Un asunto provisional
Capítulo 15
Se aparecieron directamente en el salón de Malfoy. Hermione echó un vistazo a su alrededor con curiosidad; la última vez que había estado allí, en el último celo de él, todo había sido a oscuras y apresurado y apenas tuvo ocasión de examinar el entorno. A su juicio, una casa era un buen retrato de su dueño.
El apartamento de Malfoy era un ático situado en un barrio relativamente nuevo del Londres mágico, ocupado en su mayor parte por parejas jóvenes y recién graduados. Lo que más sorprendió a Hermione fue su tamaño: era aún más pequeño que su apartamento y eso era mucho decir. Puede que sus padres le hubieran retirado su asignación, pero con el sueldo del Ministerio, estaba segura de que podría permitirse algo más grande. El ático estaba decorado en tonos blancos y grises y tenía un aire excesivamente neutro y frío, sin rastro alguno de detalles personales. Todo estaba meticulosamente ordenado: ese era uno de los rasgos que con el paso del tiempo Hermione había llegado a distinguir en Malfoy; ya fuera en el despacho o en la cocina, él siempre mantenía sus cosas escrupulosamente ordenadas, de forma casi compulsiva, sin que hubiera nada fuera de lugar. No obstante, lo que más llamaba la atención del apartamento era el gran ventanal al fondo del salón, ocupando casi una pared entera. El ático estaba situado en un vigésimo piso, por lo que desde el balcón que se abría tras el ventanal, iluminando toda la estancia, podía contemplarse toda la ciudad. Hermione caminó hasta allí, prácticamente hechizada por la panorámica.
–¿No me digas que has venido hasta aquí sólo por las vistas? –la voz de Malfoy sonó a sus espaldas, burlona, levemente ronca y le erizó los cabellos de la nuca.
Se volvió para encararlo; él la observaba a cierta distancia, con las manos en los bolsillos. Su expresión no delataba ni uno solo de sus pensamientos, pero en sus ojos grises Hermione pudo distinguir el fuego inflamándose. Siendo sincera consigo misma, lo había echado muchísimo de menos; ingenuamente, había creído que sería mucho más fácil poner distancia entre ellos, sin embargo, tenerlo todos los días en el escritorio de enfrente, que Malfoy estuviera tan decidido a ignorarla, a no hablar más con ella ni hacerle ninguna de sus bromas, había resultado mucho más difícil de lo que nunca hubiera llegado a imaginar. Finalmente, cuando llegó el viernes Hermione no pudo soportarlo más y decidió echar sus planes por la borda: si no podía estar alejada de Malfoy, al menos disfrutaría el tiempo que tuviera con él. Ya habría tiempo después para preocuparse por el futuro.
Con esa resolución en mente, se acercó a él, poniéndose de puntillas para besarlo y cuando apoyó las manos en su pecho, percibió el latido de su corazón acelerado, con el calor traspasando la tela de la camisa blanca. Le mordió el labio inferior, tentándolo; Malfoy respondió con un gruñido y la alzó en brazos, instándola a abrazarle las caderas con sus piernas, de forma que sus rostros estaban a la misma altura.
Hermione se perdió un buen rato en el beso, con los ojos cerrados, explorando con la lengua el interior de su boca. Malfoy la sostuvo contra la pared y ella tuvo la sospecha de que pretendía hacerlo ahí mismo; la simple idea la llenó de una alocada excitación. Cuando se separó de ella lo justo para recobrar el aliento, algo captó su atención por el rabillo del ojo. Un ejemplar de Crimen y castigo reposaba sobre la mesita de café de Malfoy. Su ejemplarpara ser más exactos.
–Malfoy, ese libro es mío.
–¿Eh? –el chico la miró con expresión confusa, las pupilas dilatadas y el pelo revuelto. Parecía no tener realmente ni idea de qué estaba hablando.
