente para hacerles frente, se han instalado en un complejo enorme donde hay un colegio interno y un hospital muy cerca.- La idea de que cientos de niños y enfermos estuvieran en peligro sobrecogió a todos los que estaban en la habitación, pero Shacklebot parecía estar escondiéndose algo.- Allí están los dementores y los hombres lobo.
-Pero hoy no hay luna llena.- una chica joven que se había incorporado ese año a la Orden del Fénix parecía estar muy asustada pero había determinación en su mirada.
-No importa.- le explicó Remus- Fue anoche y el efecto todavía es muy cercano, si muerden a un niño no los convertirán en licántropos pero… les joderán toda la vida.
Remus soltó la manó de Andrea y dio un fuerte golpe en la mesa. Andrea se había quedado estática, casi conmocionada, pero terminó reaccionando y repitió su operación de salir de allí, sin embargo antes de que cruzara la puerta las palabras de Remus la hicieron detenerse.
-Yo voy a Birmingham- Con mucho esfuerzo se volvió a poner de pie intentando aparentar que no sufría ninguna dolencia, pero cuando levantó la cara se encontró con la mirada sorprendida y desafiante de Andrea.
El resto de miembros de la Orden se percató del sobresalto de Andrea y de cómo estaba mirando a Remus, así que después de un momento de desconcierto empezaron a recoger las cosas para marcharse.
-Markins, por favor, ¿puedes informar al resto de personas que vayan llegando?- le pidió Shacklebott amablemente antes de salir, pero ella no dijo ni una palabra, seguía mirando a Remus fijamente, como la madre que mira a un niño que acaba de hacer una trastada gorda.
-Tranquilo, Kinsgley, Andrea se encargará de informar a quien venga- Remus habló con firmeza, sin apartar la mirada de Andrea, no iba a permitir que lo cuidase como a un niño mientras el resto se arriesgaba y mucho menos en una situación como la que estaba Birmingham
Andrea y Remus se quedaron solos en la habitación, en medio de un silencio desafiante, sin llegar a entender cómo el otro podía actuar como lo estaba haciendo. Remus se dirigió a la puerta que estaba custodiando Andrea y pasó por su lado, ignorando tanto su mirada inquisitiva como los dolores que estaba sufriendo. Le costaba andar y respirar al mismo tiempo, pero hizo todo lo posible por parecer lo más recuperado posible.
-No puedo creerme que te arriesgues de esa manera ¿Desde cuándo eres tan loco?
-¿Y tú? Te recuerdo que arriesgaste tu vida y tu cordura para sacarnos de la guerra y ahora te dedicas a esconderte como un animalillo indefenso.- Remus se había vuelto con brusquedad para encararla y sus palabras parecían haber causado efecto en la mujer porque mostró un deje ofendido- Yo no puedo permitir que los dementores y los licántropos acaben con cientos de niños. Quizá tú perdieras tu conciencia por el camino pero yo sigo necesitándola tranquila para dormir por las noches.
No esperó ninguna respuesta de Andrea porque sabía que no la tendría, de manera que con esfuerzo camuflado empezó a subir los escalones uno a uno, apoyando siempre la misma pierna. Ella se quedó parada en el vestíbulo, observándole subir con dificultad e imaginando qué ocurriría si saliera esa noche otra vez a luchar.
-Yo iré.- Remus se dio la vuelta despacio desde lo alto de la escalera y la observó plantada con decisión, mirándole, sabía que lo hacía por él y no estaba seguro de hasta qué punto quería permitirlo.- Tú estás muy débil y todos los licántropos te quieren muerto por traidor. Yo te sustituiré.
Remus guardó silencio mientras ella subía las escaleras pisando con paso fuerte y empezando a mostrar esa máscara imperturbable que la protegía, en esta ocasión era miedo, pero ya lo había decidido.
-No vas a ir. Habrá aurores y seguramente algún mortífago. Si vas te descubrirán y estarás muerta antes de lo que piensas.- ella le sonrió, pero había dejado de ser una sonrisa dulce o amigable. Era distante, fría y dura, todo en lo que se convertía para dejar el mundo fuera.
-Puede que lleve más de quince años sin luchar, pero sabes perfectamente que he salido viva en muchas batallas, los aurores no me preocupan. Te recuerdo que he sido la única en acabar la carrera en un año, así que sé cómo se mueven- Remus hizo un gesto con la cabeza de negación, empezaba a mostrar su arrogancia y eso sólo significaba que o la ataba o acabaría en la batalla – Y por los mortífagos… de esos no hablamos.
