Este Fic es una adaptación del libro "AMA" de Keyla Leiz la cual les comparto sin fines de lucro,

sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes a Tite Kubo. Espero lo disfruten.

Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.

Advertencia: En este fic algunos capítulos contienen material BDSM, si no te gustan estos temas, sigue de

largo y disfruta de algunas de mis otras historias.

Capítulo 21

Embrújame por el día, y tortúrame por la noche con la pena de no

tenerte y el anhelo de desearte.

Era un no parar. Desde primera hora de la mañana, Rukia había tenido que

ocuparse de que todo estuviera en orden, no porque no hubieran hecho el

trabajo sus trabajadores, sino por esa manía que tenía de controlarlo. No

podía evitarlo, y esa subasta era muy importante para ella porque le iba

a abrir el mercado para otros países, lo cual equivalía a dar a conocer

Kuchiki's mucho más allá de donde la conocían.

Había llegado a la empresa casi tres horas después de haberse marchado

con Matsumoto. Pero el hecho de dejarla en su casa, después de tomarse un

café calentito y de charlar entre las dos, la opción de irse a su casa y

dormir la había desechado por los nervios que tenía con esa puja. Sabía que

saldría bien, pero eso no hacía que, cada vez que organizaba una, el cosquilleo

de su cuerpo y los nervios, le hicieran no dormir.

Por eso, había preferido volver a la empresa y revisar los productos que,

esa mañana, desfilarían por la sala donde se iba a celebrar el evento. Se había

cerciorado del buen trabajo de su personal, de que todo estaba tal y como ella

les había pedido. Se había enorgullecido de cada uno y había tomado nota

mental de darles un pequeño incentivo en sus nóminas ese mes por el trabajo

hecho.

Al final, se había retirado a su despacho cinco minutos antes de que Momo

hiciera acto de presencia tocando la puerta y entrando para saludarla. Se había

ocupado de la reunión que tenía a primera hora y, después, juntas, habían tomado

un café y desayunado para hacer frente al día. Y a la vuelta había visto

que sus propios trabajadores ya estaban con las pilas puestas ocupándose,

cada uno, de lo que tenían que hacer.

Había personal que se encargaba de revisar las acreditaciones enviadas a

todos los que iban a participar en la subasta; otros se encargaban de conducir

a los invitados a la sala; y otros se encargaban de la seguridad. Y eso solo era

los que se veían pues sabía que, por dentro, habría más personas preparando

los artículos de arte o los lotes, organizándolos con números para que fueran

accesibles y que se pudieran sacar de manera rápida, tal y como transcurrían

las subastas.

Rukia entró con Momo en la sala y vio que las sillas tapizadas en rojo granate

estaban colocadas, algunas ya ocupadas. Al fondo de la sala, en el lado

izquierdo, había una mesa grande, decorada con una tela roja y dorada, con

cinco trabajadores y, junto a ellos, un teléfono. Iban a ser los encargados de

registrar las pujas de los que participarían vía telefónica. Sin embargo, al otro

lado, en una mesa igual de larga, había otras cinco con ordenadores portátiles

para los que pujarían vía online.

Había escogido a los mejores y esperaba que no hubiera ningún problema

en ese sentido. Se giró para ver si la cámara que iba a enfocar la sala, y solo

la sala, estaba bien y suspiró. Sí, todo iba saliendo perfecto. Aunque hasta que

no empezara a escuchar cómo se subastaban los artículos no se quedaría

satisfecha.

— ¿Han probado la conexión a internet? —preguntó Rukia a Momo quien estaba

a su lado.

— Sí, varias veces. Y hay un dispositivo en marcha por si la conexión

fallara. Está todo controlado —le dijo Momo.

— Perfecto. ¿Y los teléfonos?

— Todos con línea y esperando que llegue la hora para comunicarse con

las personas indicadas. Hemos dejado uno de ellos libre por si alguno quisiera

llamar.

— Buena idea —elogió. Rukia vio cómo los invitados iban pasando. La mayoría de

ellos, hombres de mediana edad o parejas, la saludaban y alababan la organización

del evento, algo que ella agradecía con educación.

— Señorita Kuchiki... —Llamó uno de los guardias de la entrada.

Rukia salió de inmediato de la sala para reunirse con él.

— ¿Qué pasa?

— La prensa está aquí. Dicen que si pueden pasar.

