Aquí está el siguiente, unas horas antes del martes. Este capítulo podría titularse "la conversación". El siguiente... "el esperado". Veréis que hay unas pequeñas diferencias con los vampiros de Meyer. He leído otras sagas vampíricas y cada una tiene su propia receta de vampiro, con los rasgos comunes del apetito por la sangre, la (casi)inmortalidad, la fuerza y velocidad sobrehumanas. Esto lo he mantenido porque creo que es lo que importa.
Capítulo 13
EPOV
Desde la cocina escuché que Bella se había levantado para ir al baño. Me tomé mi tiempo y la dejé hacer. Cuando entré en la habitación percibí el mentol y sonreí. Ella pensaba que olía mal. No era consciente de que su maravilloso olor, el que le daba su sangre, era para mí más intenso que cualquier otro que pudiera percibir. Y más ahora; la fiebre había dilatado sus capilares, esparciendo su aroma por toda la casa. Tuve que dejar de respirar por unas horas.
Volvió a dormirse. Escuchar su ritmo respiratorio me resultaba relajante. A medianoche reapareció la fiebre alta. Sabía que era una reacción del sistema inmune pero no dejaba de preocuparme. Me removí en el sillón, ansioso, sintiéndome inútil. Te aguantas, Edward. Esto es lo que pasa cuando sientes algo por una humana. Le toqué la cálida frente y susurró "Edward". Esperé por si continuaba, pero no fue así. Estaba dormida. Seguí acariciando la suave piel de su cara, apenas un roce para no despertarla. Me quedé aturdido por la naturaleza de mis sentimientos por esta mujer. Podían pasar de la lujuria más intensa a la ternura más exquisita, como ahora... Y también sentía ansiedad, miedo. Sabía que sólo era una gripe, pero eso fue lo que mató al humano que fui una vez. Eran débiles… Y yo le entregaba mi corazón a una. Carlisle me lo estaba advirtiendo, pero ya era tarde. No podía cambiar mis sentimientos.
De madrugada, Bella despertó y emitió un leve quejido. Estiró la mano tanteando para buscar la caja de paracetamol y la detuve. Estaba ardiendo.
-Me duele la cabeza- susurró.
La incorporé un poco y le acerqué un vaso de agua y un comprimido.
-Tranquila, amor- dije mientras le acariciaba el ardiente rostro y la besaba levemente en los labios. Sonrió y se recostó de nuevo, cayendo de nuevo en un profundo sueño.
Y llegó la mañana. Me cambié de ropa y fui a prepararle un zumo. Cuando volví a su habitación estaba despierta y semiincorporada sobre la almohada.
-Buenos días- me dijo en cuanto me vio-¿Cómo lo haces para estar siempre perfecto?-su voz sonaba un poco ronca pero vital.
-¿Cómo te encuentras?- sonreí.
-Como si me hubieran aplastado varias partes del cuerpo… pero mejor que ayer. ¿Y tú?
-Yo estoy muy bien. He pasado mejor noche que tú- aseguré, sentándome en su cama.
-Permite que lo dude.
-Mírame… ¿tengo aspecto de cansado?
-No… parece que hayas dormido diez horas, eso es cierto. Pero, te repito, no sé cómo lo haces. ¿Cuál es tu secreto de belleza?-me miró suspicaz.
-Te lo explicaré otro día. Anda, tómate el zumo- me senté en la cama y le tendí el vaso.- Necesitas líquidos y vitaminas.
-Gracias, doctor.- Lo tomó y me devolvió el vaso, mirándome con intensidad.- Muchas gracias.
-Tengo que marcharme al trabajo. Supongo que Angela no tardará.
-Sobre eso… Edward, ¿no tendrías que estar en Seattle?
-No, está pospuesto. Ya te explicaré. Volveré por la tarde.
-Te estaré esperando- me tomó de la mano y su pálida cara dibujó una sonrisa.
BPOV
Volví a dormir durante toda la mañana. Parecía que hubiese tomado una sobredosis de ansiolíticos. Pero me sentía feliz. Edward había pasado la noche conmigo, e incluso me había parecido oírle susurrar "amor". Podía haber sido un sueño, o la fiebre, pero quería pensar que fue real.