Pasó por el lado de Remus con altanería, mostrándole una seguridad que ella misma no sentía, pero él la cogió del brazo y le hizo mirarle a la cara. Estaba tan cerca y tan preocupado que sintió que todo su personaje se resquebrajaba y se quedaba al desnudo.
-Ven conmigo- sin soltarla del brazo y sin que ella opusiera ninguna resistencia la llevó a su habitación y empezó a buscar algo en el primer cajón. Era una daga con la hoja de un metal brillante y blanquecino, en la empuñadura tenía un fénix gravado en la madera negra- Es plata. Todos los miembros de la orden tenemos uno.
-Yo no pertenezco a ninguna Orden. Siempre he trabajado sola. No lo quiero.
-No te lo estoy ofreciendo. ¿Quieres sustituirme? ¿Quieres enfrentarte a los licántropos? Pues bienvenida al otro bando, nosotros nos enfrentamos a ellos con esto.- Andrea cogió la daga que le estaba ofreciendo y la abrochó en su cinturón después de escuchar la dureza con la que le había hablado.- Mata a todos los que puedas.
Andrea levantó la cabeza y le miró fijamente. Nunca había luchado a su lado y había evitado luchar en contra de manera que no conocía su parte guerrera, para ella siempre era el hombre dulce que la esperaba en su casa para pasar una velada tranquila. Sintió que en aquellas facciones duras había algo más atractivo y cuando él le puso la mano en el brazo, notó un cosquilleo en el estómago muy parecido al que sentía cuando tenía quince años.
-Remus, mañana…- ella resopló rendida, había perdido de repente toda su fuerza y lo que le iba a pedir le hacía todavía sentirse peor- mañana no salgas de casa, por favor. Necesito que te quedes…
-¿Dónde vas?- la cortó él- ¿Quieres que me quede con Sophie?
-No, con la niña no, voy a necesitar que te quedes con otra Sophie.
Remus se dio cuenta de lo que le estaba pidiendo y de lo duro que iba a ser para ella enfrentarse a sí misma esa noche. Se acercó a ella y la abrazó como no lo había hecho en muchos años, la estrechó por la cintura y le pasó la mano por la espalda, era como una forma de decirle que estaba ahí, que estaría siempre. Se separó un poco, sin soltarla de la cintura mientras con la otra mano le quitaba el pelo de la cara.
-No te preocupes por eso.- ella le sonrió sin fuerzas para seguir fingiendo y le dio un beso en la mejilla, el primero después de tantos años. Los dos se mantuvieron ahí, pegados cara con cara, alargando ese momento que se les había resistido durante tanto tiempo- Vuelve- le susurró antes de separarse de ella.
-Si no…
-Volverás- le cortó él antes de que ella expresara en palabras el miedo que sentía- Siempre lo has hecho.
Ella forzó una sonrisa y asintió levemente pero no mostraba ninguna convicción. Siempre era demasiado tiempo y de lo que estaba por venir no había nada seguro. Seguida de Remus, se fue a su cuarto a buscar la varita dentro de la caja de madera tallada, había ignorado la advertencia de Remus de llevarla siempre consigo, pero se sentía más segura con aquella arma escondida. No sintió ningún poder extraño, ni ninguna sensación maligna cuando la empuñó, ya no tenía miedo.
-No le digas nada a Andy.
Y sin más comentario que una despedida silenciosa en una mirada que decía mucho más de lo que ellos podían llegar a expresar Andrea desapareció con un fuerte crack después de llevar diez años sin ser capaz de hacerlo.
La noche ya estaba tornando el horizonte de colores rosados cuando Andrea apareció en Birmingham en medio de una lucha encarnizada, se quedó unos segundos respirando el fragor de la batalla y todo fue como si no hubiera pasado el tiempo, como si la varita que ahora llevaba en la mano hubiera sido una prolongación de su cuerpo toda la vida. Se hizo un nudo con dos mechones del pelo para quitárselo de la cara y se remangó la manga derecha dejando, como siempre hacía el brazo izquierdo, y su horrible marca, escondidos.