–Crimen y castigo. Es mío. Me he pasado la semana entera buscándolo en casa sin poder encontrarlo. Ahora lo entiendo: lo tenías tú.
–Te lo estás imaginando, Granger. Ese libro es mío. Eres tan desordenada que probablemente tienes el tuyo sepultado en algún montón en tu casa.
–No, Malfoy. El mío es ése, estoy segura –Hermione frunció el ceño y entrecerró los ojos– tiene una mancha de té en la portada porque una vez me quedé dormida con él, ¿lo ves?
Malfoy acabó dejándola suavemente en el suelo, desenredándose de su abrazo y resopló desesperado. Su mirada se desvió brevemente hacia la puerta, como buscando una salida fácil.
–De acuerdo, Granger, es el tuyo. Lo cogí de tu casa cuando estuviste enferma y se me olvidó devolvértelo. ¿Contenta?
–¿Por qué no me pediste que te lo dejara? ¿Y por qué no reconociste desde el principio que era el mío? –estaba francamente perpleja, no entendía qué demonios le pasaba ahora.
Malfoy fijo la vista en el suelo, repentinamente interesado por el dibujo de la alfombra; sus mejillas comenzaron a teñirse de color, parecía verdaderamente azotado.
–Yo… –se rascó la nuca, incómodo. Al fin, terminó por estallar–. ¡Me daba vergüenza! ¿Vale?
–Te daba vergüenza ¿pedirme un libro?
–¡Me daba vergüenza pedirte ese libro! –exclamó él – Yo vi su título y sentí… como si me llamara. Y luego comencé a leerlo y fue como si el libro me hablara a mí, como si el libro fuera yo…
Hermione comprendió; por mucho que Malfoy tratará de ocultarlo tras su coraza de sarcasmo y frialdad, probablemente por las noches era asaltado por los mismos demonios que ella. Se acercó a él, tomando su cara entre las manos, obligándolo a mirarla.
–Malfoy…
–No fuiste la única, ¿sabes Granger? Estuve presente muchas otras veces; viendo cómo torturaban, violaban, mataban… mientras yo me quedaba ahí parado, sin hacer nada, demasiado cobarde como para detenerlos. No hice nada nada por ti…
–Está bien. No había nada qué hacer, te habrían torturado a ti también –Hermione le acarició la nuca y Malfoy pegó su frente a la suya–. Está bien, hace mucho que te perdoné.
–Ni siquiera tuve valor para decírtelo en persona. Tuve que enviarte esa jodida nota…
Ella siempre había sabido que la nota de perdón que encontró entre sus posesiones en octavo curso venía de parte de Malfoy, pero recibir la confirmación en voz alta, la llenó de una cálida sensación.
–Sssssh –susurró contra los labios de él– ya está. Te había perdonado mucho antes de esa nota.
Dejó caer la cabeza sobre el pecho de Malfoy, impregnándose en su aroma. Él la rodeó con los brazos y la estrechó contra su cuerpo, hasta que apenas existió aire entre ellos. Hermione le pasó las manos por la espalda, buscando reconfortarlo; luego, comenzó a desabrochar los botones de su camisa, uno a uno; él observaba atentamente cada uno de sus movimientos. Cuando terminó con los botones delanteros, Hermione tomó sus muñecas y desprendió los gemelos que unían los puños. El pulso de Malfoy se aceleró, pero no se apartó de ella. Por fin, acabó con el último obstáculo y deslizó la camisa por sus hombros hasta que cayó olvidada en el suelo en un charco de tela blanca.
Junto al ventanal, él se mostró ante ella, desnudo de cintura para arriba, con su piel pálida iluminada por la intensa luz del mediodía. En su antebrazo izquierdo, destacaba, en un negro desvaído, la Marca Tenebrosa. Hermione lo tomó del brazo, su pulgar rozó la tinta y comenzó a acariciarle en círculos tranquilizadores. Él desvío la mirada, avergonzado, cualquier punto de la estancia era mejor que encontrarse directamente con sus ojos.
