—Insisto en que deberías comprarle a Esme un bote de matarratas.
Edward se carcajeó. Agarró a Bella por la cintura, la atrajo hacia él y la besó en los labios.
—No seas mala, anda. Elige un bolso: marrón o negro. Bella lo pensó unos segundos.
—El marrón es más feo. Cómprale ese —dijo señalándolo. Edward se giró hacia la dependienta.
—Nos llevamos el negro.
—¿Para qué me dejas elegir si al final coges el bolso que quieres? —preguntó ella enfurruñada.
Edward puso los ojos en blanco ante la atenta mirada de la chica de la tienda.
—¿Me lo envuelve para regalo, por favor? —preguntó él.
—Sí, señor.
Él le entregó un billete para pagar la compra y cuando la dependienta le devolvió el cambio, procedió a cumplir su petición.
Salieron de la tienda y caminaron hasta el nuevo gimnasio, que abrirían en breve.
—¿Haremos fiesta de inauguración?
—Por supuesto —respondió Edward—. Así que ya puedes ir mirando presupuestos de catering, publicidad y demás. Quiero que te encargues tú. Organizar fiestas siempre se te ha dado bien.
Bella sonrió complacida por el halago de su esposo y aceptó con un movimiento de cabeza.
El olor a pintura los golpeó nada más entrar. Allí parecía que reinaba un pequeño caos con botes por el suelo, hombres con monos blancos, y escaleras, rodillos y brochas por todos lados. Sin embargo, sabían que en poco tiempo terminarían los trabajos y tendrían que empezar a llenar el local de máquinas, mancuernas y demás.
Edward se acercó al encargado para que le informase de cómo marchaba todo mientras Bella se dirigía a la zona de vestuarios y duchas para comprobar que no faltase de nada.
En aquella parte ya habían acabado las reformas y todo estaba colocado en su sitio. Las taquillas, para que los clientes guardasen sus pertenencias mientras hacían ejercicio; los bancos en los que se sentarían para cambiarse de ropa; las duchas, cada una con su mampara para dotar de intimidad a las personas que quisieran asearse allí; los espejos, sobre los lavabos, para que se acicalaran antes de abandonar el gimnasio… Todo estaba en orden. Todo estaba perfecto.
Después contratarían a una empresa de limpieza para que adecentase todo aquello. Y podrían inaugurar el nuevo negocio.
—¿Dónde irán las salas de pilates, yoga, spinning y bodypump? —interrogó a Edward, que había ido a buscarla a la zona de vestuarios.
—Pilates y yoga en la sala uno. Spinning en la dos, y bodypump y TRX en la tres. Para
crossfit usaremos la cuatro.
—Me parece bien. ¿Ya le has comunicado a Jasper la noticia de su ascenso?
—Aún no. ¿No se lo habrás comentado a tu hermana? Quiero que sea una sorpresa. Bella se acercó a su marido y le echó los brazos al cuello.
—No, no le he dicho nada a Alice. Yo también quiero ver sus caras de sorpresa cuando sepan que Jasper será el encargado de este gimnasio —dijo, rozando su nariz con la de Edward en un cariñoso y tierno gesto romántico.
Él aprovechó la escasa distancia que lo separaba de los labios de ella para apoderarse de su boca. Enredó su lengua con la de Bella para danzar juntas un baile sensual mientras la llevaba a uno de los cubículos de la ducha y se encerraba con ella dentro.
—¿Qué me va a hacer, señor Masen? —quiso saber una Bella entre tímida y juguetona.
—La voy a follar, señora Masen —murmuró él recorriendo la garganta femenina con ardientes besos.
—¿Y si nos descubre alguien? —preguntó fingiéndose escandalizada.
—Lo dejaremos que disfrute del espectáculo —ronroneó apoderándose de un pecho por encima del vestido que Bella llevaba.
Ella sintió todo el fuego de su boca a través de la tela. La piel le ardía mientras le contemplaba con la mirada encendida.
