Esta es una actu extra, aunque más cortita. La del martes la colgaré igualmente. Espero que os hayan gustado los dos primeros capítulos y leáis este tercero, y que lo paséis estupendamente bien estos días de Carnaval.
No tengo derechos sobre los personajes de Twilght pero sí sobre esta historia. Como siempre gracias a Maria José y a P.
¡Hacedme saber vuestras opiniones!
Capítulo 3
EPOV
Me tumbé en el camastro, con la luz apagada, y esperé. Hasta hacía dos semanas todas las guardias habían sido igual: trabajaba hasta muy tarde, y durante mi turno de descanso me tumbaba en el camastro simplemente dejando pasar el tiempo, pensando en el trabajo y los sucesos del día, o en nada. Cuando eres vampiro o aprendes a pensar en nada o lo más probable es que acabes deseando la muerte definitiva. Ahora pensaba en Bella.
El mismo día de conocerla había llamado a mi padre y le había explicado que había encontrado a una humana capaz de bloquear mi don. No le expliqué mi reacción al sentir su olor porque quería pensar que me había pillado en un momento de descuido, y que lo que necesitaba era ir a cazar. A Carlisle también le llamó la atención que hubiera alguien que se resistiera a mi capacidad telépata. Aunque yo no lo pretendía, esto excitó su curiosidad científica y me prometió estudiar el tema. Me explicó que Alice tampoco le había comentado ninguna visión donde ella apareciera. Había la posibilidad de que Bella fuera inmune a las capacidades de Alice, lo cual abría muchos interrogantes.
Pasaron los días y pude comprobar que me había equivocado pensando que la reacción que Bella había causado en mí era pasajera. Oh, sí, muy, muy equivocado. Tras dos semanas de conocernos mi interés por ella no hacía sino aumentar. Ya no era sólo su inigualable aroma personal ni la curiosidad que yo sentía ante su silencio mental lo que me llamaba hacia ella. La veía caminar, gesticular, sonreír, discutir, enfadarse, bromear… y me parecía como si nadie lo supiera hacer mejor que ella. Era irracional, lo sabía, pero había decidido que no importaba, quería explorar hasta dónde me llevaba este interés. Iinterés, curiosidad, y cierta atracción física. Bella era una mujer bonita y yo me sentía feliz cuando escuchaba su cuerpo alterarse en mi presencia. De alguna manera yo también le interesaba, de eso estaba seguro. Pero quería conocer hasta qué punto.
De pronto escuché unos pasos que se dirigían hacia la puerta. Ahora. Últimamente me había acostumbrado a sintonizar con los pensamientos de Ángela, y sabía lo que venía. Se abrió la puerta y me quedé quieto. Bella no encendió la luz. Tenía claro que si hacía amago de quitarse la ropa la iba a detener, no porque no tuviera ganas de ver lo que escondía ese feo uniforme blanco, sino porque me habían aleccionado a comportarme como un caballero, y no podía evitarlo.
Se dirigió directamente al camastro y al deshacerse la coleta el movimiento desencadenó una leve corriente de aire que me transportó su fragancia, lo que fue bastante para hacerme estremecer. Control, Edward. La tenía delante, y debía estar agotada pues aún no se había percatado de mi presencia. Se acercó a la cama y fue a tumbarse. En aquel momento pensé que debía avisarla ya, de lo contrario sería peor.
Pronuncié su nombre en voz baja, lo que le ocasionó un enorme sobresalto. Estuvo a punto de golpearse contra el suelo pero la cogí al vuelo y la deposité sobre la cama. A pesar de la oscuridad mis ojos me permitieron observarla a placer. Estaba hermosa con el cabello suelto, completamente sonrojada, los ojos y la boca abiertos en expresión de sorpresa. Su respiración era un jadeo irregular y el corazón estaba desbocado, todo lo cual me parecía de lo más excitante, y mi cuerpo así lo estaba manifestando. El tenerla así, tan vulnerable, tan cerca de mí, me despertaba poderosas sensaciones que nunca antes había sentido. Todo el autocontrol que había conseguido con los años estaba a punto de hacerse añicos.
