Muchas gracias por vuestros comentarios, es lo que más anima a escribir. Capítulo no adecuado para aprensivas o alérgicas a las series de médicos, si lo sois pasad directamente al final...
Gracias a Maria José y a P.
Capítulo 6
BPOV
Llegaron dos celadores con la incubadora de transporte, que era la que se usaba para llevar a los neonatos de un lado a otro del hospital. Allá estaba todo el material que podría necesitar para una reanimación. Carmen, una veterana comadrona, y Anne llegaron tras ellos corriendo. Dijeron que la ginecóloga adjunta de guardia estaba atendiendo un parto con fórceps en ese mismo momento. Era la ley de Murphy. Mi adjunto, William, no podría venir a ayudarme ya que estaba arriba en el paritorio por si el fórceps se complicaba. Aunque la posibilidad de que él tuviera alguna dificultad era remota comparada con el problema que tenía ante mí.
La comadrona había sido previsora y había traído un monitor de latido fetal. Al momento se acercó a la paciente y le fue pasando la sonda por todo el abultado abdomen.
-¿Qué está pasando?– inquirió Carmen con ansiedad observando al marido de la paciente, quien firmaba el consentimiento para la cirugía de urgencia. Probablemente ella había pensado que la llamada era por un simple parto que nos había pillado desprevenidos en Urgencias. No habría sido la primera vez.
-Esta señora está sangrando. Parece que sufre un desprendimiento de placenta- respondí, tensa.
-¿Entonces qué está haciendo aquí? Vamos a subirla rápido al quirófano de maternidad, allá está todo mejor preparado que aquí - Carmen no atinaba a encontrar el latido fetal. Ojalá sólo fuera por los nervios.
-No hay un solo segundo que perder, el feto ha sufrido por la hemorragia, y puede que esté ya parado- repuso Edward en voz baja pero firme para que el futuro padre no escuchara estas palabras- Y esta mujer no está para moverla más. Lo hemos de sacar ahora mismo- añadió mientras pintaba con antiséptico el abultado abdomen de la señora.
Habían sacado al futuro padre del box y la sensación de apremio era cada vez mayor. Paul no perdía tiempo y estaba realizando una anestesia de urgencia. Se le notaba nervioso como a todos, pero estaba haciendo su trabajo con mucha profesionalidad. Edward, que era el único que parecía inmutable, ya llevaba puesta una bata, mascarilla y gorro de quirófano y Joanne le estaba pasando el instrumental hasta que la sustituyó Carmen, más habituada a las cesáreas. No podíamos esperar a que bajara la adjunta ginecóloga. Los residentes de último año podíamos tomar decisiones importantes sin contar con los adjuntos, y eso estábamos haciendo. Anne, quien al principio se había quedado parada ante la situación, finalmente estaba reaccionando y se lavaba las manos para ayudar en la intervención.
Edward realizó una rápida incisión en el abdomen de la mujer. Yo comprobaba febrilmente el buen funcionamiento de la incubadora, incluyendo el respirador, y depositaba al alcance de mi mano el material que probablemente necesitaría. El corazón me latía tan rápido que notaba el pulso en la garganta. Era una de las peores situaciones en que se podía encontrar un pediatra de guardia. Si el niño nacía con algo de vitalidad lucharía por él, pero si lo hacía en parada cardiorrespiratoria debía decidir si intentar reanimarlo a costa de la posibilidad de secuelas neurológicas irreversibles… o dejarlo a su suerte. Ni siquiera podía pensar en esta última opción, imaginaba el profundo dolor de ese padre que esperaba angustiado en la sala de espera y de esa madre que para su fortuna no se estaba enterando de nada. Pero si no acertaba con mi decisión, o me equivocaba en algo… no, no, ahuyenté estos pensamientos, no me hacían ninguna falta ahora. No había alternativa.
En ese momento Edward me trajo al bebé y lo depositó en la incubadora, quedándose a mi lado. Anne permaneció junto a la paciente, cerrando la herida quirúrgica.
