CAPÍTULO 22

—Mami, ¿por qué lloras? —quiso saber Renesmee mientras sus padres la abrazaban con tanta fuerza que le costaba respirar.

—Es que estoy muy feliz de verte, mi vida —respondió entre lágrimas.

Los tres se separaron y Bella comprobó que su hija estaba en perfecto estado.

—Rosalie fue a recogerme al campamento —les contó Nessie sin que le hubieran preguntado—. Me compró un algodón de azúcar en la tienda de Marcy y luego vinimos a casa. Como no teníamos llave para entrar, nos sentamos en el porche y compartimos el algodón hasta que se acabó.

Bella y Edward prestaban atención a lo que su hija les explicaba con todos sus sentidos puestos en ella.

—Después Rosalie se fue a casa.

—¿Y te dejó aquí sola? —preguntó Bella, que ya había dejado de llorar.

—Sí, como ya estaba en casa…

—¿Cuánto tiempo llevas aquí sola? —indagó Edward.

La niña miró el reloj que sus padres le habían comprado hacía meses, cuando le enseñaron las horas en el colegio, y respondió:

—Quince minutos. Menos mal que habéis venido ya. Me estoy haciendo pis y necesito entrar en casa.

El matrimonio Masen sonrió aliviado.

Accedieron a su hogar y, después de que Renesmee hubiera terminado en el baño, se sentaron los tres en el sofá del salón.

—Cariño —le dijo Edward a su hija—, esto que ha pasado no se puede volver a repetir. Rosalie ya no es una persona en la que podamos confiar. Ha hecho cosas malas y, si vuelve a intentar llevarte del colegio o de donde sea que estés, no puedes irte con ella, ¿lo has entendido?

—¿Por qué?

—Porque nosotros no sabíamos que ella te había ido a buscar. Nos hemos llevado un susto tremendo. No nos dijo nada, no nos avisó y le mintió a tu profesora de arte. Eso está mal. Así que no vuelvas a marcharte con ella, ¿de acuerdo?

La niña asintió con la cabeza. Bella intervino.

—Es más, cielo, no puedes irte con ninguna persona que no sepamos nosotros que estás con ella. Si papá o yo enviamos a alguien a buscarte deberá decirte una contraseña para saber que va de nuestra parte —comentó Bella teniendo la idea en ese mismo momento.

—¿Qué tipo de contraseña, mamá?

—Pues… algo como…

Se quedó pensando cuál podría ser.

—Debe ser algo que solo sepamos nosotros tres —argumentó Edward—. Como el nombre de tu peluche favorito…

—Eso lo sabe más gente a parte de nosotros tres —le cortó Bella—. Tiene que ser otra cosa.

—París —dijo Renesmee.

Bella y Edward se miraron entre ellos y después a su hija.

—¿Por qué París, cielo? —indagó Bella.

—Porque, cuando sea mayor, iré a París para convertirme en una gran pintora.

—A mí me parece bien —aprobó Edward sonriéndole a su hija.

—Muy bien, pues que sea París, entonces —asintió Bella—. Pero recuerda Nessie, si alguien te dice que va de nuestra parte, ya sea conocido o desconocido, deberás preguntarle siempre cuál es la contraseña. Y si no te la dice no irás con esa persona, aunque sea la tía Alice, el tío Jasper, una vecina o la abuela.

—Tranquila, mamá. La abuela nunca irá a buscarme al colegio ni a ningún otro sitio. No tiene tiempo para pasarlo conmigo.

Edward cerró los ojos al oírla. Le dolía el corazón por lo que había dicho su hija, pero era cierto. La niña lo había vivido desde que tenía uso de razón. No es que le hubieran metido esa idea en la cabeza. Es que ella misma había visto que era así, que su abuela pasaba de ella y su familia.

Cuando abrió los ojos, se encontró con Bella mirándole con pena.

Él se encogió de hombros y ella no añadió nada, por lo que desviaron el tema hacia asuntos más livianos.

—Bueno, chiquitina, ¿quieres merendar? —preguntó Bella.

—Ahora no tengo mucha hambre, pero sí me apetece un vaso de limonada.

—Yo te lo serviré —se ofreció Edward—. ¿Tú quieres otro? —le preguntó a su mujer. Bella asintió.

—Te voy a poner también algo de hielo en ese tobillo —le comentó a su esposa, levantándose del sofá.

—Espera, voy contigo.

—No hace falta, cielo.

—Sí, sí que hace falta.

Le siguió cojeando hasta la cocina.