–Esto no define quién eres, Malfoy. No define cómo será tu vida a partir de ahora.
–Díselo a los que me llaman mortífago a mis espaldas –él sonrió con tristeza–, a los que susurran a mi paso en el Ministerio. Seguramente, si fuera por ellos fuera, debería haber pasado el resto de mi vida entre rejas.
Hermione se subió la manga de su jersey y colocó su propio antebrazo junto al él, la cicatriz "Sangresucia" al lado de la Marca Tenebrosa.
–¿Entonces esto también me define a mí, Malfoy? ¿Debería darles la razón a los que me llaman sangre sucia, a los que creen que soy indigna de poseer magia, que yo no debería pertenecer a este mundo?
Todo sucedió demasiado rápido como para que fuera consciente de lo que estaba ocurriendo; en un momento Hermione se hallaba con Malfoy al lado del ventanal y al siguiente, él la había empotrado contra la pared y la estaba devorando la boca. Ella le echó los brazos al cuello, hundió los dedos en su pelo e impulsó las caderas contra las suyas.
–Draco…
Él le sacó el jersey por encima de la cabeza y se lanzó a su cuello, succionando y lamiendo la piel que encontraba a su paso. Hermione cerró los ojos, dejándose llevar por el momento. La boca de él se deslizó por sus clavículas, entre sus pechos hasta llegar a su abdomen, donde se demoró un buen rato repartiendo besos. Ella aprovechó el momento para desprenderse del sujetador. Las manos de Malfoy, por su parte, se entretuvieron con el botón de sus vaqueros, después bajaron la cremallera y cuando se arrodilló frente a ella, Hermione creyó que se quedaba sin aliento.
Él la apremió para que levantara una pierna, después la otra, hasta que por fin pudo liberarla del molesto tejido elástico de los pantalones. Hermione se quedó de pie, erguida frente a él, vestida únicamente con sus bragas. Malfoy la miró desde abajo, sus ojos grises nublados por el deseo, postrado ante ella como ante una diosa pagana. Entonces, hizo lo impensable: se inclinó hacia ella y posó los labios sobre su sexo, sobre el algodón ya empapado de su ropa interior. Las manos de Hermione se clavaron en su cuero cabelludo, entre los mechones desordenados de pelo rubio, él enganchó los pulgares en el elástico de las bragas y musitó entre dientes, con la boca apoyada en el hueso de la cadera:
–Por favor, Granger, déjame… yo sólo… quiero tenerte, de todas las maneras posibles…
–Draco… –Hermione se sentía incapaz de formular palabras coherentes, se limitó a empujar su cabeza contra su entrepierna, instándole a ir más allá, a hacer lo que quisiera con ella.
Malfoy terminó de quitarle la última prenda de ropa que le quedaba y se lanzó a saborearla. Hermione sintió su lengua tentándola, acariciándola por dentro y por fuera hasta que dio con ese punto que lograba hacerla enloquecer; poco a poco, fue acelerando el ritmo hasta que finalmente, ella alcanzó el clímax murmurando su nombre. Se dejó caer hasta el suelo, sin fuerzas. Malfoy la sostuvo entre sus brazos, mientras ella apoyaba la cabeza sobre su hombro desnudo. Se permitieron unos momentos para que sus pulsos se ralentizaran y al cabo de un rato, él giró la cabeza y buscó sus labios con los suyos. Fue un beso lánguido, pausado, Hermione probó su propio sabor en su lengua, lo que le produjo una nueva oleada de excitación. Se separó de él, lo justo para susurrarle al oído:
–Draco, quiero tenerte… dentro de mí.
Él acunó su cara entre sus manos y volvió a besarla, esta vez más duro, más fiero. Luego, llevó una mano a la pretina de sus pantalones, liberó su pene y después de tantear brevemente sus pliegues empapados, sin más preámbulos, se introdujo en ella con una profunda estocada.
