Este Fic es una adaptación del libro "AMA" de Keyla Leiz la cual les comparto sin fines de lucro,
sino para dar vida a mis personajes favoritos de Bleach pertenecientes a Tite Kubo. Espero lo disfruten.
Dentro de esta adaptación se han realizado algunos cambios para que se ajusten a los personajes de Bleach.
Advertencia: En este fic algunos capítulos contienen material BDSM, si no te gustan estos temas, sigue de
largo y disfruta de algunas de mis otras historias.
Capítulo 24
Confiésame tus más ocultas fantasías y permíteme cumplirlas, pues tu
placer es el mayor de mis gozos.
A Ichigo se le repetía una y otra vez la frase de Rukia. "Al club", "al club",
"al club"... Sabía perfectamente a lo que se estaba refiriendo y, por eso mismo,
sus neuronas habían dejado de funcionar. ¿De verdad creía que él iba a ir a un
club de BDSM? ¿Y cómo podía decirlo de esa forma tan natural y directa?
¿Acaso no se acordaba que le había dicho que él odiaba todo lo que tenía que
ver con esa práctica sexual?
Una cosa era que lo hubiera pasado bien dejando que ella llevara la voz en el sexo.
Y otra muy diferente que tolerara que se le golpeara a una mujer en su presencia.
Ni siquiera porque ella quisiera.
— No te voy a obligar a nada, Ichigo —comentó Rukia al ver cómo el rostro de Ichigo
se había ensombrecido y perdido color—. Solo te informo que yo no me voy a casa,
voy a ir al club. Y si tú quieres venir, estás invitado.
— Rukia, ¿cómo puedes ir a un sitio como ese? Ya sé que no te harán daño a ti pero...
¿y ver cómo hacen daño a otras mujeres?
— Ichigo, ¿has estado alguna vez en un club de BDSM? —preguntó ella.
— Sí. Varias veces.
— ¿Y piensas que todos son iguales?
— Todos se basan en pegar y follar —contestó de forma despectiva—. En serio, Rukia...
— Hay clubs donde solo se va a beber una copa y conversar con gente a quien le gusta
lo mismo. O se va para ver espectáculos. No tiene por qué haber sexo si no es consentido,
y lo mismo ocurre con los azotes, latigazos y demás.
— No puedo creer que estemos hablando de esto... —Ichigo se estaba cerrando en banda.
Él no iba a pisar un sitio así, no. Nunca.
Rukia se acercó a él y desabrochó uno de los botones de la camisa para introducir su mano.
Notó cómo el pecho de Ichigo se hinchaba y sus yemas cosquilleaban al contacto con la piel de él.
— No me vas a convencer, Rukia —Ichigo atrapó su mano impidiéndole que pudiera seguir
acariciándole pero, tampoco, apartarla. La miraba con determinación.
— Hoy has conocido a Hisagi e Ikkaku. ¿Te han parecido malas personas?
— No, al contrario.
Era cierto. En las horas que habían dedicado a volver a revisar lo que tenían contra
Aizen, la aportación de Hisagi y las anotaciones de Ikkaku les habían insuflado de nuevas
esperanzas para, por fin, después de varios años, atraparle con todas las de la ley.
Kaien era el más satisfecho de esa colaboración pues era el que llevaba más tiempo
en el caso y el que se sentía más frustrado de que se escapara siempre.
— Pues ellos dos son Amos. Hisagi usa el apodo de Brayan. Tiene una sumisa; e
Ikkaku es Titán. Estaba con una persona hasta que desapareció. Les gusta darles
dolor porque ellas se lo piden.
Ichigo frunció el ceño. No podía creer que una mujer buscara eso.
— ¿A ti te gusta el dolor? —preguntó Ichigo.
— Me gusta cuando sé que a la otra persona lo va a excitar. Hay muchas formas de
provocar dolor, tú deberías saberlo —le insinuó dando un tirón al vello y haciéndole
sisear y tensarse en el asiento. Su cuerpo reaccionó haciendo que se excitara por esa
acción—. Antes de hacer nada, todo sumiso y toda sumisa pone unas reglas a la
persona con la que va a jugar. Si las respeta, el juego se hace sin incidentes; si en
algún momento la persona se siente incómoda, puede finalizarlo.
— Eso es solo en teoría. En la práctica, con la adrenalina, la gente no para.
— Quizás en ese club que tú conoces. Pero no en este. ¿Por qué no le das una
oportunidad? Al fin y al cabo, es parte de mí...
Ichigo miró los ojos de Rukia. Por algún motivo, sentía que se estaba abriendo a él
al permitirle conocer ese lado suyo. Pero su reticencia a ir a un lugar así luchaba
contra lo que pudiera sentir por ella.
— Está bien —cedió él—. Pero a la mínima que vea que no me gusta, me largo —
gruñó molesto porque había aceptado.
