Este Fic es una adaptación del libro "AMA" de Keyla Leiz la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes a Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Advertencia: En este fic algunos capítulos contienen material BDSM, si no te gustan estos temas, sigue de
largo y disfruta de algunas de mis otras historias.
Capítulo 22
Silencia esa boca que pide a gritos mis besos pues la dicha de tenerme
depende de tu sumisión.
Parecía que la tensión se podía cortar con un cuchillo. Desde el mismo
momento en que Rukia les había abierto la puerta a Kaien e Ichigo, no les
había dirigido la palabra más que lo justo para indicarles lo que hacer.
Ni siquiera les había ofrecido algo, o comentado al respecto sobre lo
ocurrido en Kuchiki's. No, únicamente se había centrado en entrar en el club y
charlar en el chat general así como jugar, de vez en cuando, con alguno de los
hombres a los que pedía que le abrieran privados.
— Deberías decirle algo, Ichigo —le susurró Kaien.
— ¿Yo? No hice nada malo.
Kaien lo miró levantando las cejas. Ya no estaba solo el hecho de que
hubiera acudido, cual príncipe azul, a rescatarla de las garras de Aizen,
cuando en ningún momento había habido peligro, sino que, tras la subasta,
había intentado devolver lo que había comprado alegando que solo seguía la
farsa.
La mirada que le echó Kaien hizo que Ichigo carraspeara y se removiera
inquieto en la silla. Había actuado por instinto, como siempre hacía cuando
veía a una mujer en peligro. Si eso le atribuía el adjetivo de anticuado, estaba
dispuesto a aceptarlo. Y sobre la figura, él solo había seguido el juego para
que Aizen no sospechara, ¿pero encima debía pagarla? Era el sueldo de un
año de trabajo, no iba a gastárselo en una vieja escultura que no sobresalía ni
veinte centímetros del suelo.
Un aviso en el portátil hizo que ambos policías miraran a la pantalla y
vieran una ventanita donde avisaba de una nueva entrada.
— Ya está aquí Aizen —dijo en voz alta Kaien
.
Rukia salió de la cocina con una taza humeante y un aroma embriagador.
Se había levantado hacía unos minutos dejando el chat abierto por si
había novedades. Se sentó en la silla y leyó por encima las conversaciones.
Saludó por escrito a Aizen y este le pidió de inmediato un privado.
zalamero dice: Buenas noches, Mi Señora.
White Moon dice: Buenas noches, zalamero.
zalamero dice: ...
White Moon dice: ¿Qué pasa?
zalamero dice: Es que no sé cómo decirlo para que no suene mal, Mi
Señora.
White Moon dice: ¿Prefieres hablarlo?
zalamero dice: Sí...
Rukia miró a Kaien e Ichigo y ambos asintieron. Sabían que, a partir de ese
momento, no debían hablar.
Ella colocó la cámara para que solo le enfocara los pechos que, ese día,
llevaba medio ocultos por una camiseta con una abertura en la zona pectoral
que insinuaba mucho más que si no la hubiera llevado. Era de color crema
tirando al rosa. Completaba su look esa noche con unos pantalones oscuros
ceñidos a sus muslos y unas botas altas y de tacón de aguja. Todo el conjunto,
con su peluca roja, parecía hacerla ver como otra persona.
— Hola, zalamero —saludó cuando la cámara le mostró el rostro de él.
— Buenas noches, Mi Señora.
Rukia sonrió al ver que, a pesar de llevar más ropa de la habitual, lo había
impresionado. La había correspondido el saludo, pero sus palabras habían ido
perdiendo sonoridad conforme él se fijaba más en ella.
— Dime, ¿qué te pasa?
— Ayer me conecté...
— Ajá...
— Y usted no.
— ¿Acaso yo te hice alguna promesa? ¿Te dije que iba a conectarme?
— Dijo que nos veríamos... Pensé...
Rukia levantó un dedo para que callara.
— Hay una gran diferencia entre tú y yo. Tú eres sumiso, y yo soy Ama. Tú
debes obedecer, y yo hacer lo que me plazca.
— Lo sé, lo sé, White Moon. Por eso no sabía...
— ¿Te pusiste triste?
— Mucho... pregunté varias veces, puede poner un mensaje por el chat y
ver que es verdad. No quería hablar con nadie que no fuera usted.
— ¿Y cuánto esperaste?
— ¡Horas! Me aburría pero no quería desconectarme hasta verla aparecer.
Pero cuando a las tres de la mañana no dio señales, me salí.
— ¿Y no hablaste ni jugaste con nadie?
— No, Mi Señora, con nadie.
Sabía que le estaba mintiendo. Ella misma tenía los chats y audios de las
conversaciones que había mantenido con otras sumisas. Pero no podía
acusarle pues, para él, ella no había estado ni tampoco tenía forma de
vigilarle.