— Qué pesados... —se quejó Momo—. Han estado llamando desde hace

dos semanas y ya les dije que no, que era privada.

— Ya voy yo.

Rukia acompañó al agente hacia el exterior y vio el panorama. Había

personas entrando en la casa de subastas y, a un lado, porque su personal los

había retirado para que no estorbaran, varios periodistas y cámaras. En el

momento en que la vieron salir, habían levantado las cámaras para grabar.

Ella se acercó con tranquilidad.

— Buenos días, señoras, señores.

— Buenos días, señorita Kuchiki. Hemos venido a cubrir la noticia —le

comunicó una periodista.

— ¿Y usted es...? —preguntó queriendo saber con quién hablaba.

— Nemu Kurotsochi, redactora del periódico de la ciudad.

— ¿Está invitada a la subasta, señorita Kurotsochi? —inquirió—. Con gusto la

dejaré pasar si me muestra la invitación, faltaría más.

— Llamamos hace unos días pero no nos han enviado nada —contestó otro

—. Quizá se traspapeló.

Rukia sonrió.

— Qué raro. Porque hasta ahora todo el que debía estar, confirmó su

asistencia ayer mismo. Y según el listado, no faltó ninguno. Señoras,

señores... Lamentablemente las subastas en Kuchiki's son a puerta cerrada

para los medios de comunicación. Estaré encantada de hacer alguna

declaración en estos momentos y a la finalización del evento. Pero

sintiéndolo mucho, no van a pasar. Tal y como les dijo mi secretaria, no

están autorizados. Pero les agradezco la publicidad que me hacen o van a

hacerme, ya sea positiva, o negativa. De una manera u otra, mis clientes

presentes y futuros, sabrán que Kuchiki's se toma muy en serio la privacidad

de estos eventos. ¿Algo más?

Los periodistas se quedaron en silencio, algunos pidiéndoles a los

cámaras que desconectaran la grabación. Parecía que les había quedado claro,

como en otras ocasiones, que no iban a poder acceder como ellos querían.

— Señorita Kuchiki's, ¿podría comentar sobre el tipo de subasta que es?

—preguntó una periodista joven que sobresalió de entre el grupo.

— Por supuesto. Es más, si me da sus datos, puedo enviarle la información

que precise. Pero, en general, se trata de una puja de objetos de arte del siglo

XIV pertenecientes a Europa y Asia. Todos ellos legalmente certificados,

datados y verificada su autenticidad. Ninguno de los objetos ha sido robado ni

procede de saqueos de las guerras que hubo antaño y todos ellos salen a

subasta ya sea vía internet, teléfono o, como ven, en persona.

— Muchas gracias —agradeció la muchacha después de apuntar los datos

que le había dado Rukia.

— ¿Se conocerá el nombre de los compradores? —preguntó otro.

— No. Eso corresponde a cada uno de los nuevos dueños de estas obras.

Esperó unos segundos por si alguien le hacía más preguntas pero, al ver

que no era así, habló:

— Me van a disculpar pero he de ocuparme de recibir a mis invitados. Les

invito a un pequeño desayuno, si gustan —ofreció ella—. Daré orden a mi

personal para que les saquen algo.

— ¿Y después podremos entrar? —preguntó Nemu.

— Una vez se haya ido el último invitado, por supuesto. Siempre y cuandono

sea la hora de cerrar —contestó ella.

Sabía que, en los eventos anteriores, tras las pujas algunos invitados

habían querido hablar con ella y después siempre ofrecía un pequeño catering

para el que quisiera picar. Así, al final salía a altas horas de la noche. No

dudaba que se cansaran de esperar tras horas de prohibición de entrada.

Se dio la vuelta y volvió a entrar acompañada del vigilante que la había

avisado.

— Controlad a la prensa, no vayan a intentar entrar.

— Sí, señorita.

Caminó hacia la sala de nuevo saludando a su paso a los invitados y, al

entrar, se sintió más satisfecha. Se había llenado más y eso quería decir que

había acertado con el tipo de artículos. Tenía miedo a que los invitados al

final desistieran de ir pero, por lo que comprobaba, no había sido así.

— Buenos días, señorita Kuchiki —saludó alguien por detrás.

— Buenos días... —repitió ella volviéndose para hablar con la persona.

— Sosuke... Sosuke Aizen.