Rukia se acercó y le dio un beso en la mejilla pero, ni siquiera eso, hizo que sonriera
o se lo quisiera devolver. Sabía que le iba a costar pero era hora de que viera un club
de BDSM de verdad, y no los seudolocales que podía haber conocido.
— Necesito vestirme. ¿Me esperas aquí? —le preguntó abriendo la puerta del piloto.
Ichigo asintió—. No tardo —le aseguró saliendo del coche.
Cuando Ichigo se quedó solo, empezó a agobiarse. ¿Qué iba a hacer él en un club
de BDSM? ¡Si no le gustaba! Una cosa era estar con ella y dejar que controlara, y
otra muy diferente ver cómo azotaban, pegaban y permitían vejaciones a mujeres.
Eso iba a ser demasiado para él.
Cogió el teléfono y, cuando estaba mandando un wasap, el sonido le avisó que
habían sido más rápidos que él y ya tenía un mensaje.
Karin: ¿Qué pasa? Estás inquieto. Y no se me ha olvidado que no me has llamado
desde la última vez.
Ichigo sonrió al ver que seguía teniendo esa conexión con ella.
Ichigo: Creo que voy a cometer un error.
Karin: ¿Qué más da uno más? :P
Ichigo: Ja, ja, muy graciosa.
Karin: A ver, ¿cuál es ese error? Porque si después me va a afectar, tengo que
estar preparada.
Ichigo: Voy a ir a un club de BDSM.
Hasta escribirlo hacía que sus manos temblaran. ¿Por qué había aceptado al
final? Tenía que salir del coche, ir a la casa de Rukia y decirle que había cambiado
de opinión. Él ya sabía que esos lugares no eran buenos, no necesitaba verlos.
Todos serían iguales.
Estaba ya abriendo la puerta del copiloto cuando el sonido de un mensaje lo distrajo.
Karin: ¿Y qué pasa? ¿Es uno de confianza? Pues adelante...
No podía hablar en serio. ¿Su hermana le había escrito eso?
Cansado de escribir, hizo desaparecer la aplicación y buscó en sus contactos
hasta localizar a Karin. No hicieron falta más que dos tonos para que ella descolgara.
— ¿Qué? —preguntó como si se lo hubiera esperado y eso la exasperara.
— ¿Cómo me puedes estar diciendo eso?
— A ver, sospecho que esto tiene que ver con esa mujer, ¿no? Si es porque ha ido al
club y tú quieres ir, no veo nada malo. Así puedes ver si está en peligro.
— Karin, ella es ama —la cortó.
La risa de su hermana hizo que apretara los labios y se incomodara. No le gustaba
que se rieran de él.
— Perdona, cariño. Es que... Si ella es Ama, como dices, quiere decir que quienes
deben tener cuidado son las otras personas que sean sumisas.
— Ya lo sé —gruñó él.
— ¿Y entonces de qué te preocupas? —preguntó ella—. Vais a un club a tomar algo
y a divertiros...
— Claro... a tomar algo y a ver cómo la gente maltrata a los demás — soltó
sarcásticamente—. Como si fuera lo más normal del mundo.
Karin suspiró. Entendía a su hermano porque, lo que él había visto, era la peor
cara del BDSM. Pero había otra y era la que no se permitía conocer.
— Ya te lo dije una vez, Ichigo. El BDSM se basa en tres pilares: sano, seguro
y consensuado. Si el club es de confianza, allí nadie hará nada que la otra
persona no quiera.
— ¿Y eso cómo lo sabes? —cuestionó cabreado—. ¿Acaso tú consensuaste
lo que te hizo ese tipo? —En el mismo momento en que la pregunta salió de
sus labios se arrepintió de ello—. Perdona...
— Está claro que hasta que no lo veas con tus propios ojos no vas a creer.
Así que mi consejo es que vayas. Haz lo que te dé la gana. Buenas noches. —
Karin cortó sin esperar la despedida de su hermana.
— ¡Mierda! —gritó enfadándose más por haberle hecho daño a la persona que quería.
La puerta hizo que se girara para ver entrar a Rukia en el coche. Se había puesto
una minifalda de cuero, con medias de redecilla que hacían sus piernas más
sensuales. No hacía falta preguntarle si llegaban hasta arriba, en el momento en que
se sentó, la falda se le subió lo suficiente para que pudiera ver que llevaba un liguero
en color negro. Finalmente, en la parte de arriba se había puesto un corsé de lentejuelas
y, para cubrirse, una torera roja. Su pelo seguía estando recogido en una coleta alta y
había cambiado su maquillaje por otro más apto para una fiesta.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó ella—. Te he escuchado gritar.
— Nada. —Guardó su móvil y se cruzó de brazos.
Rukia suspiró y se giró en el asiento hacia él.
— Hagamos una cosa. Si el club de BDSM que te encuentras no es tal y como piensas,
me darás tu sumisión durante veinticuatro horas.
— ¿Y si lo es? —Siguió el juego.
— Dejaré que seas tú quien controle durante veinticuatro horas —contestó ella.
