Esta semana posteo hoy y el jueves. Si estáis de vacaciones espero que las disfrutéis. Como siempre, gracias por vuestros comentarios, algunas sois amables con el comportamiento de Alice, a otras os ha gustado menos, pero Jake ha caído universalmente mal. El pobre... ;-) Gracias a MJ y P por leer esto.
Capítulo 17
De nuevo había dormido mal. Demasiadas emociones el día anterior: la visita de Alice, la desagradable conducta del novio de mi amiga, y por si fuera poco la llamada de mis padres.
-Hija, ¿cómo estás? No nos llamas mucho últimamente.
-Papá, tienes razón… lo siento, ando liada.
-Tu madre se disgusta, hija, Ya ha pasado una semana desde la última vez que hablamos.
-Sí… es que me pasa el tiempo volando. ¿Cómo estáis?
-Nosotros bien. Dime ¿cuándo irás al hospital de Seattle?
-No lo sé, aún he de hablar con ellos.
-Bella, hija, no dejes perder esta oportunidad. Te hicieron viajar miles de kilómetros para trabajar en un hospital de pueblo en vez de en uno con las últimas tecnologías, y han de solucionar eso cuanto antes. Debes aprovechar los meses que te quedan. En cuanto vuelvas aquí con el título de especialista podemos organizar entrevistas e intentar que consigas un puesto de adjunta en algún hospital de la ciudad. Si a tu currículo le sumamos un año de trabajo en un hospital infantil de USA no tendrás ningún problema para conseguirlo, estoy seguro.
¿Y cómo le explicaba yo a mis padres que me había enamorado de un chico... bueno, algo así como un chico, de aquí, que estaba contenta con mi trabajo en el hospital de pueblo, con mis amigos, y que ahora no me apetecía mucho cambiar a un hospital "con las últimas tecnologías"? Empecé a pensar que quizá ese jamás había sido mi deseo. Yo no era una persona ambiciosa, en este asunto sólo había seguido el consejo de mi padre. Tampoco se me había ocurrido que ninguna opción fuera mejor, que ninguna otra cosa fuera a hacer que me sintiera... completa. Los consejos de mis padres, de mi padre sobre todo, eran bienintencionados, pero estaba viendo que ya no me servía.
-Vale, papá… pásame a mamá.
-Hola, hija, ¿estás bien?
-Muy bien, mamá.
-¿Quién es él?
-¿Q...q… qué?
-Bella, llevas una semana sin llamar, en ti eso sólo significa que estás tan bien que el tiempo te ha pasado volando, y sólo con oírte la voz noto que eres muy feliz... ah, y llámame tópica, pero en este momento de tu vida no se me ocurre otra razón que un chico.
-Se llama Edward. Es residente de cirugía del hospital. Tiene mi edad...
-¡Lo sabía! ¿Lo ves, Charlie? ¡Lo sabía! ¡Nuestra niña está enamorada!
-Esta mañana tenemos sesión medico-quirúrgica, no sé si lo sabías, Bella- dijo mi jefa despertándome de mi ensueño. Los gritos de alegría de mi madre resonaban aún en mis oídos.
-¿Cómo? ¿Qué?
-Bueno, hacemos una cada año, nos reunimos con los cirujanos y hacemos un repaso de los niños con problemas quirúrgicos que se han trasladado a otro centro, los que han estado ingresados más días de los que se supone, etc… esto se hace para mejorar la calidad de la asistencia. Como no estabas la semana pasada nadie te lo dijo.
-No, no sabía nada-me disculpé.
-No deben hablar mucho de trabajo- el tono de voz fue bajo pero aún así se oyó el comentario de Jessica en la gran mesa del despacho de pediatría.
Emily le dirigió una mirada severa y Jess puso cara contrita. Pronunció un "Lo siento" que ni por un momento creí. La ignoré.
-Es a las doce, en la sala general de reuniones, ya te hemos arreglado la agenda de la consulta externa para que acabes a esa hora.
-Gracias - sesión conjunta con los cirujanos… eso significaba ver a Edward. Empecé a animarme.
~~ooOoo~~
-Buenos días, Daniel y mamá.- El pequeño rodeó la mesa de la consulta para darme un cálido abrazo, al cual correspondí gustosa.