Kaien silbó al ver todos los coches que había aparcados en el

aparcamiento de la casa de subastas. Hasta algunos habían tenido que aparcar

fuera, en las calles aledañas. Había ido con Ichigo para ver la subasta, y

también para hablar sobre la cita que tenían esa noche, pero no esperaban que

fuera tan multitudinaria.

— ¿No es habitual? —preguntó Ichigo.

— Bueno, se han celebrado otras, pero desde luego no como esta. Está todo lleno...

— Prueba en el aparcamiento.

— Está lleno —le comentó Kaien.

— Ya, pero a lo mejor Rukia ha dejado reservados por si llegaba alguien

tarde... o no venían.

Kaien se encogió de hombros y giró hacia el aparcamiento. Un hombre le

salió al paso.

— Buenas noches, señores. Lo siento, estamos completos.

— ¿No hay ningún hueco? —preguntó Ichigo.

— Los que quedan están reservados para los invitados, señor.

— Somos el inspector Kaien Shiba e Ichigo Kurosaki, creo que estamos en

la lista.

— Un momento —pidió el hombre incorporándose y yendo hacia la

oficina. Cogió un documento de varias hojas y regresó al lado del coche.

— ¿Ichigo Kurosaki? —repitió.

— Sí.

— Efectivamente. La señorita Kuchiki ha avisado a todo el personal que

usted y el señor Shiba vendrían. Les reservó una plaza al lado de la entrada.

Por favor... —Hizo un gesto a otro y, de inmediato, la barrera se levantó para

darles acceso al lugar.

— Así que Rukia pensó en todo —afirmó Kaien.

— ¿Lo dudas?

— No, Ichigo, con ella no se duda, se afirma —rió Kaien. También Ichigo

lo hizo.

Kaien aparcó el coche en uno de los pocos huecos que había y ambos

salieron de él. Por dentro del aparcamiento se dirigieron hacia la entrada

del edificio cuando de nuevo un hombre los detuvo.

— Señores, disculpen, ¿tienen la invitación? —les pidió.

Kaien miró a Ichigo y este a Kaien.

— No tenemos. Rukia no me la dio.

— ¿Me pueden decir sus nombres? —preguntó entonces.

— Kaien Shiba e Ichigo Kurosaki.

— ¿Kurosaki? —repitió levantando la cabeza de la lista que había ido a

consultar en el momento en que Kaien le había dado su nombre—. Mis

disculpas. La señorita Kuchiki nos informó. ¿Puedo ver sus carnés, por

favor? Es una mera formalidad, espero que lo entiendan.

Tanto Kaien como Ichigo sonrieron, echaron mano de sus identificaciones

y las mostraron, cual policías, al otro.

— Por favor, pasen. Una azafata les conducirá a la sala.

— Dígame algo... —comentó Ichigo—. ¿Todas las subastas son así?

— Sí, señor. La señorita Kuchiki se toma muy en serio la privacidad y

llevamos varios controles para que nadie no invitado acceda —contestó él—.

Ni siquiera la prensa está invitada —añadió.

El hombre les abrió la puerta y los dos pasaron dentro asombrándose del

silencio que parecía haber en ese lugar. Con la subasta ya empezada, no

parecía haber nadie más que el propio personal de Kuchiki, en ese momento

más relajados.

Al verlos, todos volvieron a sus puestos y una joven corrió hacia ellos

para atenderlos.

— Buenos días, señores. Les acompañaré hasta la sala.

Los dos cabecearon por la complacencia de la muchacha y la siguieron

hasta una sala en la que se escuchaba el ruido típico donde el subastador

repetía las cifras a una velocidad de vértigo conforme las palas iban

levantándose.

Al entrar, Ichigo buscó con la mirada a Rukia. Tenía ganas de verla de

nuevo, de acercarse a ella y hablar. Pero su corazón se heló e hirvió a

partes iguales al ver a la persona que estaba a su lado.

— Maldito desgraciado... —gruñó dando un paso hacia ellos.

— Detente... —susurró Kaien sujetándolo. También él lo había visto y no

podía permitir que se acercara en ese momento.

Tiró de él para sacarlo fuera de la sala cerrando la puerta tras de sí.

— ¿Ocurre algo? —preguntó la chica al escuchar el ruido de la puerta.

— No, nada. Tranquila —respondió Kaien sonriéndole.

Ella no quiso acercarse al fijarse en Ichigo, con el rostro descompuesto y

lleno de ira. ¿Qué hacía Aizen con Rukia? ¿A qué había ido allí?

