Os posteo el séptimo un dia antes. Pero el otro no antes del domingo, en serio...
Gracias por los comentarios, a todas. Me gusta saber qué opináis, y si tenéis dudas contestarlas. Maria José y P, gracias por vuestra ayuda.
Capítulo 7
BPOV
-Bella, cariño, creo que deberías marcharte a casa. Estás agotada.
Era la tercera vez que Emily me hacía esa petición. Pero no pensaba irme, no todavía. En el Infantil estaban efectuándole varias pruebas al recién nacido, incluidas ecografía cerebral y electroencefalograma, y no quería marcharme a casa antes de saber el resultado. Sus padres habían decidido llamarlo David. James Watson había prometido que nos llamaría a lo largo de la mañana, cuando ya tuviera todo el informe.
-Emily, puedo aguantar un rato más.- Me miró alzando una ceja, apretando los labios para sofocar una sonrisa.
-Supongo. Entonces debe ser que hay una nueva manera de auscultar y yo no estoy al día.
Fijé mi atención en lo que estaba haciendo en ese momento. Me encontraba auscultando a Jeremy, un niño ingresado por una crisis asmática. Tenía puesto el estetoscopio sobre el tórax del pequeño, pero la parte que tendría que estar introducida en mis orejas estaba aún colgada de mi cuello. La madre de Jeremy me miraba, entre divertida y mosqueada, y el niño casi se estaba partiendo de risa. Me ruboricé. Estaba pasando la mañana con la mente sumergida en lo que había pasado la noche anterior y no estaba nada centrada en mi trabajo.
-Eeh… sospecho que tienes razón.- Me disculpé ante la madre de Jeremy con una mirada y le alboroté el pelo al pequeño.
-Bella, te prometo que te llamaré en cuanto sepa algo.
-¿Sea la hora que sea?
-Prometido- levantó la mano, solemne.
-De acuerdo- me dirigí a la puerta.
-Bella- llamó Emily- buen trabajo-. Le sonreí y salí de la habitación.
Para ser sincera, no sólo me retenía en mi lugar de trabajo el ansia por saber algo del pequeño bebé. Esto era una razón importante, la otra es que no había conseguido hablar con Edward desde que habíamos bajado del helipuerto. Nos había rodeado un mar de papeleo, informes, burocracia… tal que ni tan siquiera habíamos podido desayunar juntos. A ratos se me ocurría la angustiosa idea de que esos minutos compartidos con él, ese beso que me hacía flaquear las piernas cada vez que lo recordaba, no habían sido otra cosa que fruto de un breve sueño echado durante la guardia.
Angela estaba poniendo un vendaje compresivo para un esguince de tobillo en el box de "trauma". Había ido a Urgencias a despedirme de mi compañera hasta la noche, ya que hoy ella doblaba turno. Me asomé discretamente por la cortina del box.
-Hola, cielo. Vengo a despedirme. Menuda guardia he tenido, ya te contaré por la noche- ella se volteó y me miró con una expresión que no supe interpretar.
-Disculpe un momento, señor Fisher- el aludido asintió y Angela se acercó a mí y me puso un papel plegado en la mano, con aire misterioso y expresión pícara- Ten.
-¿Qué… qué es esto, Ang?
-Tú sabrás, pero ya puedes dormir muy bien y levantarte descansada porque hoy tenemos una larga charla pendiente tú y yo- susurró mirándome con intensidad, y sin esperar respuesta volvió a su trabajo.
El frío del exterior golpeó mi rostro y mis vías respiratorias. Inspiré con fuerza. El mejor momento de la guardia era cuando salía del hospital, sin duda era una sensación de libertad tan grande… Mientras me dirigía a mi coche fui abriendo el papel. ¿Qué misterios se llevaba mi amiga entre manos?
Entonces quedé boquiabierta. Estaba bien segura de que esas cadenas no estaban ahí ayer. Alguien había tenido ese detalle conmigo, y era un gran detalle, primero porque estaba hecha polvo, segundo porque no tenía cadenas y tercero porque no sabía colocarlas. Ni siquiera tuve esa previsión, tonta de mí. Intuí que el papelito tenía que ver con aquello y leí:
Bella
Ha sido difícil no verte en toda la mañana, pero me ha secuestrado mi jefe. He pensado que quizá te irían bien unas cadenas para el coche, estas me sobraban y las guardaba en el maletero. Si ya tienes quédatelas, no me son necesarias. Imagino que de momento prefieres la discreción así que he preferido darle este papel a Angela que buscarte a ti en persona. Más abajo te he anotado mi teléfono, llámame cuando hayas descansado. Si quieres.
