Chicas, aquí va el cuarto, unas horas adelantado. Despejará alguna duda. Quería comentar también que sé que queréis lemmons ( y yo ;-)), y os aseguro que habrá, y no tardarán mucho. Pero dejémosles que se conozcan un poquito más... tampoco es que Edward sea un tío normal. Ah, sobre eso de los lemmons, tengo que recordaros que la historia está clasificada M, mayores de 17 años, por erotismo explícito. Si lee alguna menor lo hace bajo su responsabilidad.
No tengo derechos sobre los personajes de Twilight pero sí sobre esta historia. Gracias a Maria José y a P por su ayuda. También a las lectoras por sus comentarios.
Capítulo 4
BPOV
Salí del vestuario y me encaminé hacia las escaleras para subir el piso que me separaba de la salida. Me sentía extrañamente descansada para salir de guardia, y a mi alrededor la luz de los fluorescentes del techo se había atenuado, proporcionando una penumbra que extrañamente no me resultaba atemorizadora. Puse un pie en el primer escalón y de pronto mi cuerpo se desplazó hacia atrás cuando una fuerza me arrastró al hueco bajo las escaleras. No quise gritar. No tenía miedo. Entonces olí su aliento, su aroma dulce y atrayente, y vi la silueta de Edward en la penumbra. Mi cuerpo se llenó de un deseo ardiente.
-Había olvidado decirte algo- susurró en mi oído.
Sus brazos se cerraron entorno a mi cintura y sentí sus sedosos labios recorriendo lentamente el camino desde el lóbulo de mi oreja hasta la base de mi cuello. Mi piel se estremeció y rodeé su cuello con mis brazos, pegándome a su cuerpo, pidiendo más. Su lengua me torturó deshaciendo el camino que había seguido y acercándose a mis labios.
-Pídeme que te bese.
-Bésame, Edward.
Un sonido infernal penetró en mi conciencia, y las dulces imágenes desaparecieron por completo. Estiré la mano para apagar la alarma de mi móvil. Eran las seis de la tarde.
Me incorporé en la cama, sintiéndome mareada. Siempre que salía de guardia el cambio de ritmo horario me hacía sentirme atontada. Y mañana no estaría mucho mejor. Para colmo sentía una enorme sensación de frustración, como si alguien hubiera interrumpido el que iba a ser el mejor beso de mi vida. Agité la cabeza. Sabía lo que era la intimidad con un hombre, pero mi cuerpo jamás había reaccionado con tanta intensidad a alguien como lo hacía con el cirujano.
-Buenas tardes, Bells. ¿Has descansado algo? – me preguntó Angela al oírme bajar las escaleras. Estaba sentada en el sofá, leyendo "Orgullo y Prejuicio".
-Sí, más o menos.- gruñí.
Bostecé y me froté los ojos, mirándome en el espejo del comedor. Dios, menudas pintas. Llevaba puesto el pijama, mi pelo estaba despeinado, y lucía unas ojeras donde se podrían cultivar champiñones. Me senté a su lado.
-Pues nadie lo diría viéndote. Aunque no me extraña que no descanses si sueñas según qué cosas- dijo como si nada, sin apartar la vista del libro.
No podía ser… al parecer había vuelto a hablar en sueños.
-Bells, no te espío, pero tenías la puerta de la habitación abierta, y he pasado por delante justo cuando hablabas - se disculpó mi amiga, mirándome por encima del libro.
-Tranquila, Ang- suspiré.- Lo cierto es que ese hombre me atrae, y mucho. Pero no es una buena idea pensar en él, me parece todo demasiado complicado. Y ni siquiera sé si le intereso - me sinceré.
-Amiga, conozco a Edward hace cuatro años. Créeme si te digo que jamás había visto una mirada en sus ojos como la que te dirigía esta mañana en la cafetería… fue alucinante - rodó los ojos- ¡Estuve a punto de lanzarme encima suyo!- añadió carcajeándose.
Me quedé pensativa. Entonces por qué esta mañana se había apartado cuando parecía que… pero Bella, ¿tú crees que el pasillo de los vestuarios es sitio para ir intimando con alguien?