Ichigo alzó las cejas. ¿Hablaba en serio? ¿Iba a dejar de ser dominante por un día
entero si el club era tal y como él esperaba?
— Tú conoces el club, juegas con ventaja —expuso reacio a aceptar.
— Te equivocas. El club es pequeño pero nunca se sabe qué puede pasar. Quizá
hoy sea un mal día, no sería la primera vez. Estoy apostando a que no vas a
encontrar lo que tú has visto. ¿O acaso tienes miedo?
— No —bufó él—. Trato hecho —aceptó finalmente.
Rukia sonrió. No las tenías todas consigo, pero saber que, si el club esa noche
no tenía problemas iba a tenerlo bajo su dominio, la excitaba mucho.
Arrancó el coche y condujo hacia el lugar. Iba a ser una noche muy entretenida.
— Hemos llegado —anunció Rukia aparcando el coche detrás de otro en la calle.
Señaló con la mano un local que, a simple vista, no destacaba nada de los demás.
Ichigo leyó el cartel que había sobre la puerta y miró a Rukia.
— ¿Lujuria?
— Cosa de Ikkaku, decía que un nombre seductor haría que llamara la atención
—respondió ella.
Debajo del nombre el rótulo también avisaba que era un club privado y las puertas
cerradas a cal y canto bien atestiguaban el hecho. ¿También habría una mirilla y un
gorila en la entrada?
Rukia se bajó del coche e Ichigo hizo lo mismo. Sin embargo, se extrañó cuando ella
fue hacia el maletero. No había metido nada allí.
— ¿Qué haces? —preguntó al ver que lo abría y rebuscaba en el interior.
— Coger un antifaz. ¿Quieres uno? Creo que dentro tienen para los— ¿Hay que
llevar antifaz?
— Solo si se quiere. —Observó cómo se lo ponía y eso hizo que su aspecto cambiara.
Seguía siendo Rukia, la reconocía, pero al mismo tiempo el aura de misterio hacía
querer olvidar su identidad y conocerla de nuevo, seducirla.
— Vale.
— Ya estoy —dijo bajando la puerta del maletero y pulsando el botón del mando que
cerraba todo el coche—. ¿Vamos?
Ichigo tomó aire y lo soltó lentamente. Lo único que lo retenía allí era la
apuesta que había hecho con Rukia.
Ambos cruzaron la calle y se pusieron frente a las puertas de hierro del
club. Fue Rukia quien las golpeó con los nudillos y, de pronto, una ventanita se
abrió y dos ojos observaron a Rukia y a su acompañante. En el momento en que
se fijó en ella habían brillado y alegrado pero, al ver a Ichigo, se habían
esfumado ambas sensaciones.
— ¿Contraseña?
— Pájaro de fuego —respondió Rukia.
— ¿Hay contraseñas? —preguntó Ichigo al mismo tiempo que se abría la puerta para
que entraran.
— Sí, cada noche una diferente. De esa manera solo las personas que reciben el
mensaje con ella pueden acceder al local.
Los dos entraron, Ichigo pensativo porque era una buena manera de evitar que alguien
ajeno al club pudiera entrar a mirar o a hacer otra cosa.
— Buenas noches, Moon, ya te echaba de menos.
— He estado ocupada, Markus. Pero sabes que no puedo dejar de venir de
vez en cuando —le explicó Rukia dándole dos besos a la persona que les había
abierto.
Ichigo se quedó mirando al hombre. Bien podía ser un gorila porque era
bastante alto y grueso, además de fuerte, no dudaba de ello. Había entablado
conversación con Rukia como si la conociera de bastante tiempo y ella parecía
muy tranquila conversando con él. Pero, ¿por qué llamarla Moon?
— ¿Quién es? —preguntó él.
Él viene conmigo; es... un amigo. Brayan y Titán lo conocen así que dudo que
pongan problemas.
— Si tú lo dices... — Perdona. Pero yo prefiero llamarles antes, si no te importa,
Moon. No quiero que me digan nada después.
Rukia asintió. Allí no entraba nadie que no fuera autorizado y era responsabilidad
de Markus. Por eso entendía bien que quisiera cerciorarse.
— Brayan, perdona que te moleste... Rukia acaba de venir con un tío nuevo
y... ¿Cómo dices que se llama? —le preguntó a Rukia.
— Ichigo.
— Se llama Ichigo. —Markus se calló—. Vale, genial. Gracias—. Puede pasar.
¿Conoce las normas?
— Más o menos... ¿Tienes un antifaz para él?
— Sí, espera...
Markus se marchó hacia una puerta, la abrió y entró en ella. A los pocos
minutos salió con varios antifaces en la mano. Se los ofreció a Ichigo quien se
quedó mirándolos.
— Elige uno.
Sin darle tiempo, Rukia cogió uno de ellos y, con su dedo, le pidió que se
diera la vuelta. Ichigo así lo hizo. Ella le pasó el antifaz por la cabeza y se lo
ató por detrás.