—Edward… —le llamó—. Será mejor que me bajes los tirantes del vestido para descubrirme las tetas o me dejarás marcas, y, cuando salgamos de aquí, todo el mundo sabrá lo que hemos estado haciendo.
—O mejor aún, te lo puedo quitar —comentó él subiéndole el vestido para sacárselo por la cabeza. Hizo lo mismo con el sostén y el tanga.
Luego, lo dejó todo colgado en el grifo de la ducha y cuando se volvió hacia su mujer le sonrió goloso.
—¿Por dónde íbamos?
Sin esperar a que ella contestase, se lanzó otra vez a sus senos. Bella sentía cómo sus pechos le latían con las sensaciones producidas por las caricias descaradas y húmedas de la lengua y los labios de su marido. El calor se extendía por su cuerpo con la rapidez de un incendio forestal.
Permaneció sumida en el lujurioso asalto a sus sentidos mientras Edward abandonaba la parte superior y se dirigía a la inferior. Dio pequeños mordiscos en torno a su ombligo que le provocaron cosquillas, al tiempo que él le susurraba lo mucho que la deseaba. Su voz le acarició los sentidos del mismo modo que sus dedos y sus labios lo hacían con su piel.
Cuando su esposo llegó a las caderas la afianzó más aún contra la pared. Ella separó los muslos y él metió una mano experta entre ellos, buscando los secretos femeninos que tan bien conocía.
Arrodillado en el suelo frente a su mujer, como si fuera una virgen a la que adorar, Edward acercó su boca al punto más sensible de su cuerpo y comenzó a lamer, chupar y succionar, preparándola para lo que vendría después. Le encantaba el sabor de Bella. Era adictivo.
Ella se mordió el dorso de la mano, obligándose a no soltar los gemidos y jadeos que pugnaban por salir de su garganta y no delatar así ni su posición ni lo que estaban haciendo.
Cuando Edward supo que estaba más que preparada, se alzó del suelo y bajó sus pantalones, arrastrando con ellos el slip. La subió a sus caderas, y ella le rodeó con las piernas y con las manos se agarró a los hombros. Él guio su erección hacia la entrada al cuerpo femenino y se enterró en lo más profundo de sus muslos. Comenzó una serie de sacudidas escuchando cómo sus pelvis chocaban.
—¿Te haces daño en la espalda con la pared? —murmuró.
—No importa. Sigue —susurró ella.
Se apoderó de sus labios, explorando y saboreando. Cuando notó que el orgasmo crecía en ellos como la espuma del champán, la besó más profundamente para acallar sus gritos de placer.
Permanecieron unidos, sudorosos y jadeantes, por un espacio indeterminado de tiempo hasta que se separaron. Los labios de Bella estaban magullados por la pasión del momento y Edward pensó que él tendría los suyos de igual manera.
—Deberíamos salir de aquí —propuso ella con una sonrisa satisfecha—, antes de que los obreros piensen que nos ha pasado algo y vengan a buscarnos.
Edward movió la cabeza con un gesto de asentimiento y, cuando terminaron de recomponerse la ropa y el pelo, abandonaron la zona de vestuarios.
—Bueno, pues ya hemos hecho nuestra propia inauguración del gym —comentó él mientras andaban por el pasillo agarrados de la mano.
—¡Y que lo digas! —se rio ella rememorando lo que acababa de pasar.
Cuando salieron del nuevo gimnasio era ya la hora de recoger a Renesmee en el campamento de verano, así que fueron los dos juntos.
—¿Qué harás después de recoger a Nessie? —quiso saber Bella.
—Tengo que volver al gimnasio. Hoy empezaré con las entrevistas a los nuevos monitores. De momento tengo planificadas cinco: tres chicas y dos chicos —le contó Edward mientras se subían al coche—. Y mañana por la mañana entrevistaré a otros cinco.
Permanecieron en silencio unos pocos minutos hasta que de nuevo Edward habló:
—Tengo entradas para el béisbol este fin de semana. ¿Quieres venir conmigo o se lo digo a Jasper?
—Mejor voy contigo, no vaya a pasar lo de la última vez —respondió ella tras pensarlo.