-No sé… no sé qué pensar- estaba demasiado agotada para eso.
-Es que tú piensas demasiado, ese es el problema, doctora Swan. ¿Sabes qué voy a hacer? Me voy al videoclub y alquilo alguna película tonta, de reírse mucho y pensar poco. ¿Te apetece?
-Me parece un plan estupendo - sonreí a mi amiga.
-En ese caso hasta ahora.
Se marchó y yo quedé pensativa, apoltronada en el sofá. Era feliz, de hecho me sentía mejor que en mucho tiempo. Y no podía obviar que Edward era una parte importante de este "mejor". Pero me entristecía el pensamiento de que no podía ser que un ángel así se fijara en una chica como yo. ¿Y si era una especie de broma, apuesta, o algo así? No parecía de ésos, por lo poco que sabía de él. Pero… ¿para qué darle más vueltas? Ang tenía razón. Tenía que vivir el presente, no complicármelo más con agobios mentales. Y ya veríamos qué pasaba en el futuro.
...
El boletín meteorológico avisaba de un soleado fin de semana con alta posibilidad de nevada hacia principios de la semana siguiente, así que aprovechamos para hacer un poco de turismo durante el fin de semana.
Afortunadamente el sábado salió soleado. El senderismo nunca me había atraído mucho pero el tiempo invitaba a salir de casa y absorber los escasos rayos de sol que nos brindaba el clima de Forks, así que acepté la proposición de Angela de salir a conocer el entorno natural. Me alegré mucho de haber aceptado. El parque natural de Olympic poseía parajes preciosos, y el estar disfrutando del sol por primera vez desde mi llegada me hacía sentir pletórica y cargada de energía. Ángela era una guía perfecta, conocía el terreno al dedillo y fue gracias a ella que no nos extraviamos. Hicimos un pic-nic en un claro del bosque, a pleno sol.
-No habrá osos por aquí, ¿verdad?- dije con algo de aprensión mientras terminaba mi bocadillo. Al fin y al cabo yo era una chica de ciudad y no conocía la fauna local.
-Sí, sí los hay- me atraganté y empecé a toser cuando escuché la respuesta de Ang, quien me dio varios golpes en la espalda- pero no tan cerca del pueblo, tranquila. Están más lejos, por las montañas. No les gustan los humanos, y hacen bien de mantenerse alejados. Por aquí vienen turistas que a veces no son nada respetuosos con la naturaleza -puso mala cara- ya sabes, depredadores de dos patas. Si te quedaras hasta la temporada de caza, en primavera, conocerías algunos.
-No creo que tenga ese placer, Angela- repuse, mirándola.
-Es cierto, te irás antes- suspiró - bien, pero antes de eso te voy a enseñar la región - se levantó.- ¡Andando, chica de ciudad! ¡Te voy a convertir en toda una exploradora!- Rió al ver mi cara de susto y extendió la mano para ayudar a levantarme.
Anduvimos un rato en silencio. Los sonidos del bosque eran relajantes. El camino estaba bien señalado y era cómodo andar por él. También era cómodo ir con Angela en silencio. Mi mente se puso a divagar. Hacía sólo tres semanas que la conocía y era de las pocas personas con las que me encontraba tan bien hablando como callada. Encontrar a una amiga tan increíble como ella había hecho que mi adaptación fuera más rápida. La idea de marchar a Seattle no me animaba tanto como escasas semanas atrás. Tenía la rara sensación de estar en mi hogar, aún sabiendo que lo que yo llamaba así estaba a miles de kilómetros cruzando un océano.
El día siguiente también amaneció soleado para nuestra enorme sorpresa, sobre todo la mía. Parecía que la naturaleza quería enseñarnos su mejor aspecto antes de ponernos mala cara. Había pensado ir a Port Angeles pero mi compañera tenía otros planes.
-Bella, ¿qué te parece si, ya que ha salido este día, seguimos con las excursiones?- comentó mientras servía el café del desayuno.
-No sé…- dudé. La verdad es que el día anterior había disfrutado, pero…
-Podíamos ir a la playa, y conocerías la reserva india de La Push, venga, seguro que lo pasamos bien- me miró con un brillo especial en la mirada que me hizo sospechar algo.