A media tarde regresé de nuevo a la consciencia. Me encontraba bastante mejor, menos dolorida, aunque agotada y pringosa. Decidí que era hora de levantarme y darme una ducha de manera urgente.
Cuando Ang se despertó me encontró mirando la TV tumbada en el sofá. Se sentó a mis pies.
-La noche ha sido malísima, han venido muchos pacientes y algunos bastante fastidiados: un asmático que ha tenido que ir a la UCI, un motorista con politraumatismo, un infartado… fatal, me he tenido que acostar en cuanto he llegado porque no podía con mi alma. Pero antes he pasado a verte y he visto que dormías como una bendita. Edward es mejor que cualquier antigripal, ¿eh?- me guiñó el ojo y reí- Se presentó ayer por la tarde para preguntar por ti, y cuando se enteró de que yo tenía turno de noche insistió en quedarse. Volvió a su casa a por ropa y antes de irme ya lo tenía a la puerta. ¿No es tierno?
-Sí, lo es… -convine - ¿Cómo te fue a ti con Jake?
-Genial, nos hemos besado muuuuucho… y otras cosas - se la veía feliz.
-Ya era hora, chica, ¡mira que esperar a que Jake se fuera para decidiros a tiraros los tejos! Vaya par- me dio un ataque de tos.
-Pues sí, espero que tú espabiles y no dejes escapar a un tío como Edward. Porque nena, ese tío te quiere, de verdad. No estás en tu mejor momento, eso es evidente –me señaló de arriba abajo con la mano-, pero cuando me he cruzado con él esta mañana sonreía de oreja a oreja como si hubierais hecho el amor… cosa que dudo viendo las condiciones en las que te encuentras.
-Sí, para ejercicio físico estoy yo -y me dio un prolongado ataque de tos, para apoyar el comentario.
Aquella tarde volví a tener algo de fiebre pero me encontraba mejor. Angela había salido a hacer la compra. Edward llegó directamente desde el hospital y me saludó con un dulce beso en los labios que prometía convertirse en algo más intenso… si no hubiera sido por el enésimo ataque de tos.
-¿Estás bien?-me observaba preocupado. Como no podía hablar asentí. -Deja que te ausculte los pulmones- sacó un estetoscopio de su maletín. Su expresión era ansiosa y diría que estaba aún más pálido de lo normal.
-Cullen, ni se te ocurra usar esto-pronuncié en cuanto recuperé el habla, señalando al instrumento médico- conmigo. Estoy bien.
-Deja que te ausculte.
-No.
-Por favor.
-Que no- otra vez la maldita tos.
-Vamos, no seas criatura. Soy un profesional. Hice un juramento y no voy a aprovecharme de una pobre y débil enferma - me picó. Me sonrojé. A veces me sentía muy tímida con él.
-No te cansarás, ¿verdad?- repuse exasperada, y él negó con la cabeza.
Rodé los ojos y me levanté la parte de atrás del pijama, dándole la espalda. Comencé a respirar profunda y lentamente, mientras sentía el movimiento del estetoscopio por mi piel. Cuando pensé que había acabado sentí sus labios en la parte alta de la espalda. Fue un beso fugaz, pero suficiente para provocarme un jadeo al tiempo que una corriente se dispersaba por mi piel, provocando que mi vello se erizara. Me bajó el pijama y se colocó delante de mí.
-Se te ha puesto piel de gallina. Me parece que te va a subir la fiebre- me comentó alzando una ceja con aire de suficiencia y expresión burlona. La ansiedad había desaparecido por completo de su cara.
-¡Serás creído! Voy a hacer que te retiren el título por faltar al juramento hipocrático, doctor Donjuán. Espero por tu bien que eso no se lo hagas a todas- fingí enfado mientras él reía- Estoy bien, supongo, o no te reirías tanto.
-Bueno, no tienes bronquitis ni neumonía, pero tendré que vigilar esa tos-comentó con tono hiper-profesional.
-Edward, no exageres. En serio, sólo es gripe. Veo tropecientas cada semana, y no es la primera que tengo.
-Lo siento… supongo que contigo me vuelvo sobreprotector- me acarició la mejilla con un dedo.
Si no hubiera estado tan agotada le habría saltado encima, pero no me resultó difícil contenerme. Él se dio cuenta e insistió en que me tumbara en el sofá. En un momento estaba dormida y para cuando desperté ya se había marchado.