— Te diría que ya sabes que puedes jugar con otras. Fue tu decisión que no
lo hicieras... Aunque reconozco que eso me hace feliz.
— ¿Sí? —Se emocionó él al ver que ella dirigía la cámara hasta enfocar
sus labios. Nunca antes lo había hecho.
— Sí... Otros esclavos con los que juego suelen buscar a otras Amas, así
que me enorgullece que haya uno que solo me quiera a mí.
— ¡Por supuesto! A mí me encantaría ser su sumiso en exclusiva...
Rukia bajó la cámara de nuevo.
— ¿He de recordarte las normas? —puntualizó ella.
— No, Mi Señora... —contestó él entristecido.
Rukia cogió algo de la mesa y se lo mostró a zalamero. Era un plumero
negro que se utilizaba para erotizar la piel y hacer que fuera más sensible al
roce, ya fuera con las plumas, o con las manos.
— Creo que tienes uno, ¿verdad?
— ¡Sí! —exclamó él apartándose del portátil. Lo vio abrir un cajón y sacar
un plumero del mismo color que el suyo. Se acercó de nuevo y corrió la silla
para situarse en el centro de la imagen, donde pudiera verlo bien. Ese día no
llevaba camisa y estaba descalzo. Solo unos pantalones marrones cubrían su
desnudez—. Ya estoy, Mi Señora.
— Qué predisposición... —ironizó ella.
— Llevo sin correrme desde que hablamos la última vez.
De nuevo otra mentira. Pero si él quería aparentarlo...
— Vaya... Me haces querer ser más cruel contigo... —le insinuó. Podía
ver cómo se excitaba con la propuesta y no quiso defraudarle.
— Vas a pasar el plumero igual que yo, ¿de acuerdo?
— Sí, White Moon.
Rukia se sacó el jersey quedándose solo en sujetador, uno blanco de encaje
que le hacía un pecho muy bonito. Sin separarse de la mesa, levantó un brazo y
comenzó a pasar el plumero por encima haciendo que su piel cosquilleara y la
carne se le pusiera de gallina. Cuanto más lento lo hacía, la sensación era más
intensa.
Controló que Aizen también estuviera haciendo lo mismo.— Más lento, zalamero.
Quiero que dure, y que te excites más.
— Ya lo estoy... —contestó él con brusquedad. Se tocó el paquete para
aliviar la presión que sentía.
— ¿Por qué no te quitas el pantalón? Los míos me empiezan a molestar...
—sugirió Rukia levantándose de la silla y mostrando la cinturilla. Se
desabrochó el botón y, metiendo sus manos por dentro, empezó a bajarlo
dejando al descubierto su ropa interior, unas braguitas de encaje blanco a
juego con el sujetador.
Al estar de pie, se giró hacia Kaien e Ichigo, los dos sorprendidos de lo
que ella estaba haciendo. Kaien había apartado la vista de ella, quizá por
respeto a su mujer, aunque las manos entre las piernas le decían del estado en
el que debía encontrarse. Sin embargo, Ichigo no rehuía la mirada de ella, unos
ojos con las pupilas dilatadas. Su pecho subía y bajaba con lentitud, como si
quisiera controlarse.
Rukia sonrió. Se lo tenía merecido. Iba a hacerle sufrir por lo que le había
hecho esa mañana. En ese momento no había podido decirle nada ni tampoco
más tarde. Pero eso no quitaba para que no estuviera enfadada con él y lo que
quisiera fuera castigarlo por haber pensado que ella no era capaz de librar sus
propias batallas y más en su propio terreno.
Se sentó de nuevo, una vez que se quitó las botas y los pantalones,
levantando por encima del reposabrazos de la silla su pierna. Entonces se
pasó el plumero desde los dedos del pie hacia arriba, estremeciéndose por
ello. Miró si Aizen hacía lo mismo y siguió el camino hacia sus muslos, de
ahí arriba, a su vientre y, finalmente, a sus pechos.
— Mi Señora, por favor... —suplicó Aizen.
— ¿Qué pasa, zalamero? —preguntó con un tono de voz tan suave y
seductor que hizo que Aizen cerrara los ojos deleitándose con ello.
— ¿Cuánto más va a durar el tormento? —Quiso saber él—. Verla así, y
hacer que el plumero vaya al mismo ritmo es como hacerme imaginar que es
usted quien me lo pasa...
Sí, eso mismo quería que experimentara, que sintiera el placer que era el
cosquilleo en la piel, que imaginara lo que sería controlar ella ese elemento y
llevarlo hasta la sensación más desagradable, esa que hacía temblar el cuerpo.
Porque, solo así, podría pasar la mano y aliviarle, además de excitarle pues
iría a lugares donde el plumero podía no ser tan útil como sí sus manos.