-Angela, me ocultas algo,- la miré suspicaz y vi que tenía razón, porque empezó a enrojecer ante mi escrutinio- algo… ¿o alguien?
-Vale. Hay una cosa que no te he explicado. Lo haré ahora y te podrás vengar de todas las veces que me he metido contigo por lo de Edward- me miró algo cortada.- Hay un chico, un médico que vivía antes en la reserva de La Push. Hizo la especialidad de urgencias y hace unos meses está en Seattle, trabajando en el Northwest Hospital. Se llama Jacob Black. Me ha avisado de que este fin de semana está visitando a su padre y me gustaría verlo.
Me disgustó un poco que mi amiga no hubiera confiado en mí lo suficiente como para abrirme su corazón hasta ahora, y así se lo hice saber. Me explicó que no me había comentado nada porque pensaba que no era importante, que sólo era un amigo, pero que cuanto más tiempo pasaba sin ver a Jake más se daba cuenta de que lo que sentía no era sólo amistad.
La Push estaba a unos veinte minutos de Forks yendo en coche. Nunca había visto una reserva india. En realidad era un pueblo con un pequeño núcleo urbanístico y alrededor varias casas desperdigadas. Estaba claro que el turismo era una fuente de ingresos importante, ya que las típicas (y horribles) tiendas de recuerdos para turistas hacían acto de presencia por doquier.
Billy Black, el padre de Jacob, vivía en una de las casas de las afueras. Era una cabaña humilde pero bonita. No había escalones por ningún sitio ya que, según me explicó mi amiga, Billy iba en silla de ruedas. Nos acercamos y fuimos a llamar a la puerta cuando de repente esta se abrió.
-¡Angela!
Un hombre alto, moreno y de piel cobriza, de veintitantos años, salió como una estampida y se abalanzó sobre mi amiga, la levantó y empezó a girar con ella en el aire como si fuera una muñeca. Sólo se oían las risas de los dos. De repente sentí que sobraba. ¿Cómo podía Ángela estar tan ciega? Era evidente que había algo intenso entre ellos dos.
Cuando Ángela amenazó con vomitar sobre Jacob este la depositó con cuidado en el suelo. Ambos seguían riendo. Entonces parecieron recordar mi presencia. Ella nos presentó y Jacob me estampó un par de besos en la cara. Para mi sorpresa me habló en perfecto español.
-Encantado de conocerte, Bella- dijo sonriente. Era muy atractivo y tenía los ojos de un profundo color negro, cálidos y brillantes.
-¡Vaya! ¡Hablas español, y tienes un acento estupendo! – repuse sorprendida.
-Sí, siempre me han gustado los idiomas, particularmente el tuyo. El español, demás, me resulta muy útil en Urgencias.- Mientras hablaba Ángela lo miraba con una sonrisa embobada.
Jake me presentó a su padre, quien nos invitó a comer con tal alegría que hubiera sido una descortesía negarse. Era un poco pronto, pero así aprovecharíamos bien el resto del día. Más tarde Jake nos enseñó la reserva y sus alrededores hasta la playa. Aquel día no había oleaje y el sol hacía que el azul del mar fuera intenso y deslumbrante. No era un sitio que invitara a darse un chapuzón (ni siquiera en pleno verano, pensé comparándolo con mi Mediterráneo) pero sí a sentarse, relajarse y respirar la fresca brisa marina. Mientras charlábamos pude notar cómo Jake miraba a Ángela con un brillo especial cuando ella no lo observaba. Me pareció que harían una pareja estupenda, y me encontré de nuevo pensando en Edward.
Ya de vuelta a casa ambas nos sentíamos cansadas pero felices. La dosis extra de sol, oxígeno y amistad me había ido fenomenal. Le comenté a Ángela lo que había observado en Jacob y, simulando estar enfadada, me lanzó un cojín del sofá al tiempo que me decía que necesitaba gafas. Pero cuando se fue a acostar iba canturreando para sí.
