CAPÍTULO 24

—Edward tengo algo que decirte antes de que te vayas al gimnasio.

Había pasado más de una semana desde que Rosalie se delató y cada día habían rezado por que la policía no fuera a su casa a detener a Edward por abuso o violación. Algo que hasta ese momento no había ocurrido. De los Hale no habían tenido noticias y ellos tampoco se habían puesto en contacto con la otra familia.

Respiraban tranquilos, pero había una tensa calma que a Bella no le gustaba en absoluto. Sin embargo, tenía una buena noticia que darle a su marido.

—Creo que… Que estoy… Estamos… embarazados.

En su voz se notaba la emoción que le producía algo así después de tanto tiempo esperando, buscando y, por fin, lográndolo.

Edward, sentado a su lado en un taburete mientras desayunaba, dejó su café a medio camino de su boca y se giró para mirarla.

Con la ilusión bailándole en los ojos, vio cómo el rostro de su mujer se contraía y su mirada se llenaba de lágrimas de alegría.

Dejó la taza en el platillo y la abrazó.

—¿Estás segura?

—Sí. Llevo diez días de retraso y esta mañana, nada más levantarme, me he hecho un test de embarazo. No creía que fuese posible. Pensaba que sería por los nervios de estos últimos días, pero mira… —Sacó del bolsillo de su pantalón corto el test—. Aquí tienes la prueba. Dos rayitas rosas.

—¿Y por qué no me has avisado? Me hubiera gustado estar contigo en ese momento —la regañó con dulzura.

—Cuando he despertado tú te habías ido a dejar a Nessie al campamento —le recordó—. Y ahora que has vuelto es cuando te lo estoy diciendo. Además, no puedo aguantarme el pis tanto rato.

Se rio entre lágrimas y su marido la acompañó en su risa.

—Pues ya tengo dos noticias que darle a Jasper —comentó Edward—. Una que va a ser el encargado del nuevo gym y también que será tío otra vez.

—Luego me acercaré a casa de mi hermana para decírselo, aunque pienso que es demasiado pronto, pero ellos lo hicieron con nosotros cuando Alice se quedó en estado. Así que es justo que ahora yo se lo diga tan pronto y, además, es mi hermana. ¿A quién se lo voy a contar si no? Ya está de baja en casa aburriéndose como una ostra, según ella, así que la noticia le va a sentar estupendamente.

Edward la besó en los labios con un beso profundo, que le hizo saber a Bella lo feliz que estaba por el acontecimiento.

—¿Habrá que celebrarlo, no? —preguntó él. Ella asintió.

—Llama a Ángela para que se quede con Renesmee la noche que quieras —acordó él con una sonrisa—. ¿Tienes algún síntoma aparte de que no te haya venido el período?

—Llevo un par de días con más sueño de lo normal, pero, por lo demás, estoy bien, como siempre. Ni náuseas, ni vómitos, ni me dan asco ciertos olores… Ah, bueno, las tetas me las noto muy sensibles. Cualquier roce me molesta.

Edward ciñó a Bella más a su cuerpo.

—Pues no te has quejado anoche, cuando te las estaba chupando… —ronroneó.

—Es que no me has hecho daño. Al contrario, disfruté mucho con la suavidad y delicadeza de tu lengua. Casi me corro… —suspiró al recordarlo.

—¿Tienes ganas de hacerlo de nuevo? Dispongo de treinta minutos antes de ir al gym —le propuso él.

—¿Y comenzamos a celebrarlo ya?

—En efecto.

—Hecho.

Se levantaron de los taburetes que habían estado ocupando y, agarrados de la mano, se dirigieron a la habitación de matrimonio para dar rienda suelta a su pasión.

—¿Te duchas tú primero o lo hago yo? —preguntó Edward a Bella después de haber hecho el amor.

—Dúchate tú, que tienes más prisa por irte al gimnasio —contestó ella—. Yo hoy no creo que vaya. No me apetece.

—Está bien.