-¿Tas bien?- me preguntó. Miré a la madre, sorprendida.
-Vinimos la semana pasada, preguntó por usted y le dijeron que estaba enferma. Nos atendió la doctora Stanley, pero él no paraba de preguntar por usted, e insistió en que tenía que visitarlo "la dotora Bella", que era "su dotora"–explicó con una sonrisa.
-Vaya… pues estoy bien, sí. Sólo fue una gripe ¿Y tú, bichillo, estás bien?-el pequeño asintió y miré a su madre.
-He estado mirando el pipí cada día y no ha vuelto a aparecer sangre –dijo ésta.
-Bien, pues podemos alargar el intervalo entre seguimientos. Haremos controles mensuales de función renal, y si todo va bien te daré el alta pronto.-Daniel me miró, confuso, y luego giró la cabeza a ambos lados. -¿Qué buscas?
-El alta que me vas a dar. ¿Dónde tá? ¿Es un regalo?-dijo ilusionado.
-Quiero decir que ya no tendrás que venir más- reí.
-¿Podé verte, dotora Bella?- dijo con ingenuidad infantil.
-Podrás verme, Daniel, no te preocupes por eso- sonreí, entonces el pequeño estiró el brazo y me entregó un papel que tenía en la mano. Era un dibujo que parecía representar dos figuras humanas, una de pie vestida de blanco y la otra más pequeña en una especie de cama. Ambas se daban la mano.
-Soy yo, eta tú – señaló la figura mayor.- Para ti.- Añadió, orgulloso.
-¡Oh! ¡Qué bonito regalo! Gracias, Daniel- Sonreí de oreja a oreja. En aquel momento sonó el teléfono.
-Bella, ya estamos casi todos arriba y vamos a empezar. ¿Tardarás mucho?-dijo la voz de Emily.
¡La reunión! Casi se me había olvidado. El corazón me palpitó más fuerte. Había realizado duros esfuerzos para no pensar en Edward durante la mañana y lo había conseguido… a ratos, como ahora. Me despedí de Daniel y su madre, que eran la última visita, con las instrucciones para el siguiente análisis. Salí corriendo hacia la sala de reuniones del hospital, llevándome unos folios para tomar notas si era necesario.
La sala de reuniones no era grande, pero suficiente para acoger a los equipos de pediatría y de cirugía, 22 personas en total. Para las reuniones con mayor asistencia se usaba el salón de actos. Entré apresurada y un poco avergonzada, odiaba llamar la atención. Había una ligera penumbra y por la pantalla estaban pasando diapositivas con datos estadísticos. Había una persona de pie al lado de la pantalla. Edward. Calló y curvó suavemente una comisura labial, observándome con una mirada que desprendía complicidad. Casi me fallaban las piernas sólo de verle. Le sonreí tímidamente y enrojecí, pues todos los presentes se habían girado en sus sillas para mirarme. Me senté en el primer asiento vacío que encontré, en una discreta última fila. Algunas caras se giraron para mirarme unos instantes. Inspiré y espiré con lentitud. Tendría que aprender a vivir con ello hasta que la gente se acostumbrara a nuestra relación.
Edward iba explicando una serie de datos, básicamente sobre traslados a otros centros hospitalarios… No me estaba enterando de nada. Vestía su camisa azul de cirujano sobre los vaqueros, y movía elegantemente su felino cuerpo mientras explicaba los datos que aparecían en pantalla. Su voz penetraba en mí estimulando cada una de mis terminaciones nerviosas, haciéndolas ansiar su contacto. Recordaba sin poderlo ni quererlo evitar las sensaciones de mi cuerpo unido al suyo. Tenía la sensación de que él no paraba de mirarme, aunque sus ojos apenas se detenían en mí. Cuando terminó su (seguramente) brillante exposición fue el turno de ruegos y preguntas. Joseph y Emily iban tomando notas y exponiendo temas en común. Los demás preguntaban dudas.