— Ichigo, tenemos que irnos.

— No, no pienso dejarla sola con él —gruñó.

— Pondrás en peligro el plan. Y a ella misma. Ahora mismo está en su

territorio, y dudo que haga o diga algo con tanta gente —le comentó intentando

que entrara en razón—. Ichigo, vámonos.

— ¡N0! —gritó empujándolo para entrar de nuevo en la sala.

La había pillado por sorpresa. No había considerado que pudiera acudir a

la subasta. Tenía que haber revisado la lista y no dejársela a Momo. Ahora, no

tenía caso; ahí estaba él.

— Encantada, señor Aizen.

— Igualmente, señorita Kuchiki. Es la primera vez que coincido en la

ciudad con una de sus famosas subastas. Le felicito por la organización tan

bien planeada.

— Muy amable. ¿Le interesa el arte?

— Oh, sí. En mi casa hay varios cuadros que he ido adquiriendo en mis

viajes. Y ahora que estaba en la ciudad, me enteré de este evento y solicité

una invitación. Debo también elogiarla por su personal. Ha sido muy

competente en todos los pasos que debía dar para acceder.

— Solo me rodeo de la gente adecuada —comentó Rukia con una sonrisa

cortés.

— No me cabe duda. —Echó un vistazo alrededor reconociendo algunos

rostros—. Veo que ha invitado a mucha gente.

— A los más interesados en estas piezas —comentó Rukia.

— Bueno, veremos quién se las queda.

— Así es... Puede tomar asiento, si lo desea —le sugirió Rukia.

— Oh, si no es mucha molestia, y ya que puedo presumir de estar

hablando con la misma directora de Kuchiki's, me gustaría quedarme de pie

a su lado.

Rukia le sonrió. Había querido que la dejara para escabullirse sin

levantar sospechas y avisar a Ichigo y Kaien, quienes debían estar a punto

de llegar, o bien ya estaban allí.

— Si así le gusta más la subasta, no seré yo quien se lo impida. Aunque

tendrá que entender que me debo a mis invitados.

— Por supuesto... En todo caso, nos vemos cuando empiece la subasta.

—Levantó una copa en ademán de despedida.

Rukia había dispuesto varios camareros por si a alguno de sus invitados

le apetecía tomar algo, pero había dejado claro que no quería alcohol en el

edificio.

Se alejó de él intentando salir de la sala, pero cada vez que intentaba

llegar a la salida, alguien la paraba y, para cuando podía librarse de esa

persona, otro la acaparaba para alabarla, preguntarle sobre las obras, o

simplemente saludarla.

— Una subasta muy interesante... —comentó Aizen a su lado. Tras

empezar, y tener que subir al escenario para dar la bienvenida a todos los

presentes, había bajado y se había colocado estratégicamente para intentar ir

retrocediendo hasta la salida.

El problema había sido que no le había dado la oportunidad de llegar

cuando Aizen se había colocado a su lado. Y con él ahí, no podía hacer gran

cosa más que seguirle el juego, aparentar que no lo conocía de nada, y

elogiarle por las compras que estaba haciendo. Ni siquiera la intervención de

Matsumoto, para recoger las llaves del coche que tenía aparcado en el

aparcamiento, había logrado deshacerse de él. Todo porque su amiga no había

captado las indirectas que le había lanzado en secreto.

Aizen sabía comprar con cabeza, de eso no había duda. Era bueno

poniéndole precio a las obras y en más de una ocasión había subido a una cifra

alta, muy cerca de la que le habían dado a Fire sus tasadores, con el objetivo

de acabar pronto con la subasta. A pesar de ello, había veces que ganaba y

otras, si quería conseguirla, debía sobrepujar una puja superior a lo que él

había dispuesto.

— Se lo agradezco. Y espero disfrute de las piezas que se lleva —le

respondió Rukia.

— Será una buena decoración para mi casa, no le quepa duda.

La subasta continuó con una nueva pieza haciendo que se interesara por la

historia que comentaba el subastador. Notó la puerta abriéndose y miró de

refilón hacia atrás tensándose. Estaban allí, habían llegado y no dudaba en que

lo iban a reconocer de inmediato.

— ¿Le interesa? —preguntó desviando la atención de Aizen para que no

se fijara en los nuevos invitados.

— Bastante... ¿Qué puede contarme que no sepa?