Edward se levantó de la cama mostrando su gloriosa desnudez y ella emitió un suspiro de deseo.

—¿Te has quedado con ganas de más? —quiso saber riéndose.

—Yo siempre tengo ganas de ti, ya lo sabes. —Bella recorrió con sus ojos el cuerpo de su marido. Él sintió su mirada como si fuese una lengua de fuego que le lamía la piel y le abrasaba

—. Pero vete a la ducha o no saldremos de la cama en todo el día.

—Está bien, viciosilla —dijo inclinándose para darla un beso en los labios.

Bella se pegó a su boca como si fuera un sediento en mitad del desierto y hubiera descubierto un oasis.

Cuando el beso finalizó, Edward se metió en la ducha entre risas.

Bella se quedó tumbada en la cama, estirándose y oliendo las sábanas que mantenían el aroma a sexo y a pasión.

De repente, un ruido en el cristal de la ventana llamó su atención. Desvió la vista hacia allí, pero no vio nada.

«Habrá sido algún gato callejero de los que se cuelan en el jardín», pensó.

Se quedó quieta en la cama esperando que Edward terminase de ducharse, pensando en la felicidad que se les venía encima con la llegada de un nuevo miembro a la familia. Nessie se pondría como loca cuando le comunicaran la noticia. ¿Cuándo se lo iban a decir a la niña? Mejor sería esperar un poco más, hasta que a Bella se le empezase a notar la barriga. De lo contrario, si se lo decían ahora a Renesmee, el embarazo se le iba a hacer eterno.

¿Y Esme? Seguro que le daba igual. Con el poco interés que tenía en estrechar lazos con los suyos…

Ojalá estuviesen vivos sus padres. Se alegrarían muchísimo…

De pronto, escuchó pisadas en el pasillo. Eran sutiles, sigilosas, pero ella conocía bien los ruidos que había en su casa de día y de noche, y este no era normal. Si Edward estaba duchándose y ella estaba en la cama, ¿quién había en el pasillo?

No tuvo que esperar mucho para descubrirlo.

La sangre se le heló en las venas, el corazón se le paró y su instinto le dijo que no debía moverse ni un milímetro al ver que Rosalie Hale entraba en su habitación empuñando una pistola.

—¿Qué… qué… haces —Bella tragó saliva. Tenía la garganta reseca y le costó hacerlo, pero, aun así, lo logró— aquí?

—He venido a matarte —siseó Rosalie con una voz tan fría que heló hasta el aire a su alrededor.

—¿Por qué? —quiso saber Bella, cubriéndose con la sábana hasta la barbilla.

—Porque tú tienes lo que yo quiero y me estorbas para conseguirlo.

Rosalie dio otro paso hacia ella y llegó hasta los pies de la cama, frente a Bella.

—Además, tengo que castigarte. Me he pasado una semana encerrada en mi cuarto por tu culpa. Fuiste a contarle todo a mi madre, que luego se lo contó a mi padre y montó en cólera. Me dio tal bofetón que no se me olvidará en la vida y me hizo prometer que me olvidaría de Edward, pero eso es imposible. Jamás podré olvidarle porque estoy decidida a empezar mi vida con él. Nos iremos lejos, con Renesmee…

—Si te han castigado tus padres es por tu mala conducta. Además, tú misma te delataste, no yo —se atrevió a decir Bella.

—Si no hubieras ido a mi casa, nada de esto habría pasado. Yo hubiera seguido con mi plan de enamorar a Edward…

—Edward no te quiere y nunca lo hará —la interrumpió con valentía. Rosalie, sin dejar de apuntarla con el arma, se rio.

—Puede que ahora no, pero con el tiempo lo conseguiré. Tú ya no estarás y me tendrá a mí. Funcionamos muy bien en el plano sexual, lo pudimos comprobar en el club, así que se olvidará de ti y me amará a mí.