—¿La última vez? —se extrañó él—. ¿Qué pasó la última vez?
Bella se giró todo lo que le permitió el asiento y le miró fijamente.
—Que conociste a una chica y te la tiraste en el coche.
—¡Eso fue mentira! —saltó Edward como un resorte. Bella comenzó a reírse.
—¡Ya lo sé! —exclamó.
—Entonces, ¿por qué me lo dices?
—Era una broma. Ve con Jasper y así tenéis una tarde de chicos.
—¿Y tú qué harás? ¿Quedarás con Alice?
—Sí —dijo volviendo a colocarse en la posición correcta en el asiento—. Aprovecharemos para ir al cementerio y visitar la tumba de mis padres.
—¿No preferirías que fuera contigo? Para servirte de apoyo…
Edward soltó el volante y agarró la mano de Bella que descansaba en su muslo. Le dio un apretón, transmitiéndole así todo su cariño.
—No, tranquilo. No hace falta que vengas. Además, estaré con mi hermana.
—¿Y no crees que Jasper querrá acompañarla? —cuestionó Edward. Bella se encogió de hombros.
—Todavía no he hablado con Alice. Se me ha olvidado comentárselo hoy cuando la he visto. Luego la llamaré. Pero si me dice que no, iré yo sola. Me apetece visitar a mis padres. Y si Jasper la quiere acompañar, pueden ir otro día.
—¿Y por qué no esperas a que yo pueda ir contigo?
—Bueno… Podemos volver juntos cualquier otro día. No me importa ir dos veces al cementerio.
Con ese comentario, le dijo a Edward que ella pensaba ir de todas formas el día del partido. Edward lo aceptó. Si era su decisión no le quitaría la idea de la cabeza.
Se sumieron en un cómodo silencio hasta que llegaron al colegio de Renesmee.
—Qué diferente hubiera sido todo si mis padres estuviesen vivos —suspiró Bella mientras esperaban a que la niña saliese—. Tu madre nunca llama, pocas veces viene a vernos. Seguro que los míos estarían todo el día metidos en nuestra casa, jugando con Nessie, o la llevarían al parque… —se rio tristemente—. Tendríamos que echarlos a patadas para que nos dejasen un poco de privacidad, para que no acaparasen a nuestra hija.
—No lo pienses más. Cada uno es como es. A mí también me duele que mi madre sea tan despegada y apenas demuestre interés por nosotros. Recuerda que soy el único hijo que le queda. Pero ella es así y hay que aceptarla como es.
—Pues sigo sin entenderlo. Después de lo que pasó con tu padre y tu hermano…
—Deja de darle vueltas a las cosas. Es así y punto.
Bella se calló. Notaba cómo Edward empezaba a enfadarse y no quería que hubiera malos rollos entre ellos.
Los niños del campamento de arte empezaron a salir precedidos por la monitora, que los fue entregando uno a uno a sus padres.
—¿Dónde está Renesmee? —preguntó Bella al no ver a su hija entre los demás niños.
—A lo mejor se ha retrasado recogiendo o ha tenido que ir al aseo —supuso Edward.
Cuando ya no quedaba ningún escolar, la monitora dio media vuelta para meterse otra vez dentro del recinto.
—¡Carmen! —la llamó Bella, yendo tras ella. Edward la siguió—. ¿Dónde está Nessie?
—Hola, señora Masen. A Nessie vino a recogerla su canguro hace más de media hora. Me dijo que la habían enviado ustedes. —Los miró alternativamente.
—¿Su canguro? ¿Y la dejaste ir con ella? —se extrañó Bella, pensando que iba a tener una charla muy seria con Ángela por extralimitarse.
—Claro. Como la conozco de las otras veces…
—¿Las otras veces? —indagó ella.
Y en ese momento se dio cuenta de lo que pasaba.
Ángela nunca había ido a recoger a Renesmee al centro escolar, que era donde tenía lugar el campamento de arte. Ella no sabía a qué colegio acudía su hija.
