Aquí os traigo el segundo capítulo, esperando que os guste. Si puedo actualizaré martes y viernes de cada semana.

No tengo derechos sobre los personajes de Twilight, que son de S. Meyer, pero sí sobre esta historia. Gracias a Maria José y a P., mis primeras lectoras, por sus consejos y ánimos.

EPOV

Esta mañana tenía una cosa clara: iba a pasearme mucho. Me tocaba pasar visita solo y tenía muchos pacientes repartidos por todo el hospital. Por suerte el cansancio no hacía mella en mí, aunque tenía que simular que era así y por eso mismo me paré ante el ascensor y le di al botón de llamada. Me abstraje en mis propios pensamientos, intentando aislarme de los de los demás.

Cuando decidí seguir los pasos de mi padre no imaginé que sería tan complicado todo: simular que era un ser humano había sido casi tan difícil como controlar la sed de su sangre, pero más o menos me estaba saliendo con la mía. Más o menos, porque al final me había ganado a pulso la reputación de tipo raro y sin mucha vida social. Rarito Cullen, así me llamaban algunos, aunque esto no era algo que me preocupara. Era lo que era, un vampiro que renegaba de sus instintos, un tipo peculiar tanto para los de mi especie como para los humanos, pero un vampiro al fin y al cabo. No me interesaba relacionarme a fondo con la humanidad. Me bastaba con seguir con mi vocación, la que tuve siempre, y que no había cambiado a pesar de los años que habían pasado desde mi transformación.

Subiendo en el ascensor percibí la chillona voz de Jessica Stanley. Incluso su mente era estridente. Suspiré y me armé de paciencia ante el inevitable encuentro. Cuando estaba cerca de ella intentaba bloquear sus pensamientos, que me hacían sentir incómodo. Desde aquella época en que no había parado de insinuárseme intentaba evitarla, pero era más complicado intentar no oírla.

El ascensor paró en el primer piso y se abrieron las puertas. Jessica estaba al fondo del pasillo, caminando al lado de otra chica. Decidí ignorarlas y continué avanzando, con la mirada fija en el historial que llevaba en la mano.

De repente una idea me sacudió la mente: no podía oír los pensamientos de la chica que estaba con Jessica. Al mismo tiempo me estremeció un aroma en el ambiente completamente desconocido para mí. Era el olor de aquella chica. Me sentí confuso. Jamás me había enfrentado a nadie que se resistiera a mi don, y ese seductor aroma... era nuevo para mí, me atraía hacia ella, nublándome la voluntad.

Fui acercándome lentamente, aspirando esa fragancia, saboreándola. Intenté serenarme. Estaba alarmado ante mis propias reacciones, pero también sentía una enorme curiosidad. Decidí intentar abatir las barreras de la joven, y clavé mis ojos en los suyos, aún a riesgo de inquietarla… sólo para descubrir que ella me estaba observando fijamente. Escuché su arrítmico latido al enlazarse nuestras miradas. ¿La habría asustado? Vi que era preciosa; poseía unos expresivos y grandes ojos oscuros y una boca sensual de labios llenos. Su cabello era de un brillante tono castaño y lo llevaba recogido hacia atrás. No podía apreciar sus formas femeninas con la poco estimulante ropa del hospital, pero lo poco que se adivinaba me dejaba con ganas de descubrir más. Estudié su sonrojado rostro mientras me aproximaba, refrenando mis ganas de avanzar más rápidamente.

Ya cerca de la joven aquel perfume tentador comenzó a ofuscarme, me impulsaba hacia ella como un potente imán. Sentía la necesidad de respirarla de cerca, de tocarla, como si tuviera que comprobar que era real. Paré de inhalar o no podría controlarme. En aquel instante apartó sus pupilas de mí, y luché contra el impulso de pedirle que no lo hiciera. Recuperé cierto autocontrol y pedí a Jessica que me la presentara.