Besos
Edward
...
Me desperté con dolor de cabeza. No había comido nada desde la cena del día anterior y eso me estaba pasando factura. Me quedé en la cama remoloneando, con el cerebro todavía funcionando a medias. En ese estado de duermevela fueron fluyendo por mi mente imágenes del día previo. Mientras la adormecida consciencia y el subconsciente se entremezclaban tuve la sensación de que alguna cosa del día anterior se me estaba escapando. Tiré del fino hilo que sobresalía de esa sensación. Edward había salido a buscar a la madre del pequeño David. ¿Habría oído algún grito de ayuda? Era extraño que tanto a mí como al trabajador que limpiaba de nieve en la entrada nos hubiera pasado desapercibido… Pero no tenía otra explicación. Decidí no darle más importancia al asunto. Edward tenía muchas cualidades, era evidente.
Llámame cuando estés despierta. Mierda. El recuerdo de su mensaje golpeó con fuerza mis neuronas, sacándolas de su letargo ¿Qué hora sería? Me levanté con sensación de resaca y la cabeza pesada, buscando mi móvil. Eran las tres de la tarde ya pasadas. Había una llamada perdida del hospital y un mensaje de voz. Emily había cumplido su promesa pero yo estaba tan cansada que ni siquiera había despertado por el timbre del teléfono. Mi jefa me comunicaba que todas las pruebas que le habían realizado al bebé eran normales y que ya respiraba por sí solo. Era algo que esperaba pero aún así sentí un gran alivio y felicidad.
Necesitaba tomar algo antes de llamar a Edward y me preparé un café y un bocadillo. Mientras comía releí atentamente y varias veces su nota, analizando cada palabra, admirando su hermosa caligrafía. Tenía razón con la suposición de que yo prefería mantener discreción en lo que fuera que teníamos. Yo sabía que no lo decía por él. Por lo que le conocía no creía que le importara mucho lo que pensara la gente. Y a mí tampoco debería afectarme, pero sí lo hacía. Odiaba convertirme en el centro de atención. Además, no había pasado nada más que un beso. ¿Y si la cosa terminaba ahí? ¿Y si él o yo hoy o mañana decidíamos que era un error seguir adelante? ¿Y si no había "adelante"? Mejor que lo que fuera que pasara quedase sólo entre nosotros. Bueno, entre nosotros y Ángela…
Inspiré profundamente. Era hora de llamarle. Estando saliente de guardia él ya debería estar en su casa. Me moría de vergüenza sólo de pensar en hablar con él, sentía mariposas en el estómago. Peor, sentía auténticas náuseas. Pero no debía posponerlo más. Marqué su número.
-Hola- tan solo escuchar el sonido de su suave voz y ya estaba mi corazón latiendo como un loco. Estaba tan nerviosa que durante unos segundos no supe qué decirle- … ¿Bella?
-Sí, soy yo, disculpa- esta vez respondí de inmediato, no quería que pensara que era boba o algo así.
-No podía ser nadie más, estoy escuchando tu latido… ¿a que has vuelto a tomar café?- respondió riéndose a carcajadas. Perfecto. La primera vez que le llamaba por teléfono y el señor se dedicaba a hacer bromitas a mi costa.
-Por supuesto que sí, gracias a eso soy capaz de articular palabras en este momento. Me alegra que lo encuentres tan divertido. Y ya te vale con la bromita del café - bufé. A veces me sacaba de mis casillas. Se oyó un largo suspiro al otro lado de la línea.
-No quería molestarte, Bella. Sólo es que me hace muy feliz que me hayas llamado- dijo con un tono de voz que me erizó el vello… sensual, total y absolutamente atrayente. Sin poderlo evitar empecé a sentir calor. Respira, Bella... así.
-Me alegro de que sea por eso. ¿Estás en tu casa? ¿Has podido descansar? -respondí intentando aparentar una calma que no sentía.
-Sí, sí, no te preocupes por mí. Espero que tú también hayas descansado. Por cierto, ya sabrás que el bebé está bien, ¿verdad? Creo que Emily te dejó un mensaje. Me lo dijo esta mañana. También me ha dicho que me van a fichar como pediatra- su risa acompañó estas últimas palabras y fue de nuevo una melodía para mi oído.
-Seguro que colaborarías más y mejor que algunos adjuntos- repuse. No había tenido tiempo de hablar con mi jefa sobre la falta de colaboración de William pero estaba claro que se había enterado de todo - Edward, gracias de nuevo. Y gracias también por haber colocado las cadenas en mi coche. Si no fuera por ti aún estaría en el parking del hospital.