Sabía que no tenía aliados en esa contienda, que tendría que defenderse de unos y de otros y cumplir con la petición de Remus. Podía escuchar gritos a su alrededor y un frío indescriptible se aferraba a sus huesos hasta casi paralizarla, los dementores debían estar cerca y ella tenía demasiados lamentos en su cabeza como para oírlos nuevamente, tendría que estar atenta. Sin darse cuenta de lo que estaba haciendo ni de lo que estaba diciendo había lanzado una maldición contra un hombre que estaba atacando a una mujer herida en medio de una calle en la que la sangre empezaba a correr como un río. No se oyó a sí misma gritar la maldición asesina contra un joven mortífago que quería atacarla. Esas palabras habían salido tantas veces de sus labios que ya no tenían significado. Poco le importaba que el ministerio aún no las hubiera permitido, al fin y al cabo, ella era para todos los del ministerio una asesina sin piedad; uno más en su cuenta no pesaría, pero sí le estaba pesando. Sin advertirlo estaba volviéndose a dejar llevar por todo lo que significaba luchar, pensaba que estaba manteniendo el control, que no se estaba dejando llevar por la magia negra exclusivamente porque no le temblaban las manos, pero su mente se estaba ofuscando; sólo veía el siguiente objetivo, solo pensaba en el siguiente movimiento o en la próxima táctica.
Con giros hábiles y movimientos que creía haber olvidado llegó al epicentro del enfrentamiento. Los niños corrían atemorizados, gritaban con voces agudas y desquiciadas que no hicieron más que aumentar el furor de Andrea. Ese olor a sangre, a muerte, los gritos y los hechizos volando a su alrededor, era como si hubiera nacido para estar allí, como si no existiera más vida que la de tener una varita en la mano y poder arrebatarle la vida a otra persona. Una niña que no tendría más de tres años se estrelló contra sus piernas y arrancó a llorar incapaz de seguir moviéndose; Andrea se sobresaltó en medio de su duelo con un licántropo que usaba varita y le lanzó la daga que Remus le había dado directa al corazón; antes de agacharse ante la niña, la había vuelto a invocar con la varita y brillaba en sus manos bajo la luz de la luna casi llena, cada vez más alta en el cielo. Durante unos segundos no era capaz de ver nada más que un bulto que había chocado con ella, pero la niña no podía parar de llorar y sus ojos azules por un momento le recordaron a Sophie, haciéndola reaccionar, la abrazó y se interpuso en medio del camino entre ella y un dementor justo antes de que éste se abalanzara sobre la niña.
Los gritos de su cabeza la paralizaron, las suplicas de las que después fueron sus víctimas, el dolor desgarrador de sus propios cruciatus, sabía que todo era efecto del dementor, el frío intenso que estaba sintiendo se lo decía pero no era capaz de salir de aquello, sólo oía gritos y llantos. Fue precisamente un llanto, el de la niña que estaba aprisionada entre sus brazos el que le hizo reaccionar, se sobrepuso a sí misma y gritó un fortísimo "expecto patronus" que la iluminó tanto a ella como a la niña que seguía gimoteando. Una enorme águila plateada voló bajo hasta atravesar al dementor, empezó a volar en círculos alrededor de la niña y de Andrea dejándoles un halo protector de una muy condensada materia blanquecina.
-Márchate de aquí y escóndete- le ordenó a la niña sin ápice de ternura- El águila te seguirá hasta que estés a salvo.
La niña no dijo nada, simplemente asintió con la cara llena de lágrimas y echó a correr hacia un edificio cercano. El águila batió sus alas por encima de la pequeña y Andrea la observó protegerla tal y como su padre, un ravenclaw hasta la médula, había hecho con ella toda la vida. El momento fue interrumpido por el abrazo sucio y agresivo por la espalda de un hombre lobo que forcejeó con ella para morderle el brazo, pero antes de que hubiera podido acercar sus dientes al hombro de Andrea, ésta le había clavado la daga en el costado. El licántropo gritó de dolor dejando el olor nauseabundo de su aliento en la nariz de Andrea que lo miró con repulsión antes de volverse a luchar con el siguiente.
De su mente se había disipado otra vez cualquier pensamiento humano, no oía ni veía nada más que aquello que estuviera delante de sus ojos, no prestó atención a la cara de los mortífagos, pero tampoco le importaba que la reconocieran y acabó con aquellos que se le ponían en medio del camino. Cada muerte significaba fuerza, cada grito sólo era poder para su re-estrenada alma de guerrera. Clavaba la daga hasta el final mirando a los ojos a su oponente, deleitándose con su sufrimiento y le sonreía mientras se retorcía de dolor cayendo a sus pies. Tenía la ropa llena de sangre pero no le importaba, era un adorno más en el renacer de una parte de su alma que había acallado durante muchos años y que ahora salía como una explosión.
