Feliz jueves. Ya sabéis lo que toca en este capítulo, espero no defraudaros... En mi perfil hay un link que lleva a una canción, My love, de Sia. Está puesta con toda la intención, primero y más importante porque me gusta, segundo porque es la que suena cuando en la película Eclipse Edward y Bella están en la cama y él... no, él no, la Meyer nos corta el rollo. Os recomiendo que la escuchéis a partir de que Edward se sienta al piano...

Gracias por vuestros comentarios, todos son bienvenidos. Gracias como siempre a Maria José y P.

AVISO: no leas si no eres mayor de edad, o si lo eres pero te ofenden las escenas eróticas explícitas, y si es así no deberías seguir leyendo esta historia... porque no será la última vez.


Capítulo 14

BPOV

El amanecer tardó en llegar, pero lo hizo. Escuché a Angela salir de casa. Entonces me dormí. Toda la noche revolviéndome en la cama dándole vueltas en la cabeza a lo que Edward me había explicado me había dejado definitivamente KO.

No era normal. Nada de lo que me estaba pasando lo era. Estaba descubriendo un mundo nuevo, esa mañana mi vida ya no era como la previa. Había seres que se alimentaban de sangre y conservaban toda su existencia el aspecto de un veinteañero. Y unos de esos seres me deseaba. A mí y a mi sangre. Y me estaba enamorando de él. Mentira. Ya estaba enamorada. ¿Qué podía hacer? Dejarlo… no era una posibilidad. Él me hacía sentir más viva de lo que jamás había estado. ¿Podía renunciar a él fríamente? Adiós, Edward, me gustas, pero esto es muy raro. Adiós. Hola, papá, mamá, no, es que no estaba bien en Forks, conocí a un guapo vampiro y lo nuestro no podía ser. Sí. En serio. Uno de verdad.

Todo absurdo.

No había otra que seguir el camino que había empezado. No había más vueltas que darle.

Las dos de la tarde. Hora de levantarse. La tos estaba mejor. Yo ya había dejado de pensar, ahora sí, y también estaba mejor. Tomé una ducha. Comí los restos de la cena que Ang había preparado. Volvía a estar sola, pues ella doblaba turno de nuevo. Era pesado, pero lo hacía para tener cinco días enteros libres y poder ir a ver a Jake a Seattle.

No había quedado con Edward. Cuando llegó Angela yo aún no había reaccionado. No es que me hubiera quedado catatónica, pero no sabía qué decir, ni qué hacer. Él me había besado y se había marchado, con una última mirada de preocupación. La misma que tenía Angela cuando me preguntó si estaba bien y le dije que sí.

¿Quería seguir hablando con él? ¿Lo soportaría mi mente, o sería demasiado y me tendrían que ingresar en una institución mental? Medité. Ahora ya daba igual. Ya había pasado la frontera. A partir de ahora me podía contar cualquier cosa. Estaba preparada. Y aunque no lo estuviera… ansiaba verle, escuchar su voz sedosa, tocar su suave, aunque fría, piel.

-Bella- contestó rápido; sonaba cauto- pensaba que nunca volvería a saber nada más de ti.

-Hola, Edward. Me conoces poco si crees eso. Estaba durmiendo… es que no he descansado mucho esta noche.

-Lo comprendo- suspiró- Entonces… ¿quieres que nos veamos hoy? Mañana tengo guardia- preguntó, vacilante.

-Sí -escuché un suspiro de alivio al otro lado del auricular.

-Te paso a buscar en una hora-dijo feliz.

Me vestí rápido. Una falda corta de lana gris, unas medias tupidas, un jersey negro fino y escotado. No era lo más adecuado para alguien que acababa de salir de la gripe. El cabello suelto. Me miré al espejo. Algo ojerosa, pero me daba un aprobado. De nuevo apunté en mi lista mental que tenía que ir de compras con Angela la semana que viene. Sólo tenía dos jerseys bonitos, y Edward, con este, los conocería todos.

Él llegó puntual. Como siempre, arrollador en su sobrehumana belleza, simplemente vestido con una camiseta gris de manga corta y unos vaqueros oscuros. Y, como solía ser, mi autoaprobado fue para él un sobresaliente. Lo percibí por sus ojos y por la pose de estatua que adoptó en cuanto me vio. Se quedó con las manos enterradas en los bolsillos del vaquero. Sabía que estaba, como decía él, ejercitando su autocontrol. No dejé de sentirme un tanto vanidosa por ello.