La siguiente en salir fue Jessica, se dispuso a comparar los datos de los niños ingresados por procesos quirúrgicos que habían sido consultados a pediatría, y otros temas que me perdí porque cuando ella se levantó Edward cruzó la sala en pocas zancadas para sentarse a mi lado, con un cuaderno para tomar notas en la mano. Inmediatamente sentí como un aleteo de mariposas en mi estómago y mi respiración se aceleró. Acercó sus labios a mi oreja y pude sentir su aroma.
-Me has disgustado, Swan-chasqueó la lengua.-Con el esfuerzo que he empleado en prepararme esta charla y no has prestado atención. No sé en qué estabas pensando, pero me encantaría saberlo... no sabes cuánto -susurró. Su aliento provocó que mi vello se erizara y se escapó un suspiro de mis labios.
-¿Cómo sabes que no escuchaba?-contesté sin atreverme a mirarle.
-Espero que lo que pensaras fuera más fructífero que esta charla -comentó, burlón- Has estado totalmente abstraída- escribió en su cuaderno.- Y he visto cómo te has sonrojado varias veces.
-No sabía que eras capaz de ver en la penumbra, pero para evitar sorpresas estaría bien que me explicaras todo lo que puedes hacer- susurré acercando mis labios a su piel lo más cerca que pude sin perder el decoro.
Percibí la tensión en su cuerpo. Edward escribió en su cuaderno y me lo mostró.
-Me gustaría explicarte todo lo que te podría hacer ahora si no estuviera toda esta gente delante. Pero puede ser peligroso. Podría fallar mi autocontrol.
Mi corazón golpeó furiosamente mi pecho y me removí en la silla, incómoda. Me estaba excitando, y no era el momento más oportuno. Sería mejor dejar de provocarle o iba a pasarme toda la guardia con "sobrecalentamiento".
-Si juegas con fuego te puedes quemar, ¿recuerdas?- escribí en mi papel.
-Si ardo contigo no me importa -contestó él de la misma forma.
-No me estoy enterando de nada de la reunión. Espero que Emily no me haga preguntas -susurré.
-Mañana te la explico completa si quieres- murmuró.
-Que sea resumida, y tendremos tiempo para otras cosas –repuse, y lo miré. Sólo iba a poder verlo ahora, luego el trabajo me retendría hasta mañana por la tarde. Él me sonrió con malicia y deseé lanzarme sobre esos labios y morderlos. De hecho, deseaba sentarme sobre él a horcajadas y... ¡no, no! -Eres malo para mi salud, Cullen.- Escribí. Él acentuó su sonrisa.
-Y entonces como conclusiones –estaba diciendo Emily- parece ser que del año pasado respecto al anterior ha habido una mayor calidad asistencial, dado que el número de días ingresados por patología ha sido inferior al anterior y el número de traslados innecesarios ha disminuido.
-Parece ser que la estancia de Edward en cirugía pediátrica del Hospital Infantil de Seattle hace dos años y los cambios posteriores en nuestros protocolos han tenido sus frutos. Lo que sería ideal es que uno de nosotros fuera a formarse completamente como cirujano pediátrico. Quizás haya alguien interesado, ahora que los pediatras y los cirujanos parece que tenemos mejor relación que nunca -dijo Joseph. Se escuchó alguna risa flojita ante la "sutil" broma.
Cuando la reunión se dio por finalizada Edward tuvo que quedarse a hablar con su jefe en la misma sala de reuniones, yo tenía que comer porque tenía guardia así que me despedí de él con la mirada. Él me hizo un gesto con la mano queriendo decir "después".
Cogí el "busca" de urgencias de manos de Ben y me dirigí hacia el comedor de guardia. El trabajo era lo primero... Una vez terminé de comer me metí en Urgencias y no paré de trabajar, perdiendo la noción horaria. Ni siquiera me dio tiempo de hacer una pausa breve para un café. Edward pasó a esa hora, antes de marcharse, para ver si podíamos tomar algo juntos. Lo miré con agobio, tenía ocho niños por visitar y cuatro para dar de alta, no podía irme. Me tomó de la mano y me arrastró a la salita, donde no había nadie en ese momento. Una vez allá me rodeó la cara con sus manos y me besó tierna y largamente.
-Hasta mañana por la tarde -susurró, y se marchó en el momento en que entraba una enfermera. Inspiré profundamente y me llevé la mano a los labios, sintiendo aún su sabor en mi boca.