Escuchó gritar a un anciano que tenía encima a una licántropa intentando morderle. Andrea se giró hacia ellos y como siempre, sin pensar en sus movimientos, agarró a la mujer loba del pelo tirando hacia atrás para dejar toda la garganta al descubierto. Le pasó la daga despacio, deleitándose en el tacto de la hoja brillante al sajar la carne de la mujer que no fue capaz de emitir más que un gruñido de desconcierto.
-¡A tu espalda!
Alguien le había gritado advirtiéndole de la presencia de una nueva amenaza detrás de ella. Un "avada kedavra" cruzó el aire estrellándose contra el pecho de una mujer que lucía en su brazo izquierdo la misma marca que ella llevaba en el suyo. Con la lucha la manga se le había roto y ahora era ella misma la que mostraba la marca tenebrosa. El hombre que le había advertido momentos antes de que corría peligro se dio cuenta de ello y pasó su mirada asombrada de la marca a la cara de la mujer. No podía creer que una mortífaga les hubiera estado ayudando contra los hombres lobo, que hubiera luchado con tanta fuerza contra los que se suponía eran sus aliados, pero lo peor de todo es que en medio de su conmoción, la reconoció.
-¡¡Markins!! ¡¡Markins está aquí!!
Andrea vio que había llamado la atención de otros hombres y mujeres que luchaban a su alrededor y no les dio tiempo a apuntarles con su varita, con un nuevo crack desapareció de entre ellos para volver a materializarse en el otro extremo del campo de batalla. Intentó seguir como antes pero la voz empezaba a correrse entre el bando de los aurores. Quiso huir, salvarse y volver como le había pedido Remus, pero su otra petición y su sed de muerte podían más con ella. Sonrió ante la perspectiva de una nueva víctima y después de un duro duelo con un hombre lobo corpulento acabó clavándole la daga en el corazón, repitiendo una ceremonia que empezaba a satisfacerle increíblemente.
Sintió una mano masculina aferrarle del brazo y sacarle de su placer, pero no le importó; con la misma fuerza y un acérrimo sadismo en la mirada se fijó en su agresor y le colocó la daga en la garganta, dispuesta a disfrutar de un nuevo sufrimiento.
-¿Estás loca? ¡¡Lárgate de aquí!!- Kingsley Shacklebott le agarró la mano de la daga y la separó de su cuello antes de seguir hablándole- Te han reconocido, si sigues aquí estás muerta.
Le costó reconocer los sonidos y transformarlos en palabras hasta que adquirieron significado en su cabeza. El hombre seguía aferrándola con fuerza, más por su propia seguridad que por la de ella, hasta que la expresión de Andrea empezó a abandonar su toque de psicopatía y volvió a la normalidad.
-Vuelve al cuartel. No pueden cogerte. ¡¡Vamos!!
Fue cuestión de segundos, escuchaba de fondo el griterío y en medio de aquello su nombre resonaba, pero ella quería seguir, quería volver a matar, a sentirse fuerte y entonces por primera vez en toda la noche fue consciente de que había vuelto a dejarse llevar por la magia. Ahora sólo había un destino posible.
Apareció con un crack en una habitación oscura de Grimmauld Place y por fin todo el fragor y el griterío en el que se había metido había desaparecido. Sólo se oía la respiración de Remus que estaba tumbado en la cama en apariencia dormido. Andrea le observó a unos dos metros de distancia e intentó llevar su respiración al mismo ritmo que la suya, olvidar todo lo que acababa de ocurrir y volver a ser ella misma. Siempre funcionaba con él, en los peores momentos, cuando más perdida había estado siempre se había escapado para pasar la noche con él, para dormir a su lado y que el mundo se detuviera. Ahora sabía que era la única opción que tenía para no perderse, pero las cosas habían cambiado y no estaba segura de hasta qué punto Remus aceptaría que ella se metiera en su cama.