-Lo siento, no quería asustarte - sonreí e intenté calmarla. Y calmarme. Debía haberla asustado mucho porque sus constantes vitales seguían disparadas hasta llegar a preocuparme. - Diría que te has confundido de habitación - bromeé.
Su expresión iba cambiando por segundos. Estaba pasando del sobresalto a… ¿qué hacía? Se estaba mordiendo el labio, y su mirada se hizo más brillante, las pupilas midriáticas, la boca entreabierta. Un impulso me forzó a probar su sabor. Envidiaba a sus dientes por poder morder esos labios, yo también quería hacerlo y la tenía tan cerca…
Entonces la noté tensarse y me aparté de ella rápidamente. ¿La había interpretado mal? La había estado sujetando, quizá con demasiada fuerza. Aproveché el retorno de mi autocontrol para separarme de ella y sentarme. Dejé de respirar unos segundos para serenarme más rápido, hasta que tuve que tomar aire para poder hablar.
Charlamos brevemente. Me resultó tan agradable que decidí que podía intentar tener su amistad. Pero ahora no debía tentar a la suerte. La miraba atentamente mientras me excusaba para retirarme, y vi que su expresión era dulce. No estaba asustada. Me marché, cerrando la puerta de la consulta con cuidado.
BPOV
A la mañana siguiente la culpable de la vergüenza que había tenido que pasar estaba tan tranquila tomando un café en la acristalada cafetería del hospital. Entré en el local como una tromba.
-¡Ángela!
A esa hora aún había poca gente en la cafetería. Me miró con cara de total inocencia.
-Buenos días, doctora Swan- sonrió con cara de angelito.
Me senté frente a ella y la miré con la boca apretada y el ceño fruncido. Estaba realmente enfadada.
-Dime una sola razón por la que no deba estar tan cabreada contigo como para pensar en cambiar de piso- gruñí. Ella abrió mucho los ojos.
-Qué…qué… no pensaba que te lo tomarías tan mal, Bella. ¿Tan mala fue la experiencia?- su arrepentimiento era sincero.
Mi cara me traicionó y empecé a sonrojarme intensamente al recordar aquel momento. Mierda. Ang empezó a soplarme a la cara mientras se carcajeaba.
-Bella, me vas a contar qué pasó sin dejar ni una coma, porque la cara que pones es un poema, te lo aseguro -dijo riendo y moviendo la cabeza de un lado a otro.
La mataría, seguro. Aunque ahora que la recordaba, la situación fue algo graciosa. En mi interior admiré los reflejos que tenía el cirujano, y no digamos la fuerza de sus brazos para cogerme al vuelo como lo hizo. Esos brazos…su cuerpo contra el mío, su aroma, su aliento cerca de mí… mi respiración volvía a agitarse. Para, Bella, stop, cambio, fuera. Mi amiga leía en mi cara el cambio de expresiones como en un libro y aguantaba la risa, con una ceja levantada. Me levanté para serenarme un poco y aproveché para pedir un café doble (no me acostumbraba al aguado café americano) y un donut. Volví a la mesa más tranquila.
-Como castigo por lo que hiciste te vas a quedar sin información de primera, nena. Pero seguiré compartiendo tu casa, estás perdonada- la miré con petulancia, mientras bebía a sorbos mi café. Angela apuró el suyo mientras contemplaba el verde paisaje por la ventana. Entonces me miró.
-Da igual, algo ha pasado y me lo vas a explicar tarde o temprano porque no podrás aguantar más. Pero no lo hagas ahora –miró por detrás de mi hombro- porque Edward Cullen está entrando en la "cafe" con su jefe.
-¡Ja! Ya me has tomado bastante el pelo en las últimas horas, guapa. Desde que estoy aquí no ha venido ning…
-Buenos días, chicas - solté un jadeo y mi vello se erizó al oír la acariciante voz.