— El tiempo que yo quiera —comentó ella subiendo el plumero hasta su
cuello y bajándolo después por el hombro del otro brazo—. ¿Algún problema?
— Uno... —contestó él señalándose entre sus piernas.
Rukia se echó a reír. ¿Quién pensaba que un sencillo plumero, bien
utilizado, no era capaz de hacer maravillas? Solo había que saber cómo
aplicarlo.
— ¿Qué tal si lo liberamos y lo acariciamos, zalamero? —le propuso ella.
— Sí... —susurró él tirando de la cinturilla de sus calzoncillos con
rapidez para quitárselos en unos segundos.
— Oh, pero no tan deprisa. Te he dicho acariciarlo, pero no con qué... —
lo frenó—. Por lo pronto, empieza con el plumero en esa zona, sin acercarlo
mucho, lo suficiente para que sientas algo.
— Eso es insoportable... —protestó Aizen.
— Mejor, así voy a verte suplicarme por tu orgasmo.
Rukia siguió acariciándose el cuerpo con el plumero mientras Aizen hacía
lo mismo, solo que en su zona genital. Sabía que no aguantaría mucho tiempo
por la humedad que empezaba a aparecer en su pene. Pero quería oírle rogar e
implorar porque lo dejara disfrutar de su clímax.
— White Moon...
— Empieza a tocarte —le dijo bajando la pierna y acercándose más a la
pantalla—. Acércate a la cámara —añadió para poder verlo mejor
Sin soltarse, Aizen se aproximó hacia la cámara. Fue Rukia la que colocó
la mano como si cogiera el pene de él y empezó a moverla hacia arriba y
abajo, igual que él hacía con su mano.
— Dios, Mi Señora, es como si fuera su mano la que me estuviera proporcionando
el placer... —gimió él moviendo las caderas y tensando sus muslos.
Eso era lo que quería que sintiera, que ella le estaba masturbando hasta
llevarle al límite, hasta que notara cómo su pene se hinchaba y acortaba para,
acto seguido, explotar.
— Córrete... —le susurró al ver que el movimiento de la mano iba en
aumento igual que el de sus caderas.
Y, de repente, la pantalla quedó cubierta de un líquido blanco que hizo
que Rukia retirara la mano, como si, de alguna manera, pensara que la iba a
manchar, cuando en realidad lo que había quedado cubierto había sido la
cámara de Aizen.
Lo escuchaba gritar y gemir por partes iguales, pero no podía ver lo que
hacía, aunque intuía que estaría alargando su momento tocándose más rápido,
más fuerte, más lento, según su necesidad.
— ¡Mi Señora, perdón! —exclamó de pronto. En segundos un trozo de
papel pasó por la cámara y, poco a poco, retiró su semen para que pudiera
verlo—. No me di cuenta, estaba tan metido...
— No te preocupes, en cierto modo me ha encantado. Me ha hecho pensar
en eyacular en mis manos y jugar con ese semen por tu cuerpo... si me dejaras,
por supuesto.
— Claro que sí... Lo que mi Ama quisiera... —Vio cómo el pecho de Rukia
se hinchaba y se tensaba—. Perdón, Mi Señora, no quería...
— No soy tu Ama, zalamero... Pero no me importa que tú me llames así.
— ¿En serio? —preguntó él sorprendido por lo que decía.
— Sí...
Aizen sonrió hacia la cámara.
— Quién sabe, a lo mejor y puedo llegar a ser su sumiso en exclusividad...
—murmuró él.
— Quizás...
— Ama... ¿de verdad que no podríamos vernos? Vivimos en la misma
ciudad... —le pidió él.
En otras conversaciones, antes de que ella se enterara de quién era él,
habían hablado de dónde vivían y había salido el nombre de la ciudad. Por eso
ambos sabían que estaban en el mismo lugar, aunque Aizen viajaba mucho y
no estaba establecido allí.
— Has tentado a tu suerte, zalamero. Buenas noches —terminó ella
desconectando la videollamada a pesar de que la estaba llamando.
Ni siquiera esperó a despedirse de él por el chat privado ni en el general,
se salió de la página y apagó el ordenador.
Se volvió hacia ellos, quienes se habían quedado perplejos. ¿No se
suponía que el objetivo era lograr una cita con él y así tenderle una trampa?
Los dos se levantaron de la silla al unísono mirando a Rukia. A Kaien ya
no le importaba la semidesnudez que tenía, necesitaba una explicación a lo
que acababa de hacer.
— Rukia... —Fue Ichigo el primero en hablar.
— Dejadme que me ponga una bata. Se lo explicaré.
— ¿Qué vas a explicarnos? —insistió Ichigo—. Se suponía que debías quedar con él,
¡y has hecho lo contrario! —la acusó impidiéndole que saliera de la habitación.
— Ichigo, sé lo que hago.
— ¿En serio? Porque me parece que te olvidas que nosotros estamos aquí
para que tú puedas quedar con él. No para pasar el rato.