Él había oído el crack que anunciaba la llegada de Andrea, no había podido dormir en toda la noche pensando en qué estaría ocurriendo y en cierto modo esperando que ella volviera a recurrir a él. Si lo hacía, sólo podía significar una cosa, le seguía queriendo hasta tal punto que sólo él mantenía su cordura. No se movió cuando ella apareció, ni abrió los ojos cuando se sintió observado en la oscuridad, no quería presionarla, sólo dejar que siguiera su instinto y por lo pronto su instinto o su corazón la habían vuelto a llevar a su cama.
Andrea había dudado de su decisión y se dirigió a la puerta para marcharse, en silencio, de puntillas para no despertarle, tomó el pomo de la puerta y su cerebro le dijo que se marchara, que lo suyo había acabado y él ya no podía ayudarla, pero algo reprodujo sus palabras No dejé que te perdieras en medio de la magia negra y no voy a dejar que te pierdas ahora. Se miró la ropa llena de sangre y suciedad y se la quitó despacio y en silencio, cogió de la silla la camisa del pijama que Remus nunca usaba para dormir y se la puso. Le temblaron las manos al tirar de la sábana que tapaba a Remus pero consiguió moverlas y colarse dentro. Se acurrucó junto a su cuerpo caliente, parecía que él le hubiera guardado un sitio en la cama, y consciente o inconscientemente lo había hecho.
Remus no se movió cuando sintió su cuerpo pegado al suyo, cuando notó su calor y el temblor de sus manos buscando una postura cómoda entre las almohadas y su pecho. Sonrió en la oscuridad cuando ella se mantuvo quieta, apoyada en su pecho, como siempre había hecho en el pasado. Sintió deseos de abrazarla, de apretarse aún más contra ella y decirle que no pasaría nada, que él seguía ahí para ella, pero no lo hizo. Se dejó llevar por su respiración y por el tacto de su piel hasta que ella parecía haberse calmado totalmente. Para Andrea, dormir con él era una terapia de choque, era mantenerse atada a lo único que toda la vida la había visto como lo más precioso del mundo. Los gritos habían sido sustituidos por su respiración lenta y acompasada y el olor de la sangre por el olor de su cuerpo, ese que tanto echaba de menos y que ahora la estaba reconfortando como una taza de chocolate caliente en medio del invierno. Se dejó llevar por la sensación de paz y de cariño que la envolvía, por la calidez de su cuerpo y por el sube y baja del pecho sobre el que estaba recostada, hasta entrar en un sueño en el que la pesadillas no se atrevían a entrar.
El sueño les había vencido y en medio de la subconciencia sus cuerpos se había movido hasta adaptarse el uno al otro como dos pedazos rotos de un mismo jarrón. Andrea seguía durmiendo sobre su pecho, pero ahora le abrazaba con una mano y tenía su pierna enredada en la de él. Remus por su parte había terminado abrazándola a ella con un brazo, manteniéndola así totalmente pegada a su cuerpo. La mañana hizo que Remus se despertara, resistiéndose a abrir los ojos por si lo que estaba sintiendo era un sueño. Notaba el cuerpo de Andrea dormir sobre su pecho desnudo, totalmente inerte y entregado. No pensó ni por un momento que pudiera ser Nicole, de hecho, no pensó ni un instante en la mujer, sólo sabía que volvía a tener a Andrea en su cama, abrazada a él. Se obligó a abrir los ojos, recordando lo que había ocurrido la noche anterior para asegurarse de que no había sido un sueño, y no lo era. Cuando los abrió Andrea seguía allí, iluminada ahora por la luz del sol y ajena al hecho de que él la estuviera observando. Acarició la mano manchada de sangre que reposaba en su pecho y con la otra empezó a pasar los dedos entre los rizos. ¡Cómo había echado de menos esa sensación! Ella se movió un poco, pero no se despertó, sólo había pasado la cabeza del pecho a la almohada dejando por suerte o por desgracia su cara durmiente demasiado cerca de la de Remus. Él la observó tan calmada y tan dulce, como la niña que conocía años atrás y se giró no sin algo de dificultad por la herida del costado hasta quedar frente a ella. La totalidad de sus cuerpos estaban en contacto y tan cerca que era difícil enfocar con claridad, pero Andrea seguía durmiendo como el niño que descansa en el pecho de su madre, con la misma tranquilidad y sosiego, como si nada en el mundo pudiera dañarle mientras siguiera allí.