-Buenos tardes, Bella- dijo formalmente, sin tocarme, mientras intentaba volver a tomar las riendas de sí mismo - Estás preciosa…

-Gracias-repuse llanamente. De pronto me invadió la timidez.

-¿Dónde quieres ir?

-Llevo cinco días encerrada. Donde sea pero fuera de aquí.

-¿Te sirve mi casa? Me gustaría enseñarte dónde vivo.

-Claro –su casa- ¿Están todavía tus padres? –caminamos hacia su coche cogidos de la mano.

-No… ellos sólo estuvieron el fin de semana pasado, pero se quedaron con las ganas de conocerte mejor. En otra ocasión, si tú quieres-sonrió.

Una vez dentro del coche bajé la ventanilla.

-Bella Swan, haz el favor de no hacer locuras. ¿Quieres pillar una neumonía? -me regañó con dulzura al tiempo que subía mi ventanilla.

-¿No te importa?

-Lo importante eres tú. Además, ya me voy acostumbrando-puso el coche en marcha.

-Entonces, Cullen, ¿ya no tienes ganas de saltarme al cuello cuando me hueles?- ¿por qué había dicho eso? ¿No proceso las ideas antes de que salgan de mi boca?

-Esas ganas las tengo siempre, Swan. Pero no de la manera en que tú estás bromeando. Y me alegro de que lo encuentres divertido… Ayer pensé que te había perdido para siempre-sonó sombrío.

-Lo cierto es que por un momento pensé que era excesivo. Pero no lo es. Me… gustas demasiado - volvió a envararse. Hoy parecía estar haciendo esfuerzos extras.

-Es girando por este camino- dijo al cabo de unos minutos.

La casa no estaba lejos de la mía, tan sólo fueron unos quince minutos en coche. Después del bosque, cerca de la costa, había un claro, y en él una impactante casa de dos pisos cubierta de tantos ventanales como pared, rodeada de un enorme y cuidado jardín que en primavera debía ser bellísimo. Conforme nos acercamos vi que desde el jardín bajaban unas escaleras talladas en la roca hasta una cala cercana.

-¡Vaya! ¿Cuidas de esto tú solo, con tu súper-fuerza?- Él rió y negó con la cabeza.

-No. Tenemos personal contratado, gente de fuera del pueblo. Más discretos.

-Vaya.

-Eso ya lo has dicho antes -se burló.

-Será que me dejas sin palabras, rarito -le saqué la lengua.

-Eso será, temeraria - dijo empujando la puerta que acababa de abrir con llave.

-¡Vay… Joder!- exclamé viendo el interior de la casa.

Si por fuera era impactante por dentro no se quedaba atrás. Era de una gran luminosidad, paredes en blanco y crema con algunas zonas de obra vista, y decoración nada recargada, moderna pero cálida. No era lo que esperaba. Había un piano enorme a un lado del salón.

-Bella, tienes que empezar a leer otros libros que no sean de medicina. Por la riqueza de tu lenguaje, digo- comentó, mordaz.

-No todos tenemos 120 años para desarrollar la riqueza de nuestro lenguaje.

-Tocado - asintió, con una sonrisa devastadora.

Me enseñó toda la casa. No me gustó entrar en las habitaciones personales de sus familiares, me sentía como si estuviera invadiendo un espacio íntimo, aunque por lo que él me había explicado llevaban meses sin ser habitadas. Excepto la de sus padres.

-¿No te encuentras solo en esta casa tan grande?-dije cuando me enseñaba la última habitación, la suya.-Oye, tienes una colección de música increíble- comenté, pasando mis dedos por una de las filas de CDs.

-Hasta ahora no me sentía solo. Pero desde hace un tiempo echo de menos a alguien cuando llego - murmuró justo detrás de mí. Estaba tan cerca…Si me giraba…-¿Quieres que toque algo al piano?

Ahora lo estaba oyendo desde más lejos. Me volteé y estaba en el quicio de la puerta, esperándome. Vaya. Sí que era rápido.

-¿El piano es tuyo? Me encantaría escucharte-le seguí.

