Aquí va el siguiente, lo pensaba colgar mañana pero ya está listo. El próximo el lunes. Voy a responder a algunas dudillas. Edward tenía 26 años cuando fue transformado. ¿Jacob y Angela se lían?... ya se verá. Ha quedado claro (supongo) que ni Edward ni Bella son vírgenes (lo siento, señora Meyer). Veo que varias lectoras os habéis fijado en lo mismo: Edward tocaba la barriga de la niña y esta no se quejaba del frío. Esto es así porque Edward se acababa de lavar las manos con agua muy caliente antes de hacer eso, y su cuerpo absorbe la temperatura del exterior... si hace frío está frío, si hace calor... no. Una pequeña diferencia con el Edward de Meyer, este es menos hielo ;-). Alguna pequeña diferencia más habrá.

Como siempre, gracias a Maria José y a P por su ayuda, también a las lectoras por sus comentarios.

No poseo los personajes de Twilight (obviamente, si no en Isla Esme no habría habido sólo plumas ;-)).


Capítulo 5

BPOV

Jamás una guardia me había pasado tan lentamente. Cada vez que sonaba el busca me saltaba el corazón más de lo ya habitual. Siempre he odiado ese sonido. Entonces leía el mensaje esperando ver "llame a cirugía" o algo así, pero nada. No contribuía a mi paz interior el hecho de tener poco trabajo. La nevada estaba haciendo que la gente se quedara en sus casas y venían muy pocos pacientes.

Subí a la planta de pediatría, a saludar a las enfermeras del turno de tarde. William estaba en el despacho médico, probablemente navegando por Internet. Ya le había saludado en el comedor de guardia, por lo que me abstuve de decirle nada. Estuve charlando con las enfermeras durante un rato. La planta también estaba muy tranquila, ya que habíamos dado muchas altas y los pocos niños que quedaban estaban todos estables.

Hacia media tarde me encontraba en el control de Urgencias. Apoyada en el mostrador, estaba absorta escribiendo el informe de un niño que tenía fiebre alta desde hacía días.

-Hola- dijo una suave voz detrás de mí.

Me sobresalté. Y, de forma nada lógica, me enfadé con él por haberlo hecho.

-Joder, Edward, ¿por qué me das estos sustos?- maldije y me volteé, mirándolo con el ceño fruncido.

-Tú sabrás por qué - levantó una ceja con un brillo divertido en la mirada y me dirigió "esa" sonrisa.

Esto consiguió que aún me mosqueara más. El sentirme tan vulnerable cerca de él era lo que me hacía reaccionar así. Noté como me subía la sangre a la cara pero le aguanté la mirada, con el ceño fruncido y la boca apretada. Prefería estar enfadada, aunque fuera absurda, que avergonzada.

-Sí, sí sé. Porque oír una voz en medio de la oscuridad en una habitación que se supone que está vacía asusta -dije lentamente, recordando aquella noche - Será porque apareces silenciosamente mientras estoy hablando con alguien, o concentrada en otra cosa. Sí. Eso. ¿Porque eres tan sigiloso?

-¿Quieres que me acerque a ti cantando?- repuso, burlón.

No era mala idea, con esa voz debía poner el vello de punta oírle cantar. Pero no le dije esto, simplemente lo miré con los párpados entrecerrados. Me seguía observando, evidentemente divertido. Mejor, cuando bromeaba estaba más… real. Porque a veces no parecía que lo fuera.

-No será necesario… -relajé mi ceño, en señal de paz- ¿Vamos por ese café? Lo necesito y ahora tengo unos minutos.

-Las damas primero- dijo, haciendo una leve reverencia cediéndome el paso, como si fuera de otra época.

De camino a la cafetería él y yo fuimos charlando sobre trabajo. Pude observar que éramos el centro de la mirada de todos aquellos con quien nos cruzábamos, algunos más descarados que otros ¡Qué panda de cotillas! Eso hacía evidente que Edward no se relacionaba mucho… ¿Por qué? "Rarito Cullen", recordé. Pero yo no lo veía tan raro.

La cafetería estaba bastante concurrida a esa hora. Probablemente todos teníamos una guardia tranquila. De nuevo me sentí observada. Pedimos dos cafés y nos sentamos en una mesa un poco apartada. Me situé de cara a la acristalada pared para no ponerme nerviosa por la expectación que sentía rodeándonos. O a lo mejor ya estaba medio paranoica por estar viviendo en un pueblo.