Bella. Qué nombre tan apropiado. Bella. ¿Qué era eso que me hacía sentir? Quería saberlo, y sólo ella tenía la clave. Jamás ningún ser había despertado en mí tanto interés. Tras cruzar unas pocas palabras de cortesía conmigo ambas se alejaron por el pasillo. La seguí con la mirada hasta que la perdí de vista cuando giró hacia las escaleras. Antes de eso se volteó y nuestras miradas se volvieron a cruzar. Su mente en blanco me provocó una oleada de frustración, como si fuera un niño malcriado al que niegan el juguete más deseado.

BPOV

Ángela y yo nos habíamos pasado la tarde hablando de nuestras vidas, comentando también anécdotas del trabajo y de los compañeros. Le di las gracias por sus consejos. Ya en la noche nos dedicamos a ver una película en DVD y comer palomitas, tumbadas en el sofá del comedor.

-Qué… ¿Ya lo has visto? - me dijo ella como de pasada, cogiendo un montón de palomitas.

-No sé de qué me hablas- repuse indiferente, aunque sabía perfectamente a quién se refería. Me extrañaba que el tema no hubiera surgido durante la tarde. Desde luego, yo no lo saqué a relucir.

-¡Venga ya!- me dio un manotazo ligero en el brazo- No te habrá pasado desapercibido. Además, sé que había un niño operado ingresado en pediatría y que él pasaba visita.- Reí para mis adentros, tenía que andar con ojo, Ángela parecía el Gran Hermano.

-Por dios, Ángela, ¿para quién trabajas, para la CIA? - miré al cielo con resignación fingida. Me sentía tan cómoda con ella que era como si nos conociéramos desde hacía mucho tiempo. Y sólo era nuestro segundo día.

-Venga, confiesa, ¿qué te ha parecido?- siguió pinchando, observándome.

-Supongo que hablas del cirujano… es mono - reconocí con fingida indiferencia, sin apartar la mirada de la televisión.

-¿Mono? ¡Pero si es un dios! – rió.

-¿Te gusta Edward Cullen?- la miré intentando disimular cierta preocupación, aunque pensaba ignorar al "dios". Mi estancia en este país tenía un objetivo, y ese no era liarme con un compañero de trabajo. Además ese hombre estaba fuera de mi alcance.

-Me gusta mirarlo, pero no me atrae.- Me miró, pensativa.- No te sabría decir qué es. Quizá tanta perfección física me asusta un poco. Pero es educado y muy buen cirujano. Y deberías ver lo amable que es con los pacientes. Las abuelitas que ingresan en cirugía lo adoran. Y…

-Vale, vale, no me vengas ahora con querer emparejarme, no tengo ganas de problemas. Además sólo voy a estar tres meses aquí, y tú ya me quieres enredar - Ángela rió.

-No te quiero emparejar, mujer. Sólo tenía ganas de un rato de sano cotilleo con mi nueva compañera. ¿Tienes algo en contra de ligar con un compañero de trabajo que está como un dios?

-Sí. Ángela, no quiero sonar aburrida, pero estoy en Forks para pasar una temporada corta, y el resto de año lo pasaré en Seattle. He venido a este país a aprender y a trabajar- ella bostezó de forma fingida.

-Pues sí que suena aburrido. Y un año da para muchos polv… ¡Ay!- le pegué una suave colleja antes de que acabara la frase, aunque me estaba riendo. Ella alzó una mano conciliadora.

-Vale, vale, si he de soportar agresiones fin del tema. Venga, sigamos viendo la película, que mañana no habrá quien nos levante de la cama.

-De acuerdo, pero otro día toca hablar de tus posibles relaciones, Webber. No te creas que aquí sólo yo voy a ser yo la interrogada.

Ángela rió y diría que se había sonrojado un poquito, aunque la luz era demasiado escasa para asegurarlo.

...