Cerró la puerta al entrar para que Renesmee no escuchase de lo que iba a hablar.

—En cuanto nos tomemos la limonada, nos vamos a denunciar a Rosalie. Edward se quedó quieto, sujetando con la mano la puerta abierta del frigorífico.

Inspiró profundo, sabiendo que lo que le iba a contestar a su mujer no le iba a gustar.

—Bella, no sé si es buena idea denunciarla.

Ni siquiera la miró. Esperó a que ella estallase para coger la limonada y servir los tres vasos.

—¡Cómo que no es buena idea denunciarla! —protestó molesta—. ¡Ha secuestrado a nuestra hija! ¿Pretendes que se vaya de rositas? ¿Que esto quede impune?

Edward se giró hacia ella y clavó los ojos en su rostro.

—Si te calmas, te explicaré por qué pienso que no es lo más oportuno.

—¡Pero ¿no te das cuenta de lo que ha hecho?! ¡Ha secuestrado a una niña y luego la ha dejado abandonada donde cualquiera pudiera habérsela llevado de nuevo! ¡Es una irresponsable!

—continuó gritando ella.

Él se armó de paciencia con una lenta inspiración y, después, expiró despacio.

—Estoy de acuerdo en que es una irresponsable y que lo que ha hecho no debería quedar impune, pero no la abandonó en mitad de la calle. Lo hizo frente a la puerta de nuestra casa —dijo mientras echaba el refrigerio en los vasos—. Además, nosotros también tenemos nuestra parte de culpa por no avisar en el colegio de que esa persona ya no estaba autorizada para recoger a nuestra hija.

—Es cierto que hemos metido la pata al no comunicar nada en el centro escolar, pero eso de que no la abandonó en la calle no me parece justo que lo digas. ¿No hay niños que desaparecen delante de su casa? ¿Que se los llevan de su propio jardín cuando están jugando? —preguntó, negándose a creer que su marido no fuera a hacer nada para darle un escarmiento a Rosalie.

Edward terminó de llenar los vasos de limonada y cogió el suyo. Tenía la garganta seca, por lo que se lo bebió de un solo trago mientras Bella esperaba su respuesta.

El móvil de Edward comenzó a sonar.

Bella se cruzó de brazos, esperando a que él contestara y luego seguir con su conversación.

—Dime, Jasper.

Escuchó lo que su cuñado le decía y después se despidió.

—Debo irme al gimnasio —comunicó a su esposa—. Con todo este follón se me había olvidado que tengo pendientes las entrevistas a los nuevos monitores y dice Jasper que llevan más de media hora esperándome.

Agarró los dos vasos de limonada y se los pasó a Bella.

—Continuaremos con esta conversación en otro momento —finalizó.

Le dio un beso fugaz en los labios a su mujer y salió de la cocina para ir a despedirse de Renesmee.

Abrazó con fuerza a la niña, dando gracias a Dios por haberla recuperado ilesa.

Bella le pasó la limonada a su hija cuando Edward deshizo el abrazo y le acompañó hasta la puerta de la vivienda.

—No pienso dejar que esa zorra se quede sin castigo —murmuró para que Nessie no la oyera.

—Bella, por favor, no hagas nada de lo que podamos arrepentirnos. Deja que yo me ocupe de todo.

—Está bien —accedió ella.

Se despidieron con otro beso y Edward se marchó al gimnasio.

Cuando ella cerró la puerta, se apoyó contra la madera mientras se agarraba el colgante que él le había regalado por su aniversario.

Menudo susto que se habían llevado. Gracias a Dios, al final, Renesmee había aparecido en buen estado.

Sin embargo, lo ocurrido no iba a quedar así. Esperaría a ver qué tenía pensado su marido y, si no la convencía, ella actuaría por su cuenta.

La zorra de Rosalie Hale pagaría por lo que había hecho.

Nada más entrar en el gym, Edward se topó con Jacob y Sam.

—¡Cuánto tiempo sin veros! —les saludó.

—Hemos estado con un virus gastrointestinal varios días —le contó Jacob—. Primero lo cogió él —señaló a Sam—. Y luego me lo pasó a mí.

—Pero ya estáis bien los dos, ¿no?

—Sí, sí, ya estamos recuperados, querido —intervino Sam. Jacob carraspeó para llamar la atención de Edward.

—Estamos preocupados por lo que pasó la última vez que visitasteis nuestro club. ¿Está todo bien entre Bella y tú?