Era la hora del crepúsculo. Afuera caía una intensa nevada, que apenas dejaba ver unos metros más allá del cristal.

-Y bien- su suave voz me sacó de mi ensimismamiento- cuéntame algo de ti, doctora Swan. Eres toda una novedad aquí- sus magnéticos ojos atrajeron a los míos, haciendo que me olvidara de todo menos de que él estaba frente a mí.

Empecé a contarle sobre lo que me había traído a USA, tal como había hecho otras veces con tantas otras personas. La gente en general me preguntaba por cortesía y yo respondía con un brevísimo relato. Pero él no se conformó con eso. Quería saber más. Le expliqué cosas de mi vida en España, y me encontré explicándole que echaba de menos a mis padres, amigos, y el sol. A pesar de lo perturbador que era para mí, sentí que era increíblemente fácil hablar con él. Me escuchaba, asintiendo de vez en cuando, sonriendo otras veces, y siempre atento.

-Edward, para de preguntarme cosas. Llevamos más de media hora hablando de mí. Ahora te toca a ti – le dije, al tiempo que miraba el busca por si estaba averiado. Era muy extraño que no sonara, pero comprobé que funcionaba.

Me explicó que era de Seattle, que vivía solo en la casa que su familia había hecho construir a pocos kilómetros, en las afueras de Forks. Ellos estaban desperdigados por el país, e iban y venían de aquella casa según les permitían sus compromisos laborales y sociales. Su padre había muerto siendo él un niño y lo adoptó su tío, junto a sus hermanos Emmet y Alice. El padre adoptivo también era cirujano y trabajaba en Vancouver. Al parecer era una familia unida pero no les gustaba echar raíces en un solo sitio, y él los echaba de menos, pues sólo los veía algún fin de semana. Lo comprendía, le comenté que yo también estaba muy unida a mis padres, y que sin la gran ayuda de Angela lo habría pasado bastante peor.

-¿Hablaste con ella sobre la broma que te gastó la otra noche? Si no me falla la memoria hablaste de asesinato – sonrió pero percibí que la pregunta no era inocente. Lo noté cuando sus ojos color ámbar se clavaron en los míos, claramente atento a mis reacciones.

De inmediato mi cuerpo reaccionó, recordando demasiado bien la sensación del contacto con el suyo. Durante unos segundos nos miramos en silencio, sondeándonos el uno al otro. Dejé de intentar disimular mis emociones, había comprendido que tal pretensión era absurda. Las dejé aflorar al exterior mientras su sofocante mirada me envolvía, arrebatando mis barreras de protección. El oro líquido de sus ojos se transformó en fuego.

Entonces sonó el pitido del busca y me sobresalté. No sin esfuerzo, aparté la mirada de la de Edward. Miré el mensaje: "llame a Urgencias". Qué don de la oportunidad. Inspiré con fuerza.

-Tengo que pasar por Urgencias- le dije, intentando recuperar la respiración y aparentar algo parecido a la tranquilidad.

Me dolía separarme de él. ¿Por qué me comportaba de esta forma tan irracional? Porque estás colada hasta los huesos. Ya, era una pregunta retórica.

-Yo tengo que subir a echar un vistazo en la planta. Más tarde iré a pediatría para ver a Martha. Si está todo bien podrá empezar a tomar líquidos esta noche. Fue una apendicectomía sin complicaciones. En cuanto despertó de la anestesia pidió un batido de chocolate - comentó sonriendo mientras nos levantábamos de la mesa.

-Pues tú apenas has probado el café –observé,- si lo llego a saber me lo bebo yo, pero ahora ya no, está frío.

-No necesitas más café, Bella. No es sano. Tu ritmo cardiaco ya va bastante acelerado.

Caminábamos juntos hacia las escaleras. Al oír eso me detuve y lo miré. Me observaba arqueando una ceja y un tanto engreído, como un viejo médico dando su consejo a una paciente rebelde.

-Mi pulso va perfectamente –espeté mosqueada.

Entonces hizo algo que no me esperaba. Extendió la mano y tomó mi brazo. La piel de sus dedos era suave. De forma delicada y enloquecedoramente pausada los deslizó hacia mi muñeca, como en una caricia, hasta encontrar mi pulso. Sentí la temperatura de ese brazo aumentar, transportando el incendio en dirección a mi vientre. Me clavó la mirada, inclinando un poco la cabeza, acercándose a mí. Sentí como el aire entre los dos se hacía más denso.

