Adelanto el capítulo del jueves unas horitas... Os aclaro un poco el capítulo previo, que creo que os he liado con los tiempos. Edward se marcha de casa de Bella después de que esta lo dejara en el coche, y es esa noche cuando Carlisle le llama para explicarle que cree que Bella podría correr peligro por la atracción especial que Edward siente por su sangre. Edward decide irse para evitarle el peligro. En un capítulo más anterior Carlisle le dice a Edward que le irán a visitar el fin de semana. Este fin de semana. Así que cuando Bella y los Cullen se encuentran es jueves y estos van hacia la casa de Edward. Este capítulo es el sábado por la mañana.

Es algo más cortito, pero el siguiente lo subo el sábado o domingo. Gracias a las lectoras por vuestros comentarios, y a mis dos pacientes pre-lectoras. Os recuerdo que el fic es clasificado M, mayores de 17 años, porque algunas cosas que a más de una nos habría gustado leer en la saga y no salieron...


Capítulo 10

Sentí un dolor agudo en el pecho. Mi ira no había conseguido rebajar la atracción que sentía por él, era como si la gravedad me arrastrara hacia su cuerpo con casi tanta fuerza como me unía al suelo que pisaba. Durante un segundo deseé llevar algo más sexy que mi sencillo pijama de algodón, y al segundo siguiente me enfadé conmigo misma por pensar eso. Por fin reaccioné y me encaré con quien debía hacerlo.

-¿Qué haces aquí?- espeté, a punto de cerrarle la puerta en las narices.

-Mis padres me explicaron lo que pasó la otra noche. Venía para saber cómo estabas - repuso con cara de preocupación.

¿Preocupación? Desde cuándo te importo, Edward Cullen? Odiaba los estragos que su sedosa voz y sus hipnóticos ojos causaban en mí y en mi recién recuperado equilibrio.

-Bien- le contesté fríamente- si es por eso ya te puedes ir.- Estaba siendo descortés, pero él no se merecía más. Sin embargo su expresión siguió inmutable.

-No es sólo eso. Quisiera que me concedieras unos minutos de tu tiempo- murmuró.

-No veo por qué- corté.

-Bella… por favor… - Joder. Si me lo pedía así y con esa expresión suplicante no podía negarme, no podía, aunque por dentro me estaba llamando estúpida cien veces.

Suspiré y le franqueé el paso en silencio. Decidida a seguir comportándome como una borde caminé sin decirle nada hacia la cocina, mientras él me seguía.

-Espero no haber interrumpido tu desayuno- comentó al reparar en la mesa.

-Ya había acabado. Voy a fregar los platos, y lo que sea que me tengas que decir me lo puedes soltar mientras lo hago - así no tendría que mirarle a los ojos mientras me decía que iba a acabar con algo que no debía haber empezado.

Recogí la mesa. Él se quedó de pie apoyado contra la pared opuesta al fregadero, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome. Aparté la vista de su cuerpo perfecto y felino, de sus sensuales labios… ¡Bella, contrólate! Me esforcé en recordar los motivos de mi enfado y así conseguí calmar las emociones que me estaban dividiendo. Me puse a la labor con los platos de la cena.

-Di lo que tengas que decir y lárgate- gruñí. Me ponía nerviosa tenerlo tan cerca de mí y quería que se fuera.

-Bella, no quiero que pienses que he estado jugando contigo. Todo que dije, lo que hice, salió de mi corazón. Me voy porque… porque creo que es lo mejor para ti- monté en cólera al oírle.

-No necesitabas venir para decirme eso, y venir a insultar mi inteligencia. ¿Lo pasaste bien tomándome el pelo? Lástima que no me pudiste echar un polvo, ¿no? La verdad, me encontraría mejor si no hubieras vuelto a aparecer. Si lo que querías era que me sintiera mejor la has jodido.

-Ya lo estoy viendo. Pero no sé cómo actuar contigo. No quería que estuvieras dolida conmigo, y tampoco que te sintieras mal pensando en si habías hecho algo para que yo me comportase de una forma tan... impresentable. También deseaba decirte que podemos ser sólo amigos - ¿su voz sonaba atormentada? A este hombre podían darle el óscar al mejor actor.

-Jamás había escuchado una sarta semejante de tonterías saliendo de la boca de un hombre, y mira que las he oído grandes – dije furiosa y entre dientes, pues Angela aún seguía durmiendo.

Estaba realmente colérica y me desconcentré de lo que estaba haciendo. Limpiaba unas tijeras de cocina con el estropajo cuando este se me resbaló de las manos y las tijeras acabaron provocando un largo y profundo corte en la palma de mi mano derecha. De mi boca se escapó un agudo grito de dolor, mientras la sangre goteaba en abundancia hasta el fregadero, mezclándose con el agua que salía del grifo.