Tomé el pulso al inerte bebé pinzando suavemente su cordón umbilical entre mi pulgar e índice: como ya imaginaba, no latía. Estaba completamente pálido y sin tono muscular. Muerto. Iba a iniciar la reanimación pero durante unos breves instantes me bloqueé, paralizada. Reaccioné cuando Edward se acercó a mí, tanto que incluso pude aspirar su aroma, y me susurró:
-Latía hasta hace muy poco, Bella– dijo convencido, mientras me acercaba el material para intubación.
Miré sus ojos ámbar, y de inmediato sentí una oleada de energía positiva. Reaccioné y me dispuse a colocar el tubo en la tráquea del bebé, luego lo conecté al respirador de la incubadora, al tiempo que Edward le hacía masaje cardiaco. Comprobé si el latido se reiniciaba. Nada. Me esforcé por mantener mi ritmo respiratorio normal.
Inyecté adrenalina a través del tubo endocraneal en un intento por conseguir reanimar aquel corazoncito. Habían pasado dos minutos desde el nacimiento del niño según el reloj de la incubadora, y el tiempo corría en nuestra contra, en contra del pronóstico vital de esa criatura. Tres minutos. Sin respuesta. De nuevo inyecté adrenalina. Edward no paraba de hacer masaje cardiaco al bebé, con delicadeza pero con dedos expertos. Su presencia, capaz de alterarme tanto en otras circunstancias, ahora era un poderoso sedante. Tres minutos y diez segundos: empecé a notar un suave golpeteo contra mis dedos al tocar el cordón umbilical: por fin el pulso había vuelto al niño, y eso se fue reflejando en un cambio en el color de su fina piel, pasando del blanco céreo al pálido sonrosado.
-¿Crees que le iría bien un poco de bicarbonato intravenoso, Bella?- Edward me observaba, a la espera de mi respuesta. Lo miré maravillada: ¿cómo sabía tanto de pediatría? Se dio cuenta de mi pregunta no formulada y me respondió - El año pasado hice una estancia de unos meses en cirugía pediátrica del Hospital de Niños de Seattle. Y me gustaba mucho la neonatología.
Con habilidad Edward abrió la vena umbilical del bebé, donde inserté un catéter e inyecté lentamente el bicarbonato diluido que me había preparado la enfermera. Esto pareció acabar de mejorar el color de su piel. El niño tenía ya 10 minutos de vida. Se movió un poquito. Miré a Edward, quien me correspondió cálidamente. No le veía la boca porque todos allá dentro llevábamos mascarilla, pero estaba segura de que sonreía.
-Hay que subirlo a Pediatría y preparar el traslado para Seattle en el menor tiempo posible- dije. Él asintió.
-Anne, Paul, ¿me necesitáis?- preguntó Edward, girándose hacia ellos.
Anne separó un instante la vista de la sutura que estaba realizando ayudada por Carmen y negó con la cabeza. Paul estaba comprobando las constantes de la señora y calculando la cantidad de medicación que le era necesaria hasta el final de la intervención. De espaldas a nosotros, también negó.
Mi ángel de la guardia se volvió para mirarme.
-Ya acabé mi trabajo. Puedo ayudarte con el tuyo. Si no te importa, claro.
¿Importarme? No podía quejarme, tendría de ayudante al pariente vivo del David de Miguel Ángel, que además era un crack de la neonatología.
-Te lo agradeceré toda la vida, pero le diré a William que organice el traslado mientras nosotros estamos con el niño. Al menos que ayude en algo – dije esto último algo mosqueada al constatar que ya hacía rato que debería haber bajado de "su" parto. A menos que hubiera tenido complicaciones, cosa harto dudosa.