— Ya está. —Hizo que se girara y lo observó.
Ichigo podía ver cómo las pupilas de Rukia se dilataban y oscurecían, ¿estaba
excitada?
— ¿Ya tiene nick? —preguntó Markus haciendo que ella parpadeara y se volviera
hacia el otro, para rabia de Ichigo.
— Sí. novato.
— ¿novato? —repitió Ichigo al escucharla.
— Eres nuevo en esto —le explicó Rukia cogiéndolo de la mano y llevándolo a un
pasillo que no parecía tener fin.
— ¿Y por eso novato? —insistió él pero no obtuvo respuesta de ella—. ¿Puedo
cambiarlo?
— No, es para siempre —contestó Rukia.
— ¿Aun cuando sea experto?
Rukia se detuvo y él la adelantó un par de pasos antes de darse la vuelta
para preguntarle por qué se había parado.
— ¿Y quién dice que algún día te lo enseñaré todo? —lanzó ella con una sonrisa
libidinosa. Ichigo se estremeció por esas palabras porque al margen de lo que
significaban, había mucho más implícito en ellas.
— Rukia...
— Aquí soy Ama Moon —le reprendió ella.
— ¿Usas varios nicks?
— No quiero que nadie me relacione con la persona que soy en internet.
Aquí no uso peluca porque me siento cómoda con la gente, la conozco y
sé que, lo que pasa aquí, se queda aquí. Pero en internet nunca se sabe.
— Lo entiendo. Pero eso quiere decir que sí se pueden usar más nicks o
cambiárselos... —apostilló él, sonriente.
— No si la persona que te bautiza no te lo autoriza —respondió ella
acariciándole la mejilla y bajando hasta su mano para volver a cogerla y
seguir andando.
Llegaron hasta una segunda persona, y después de que este volviera a verificar,
en este caso con Markus, que Ichigo podía estar allí, les abrió la siguiente puerta
para acceder al club.
— Menuda seguridad —elogió Ichigo al pasar a lo que era el club.
— Ya te he dicho que es un club privado. No entra nadie que no sea invitado.
Pero Ichigo ya no escuchaba. Se había quedado mirando el club, que era inmenso,
y se había quedado sin palabras. Estaba organizado por distintos ambientes, por
lo que observaba: había una barra para pedir bebidas o tapas; una zona de sillones
y sofás; y otra parte que parecía un escenario, en una esquina del lugar.
También se fijó en una puerta abierta y oscura que parecía tener unas escaleras
en forma de caracol.
— novato... novato. —Rukia optó por darle un golpe en el brazo para que se diera
cuenta que lo llamaba a él.
— ¿Qué pasa?
— Aquí eres "novato", respondes por ese nombre. Jamás le digas a nadie cuál es
el real, ¿de acuerdo? —Ichigo asintió—. Y no te separes de mí.
— ¿Por qué?
— Eres nuevo. Muchas Amas, y Amos, querrán saber de ti, si tienes dueño o dueña,
si quieres jugar, si no tienes a nadie... Todos son buena gente aunque,
... —Rukia se quedó callada.
— ¿Hay alguien poco legal? ¿Tenía yo razón en que los clubs...?
— No quiero que nadie te toque —lo interrumpió ella antes de que terminara la
pregunta.
Ichigo se quedó con la boca abierta y, poco a poco, los labios esbozaron una sonrisa.
¿Eso eran celos? ¿No quería que nadie más que ella pudiera tocarlo? De repente,
todo el cuerpo de Ichigo tembló y una sensación muy placentera se anidó en él.
— Contrólate, novato... La noche solo acaba de empezar —le susurró ella
acercándose más y abriéndole la camisa un par de botones para acariciarle el
pecho.
Rukia se separó de él y fue hasta la barra, acompañada de Ichigo. Ambos
pidieron algo de beber y pagaron sus consumiciones. Fue Rukia la que le
propuso sentarse en una de las mesas con sillones y, allí, se fijó en que muchos
iban a saludarla o a presentar sus respetos, cuando eran sumisos o sumisas
quienes lo hacían.
Parecía que todo el mundo la conocía pues conforme pasaban por delante
la saludaban y después se quedaban extrañados de que estuviera acompañada.
— ¿No sueles estar acompañada?
— A veces estoy jugando con algún sumiso, o charlando con Amos o
Amas. Pero no se extrañan de eso —le comentó Rukia al darse cuenta del
porqué de la pregunta—. Eres tú. Eres nuevo y una golosina para algunos.
Ichigo carraspeó un poco incómodo. No le gustaba lo que le había dicho.
— Nadie se acercará o te hablará sin antes hacerlo conmigo.
— ¿Y eso por qué?
— Porque estás conmigo —contestó girándose para mirarlo con tal intensidad
que hizo que Ichigo se saltara un latido.