Lo hicieron allí mismo, en el suelo, sobre la mullida alfombra del salón de Malfoy. Hermione se movió sobre él abrazada a su espalda, en un ritmo primitivo. Pasado un tiempo, él decidió tomar las riendas del asunto, la tumbó en la alfombra y se cernió sobre ella, imponiendo su cadencia implacable. Hermione alcanzó su segundo orgasmo momentos antes que él, que se liberó con los dientes apretados y las sienes perladas de sudor.
Se quedaron un buen rato tendidos en la alfombra, como leones exhaustos, jadeantes y sin decir palabra. Finalmente, el rugido de las tripas de Draco rompió el silencio.
–Mmmmm –ronroneó Hermione– parece que tu estómago está reclamando el risotto que me prometiste.
Malfoy la dedicó una sonrisa torcida, se incorporó, al tiempo que se cerraba la cremallera de los pantalones negros y se agachó sobre ella, dejando un beso rápido sobre su ombligo. Hermione se estiró en el suelo, como una gata perezosa y se quedó mirándole caminar hacia la cocina con su porte felino y elegante.
¿Se estaba poniendo cachonda otra vez simplemente por verle andar? Si al menos se hubiera puesto la camisa sería más sencillo.
Hermione se maldijo a sí misma y a su libido traicionera. Volvió a ponerse las bragas y se vistió con la camisa de él, que le quedaba grande: tuvo que enrollarse las mangas y el largo le llegaba a medio muslo.
–¿Puedo ayudar?
Malfoy la miró sobre su hombro y señaló una fuente llena de setas con la cabeza.
–Puedes hacer de pinche e ir troceando las setas.
Hermione obedeció y pronto ambos estuvieron codo a codo, trabajando juntos sobre la encimera. Malfoy era metódico, ordenado y sistemático en la cocina. A ella le hizo gracia, tenían modos de trabajar totalmente opuestos: era ella mucho más caótica, desorganizada y prefería dejar las ideas simplemente fluir; sin embargo, extrañamente, cada vez se complementaban mejor.
La comida estuvo realmente deliciosa –¿acaso existía algo que a Malfoy se le diera mal?– y Hermione acabó tan llena que se sentía incapaz de moverse. Tan pronto como terminaron de comer, se desplomaron sobre el sofá, somnolientos, tratando de completar la pesada digestión. Inconscientemente, Hermione se acurrucó contra Draco, que le pasó un brazo por los hombros, acercándola más a él. Se entretuvo un buen rato jugueteando con el vello dorado de su pecho desnudo, al tiempo que él se dedicaba a estirar uno de sus rizos.
–Queda poco tiempo para tu próximo celo ¿verdad? – preguntó Hermione sin levantar la cabeza, cómodamente alojada en el hueco del cuello de Malfoy.
–Hmmm sí –respondió él con desgana–, calculo que unos ocho o nueve días.
–No pareces muy entusiasmado.
–Y no lo estoy, Granger. Esto es… un incordio.
–Oh, pensé que ya lo habías superado. Con lo del nuestro acuerdo, ya sabes –dijo Hermione con voz débil, al tiempo que sus dedos detenían la caricia.
Malfoy pareció notar su vacilación, porque cerró los dedos sobre los de ella y los mantuvo sobre su pecho.
–No, Granger, no te confundas ni comiences a pensar cosas raras: contigo todo es fabuloso, simplemente… No me gusta el ser en el que me convierto durante el celo. Hace que me sienta… fuera de control, como si no tuviera dominio de mí mismo. No sé si me entiendes.
–Lo entiendo, pero… ¿tan horrible es? En el último celo parecías… bastante tú.