— Es una de las piezas más importantes de hoy. Un cuadro desconocido

del pintor y poco apreciado. Mis tasadores no pueden ponerle precio, pero

podría llegar a ser superior a los más conocidos del pintor.

— Es atractivo... Pero eso quiere decir que todos en esta sala podríanestar interesados en ella.

— ¿Solo en esta sala? —inquirió Rukia con una sonrisa pícara—. En

internet, teléfono,... Señor Aizen, Kuchiki's está puesto al día en nuevas

tecnologías, pensé que se había dado cuenta. —Lo dejó en evidencia.

— Tiene razón... —admitió él mirándola de una manera lasciva.

A pesar de ello, Rukia no apartó los ojos sino que le mantuvo la mirada.

No pensaba esconder su naturaleza. Había ido a su terreno y, como

empresaria, era implacable.

— ¡Medio millón! —exclamó levantando la pala sin mirar al subastador,

sino a ella misma.

— ¿Señor? ¿Ofrece medio millón? —preguntó el subastador haciendo que

la sala entera fuera un torbellino de murmullos—. La puja iba por ciento

veinticinco mil...

Era la primera vez que subía tanto.

— Ofrezco medio millón —repitió, por fin, apartando la mirada de Rukia y

retando al resto de la sala, incluidos los que se hacían cargo del teléfono o

internet, a que pujaran de nuevo.

Rukia aprovechó para mirar hacia atrás y buscar a Kaien o a Ichigo, pero

no los encontraba. Sin embargo, cuando finalmente nadie pujó y el subastador

adjudicó la obra a Aizen, la puerta se abrió de nuevo y Rukia pudo ver a Ichigo.

El rostro furioso de él le hizo pensar en que no era una buena idea que Aizen

también estuviera en la misma habitación.

— Le felicito —elogió a Aizen intentando sonreír y que no se fijara en Ichigo.

— Muchas gracias. Lo que me ha contado me ha hecho decantarme por la

obra. Tendrá un buen hogar a partir de ahora.

— No lo dudo, señor Aizen. Ya quedan pocos artículos, he de

comprobar que se están llevando a cabo los cobros y las entregas de cada

pieza. Si me disculpa...

— Me gustaría hablar con usted después. En privado.— ¿Algún motivo en concreto? —preguntó

— Busco ciertas obras y creo que estoy en el lugar adecuado.

— Ciertamente. Entonces le espero después de terminada la subasta.

Aizen afirmó con la cabeza y se apartó para dejarla pasar. Pero, justo

ese movimiento, hizo que viera que Ichigo se acercaba hacia ellos.

— Inspector Kurosaki, ¿usted por aquí?

— Debería preguntar lo mismo... ¿Qué hace aquí? —soltó él con furia.

— Bueno... —sonó jocoso—, creo que lo mismo que todos los demás

invitados de la señorita Kuchiki, comprar obras de arte. No sabía que a

usted también le interesaban o que estuviera invitado.

— Señor Kurosaki, un gusto conocerle —fingió Rukia—. Soy Rukia Kuchiki,

la directora de la casa de subastas Dilworld. —Le ofreció la mano.

Casey la miró y le estrechó la mano.

— Necesito

hablar con usted, si tiene un momento —le dijo a pesar de que

su mirada no iba dirigida a ella.

— Me va a tener que disculpar pero, como le decía al señor Aizen,

he de ocuparme de la compraventa de las obras así como de su entrega.

Después de la subasta, podrán encontrarme en mi despacho. Le ruego

concierte una cita desde la recepción de la empresa. Ahora, si me permiten...

Rukia se dio la vuelta y se marchó dejándolos a los dos en la sala. Solo

esperaba que Ichigo no cometiera ninguna imprudencia.

Abrió la puerta y la cerró con cuidado.

— Rukia... —llamó Ichigo—. ¿Qué está pasando?

Rukia suspiró. Se acercó a Kaien y miró hacia atrás.

— Espero que nada... O lo echará todo a lo podía creer. Y, sin

embargo, tenía que haberlo pensado. Rukia se había librado de Aizen sin

necesitar ayuda de nadie. Pero el hecho de verla al lado de ese hombre, que

pudiera rozarla o incluso tocarla, lo volvía loco.

— ¿Va a comprar algo? —preguntó Aizen a Ichigo.

— ¿Cómo?

—No había prestado atención a lo que le preguntaba, su mente

dando vueltas a las palabras de Rukia que, sabía, llevaban algún mensaje

oculto.