El ambiente, la iluminación, hasta la música parecía influir en el estado de los
que estaban allí. O eso le parecía a Ichigo pues, desde que había entrado, se
sentía diferente.
— ¡Moon! —exclamó una mujer acercándose a ellos.
— Hola, Diablesa. —Rukia se puso de pie justo cuando llegaba una mujer
vestida por completo con un mono de cuero rojo—. ¿Y plebeyo?
— Aquí viene... —dijo ella apartándose para ver a un hombre, también
con un mono de cuero, en este caso negro, andando a cuatro patas. Tenía
puesto un strapon con una cola y llevaba una mordaza de bola que hacía las
veces de bozal. Un collar en su cuello y una cadena que sostenía la mujer
acababan el atuendo—. Esta semana lo tengo de perro, ¿a que es mono?
— Sí, bastante mono —comentó Rukia sonriendo.
El sumiso se le acercó y empezó a gemir. Le daba con la mano en las
piernas llamando su atención con lo que le acarició la cabeza a modo de
saludo y éste respondió moviendo las caderas para que la cola que llevaba
penetrándole el trasero se moviera también.
— Está contento de verte.
— Ya lo veo... —Levantó la vista y vio que Diablesa miraba más allá de
ella con lo que siguió la dirección hasta Ichigo.
— ¿Quién es? —preguntó ella.
— Se llama novato —respondió ella.
Ichigo se levantó del sillón y se acercó a ellos.
— Hola, encantado —saludó tendiéndole la mano.
— Madre mía, Moon... menudo hallazgo. ¿Es tuyo?
— Sí —contestó haciendo que Ichigo se sorprendiera. ¿No se suponía que
ella no tenía sumisos? ¿A qué venía decir que era suyo? ¿Y por qué tenía que
ser suyo?
— Qué calladito te lo tenías, ¿eh? Ya verás cuando varios de aquí se
enteren. Menuda depresión van a coger —rió Diablesa—. Bueno, voy a darle
su paseo a plebeyo que después quiero que haga un poco de ejercicio, tú ya me
entiendes...
Rukia amplió la sonrisa y asintió. Seguro que ya había reservado una de las
mazmorras del sótano. Volvió a sentarse y Ichigo hizo lo mismo, solo que más
cerca que antes.
— ¿Desde cuándo soy tu sumiso? —le preguntó molesto—. ¿Por qué le
has dicho que soy tuyo?
Rukia se volvió hacia él. Sabía que estaba cabreado, y no le gustaba la
forma en que le hablaba, menos delante de los que estaban en el club.
— Yo no le he dicho que seas sumiso. He dicho que eres mío. Y lo he hecho
porque en un club de BDSM la persona que viene nueva debe tener un protector.
— ¿Y qué pasa si no lo tiene? ¿Se le hace daño a esa persona? Porque eso
mismo es lo que creo que pasa. ¿Tan insegura estás de ganar la apuesta que
tienes que dejar claro que no me toque nadie? Rukia abrió la boca y la cerró.
— Vete... —Cogió la copa y bebió—. Aléjate de mí y observa. Actúa como quieras
pero si en algún momento te sientes incómodo, di que eres mío —le aconsejó.
Ichigo se levantó cabreado del sofá. Él no era propiedad de nadie, ni iba
a permitir que ella lo transformara en lo que había visto: un perro faldero.
¿Para eso lo había llevado? ¿Para enseñarle lo que le esperaba si seguía con
ella? Porque, si era así, entonces... Se quedó callado notando cómo su
corazón palpitaba más rápido conforme se alejaba de ella. Quería darse la
vuelta y mirarla pero, su orgullo le impedía hacerlo.
Empezó a caminar y a observar a los que estaban en el club. Y se
sorprendió. Había muchas caras conocidas, a pesar de que algunos llevaban
máscaras. Todos parecían relacionarse con los demás como si no vieran nada
malo en tener al lado a un hombre o a una mujer por debajo de ellos, bien con
accesorios, o bien haciendo otras acciones que, en otro lugar, resultarían
sorprendentes.
En una de las mesas con sofás había varios hombres charlando animadamente.
Junto a ellos, había dos mujeres que estaban arrodilladas en el suelo, esperando
que los hombres les acercaran la copa para beber o les dieran de comer. Pero
también había una mujer sentada al lado de otro hombre que conversaba con ellos
y llevaba un collar, símbolo de sumisión.
Siguió paseando y vio en otra mesa a un hombre y una mujer disfrutándose.
Estaban besándose, pero la mujer tenía los brazos a la espalda y, a pesar de lo
que le hacía el hombre, esta no se movía.
Al lado, se encontró a la amiga de Rukia, Diablesa, quien se había sentado
y puesto entre sus pies al hombre que llevaba atado. Tenía las piernas abiertas
y tiraba de la cadena para que el sumiso se acercara más a su sexo. ¿Estaba
haciéndole sexo oral? ¿Acaso no tenía dignidad?