-¿Lo ves? Va demasiado rápido. No más cafés por ahora, Bella- dijo con voz acariciadora.

Luego me sonrió y subió los escalones ágilmente hacia la planta de cirugía. Me quedé allá plantada como un semáforo en rojo, hasta que pude reaccionar.

El resto de la tarde no tuve tiempo de pensar en nada que no fuera el trabajo. En urgencias empezaba a haber un poco más de animación. Parecía que los pacientes dubitativos habían decidido venir antes de que la nevada dificultara más el desplazarse por los caminos.

Acababan de llegar los resultados de mi paciente. A pesar de que llevaba unos días con fiebre alta se trataba de una simple infección viral y la radiografía era normal, por lo que decidí darle el alta a condición de que la madre lo llevara a visitar por su pediatra.

Durante mi breve excursión a la cafetería habían venido unos pocos niños, los fui visitando pero ninguno necesitó ingresar. Cuando me di cuenta era la hora de cenar. Anne pasó a buscarme por Urgencias. Teníamos buena relación, aún teniendo en cuenta que pediatras y obstetras somos enemigos naturales, y en eso USA no era diferente de España. Aún así siempre había excepciones, como Anne y yo.

En el comedor de guardia estábamos casi todos. Menos quien yo más deseaba que estuviese, por supuesto. Ingerir la comida que nos daban era un mero acto de supervivencia, pero si estabas bien acompañado disfrutabas de esos momentos. Allá estaban, entre otros, Paul, el "resi" de anestesia, un morenazo bastante atractivo, y Jared, el de traumatología. Nunca había coincidido en una guardia con ellos y comprobé lo divertidos que eran. Estuvimos riéndonos un rato los cuatro, contándonos anécdotas.

Pasada la medianoche, Urgencias estaba más en calma. Había venido un hombre que había sufrido un accidente de coche por culpa de la nieve. Parecía estar bien pero Claire había llamado al cirujano porque al paciente le dolía bastante el abdomen y quería descartar que tuviera una hemorragia interna. Edward iba a venir… intenté concentrarme todo lo que pude en el trabajo.

Estaba de pie, escribiendo en el control de Urgencias y vi como Edward entraba distraído, sonriendo y hablando con Paul. Me volví a centrar en lo que estaba haciendo. Ahora no era momento de dejarse llevar por fantasías. Finalicé el informe que redactaba y lo entregué. Seguidamente entré en la salita de personal. Joanne, una de las enfermeras del turno de noche, estaba preparando un café que olía delicioso, mientras charlaba con Linda, la otra enfermera. Me senté con ellas, dispuesta a tener un momento de descanso y grata charla, acompañada de una bebida caliente.

-¿Sabes si ya ha bajado el cirujano a ver al paciente del box 3? – me preguntó Joanne.

-Sí… Edward acaba de bajar con Paul- noté como se coloreaban mis mejillas e incliné la cara sobre la taza para disimular.

-Vaya pedazo de tíos que tenemos hoy de guardia. Así da gusto venir a trabajar, ¿eh, Bella? Vamos a ver si quieren una vía, analítica, o algo más personal - me guiñó un ojo y salió disparada, seguida de la otra enfermera de guardia. Me parecía a mí que en aquel box pronto habría overbooking…

No tenía trabajo pero me tocaba el primer turno de la noche, así que esperaría un poco más antes de decidir si acostarme o no. Prefería estar por allá que irme a la cama. Si me tumbaba y me despertaban a los pocos minutos me sentaba fatal, y me levantaba mucho más torpe de lo habitual, lo cual no era poca cosa.

Me estaba sirviendo un poco más de café cuando Edward y Paul entraron en la salita. El primero me miró con una ceja alzada, bajando la vista hasta llegar a mi taza de café, para después mirar al techo teatralmente mientras negaba con la cabeza. Le hice una mueca y me dispuse a seguir disfrutando de mi bebida. Estaba descubriendo que a veces era adorable pero otras me exasperaba.

-¿Tenéis trabajo, chicos?- pregunté dirigiéndome sólo a Paul mientras se sentaban en el sofá enfrente mío.