Me di la vuelta y alcé la mirada, que chocó con aquellos ojos ámbar y quedó atrapada en ellos, como una mariposa en una tela de araña, sin esperanzas de resistirse. Se situó a mi lado, mientras Joseph estaba pidiendo el desayuno en la barra. Su boca perfecta lucía una media sonrisa y volví a enrojecer. Estaba evidentemente turbada. Deslumbrada a mi pesar.
-Hola, Edward, ¿te sientas con nosotras?- dijo Ángela.
La iba a fulminar con la mirada, pero entonces constaté que ella tampoco era inmune a la sonrisa del seductor cirujano. Lo miraba completamente embobada. La piel de Edward estaba tan pálida como siempre, pero era un hermoso pálido satinado. Los ojos y el cabello le brillaban como si hubiera descansado ocho horas seguidas… sí, estaba perfecto, como siempre. No pude evitar pensar qué diferente era su aspecto comparado con el de Ángela o el mío propio. Ambas teníamos ojeras y estábamos pálidas, con esa palidez enfermiza de no haber descansado.
-Buenos días, señoritas -saludó Joseph en nuestra dirección, mientras se desplazaba con una café en una mano y un sándwich en la otra hacia una mesa separada de la nuestra.
Nosotras correspondimos al saludo. Agradecí que ese día Joseph no tuviera ganas de charlar, porque a veces estaba de lo más comunicativo y no le importaba sentarse a nuestro lado. Entonces contaba viejas anécdotas que te hacían reír mucho.
-No, gracias, –sonrió Edward, volviendo a iluminar la gris mañana- me sentaré con Joseph, -señaló hacia él con un gesto de la cabeza- me sabe mal dejarlo solo.- Mientras decía esto mantenía sus ojos dorados aprisionando los míos, sin piedad.
Cuando Edward hubo desaparecido de mi vista desperté del trance y pude volver a respirar con normalidad. Miré a mi amiga, quien me estudiaba la cara con una sonrisa cómplice, pero no continuó con el tema de antes. Otra de sus virtudes era que sabía no hacerse pesada. Charlamos un rato mientras acabábamos el desayuno y nos despedimos, ella en dirección al vestuario para cambiarse y marchar a casa y yo hacia la planta de pediatría.
La mañana me pasó rápida. La planta estaba a rebosar, y como era normal para la época del año la mayoría de ingresos eran por infecciones respiratorias. El pase de visita lo hice conjuntamente con Peter, el "resi" de tercer año, y Maurice, un adjunto. Ambos parecían más niños aún que los propios pacientes. Uno de los pequeños ingresados tenía neumonía pero se iba recuperando rápidamente de tal forma que, como pasa con todos los niños que se encuentran bien, su madre apenas podía retenerlo en la cama. Cuando entramos los tres en la habitación se escondió tras su almohada y nos disparó con una pistola de Buzz Lightyear. Ante nuestra sorpresa Peter se desplomó sobre una silla agarrándose el pecho, con los ojos cerrados y la lengua fuera. El niño reía a más no poder.
Una vez hube terminado mi trabajo me despedí y me dirigí al vestuario, situado en el sótano del hospital.
-Bella, buenos días, o más bien tardes ¿Sales de guardia?- Bufé. Mike Newton me atacó vilmente cuando estaba esperando el ascensor. Sólo tenía que bajar dos pisos, pero a esa hora estaba francamente fatigada y ahorraba toda la energía posible.
Aunque ya estaba arrepentida de no haber ido por las escaleras.
Desde que nos conocimos Mike quería ligar conmigo de forma ostensible y yo no quería que tuviera ningún resquicio de duda sobre mi total falta de interés por él. Aunque tampoco quería herirlo, ese no era mi estilo. Sin embargo Mike pertenecía a esa insistente clase de chico que no atiende a las indirectas.
-Mike- lo miré medio dormida- hola. Sí, salgo de guardia, y me iba a casa ya- respondí resaltando el "ya".
El ascensor se abrió y entró conmigo. Mierda. Estaba claro que la conversación no había terminado, pero hubo un minuto de incómodo silencio mientras el ascensor nos dejaba en la planta de los vestuarios.
-Bella, el próximo sábado vamos a ir a Port Angeles. ¿Te apetecería salir con nosotros?