-Me podías haber despertado para despedirme de él -protesté a Angela, con un puchero.
-Él no ha querido, tontorrona. Te ha dado un beso en los labios pero tú tienes de Bella Durmiente sólo el nombre, nena, ni te has enterado.
-Jajaja, qué graciosa –le hice una mueca y automáticamente me toqué los labios.
Los siguientes días pasaron lentamente. Edward venía a visitarme a diario, charlábamos, intercambiábamos algunas caricias, pero no volvió a quedarse conmigo por la noche, no fue necesario porque Angela tenía turno de mañana y además yo no tenía tanta fiebre.
Las horas que pasaba con él me producían un mayor anhelo por su compañía, deseaba estar más tiempo, más cerca de él. Pero se mantenía a cierta distancia. Sabía que lo hacía porque yo estaba enferma y él preocupado por mi bienestar, pero cada vez le necesitaba más.
La fiebre desapareció a los cuatro días, aunque aún tenía la jodida astenia y una molesta tos. Durante ese tiempo tuve muchas horas para pensar, para dormir, y para volver a pensar. Estuve dándole vueltas a lo que sabía de Edward y a mis propias reacciones. Durante días había disfrutado de una falsa inocencia, de negarme a ver la realidad, pero conforme aumentaba mi necesidad de él también lo hacía la de aceptar lo que veía, lo que había escuchado de su boca, lo que intuía... lo que él era.
Edward sólo se alimentaba de sangre. Aquella tarde me preguntó si no quería saber el nombre de su trastorno. Yo me había negado, en aquél momento no sabía muy bien por qué, y luego lo supe: porque sólo una palabra me venía a la cabeza y no deseaba escucharla. ¿Quién se alimentaría única y exclusivamente de sangre? ¿Y quién sería capaz de olerla a varios metros? Necesité horas y horas para llegar a, aunque no para aceptar, una obvia conclusión. Pero para aceptar esa conclusión tendría que cambiar mi concepto de lo que era el mundo real. Y no era fácil.
¿Sería eso que yo no me atrevía ni a pensar lo que él me quiso decir? Y, si era así ¿me importaba? Por lo que sabía de él no me haría daño, ni a nadie. Le había visto ayudarme a salvar la vida de aquel bebé, y era un médico excelente. Compasivo. Encantador cuando se quitaba de encima el aura de antisocial. Sin embargo me angustiaba lo que me había dicho, dándome a entender que hacía años había probado la sangre humana. Tenía que saber las circunstancias de aquello. No era tan ciega como para cerrar los ojos ante eso.
Llegó el viernes y me desperté a mediodía, sin fiebre y con las pilas más cargadas. Me duché, me vestí con la misma ropa que la primera vez que salimos juntos, (necesitaba renovar mi vestuario, era obvio), e incluso me arreglé un poco el cabello.
Edward tuvo guardia el día anterior y vino a verme por la tarde. Cuando le abrí la puerta vi su mirada oscurecerse. Esta vez estaba segura. Sus iris cambiaban, no era efecto de la luz. Aquellos pozos oscuros me atraían, quería asomarme a su interior… De repente volvieron a virar al cálido ámbar.
-Bella… vaya cambio- murmuró, regalándome una media sonrisa.
-Me encuentro mucho mejor, sólo me queda algo de tos y cansancio- vacilé un momento.- Edward…esto… tenemos una conversación pendiente - intenté apartar los ojos de sus hermosos dientes. No me lo podía imaginar mordiendo, robándole la vida a nadie. Él pareció leerme el pensamiento y apretó los labios en una fina línea.
-Cierto. ¿Dónde quieres ir a charlar? A un sitio descubierto mejor que no, hace demasiado frío para ti.
-Pero no para ti, doctor- lo miré de arriba abajo. Como era habitual, se había dejado la cazadora en el coche y llevaba vaqueros oscuros, una camisa desabrochada y debajo una camiseta negra que se adhería demasiado tentadoramente a su torso. - Quedémonos en casa. Ang dobla turno, y no llega hasta pasadas las diez.
Pasamos hacia la cocina y me preparé un café. Él me observaba, sentado a la mesa. Estaba serio. Me senté delante de él y le ofrecí una taza pero él la rechazó educadamente. No es que yo esperara otra cosa.