Rukia puso los brazos en jarras. Se había estado conteniendo por lo
ocurrido en la casa de subastas, pero que le levantara la voz en su propio
hogar era ya demasiado.
— ¿¡Y no te das cuenta tú que si le digo que sí, cuando tengo mis propias
normas, no sospechará!? —alzó ella el tono—. ¡Mi norma dice que no quedo
con nadie! Ya le he permitido hoy que me llame Ama sin yo quererlo, pero sí
como una forma de que piense que, para mí, es especial. ¿Te atreves a decirme
ahora que he de decirle que sí a todo?
Ichigo se quedó callado. Estaba furioso porque había tenido la
oportunidad de avanzar el caso, de lograr que otra persona ocupara el puesto
de ella y así la dejaran al margen. En cambio, ella se había negado a quedar
con él y lo había despachado sin más. No le había dado una explicación, nada.
¿Y si no se conectaba de nuevo? ¿Y si ya no quería hablar con ella? Estarían a
ciegas de nuevo, con varias muertes de mujeres, con desapariciones de otras, y
sin saber qué camino tomar para obtener pruebas que lo inculparan.
Pero tenía razón en algo. Ella ponía unas normas. Si empezaba a
saltárselas sin miramientos con él, iba a sospechar. Conocía a Aizen, era una
persona muy inteligente y las dudas le harían empezar a investigar. ¿Y si eso le
llevaba directamente hacia Rukia? No, no podía ocurrir. No quería que se
pusiera en peligro.
Kaien se puso al lado de su compañero y le tocó el hombro para calmarlo.
— Deja que vaya a cambiarse y lo hablaremos.
Rukia no esperó que se moviera, avanzó arrollándolo y golpeándole el otro
hombro para salir. Ya había soportado mucho ese día y lo único que quería era
acabar de una vez por todas.
Subió los escalones y llegó a su habitación donde cerró con un portazo.
Necesitaba tranquilizarse o daría por finalizada la colaboración. Pero el hecho
de saber que había personas que también estaban implicadas, la frenaba.
Hisagi e Ikakku querían saber más sobre ese hombre y si era el causante de
las desapariciones que había habido en el club desde que se creara.
También Kaien e Ichigo buscaban una forma de arrestarle sin que tuviera defensa
para que diera con sus huesos en la cárcel. Y ella... no le gustaba que
le mintieran, y esa noche, zalamero, o Aizen, lo había hecho en varias
ocasiones.
Respiró hondo y se miró en el espejo. Apartó la peluca de su cabeza y fue
al baño que tenía en la misma habitación. Necesitaba un baño caliente para ver
si así se calmaba.
Ichigo se apartó de Kaien sin dirigirle la palabra. Se sentó en la silla y
miró la pantalla. Ella se había desconectado de su ordenador pero, en el
portátil, todavía estaba online. Había varios mensajes parpadeando, uno de
ellos de zalamero, y en la sala principal la llamaba.
Se sintió tentado a abrir el chat y concertar una cita. Era una forma de
acabar con el problema, y con la discusión, ya que, de esa manera, avanzarían.
Pero, de alguna manera, no pensaba que fuera lo más acertado.
— ¿Ichigo? —Kaien se acercó a él al ver que movía el ratón del portátil.
— La sesión seguía abierta en este ordenador —le explicó Ichigo—. Solo
la he cerrado.
Kaien respiró. Había pensado que podía hacer alguna imprudencia y
tensar más las cosas con Rukia.
— Ella tiene razón, Ichigo... —dejó caer.
— Lo sé —convino él—. Quería acabar con esto.
— Creo que, en ese mundillo en el que se mueven Aizen y ella, los
expertos son ellos y lo que nosotros opinemos no vale mucho —comentó él.
Ichigo sonrió tristemente.
— Supongo que sí. Aunque no quita que nos preocupemos. Cuando ellos
queden para tomar algo nos haremos cargo de todo, y ella podrá seguir con su
vida. Es lo que hablamos con el capitán.
— Sí. Pero no podemos precipitar las cosas. No si queremos que Aizen
no sospeche y baje la guardia. Recuerda que ella ha de ser "muy especial"
para él. Solo así funcionará el plan. Y las chicas fáciles no son de las que
suponen un reto, ¿verdad?
— Tienes razón.
— Pues esperemos ahora a que Rukia nos diga. E intenta contenerte, porque
hoy te has ganado a pulso las miradas asesinas que te echa.
Torció los labios. Sí, era probable que se hubiera ganado a pulso eso. A
su favor solo podía decir que lo hacía con la intención de protegerla. El
problema era que Rukia no se parecía a otras mujeres, era de las que luchaban
sus propias batallas y se convertían en príncipes cuando hacía falta.