El agua de la ducha cesó y Bella temió que Edward saliera desnudo. No quería que Rosalie admirase su cuerpo, pero lo que más temía era que el arma se disparase e hiriese a alguno de los dos. O peor aún, que acabasen muertos por culpa de una lunática, obsesionada con su hombre, que no aceptaba un «no» por respuesta.

—Bella —la llamó Edward desde dentro del cuarto de baño—, ya puedes entrar, cariño.

Rosalie se llevó un dedo a los labios, ordenándole que se mantuviera en silencio, y, sin dejar de apuntar con la pistola a Bella, dio unos pasos hacia la puerta del baño integrado en la habitación.

La abrió un poco y contempló cómo Edward se secaba con una toalla. La boca se le hizo agua y, por un momento, ver el cuerpo desnudo y musculado del que estaba segura iba a ser su hombre, la despistó.

Y eso fue lo que le valió a Bella.

Cuando Bella vio que ella desviaba el arma inconscientemente hacia los pies de la cama, se dijo que era su momento de actuar. Se tiró del colchón por el otro lado, quedando así protegida por él. Cogió su móvil de la mesilla y marcó el 911, el número de emergencias.

—¿Qué haces, zorra? —preguntó Rosalie al darse cuenta de su estratagema.

Rodeó la cama y se encaró con Bella que, tumbada en el suelo de la habitación, esperaba a que le contestasen.

Justo en ese momento se oyó la voz de la teleoperadora. Y Bella comenzó a hablar muy deprisa.

—Hay una intrusa en mi casa. Tiene una pistola y va a matarme…

No pudo decir más porque Rosalie se abalanzó sobre ella para quitarle el móvil.

Sin embargo, la joven no esperaba que Bella opusiera resistencia y forcejearon. El teléfono cayó de sus manos y fue a parar debajo de la cama.

—Maldita hija de puta —masculló Rosalie entre dientes.

Bella le pegó una patada, pero, se hizo más daño a ella misma que a Rosalie, al llevar los pies descalzos y desprotegidos.

Rosalie le atacó con la culata de la pistola y le dio un buen golpe en la cabeza, que le hizo ver las estrellas y todas las demás constelaciones a Bella.

Al escuchar alboroto en su cuarto, Edward salió del baño cubierto solo por un slip.

—¡Bella! —gritó al ver lo que sucedía en la habitación.

—¡Tiene una pistola! —le informó su mujer a voces.

—¡Quieto! ¡Quieto o la mato! —le advirtió Rosalie apuntando de nuevo a Bella. Edward levantó las manos pidiéndole que se tranquilizara.

—Cálmate —le habló con voz suave—. Tú no quieres hacer esto.

—Sí, sí quiero hacerlo. Tú y yo tenemos que estar juntos y ella estorba, ¿no te das cuenta? Si me la cargo, un problema menos. Al fin podremos vivir nuestro amor.

—¿Nuestro amor? Tú y yo no tenemos ninguna relación de pareja. Además, ¿cómo piensas que podría vivir con la asesina de mi esposa? ¡Estás loca! Jamás podría enamorarme de ti y, mucho menos, compartir mi vida contigo.

Rosalie se enfadó al escucharle decir aquello. Poniéndose en pie, sin dejar de apuntar a Bella, se encaró con él.

—Yo tengo un cuerpo joven con el que te saciarías todos los días y todas las noches. Yo te la chupo mucho mejor que ella. Yo…

Bella, aprovechando que ella no la miraba, le dio una patada en la parte trasera de las rodillas y la desestabilizó.

Al caer, Rosalie disparó la pistola, dando de lleno en el cuerpo de Bella. La detonación sonó dañando los tímpanos de los tres.

—¡No! —gritó su marido al ver la sangre en el vientre de su mujer. Saltó por encima de Rosalie y corrió hacia Bella.

¡Dios! ¡Cómo dolía! La bala le había mordido haciéndole un daño terrible. Bella se llevó las manos a la zona afectada para detener la hemorragia y presionó, pero las fuerzas comenzaron a fallarle.

De repente, la habitación se llenó de gente.