EPOV
El jefe me llamó la tarde del domingo para pedirme si podía hacer la guardia del lunes y con eso me dio una más que agradable sorpresa. Sabía que a Bella le tocaba estar de guardia, así que no dudé en decirle que sí. Colgué el teléfono con una sonrisa de oreja a oreja. Me disponía a seguir tocando el piano cuando el teléfono volvió a sonar. Esperaba que no fuera el jefe para decirme que Mike ya se encontraba bien.
-Hola, Edward.
-¡Carlisle! Qué alegría oírte. Hacía días que no hablábamos. ¿Cómo van las cosas por Vancouver?
Mis padres estaban viviendo en esa ciudad canadiense desde que a Carlisle le surgiera un puesto de cirujano torácico en el Hospital General de dicha ciudad. Su clima nuboso era apropiado para los de nuestra especie, y no se lo pensó mucho. Podría estar trabajando unos cuantos años sin levantar sospechas.
-Bien, bien hijo. El próximo fin de semana ni Esme ni yo trabajamos. ¿Te iría bien que fuéramos a visitarte?- Otra buena noticia.
-Claro. Tengo guardia el domingo pero creo que podré cambiarla. Tengo muchas ganas de veros.
-De acuerdo. También tenemos ganas de verte, hijo...- se interrumpió.
-¿Pasa alguna cosa, Carlisle?- era evidente que algo le preocupaba.
-¿Cómo van las cosas con la humana de la que me hablas… con Bella?- dijo con voz cautelosa. Claro, tenía que haberlo imaginado. La primera vez que le hablé de ella ya noté que no le gustaba mucho que me llamara la atención una humana.
-¿Qué es lo que te preocupa, Carlisle? –fui directo. No necesitaba ser vidente para saber que me iba a caer un sermón.
-No lo sé, Edward. Que yo sepa jamás te había atraído mucho ninguna mujer, vampira o humana. Esto de ahora es tan poco habitual que me preocupa.
Mi padre tenía razón. En mi familia todos estaban emparejados, excepto yo. Y aunque mis 120 años me habían dado tiempo para disfrutar de unas cuantas relaciones ninguna de ellas había durado mucho, significando nada más que un desahogo temporal. A veces envidiaba la vida sentimental de mis hermanos y mis padres, y entonces me sentía el viejo solterón amargado de la familia. Pero la mayor parte del tiempo no pensaba en ello.
-Carlisle. Bella me atrae, es cierto. Pero no hay nada más por ahora, así que preocuparte por eso es prematuro.
Atracción. Seguramente se podría llamar así, aunque si era sincero conmigo mismo, cosa que culpablemente no lo era con mi padre, pensaba que era algo más que eso. Con frecuencia me sorprendía a mi mismo pensando en ella más de lo que debiera, la echaba de menos los fines de semana, y cuando estaba en el hospital me hacía el encontradizo para poder oler su incomparable aroma y ver ruborizarse su cara de ángel. En ocasiones me permitía imaginar qué sabor tendría su piel, su boca…
-¿Y ella? ¿Te parece que se interesa por ti? – la voz de Carlisle me obligó a centrarme de nuevo en nuestra conversación. Recordé con placer cómo se alteraba el cuerpo de Bella cuando nos veíamos.
-No lo sé. Apenas la conozco, y no puedo conocer sus pensamientos. Pero creo que sí, de alguna forma le intereso. No obstante no sé hasta qué punto - suspiré.
Estaba acostumbrado a ciertas reacciones que podía provocar en el organismo de las mujeres, reacciones que no me habían importado demasiado hasta este momento. Todo sería más fácil si pudiera leer su mente.
-Edward… he sabido de algunos casos de relaciones entre humanos y los de nuestra especie, y ninguna de ellas ha acabado bien- la última parte de la frase sonó ominosa.
-¿Qué quieres decir con eso?- repuse realmente ofendido- ¿Piensas que ella corre peligro conmigo? Creo que he demostrado hace tiempo que tengo suficiente autocontrol, ¿si no qué coño hago oliendo sangre continuamente en el trabajo?
