Feliz domingo. Muchas gracias por vuestros comentarios, espero que esto os siga gustando. Los Cullen irán apareciendo poco a poco, aunque advierto que no es uno de esos fics donde tienen presencia constante. Bella está un poco loca, cierto. Pierde la razón cuando se trata de Edward, sólo así se puede entender que no haya echado a nadar sin parar hasta llegar a Australia cuando Edward le dice lo de la sangre ;-) Y ya no me enrollo más. Gracias MJ y P.
BPOV
A aquella hora aún había oscuridad, pero en el silencio de la madrugada escuché el motor del coche cuando llegó, puntual. Tomé el abrigo y salí. El aire frío de primera hora de la mañana era estimulante... aunque no tanto como el hombre que me estaba esperando.
Me observaba de pie, apoyando la barbilla sobre las manos, que tenía cruzadas sobre el techo del coche.
-Buenos días, temeraria - sonrió y se dirigió al lado del copiloto, abriéndome la puerta- ¿Cómo has dormido?
-Muy bien, rarito - reí acercándome a él.
Tenía pensado no acercarme demasiado, subir al coche, charlar tranquilamente. No contaba con el imán, esa invisible fuerza que había entre él y yo que me arrastraba sin poderlo evitar. Bastó un leve roce al pasar por su lado, su mano con la mía. No se quién empezó, pero al segundo siguiente su boca y la mía estaban fundidas en una sola, nuestras lenguas moviéndose la una junto a la otra, acariciándose dulce, lentamente. Me abrazó por la cintura, acercándome más a él, y yo me colgué de su cuello como si me fuera la vida en ello. Sentía fuego en las venas, un calor que me abrasaba y que sólo él con la frescura de su piel podía calmar…
-Bella…-pidió hablando contra mis labios- sepárate de mí. Yo… no puedo. Llegarás tarde.
Joder. Tenía razón… y qué manera de comenzar el día. Hice una respiración profunda y puse mis manos sobre su pecho, haciendo lo que me había pedido. Sin mirarle para evitar nuevas tentaciones entré en el coche.
Puso el coche en marcha. Mientras, yo intentaba normalizar mi respiración.
-No te quites el abrigo ¿Te importa que abra las ventanas?- dijo mientras encendía el motor.
¿Las ventanas? ¿A cero grados? Me sentí confusa y sin pensarlo me cogí un mechón de cabello y lo olí. Olía a fresia, mi champú favorito.
-Bella, hueles muy bien... demasiado bien -explicó él al reparar en mi gesto.
-¿Tan fuerte es para ti?- inquirí, comprendiendo.
-Ni te lo imaginas. Estar a tu lado es un continuo ejercicio de fuerza de voluntad.
Quedé pensativa, mientras Edward maniobraba para tomar la carretera hacia el hospital.
-¿Voluntad? ¿Para hacer o evitar qué? -me observó con atención y le correspondí - Edward, te creo cuando dices que no me harías daño. Pero quiero saber más.
-Tienes derecho a saberlo. Tu aroma, Bella, me provoca una mezcla intensa de deseos. Cuidarte. Protegerte. Deseo físico, de tu cuerpo, y… de tu sangre -dijo bajando tanto la voz que a duras penas lo pude oír. Sentí un escalofrío, pero no supe distinguir si era por la temperatura o por lo que acababa de escuchar. Me concentré en borrar la última palabra de mi mente y centrarme en el resto. El resto estaba bien.
-¿Y hay alguno de esos impulsos que sea más fuerte?-inquirí intentando aparentar indiferencia. Como si fuera a engañar a alguien. Podía escuchar mis propios latidos retumbando como un tambor. Aguardé un segundo, tensa, esperando su respuesta.
-Bella… sólo piensa en el único momento en que he perdido el control. Y ¿sabes? No me arrepiento. Ni de eso, ni de lo que vino después. Porque comprobé que tienes razón. Jamás -intensificó la palabra al pronunciarla-te haría daño.
Mi inconsciente me gritaba una palabra, pero no lo escuché. No hoy, no ahora. Analicé mi estado físico y su tono de voz y decidí que era mejor terminar con el tema, de momento. El resto del corto viaje hasta el hospital permanecimos en silencio. Una vocecilla dentro de mí me decía que tenía que dejar esta extraña historia, pero no me fue difícil acallarla. Yo misma no me reconocía, pero no temía a Edward. Me daba igual que se alimentara de sangre de animal. Me daba igual que su olfato fuera tan fino como el de un animal salvaje. Me daba igual todo lo que no fuera perderme en esos ojos siempre que pudiera. Punto.