-Ya sé - empecé, inevitablemente sonrojada - que bebes sangre de animal, que no eres un criminal y que no me harías daño. Ahora quisiera saber en qué circunstancias probaste la sangre humana hace muchos años. O eso fue lo que me dijiste.
-Antes de explicarte eso, necesito que sepas algo más. Bella, hay más cosas raras en mí - sentí que palidecía y el estómago subía hasta mi garganta: ¿Más? ¿Qué iba a explicarme ahora? ¿ Y si era peor y no podía aceptarlo?
-Continúa- repuse intentando calmar mi corazón.
-Puedo leer los pensamientos de las personas que me rodean, hasta una cierta distancia. Excepto los tuyos- añadió sin apenas pausa.
Se me ocurrieron varias respuestas, algunas del tipo "dónde está la cámara oculta", o "por qué has dejado la medicación", pero ninguna de ellas cruzó el umbral de mis labios. Y no lo hizo porque, por una extraña razón, le creía. Pero no deseaba que él pensara que me tragaba todo lo que me soltaba, sin pensar.
-Espero que no te ofendas, Edward, pero quiero una prueba de eso. Es muy… muy difícil de creer.
-De acuerdo- afirmó pensativo-. El sábado, cuando Angela nos vio, sabía que nos habíamos besado. Pensó que tú disimulabas fatal, y que yo en cambio era muy bueno actuando pero mi… cuerpo me delataba. Te lo contó mientras preparabas unas hamburguesas a la plancha. Hoy bajé a Urgencias y cuando me vio se acordó de eso. Se lo puedes preguntar cuando la veas, si es que no te lo ha explicado ya.
Me tapé la boca con las manos para ahogar una exclamación, y él continuó.
-A ella le gusto como persona, te quiere mucho y cree que puedo hacerte feliz, aunque sea un tío un poco raro. También te puedo decir que no te fíes de Jessica ni de su amiga Lauren, porque no son legales y además te envidian. Por cierto, no te lo había contado, pero las dos se me acercaron al poco tiempo de trabajar aquí y las tuve que rechazar. Al principio con educación, y después tuve que ser más expeditivo.
Yo continuaba congelada con el mismo gesto, las manos sobre mi boca y los ojos muy abiertos. Creo que apenas respiraba.
-En la guardia -prosiguió- tuviste una conversación con Emily, de madrugada, donde ella te explicó cosas de su pasado y te dijo que ignoraras a las malas lenguas. Esto lo estaba recordando hoy, cuando me la he cruzado por las escaleras. Tiene ganas de que te quedes aquí porque te valora pero piensa que deberías trabajar en Seattle, donde tendrías más éxito profesional- le puse una mano en la boca.
-Para… ¿y dices que mis pensamientos no puedes escucharlos?- él me tomó la mano y la besó, negando con la cabeza- ¿Tienes alguna explicación?- volvió a negar, sin soltarme la mano. El contacto de sus labios contra mi piel me descentraba. Me quedé muda, esperando que prosiguiera.
-Bella, dime qué crees que soy. Necesito oírtelo decir. Que reconozcas que el mundo no es el lugar que creías que era. Que puedes permitirte dudar de lo que hasta ahora jurabas que era imposible -dijo en un susurro.
-Eres un… un… un vampiro- tartamudeé enrojeciendo intensamente y fijando mi vista en una manchita de la mesa. Deseé con toda la fuerza de mi corazón que empezara a carcajearse de mi ocurrencia. Pero no fue así. Él liberó mis manos.
-Mírame- ordenó suavemente, y así lo hice-. Puedo irme ahora, si lo deseas, y desaparecer de tu vida para siempre.- Consideré esa posibilidad durante un segundo y la descarté de inmediato.
-No. No quiero hacer eso. Sigue, por favor- me sumergí en sus ojos y esta vez fui yo la que tomó su mano, y la entrelacé con la mía. Necesitaba sentir su contacto, añadir algo más de realidad a la situación.
-Bella, yo… hace muchísimos años no tenía el autocontrol que tengo ahora. Era muy duro ir en contra de mi instinto. Jamás habría destrozado una vida inocente, pero cuando escuchaba algunos pensamientos…- frunció el ceño, evitando mis ojos- Pensé que liberaba al mundo de violadores y asesinos. Me erigí en juez y verdugo, cuando en realidad lo que tenía era sed, sed de sangre humana. Sólo era una excusa - permaneció silencioso e inmóvil como una estatua, con la mirada perdida en atormentados recuerdos.