— Le he preguntado si va a comprar algo, inspector Kurosaki. Para eso ha

venido, ¿no es así?

Ichigo cerró los ojos. Claro. Se suponía que, si estaba allí, era para

comprar, no porque Rukia Kuchiki significara algo para él. Ni porque hubieran

tenido sexo. Ni porque ellos dos formaran parte de la trampa que le estaban

tendiendo a Daniel. Estaba allí para pujar en las obras que Rukia sacaba en la

subasta.

— Por supuesto —contestó él sonriente y seguro de sí mismo.

— ¿Y dónde está su pala para pujar? —¡Mierda! No le habían dado nada

al entrar e intuía que Rukia no había pensado en eso, por consiguiente, iba a

tener que improvisar...

— Señor, disculpe... —interrumpió la misma muchacha que los había

recibido—. Aquí tiene su pala. La dejó olvidada fuera.

— Gracias —dijo recogiendo la pala con el número que le correspondía,

uno anterior al de Aizen.

¿Hasta era capaz de adelantarse a los problemas que podía tener?

Se fijó en el subastador, que empezaba a subastar una figurita pequeña de,

según veía en los monitores, una mujer. Levantó la pala y enseguida la cifra

subió haciendo que otro sobrepujara y tuviera que volver a levantar.

— ¡Adjudicado al número 47! —exclamó el subastador.

— ¿Ve? Ya he comprado... —le dijo con desdén.

— Enhorabuena. Ahora solo falta que compre con cabeza... —respondió

Aizen dejándolo solo.

Siguió el camino de él, pero el monitor lo despistó al ver el número que

tenía su pala junto con la figurita que acababa de comprar y el precio que

debía pagar por ella. ¿Estaban de broma?

La muchacha salió de la sala y cerró la puerta tras de sí.

— Ya está, señorita Kuchiki.

En el momento en que había salido, había tenido en cuenta las posibles

salidas que podía dar Ichigo para justificar su presencia en el lugar. Y una

de ellas era, sin duda, la subasta. El problema estaba en que no había dispuesto

para él una pala porque, se suponía, no iba a ir para pujar.

Por eso, había tenido que improvisar, y hacerlo de forma que Aizen no

sospechara que había sido algo de última hora, de ahí el buscar su nombre y

darle un número anterior.

— ¿Han dicho algo? —preguntó Rukia.

— No, nada. Pero parecía que le venía bien... —comentó ella recordando cómo

Ichigo se había relajado cuando le entregaba la pala.

— No me cabe duda. Muchas gracias, Yachiru. Seguramente saldrán para

pedir una cita conmigo. Al hombre que le has dado la pala intercéptalo en

cuanto puedas y dile que te acompañe hasta la sala de reuniones. Allí lo

esperará el señor Shiba, ¿de acuerdo?

— Sí, señorita.

— Gracias.

La chica se marchó para reunirse con el equipo y prepararse para el final

del evento mientras Rukia y Kaien se quedaron solos. En tan solo unos minutos

iban a entrar los últimos artículos y, en ese momento, todos saldrían para lo

cual Fire había dispuesto unas mesas con algún tentempié y catering a fin de

que la espera, si querían hablar con ella, fuera más llevadera.

— Te llevaré a la sala de reuniones. Yo tengo que ocuparme de varios

compromisos.

— Tranquila, en cuanto me reúna con él nos iremos. ¿Nos vemos en tu casa?

— Sí, será lo mejor. Y dile a Ichigo de mi parte que no necesito que nadie

venga a salvarme, soy bastante capaz de ocuparme de mis clientes. Sean

quienes sean —añadió molesta.

No le había gustado nada el hecho de que apareciera y se acercara a ellos

porque, en el fondo, sabía que lo hacía porque no le gustaba que ellos dos

estuvieran en la misma sala, y manteniendo el contacto que tenían. Pero, allí,

no era la Ama de Aizen, sino una empresaria a cuyo cliente, el señor

Sosuke Aizen, debía satisfacer.

— Se lo diré —respondió Kaien algo incómodo. Estaba visto que esos

dos seguían sin terminar de llevarse bien, a pesar de que las cosas se habían

suavizado. Porque conocía a su compañero, sabía que era impulsivo y no

pensaba las consecuencias de sus actos.

— Bien —terminó Fire empezando a andar y esperando que Oliver la

siguiera.