–Porque es parte de mi educación, Granger. He sido criado para no perder la compostura, para mantenerme frío, estoico, cualesquiera que sean las circunstancias. Sin embargo, por mucho que disimule, es difícil desprenderse de la sensación de que hay algo ajeno a mí que… me controla –Hermione se incorporó un poco, para mirarle directamente a los ojos y ese gesto pareció animarle a continuar–. Me he pasado gran parte de mi vida siendo controlado por otros, Granger: Voldemort, mi tía, mis padres, todos ellos, de alguna manera, han dirigido el camino que debía seguir, cómo debía conducirme, el tipo de vida que debía llevar y ahora que por fin me he liberado, que puedo decidir que quiero hacer con mi futuro… el maldito gen veela se empeña en estropearlo todo.
La mención a los padres de Malfoy –nunca antes los había nombrado en su presencia– hizo que Hermione recordara algo. Cuando estuvo agonizante en su primer celo, Theo y Blaise habían hecho alusión a que Malfoy y sus padres no se hallaban en buenos términos –ellos le habían retirado su asignación después de todo– ¿sería que él les había recriminado el modo en que lo habían manipulado durante, prácticamente, toda su vida? ¿Tenía ella el valor para preguntarle al respecto?
–Oye, Malfoy… tus padres ¿es por eso por lo que estáis distanciados? –Malfoy frunció el ceño, receloso– ¿porque se empeñan en seguir manejando tu vida?
Él se frotó el puente de la nariz, pasó un buen rato y justo cuando Hermione comenzaba a pensar que ya no respondería, se lanzó a hablar.
–Cuando nos graduamos de Hogwarts ellos… me sorprendieron con que habían firmado un acuerdo con la familia Greengrass. Tan pronto como Astoria terminara el colegio, ella y yo nos casaríamos. Los Greengrass son una familia antigua y de buen linaje, aunque están prácticamente arruinados. Durante la guerra, se mantuvieron neutrales, así que su reputación se mantuvo más o menos intacta. Era un buen acuerdo: el matrimonio rehabilitaría el apellido Malfoy ante la sociedad mágica y las finanzas de los Greengrass estarían más saneadas. Todos saldríamos ganando.
–Pero tú no querías casarte con Astoria.
–Casarme era lo último en lo que pensaba al terminar el colegio. ¡Tenía dieciocho años, por Merlín! Mi padre pretendía que engendrara a un nuevo heredero Malfoy y me dedicara a gestionar el patrimonio de la familia. Sin embargo, yo quería algo diferente, algo… más y entonces surgió la oportunidad del puesto en Relaciones Internacionales y no lo dudé: rompí el compromiso y me lancé a por ello.
–Y a tu padre no le sentó bien.
Malfoy emitió una carcajada seca.
–Decir que no le sentó bien es quedarse corto. Decidió que puesto que yo no pensaba hacerle honor al apellido Malfoy, no tenía ningún sentido que recibiera el dinero de los Malfoy y me retiró la asignación.
–¿Y tu madre no dijo nada?
–Mi madre lleva demasiado tiempo plegándose a los deseos de mi padre como para cambiar ahora –aunque Draco habló en un tono desenfadado, Hermione detectó en sus palabras el dolor que le causaba el hecho de que su madre hubiera tomado partido por su padre.
–Supongo que los Greengrass tampoco estuvieron contentos precisamente.
–No. Son una familia extremadamente orgullosa, no aceptan demasiado bien las negativas. Creo que Astoria llevaba meses con el vestido de novia comprado, dudo que me perdone algún día.
–En tu primer celo sugerí que llamaran a una de las hermanas para ayudarte y Theo me dijo que no era una buena idea. Ahora lo entiendo.
–Probablemente Daphne y Astoria hubieran acudido simplemente para regodearse en mi sufrimiento.
–¿No te arrepientes? –inquirió Hermione–. Si hubieras acatado los planes que tenía tu padre para ti, jamás hubieras tenido que ir a Francia a negociar ese tratado con las veelas y es probable que el gen nunca se hubiera manifestado.