Movió la cabeza sin entender cómo era posible que un hombre se rebajara a ese
nivel y se alejó hacia una zona más oscura desde donde podía ver a Rukia hablar
con un par de desconocidos, y se sintió celoso por no saber acerca de la conversación
que mantenían. Pero al mismo tiempo, su ego sesentía dolido.
No quería que lo viera como un hombre al que pudiera ordenarle lo que le diera
en gana. Tampoco como un hombre intransigente. Él había sido un "macho", un
hombre que sabía lo que quería y que lo buscaba y conseguía.
Ahora, con Rukia en su vida, se sentía perdido e inseguro. Le gustaba la forma
en que Rukia lo controlaba cuando practicaban sexo; se excitaba mucho más que
cuando era él quien llevaba la voz cantante. Pero no quería verse supeditado a
ella ni a nadie.
— Hola —saludó una chica—. ¿Eres nuevo?
— Sí... soy... novato — se presentó Ichigo.
— Yo soy aura, encantada. —Los dos se estrecharon las manos y se sonrieron.
— ¿Llevas mucho? —preguntó él.
— Un año o así siendo sumisa.
— ¿Y te gusta ser sumisa? —Esa pregunta casi tenía un deje despectivo
que no pasó desapercibido por aura. Lo miró algo tensa pero, después, se
relajó.
— Yo creo que confiar en otra persona, ya sea hombre o mujer, no es malo
—comentó ella sin mirarle—. Uno disfruta lo que le gusta. Sin más. Además,
no hay por qué ser sumisa las veinticuatro horas.
— ¿No?
—Eso lo pilló desprevenido.
— Claro que no. La mayoría de los que están aquí lo practican solo en
momentos esporádicos, cuando quieren mantener relaciones sexuales, cuando
aplican un castigo, cuando les apetece. ¿Tú sabes lo aburrido y pesado que es
llevar una relación de dominación y sumisión todo el día, los siete días de la
semana? Puff, no, eso sería agotarse. Es un juego, como si para mantener sexo
tuvieras que disfrazarte para cumplir una fantasía sexual. Esto es lo mismo. Hay
veces que te gusta hacerlo, y veces que lo dejas a un lado y disfrutas igual.
— aura. —La chica se volvió y su rostro se iluminó al ver a la mujer quela había llamado.
— ¡Ama! —exclamó yendo hacia ella—. ¿Ya ha acabado?
— Sí. ¿Quién es tu amigo?
— Se llama novato. Es nuevo.
Sintió los ojos de esa mujer analizándolo y, sin saber por qué, se
incomodó. No estaba experimentando lo mismo que cuando Rukia lo miraba.
— ¿Sumiso o Amo? —dejó la pregunta en el aire.
— Amo de mi persona y amigo especial de Ama Moon — respondió él tras tomarse su
tiempo
Tanto aura como la otra mujer lo miraron y se echaron a reír.
— Buena respuesta —alabaron las dos.
Ambas se marcharon dejándolo solo y él permaneció en ese lugar al que
se acercaban, de vez en cuando, algunos curiosos con los que charlaba. Era lo
bastante perspicaz para no dar demasiados datos personales y captaba a la
gente a los pocos minutos de hablar. Sabía quiénes iban por simple curiosidad,
quiénes buscando algo más. Claro que eso no le valía cuando, a pesar de ser
más hosco en su conversación, seguían insistiendo y, tal y como le había dicho
Rukia, el decir que estaba con Moon los cortaba de inmediato, se disculpaban y lo
dejaban solo.
Entonces acudían a la mesa de Rukia y hablaban algo ante lo cual ella sonreía y
negaba con la cabeza. En esos momentos, las miradas de Ichigo y ella se cruzaban
y, aunque al principio las rehuía, al cabo de tres ocasiones se fijó en su lenguaje
corporal. Parecía nerviosa e inquieta, pero no entendía el motivo.
En otras situaciones, eran mujeres las que se aproximaban a él para preguntarle
si quería jugar, o si tenía sumisa. Y a pesar de que las charlas con ellas eran
educadas siempre, el hecho de que ellas le dijeran todo lo que estaban dispuestas
a hacer lo frenaba en seco. No quería a su lado a una mujer que, a la primera de
cambio, quisiera que la tratara como un felpudo.
De todos los rostros que había allí, reconoció a Ikkaku, Titán en el club,y levantó
la mano para saludarlo. Este se acercó a él con entusiasmo.
— Buenas noches... —se quedó callado sin saber cómo dirigirse a él sin
revelar su nombre.
— Me ha puesto "novato " — murmuró haciendo referencia a la persona que
le había dado ese seudónimo.
Ikkaku se echó a reír y le palmeó el hombro.
— Parte de razón tiene, ¿dónde está Moon?
— Sentada allí. —La señaló con la cabeza e Ikkaku se extrañó.
— ¿Por qué no estás con ella?
— Estoy... integrándome por mi cuenta...