Me incliné para recoger el cambio y mi café de la máquina. Lo probé y arrugué la nariz. El sabor era espantoso, pero todavía arrastraba el jet lag y necesitaba un nuevo chute de cafeína.

-Buenos días - sonó una voz amistosa a mi espalda.

Me giré y vi la sonriente cara de Mónica, mi compañera de especialidad. Era una chica delgada, con ojos azules y el pelo negro cortado en media melena. Ayer se había marchado a la consulta externa a primera hora y apenas tuve tiempo de intercambiar unas palabras con ella, pero me había parecido agradable. Y solía fiarme de las primeras impresiones.

-¡Hola! – le sonreí- Este café hace que me sienta como en casa.

-Ese café tiene muchas propiedades pero la de aminorar la nostalgia no la conocía- alzó ambas cejas componiendo una divertida cara de sorpresa.

-Ah, lo decía porque sabe igual de asqueroso que el de la máquina de mi hospital. ¿Qué más propiedades tiene?

-Bueno, te digamos que a partir de ahora no vas a necesitar laxantes, si es que los tomas- me guiñó un ojo mientras introducía una moneda en la máquina.

-Vale, es el mismo café, ahora estoy segura- asentí, convencida, observando el poso que quedaba en el vasito de plástico. Ambas nos miramos y reímos.

-¿Te vas adaptando? Espero ser la primera en hacerte esta pregunta, creo que la vas a escuchar mucho durante unos días y acabarás odiando a quien te la haga.

-Sí, eres la primera- sonreí-, y me voy adaptando- miré la hora en móvil.- ¿No deberíamos subir ya?

La morena asintió y terminó su café en tres sorbos. Apretó el botón del ascensor.

-Hoy me tocan paritorios, y Emily sugirió que vinieras conmigo. Oye... Sé que vienes de un hospital grande, así que no creo que tengas problemas para manejar a los pacientes cuando estés de guardia tú sola. Algunos adjuntos no colaboran mucho, pero si necesitaras ayuda cosa siempre puedes llamar a Emily, no vive lejos de aquí.

Eso confirmaba la opinión que tenía de mi nueva jefa, y me tranquilizaba.

Tras la sesión de presentación de ingresos Peter le dio a Monica el "busca" del paritorio. Estuvimos muy ocupadas toda la mañana; nos llamaban de la maternidad, para una cesárea, o cualquier parto que se anticipara como complicado. Me tranquilicé viendo que la manera de hacer las cosas no distaba mucho de mi hospital de origen. Al final de la mañana mi compañera y yo nos encaminamos a la cafetería del hospital.

-¿Ya has probado la comida de aquí?- Monica me dirigió una escrutadora mirada mientras ocupábamos una mesa libre con nuestras bandejas.- No, creo que no, tienes buen aspecto.- Sonreí, negando. Respecto a la "deliciosa" comida del hospital parecía que también iba a sentirme en casa.

-Ayer no tenía mucha hambre y comí un yogur arriba en la planta- nos sentamos y me descubrí mirando alrededor, buscando una cabeza de cabellos cobrizos. Pero no estaba aquí.

-Ojalá pudiéramos sobrevivir sólo con eso. Esta sopa parecen los restos de una clase de Pociones.- dijo Mónica, haciéndome reír y atragantarme.

-Yo también soy fan de Harry Potter- sonreí.

Una chica de pelo negro azabache recogido en una coleta y ojos verdes penetrantes se acercó a nosotras con su bandeja, sentándose al lado de mi compañera.

-Tú debes ser la nueva pediatra- me tendió la mano por encima de la mesa.- Soy Anne, "resi" de ginecología.

-Encantada- le di la mano.- Soy Bella.

-Por supuesto que eres Bella, no podían haberte puesto mejor nombre- sentenció un chico rubio vestido de cirujano al tiempo que se sentaba a mi lado. Anne rodó los ojos y bufó.

-Mike, esta es la mesa de las chicas. Vete para que podamos criticarte sin que te sientas herido- gruñó la ginecóloga.