Estaba amaneciendo, y comenzaba a llover un poco. Me esperaba un día pesado y tendría que concentrarme en el trabajo.
-Te dejaré lejos de la puerta de entrada. Supongo que no querrás que te vean bajar de mi coche-murmuró rompiendo el silencio.
-Edward, si es por eso ya no me importa. No quiero ir escondiéndome. E imagino que tú tampoco.
-¿Estás completamente segura?- giró la cabeza para mirarme y asentí con convicción. Él sonrió, sorprendido- ¿Estás preparada para el intenso acoso de los paparazzi? -repetí el gesto- Entonces, ya que lo hacemos, hagámoslo bien- su tono de voz sonó travieso.
Edward aparcó en el parking exterior. Salimos del coche y me tomó de la cintura. Caminando rápidamente bajo la fina lluvia nos dirigimos al vestíbulo del edificio. De camino nos encontramos con el personal que iba llegando para comenzar la guardia. Si ya noté varios pares de ojos clavados en nosotros la tarde que me tomé un café con él, la sensación ahora se multiplicó. Ya no eran sólo miradas, algunos pasaban por nuestro lado y giraban la cabeza para seguirnos con la vista.
-No podría ser estrella de cine jamás. Esto es bastante… incómodo. Por cierto, ¿qué haces, me vas a acompañar a los vestuarios?
-Por supuesto - contestó con una sonrisa pícara. Algo tramaba.
Después de un recorrido digno de alfombra roja, donde Edward fue saludando a todo el mundo y yo no sabía dónde mirar, llegamos al pasillo de los vestuarios. Me entretuvo conversando unos minutos hasta que ya no hubo nadie por el pasillo.
-Vale, nos separamos aquí, ya, ahora, o llegaré tarde. ¿No pretenderás acompañarme hasta dentro del vestuario femenino?
-No… aunque por falta de ganas no es; sólo voy a zanjar un asunto- me alzó la barbilla y depositó un tierno beso en mis labios, demorándose unos segundos sobre ellos, acariciándolos con los suyos.
Volví a inspirar con anhelo para quedarme su aroma en un gesto que ya era casi inevitable cada vez que lo tenía cerca de mí. Escuché unos pasos cerca y automáticamente me separé de él.
-Buenos días, Mike- saludó Edward con mucha cortesía.
La cara de Mike Newton era un poema.
-Buenos días- dije yo también. Mike masculló algo ininteligible y siguió caminando en dirección a la salida. Miré a Edward con el ceño fruncido y apoyé un dedo acusador sobre su pecho.
-No sé cómo lo has hecho para saber cuándo salía del vestuario pero esto lo has estado tramando hace rato- él a duras penas se aguantaba la risa.- Edward Cullen, ahora tengo prisa, pero ya hablaremos mañana- le regañé.
Me puse de puntillas, le di un beso rápido en la mejilla y entré disparada a cambiarme. Cuando salí ya no estaba. Fui corriendo por el pasillo y las escaleras, y no paré hasta llegar a la planta de pediatría.
Mónica me esperaba con el busca en la mano y mirada de reprobación. Me disculpé por llegar un poco tarde, sabía lo mal que se pasaba cuando el compañero que entraba de guardia se retrasaba aunque fuera un minuto… cada segundo con todo el cansancio acumulado se hacía más y más pesado.
La mañana fue cansadísima por la cantidad de trabajo. Debido a la bajada de temperaturas los casos de gripe e infecciones respiratorias diversas habían aumentado y Urgencias estaba colapsado de pacientes de todas las edades. Eran casi las tres de la tarde cuando pude ir al comedor, ingerir el sucedáneo de comida en quince minutos y volver al trabajo. Hoy tenía la gran suerte de estar de guardia con Emily, que bajaba a echarme una mano cuando la planta y los paritorios le permitían. El día también se había complicado para ella.
Casi sin darme cuenta llegó la medianoche. En aquel momento la afluencia de enfermos se había calmado y pude sentarme a descansar y tomar un café. Hasta ese momento apenas había pensado en nada que no fueran fiebres y toses, y no me había dado cuenta de las miradas de soslayo que me dirigía el personal de urgencias. Ahora sí.