Quizá me estoy metiendo donde no me llaman pero Moon es buena amiga mía
y no me gustaría que le hicieras daño. —Ichigo lo miró con el ceño fruncido.
Había cerrado las manos en puño furioso porque pensara que él quería lastimar
a Rukia.
— Entiendo...
— Tú no sabes nada... —siseó él.
— Es posible. Pero te diré algo: Siempre nos han dicho que los hombres
son los que tienen que proteger a las mujeres, ser los caballeros de brillante
armadura y los que siempre estén ahí sin importar que ellos estén mal. Pero,
¿por qué no puede ser al revés? ¿Por eso se es menos hombre?
Ichigo se quedó helado ante esas palabras.
— He visto cómo la miras, cómo buscabas el contacto con ella en la
comisaría. No encontrarás las respuestas que buscas aquí, sino allí. —Le
señaló la dirección en la que Rukia estaba—. Te gusta, ¿no es así?
Ichigo no respondió.
— Porque, si fuera así, Moon y Rukia son la misma persona. Piénsalo —
añadió Ikkaku volviendo a darle en la espalda en ademán de despedida.
Lo vio acercarse a la mesa de Rukia y esta levantarse para saludarle. Los
dos comenzaron a hablar mientras él intentaba digerir las palabras que le
había dicho Ikkaku.
Minutos después, las luces bajaron y se fijó en el escenario que tenía un
foco de luz enfocando a una mujer a la que empezaron a azotar varios hombres.
Se turnaban entre ellos para darle nalgadas con sus manos mientras ella gemía
y chillaba cada vez que la mano impactaba contra su trasero. Ichigo se sintió
incómodo. Quiso dar un paso adelante cuando una mano lo frenó.
— Mírale la cara —murmuró Rukia.
Ichigo le hizo caso y observó el rostro de esa mujer. A pesar de los gritos,
sonreía y sus ojos estaban vidriosos y casi en un estado de éxtasis por el
placer que sentía. ¿Realmente podía gustarle que la azotaran hasta ponerle el
culo rojo? Sus jugos se derramaban por las piernas y ella parecía querer más
pues, cuando uno de los hombres tardaba más en golpearla, ella movía el
trasero para incitarle a ello.
— ¿Y bien? —preguntó Rukia dándole la vuelta para que la mirara solo a ella—.
¿Cómo ha ido la visita en solitario por el club?
— Tenías razón —admitió Ichigo—. Este club no tiene nada que ver con el que yo
conocí. Aquí la gente se respeta y todo se hace en base a lo que la persona que va
a recibir el dolor quiere. Pero eso no significa que me guste — añadió haciendo que
Rukia se riera por ello.
— ¿Eso quiere decir que gano la apuesta?
— Antes necesito hablar —le pidió.
— Ven...
¿Por qué cada vez que le decía esa palabra su cuerpo convulsionaba y se
erotizaba? ¿Por qué esas tres letras contenían un contexto erótico? Cada vez
que Rukia lo decía, su mente se colapsaba y solo quería obedecerla.
Lo llevó hacia el arco que había visto antes con una escalera de caracol.
A pesar de que antes le había parecido oscuro, tenía unos pequeños apliques
simulando candelabros encendidos, que le daban un aspecto más siniestro.
— ¿Dónde vamos?
Rukia se detuvo y se giró para hablarle:— Abajo están las mazmorras. Son salas
privadas para poder jugar, hablar o lo que se quiera —le explicó—. He alquilado
una mientras tú estabas de paseo. Ichigo tragó con dificultad. Le ponía nervioso
hasta el nombre.
— Si quieres hablar, mejor en un sitio privado, lejos de oídos curiosos o
de interrupciones.
— Vale. —En eso tenía mucha razón.
Los dos bajaron las escaleras y se encontraron con un pasillo en el que, a
cada lado, había una puerta de estilo medieval, algunas de ellas con barrotes
para ver lo que ocurría dentro. Conforme avanzaban, Ichigo no pudo evitar
echar un vistazo al interior de las mismas.
Muchas estaban vacías, pero había algunas de las que salían gritos o
gemidos. Las personas de dentro variaban en número. Lo mismo había dos en
una habitación que, en otra, había más de diez, varios mirando, otros actuando.
No se escandalizaba por las prácticas sexuales. No era ningún mojigato
que las desconociera. Pero el lugar hacía que se sintiera como si fuera la
primera vez.
— Hemos llegado —anunció Rukia sacando una llave de color rojo.
Ichigo estaba ansioso por saber qué iba a encontrar en la habitación.
¿Sería como las anteriores donde había visto, colgados en la pared, un montón
de juguetes eróticos relacionados con el BDSM? ¿O como en otra donde había
una cruz en donde tenían a una mujer atada y desnuda a la que estaban
azotando?