–No. No me he arrepentido ni por un instante de la decisión que tomé –Draco la miró intensamente, le había tomado de la mano y acariciaba sus nudillos con el pulgar.
–Y yo me alegro de que la tomaras.
Hermione se inclinó hacia él para besarlo. Malfoy abrió los ojos sorprendido; habitualmente, era él el que solía tomar la iniciativa, pero la vacilación duró apenas un segundo, porque al siguiente, estaba correspondiendo al beso con fervor. Estuvieron mucho tiempo besándose, sin ir más allá, bañados por la luz decadente del atardecer que se colaba por el ventanal. Luego, volvieron a perderse en el cuerpo del otro una vez más: las escasas prendas de ropa que les quedaban volaron por la habitación y ellos se convirtieron en un amasijo de extremidades, piel, sexo y sudor. Finalmente, cayeron rendidos en el sofá, desnudos y con las piernas enredadas. Malfoy hizo un ímprobo esfuerzo y murmurando un Accio, convocó una manta de un sillón cercano y envolvió a Hermione en ella. La chica se pegó más a él, en busca de su calor y emitió un suspiro satisfecho; aún sentía tristeza por la muerte de Crookshanks, pero en aquellos momentos, en los brazos de Malfoy, se sentía protegida, segura, cuidada.
Al cabo de un buen rato, Malfoy se liberó de su abrazo y caminó por el salón, totalmente desnudo, sin mostrar ni una pizca de pudor.
–¿Adónde vas? –preguntó Hermione desde el sofá, con la cabeza apoyado sobre un codo.
–A darme una ducha, ¿me acompañas?
Hermione le lanzó un cojín que él evitó hábilmente entre carcajadas.
–¡Serás caradura!
–Vamos, Granger –Malfoy levantó las manos en ademán defensivo–, ahora que no cuento con la fortuna de los Malfoy, tengo que ingeniar maneras de ahorrar agua.
Ella negó con la cabeza, divertida a su pesar, y no lo perdió de vista hasta que Malfoy desapareció tras la puerta del dormitorio. Hermione se quedó un momento pensativa, sin saber muy bien qué hacer: la idea de darse una ducha con él era realmente atrayente; sin embargo, era algo que nunca antes había hecho y no estaba segura de si quería llegar a ese grado de intimidad.
«¿En serio? –susurró una vocecilla en su mente– hace un rato tenías su lengua entre tus piernas y ahora ¿te estás cuestionando si quieres tener más intimidad con él?» Decidió desmelenarse de una vez por todas: al fin y al cabo, ya había dado rienda suelta a buena parte de sus deseos, una ducha con Malfoy iba a hacer poca diferencia en su balance.
Cuando tuvo claro qué era lo que realmente le apetecía hacer, Hermione caminó de puntillas, desnuda por el salón y entró a la habitación de Malfoy. Al otro lado de la puerta que conectaba con el servicio, se escuchaba el agua caer; giró el picaporte y entró en el baño, totalmente cubierto de azulejos blancos. Él estaba en la ducha, de espaldas a ella, el agua resbalaba por sus músculos y su pelo parecía varios tonos más oscuros. Deseando sorprenderle, Hermione se aproximó sin hacer ruido, se coló tras la mampara de cristal y lo abrazó por la cintura desde atrás, besando su omóplato. Malfoy se estremeció al sentir su presencia, pero no se giró; únicamente colocó sus manos sobre las de ella, instándola a que se acercase más, hasta que sus pechos se apretaron contra su espalda.
Ninguno dijo nada, simplemente se quedaron quietos, sintiendo el agua templada caer por sus cuerpos; finalmente, Malfoy terminó por girase, situándose frente a ella y le apartó los mechones empapados de la cara. Tenía un brillo peculiar en su mirada gris, cierta calidez que Hermione nunca había visto en él. Cerró los ojos, deleitándose con el tacto de sus manos, acariciando su cuello; luego, ella giró la cabeza, lo justo para depositar en beso en la palma de su mano.