-Anne, me sorprendes ¿Desde cuándo eres tan compasiva? Mike Newton, cirugía, cuarto año- me tendió la mano clavándome sus ojos azules de una forma que me hizo sonrojar, aunque correspondí a su saludo. Tras retener mi mano unos segundos más de lo correcto miró a la ginecóloga- Anne, no me da la gana de comer solo. Ya sabes que Rarito Cullen nunca baja al comedor, y los demás están en quirófano.

-No llames así a Edward- recriminó Mónica, molesta.- Es un poco especial pero es un buen compañero.- Anne asintió, y ambas ganaron muchos puntos de mi aprecio por este gesto.

-¿Es cierto lo que he oído? ¿Que Leonard y él se atrevieron a suturar una rotura cardiaca?-preguntó Anne.

-Sí, hicieron cirugía cardiaca en un hospital comunitario. Esos dos están locos- negó Mike con la cabeza.- Tuvieron suerte de que la cosa fuera bien, de haber sido de otra manera tendrían un pleito sobre sus cabezas.

-Un pleito que no habría ido a ningún sitio. Si no lo hubieran hecho la paciente no habría soportado el traslado al Northwest. Le salvaron la vida- zanjó Anne.

Mi jornada laboral finalizó y me dirigí a Urgencias para despedirme de Angela, pues ella tenía turno de tarde. Intercambié unas palabras con ella y me dirigí a la salida. Repentinamente la puerta de doble hoja se abrió y entró a toda pastilla una camilla empujada por dos paramédicos. Era un anciano inconsciente. Sentí un brazo en mi cintura y una mano en mi propio brazo que me apartaron del camino, evitando que la camilla me atropellara antes siquiera de que yo hubiera reaccionado, . Algo tembló en mi interior al sentir ese contacto.

-Bella- Edward Cullen me soltó y se colocó ante mí.- Has de tener cuidado. Es mejor que no salgas por esta puerta, es la de las camillas y es peligrosa. La del personal es aquélla- señaló.

Su hipnótica mirada se clavó en la mía. Sentí mi corazón latir con más fuerza, y mi rostro se sofocó.

-Gracias por la ayuda- pronuncié con dificultad.- Además de nueva soy un poco torpe- sonreí.

-Edward, te necesitamos aquí- una enfermera salió de uno de los boxes.

-Hasta otra- sonrió Edward. Giró sobre sus talones y se dirigió al box donde le reclamaban, mientras yo intentaba recuperar la compostura.

...

Los días pasaban rápidamente. Angela demostró ser una buena amiga, y con su ayuda, la de la jefa y de algunas de mis compañeras me adapté en poco tiempo a la rutina de ese pequeño hospital. Ya había superado la prueba de mi primera guardia. Ya (casi) me había acostumbrado a la constante nebulosidad de Forks. Sólo había algo que alteraba esa rutina, y era Edward Cullen. Lo veía poco, pero cuando nos encontrábamos por los pasillos del edificio me alteraba de una forma incontrolable, siempre de igual manera, y por ello me enfadaba conmigo misma. Lo peor era que hubiera jurado que él se daba cuenta de ello. Sin embargo, tan sólo pasaba por mi lado, me dirigía un educado "hola, Bella" acompañado de una sonrisa que me acababa de rematar y seguía su camino. Yo entonces resistía el tremendo impulso de girarme y observarlo por detrás.

...

-Bella, qué pena que sólo te vayas a quedar unos meses, es una maravilla cómo te has adaptado a todo en tan poco tiempo-dijo Emily.

-Gracias, jefa- repuse para pincharla, sabía que no le gustaba que la llamara así- lo cierto es que me siento muy bien aquí, y en gran parte es gracias a Ángela y a ti. Hicisteis que comenzara con buen pie, a pesar del palo del primer día.