Cuando Rukia abrió la puerta, entró y se apartó para que Ichigo pudiera
saciar su curiosidad. Él se asomó y se quedó extrañado. La sala tenía un sofá
grande de color rojo, varios sillones y una chimenea eléctrica encendida que
hacía que la habitación estuviera caldeada. En el suelo, al lado de la
chimenea, había una alfombra de pelo largo blanco y, un poco más cerca de la
puerta, un mueble bar. No había rastro de juguetes. La miró.
— ¿Por qué no me dices de qué querías hablar? —le preguntó a cambio
caminando hacia el sofá y sentándose en él con una postura relajada—. Y cierra
la puerta.
Ichigo se giró para hacer lo que le había pedido Fire y se dio cuenta que
la puerta no tenía mirilla de barrotes. Era una habitación en la que nadie podía
ver lo que pasaba en ella.
— ¿Por qué has escogido esta habitación? —le preguntó él una vez escuchó el
clic de la puerta al cerrarse. Avanzó hacia ella y se sentó en un sillón.
— En el BDSM, cuando una persona llega nueva conviene que tenga un
protector. Es una forma de proteger a esa persona en sus primeros pasos. La
gente que hay aquí, como te dije antes, son de fiar. Pero cada uno tiene sus
propios estilos y puedes encontrarte con algunos que sobrepasarían tus límites.
Por eso te dije que no te alejaras de mí. Por eso y porque... —Rukia se detuvo
un poco—, porque no quería que nadie te tocara.
Por primera vez, la vio dolida y se sintió mal por haber provocado ese
estado en ella. Se levantó de inmediato del sillón y se acercó a ella acunando
un lado de la cara con su mano. Rukia se apoyó en ella como si quisiera
aumentar el contacto con Ichigo y cerró los ojos para disfrutar del momento.
— ¿Qué es ser sumiso? —preguntó él—. ¿Qué es ser Ama?
Rukia se rozó contra la mano de Ichigo antes de abrir los ojos y colocar la
mano del mismo modo que la tenía él en su rostro.
— Ser sumiso es un rol que se acepta durante un determinado momento.
Suele ser cuando se tienen relaciones sexuales pero pueden ocurrir en otras
circunstancias. Es dar el poder y confiar en la otra persona para que sea ella
quien te dé el placer.
»Ser Ama también es un rol que complementa al sumiso. Es la persona
que controla y se hace cargo de complacer a la otra, de hacer lo posible
porque se deleite y goce cumpliendo sus normas.
— ¿Qué normas se imponen? —susurró él.
— Las que uno quiera. Hay quien pone límites en cuanto a prácticas sexuales,
en cuanto a la utilización de objetos, incluso en cuanto a lo que hacer
o no hacer. Es el sumiso el que lleva las riendas, la otra persona tiene que
respetarlas y saber hacer las cosas para complacerle.
No lo entendía. Había leído algún que otro libro donde decían eso mismo,
pero en la realidad él tenía la experiencia de su hermana. Ella había puesto
límites y el otro se los había saltado sin pensar. ¿Cómo podía fiarse de Rukia?
Levantó la mirada hacia el rostro de ella y de nuevo sintió un pellizco en su
estómago al ver que los ojos de Rukia habían perdido brillo.
— Rukia... yo no sé si seré capaz de... esto. No quiero verme como ese
hombre disfrazado de perro. Tampoco que me traten de la manera que he visto
a algunos. No...
Ella lo besó suavemente.
— Tú ya has sido dominado por mí —contestó ella—. La primera vez fue
en mi habitación. La segunda vez, en el salón. Hay muchas formas de sumisión,
Ichigo.
— ¿Quieres que sea tu sumiso? —preguntó directamente.
— No —respondió ella, tajante, dejándolo más desorientado—. Quiero
pasar tiempo contigo, pelearte y dominarte; vencerte y deleitarme con mi
victoria.
— ¿Y en qué se diferencia eso de ser un sumiso?
— Ichigo, tú no eres un sumiso como los que has podido ver en el club. Eres
prepotente, impulsivo, egocéntrico... Pero cuando dejas eso a un lado,
entonces te permites disfrutar. Yo quiero lo que escondes dentro, lo que no has
dejado a otra mujer que vea de ti. Lo que yo puedo sacar de lo más profundo
de tu ser.
— ¿Por qué?
Rukia lo besó con pasión.
— Porque me gusta. Porque lo quiero.
— Perdóname... —se disculpó.
— ¿Por qué?
— Porque he sido un gilipollas —se autoinsultó—. Me has traído aquí para ver
parte de tu mundo y a ti. Me has querido proteger y yo no he sido
capaz de verlo. Presupuse que querías encasillarme en un rol y reaccioné mal.
Rukia le puso un dedo en los labios para que dejara de hablar. Se acercó y
besó su dedo rozándole al mismo tiempo.
— Déjame demostrarte tu sometimiento...
Y pese a odiar el BDSM, pese a pensar que lo podía ver como a uno de
los hombres con los que jugaba virtualmente, Ichigo asintió. Porque al otro
lado de él estaba ella. La única que había mirado más allá de su físico y su
personalidad.