En la salita estaban Jared, Thomas, que era el residente de cirugía, Lauren, la de medicina interna, y Susan, una enfermera. Estaban charlando animadamente pero callaron en cuanto hice mi aparición. Les ignoré y me serví el café. Fue Lauren la que habló.
-No sabíamos que salías con Cullen- dijo con descaro.
Nos caímos mal desde el primer día que nos vimos, así que estuve tentada de mandarla a la mierda, sabiendo que era tan envidiosa como Jess, de la que era muy amiga. Sin embargo, decidí que si intentaba ocultarlo sería peor.
-Sí. Hace poco tiempo- sorbí mi café.
-Vaya, es duro para una relación reciente que se marche uno de los dos a trabajar en otra ciudad... eso podría poner a prueba cualquier relación - dijo con voz de pito.
Era peor que Jess. Lo cierto es que no sabía qué iba a hacer Edward. Recordé que mañana debía presentarse en Seattle pero habíamos quedado para cenar. Él había dejado claro que sólo se iría si yo se lo pedía, y yo no había hecho eso… aún.
-Supongo- era la respuesta menos comprometedora ante la duda.
Ante mi silencio Jared pasó a un tema distinto y nadie me planteó más preguntas que, por otra parte, no habría contestado. Le agradecí el cable con la mirada.
-Bella, hay un niño con fiebre- me comunicó Karen, la otra enfermera de Urgencias.
Estaba agotada pero me acabé el café y me dirigí al box de pediatría. Luego me tomaría otro.
Cerca de la madrugada subí a la planta. En Urgencias no quedaban niños, y quería ver cómo estaba Emily para partirnos el resto de la noche. Me la encontré sentada sola en el cuarto de las enfermeras, con cara de agotamiento.
-Bella, acabo de sentarme… ahora te iba a llamar. ¿Te parece bien trabajar el primer turno hasta las cinco y media? Aunque si estás muy cansada puedes quedarte el primer turno de descanso.
-Qué dices, estás tú peor que yo.
-Bueno, es cierto que no me he aburrido… me han llamado para cinco partos y una cesárea, parece que se han puesto de acuerdo todas las embarazadas del lugar. No sé si será la fase de la Luna. Luego están los cuatro ingresos que hemos hecho. Y el resto de la planta estaba fatal, algunos con fiebres altas, otros respirando mal, y las madres agobiadísimas. Ahora se han calmado todos, por fin.
-A veces creo que lo peor de la especialidad es lidiar con la angustia de los padres- comenté, pensativa.
-Lo comprenderás mejor si alguna vez eres madre. Yo con mi primera hija me transformé en una madre histérica, -dijo carcajeándose- menos mal que James conservaba la calma, porque yo habría venido al hospital cada semana.- Debí poner cara de incomprensión total porque añadió- James Watson es mi ex esposo. ¿Nadie te lo había dicho hasta ahora? ¡No me lo puedo creer!- rió.
-No…
-Sí, nuestra separación fue una de las comidillas de este pequeño hospital. Tras el divorcio él marchó a Seattle y consiguió la jefatura en el Hospital Infantil. Unos dijeron que se marchó porque aquí yo le hacía sombra, y a esos les supo mal que siguiéramos siendo amigos. Dolió, aunque no debería importarme la opinión de esa gente. Ahora te toca a ti… no te preocupes, todo pasa.- Puse cara de sorpresa y prosiguió- Bella, llevaba sólo un par de minutos con el uniforme puesto y ya me había enterado de que estás saliendo con Edward Cullen- explicó.
-Vaya… sí, parece que salimos juntos -no sabía qué más decir. A Emily no le gustaba mezclar la vida laboral con la personal, y eso estaba bien en una jefa, pero quizá influenciada por el cansancio y la noche me estaba haciendo confidencias.
-Una de las peores cosas de los chismorreos es cuando los provoca la envidia. Y Edward es el soltero más deseado del hospital. Ni siquiera su fama de poco sociable le ha librado del acoso. Muchas no sólo lo buscan por el atractivo, sino por posición social, dinero… debes ignorar lo que oigas - asentí. Emily estaba muy habladora, me gustaba - Y bien, ¿cuándo te marchas a Seattle? Me dijiste en abril, pero necesito planificarme.
-No lo sé… Emily, dame un par de días y te lo confirmo. ¿Y si me marchara el tercer trimestre, o no… lo hiciera?