Kaien bajó la pantalla del portátil una vez vio que se había cerrado y se
sentó en la silla a esperar a Rukia. En cambio, Ichigo no podía estarse quieto.
Comenzó a caminar por el salón esperando oír ruido en la parte de arriba y
pensando si iba a tensar demasiado las cosas si subía a hablar. Al fin y al
cabo, era un asunto entre ella y él.
Varios exasperantes minutos después, Kaien e Ichigo escucharon los
pasos de Rukia. Se levantaron de las sillas, incluido Ichigo que se había
dejado caer cansado de la espera, y esperaron a que hiciera acto de presencia
en el salón.
Rukia entró y los vio de pie. El portátil estaba cerrado y recordó que,
cuando se conectaba, lo hacía en los dos ordenadores con lo cual, la sesión en
él estaría abierta. Dudó sobre lo que podían haber hecho y, como si le leyeran
la mente, Kaien le aclaró las cosas:
— Desconectamos la sesión cuando nos dimos cuenta. No hicimos más.
Rukia cabeceó. Al menos habían respetado sus conversaciones y lo que
había hecho con Aizen. Eso ya les daba un punto a su favor, aunque uno muy
pequeñ ó el camino hasta uno de los sillones y se sentó en él.
— Sentaos, por favor —les pidió a ambos ofreciéndoles el sofá y el sillón
que había justo al lado de donde ella estaba en esos momentos.
Cada uno fue hasta el lugar, Ichigo sentándose enfrente de ella, y Kaien a
su lado.
— Tienen que entender algo —comentó Rukia—. Yo tengo mis reglas, y esas
las digo desde el primer momento y las recuerdo cada vez que a las personas
con las que "juego" se les olvidan. No puedo, de buenas a primeras, saltarme
todas las reglas con una persona porque puede sospechar que no soy yo, o que
quiero algo más... Incluso puedo crear falsas expectativas que, si bien es lo
que pretendemos, no podemos hacer que sea de la noche a la mañana, o en
unas pocas sesiones. Por eso...
— Lo entendemos —la interrumpió Ichigo. Rukia lo miró conteniéndose—.
En este caso llevabas tú razón. Si has decidido decirle que no es porque sabes
manejarlo y eso hará que tenga más ganas de ti.
— No sé si surtirá efecto o no —rectificó Rukia—. Pero si soy importante
para zalamero, para Aizen, entonces seguirá queriendo estar en contacto
conmigo, me pedirá perdón y querrá que sigamos. Ahí es cuando yo puedo dar
el paso y concertar una cita. Pero si nos precipitamos, todo se puede
derrumbar.
— Lo sabemos, Rukia —dijo Kaien—. Fue el deseo de que todo avanzara y
los casos de desapariciones y muertes cesaran. Nos gustaría darles un final,
aunque no sea el que se espera, pero al menos que no hubiera más.
— ¿Quiere decir que ha habido más? —preguntó ella.
— En la ciudad no. Nos han llegado informes de otro país y, por los viajes
de Aizen, coincide la desaparición con la época que pasó él allí.
— Maldito desgraciado... —gruñó ella sin alzar la voz.
Los tres se quedaron en silencio hasta que el teléfono de Kaien comenzó
a vibrar. No le tenía el sonido puesto para evitar que se escuchara en las
sesiones de Rukia pero, una vez terminaban, sí lo solía dejar en vibración por si
ocurría algo.
— Es el jefe —informó a los demás—. ¿Sí? —Kaien escuchó lo que le
decía la otra persona mientras los otros dos se quedaban mirándole esperando
más información—. De acuerdo, se lo diré. Buenas noches, capitán.
Kaien colgó y guardó el móvil.
— ¿Y bien? —preguntó Ichigo sin esperar más la espera.
— El capitán Urahara quiere vernos mañana por la mañana. A todos —
añadió mirando directamente a Rukia.
— ¿Para qué? —inquirió Ichigo, una pregunta que también Rukia había
pensado hacer.
— No me ha dicho. Solo que nos quiere a los tres mañana a primera hora.
Se quedaron pensativos. ¿Habría pasado algo? ¿Habría novedades sobre
el caso? Sentían curiosidad por esa cita, más aún cuando, en ella, también
entraba Rukia.
— Sea como sea, no sacaremos nada haciendo conjeturas... —saltó Rukia
apartando de su cabeza lo que había ocurrido—. Mañana estaré en comisaría.
— En ese caso, nosotros nos retiramos ya —dijo Kaien levantándose del
sofá—. ¿Ichigo? —Lo llamó al ver que no se levantaba.
— Vete tú, yo tengo que hablar con Rukia —contestó él mirando directamente
a Rukia, y no a Kaien.
— ¿Estás seguro de que no puedes dejarlo para mañana con la mente fría?
—insinuó Kaien para que se diera cuenta de que, en ese momento, los dos
necesitaban un respiro.
— Seguro.