Malfoy tomó una esponja, la empapó de gel de baño y comenzó a frotar su brazo izquierdo; luego, el derecho, recorriendo la cicatriz, después sus hombros, entre sus pechos, provocando que sus pezones se irguieran; bajó por su vientre y llegó a su pubis, donde se demoró entre el triángulo de vello. Hermione contuvo la respiración: era demasiado, después de todo lo que habían hecho aquel día, sentía su piel en llamas.
–Malfoy yo… no creo que pueda. Estoy demasiado sensible….
Él retiró los dedos al instante y apoyó los labios en su sien.
–No tenemos por qué hacer nada, sólo… déjame abrazarte.
Hermione acarició el dorso de su mano, se giró y tomó la esponja de entre sus manos. Lavó su pecho, sus brazos, su abdomen. Cuando empuñó su pene en su mano, Malfoy dejó escapar un siseo y la detuvo.
–Granger, no tienes que… de verdad.
–Sshh, quiero hacerlo. Quiero darte placer, enséñame cómo.
Él colocó la mano sobre la suya y le mostró cómo bombearle a un ritmo lento y constante. Hermione demostró rápidamente que era tan buena alumna como para cualquier otra asignatura: aceleró el movimiento y pronto Malfoy estuvo en sus manos jadeante, con la mano apoyada en los azulejos de la pared.
–Joder, Granger, eres… increíble.
Un par de movimientos más y se derramó entre sus manos. A Hermione le llenó de un profundo orgullo el saber que había logrado reducir a aquel hombre, tan apuesto y orgulloso, en una masa temblorosa y agitada. Draco tomó su mano, manchada con su semen y la limpió bajo el agua caliente; luego besó la yema de sus dedos, uno por uno y la estrechó contra él.
–Gracias… –susurró en su oído.
Poco después, salieron de la ducha; Malfoy le pasó una toalla, blanca y esponjosa y se envolvió con ella. Mientras se secaba, él dijo, imprimiendo a su voz un tono casual:
–Te quedas a dormir ¿verdad?
Hermione estaba dándole la espalda, secándose el pelo; al escuchar su propuesta, se mordió el labio, aunque realmente, no tenía sentido preocuparse cuando tenía tan claro cuál iba a ser su respuesta.
–No tengo pijama, Malfoy –dijo, luchando por contener la sonrisa.
Él fue hasta el dormitorio, se puso a rebuscar en un cajón y finalmente, regresó con una camiseta verde entre las manos.
–¿En serio? ¿Pretendes que me ponga esto? –Hermione alzó la prenda, contemplándola; a la espalda, tenía impreso el apellido "Malfoy" y un número 7.
–Personalmente preferiría que durmieses desnuda, pero tampoco es plan de ponerse exigente.
A Hermione se le escapó una carcajada y se puso la camiseta por encima de la cabeza. Cuando su mirada se cruzó con la de Malfoy tuvo que apartarla rápidamente; sus ojos despedían chispas.
Cenaron una ensalada, al tiempo que hablaban de todo y nada a la vez –por alguna extraña razón, Malfoy tenía el mismo gusto literario que ella, pero de las lecturas, sacaba conclusiones totalmente opuestas a las suyas–; después se fueron a la cama y en aquella ocasión, a Hermione le resultó perfectamente normal acurrucarse entre sus brazos antes de cerrar los ojos.
N/A: No comento nada porque voy justa de tiempo, pero me hacía ilusión publicar este capítulo en San Valentín.
PD: Una súper recomendación es la historia El precio de la redención de AJ Dark. Ella escribió uno de mis Dramiones favoritos del mundo mundial Cuando arde el hielo y ha vuelto a FF después de un tiempo ausente. ¡Echadle un vistazo porque merece un montón la pena!