-No quería decir eso, y a mí no me hables así Edward- repuso él, serio.- Me refiero a que ¿hasta dónde pretendes llegar con ella? ¿Te has planteado el futuro? Tarde o temprano sospechará algo, si llegáis a estar… juntos - bufé. Como si no me hubiera planteado eso.
-Discúlpame por hablarte así. Y por favor, no le des más importancia a algo que de momento no la tiene. Si alguna vez pensara que la pongo en peligro, me alejaría de ella, y lo sabes. Pero no lo creo así. No le des más vueltas, no hay nada más.
-Nada más pero, y cito tus propias palabras, notaste su aroma con una intensidad que jamás habías sentido antes con cualquier humano. No deseaste morderla, pero está claro que ella supone para ti un estímulo al que no estás acostumbrado. No sabes cómo reaccionarías ante una mayor… digamos… proximidad.
Ahora me sentía como se debe sentir un hormonado adolescente aconsejado por su padre sobre sexo seguro. Si pudiera sonrojarme, lo estaría haciendo.
-De acuerdo, vamos a dejarlo ya, ¿vale? Tú estudia más sobre el caso, sobre las historias entre vampiros y humanos, y qué significado puede tener que yo no le pueda oír el pensamiento. Y cuando sepas algo más hablaremos. Prometo escucharte serenamente.
- Como si no te conociera –noté que sonreía.- Bien. Te paso a Esme, hijo.
-Hola, cariño…- escuché la dulce voz de mi madre adoptiva.
Llevaba horas dándole vueltas a lo que había hablado con Carlisle. Me sentía internamente dividido. Una parte de mí me decía que lo mejor que podía hacer era olvidarme de Bella, que estaba siendo egoísta, que mi padre tenía razón en sus temores y acabaría haciéndole daño. Pero otra parte me decía que no había nada malo. Sólo quería acercarme a ella, nada más. Era perfectamente capaz de controlarme.
BPOV
A la mañana siguiente, el clima había dado un giro de 180 grados. Cuando salí para ir hacia el trabajo (sola, pues Ángela libraba) caían los primeros copos de nieve.
Era lunes, y volvía a tener guardia. Las guardias nunca me hacían ilusión pero según con qué compañeros coincidía eran más o menos pasables. A veces hasta divertidas. Pero esta no me hacía nada de gracia, por varios motivos. El adjunto pediatra con el que estaba de guardia, William Kane, no pertenecía a la plantilla del hospital, hacía sólo una guardia al mes y el resto del tiempo se dedicaba a su consulta privada. Por tanto iría más perdido que yo. Emily me había dicho que no me preocupara, que si había problemas la podía llamar. El adjunto de cirugía era uno de esos cirujanos estúpidos que se creen tocados por la mano divina. Vale, era buen cirujano, pero eso no le daba permiso para maltratar a las personas. Y el residente… era Mike Newton. Eso era lo que peor llevaba. En Urgencias sería difícil escapar a su persecución. Confiaba en que tuvieran mucho trabajo en quirófano y no bajaran para nada.
En cuanto el residente que salía de guardia me entregó el "busca" el infame aparatito emitió varios pitidos, provocándome una oleada de mal humor. Leí el mensaje: "Llame a urgencias".
-Hola, soy Bella, la "resi" de pediatría.
-Hola, Bella- era Claire, una adjunta de Urgencias.
Claire era muy competente, si me llamaba no sería por una tontería. Joder, con mi suerte habría un niño con algún problema que al final sería quirúrgico. Según el protocolo del centro los niños con supuestos problemas quirúrgicos tenían que ser vistos por el pediatra y este decidía si llamar o no al cirujano. A veces esto era lógico, y otras sólo retrasaba las cosas.
-¿Podrías bajar? Acabo de visitar a una niña de 8 años con dolor abdominal, y me parece que es una apendicitis.
A lo mejor podría intentar adivinar el número de la lotería, o igual mi clarividencia sólo servía para predecir desgracias, al estilo agorero.
Cuando llegué a Urgencias Claire estaba hablando por teléfono. Me señaló el box 2 por lo que entré lanzada, dispuesta a visitar a mi paciente. No esperaba encontrarme lo que vi y me quedé parada ahí, en la puerta.