Sin embargo, quien sí lo sabía era Rosalie, puesto que alguna vez la había recogido a la salida de clase y el verano anterior también había ido a buscarla algunos días al campamento.
Tenía que ser ella. Rosalie se había llevado a su hija. Pero ¿por qué?
—Sí, las otras veces que ha venido a buscar a Renesmee —aclaró la profesora—. Como es una persona autorizada por los padres, la dejé marchar con ella. ¿Hay algún problema?
—Sí. —Bella endureció el tono de voz, molesta—. Esa jovencita ya no es la niñera de Nessie. Dejó de serlo hace algunas semanas.
—No lo sabía —se disculpó la mujer—. Además no lo han comunicado al centro. Para otra vez que cambien la persona que debe recoger a la niña, deberán informar para que sepamos aquí quién está autorizado a llevársela y quién no —les advirtió.
—Tranquila. No pasa nada —la calmó Edward, que había estado escuchando todo sin intervenir
—. Seguro que la ha llevado a casa. Ya nos ocupamos nosotros.
Se dieron la vuelta para marcharse mientras escuchaban el consejo de la monitora, que otra vez les insistía en actualizar las personas autorizadas para recoger a Renesmee.
Subieron al coche y emprendieron el regreso a casa. ¿Cómo no se habían dado cuenta de hacer aquello que la profesora les había indicado? Seguramente porque pensaron que la joven nunca haría algo así. No representaba una amenaza para ellos o para su hija.
Al parecer se habían equivocado.
Bella sacó su móvil para llamar a la niñera, pero le salió apagado o fuera de cobertura. Lo intentó tres veces más con el mismo resultado.
—Voy a matar a Rosalie —masculló Bella, apretando los dientes por la rabia.
—No. No lo vas a hacer —comentó Edward manteniendo la calma, aunque él también sentía deseos de estrangular a la joven.
—No pensarás que se va a salir con la suya. ¡Ha secuestrado a nuestra hija! ¡Tenemos que denunciarla! —chilló histérica.
—Primero vamos a ir a casa para ver si Nessie está allí. Si no está, entonces vamos a la policía —dijo él apretando el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Como le pase algo a la niña, la mataré —siseó furiosa.
—Deberíamos ir mirando, por si acaso las vemos por la calle.
Mientras hacían lo que Edward había dicho, Bella mascullaba insultos contra la babysitter. Edward no sabía qué pensar. ¿Tendría esto algo que ver con lo que había pasado en el club?
¿Con su rechazo hacia ella? ¿Sería su forma de vengarse de él? ¿O, simplemente, Rosalie quería estar con la niña, porque la echaba de menos, y no se le había ocurrido otra cosa mejor que llevársela del colegio? Ella sabía que no le permitirían verla después de lo que había pasado y la información que reveló el 4 de Julio. ¿Sería capaz de confesar lo sucedido en El Jardín Secreto? No. No lo creía. El contrato de confidencialidad lo avalaba. No podía contar nada a nadie de lo que había ocurrido. Porque si alguien se enteraba de que había mantenido relaciones sexuales con una menor, a la que le sacaba veinte años, tendría serios problemas.
Si Bella lo supiera… Sería el fin de su matrimonio, por mucho que él le explicara que Rosalie lo engañó. Que no sabía a quién se estaba tirando porque llevaba la maldita máscara puesta.
«Eso no pasará. Has firmado un contrato y ambas partes lo deben cumplir», se repetía Edward una y otra vez para calmarse.
—¡Espera! ¡Para el coche! —gritó Bella de pronto.
Edward pegó tal frenazo que, si no hubiera sido porque llevaban puestos los cinturones de seguridad, se habrían estampado contra la luna delantera.
—¿Qué pasa? —preguntó, pero Bella ya había saltado del coche y se adentraba en el parque al que solía llevar a Renesmee.
El corazón le latía a mil por hora, amenazando con romperle la caja torácica y salir despedido.
Creía haber visto a su hija en uno de los columpios.
Corrió aliviada por el parque, dirigiéndose hacia Renesmee, que se balanceaba tranquilamente de espaldas a ella.