¿Quedaría muy mal si le preguntaba quiénes eran "nosotros"? Dudé. La falta de sueño me enturbiaba las ideas y no se me ocurría qué excusa dar para negarme. Y sin pensar di una. Una nada original.
-No, puedo, ya he quedado.
-Ah- se sorprendió -¿Puedo saber con quién?
"No es de tu incumbencia" hubiera sido una buena réplica para un tío normal. Pero no fue esa la que le di. Porque Mike era insistente. Pensé cuál era la mejor respuesta para que me dejara tranquila.
-Con Edward Cullen- abrió los ojos como platos y la mandíbula hasta el esternón por lo que rápidamente expliqué, ampliando la mentira- vamos a hacer un trabajo para un congreso.
Fue lo mejor que se me ocurrió. O eso pensaba, porque no hizo amago de despedirse y ya habíamos llegado a la puerta del vestuario femenino. Lo miré con fastidio. ¿Es que me iba a acompañar adentro?
-¿Sobre qué es el trabajo? – inquirió con curiosidad. Piensa, Bella, piensa.
-Sobre el manejo y las complicaciones de las apendicitis agudas infantiles comparando los resultados de este centro con los del hospital infantil de Seattle- Oí que decía una voz detrás nuestro.
Ahora deseaba estar muerta. O por lo menos a 5.000 kilómetros de allí.
Edward estaba justo detrás de nosotros. Ninguno de los dos lo había oído llegar. Su aspecto era tan inmejorable como a primera hora de la mañana y me contemplaba con la cabeza un poco ladeada, la mirada brillante y "esa" sonrisa. Mike estaba tan sorprendido como yo y apenas llegó a reaccionar.
-El tema parece interesante. Si necesitáis otro colaborador me lo decís – respondió en un tono que dejaba intuir algo de ¿celos?- Hasta luego- se despidió y se dirigió rápidamente al ascensor. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció.
Ahora me había librado de un lío, pero ante mí tenía otro mayor. Desde luego, no podía decir que me aburriera en ese pequeño hospital. Me notaba cada vez más cansada y con la capacidad de reacción muy baja. Tomé una gran bocanada de aire y hablé.
-Edward, yo… no quería…- empecé a farfullar nerviosa. Él me interrumpió, levantando una pálida mano de largos dedos. Hasta sus manos eran perfectas.
-Tranquila, Bella. Sé que querías librarte de Mike. A veces es muy... persistente, por decirlo de alguna forma. Ya nos inventaremos cualquier cosa, como que hemos dejado el trabajo de investigación porque no daba buenos resultados – decía la melodía de su voz.
En aquel momento era incapaz de pensar nada coherente, no podía hacer otra cosa que contemplarle embobada. De pronto me di cuenta de que estaba apoyada contra la pared. Él se había ido acercando a mí con un movimiento imperceptible y de forma inconsciente yo había ido retrocediendo. Se hallaba tan cerca de mí que, a pesar de que era bastante más alto que yo, notaba otra vez el perfume de su aliento. Alzó su mano como para tocarme la cara pero se detuvo antes de llegar a rozarme. Noté un cosquilleo en la zona de la cara que estuvo cerca de su piel.
- Debes estar agotada, lo mejor será que vuelvas a casa, a descansar- dijo de forma inesperada, apartándose ligeramente de mí. Reaccioné.
-Sí, eso haré. Gracias por la ayuda, Edward.- le sonreí tímidamente. Acababa de suceder algo, aunque él actuara como si nada.
-¿Quieres que te lleve a casa? Yo también he acabado mi turno. Imagino que has venido en tu coche, pero quizá estás demasiado cansada como para conducir segura- me observó con algo de preocupación.
-Gracias, Edward, pero puedo conducir, no vivo lejos - me apresuré a responder.
-Bien, pues hasta mañana, doctora Swan.- sonrió y asintió con la cabeza, después de lo cual se dirigió al vestuario de hombres.
Resistí la tentación de seguirle con la vista, no fuera a girarse. Bastante vergüenza había pasado ya en las últimas 24 horas.
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