-Algo. He pedido analítica y unas radiografías al señor del box 3, y si está todo correcto le daré el alta y me retiraré a descansar- contestó Edward. Cabezona, me negué a mirarle.

-Y yo estoy tan aburrido que acompaño al cirujano en sus paseos. ¡Menudo muermo de guardia! - comentó Paul, para luego bostezar sin disimulo.

-Eso no se dice hasta que no sales por la puerta y te vas a casa. Te lo digo por experiencia - intervine. En las guardias era muy supersticiosa.

-Bella, qué pena que no viniste el fin de semana pasado con nosotros a Port Angeles. Lo habrías pasado genial. Me dijo Mike que teníais no se qué de un trabajo- comentó Paul, mirándonos alternativamente a Edward y a mí.

Qué manía con el nosotros, podían especificar un poquito, ¿no?

-Sí…-miré a Edward, que me observaba divertido al ver cómo me subían los colores por enésima vez. De seguir así me iba a quedar la piel del color de las cerezas - eeh… al final no hicimos nada, bueno, salí por ahí con Angela, aprovechando el buen tiempo para conocer el Parque Nacional.

-Pues otro día salimos, y le dices a Ángela que venga también. No hay mucho que hacer en este pueblo pero hay algunos bares agradables, y alguna noche vamos a tomar unas cervezas. En Port Angeles sí que hay sitios para divertirse, ya sabes que hay bastante turismo.

-¿Y quiénes vais?

-Depende, los más fijos somos Mike, Anne, Jessica, Jared, y Monica. Pero a veces somos unos cuantos más. Ángela también ha salido alguna vez con nosotros.

Durante la conversación le iba echando vistazos a Edward. No parecía sentirse incómodo aunque era evidente que Paul le ignoraba por completo en sus planes de diversión. ¿Es que nunca le invitaban a salir con ellos?

-La verdad es que me vendría bien salir de vez en cuando. En mi ciudad estaba acostumbrada a más movimiento y esto es algo soporífero. Avísame la próxima vez que lo hagáis.- No lo decía por compromiso. Con las excepciones de Mike y Jess era un grupo agradable y me apetecía un poco de vida social. Entonces, y no sé por qué lo hice, miré a Edward y le pregunté:- ¿Por qué no te apuntas algún día?

-Sí, algún día lo haré. Ya es hora de que salga un poco - me observó con su impactante sonrisa.

Parpadeé. ¿Estaba alta la calefacción o eran imaginaciones mías? Escuchamos un carraspeo y ambos miramos a Paul. Este nos estaba observando con la misma cara que si estuviera mirando a dos aliens que acabaran de aterrizar en urgencias.

-¿Después de cuatro años te parece que "ya es hora de salir un poco"? ¡Tío, aleluya! ¡Ni siquiera pensé en comentarte nada porque siempre, siempre, me dices que no! -hizo un gesto teatral abriendo mucho los ojos y levantando los brazos al cielo, para luego mirarme, suspicaz.

Tragué saliva. Esperaba que Paul no fuera la versión masculina de Jess, porque de ser así iban a empezar a correr rumores por el hospital más rápido que la pólvora. Por favor, que Paul sea como un anacoreta con voto de silencio.

-Vamos, no seas exagerado, Paul. Alguna vez he salido con vosotros- repuso Edward.

-A ver… cuento con los dedos de las manos… ¡uy, me sobran ocho! ¡Ay, tío! ¡Vigila esa fuerza! – el puño de Edward había golpeado suavemente su hombro, pero al parecer no había sido tan suave.

-Eres un flojo, Paul- rió el cirujano.

-Bella, ha venido un niño con fiebre muy alta que llora mucho - me dijo Joanne asomada a la puerta.

Aprovechó para devorar con los ojos a un sonriente Edward, que parecía no enterarse de nada. Claire entró en aquel momento, acompañada de John, otro de los adjuntos de urgencias, que nos saludaron y se pusieron a comentar un caso mientras se servían café.

-Voy, Joanne.

Afortunadamente, mi pequeño paciente noctámbulo sólo tenía una otitis. Le extendí a la tranquilizada madre unas dosis de antibiótico para que tomara hasta que pudiera comprarlo, así como un analgésico.

Pasé por delante de varios boxes de urgencias y observé con asombro que estaban todos vacíos excepto el 3, donde Edward estaba dando de alta al señor del accidente.