Lo siguiente que sucedió fue muy rápido. Edward apareció a mi lado como de la nada. Alcé la cara para mirarlo con los ojos muy abiertos por la sorpresa y quedé paralizada. Nunca había visto esa expresión en su perfecto rostro. En su mirada centelleaba algo... animal. Una pequeña señal de alarma se encendió en mi interior, pero la ignoré. Estaba absolutamente fascinada.

Me tomó la mano herida, la alzó delicadamente, e hizo lo último que yo hubiera imaginado. Se llevó mi sangrante palma a la boca y la lamió. Sentí su lengua acariciando mi herida, apaciguando el dolor hasta hacerlo desaparecer. Cerró los párpados, su hermoso rostro transformado por una sensual expresión de placer. Mientras sentía sus labios sobre mi herida y su lengua lamiéndola una deliciosa corriente irradió desde mi mano a mi bajo vientre, y gemí. No podía creer lo que Edward estaba haciendo pero al mismo tiempo no quería que parara. Continuó lamiendo, besando, con lentitud infinita, los párpados cerrados con expresión de abandono absoluto. Sin darme cuenta el placer que sentía explotó dentro de mí y sentí humedad entre las piernas, que amenazaban con dejar de soportar mi peso. Él clavó sus ojos en los míos, su mirada oscura y brillante de deseo.

Un suave gruñido se escapó del fondo de su pecho y me encontré sentada en la encimera de la cocina, aferrándome a sus cabellos y rodeándole las caderas con mis piernas, completamente adherida a él. Me lamió los labios como instantes antes había hecho con mi herida. Entreabrí la boca y sentí el sabor metálico de mi sangre junto a la caricia de su lengua, que invadió mi boca regalándome sensaciones que jamás antes había sentido con un beso. Sellé mis labios contra los suyos y profundicé el contacto, rendida. Le escuché gemir desde la lejanía del pozo donde me sentía caer. ¿O era yo la que gemía? No había barreras, ni miedos. Ya no pensaba, sólo me dejaba llevar. Bajé las manos y las metí bajo su camisa, ansiosa por sentir su tacto. Mis yemas se deleitaron en la suave piel de su abdomen, cuya musculatura palpaba dura como la piedra. Él me imitó sin abandonar mi boca, y sus dedos se deslizaron bajo mi pijama ascendiendo por mi cintura, dejando una estela ardiente en cada poro de piel que rozaban. Me acarició la espalda y se desplazó con lentitud enloquecedora hacia mi abdomen, deslizándose suavemente hacia mis pechos. Ahogué un jadeo en su boca apenas los rozó, y un fuerte gemido cuando las yemas de sus dedos acariciaron mis pezones. De pronto abandonó mi boca para acercarse a mi oído.

-Viene Angela- susurró. Seguidamente estábamos de pie en la cocina, con la ropa en su sitio, mientras él observaba mi mano herida, que ya no sangraba, con gesto profesional.

¿Qué ha pasado? Intenté detener mis jadeos y componer una cara del tipo "oh, me acabo de hacer daño, qué torpe soy", aunque sabía que no engañaría a mi observadora amiga. Estaba segura de que el rubor de mi cara y el brillo de mis ojos me delataban.

-Es una herida limpia, sólo necesita unos pocos puntos de sutura- dijo Edward muy serio en cuanto Angela entró en la cocina.

Estaba claro por la expresión que lucía mi compañera que lo que menos esperaba era esa escena. No sé qué cara hubiera puesto de haber visto la que se había desarrollado momentos antes. La sorpresa cambió a preocupación cuando se acercó y vio el feo corte.

-¿Qué ha pasado?- nos miró interrogante. Abrí la boca para intentar decir algo pero aún era incapaz de hablar.

-Se cortó con las tijeras de cocina… no necesitan un afilado, eso está claro- dijo Edward.

Ang me estudiaba la expresión clavándome sus oscuros ojos. Se la veía confusa.

-Hay que suturar esto. La palma de la mano es muy delicada y hay que cuidar de que la cicatriz no haga retracción. Tengo un equipo de cirugía menor en el coche – al oír esto miré a Edward, incrédula. - ¿Qué pasa? Unas cuantas veces me ha ido muy bien para atender a accidentados en la carretera- explicó.

-Preferiría que me cosieran en el hospital- negué con la cabeza. Ya habíamos tenido suficiente contacto por hoy. Y por unos cuantos años.

-De acuerdo. Mike Newton estará encantado de hacerlo. ¿Te llevo en mi coche?- Edward alzó las cejas con cara de angelito.

Lo miré con ira. Realmente merecía un óscar. Yo sabía que por dentro cantaba victoria pero se guardó mucho de demostrarlo. Entretanto Angela observaba nuestra conversación como el que mira un partido de tenis y al final intervino en nombre del sentido común.