-Piénsalo bien, Bella. Me gusta tenerte aquí pero la estancia en el Infantil te dará mucha nota en el currículo. Podrás publicar en revistas de prestigio. Más opciones de trabajo en grandes hospitales, aquí o en tu país. Además, ¿Edward no se va a Seattle también? Podréis estar juntos.
-Sí, lo sé- suspiré - pero necesito aclararme las ideas.
-Sí, las 3 y pico de la madrugada no es hora de tener las ideas muy claras, y más después de llevar trabajando sin parar desde las 8 de la mañana - dijo mirando su reloj.
Decidió marcharse y yo me quedé tumbada en el sofá del despacho de pediatría, esperando que fuera mi turno para acostarme. Notaba una leve irritación de garganta, que atribuí a haber hablado mucho durante la guardia.
Me desperté por el dolor. Sentía el cuerpo como si me hubieran dado una paliza. Primero pensé que era por haberme dormido en el sofá, pero al incorporarme el dolor aumentó y sentí como un mazazo en la cabeza. Notaba la garganta en carne viva y calor, mucho calor.
-Joder, la gripe- dije para mí con voz que no parecía la mía. Me volví a tumbar en el sofá, sin fuerzas para nada.
Allá me encontró Emily. Tras regañarme por no haberla avisado, darme un analgésico y asegurarse de que de verdad era gripe me acompañó a mi casa, prohibiéndome volver al trabajo en una semana.
Durante todo el lunes estuve durmiendo. Angela me iba trayendo zumos y analgésicos que yo tomaba para inmediatamente volver a caer en la inconsciencia. Hubo un momento en que desperté… había anochecido, la tenue luz de las farolas de la calle se filtraba a través de las cortinas. Percibí la presencia de alguien en la oscuridad de mi habitación.
-Angela, estoy bien. Vete a la cama.
-Angela tiene turno de noche, Bella.
-¡Edward!- Me incorporé bruscamente en la oscuridad, sólo para acostarme inmediatamente al sentir un intenso dolor de cabeza. Lo primero que pensé fue que debía tener una pinta horrible, por no hablar de mi olor- ¿Qué haces aquí?- dije con voz débil.
-Teníamos una cita, ¿recuerdas?- se sentó en la cama y vi su silueta recortada contra la penumbra. Sentí su fresca mano acariciándome la sudorosa frente. El contacto era relajante.
-Sí, pedazo de cita…- sentía la boca seca y alargué la mano para coger el vaso de agua. Él se adelantó y me lo acercó, ayudándome a incorporarme para beber- Edward, vete a casa, descansa. Estaré bien.- Estaba pringosa de sudor, despeinada, y seguramente no olía nada bien. Pero quería y no quería que se fuera. Estaba tan bien en sus brazos…
-No. Y no te canses insistiendo. Ya le he dicho a Angela que me iba a quedar toda la noche.
-Eres un exagerado- dije en un susurro para intentar no agravar el dolor de cabeza- sólo es una gripe. Y tú mañana trabajas. ¿Cómo vas a pasar la noche conmigo? No es buena idea.
-Me conformaré si mañana me respetas después de pasar la noche juntos- dijo muy serio, con lo que no pude evitar reír con voz rota y que se agravara mi dolor de cabeza. Me la sujeté fuerte como si así pudiera calmarlo.- Lo siento… recuéstate, Bella. Te traeré paracetamol, Ángela me ha mostrado dónde lo guardáis.
Aproveché que Edward se ausentó hacia la cocina para ir al baño, lo necesitaba con urgencia y no quería que me viera con el aspecto que llevaba. Me habría cambiado de pijama pero no tenía ni fuerzas para ello. Por lo menos me enjuagué rápidamente la boca con elixir dental. Cuando volvió ya estaba de nuevo en la cama.
-Abajo hay un sofá cama. No hace falta que estés aquí conmigo -insistí después de ingerir el comprimido con un poco de agua.
-¿Te molesta mi presencia?
-No, pero…
-Entonces buenas noches- cortó, besándome con suavidad en la pegajosa frente, para luego acomodarse en el sillón al lado de mi cama.
-Cabezota…- refunfuñé mientras me cubría con el edredón.
-Testaruda…- repuso, imitando mi tono de protesta.
Y sin darme cuenta me dormí.
El siguiente martes o miércoles. Gracias a todas por todos vuestros comentarios, chicas.