Volví a la salita y me encontré con casi todo el equipo de residentes de guardia y con los dos adjuntos de urgencias, todos hablando como si estuvieran reunidos en una terraza veraniega. Cogí una silla de uno de los boxes y ocupé mi lugar en la pequeña reunión. Estuvimos charlando un buen rato. Afuera seguía nevando. Sólo las urgencias de verdad vendrían una noche como esta.

Cuando se hicieron las cuatro de la madrugada decidí irme a la cama. Ya no era mi turno y, a pesar de estar muy a gusto en la compañía de Paul, Claire y Edward, que eran los que todavía resistían a esa hora, empezaban a pesarme los párpados. Me levanté.

-Bueno, chicos… ha sido un placer, pero ya es hora de descansar un poco. Yo ya no aguanto los párpados.

Edward se levantó conmigo.

-Yo también voy a acostarme. Te acompaño- dijo amablemente.

En el reparto de consultas para descansar me había tocado la de Alergia, que estaba justo enfrente de la de Neurología… la que le tocó a Edward. No pude evitar mirar a Paul al despedirnos, quien me sonrió discretamente, pasándose los dedos sobre los labios, como si cerrara una cremallera. Le miré y puse los ojos en blanco, lástima que el resto de mi cara me delatara.

Salimos de Urgencias y pasamos por la sala de espera. Miré hacia las puertas de cristal. Afuera la oscuridad era total fuera del perímetro iluminado por el hospital. En el suelo había una gruesa capa de nieve, que se había encargado de retirar un trabajador del centro para que no cerrase el camino. En aquel momento el trabajador entraba en la recepción de Urgencias, colándose por la puerta abierta una ráfaga de aire helado. A mi lado, Edward inspiró profundamente y se tensó.

-Bella, espera aquí- instó, y ante mi sorpresa salió del edificio.

No sabía qué mosca le había picado, hasta que lo vi volver casi igual de rápido pero con una mujer embarazada en sus brazos. Me quedé helada.

-¡Bella, di que preparen el box de reanimación! Que llamen a las ginecólogas y al anestesista, y que traigan a Urgencias la incubadora de transporte.

Me quedé parada durante unos segundos hasta que reaccioné, aún sin comprender nada de lo que estaba pasando, pero la actitud de Edward no daba lugar a dudas. Antes de dirigirme de nuevo a Urgencias seguida por él pude ver cómo por la puerta apareció un hombre corriendo, que debía ser el futuro padre. Estaba blanco como la cal y evidentemente nervioso.

Edward entró con la mujer directamente al box de urgencias vitales, que disponía de todo el equipo y medicación adecuados para una intervención de urgencia. Yo fui hacia la salita y repetí sus demandas. Paul salió disparado hacia el box, al tiempo que Joanne iba a hacer las llamadas solicitadas.

Me dirigí al box acompañada de Claire y Linda. El marido estaba fuera, retorciéndose las manos de puro nervio.

-Por favor, salven a mi mujer y a mi pequeño- imploró.

Joder, cómo una guardia tan tranquila se podía fastidiar en unos segundos. Se me hizo un nudo en el estómago cuando fui consciente de que la señora, que había sido rápidamente despojada de sus ropas, tenía abundantes restos de sangre aún fresca manchando el interior de sus muslos.

Edward se ponía una bata y unos guantes estériles, mientras ordenaba que trajeran sangre 0 negativo, una analítica completa y gasometría. Paul ponía una vía intravenosa y luego un monitor de constantes vitales a la inconsciente señora. Linda colocó una mascarilla de oxígeno sobre la cara de la paciente.

-El marido me ha contado que su esposa está embarazada de 38 semanas, se ha quejado de un fuerte dolor abdominal y después ha comenzado a sangrar. En el camino de su casa hasta aquí ha quedado inconsciente- me explicó Edward.

Me miraba muy serio. Lo que acababa de explicarme sólo podía significar una cosa, y yo lo sabía: desprendimiento prematuro de placenta. Los nervios me atenazaban el estómago, pero fui a ponerme unos guantes.


Nota: el desprendimiento de placenta es una emergencia vital que se produce cuando la placenta, que es la fuente de alimento y oxígeno del feto, se desprende antes del nacimiento de este, provocando una hemorragia y, si el desprendimiento es completo, la muerte por asfixia del niño en cuestión de minutos.

El siguiente capítulo, el lunes.

Hacedme saber lo que pensáis...