-Bella, Edward es experto en suturas subdérmicas. Creo que lo mejor sería que él te curase. Esa herida no pinta bien.

Exhalé con gran ruido, como el que da su brazo a torcer por la fuerza de los elementos, y asentí. Edward salió a buscar el equipo.

-Quédate conmigo. No quiero estar a solas con él –imploré en un susurro, como si Edward pudiera oírme desde fuera de la casa.

-No. Necesitáis hablar. No sé qué ha pasado aquí, pero seguro que no ha habido una buena conversación- me observó de arriba abajo, suspicaz.

-No nos ha dado tiempo, ¡llegó al poco de herirme! Y además no quiero hablar con él.

-Mientes fatal, amiga. - cabeceó Ang- Y no. Tienes que hablar con él.

Edward. Sólo pensar en lo que acababa de pasar me quemaba la piel. Y ahora mi traidora amiga nos quería dejar a solas.

-Podéis ir al comedor, está bien iluminado. Yo me quedaré en la cocina, desayunando tranquilamente. Supongo que no necesitarás ayuda, ¿no? - dijo Angela en cuanto él entró por la puerta. Edward negó con una sonrisa y ella se metió en la cocina y cerró la puerta, para fastidio mío.

Observé cómo él, que se había lavado las manos, preparaba todo el ritual necesario para darme puntos. Se colocó unos guantes y cargó la anestesia en la jeringa. Yo no podía pensar en nada, estaba como en shock. Y él ahí estaba, aparentando serenidad. Pero me había demostrado que sabía fingir demasiado bien.

-¿No me pones antiséptico?- no era un tema de conversación apasionante, pero me había llamado la atención.

-No te preocupes, no se te infectará- murmuró, y comenzó a suturarme la herida. Sus ágiles dedos se movían con tanta destreza con la aguja y las pinzas como anteriormente se habían movido sobre mi piel. Me quedé absorta en su trabajo.

-Tu amiga quiere que hablemos- dijo con suavidad.

Aparté los ojos de mi herida y me di cuenta de que me estaba observando mientras trabajaba. Volví la mirada hacia sus manos luchando por no ceder a la hipnosis y negué con la cabeza.

-Pero yo no quiero hablar, ¿para qué? No sirve de nada, si te vas a marchar - musité. Te ibas a marchar sin decirme nada.

-No me iré. Es decir, no si tú no me lo pides.

-¿Ahora no te vas? ¿Y por qué te iba a pedir que te marcharas?-lo miré de nuevo, confusa. Ahora sí que no entendía nada de nada.

-Bella, ¿no has notado nada extraño en lo que ha pasado antes?- respondió alzando una ceja.

Vale, volvía el turno de sonrojarme.

-Sí.

-Y no… ¿no sientes temor? -me estudiaba atentamente la expresión, mientras daba otro punto a mi herida.

Rebusqué en mi interior. Sólo podía recordar la pequeña alarma que había sentido cuando vi su expresión, una alerta que había ignorado sin esfuerzo. Edward era más extraño de lo que hubiera imaginado y mi mente racional reconocía que debería estar como mínimo inquieta, pero mi corazón y mi instinto confiaban en él.

-¿Debería sentir temor? Dímelo tú- ahora era mi turno.

-No, ahora estoy seguro de que jamás te haría daño -repuso tajante.

-Pero antes lo creías –susurré, pensativa. ¿Por qué temía hacerme daño? Lo que me haría daño sería dejar de verle. Él me dirigió una dolorida mirada y asintió. -Entonces si tú ya no tienes tu razón para marcharte yo no te pediré que lo hagas.

-Quizá lo hagas cuando sepas más de mí- me acabó de colocar el vendaje y tomó mis manos entre las suyas, clavándome una mirada intensa.

-¿Qué he de saber? ¿Eres un criminal?

-No.

-¿Pues qué?

-Bella… antes de decidir debes conocerme un poco mejor, pero por hoy basta de descubrimientos; será mejor que me marche - me soltó las manos con suavidad y se levantó. Le seguí de forma automática.- ¿Cenas conmigo el lunes? O el martes si estás demasiado cansada de la guardia de mañana- dijo desde la puerta.

-El lunes está bien- aseguré.

Me dedicó una sonrisa que para no variar me hizo temblar las piernas e, inclinándose, rozó apenas mis labios con los suyos. Involuntariamente inspiré su aroma con fuerza.

-Despídeme de Angela.

Esta salió de la cocina en cuanto oyó la puerta cerrarse.

-Parece que ha ido bien-sonrió al verme la cara.


Edward es muy raro, pero Bella también tiene su punto...¿no?

Dejadme un comentario si os ha gustado. Hasta el fin de semana.