Hoy me tocaba guardia, pero una guardia un poco especial. Era la primera vez que coincidía con Edward. Notaba mariposas en mi estómago, e intentaba convencerme a mí misma de que estar de turno con él no tenía nada que ver con ello. Pensé en otras cosas. Ángela tenía turno de noche en Urgencias. Siempre me alegraba coincidir con mi amiga.

La tarde fue pasando bastante ajetreada, había visitado muchos casos de gripes y bronquitis, pero ninguno tan grave como para requerir su ingreso. A la hora de la cena no pude dejar de observar que Edward no estaba. Tan sólo lo había visto fugazmente un par de veces entrando y saliendo de los boxes de cirugía. Reprimí una oleada de decepción. Cené rápido porque tenía algunos pacientes esperando en urgencias, y cuando volví para allá Ángela ya había comenzado el turno. Fui a saludarla a la salita de personal, donde estaba tomando café.

-¡Hola, "compa"! ¡Qué bien, una noche más conseguiste sobrevivir al menú hospitalario!- bromeó.

-Sí, pero no cantes victoria, aún no ha pasado el período de seguridad para descartar una intoxicación aguda - compuse una mueca de desagrado tocándome la barriga.- Creí que no se podía comer peor que donde trabajaba antes pero estaba muy equivocada. Los pacientes tienen un buen acicate para curarse pronto, o eso o morir de inanición.

-Eso es cierto -rió Ang.- No me extraña que Edward nunca coma aquí, ese sí que sabe cuidarse. Bueno, él dice que tiene unas cuantas intolerancias alimentarias y que debe seguir una dieta especial, por eso siempre se trae su propia comida…- comentó, con expresión un tanto suspicaz.

-Ah… por eso nunca viene a comer.

-Ja, eso sí que lo habías observado, señorita "yonomefijoenedwardcullen"-me dijo con cara de sorna. Le saqué la lengua.

-A ver, niña, no somos tantos, es fácil darse cuenta cuando falta alguien- repliqué un tanto picada.

-Sí, claro, claro – repuso incrédula. Yo bufé y puse los ojos en blanco, al tiempo que me despedía para continuar mi trabajo.

Eran las dos de la mañana cuando mi adjunto y yo hablamos de partirnos la noche. Yo haría el primer turno, así que trabajaría hasta las cinco. Estaba realmente cansada, y para aguantar acepté un café al que me invitaron las enfermeras. Gracias a ello fui tirando hasta que se hizo la hora. Ángela se había ofrecido a ir a buscar las llaves de las consultas donde descansaríamos si podíamos, y las repartimos. Al terminar mi turno fui a buscar mi llave, que estaba encima de la mesa, en la salita de descanso de urgencias. Era raro. Habría jurado que tenía la llave de la consulta de pediatría, y esta era la de nefrología. Aunque daba igual, estaban una al lado de la otra y yo estaba demasiado hecha polvo como para más conjeturas.

Sin más me despedí del personal de urgencias y me retiré. El ahora silencioso pasillo de las consultas estaba iluminado muy tenuemente por las luces de emergencia. Abrí la puerta y me fui directa al armario de la cama. No quería despejarme, por lo que ni tan siquiera abrí la luz. La consulta estaba a oscuras pero la ventana estaba parcialmente abierta y la iluminación exterior permitía intuir la silueta de la cama, situada en un extremo. Esta ya estaba bajada; debía ser un descuido de la señora de la limpieza. Estaba sentándome a punto de tocar el camastro cuando escuché una voz conocida.

-Bella.

Tuve tal sobresalto que habría caído al suelo, pero eso no llegó a pasar. Un segundo estaba a punto de tocar el piso con mi trasero y al siguiente estaba tumbada al lado de Edward. Al ser una cama estrecha él me sujetaba por la cintura con brazo de hierro impidiendo que me cayese, mientras se inclinaba ligeramente sobre mí. Su hermosa cara estaba totalmente en la oscuridad, veía la silueta recortada contra la ventana, pero la sentía muy cerca de mí, y su aliento me llegaba dulce, turbador, y… mi cara ya estaba ardiendo. Yo estaba ardiendo. Tan sólo notar su duro cuerpo pegado al mío hizo que el cansancio pasara a un ultimísimo plano.