Kaien se giró hacia Rukia y la observó. Ella no le apartaba la mirada a su
compañero. Tenía una sonrisa leve y un aire retador, que hizo que tomara la
mejor decisión que podía tomar: salir de allí cuanto antes.
— Está bien, entonces nos vemos mañana a las nueve en la comisaría.
— De acuerdo —convinieron los otros dos a la vez. Rukia se levantó de su sillón
y acompañó a Kaien a la salida mientras
Ichigo se mantuvo sentado.
— Ten paciencia con Ichigo... —le susurró Kaien antes de salir al exterior de
la casa.
— No te prometo nada, Kaien. Buenas noches.
— Buenas noches, Rukia.
Al menos lo había intentado. Ahora dependía de que él no metiera más la
pata, o al día siguiente podía verle aparecer con un ojo morado, o algo peor.
Bajó los escalones y fue hasta el coche.
Rukia cerró la puerta y cogió las llaves que tenía colgadas por detrás.
Metió la llave y cerró sacándola después y metiéndolas en uno de los cajones
del mueble recibidor. No iba a salir nadie más de esa casa hasta la mañana
siguiente, lo había decidido desde que Ichigo le había dicho que tenía que
hablar con ella.
Caminó despacio hacia el salón. Por un lado, estaba impaciente, ansiosa
por saber lo que quería decirle; por otro, sus manos cosquilleaban porque
buscaban algo más que el contacto visual con él; querían hacerle pagar por ese
día, por esa forma de pensar que tenía, por todo.
Llegó al salón y se quedó detrás del sillón de Ichigo. Sabía que la notaba,
se había fijado en cómo se tensaba su espalda y las manos, antes relajadas,
ahora se cogían a los reposabrazos como si quisiera evitar moverse.
Miró a un lado y vio algo que la hizo sonreír. Se alejó, con cuidado de no
hacer mucho ruido, y al mismo tiempo que no la viera, y lo agarró volviendo a
posicionarse. Levantó el brazo con cuidado y dejó caer el objeto por la nuca
de Ichigo haciendo que se encogiera para evitar la sensación que le había
provocado. Y entonces se levantó.
— ¿Qué haces? —le preguntó mirando el plumero que tenía en su mano.
Era el mismo que ella había utilizado para tocarse y el recuerdo de ese
momento hizo que Ichigo cambiara el peso de una pierna a otra para aliviar
otra zona.
— Nada... —contestó ella.
— Quería... quería disculparme. —Empezó a hablar Ichigo—. Yo...
— Tú eres un macho dominante que quiere proteger a todas las mujeres —
cortó Rukia—. Y no te das cuenta que hay quien no quiere eso.
— Por eso te pido perdón. Me di cuenta, cuando estabas esta mañana con
Aizen, que habías sabido salir sola, pero me hervía la sangre. Estaba tan
cerca de ti, te tocaba...
— ¿Y? ¿Sentiste celos? —insistió ella dando vueltas alrededor de Ichigo
quien se quedó parado en el mismo lugar. Se había apartado del sillón cuando
lo había rozado con el plumero y ahora Rukia podía rodearle por completo.
— No, yo... quería protegerte. —¿Había sido eso solo? ¿En serio? Ichigo
no sabía qué pensar. Era cierto que quería interponerse entre Rukia y Aizen
para que no le hiciera daño, o le dijera algo aunque, ¿había más? Tenía la
cabeza hecha un lío.
Rukia volvió a rozarle con el plumero en la palma de una mano haciendo
que se estremeciera y la apartara.
— ¿No quieres? —preguntó ella con un tono seductor.
— Fire, estamos hablando... —le regañó él.
— Te estoy escuchando. Pero si tus pensamientos no están claros, no
servirá de nada que me digas algo ahora porque, más tarde, tendrás que
rectificarlo.
— No —le objetó él. puedo concentrarme si estás acechándome como lo haces
Rukia se detuvo y, con una sonrisa que hizo que Ichigo se estremeciera, se
acercó a él.
— ¿Y bien? ¿Qué tienes que decirme? —preguntó tan cerca que casi había
utilizado el aire que él había exhalado al sentirla a su lado.
— Perdón...
— ¿Por qué? —insistió ella.
— Por haber pensado que necesitabas ayuda con Aizen en tu empresa. —
Rukia asintió esperando que siguiera—. Por haber dudado de ti esta noche... —
Ichigo no podía más. Tenerla a su lado, hablarle y casi rozar sus labios lo
estaba volviendo loco. Ya no quería hablar, quería degustar esa parte de ella,
quería desnudarla como había estado en la sesión y ser él el que siguiera el
camino que había hecho el plumero, incluido ese que se volvía oscuro y
húmedo.
Rukia se alzó un poco, lo suficiente para rozar con su lengua los labios de
Ichigo y, en ese momento, él explotó. La agarró por la cintura cerrando así el
espacio que quedaba y presionarla con su cuerpo mientras poseía los labios de
ella.