Edward recordó la discusión que habían mantenido allí y de la que sus amigos habían sido testigos.

—No os preocupéis. Todo está fenomenal entre mi esposa y yo. Aquello que pasó ya está olvidado. Fue un arrebato de Bella, pero ya está todo perdonado.

—Pensábamos que estabais enfadados con nosotros, como no habéis vuelto por allí…

—¿Enfadados con vosotros? —se extrañó Edward—. ¡No! Vosotros no tuvisteis nada que ver con lo que ocurrió. Quedaos tranquilos. Si no hemos vuelto a ir al club ha sido porque no se ha dado esa circunstancia, no porque estemos molestos con vosotros.

—Ah, vale, es un alivio escucharte decir eso. En ese momento, vio que Jasper iba en su busca.

—Lo siento, amigos, tengo que dejaros —se disculpó Edward, despidiéndose—. Debo entrevistar a los futuros monitores del nuevo gimnasio y llego tarde.

—Bien, ya nos veremos en otra ocasión —se despidió Jacob.

—Dale un beso a Bella y a Renesmee de nuestra parte —dijo Sam.

—Lo haré.

Edward siguió a Jasper hasta la sala donde se iban a celebrar las entrevistas, y el matrimonio gay se marchó hacia la zona de musculación.

—Como lo oyes. La muy hija de puta se ha llevado a Nessie del colegio. Bella hablaba con su hermana Alice por teléfono.

—No me lo puedo creer —murmuró Alice sorprendida.

—Pues créetelo. Rosalie Hale ha secuestrado a mi hija.

—Pero ¿por qué haría algo así?

—Está claro: quiere hacernos daño.

Bella comprobó que Renesmee seguía dibujando, ajena a su conversación y volvió a hablar:

—Como la despedimos cuando sucedió lo del coche entre Edward y ella, pensamos que esto ha sido una venganza.

—Lo denunciaréis, ¿verdad?

—Si por mí fuera, ya estaríamos en comisaría hablando con la policía. Pero Edward no lo tiene claro.

—¿Que Edward no lo tiene claro?

—Así es —afirmó—. No sé qué le pasa por la cabeza a este hombre.

—Pues yo tampoco.

—Oye, he pensado ir al cementerio a visitar a papá y mamá el próximo domingo —comentó Bella cambiado radicalmente de tema—. Edward irá al béisbol con Jasper; así que, si tú no tienes nada que hacer, igual te apetece venir conmigo.

—Sí, me parece bien.

Continuaron hablando un poco más hasta que Renesmee reclamó la atención de su madre y las dos hermanas se despidieron.

Edward colgó el teléfono y miró a Bella. Lo que le iba a decir no le iba a gustar a su mujer y se sentiría molesta con Esme otra vez.

Habían pasado un par de días desde el secuestro de Renesmee y todavía no habían acudido a la policía. Bella estaba bastante irascible por esto y la noticia que le iba a dar no le iba a sentar nada bien.

—Dice mi madre que…

Tomó aire y lo soltó despacio. Después habló de carrerilla.

—… no vayamos mañana a su casa para celebrar su cumpleaños. Va a organizar un bingo para sus amigas y…

—¿Prefiere celebrar su cumpleaños con sus amigas en lugar de con la familia? —explotó Bella—. ¿No puede hacer el bingo otro día? ¿O el mismo día pero por la tarde cuando nosotros ya nos hayamos marchado?

—Al parecer no. No puede hacerlo.

—¡La madre que la parió! —protestó ella—. Y luego tú comprándole regalitos —dijo recordando el bolso que Edward le había comprado—. A ver si te das cuenta de una vez que tu madre es una…

Edward la interrumpió.

—Será todo lo que quieras, pero sigue siendo mi madre.

—Y tú eres tonto por confiar en ella. ¡Joder!

Bella salió del salón dejando solo a Edward que, apenado, miraba el regalo que tenían preparado para Esme encima del sofá. Incluso Renesmee le había hecho un dibujo a su abuela. No es que la niña desease hacerlo, pero Edward insistió mucho y al final ella lo hizo.

Su mujer volvió a la sala.

—¿Y no podemos ir otro día?

—No —respondió Edward moviendo la cabeza en un gesto de negación—. Dice que tiene toda la semana ocupada con actividades con las amigas.

—Sí, ya —soltó sarcástica—. Eso es que no quiere vernos ni invitarnos, ni siquiera a un café o un té. ¡Qué mujer más…! ¡Grrr!

Bella se contuvo para no soltar la blasfemia que tenía preparada, por respeto a su marido.