Observé nuestras manos entrelazadas y sentí un alivio completamente irracional. Debería haberme sentido horrorizada ante semejante confesión, al imaginar al hombre que tenía ante mí segando vidas humanas, aunque fuesen vidas de criminales. Sin embargo ahora mi cuerpo parecía más ligero, y podía respirar con más amplitud, como si se hubiera desatado un nudo que me rodeara el pecho.
No sé cuánto tiempo estuvimos en silencio, perdidos cada uno en nuestros propios pensamientos. Cuando por fin le miré sus ojos estaban fijos en mi rostro, estudiándolo.
-Me resulta muy frustrante no saber lo que piensas. Ni te imaginas cuánto.
-Pues tú ni te imaginas cuánto me alegro de que sea así, por lo menos estamos empatados en una cosa.
-Bella… necesito saber lo que piensas. Dímelo- rogó, acariciando mis dedos con suavidad.
-No te juzgo por lo que hiciste. Y supongo que no está bien sentir esto, pero me alivia, y mucho, que no segaras vidas inocentes. También me tranquiliza que ahora tengas más autocontrol. Edward… sólo me importa lo que eres en estos momentos.
-¿Y qué soy ahora? Para ti, quiero decir - preguntó sin rodeos, atento a cualquier mínimo gesto que hiciera mi rostro.
-Para mí… eres el hombre que me vuelve total y absolutamente irracional- repuse sin dudar.
Apenas había terminado de pronunciar estas palabras y sus iris se oscurecieron de forma evidente. Apartó la vista de mí y me soltó, quedando quieto unos segundos, como si fuera una estatua. Ni tan siquiera parecía respirar. Fue una extraña reacción a lo que yo le había explicado. Hasta que ligué cabos.
-Te cambia el color de los ojos. Tiene que ver conmigo, ¿verdad?-le pregunté cuando pareció volver a la normalidad al cabo de unos breves segundos.
-Sí- explicó, sonriéndome con dulzura- acabas de observar un duro ejercicio de autocontrol. Swan, me lo pones muy difícil cuando me dices esas cosas - por un instante deseé que no se controlara tanto, y me ruboricé de mi propio pensamiento. Él me observó con intensidad.
-Pagaría por saber en qué estás pensando ahora para ruborizarte así- su tono de voz provocó que sintiera mariposas revoloteando en mi estómago.
-Ni por todo el oro del mundo, Cullen- dije alzando el mentón, desafiante.
Estuvimos hablando toda la tarde. Yo preguntaba, él contestaba. Me explicó que muchos de los mitos sobre los vampiros eran falsos. Por ejemplo, podía tocarles la luz directa del sol pero les debilitaba mucho, llegando a provocarles una somnolencia casi inevitable. Esta somnolencia era menor cuanto más años tuviera el vampiro. No había problemas con los símbolos religiosos o el ajo. No volaban ni cambiaban de forma pero sí eran mucho más veloces y fuertes que los humanos y podían vivir muchos, muchos más años. En aquel punto le interrumpí.
-¿Cuántos tienes tú?
-Eso no se le pregunta a un caballero.
-Cuántos.
-Bella… te lo diré otro día. Es mucha información de golpe.
-Cuántos y te diré en qué pensaba antes cuando me he sonrojado- tenté. Él entornó los ojos y lo pensó unos segundos.
-Eres malvada, Swan. Con la cara de ángel que tienes… pero de acuerdo. He cumplido los 120 -abrí los ojos como platos y tragué aire de golpe.
-¿120?– casi grité. Le observé de arriba abajo, completamente turbada.
-120. Nací en 1890. La pandemia de gripe española me mató cuando tenía 26 años. Era médico, y era muy fácil contagiarse- explicó.
De pronto se me llenaron los ojos de lágrimas. Había escuchado a mi abuela paterna explicar historias terribles sobre aquella pandemia, y sentí dolor por Edward, por lo que había vivido, por su historia.
-Bella- susurró amoldando su mano a mi rostro- es demasiado para ti. Dejémoslo hasta mañana- secó las lágrimas delicadamente con sus dedos.
El próximo el jueves... gracias por vuestros comentarios.