Me senté a su lado en la banqueta. Tocó un par de piezas clásicas. No entiendo de música, pero me pareció que tocaba como los ángeles. Por no decir que estaba terriblemente sexy. Empezó a tocar una pieza lenta y dulce, me explicó que era una canción de amor. Yo no la conocía pero me encandiló. Observaba sus pálidos y fibrosos brazos, sus manos, los largos y elegantes dedos moverse por el instrumento y mientras esas manos acariciaban las teclas del piano fantaseaba que eran parte de mi cuerpo… Por suerte no podía leer mi pensamiento.

En aquel momento paró de tocar y quedó inmóvil, observando las teclas.

-Te has vuelto a sonrojar, tu respiración y tu corazón se han acelerado. Como ayer. Y eso me ha hecho recordar que ayer te dije mi edad a cambio de explicarme algo… y aún no lo has hecho- sentí calor. Giró la cabeza y me dirigió una mirada que hizo que mi respiración fuera más pesada. Aparté los ojos, súbitamente tímida, plenamente consciente de la cercanía de su cuerpo, de la intimidad de su casa. Pero contesté.

-Ayer… deseé que no te controlaras tanto- miraba sus manos, que de pronto desaparecieron, y las sentí detrás de mi cuerpo.

Sin apenas darme cuenta ya no estaba sentada en la banqueta sino a horcajadas sobre él. Me abrazaba por la cintura y besaba y lamía mi cuello, desplazándose hacia el lóbulo de la oreja con lentitud exquisita. Instantáneamente gemí y enredé mis manos con su suave cabello.

-Tus deseos son órdenes para mí. Fin del control -susurró con voz ronca sobre mi piel. Mi vello se erizó al sentir su aliento.

Sin parar de besarme introdujo sus manos bajo mi jersey y recorrió mi piel con delicadeza, provocando que mi temperatura aumentara varios grados. Apartó el sujetador y tomó mis pechos entre sus manos, rozando con sus dedos los erectos pezones al tiempo que me mordisqueaba el lóbulo de la oreja. La excitación hizo que mi cuerpo temblara sutilmente.

-Espero que esos temblores no sean de miedo- susurró en mi oído. Por toda respuesta acerqué mis labios a los suyos y pasé la punta de la lengua por ellos – Lo tomaré como un no- dijo sonriendo sensualmente y atrapando mis labios. Su lengua acarició la mía. Su aliento, su sabor, eran dulces, adictivos.

Las caricias en mis pechos se volvieron más exigentes. Yo quería más, lo quería más cerca. Sentía el bulto entre sus piernas rozando mi zona más sensible y una placentera tensión se instaló en mi bajo vientre. Me moví sobre su erección, provocándole unos seductores gemidos cuyo efecto fue encenderme más aún. Jamás había sentido tanto deseo por un hombre. Agarré su camiseta y con una pequeña ayuda de su parte, se la quité. Emití un jadeo por la visión que tuve ante mí. Su torso estaba suavemente musculado, el vello de la zona era dorado, la piel pálida, perfecta. Era un torso de estatua griega, cincelado, con los músculos suavemente definidos. Acaricié con deleite, casi con reverencia, su suave y duro abdomen, ascendiendo hasta los pezones, los hombros… él cerró los párpados, con expresión de placer y abandono absoluto.

-Te deseo, Edward- susurré en su oído.

En un momento estábamos en el piso de arriba. Me llevó a horcajadas como si pesara igual que una pluma. Entramos en su habitación y me depositó con suavidad en el lecho, mirándome de tal forma que me hervía la sangre. Despacio, me ayudó a quitarme el jersey y el sujetador. Quedé hipnotizada por sus iris, que ahora lucían negros y brillantes como la noche.

-Eres preciosa, Bella. Y tengo hambre de ti - murmuró, cuando observó mi mirada.- ¿Tienes miedo?- me acarició la mejilla dulcemente con el dorso de los dedos.

Negué firmemente con la cabeza, pues me sentía incapaz de hablar. Para demostrárselo le besé, mordiéndole suavemente el labio inferior. Él entreabrió los labios, respondiendo a mi exigente beso . Pasé la mano por su abdomen y bajé hasta rozar su erección, acariciándola por encima de los pantalones. Entonces hizo un movimiento rápido y prácticamente me arrancó la falda. Su autocontrol iba a menos, y eso, irreflexivamente, me excitaba más. Las medias quedaron reducidas a nada en décimas de segundo. Por un momento me observó, tendida en la cama tan sólo con las braguitas puestas…su expresión de deseo era electrizante. Con un gruñido suave me desgarró la única pieza de ropa que me quedaba puesta.