Dio media vuelta y volvió a salir del salón.

Edward miró por la ventana cómo su hija se bañaba en la piscina y sonrió al verla disfrutar.

Bella llegó hasta la tumbona que había al lado y se dejó caer. Se puso las gafas de sol y siguió con la lectura que había dejado aparcada cuando Edward la llamó para comentarle lo de Esme.

El timbre de la puerta sonó y Edward fue a abrir.

Sin embargo, no había nadie al otro lado. Se asomó para mirar a la calle pero tampoco vio a ninguna persona. Cuando iba a cerrar, reparó en que habían dejado en el suelo un sobre plateado. Lo agarró y leyó su nombre, junto con su dirección, escrito con una caligrafía muy bonita. No le hizo falta ver más. Ya sabía de quién era.

—El Jardín Secreto —musitó.

Se metió en la casa, cerrando la puerta, y fue hasta la cocina. Una vez allí, rompió el sobre en varios pedazos y los tiró a la basura. No quería volver a ese lugar. Si jugaba a ser Amo o esclavo lo haría con Bella en la intimidad de su habitación. Con nadie más que con Bella.

Sin embargo, no rechazaba la idea de volver al club, pero a la parte que sí les había gustado a su mujer y a él. De momento ninguno sentía la necesidad de regresar, pero no lo descartaban de cara al futuro.

«En diez minutos paso a recogerte».

Jasper le había enviado un mensaje para avisarle.

Edward salió al jardín para despedirse de su esposa y su hija.

—Me voy a ir ya, cielo —dijo caminando por el césped en dirección a Bella—. Acabo de recibir un WhatsApp de Jasper que ya viene de camino.

—Que lo paséis bien en el béisbol, y cuidado con lo que hacéis. No liguéis mucho —se burló Bella levantando la vista del libro que leía.

Él no contestó a la pulla. Se limitó a sonreírle y a reclamar su boca con un profundo beso. Cuando terminó de besar a su mujer, se acercó al borde de la piscina para despedirse de

Renesmee.

—Dame un beso, princesa.

—¿Ya te vas con el tío Jasper, papá?

—Sí, cariño.

—Mamá y yo, y la tía Alice y los primos, vamos a ir al cementerio a visitar la tumba de los abuelos —le contó, aunque él lo sabía de sobra.

—¿Rezaréis una plegaria de mi parte?

—Claro que sí, papi.

—Gracias, chiquitina —dijo sonriéndole y revolviéndole el pelo mojado.

Le dio un beso en la frente y ella le mojó un poco la camiseta que llevaba del equipo de béisbol.

Bella había contemplado la escena enternecida.

Edward pasó por delante de su tumbona y se agachó para darle un último beso a su esposa.

—¿A qué hora has quedado con Alice?

—Pasaré a recogerla dentro de una hora y media.

Él asintió y, poniéndose en pie de nuevo, dio media vuelta y se marchó.

—¿Qué tal el béisbol? —preguntó Bella cuando Edward llegó a casa esa noche.

—Bien, aunque hemos perdido —comentó refiriéndose a que el equipo local había malogrado su oportunidad de conseguir los puntos y ascender en la clasificación—. Pero ha estado interesante hasta el minuto final. Los Padres —nombró al equipo— han peleado por una victoria, aunque no ha podido ser esta vez.

Tras darle un beso en los labios a su mujer, miró alrededor de la cocina.

—¿Dónde está Nessie?

—La he acostado hace media hora. Ella quería esperarte, pero estaba que se caía de sueño. La piscina la deja muy agotada. Así que le di un sándwich y se fue a la cama. ¿Has cenado ya o te preparo algo?

Edward se sentó junto a Bella en uno de los taburetes de la barra, que separaba la zona del comedor.

—No, Jasper y yo hemos picado algo cuando hemos salido del Petco Park. —Miró como su mujer pinchaba con el tenedor los restos de su ensalada y se los metía a la boca—. ¿Y tú con Alice? ¿Qué tal en el cementerio?

—Bien —respondió tras tragar—. Los niños se han dedicado a correr entre las tumbas mientras nosotras limpiábamos la lápida y depositábamos unas flores. Luego hemos rezado una oración por sus almas y…

Suspiró. Después de tantos años de ausencia, aún seguía doliendo. Nunca se acostumbraría a la pérdida de sus padres. Todavía los necesitaba.