Detuvo el columpio para poder abrazar a su hija.
—Nessie, ¿estás bien? Qué susto nos hemos llevado papá y yo —susurró cogiéndola por detrás para darle la vuelta.
—Oiga, ¿qué hace con mi hija? —preguntó una mujer yendo hacia ella.
—¡Mamá! ¿Por qué me agarra esta señora? ¡Mama, socorro, ven! —gritó la niña mientras veía cómo su madre se acercaba a ella corriendo.
Al darse cuenta de su error, Bella soltó de inmediato a la pequeña.
—Lo siento, lo siento mucho. La he confundido con mi hija —se disculpó, notando cómo su corazón se resquebrajaba y su esperanza se hacía añicos.
La madre de la niña abrazó a su hija con fuerza.
—No pasa nada. ¿Su hija se ha perdido? —quiso saber la mujer. Bella negó con la cabeza al tiempo que le explicaba a la señora:
—Se la han llevado del colegio y mi marido y yo… —Edward apareció a su lado de repente—.La estamos buscando —le contó con ansiedad.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó la mujer llevándose una mano al pecho—. Deberían ir a la policía. Ellos les ayudarán a encontrar a su hija.
—Sí, eso es lo que vamos a hacer —intervino Edward—. Pero, al pasar con el coche, mi esposa creyó verla jugando aquí.
—Es que por detrás es igual que Renesmee. —Bella comenzó a llorar nerviosa mientras hablaba—. Tiene el pelo largo y moreno, rizado; también va… vestida con un pantalón corto azul y una camiseta rosa… Son… Son igual de delgaditas…
Edward la abrazó para reconfortarla. Ella enterró la cara en su pecho para que nadie más la viera llorar.
—Vaya, cuánto lo siento —se apenó la señora—. Voy a preguntar a las otras mamás a ver si han visto a una niña de esas características —se ofreció, queriendo ayudarles—. ¿Tienen alguna foto de ella?
Edward soltó un momento a Bella para sacar de su cartera un par de fotos que llevaba de su hija. Le pasó una a la mujer y él se quedó con la otra.
—Creemos que quien se la ha llevado es una antigua canguro, con la que no estábamos contentos y que despedimos hace algunas semanas —comunicó a la señora mientras Bella se secaba las lágrimas y buscaba en su bolso una foto de Renesmee también.
—¿Cómo es la joven?
—Me llega a la altura del hombro, rubia, pelo largo y liso —contestó Edward—. Con curvas, el pecho muy grande, desproporcionado para el tamaño de su cuerpo. Se llama Rosalie, Rosalie Hale. Y mi hija se llama Renesmee.
—No he visto a nadie así, ni a su hija, en toda la tarde. Pero voy a preguntar por si acaso. Iré por allí —le indicó la zona en la que indagaría.
Edward asintió con la cabeza y se dirigió hacia otra parte del parque, acompañado de Bella, que había sacado el teléfono móvil en el que tenía varias fotos de la niña.
Con la desesperación corriendo por sus venas y un creciente nerviosismo, recorrieron el parque preguntando a toda la gente que allí había.
Varios minutos después se reunieron con la mujer en el punto de partida.
—Lo siento. Nadie ha visto a su hija ni a la canguro —se disculpó la señora, devolviéndole la foto a Edward.
—Nosotros tampoco hemos tenido suerte —dijo, recogiendo la fotografía y guardándosela otra vez en la cartera.
—¿Dónde se la habrá llevado? —quiso saber Bella sollozando, hecha polvo porque el resultado de sus investigaciones en el parque había sido negativo.
—Tranquila, cielo, la encontraremos —prometió Edward.
—Deberían acudir a la policía —les aconsejó de nuevo la mujer.
—Sí, sí, lo haremos.
—Mucha suerte. Tienen una hija preciosa y, de verdad, espero que la encuentren en perfecto estado —les deseó la señora.
—Gracias. Muchas gracias por su ayuda —se despidió Edward de la mujer. Bella también se despidió de ella entre lágrimas.