Escuchó gritos de los policías y Rosalie disparando contra ellos como si estuviera poseída por un ser maléfico.

Pasaron muchas cosas a su alrededor, pero Edward solo tenía ojos para Bella y ella para él.

Protegiéndola con su cuerpo evitó que le hiriera alguna bala más.

—Te ha dado —murmuró él. Ella no contestó.

Se quedó mirándole hasta que su vista se nubló y sus ojos se cerraron.

—Te quiero, Edward.

Los servicios de emergencia actuaron rápido. Habían rastreado la llamada y acudieron a la casa del matrimonio Masen a la velocidad del rayo mientras la teleoperadora seguía escuchando todo lo que pasaba.

Cuando la policía llegó, descubrieron a Rosalie Hale con una pistola en las manos. Le ordenaron que la soltase, pero, como ella no les obedeció y comenzó a descargar el contenido del arma contra ellos, uno de los policías le disparó en una pierna y por fin la joven tiró el arma.

La detuvieron y se la llevaron mientras los sanitarios se ocupaban de Bella, que estaba inconsciente. Su corazón aún seguía latiendo, aunque estaba perdiendo pulsaciones muy deprisa y la sangre llenaba su vientre, bajando por sus piernas.

—Por favor, ayuden a mi mujer. Está embarazada…

Edward no quería separarse de Bella, pero los sanitarios tenían que hacer su trabajo, así que tuvo que dejarla en sus manos.

Minutos después, subió a la ambulancia con ella.

Bella estaba muy pálida, pero respiraba. Su corazón aún latía.

Sin embargo, Edward no sabía si la bala había herido al feto. Rezó para que su esposa y su futuro hijo se salvasen.

«Dios no te la lleves, no me la quites. La necesito más que tú».

De pronto se acordó de Renesmee. Estaba en el campamento y alguien debería ir a recogerla.

Llamó a su madre cuando llegaron al hospital y a él le hicieron quedarse en la sala de espera mientras atendían a Bella.

—Mamá necesito que vayas a buscar a Nessie al campamento. Es en el mismo colegio. Sale a las cuatro —dijo a toda velocidad, con la angustia de no saber si Bella sobreviviría.

—Huy, pues hoy no puedo. Tengo una partida de cartas… Edward no la dejó terminar.

—¡Maldita sea, mamá! ¡Estoy en el hospital con Bella! ¡Le han disparado y está debatiéndose entre la vida y la muerte! ¡Deja tu partida de cartas para otro momento y ve a buscar a Nessie al colegio o te juro que la próxima persona que acabe en el hospital con una herida de bala serás tú!

La gente que estaba en la sala de espera se lo quedó mirando y una enfermera le pidió silencio.

—Mamá, por favor —masculló en voz baja—, haz lo que te pido.

—Está… está bien…, hijo —balbuceó Esme a quien el arrebato de cólera de Edward había dejado anonadada—. Iré a buscar… a Renesmee. Bella… ¿Bella se recuperará?

—No lo sé, mamá. Había mucha sangre y… Además… Creemos que está embarazada otra vez. El bebé… No sé…

Rompió a llorar como un niño. La tensión del momento y la angustia de no saber qué iba a pasar con su mujer y el feto, le estaban destrozando los nervios.

—Tranquilo, Edward. ¿Qué hago con Renesmee? ¿Quieres que la lleve al hospital?

—No, no. Aquí no la traigas —contestó enjugándose las lágrimas con la otra mano—.

Llévatela a casa y entretenla como sea. Dale… Dale un bloc y unas pinturas. Le encanta pintar.

—¿Y si me pregunta por vosotros? Edward pensó un momento la respuesta.

—Dile que nos hemos entretenido haciendo unas compras y que luego yo iré a recogerla a tu casa.

—De acuerdo. —Esme hizo una pausa—. Hijo, Bella se va a poner bien. Es una mujer fuerte y saldrá de esta. Ya lo verás.

—Dios te oiga, mamá.