-Lo siento, no quería asustarte- podía adivinar la sonrisa en su suave voz.- Diría que te has confundido de habitación…-seguía sujetándome y yo estaba al borde del colapso, ya no tan avergonzada como excitada.

Fui consciente del intenso deseo que sentía por él, saliendo a la superficie con la misma fuerza con la que yo lo había intentado reprimir. Mis constantes vitales respondieron a su presencia como siempre hacían, descontrolándose.

-No... no... oh, lo siento, no sé qué puede haber pasado, discúlpame.- me esforcé para pronunciar estas palabras con tono normal, pero no reconocí ni mi propia voz.

Intenté levantarme pero él seguía aferrándome, reteniéndome a su lado. Inhalé su aroma, jamás lo había tenido tan cerca como para percibirlo pero me estaba trastornando. Lo miré e imaginé su hermosa cara, y no pude evitar morderme el labio inferior. Su rostro se aproximó al mío con lentitud y justo en el momento en que lo tuve tan cerca que creí que iba a besarme me puse muy nerviosa y mi cuerpo se tensó. Repentinamente se sentó en el camastro, soltando su agarre sobre mí.

-No te preocupes, Bella.- me explicó en un susurro, mientras se pasaba la mano por el pelo.- Es una broma que suelen gastar Ángela y las demás enfermeras de urgencias a las residentes nuevas, pero esta no es la habitual, es raro.

-¡Qué broma! Mataré a esa…¡ traidora! ¿El qué es raro? -conseguí farfullar furiosa mientras me sentaba en la cama a su lado, intentando parecer algo digna.

-El cambiazo de la llave. Suelen hacerlo con la consulta donde duerme el jefe de la guardia, no el residente de cirugía- rió entre dientes y yo pensé en Joseph, el sexagenario jefe de cirugía que hoy estaba también de jefe de guardia. Mataré a Ang. Con mis propias manos. Y cualquier jurado me perdonará cuando sepa los motivos.

-Bella – continuó Edward - si no te incomoda que yo haya estado aquí tumbado quédate, en serio, apenas he estado un rato y he de marcharme. Tengo que controlar un postoperatorio. Ya sabes, Joseph está un poco mayor y el peso de la guardia lo he de llevar yo. Al fin y al cabo es mi último año de residencia.

Se levantó y se me quedó mirando en la oscuridad, o eso parecía. Estaba tan quieto que su silueta parecía la de una estatua.

-Estoy tan cansada que diré que sí - suspiré para disimular, en absoluto me importaba que él hubiera estado acostado en esa cama - no tengo ganas de ir a buscar otras llaves. Pero haz el favor de no advertir a esa… a esa… de la que le va a caer encima.

-Intuyo que ya lo sabe –ladeó la cabeza y volví a imaginar su sonrisa- Descansa, Bella - me dio la espalda y salió de la consulta.

Me tumbé pero la somnolencia se había esfumado. Verdaderamente Edward debía llevar poco tiempo tumbado, las sábanas estaban frías, y aún a pesar de eso impregnadas de su aroma personal. Mala idea el acostarme aquí. Inspiré profundamente las sábanas, llenándome de él, dejándome llevar. A la mierda el autocontrol. Mis latidos aún iban acelerados. "Descansa, Bella", había dicho, y me ponía la piel de gallina recordar su suave voz. ¿Pero qué estaba haciendo yo? ¿Me estaba volviendo tonta? Y con este absurdo diálogo interno, contrariamente a lo que pensaba conseguí dormirme.

Bueno, chicas, la cosa va avanzando. Agradezco comentarios y contesto preguntas y dudas. Hasta el martes, si todo va bien.