Remus siguió así un buen rato, simplemente admirándola y acariciando su pelo. Tenía la cara sucia y el pelo enredado y manchado de sangre, pero no importaba, porque se habían conocido tan a fondo que la apariencia ya sólo era un adorno. Le besó la frente, como si así pudiera protegerla de todo lo que la atormentaba y ella empezó a retorcerse levemente, como un gato que ronronea satisfecho. Remus no pudo reprimir una sonrisa enorme. Todavía le costó un rato abrir los ojos pero cuando lo hizo se quedó mirándole con la misma sonrisa que él tenía, acurrucada a él como si la vida le fuera en ello, como si siempre se hubiese despertado así, pero reaccionó. Cambió su expresión de satisfacción absoluta por una sorpresa casi vergonzosa, le empujó levemente para separarle de ella y se intentó levantar de la cama, pero Remus la agarró del brazo.
-¿Dónde vas?- aquella reacción le divertía, le hubiera gustado más que siguiera abrazada a él porque ahora que se había levantado sentía un vacío que no era sólo producto de haberse alejado de una fuente de calor.
-Lo siento, lo siento mucho, de verdad. – Andrea seguía sentada en la cama pero más alejada de él que antes, se tapaba la cara con la mano que tenía libre y negaba realmente avergonzada de aquella situación- Yo no quería… pero es que…
-No pasa nada.
-Ayer me puse muy mal- siguió ella ignorándole por completo- Bueno… antes… para mí dormir contigo…
-¡¡Andy!! ¡¡Para ya!!- Andrea se calló de golpe y le miró como una niña indefensa. Él se colocó mejor en la cama antes de seguir hablando- No me importa que duermas conmigo, es más no me importaría que volvieras a hacerlo esta noche.
Se le cayó el mundo de repente. Ahí estaba él, tomándola de la mano y pidiéndole que volviera. La mente se quedó en blanco y el miedo reaccionó por ella, sin pensarlo, sin sentirlo. Empezó a negar con la cabeza como si estuviera dentro de una pesadilla y a Remus le cambió la cara. No sabía por qué le había dicho aquellas palabras, pero ahora que ella se negaba era como si le cayera un balde de agua fría.
-No me hagas esto.- Se puso de pie y se dirigió a la puerta, donde en el suelo estaba su ropa tirada de cualquier manera- No, no, no, no. Después de tanto tiempo no.- parecía estar hablándose a sí misma más que a él, que se había quedado mudo.
Siguió negando con la cabeza mientras recogía su ropa del suelo. Remus se estaba poniendo de pie apoyándose en una silla que tenía enfrente. Les separaban unos dos metros, pero Andrea, agachada en ese momento y casi petrificada lo vio más fuerte, más grande y más seguro que nunca y volvió a asustarse, como si toda la máscara que se había hecho durante años contra la magia, contra el dolor y sobretodo contra él, se fuera a romper tan solo con una nueva palabra dulce.
-Andy, yo…
La puerta se había abierto y Remus no había sido capaz de seguir con lo que estaba a punto de decir, junto a Andrea que se había quedado paralizada agachada recogiendo su ropa estaba Nicole, parecía muy cansada después de toda la noche trabajando pero en ese preciso instante, las bolsas de sus ojos sólo eran un adorno para la decepción y el dolor que estaban mostrando. Andrea se puso de pie rápidamente e intentó ocultar que sólo llevaba puesto la camisa del pijama de Remus, pero fue imposible, ella la estaba escudriñando con el mismo odio de siempre, pero ahora más afilado, más hiriente. Andrea se sintió culpable del dolor que le había provocado y que tanto se estaba notando en medio de aquel odio.
-Eres una zorra.- escupió con asco Nicole mirándola como si fuera lo más sucio que había visto en su vida- Me lo quitaste todo y no has parado hasta quitármelo a él.
-Nicole- Remus intentó intermediar en aquello porque sabía que Andrea se estaba sintiendo muy culpable, sin serlo, ahí el único que no se había acordado de ella había sido él.
-¡Tú cállate!- le gritó- ¡¡Eres un cabrón!! un gilipollas que se cree que podía jugar conmigo.
Remus aguantó el chaparrón porque sabía que lo merecía, se acercó a ella y la agarró del brazo pero ella con un tirón fuerte se soltó de él.
-Andy, márchate, por favor. – le pidió con cordialidad y Andrea no tardó ni medio segundo en hacerle caso. Se coló por el hueco de la puerta que Nicole había dejado abierto, no sin antes soportar una nueva mirada de desprecio.- No ha pasado nada esta noche.