-Bella… me vuelve loco tu aroma- dijo entrecortadamente.

Me acarició las piernas, apenas un roce, y fue subiendo lentamente por los muslos. Mi respiración se transformó en un jadeo superficial. Su oscura mirada se cruzó con la mía cuando su mano se desplazó a mi zona más sensible. Contuve las ganas de gritar cuando, de forma delicada, introdujo un dedo en mi interior. Sonreía mientras observaba el efecto que su tortura ejercía sobre mí. Mi corazón palpitaba con fuerza contra la pared de mi pecho.

-Quiero probarte-murmuró. Detuvo su caricia, se puso el dedo en la boca y lo lamió cerrando los párpados con placer. Me sonrojé violentamente al verle hacer aquello.

Tumbados en la enorme cama nos acariciamos cada parte de piel ajena que estaba a nuestro alcance. Él lamió mis pechos, devoró mis pezones, y descendió por mi abdomen... cuando llegó a la parte interna de los muslos tuve que aferrarme a las sabanas para no saltar... penetró con su lengua entre mis pliegues y el contraste entre su temperatura y la mía me hizo estremecer.

-Bella, cariño... Tu sabor es aún mejor de lo que tu olor prometía- dijo, empezando a lamerme, trazando suavemente círculos en mi clítoris.

Me arqueé contra su boca, mordiéndome el labio para no gritar. Me introdujo un dedo, dos, acarició hábilmente mi interior. No tardé ni unos segundos en sentir una enorme descarga de placer que alcanzó hasta la última célula de mi rendido cuerpo. Sentí mi humedad fluir libremente y él lamió hasta quedar satisfecho. Cuando recuperé el control de mi cuerpo lo miré. Sonreía, y su expresión era una mezca de engreimiento y lujuria. Y él todavía llevaba los pantalones puestos. Me senté en la cama y le ayudé a quitárselos, excitada de nuevo. Le siguieron los boxers, y mis pupilas se dilataron al ver el tamaño de su erección. Al ver mi expresión, me tumbó en la cama, cerniéndose sobre mí como un ave de presa. Me devoró la boca con pasión, y le devolví el beso, entrelazando mi lengua con la suya.

Me separé un instante de su boca.

-Edward, te deseo dentro de mí. Ahora- pedí entrecortadamente.

Él se colocó con suavidad entre mis piernas y empujó muy lentamente.

-Bella… cielo, estás tan cálida…-susurró con dulzura. Lo miré a los ojos mientras mi cuerpo se abría para recibir al suyo.

Sentirle dentro de mí me terminó de enajenar. Me arqueé contra su cuerpo y lo rodeé con el mío, deseando tenerle completamente dentro de mí. Fuertes y placenteras oleadas irradiaban del interior de mi pelvis al resto de mi ser. Él emitió un sonido animal, como un gruñido bajo, que consiguió volverme más loca.

-Mírame, Bella.

Fijé la vista en sus negros ojos, que mostraban una intensa mezcla de pasión y ternura. Me diluí en aquella oscuridad mientras él embestía contra mi cuerpo, profundamente, sin dejar de sumergirse en mis ojos. Se lanzó contra mi boca y me besó dejándome sin aliento. Yo gemía al ritmo que me imponía su cuerpo, cada vez más intensamente. Estalló en mi interior un orgasmo brutal pero él continuó embistiendo mi cuerpo, esta vez más lentamente, casi acariciándome. Mientras tanto besaba mi cara, mi cuello, mis hombros. Enredé mis manos con sus cabellos. Era enloquecedor. Mi cuerpo estaba exánime pero él siguió poseyéndome hasta que volví a explotar en otro orgasmo aún más intenso que el anterior, momento en el cual él descargó dentro de mí, pronunciando mi nombre. Se dejó caer a mi lado con suavidad y me abrazó, sin dejar de mirarme. Su rostro de ángel irradiaba felicidad.

-Te amo, Bella.


No sé si esperabais algo más suave... o más fuerte... en fin, como en todo hay gustos para todos los colores.

A partir de ahora sólo dos capítulos semanales, y quizá alguna semana sólo uno. Esto no se ha acabado y espero no perder a tods mis lectors ahora que la tensión sexual se ha relajado un poco ;-)- El próximo el lunes. ¡Gracias de antemano por vuestros comentarios!