Al principio, tanto uno como otro intentaban controlar el beso,
mordiendo, arañando con los dientes, tentando al otro e impidiéndole ganar
terreno. Pero, finalmente, Rukia reculó y permitió el avance a Ichigo haciendo
que gruñera victorioso y la apretara más fuerte contra él. La sensación que le
provocaba ella era tan intensa que quería experimentarla a cada minuto.
La empujó hacia la pared y empezó a besarla por el cuello subiendo los
brazos de Rukia por encima de su cabeza para que no pudiera tocarlo. Ahora era
su turno para hacerla adicta a él. Y era especialista en eso.
Rukia rió por el atrevimiento pero, lejos de lo que podía esperar Ichigo,
mantuvo los brazos en alto, soltando el plumero, mientras él se ocupaba de
deshacer el nudo del cordón de la bata que llevaba y abrirla. Entonces contuvo
el aliento.
— Rukia... —pronunció sin creerlo aún. Iba sin ropa interior. Había estado
con ellos todo ese tiempo con tan solo una sencilla bata de satén negra que no
había evidenciado lo que ocultaba bajo ella.
Las manos de Ichigo se acercaron temblando al cuerpo de Rukia, como si
no pudieran contenerse y no supieran qué parte tocar antes. Sus hombros, los
pechos, el vientre, los muslos o...
— Ven... —escuchó Ichigo.
Levantó la mirada y Rukia atrapó sus labios haciendo que él la presionara
más fuerte contra la pared y, al mismo tiempo, le permitiera sentir las curvas
de ella en él. Puso las manos en el cuello de Rukia y, a regañadientes, se separó
de sus labios.
Se apartó lo suficiente para quitarse la camiseta dejando una de sus
piernas entre las de Rukia, algo elevada rozándole casi su sexo. Al mismo
tiempo, Rukia bajó los brazos haciendo que su bata descendiera por ellos y,
alejándose de la pared, cayera al suelo. Ichigo había seguido el camino de esa
bata, sus ojos se habían dilatado al verla desnuda por completo. Su melena
pelinegra era lo único que le ocultaba alguna zona de piel.
Puso una mano en la cintura y tiró de ella para volver a besarla mientras,
con su otra mano, empezó a acariciarla, primero el brazo, después el pecho y,
siguiendo más abajo, la cadera. Fue más atrás y pellizcó una nalga haciendo
que Rukia gimiera y se tensara, pero eso lo único que consiguió es volverle más
loco. Quería beberse esos gemidos, sacar gritos de placer de su boca, saciar
la sed que tenía con el líquido dulce que escondía entre sus piernas. Lo quería
todo.
Conduciéndola, la llevó hasta el sillón en el que ella se había sentado y la
empujó con suavidad para que se sentara. Fue ella la que accionó un botón del
mismo y, de pronto, el espaldar del sillón bajó haciendo que quedara tumbada
en él sus piernas en el suelo.
— ¿Así mejor? —preguntó ella sonriente.
Ichigo rozó los muslos de Rukia y llevó las manos hacia la cara interna
ejerciendo algo de presión para separarle las piernas y poder ver su sexo.
— Sí... mucho mejor. —Se relamió al ver cómo esa postura era perfecta
para lo que quería hacer. Se arrodilló entre sus piernas y comenzó a trazar
con mordiscos en sus piernas y muslos un camino hacia ese punto central, uno
que, según había visto, ya estaba mojado. Y le llamaba. Quería ir lento, hacer
que ella lo deseara tanto que, nada más rozarla, pudiera experimentar el sabor
de su interior.
Poco a poco iba acercándose y, aunque Rukia trataba de dirigirle la cabeza,
Casey le atrapaba las manos y las fijaba en los reposabrazos. Quería que
disfrutara, lo mismo que él estaba haciendo con ella.
— ¡Ah! —exclamó Rukia cuando Ichigo sopló muy cerca de su sexo.
Con una de las manos le abrió los labios mayores e hizo lo mismo,
notando cómo su vagina se estremecía, se contraía y relajaba como si
necesitara algo ahí.
Se aproximó más y, con su lengua, dio un lametazo.
— ¡Ahhh! —gimió ella agarrándose a los reposabrazos—. Sigue... —le
dijo.
Y él lo hizo. Una y otra vez, un lametazo tras otro, a veces largos, otras
cortos. Unas veces presionando sobre el clítoris y, otras, estimulando la zona
de entrada de la vagina. Quería tocarlo todo al mismo tiempo y que lo sintiera
en esos puntos erógenos.
Introdujo su mano y, con un dedo, se adentró en la vagina haciendo que
ella utilizara los músculos vaginales para atraparlo. Un segundo dedo
acompañó al primero y comenzaron a entrar y salir pese a los intentos de Rukia
por fijarlos, ¿o era para hacerle sentir más?