-¿Te piensas que soy imbécil? Estáis los dos medio desnudos, su ropa estaba aquí y la cama está deshecha. No hace falta ser un genio.- Nicole le habló con sarcasmo dirigiéndole a él las mismas miradas de desprecio que antes había tenido con Andrea.
-Nicole que te estás equivocando- Remus intentó ponerle la mano en el brazo pero ella volvió a repetir la misma operación, aún más enfadada.
-¡¡Que no me toques!! Hay miles,¡¡miles!! de mujeres en el mundo y tenías que acostarte precisamente con ella.
-¡Nic!- le gritó alterado para que ella se callara- No me he acostado con Andrea, no ha pasado nada. Ni un miserable beso. Sólo hemos dormido juntos.
-Ohhh disculpe usted- le saltó con sarcasmo- Si sólo es eso entonces nada, esta gilipollas se come su orgullo y sigue fingiendo que su novio está enamorado de ella en vez de de una asesina sin escrúpulos.
Remus se calló un momento, las palabras de Nicole habían sido una verdad hiriente y costaba asimilarlas. Se había convencido de que la quería y realmente la quería, pero no hasta el punto que había querido toda su vida a Andrea, ahora ella se lo ponía enfrente de sus narices y no sabía cómo reaccionar. Su confusión se reflejó en su rostro y no fue más que una nueva causa de decepción para Nicole que ya no sabía qué hacer, podía gritarle, pegarle, llorar desconsoladamente o volverse loca, pero no era capaz de acertar con la elección en ese momento.
-Tu cara lo dice todo- se había derrumbado, en lo más profundo de su corazón había esperado con ansia que él le rogara perdón, que le confesara que la quería más que a Andrea, pero no era así- He sido una imbécil pensando que te habías olvidado de ella y que me querías.
-Nicole, por favor, yo claro que te quiero.- Nicole había empezado a llorar, unas lágrimas silenciosas e inevitables que se desbordaban por decepción y rabia y que aumentaba con esa lástima que él parecía sentir- Quizá no te he querido como tú a mí y quizá haya sido un egoísta, pero lo he intentado, te juro que he intentado quererte como la quiero a ella, no te imaginas la de veces que me he tenido que plantear una u otra relación y he seguido apostando por ti, pero mi cerebro no manda siempre y de verdad que lo siento.
Hizo un nuevo intento por tener un acercamiento físico, pero Nicole, con la cara escondida detrás de sus manos y llorando ahora más desconsoladamente volvió a retirarse evitando su compasión. Se sentía utilizada, pisoteada y avergonzada por haberse dejado llevar por sus sentimientos hacia un hombre que estaba claro quería a otra. La había traicionado y decepcionado como hombre y como persona jugando con ella en su misma cara. Se preguntó desde cuándo llevarían ese juego y si habrían hablado de lo tonta que ella había sido confiando en él. Y el orgullo empezó a poderle, a reconstruirla levemente y a decirle que no podía mostrarse débil delante de quien la había humillado.
-Se acabó. Todo esto. No quiero verte jamás, no quiero que me hables, ni que me mires, si algún día te cruzas conmigo por la calle cámbiate de acera.
-Te estás precipitando.
-¡Que no me hables!- le gritó apretando los puños- Se acabó la orden, todos me habéis ido decepcionando uno a uno y siempre relacionado con esa zorra.- Remus intentó hablar pero ella levantó la mano amenazante y él encontró mucho más conveniente seguir callado – Si tanto la quieres, cuida sus espaldas porque la próxima vez que me la encuentre no pienso vacilar, la mataré porque eso es precisamente lo que he esperado toda mi vida y tú no has hecho más que aumentar mi deseo de acabar con ella.
Nicole no dio pie a respuesta alguna, salió dando un portazo e intentando mantener el tipo hasta llegar al coche para derrumbarse, para volver a sentirse más sola y más abandonada que nunca.
N/A: Hola!!! Sí, sí, sí, esto es lo de siempre, que tardo mucho y q lo siento, pero es que aunque lo repita hasta la saciedad es la verdad. Yo tengo una vida ocupadilla y he de confesar que se me olvida a veces que tengo una responsabilidad con vosotros porque siempre estais ahí y me dejais unos reviews que me dejan con la boca abierta porque yo no creo que me merezca que me digais esas cosas, así que ahora que he encontrado un ratito, aquí tenéis, tres capítulos y espero poder subir pronto alguno mas
Un beso muy fuerte para todos