Salí del box y fui a hablar con el padre del bebé, que, viva imagen de la angustia, aguardaba en la sala de espera. El hecho de que no hubiera nadie más que él acrecentaba la sensación de desamparo que daba al mirarlo. Le informé de que su mujer se encontraba bien y que el niño vivía, pero que las próximas 24 horas iban a ser críticas en cuanto al pronóstico neurológico. Lo había visto en casos parecidos: edema cerebral, convulsiones… no bastaba con sobrevivir, las secuelas neurológicas graves podían estar ahí. Pero saber que sus dos seres queridos vivían fue suficiente para que volviera algo de paz y color a su rostro. Decidió quedarse con su esposa hasta que esta despertara.
Llamé a mi adjunto. Obviamente, lo encontré en el despacho. Secamente le informé de lo que había sucedido durante su no-presencia. lÉl mismo se ofreció para llamar al teléfono de emergencias y dar los datos que estos le pidieran, y mientras él hacía esto Edward y yo podríamos hacer cosas más útiles.
Subimos en el ascensor, acompañando a los celadores con la incubadora. Edward clavó su pupilas en las mías durante unos instantes, y yo habría pagado por saber qué pensaba.
En la unidad de neonatología hubo mucho movimiento. Las dos enfermeras de pediatría, Mary y Susan, se pusieron a la labor de ayudarnos con mucho entusiasmo, aunque probablemente con una sola habría bastado. Observé que de vez en cuando se les escapaba un vistazo hacia mi ayudante. En fin, ya que había que trabajar, al menos hacerlo con alegría.
El bebé seguía poco activo pero reaccionaba al tacto con leves movimientos. En los análisis que le practicamos comprobamos que a consecuencia de la hemorragia y la parada cardiaca que había sufrido necesitaba sangre y una nueva dosis de bicarbonato. Decidí que lo mejor sería introducir un catéter en la arteria umbilical, que era una buena vía de acceso en un recién nacido. De nuevo la ayuda de Edward fue inestimable. Separó con dos pinzas y un pulso envidiable las finísimas paredes de la arteria umbilical para que introdujera el catéter.
Ya se habían hecho cerca de las seis de la mañana. Llamaron del Hospital de Niños de informándonos de que en vez de la ambulancia venía de camino un helicóptero, aprovechando que estaba amaneciendo. Este llegaría mucho más rápido y seguro a su destino, ya que las carreteras estaban en mal estado a causa del temporal de nieve
La última analítica del bebé había salido casi perfecta. Ahora estaba tan activo que decidí sedarlo un poco por miedo a que se arrancara el tubo endotraqueal. No era buena idea quitarle la respiración artificial de cara al traslado porque si empeoraba en el helicóptero sería muy difícil volver a intubarlo. Esos vehículos eran rápidos pero el vaivén no permitía realizar maniobras delicadas.
Edward había marchado un momento a la planta de cirugía pero me había prometido volver. Yo aproveché para ir al vestuario a coger mi gruesa chaqueta, deseaba acompañar al equipo de traslado hasta el helicóptero. Cuando volví a la planta pasé a echarle un vistazo al recién nacido.
-Bella, hoy habéis hecho un buen trabajo tú y el galán cirujano- me dijo Mary, la enfermera que cuidaba de los neonatos esa noche.- Te prometo que William me pone de los nervios. Cuando nos hemos enterado de lo que estaba pasando en Urgencias y vimos que no pensaba bajar hemos estado a punto de llamar a Emily.
-Mary, te lo agradezco pero eso no hubiera estado bien, ya la habría llamado yo si la hubiera necesitado. Además, para cuando hubiera llegado ya nada se podría haber hecho.
-De todas formas se lo tienes que explicar a tu jefa, Bella. Si al doctor comodón no le gustan las urgencias graves que no haga guardias. De no estar el monumento contigo lo habríamos pasado mucho peor, sobre todo tú.
-Se llama Edward, Mary- la reñí al tiempo que me reía.
-Para ti, Edward, nena. Para mí, "monumento" desde el primer día que su visión me impactó.- Rió- Por cierto, hacéis buena pareja.
-¿Q-qué? ¿Qué dices, Mary? ¡No somos pareja!- negué rotundamente entretanto sentía la habitual oleada de calor en el rostro.