-No es nada. Imaginaba que no estabas acostumbrada a la nieve y que no tendrías cadenas. Y aunque las hubieras tenido tampoco estabas en muy buena situación para colocarlas.
-Estás en lo cierto. Te debo mucho. De veras.
-De acuerdo, señorita, si insistes… es hora de que pagues algo de lo que me debes –repuso.
-Ah, ya sabía yo que tanta consideración no era gratuita - intenté que no me temblara la voz- ¿y cuál se supone que es el pago a cambio?
-Depende de cómo estés de cansada.- Me sonrojé.
-También depende… de lo que quieras proponer – dudé. ¿De veras estaba preparada para esto? ¿De veras no había un momento mejor para una… una primera cita? Miré mi cara en el espejo. Había conocido días mucho, mucho mejores.
-Quiero verte. Lo demás decídelo tú.
Quiero verte. Pues yo ya estaba tardando en hiperventilar.
-De acuerdo. ¿Qué te parece si vamos a tomar algo por ahí?- sugerí, siguiendo con el tono casual de la conversación.
Quería verlo, pero no quería una cita a solas. Me daba… era una tontería… miedo. Miedo de su reacciones y de las mías. Me sentía como una adolescente antes de su primer beso. Aunque nosotros ya nos habíamos besado. Quizá por eso estaba asustada. Sabía lo que se sentía en sus brazos.
-Será un placer. ¿Te paso a buscar en una hora?
Afirmé y colgué.
Después de ducharme, mirarme al espejo, maldecir mi cara de muerta viviente, ponerme histérica y despotricar contra mi vestuario (todo por este orden) decidí usar algún color que diera luz a mi apagado cutis. Me puse un fino jersey en tonos azules y unos vaqueros. Quería ir un poco arreglada pero sin parecer demasiado desesperada por mi aspecto físico. Dios, no recordaba lo que era una primera cita, ¡y encima saliente de guardia! Sin embargo, Edward ya conocía mi cara de zombi. Me había visto varias veces con ella.
No me gustaba maquillarme pero necesitaba un poco de color en la cara así que me puse un toque de colorete, rimmel y brillo de labios. Me sequé el cabello y dejé caer las ondas sueltas por mi espalda. El jersey era de cuello vuelto y algo escotado y al menos el cabello me daría calor. Además en el hospital siempre llevaba coleta y me apetecía llevar el cabello suelto. Miré por la ventana del baño. Parecía que estaba mirando una postal de Navidad. Odiaba el frío pero me gustaba el modo en que la nieve daba una sensación de irrealidad al paisaje.
Sonó el timbre. Aunque lo estaba esperando me sobresalté. Mi corazón de nuevo empezó a bailar su particular ritmo para Edward. Bajé las escaleras todo lo rápido que pude y abrí la puerta.
Por unos instantes me deslumbró el contraluz. Sólo vi su alta silueta, y luego escuché su voz.
-Buenas tardes, Bella – los ecos del sonido hicieron que cada célula de mi cuerpo vibrara.
Por un segundo dudé qué hacer, si besarle, si darle la mano… al final correspondí al formal saludo, y le cedí el paso para que entrase. Entonces sí lo pude observar bien. Durante unos instantes me olvidé de respirar. Llevaba una cazadora, jersey negro y unos vaqueros gastados. El sedoso cabello cobrizo cuyo tacto mis dedos imploraban volver a sentir, estaba atractivamente despeinado de un modo que estaba segura que en él era natural. Me examinaba complacido mientras sonreía de una forma que debería ser ilegal. Tenía que salir pronto de casa. Estar allá a solas con él me hacía sentir inquieta.
-Voy por el abrigo- murmuré como pude ante el peso de su mirada.
Lo tenía colgado de un pequeño vestidor que teníamos en el comedor, donde guardábamos la abultada ropa de abrigo. Lo tomé y me giré dispuesta a andar hacia la puerta. Ni siquiera le oí venir. Jadeé de la sorpresa pues, sin saber cómo, me encontraba entre la puerta del vestidor y el cuerpo de Edward, peligrosamente cercano al mío. Alcé la vista hasta encontrarme con su mirada. El dorado de sus ojos aparentaba ser más oscuro. Debía ser un efecto de la luz.
-¿Te he vuelto a asustar?- preguntó, dibujando una leve sonrisa. Utilicé toda la fuerza de mi voluntad para escapar de su hechizo.
-No, esta vez no- repuse sonriéndole mientras me escabullía hacia la puerta. Yo también sabía jugar.
Tenía clara una cosa: por más que él me atrajera no me gustaba perder el control. Y sabía, en el fondo de mi corazón, que ese hombre podía conseguir que lo perdiera si se lo proponía.