Caminaron abrazados hasta el coche. Subieron a él y emprendieron la marcha hacia su casa.
—Deberíamos mirar si está en casa de los Hale —comentó Edward—. Luego ir a nuestra casa y, si no está en ninguna de las dos, entonces, iremos a la policía para denunciar su secuestro.
—¡Qué buena idea! —exclamó Bella dejando de llorar—. Así los padres de esa zorra sabrán el tipo de hija que tienen y lo que ha hecho.
«Mientras que no sepan lo ocurrido en el club…», se dijo Edward a sí mismo. Llegaron al hogar de los Hale y llamaron al timbre.
En el interior de la casa no se oía ningún ruido ni se veía movimiento. No acudió a abrir la puerta tampoco nadie.
—Voy a echar un vistazo por detrás. Quizá estén en el jardín y no hayan escuchado el timbre—dijo Edward—. Tú quédate aquí, por si abren la puerta o los ves llegar por la calle.
Bella se quedó esperando, al tiempo que rezaba por encontrar a Renesmee en pocos minutos, sana y salva. De nuevo sacó el móvil y llamó al número de Rosalie, con el mismo resultado que las veces anteriores.
Edward echó a andar en dirección al patio trasero de la casa, agudizando el oído por si escuchaba algo.
Una valla de madera blanca, algo más alta que él, rodeaba el jardín. Se encaramó a ella para poder ver bien el lugar, pero, desgraciadamente, el patio estaba vacío.
—¡Señor Hale! ¡Señora Hale! —llamó sin obtener respuesta alguna. Regresó a la parte delantera, donde le esperaba Bella con el corazón encogido.
—Nada. No hay nadie —la informó meneando la cabeza.
En ese momento, ella se abalanzó contra la puerta, aporreándola al tiempo que gritaba.
—¡Abran! ¡La zorra de su hija ha secuestrado a mi niña! Edward enseguida la agarró, deteniéndola.
—Para, Bella. ¿Te has vuelto loca? No hay nadie en la casa.
Enmarcó su rostro surcado de lágrimas con las manos para que le mirase y, después, la acercó a su cuerpo, abrazándola. Ella enterró la cara en la curva de su cuello y lloró con amargura.
—La mataré… La mataré… Se ha llevado a mi niña… Si le toca un solo pelo, juro por Dios, que no vivirá para contarlo —maldecía Bella mientras mojaba la camiseta de su marido.
—Tranquila, amor. —Edward le acarició el pelo para calmarla igual que si fueran las crines de una yegua a la que necesitara apaciguar—. No creo que Rosalie le haga daño a Nessie. No llegará a tanto. Ella le tiene cariño a nuestra hija. No puede hacerle daño —repitió para calmarse también él.
—¿Por qué la defiendes?
Bella se separó bruscamente del pecho de su marido, gritándole.
—¡Yo no la estoy defendiendo! ¡Es solo que no quiero creer que le pueda hacer algo malo!
¡Me niego a pensarlo!
«Sin embargo, sí que es capaz de engañarte para follar contigo. ¿Estás seguro de que a Renesmee no le hará nada? Ya ha demostrado de lo que es capaz. Pero no. Nunca le haría daño a Renesmee», se dijo Edward para darse ánimos.
—¿Y por qué piensas eso? ¿Solo porque te la chupó? ¿Porque casi te la follas? —lo acusó.
—Eso ha sido un golpe bajo, Bella.
Se quedaron mirándose el uno al otro unos segundos. Transcurrido ese tiempo, Bella se lanzó a los brazos de su esposo.
—Perdóname. Estoy muy nerviosa y ya no sé lo que digo.
—Shhh —susurró acariciándole el cabello—. Tranquila. Cálmate. Vamos a encontrar a Nessie. Ya lo verás. Y en cuanto a Rosalie… —Hizo una pausa—. Le daría una paliza ahora mismo, pero me denunciaría por agresión y todo se complicaría. No merece la pena. Además, no podría vivir sabiendo que he pegado a una mujer.