-Sí, sí, lo que tú digas. Pero si ese dios me mirara de la manera que lo hace contigo…- suspiró, elevando los ojos al techo- ¿es que no te das cuenta? Y tú tampoco es que disimules bien, nena, que se te derriten los ojitos.
-Vale, vale, dame un respiro. ¿Hay café?- cambié de tema radicalmente, estaba demasiado agotada a esas horas como para aguantar un tercer grado. De eso ya tenía suficiente con Ángela en nuestra propia casa.
-Estaba esperando que lo hicieras tú, te sale excelente – Mary me guiñó un ojo y se dispuso a cambiar el gotero del bebé.
-Bruja - respondí, simulando enfadarme.
-Yo también te quiero, cielo- se burló a mis espaldas.
Me dirigía hacia la salita de enfermeras, para preparar el preciado líquido, pero recordé que antes me quedaba algo importante que hacer y no podía esperar. El helicóptero estaría aquí en menos de una hora.
Me acerqué a la Maternidad para ver a la madre del bebé. Estaba ya consciente, con su marido al lado tomándole la mano. Llevaba una vía endovenosa por donde estaba paséndole una bolsa de sangre. Si seguía estable al día siguiente podría ser trasladada en ambulancia a la Maternidad del Hospital de Niños para poder estar junto a su bebé. Se la veía pálida y agotada, pero serena. Hablamos un momento. Por suerte, su seguro médico disponía de la posibilidad del traslado, pero era una crueldad que después de haber estado a punto de morir tanto la madre como su bebé ella no pudiera verle la cara al pequeño. Hablé con Anne y me costó convencerla, pero al final accedió a que pasaran a la señora a una camilla y la desplazaran hasta la sala de Neonatología. Dejamos un momento de intimidad a la pequeña familia.
El médico y el enfermero de la UCI móvil llegaron a pediatría y se hicieron cargo de todo, pasando el bebé de nuestra incubadora de transporte a la suya. Nos dirigimos hacia el ascensor. En aquel momento se acercaba Edward por el pasillo, y recordé el día en que nos conocimos. Ahora me daba cuenta, y sentí cierta desazón, de que podría enamorarme de él... hasta la médula.
Subimos hasta el helipuerto, que estaba en la azotea del hospital. El paisaje desde aquella altura era de un blanco inmaculado, pero antes de que se me ocurriera pensar en lo hermoso que se veía el frío del exterior golpeó mi cara y mis manos, las únicas partes que llevaba descubiertas. Si estaba mucho tiempo al exterior pronto me volvería de color azulado.
El equipo de transporte era realmente competente y en unos minutos cargaron la incubadora en el aparato y estaban a punto de despegar. Edward y yo nos separamos una distancia prudencial y contemplamos cómo el helicóptero despegaba y se alejaba por el encapotado cielo de Forks.
Miré a mi compañero de arriba abajo y me di cuenta de que llevaba puesto sólo el uniforme azul y la bata. Aunque se le veía de lo más feliz, la cara resplandeciente.
-¡Edward, te vas a congelar!-exclamé.
-No te preocupes, Bella, tolero muy bien el frío- negó con una sonrisa.
Lo miré intensamente. Si no hubiera sido por él esa noche habría sido mucho, muchísimo más larga. Sin pensarlo fui a darle un espontáneo abrazo; sentía alivio de que se hubiera acabado todo.
-Gracias, Edward. Has estado ahí, apoyándome, ayudándome. Eres increíble y…- enmudecí.