Gracias a Dios que tenía a Alice, a Edward, a Renesmee, a Jasper y sus sobrinos…

Cuando Edward y ella faltasen, dentro de muchos años, Renesmee no se quedaría sola. Tenía a sus primos y a sus tíos, pero, aun así, su resolución de darle un hermanito volvió a ella con fuerza.

Debía de intentarlo las veces que hiciera falta. Últimamente había descuidado el asunto bastante para no obsesionarse con el tema.

Edward vio que la mirada de Bella se ensombrecía y le pasó el brazo por los hombros para atraerla hacia su cuerpo y darle consuelo.

—Tranquila, cielo.

—No te preocupes. Estoy bien.

Bella giró la cabeza y besó los labios de su marido.

Acto seguido, se levantó del taburete y comenzó a recoger la barra donde había estado cenando.

—¿Qué tienes planeado hacer ahora? ¿Quieres que veamos una película en el canal de pago?—propuso Edward—. ¿O estás cansada y te quieres acostar?

—Sal al jardín y espérame sentado en una de las sillas —le ordenó.

Diez minutos después, Edward esperaba a Bella cuando escuchó un ruido a su espalda. Miró por encima de su hombro y lo que se encontró lo dejó con la boca abierta.

Bella estaba tras él, vestida con un pantalón muy corto, una camisa atada con un nudo justo por debajo de los senos, dejando todo su liso vientre al descubierto, y una gorra de policía. Para completar el sexy atuendo llevaba una placa prendida en el bolsillo de la camisa, unas esposas en el cinturón y unas gafas de sol.

Edward se preguntó si vería bien con las gafas puestas, ya que era de noche y la iluminación del jardín era escasa, aunque parecía que a Bella no le importaba.

Ella caminó hacia él moviendo las caderas con sensualidad. Al ver el provocativo acercamiento de su esposa, a Edward se le cortó la respiración. La garganta se le resecó y un hormigueo ya conocido se apoderó de su bajo vientre, haciendo que su miembro comenzase a endurecerse.

La observó de arriba abajo, repasando su espléndido cuerpo con una mirada abrasadora. Ella se estremeció de excitación bajo el poder de aquellos ojos que encendieron chispas en su piel. El pulso de los dos se aceleró y sus corazones bombearon frenéticos contra las costillas.

—¿Estoy detenido, agente? —cuestionó Edward.

—Parece que has sido un chico malo… muy malo.

La voz sensual reverberó en cada poro de la piel de Edward, provocando que subiera su temperatura un par de grados, como si tuviera fiebre.

—¿De qué se me acusa, agente?

Ella se plantó delante de él con sus zapatos de tacón de aguja y le miró con una sonrisa pecaminosa, repleta de promesas ocultas. Le hubiera gustado calzar unas botas militares, porque iban mejor con el disfraz, pero como lo iba a usar poco rato, no merecía la pena el gasto.

—¿Necesitaré un abogado? —volvió a hablar Edward.

—No necesitas a nadie más que a mí.

Bella caminó a su alrededor como si fuera un satélite orbitando su cuerpo. Dio un par de vueltas en torno a la silla donde él estaba sentado y, al posicionarse otra vez en su espalda, se agachó. Le cogió las manos y se las juntó. Después le puso las esposas.

Regresó hacia delante despacio y se sentó en el regazo de su marido. Lo agarró de la cabeza y se la echó hacia atrás para tener libre acceso a su garganta, que lamió con una caricia de su lengua ascendiendo hasta la barbilla de una forma lenta y húmeda.

Aquel río de fuego provocó en Edward miles de sensaciones y su pene se endureció aún más. Bella lo notaba duro contra su entrepierna abierta y se apretó más contra él emitiendo un ronroneo.

—Mmm… Parece que le gusta estar detenido, señor Masen.

—Sí —susurró él.

—¿Le excita esta situación?

Él tragó saliva antes de contestar. Notaba la garganta como el papel de lija.

—Sí…, agente.

Ella comenzó a moverse, frotándose contra él, haciendo que el roce aniquilara el sentido común de Edward. Él emitió un gruñido que salió desde lo más profundo de su pecho.

Bella se quitó las gafas y la gorra y las tiró al suelo, a poca distancia de donde se desarrollaba todo.

—Me preguntaba si… —comentó Edward con voz ronca—. Si veías con las gafas oscuras.

—Ni torta —se rio—. Pero quedaban bien con el disfraz, así que me las puse.

—Estás muy sexy —la piropeó él—. ¿Te vas a quitar más ropa? Al notar el apremio en su tono, Bella lo tentó.