—¿Ni siquiera a una mujer que ha secuestrado a tu hija? —cuestionó Bella mirándole a los ojos. Sin esperar a que él contestara, añadió—: Yo sería capaz de matarla por tocarle un solo pelo a Renesmee.
La determinación que había en la mirada de Bella asustó a Edward. Supo que su esposa era muy capaz de hacer lo que decía.
—Cielo, irías a la cárcel.
—No me importa. Yo iré a prisión unos años, pero ella no seguirá con vida después de lo que le ha hecho a mi niña.
—Todavía no sabemos si le ha hecho algo malo a Nessie.
—Y no lo sabremos si nos quedamos aquí de charla en lugar de ir en su búsqueda. Vamos a casa. Si no está allí, acudiremos a la policía.
Subieron al coche y se dirigieron a su domicilio mientras Bella seguía intentando localizar a la joven por teléfono.
Edward iba pensando en qué hacer cuando acudieran a la policía si Nessie no estaba en casa.
¿Tendría que contarles todo lo sucedido con Rosalie? ¿Desde el incidente del coche, pasando por el 4 de Julio, hasta acabar con lo ocurrido en el club? Si se callaba algo, como lo de El Jardín Secreto, ellos podrían indagar hasta descubrirlo. Y entonces tendría problemas. Podría ir a la cárcel, incluso. Porque se podría ver como abuso sexual a una menor.
Mejor sería no acudir a las autoridades, de momento.
Además, ellos también tenían su parte de culpa. ¿Cómo no se les ocurrió informar al centro escolar de que Rosalie ya no estaba autorizada para recoger a su hija? Si lo hubieran hecho, ahora la niña estaría con ellos y nadie se la habría llevado.
«Has firmado un contrato», le recordó su conciencia.
Pero no creía que Rosalie lo respetara. Ya no estaba seguro de nada. Si fue capaz de soltar aquella bomba el día de la fiesta nacional, de engañarle para acostarse con él, y ahora había secuestrado a Renesmee, también podía saltarse las reglas y los acuerdos del contrato y revelar lo que había sucedido entre ellos.
Y luego estaba Bella.
Cuando supiera que había tenido sexo con la niñera… Aunque hubiera sido engañado para tal fin.
¿Debería contárselo antes de que fuera demasiado tarde? ¿Antes de que ella lo descubriera por sí misma?
Lo mejor era confesar. Pero tenía un miedo atroz a la reacción de su mujer.
Sabía que cuando Bella conociera su secreto pondría el grito en el cielo. Se enfadaría muchísimo. En un arrebato de furia podría llegar a pegarle un tortazo o dos.
Lo soportaría.
Lo que no soportaría es que Bella le pidiera el divorcio. Eso sí que no.
Porque de hacerlo, sería el fin de su existencia. Quería a su mujer más que a nada en el mundo. Era su compañera de vida y no se planteaba la opción de continuar sin ella. Pelearía, lucharía, porque Bella lo perdonara y todo volviese a la normalidad.
Pero ¿cuándo hallar el momento oportuno para confesar? Desde luego ahora no. Con todo el follón de lo de Nessie.
—¡Renesmee! —gritó Bella, tirándose del coche antes de que a Edward le diese tiempo a detenerlo del todo.
Se torció un tobillo, pero no hizo caso del dolor.
Corrió renqueante para abrazar a su hija que, sentada en el porche de la entrada, los esperaba.
Las lágrimas surcaban su cara y le impedían ver por dónde iba, pero ella conocía bien las inmediaciones de su hogar, por lo que llegó hasta su hija sin problemas.
La niña se levantó al verles.
—¡Mamá! ¡Papá!
Bella la abrazó contra su cuerpo con fuerza mientras no dejaba de llorar.
—Mami, ¿por qué estás llorando?
Pero Bella no contestó. No le salían las palabras.
Edward llegó hasta ellas y se arrodilló en el suelo a su lado. Las envolvió en un enorme abrazo y respiró aliviado.
Todo había acabado ya.
Su hija estaba a salvo entre sus brazos.