Su brazo había capturado mi cintura pegando mi cuerpo al suyo mientras su mano libre se deslizaba hacia arriba por mi cuello, haciendo arder la piel a su paso. Me levantó delicadamente el mentón buscándome los ojos. Los suyos irradiaban pasión, pero había algo más… ¿duda? Yo sabía lo que él pretendía, pero parecía que él no tenía claro que yo lo deseaba. Y mucho. Entrecrucé mis dedos con sus cabellos y con suavidad tiré de él acercando nuestras caras. Entonces se dejó llevar. Sus labios rozaron los míos con delicadeza, y lentamente se amoldaron a ellos. Me estremecí de placer al sentir el contacto con su piel, su cuerpo, su boca. Oleadas de calor recorrieron mi cuerpo, y el frío dejó de ser un problema. Su sedosa lengua se adentró entre mis labios, al principio tímidamente, para luego apoderarse de mi boca, explorándola, haciéndola suya. Gemí al sentir su dulce sabor. Entrelacé mis brazos tras su cuello perdiéndome en ese beso. Me abrazó con más fuerza y continuó con la sensual caricia hasta que me tuve que separar de él para poder inhalar. Lo miré y vi que sonreía. Las piernas apenas me obedecían y era él quien soportaba mi peso.
EPOV
No fue nada premeditado. No lo tenía previsto, pero ella provocó esa reacción al abrazarme tan ingenuamente. Me fue imposible contener la respiración, y su proximidad terminó de doblegar mi voluntad. Tenía que olerla, estando tan cercana… y una vez su aroma me llenó, era inevitable probar el sabor de su boca. Era deliciosa. Nada, absolutamente nada en mi experiencia era comparable, no podía parar de besarla . Fue ella la que separó nuestros labios, y me di cuenta de mi torpeza. Ella sí necesitaba el aire.
Observé la cara de Bella. Estaba muy atractiva, con el rubor decorando sus mejillas, los sensuales labios ligeramente entreabiertos. Jadeaba suavemente, al igual que yo. Aunque no necesitaba respirar conservaba ese reflejo en determinadas situaciones. Me miraba desde la profundidad de sus grandes y oscuros ojos y maldije mi don, inútil para comprenderla a ella, el ser que más ansiaba leer. Hubiera deseado tanto saber qué pensaba en ese momento...
-¿En qué piensas?- me sentí extraño haciendo esa pregunta.
-En nada… - la miré, alzando una ceja. - Vale…en ti. En la expresión que tienes en este momento. En que a pesar de lo insegura que me siento me alegro que me hayas besado. Yo… tenía ganas de que ocurriera.
-¿Insegura?- la miré extrañado- Bella, ¿estás insegura de mí?- parecía avergonzada, la tomé del mentón y la obligué a mirarme - ¿Crees que voy besando a todas las nuevas residentes que aparecen por este hospital? ¿No has oído hablar de Rarito Cullen, el que nunca se relaciona con nadie?
-¿Y por qué conmigo? ¿Qué tengo yo de especial?- me miraba con la duda escrita en su rostro.
¿Qué le podía contestar? No lo sabría explicar. Su aroma, su inocente aspecto, su cándida belleza, su dulzura, su risa, sus ojos… qué sabía yo. Todo.
-Bella, eres una mujer muy especial. Cuanto más te conozco, más seguro estoy de ello. Y además, no soy el único que te encuentra atractiva, eso te lo puedo asegurar. Pero sí soy al que más le importas, eso también te lo aseguro. Me gustas. Y mucho.
Al escuchar estas palabras ella se turbó aún más ante mi atenta mirada. Con un gran esfuerzo de voluntad me contuve de volverla a besar. Quería más. Mucho más. Pero no quería asustarla.
-Tú también me gustas, más de lo que debería- respondió en voz tan baja que si hubiera sido humano no la habría oído. Mi muerto corazón se sintió más ligero. De pronto abrió mucho los ojos y exclamó- ¡Edward, por más que aguantes bien el frío vas a enfermar si seguimos aquí fuera! Vamos adentro, anda, que estás helado- y aquella frágil humana me tomó de la mano y me arrastró al interior del hospital.
Me dejé hacer. Con ella no había nada que discutir. Estaba perdido.
Espero no haberos aburrido con los tecnicismos. Es un relato bastante realista de una situación como esa, excepto en lo de mover a la madre después de todo lo que le ha pasado y llevarla a ver el bebé. Pero es que me daba pena dejarla así...
El siguiente, el jueves.
Espero vuestros comentarios.