-¿Nos vamos? – insté desde la puerta alzando ambas cejas, señalando con la cabeza hacia fuera. Asintió y se dirigió hacia mí, observándome pensativo.
Me abrió la puerta del copiloto. Me gustaba mucho su coche, un Volvo de color gris plateado. Lo que no me esperaba era la sensación que tendría al entrar en el vehículo. El interior olía a él. Sin poder evitarlo inspiré con toda mi capacidad pulmonar, al tiempo que cerraba los párpados durante un fugaz segundo. Fue un reflejo involuntario. Le miré, temerosa de que se hubiera dado cuenta, pero él parecía centrado en observar un punto del salpicadero. Quizás demasiado centrado. Su expresión era forzadamente hermética. Era una trampa, y yo había caído sin remedio.
-¿Nos vamos? –encendió el motor y se metió en la carretera - He pensado que podríamos ir a Port Angeles… si te parece bien. Está cerca y tendremos un poco más de tranquilidad que aquí en Forks.
Port Angeles estaba a una media hora larga de Forks. Eso significaba estar media hora solos en su coche. De pronto no me parecía tan buena idea lo de salir de casa, pero tras pensarlo unos segundos asentí. Ya sabía a lo que se refería con "tranquilidad", y estaba de acuerdo con él. Encendió la radio y nos pusimos a hablar de temas intrascendentes. Me gustaba hablar con él de cualquier cosa. Era muy ameno conversando, y yo no comprendía por qué no se relacionaba más. De esta forma recuperé un poco de serenidad.
Port Angeles era una localidad costera, típicamente turística pero a mi modo de ver encantadora. Combinaba la belleza del mar y la montaña, aunque ahora en invierno eran pocos los turistas que se acercaban a ella. Cuando llegamos ya estaba anocheciendo. Edward aparcó el coche cerca del puerto, salió y me abrió la puerta. No estaba acostumbrada a esos detalles, y no sabía si quería habituarme. Al salir del vehículo me golpeó una brisa heladora que llegaba a nosotros procedente de las nevadas montañas.
Edward me tomó de la mano, que por desgracia llevaba enguantada. Deseé sentir el tacto de su piel pero no podía quitarme los guantes. Era lo mejor si quería conservar los diez dedos. Paseamos a lo largo del puerto, hasta no pude evitar que me delatase el castañeteo de dientes. No era un sonido muy romántico que dijéramos.
-Será mejor que entremos en algún lugar a cubierto, antes de que te pongas de color azul- bromeó él.
Me llevó hacia una bonita cafetería con vistas al puerto. Dentro había una escasa clientela, pero suficiente como para que no llamáramos la atención. Elegimos una mesa al lado de la ventana. Me ayudó a quitarme el abrigo y me observó sin disimulo hasta que me obligó a apartar la vista.
-Aún no te había dicho nada, pero estás realmente preciosa. Ese color… te favorece mucho.- Calor - Y deberías llevar el cabello suelto más veces.- Más calor - O mejor que no lo hagas. Entonces me costaría más esfuerzo quitarte los moscones de encima. No bastaría con decir que teníamos un trabajo pendiente. Puede que tuviera que partirle la cara a Mike Newton.
-Gracias, pero espero que sea necesario - reí. Se acercó la camarera y pedimos un café, el mío doble. Esta vez no hizo ninguna broma al respecto.
EPOV
Todos mis buenos propósitos se estaban yendo al traste. Creía que a mi edad y con el trabajo que realizaba diariamente ya había alcanzado suficiente fuerza de voluntad, pero Bella… ella minaba mi control. Cuando me abrió la puerta y la vi, radiante a pesar de las tenues ojeras que enmarcaban sus expresivos ojos, me acometió la imperiosa necesidad de tomarla en brazos y llevármela a su habitación. Me refrené pero no pude evitar comportarme como un cazador jugando con su presa. O como un vampiro salido. Ella podía haber reaccionado mal y me habría arrepentido mil veces, pero por suerte para mí no se asustó. Después vino la prueba del coche, la peor. Su aroma me estaba enloqueciendo. Hubo momentos en los que asía el volante con tanta fuerza para controlar mis manos que temí romperlo. Y ahora la tenía delante de mí y continuamente tenía ganas de apartar de un manotazo la molesta mesa que nos separaba. Tenía ansia de su boca. Carlisle tenía razón. Quizá la estaba poniendo en peligro y egoístamente no quería reconocerlo. Jamás había sentido esa necesidad por nadie.