—¿Te gustaría? —dijo, pegando sus senos al pecho masculino.

Al sentir el calor que desprendía Edward a través de la camiseta, junto con el roce y la excitación, sus pezones se irguieron poniéndose duros.

Él asintió.

—Te gustará todo lo que te haga esta noche —murmuró ella en su oído. Edward parpadeó ante la erótica promesa que encerraban sus palabras.

—Oh, sí, agente Masen. Estoy seguro de que lo voy a disfrutar.

Entonces ella se aferró a sus hombros y se apoderó de los labios masculinos con un beso salvaje, en el que le exigía que se rindiera a ella por completo. Y él lo hizo. Se perdió en el agresivo beso, en las curvas peligrosas de la boca de su mujer, y, cuando ella lo obligó a abrirlos para invadir con la lengua su boca, lucharon en una guerra sin cuartel.

Poco a poco Bella desató el nudo de la camisa y se la quitó. Rompió el beso bruscamente para mostrarle a su marido uno de sus tesoros y él se relamió con gusto al contemplarlos, como si fueran un par de melocotones maduros.

Ella se irguió y se los acercó a la boca. Él sacó la lengua para lamerlos.

Pero como aquella atormentadora caricia no fue suficiente para Bella, se agarró un pecho y lo metió en la boca de Edward para que succionara y torturase de una manera enloquecedora su seno.

Edward, con la boca llena, fustigó el sensible punto. Como si fuera un hambriento, degustó la teta que su esposa le ofrecía hasta que ella se la retiró. Él gimió con un puchero infantil y ella se rio.

—Tranquilo, ahora te daré de comer del otro —le sonrió con la voz temblando de pasión. Él se inclinó hacia el otro pecho, al tiempo que ella lo agarraba, y se lo metía en la boca. Cuando estuvo con ambos pezones tiesos, se dijo que era el momento de ir más allá.

Mientras lo besaba otra vez en la boca, le bajó la cremallera y rebuscó en su interior. Se topó con la erección gruesa y caliente de Edward y la boca se le hizo agua.

Se deslizó por sus piernas hasta quedar arrodillada frente a él y, obligándole a abrir más los muslos, se metió entre ellos mientras jugaba con su verga.

Las manos iban de arriba abajo y vuelta a empezar. Acercó su boca a la corona rosada y lamió la punta carnosa.

Edward sintió que se moría de placer al notar los labios de Bella recorriéndole el duro tronco junto con sus manos. El fuego se extendió por su cuerpo a la velocidad del rayo y creyó que explotaría en miles de brasas candentes, como si fuera un volcán en erupción.

Se estaba consumiendo en el Infierno y todo aquel frenesí sexual lo volvía loco.

La boca de Bella era mágica y estaba logrando que la euforia se apoderase de él a pasos agigantados.

De repente, su esposa se detuvo y se alzó.

Él se la quedó mirando entre la neblina que precede al orgasmo.

Vio cómo ella se quitaba el pantalón junto con el tanga y los zapatos, y lo tiraba todo a un lado.

Su pene saltó contento al contemplar el pubis desnudo.

Bella se acercó a él de nuevo para sentarse en su regazo, introduciendo lentamente la caliente virilidad en su sexo.

—Mis deseos más lascivos solo encuentran desahogo entre tus piernas —jadeó ella cuando la hubo colmado.

Él gimió dándole la razón y comenzaron una danza que los llevaría a que el placer se propagase ardiente por sus venas.

Posesiva, hambrienta y atrevida, Bella asaltó los sentidos de Edward con suma maestría. Incapaz de no sentir las manos de su marido recorriendo con caricias su cuerpo, se inclinó hacia delante para ver por encima de su hombro y soltárselas.

—Tócame —le pidió desesperada por sentir más y más. Más de él—. Bésame.

Edward no pudo permanecer más tiempo quieto al escuchar su súplica. Le acarició la espalda, subiendo las manos hasta enredar los dedos en los rizos rubios del cabello de su mujer y sujetarle la cabeza en la posición adecuada para poder rozarle los labios. Los reclamó al tiempo que emitía un gutural sonido de posesión.

Llevó una mano hasta el delicado nudo de nervios de Bella en la unión de sus muslos y frotó con el pulgar el sensible punto para asegurarse de que ella también disfrutaba.

En medio de aquel arrebato de lujuria y pasión desenfrenada, el matrimonio hizo el amor sobre la silla de jardín y, cuando alcanzaron su clímax, la luna fue testigo de tan erótico momento.