Levantó la mirada y vio que sonreía de forma lujuriosa y divertida, como
si eso que hacía lo hiciera para excitarle a él. El problema era que lo estaba
consiguiendo.
Bajó de nuevo la cabeza y se presionó contra su clítoris succionándolo
para meterlo en su boca y jugar con él con la lengua y los dientes. Lo oprimió,
lo mordió, jugueteó con él y, conforme lo hacía, notaba cómo se endurecía y
sobresalía más.
También su vagina se volvía más resbaladiza y húmeda, tanto que le era más
fácil introducir los dedos y abrirlos dentro para acariciarle las paredes y
provocarle temblores en todo el cuerpo. Notaba a la perfección las
contracciones vaginales que la acercaban a su orgasmo y quería ser el primer
y único espectador, el que viera cómo se rompía entre sus manos. Quería
saborearla y mojarse con sus jugos.
— ¡Ichigo! —gritó ella moviendo su mano y empujándole la cabeza para
que su clítoris estuviera más profundo en su boca.
Ichigo mordió el clítoris llevando a Rukia a saltar en su orgasmo. Podía
sentir la humedad entre sus dedos fugándose por la palma de la mano y el
clítoris latir entre sus dientes. Aflojó y empezó a lamerlo haciendo que
gimiera y se removiera con otro orgasmo.
Se separó del clítoris y sacó la mano para intercambiar los papeles, sus
dedos en ese botón hinchado y sensible, y su lengua en la vagina, y volvió a
sentir lo que le había provocado. Saboreó su esencia y jadeó al embriagarse
de su olor y su sabor. Le encantaba...
Tras el tercero, o el cuarto, no sabía cuántos habrían sido, se apartó de
Rukia y la miró. Estaba extasiada, todavía con espasmos en su cuerpo fruto de
los pequeños orgasmos que le sobrevenían. Su pecho subía y bajaba con
rapidez y toda la piel estaba cubierta de una fina capa de sudor que la hacía
brillar.
Se puso de pie y comenzó a quitarse los pantalones. Eso hizo que Rukia
abriera los ojos y lo mirara. Y que volviera el sillón a su estado habitual.
— ¿Qué haces? —preguntó ella, todavía sentada.
— ¿Tú qué crees? —insinuó él dejando al descubierto su pene, ya húmedo
y erecto.
— ¿Y piensas que, después de tratarme como lo has hecho hoy, voy a
querer acostarme contigo?
Ichigo se quedó a mitad de camino con los pantalones.
— ¿Cómo?
Rukia atrapó con su mano el pene y comenzó a acariciarlo. Tocó el glande y
eso hizo que Ichigo siseara. Se echó hacia delante y metió el pene en la boca
jugando con el glande y descubriendo las zonas donde era más sensible. Pero
cuando Ichigo intentó cogerle la cabeza para profundizar, ella lo sacó de su
boca.
— Estás a punto... —No era una pregunta, sino una afirmación.
— Sí... —contestó él levantándola del sillón y acercándola a él para frotar
su pene entre las piernas y sexo de ella.
Rukia dejó que lo hiciera y notó los jadeos de él al sentir que su orgasmo
estaba ya a las puertas. También sus intentos por introducirse. Bajó su mano y
cogió el pene. Miró a Ichigo y este sonrió deseoso por lo que iba a pasar.
Sin embargo, lo que hizo Rukia fue apretar, provocando que el cuerpo de
Ichigo se contrajera por una corriente desagradable.
— ¿¡Qué estás haciendo!? —le increpó él.
— Dejarte con las ganas —contestó ella con tranquilidad—. Así es
posible que, la próxima vez, me trates de otra manera —añadió ella
apartándose de él.
Ichigo se giró hacia ella para seguir discutiendo pero, antes de que
pudiera abrir la boca, ella habló:
— Por cierto, la puerta está cerrada. Tienes la opción de dormir aquí
abajo, o arriba, conmigo. Eso sí, ya te lo digo: dormir. Si te portas bien,
quizá mañana tengas tu premio.
No, no podía hablar en serio. ¿Lo iba a dejar así? ¿De verdad?
Al ver que ella se alejaba, desnuda, contoneándose y haciéndole más
complicada la vida a su pene, supo que sí. Rukia era de las que cumplía lo que
decía.
Ichigo respiró hondo intentando no actuar como un energúmeno e ir tras
ella para pedirle explicaciones. Se subió de mala gana los pantalones y los
cerró a pesar de que esa acción le costaba la vida misma ya que su pene
protestaba por el encierro y le dolía por estar tan sensible.
Se sentó con las piernas abiertas en el sofá y se cruzó de brazos. Encuanto
pudiera controlarse, iba a subir a hablar seriamente con Rukia.