Estuvimos charlando de todo, y riéndonos de anécdotas que nos habían acontecido. Ambos teníamos para dar y vender. La observé sorber su café con calma. Tenía envidia de la porcelana donde posaba sus labios. Bella de vez en cuando desviaba la vista hacia la ventana y se quedaba observando el oscuro mar, suspirando levemente. Sospechaba que la estaba incomodando y que lo hacía para apartar sus pupilas de las mías. Hacía mucho que yo no tenía una cita, y tampoco había salido jamás con una humana. Quizás ya estaba arrepentida de haber aceptado venir conmigo.
-Discúlpame, Bella.
-¿Perdona?- me miró sin comprender.
-Me parece que te estoy incomodando. Lo siento, pero no puedo apartar los ojos de ti. ¿Quieres… que te lleve a casa?
-No, no,- me contradijo firmemente, levemente azorada- no me molesta, bueno, es que no estoy acostumbrada a que me miren así.
-Pues no lo comprendo – me sinceré, mientras la miraba de arriba abajo.
-Déjalo, Edward. Ahora ya debo estar del color de las cerezas- rió.
-Sí, más o menos, pero tu tono de rojo es mucho más bonito- ella rió, pero de inmediato se puso seria.
-¿Qué pasa? ¿He dicho algo?- la tomé de la mano. Era cálida y de tacto delicado.
-Nada… Tu mano está un poco fría. ¿Te encuentras bien?- ya estábamos con la pregunta que esperaba.
-Mi temperatura basal, es algo más baja de lo normal. Ya sabes, soy raro. También en eso.
-Qué curioso ¿Va relacionado con tus intolerancias alimentarias? ¿Es un tema de metabolismo?- me observaba atenta.
-Eeh… sí, más o menos- mentí descaradamente y me observó de hito en hito con suspicacia.
-Creo que tienes razón. Se ha hecho un poco tarde y estoy cansada. ¿Me llevas a casa?- parpadeé ante el brusco cambio de tema.
-Claro- dejé unas monedas en la mesa y la ayudé a ponerse el abrigo. Iba a preguntarle si quería cenar conmigo pero intuía que la respuesta sería una negativa. Me había perdido algo y no sabía qué.
Hicimos la vuelta en silencio. Bella comentó que estaba cansada y puso la radio. Se había formado una arruguita en su ceño. No soltó una palabra más y pasó el viaje mirando todo el rato por la ventanilla, los ojos perdidos en la oscuridad de la noche. Ahora sí mataría por poder leerle la mente. Presentía que si le preguntaba de forma directa tampoco obtendría la verdad.
-Ya hemos llegado. Te veo mañana en el hospital – dijo, y fue a abrir la manilla del coche.
La detuve asiéndole la mano. No iba a permitir que se fuera así. Empezaba a estar angustiado y necesitaba saber qué estaba pasando. Se giró para protestar por mi acción y su cara indignada quedó a escasos centímetros de la mía. Entonces la tomé entre mis manos y la acerqué a mí, atrapando su boca. Chupé, mordisqueé y lamí sus labios tal y como estaba deseando hacer desde el momento en que la había visto. Con hambre. Esperé algún signo de oposición por su parte pero no apareció ninguno. Gimió cuando introduje mi lengua y acaricié la suya, aferrándose a mi cuello para profundizar el beso. La alcé de su asiento y la coloqué a horcajadas sobre mí, echando el mío hacia atrás, cuidando de no dañarla con el volante. Nuestras bocas se exploraron, separándose de vez en cuando sólo el tiempo indispensable para que ella pudiera respirar entrecortadamente. Bella me acariciaba la nuca y respondía a mis besos con pasión, provocándome sensaciones que jamás antes había sentido. Acaricié la largura de su espalda con una mano, mientras el otro brazo la aprisionaba contra mi pecho. Ansiaba tocar su piel por debajo del jersey. Me separé de su boca y me dirigí a saborear otras partes de su rostro, pasando la lengua por su cuello hasta llegar al lóbulo de la oreja. Su piel sabía tan bien como prometía su aroma. Sus gemidos eran gasolina para el fuego que sentía dentro de mí y mi erección debía ser ya más que evidente para ella. Hasta que escuché un pensamiento.
-Bella… creo que Angela nos ha visto- susurré entrecortadamente.
-Dios… no- velozmente salió de encima de mí y volvió a su asiento, tapándose la cara con las manos y negando con la cabeza.
-Bella… ¿qué sucede? -susurré, al tiempo que intenté retirar suavemente sus manos, pero no me dejó. De repente abrió la puerta del coche y salió disparada hasta su casa, sin mirar atrás.
El próximo, el domingo. ¡Gracias por leer y comentar!