-Buenos días, Bella- Edward levantó un momento la mirada para saludarme y de nuevo se concentró en su trabajo de explorar con cuidado el abdomen de la niña, observándole la cara.
-Hola, Edward- conseguí no farfullar. Sólo dos días sin verlo y mi imperfecta memoria no era justa con el recuerdo de su aspecto.
Observé atentamente sus manos en acción. Tenían los dedos largos y flexibles, como los que se supone debe tener un pianista… o un cirujano. Palpaba el abdomen de la niña con sumo cuidado, mientras bromeaba con ella, distrayéndola de lo que hacía. La niña lo miraba con una sonrisa embobada, al igual que su madre. ¿Tendría el encanto de Edward el mismo efecto en los varones heterosexuales? Tendría que fijarme.
-Es apendicitis, estoy seguro,- explicó mirando a la madre y luego a mí- voy a ingresarla y solicitar el preoperatorio. Martha- dijo con voz aún más dulce mirando a la niña y dedicándole una sonrisa - te vamos a quitar este dolor de barriga que tienes pero te tendrás que quedar tres días en el hospital.
La pequeña Martha puso cara de fastidio.
-¿Justo ahora que va a nevar? ¡No podré hacer muñecos de nieve! ¿No puede ser la semana que viene?- refunfuñó con los brazos cruzados sobre el pecho.
-No, tiene que ser hoy, pero la nieve durará unos cuantos días, te lo prometo- aseguró él mientras le tocaba la nariz con un dedo.
-¿Me vas a curar tú?- sonrió la pequeña esperanzada.
-Claro, pequeña- Edward le devolvió una deslumbrante sonrisa y la niña puso carita de felicidad.
Pensé en aquello que me había dicho Ángela: los pacientes lo adoran. No era habitual que un cirujano fuera tan dulce, lo sabía por experiencia.
Después de eso él salió del box con el historial de la niña, y con un leve gesto de la cabeza me instó a ir con él. Noté que la madre lo seguía con la mirada de una forma que a su marido (si es que estaba casada) no le habría gustado nada, y sentí una punzada de celos. Seré estúpida.
Nos sentamos en la salita de personal de Urgencias, mientras él escribía las órdenes médicas y de ingreso. Aproveché para tomar un café y ofrecerle, pero él lo rechazó cortésmente.
-Disculpa que me haya adelantado. Claire no sabía que estaba aquí visitando a otro paciente, si no no te habría hecho bajar- comentó mirándome sin dejar de escribir.
A pesar de que mi cuerpo reaccionaba a su mirada alterándose como siempre (aunque menos, quizá empezaba a acostumbrarme) no pude dejar de notar que no miraba al papel sino a mí y sin embargo su escritura era perfecta. Nada que ver con la famosa e internacional "letra de médico".
-No pasa nada. ¿No era Mike el que hacía la guardia de hoy?
-Sí, es cierto. Pero el jefe me llamó ayer noche diciéndome que Mike estaba con gripe y que si le podía hacer yo la guardia- se encogió de hombros.
Me quedé algo cortada, sin saber qué más decirle. Porque decir "cuando me miras me arden las entrañas" o "alabado sea el virus de la gripe" no eran buenas opciones en ese momento… así que me levanté y me marché argumentando que tenía trabajo en la planta. Justo cuando iba a salir de la salita de personal él me llamó.
-¡Bella!
-¿Sí?- lo miré desde la puerta de la salita. Durante un breve instante pareció inseguro.
-Si por la tarde tenemos un rato libre ¿aceptarías que te invitara a un café?
-¿Qué?- Mi pobre ritmo cardiaco, que ya había recuperado la normalidad, volvió a violentarse de una forma que no debía ser sana.
-Esta tarde ¿aceptarías que te invitara a un café?- repitió Edward, esta vez evidentemente inseguro.
-Claro, claro, eeh… ya me dirás algo- repuse, y sus labios se curvaron en una sonrisa.
Salí tan precipitadamente que casi tropecé con una silla de ruedas que algún imprudente había dejado por ahí al medio. Me pareció escuchar una risita sofocada que venía de la salita.
Hacedme saber lo que pensáis...