La noche continuó como la tarde. Cuando acabé mi turno era ya de día y me marché a la cafetería, que acababa de abrir. No me había podido tumbar ni un solo momento. Me senté sola en una mesa con una enorme taza de café y un grasiento donut ante mí. Apoyé la mandíbula en las manos y estuve pensando sobre el día anterior. A lo mejor le hablaría a Edward de la visita de su hermana, pero no le diría nada de la otra visita. Ignoraría a Jacob, probablemente cuando viera que no pasaba nada dejaría de tener esas paranoias con mi… novio, si es que le podía llamar así. No entendía cómo sabía tanto de los Cullen, pero al parecer era un secreto que no podía revelar, así que no debía preocuparme por eso. Intuía que si le explicaba a Edward lo que había pasado con Jake sólo aumentaría los problemas. Mi capacidad para pensar ahora estaba bajo mínimos, pero tenía bastante claro que eso era lo que iba a hacer.
Abrí los ojos de repente, me había dormido sin darme cuenta, con la cabeza apoyada en las manos. Ante mí estaba sentado Peter, mi compañero residente. Parpadeé.
-¿Mala guardia?-dijo, comprensivo.
-Ya te digo- me pasé ambas manos por la cara, frotándola, para espabilarme y borrar un poco las señales de la falta de sueño. Sorbí un poco de café y arrugué la nariz. Ya estaba frío.
-Bella, ya sé que es mal momento, pero estoy haciendo el plan de guardias para los próximos meses y necesito que me digas cuándo te marchas, para saber hasta cuándo puedo contar contigo.
Peter era el encargado del cuadrante de guardias de los residentes de pediatría. Era un trabajo impopular porque nunca estábamos contentos con el día que nos había tocado (nunca estábamos contentos con ningún día), pero cuando nos quejábamos él amenazaba con dejar el "cargo" a otro y eso nos hacía callar rápidamente. Además, adornaba el calendario con comentarios divertidos y tiras cómicas que sacaba de periódicos, por lo que recibir las guardias de cada mes era un poco más agradable.
-Bueno… aún tengo que hablar con Emily y James, pero el próximo trimestre me quedo aquí -sus ojos se iluminaron. Peter y yo nos llevábamos bien, él era divertido, y además un par de manos más para coger el "busca" siempre se agradecían.
-¿De veras? ¿Estás segura? –asentí, aliviada. Era la primera vez que pronunciaba en voz alta mis deseos y me sentía mejor, más segura. Ahora "sólo" tenía que pensar en cómo explicarlo a mi familia y a James.
Me acerqué a hablar con Emily tras la sesión de ingresos de la mañana para comunicarle mi decisión.
- Aquí siempre nos va bien un par de manos más para trabajar y además tú trabajas muy bien, Bella. Para mí es una gran alegría, pero no lo será para James. De todas formas es su problema, por tener esa secretaria tan inútil que dejó perder la oportunidad de que trabajaras con ellos desde el primer momento. – Reímos ambas, Irina tampoco era santo de la devoción de mi jefa - Oye… cambiando de tema, no le hagas caso a Joseph, es así de indiscreto, y con la edad va a peor. No te molestó la bromita, espero- me encogí de hombros.
-Bueno, no estoy acostumbrada a que se hable de mi vida personal en público, pero supongo que es una de las muchas peculiaridades de trabajar en este sitio. Y tampoco fue un comentario de mal gusto -sonreí.
-No lo sabes bien. Me refiero a lo de la vida personal…- repuso, rodando los ojos.
Cuando tuve un momento llamé a James y le informé de mi decisión. No estaba contento, pero no protestó. Quedamos en que me quedaría en Forks por lo menos un trimestre más, pero a él le faltaba un residente hasta final de año e insistió que si en cualquier momento cambiaba de idea le podía llamar. Ahora sólo me faltaba llamar a mi casa e informarles de mi decisión que, tenía claro, no iban a comprender. Me entristecí. Ellos querían lo que pensaban que era mejor para mí, pero lo que pensaban ya no coincidía con mis ideas sobre el tema.
Antes de irme me despedí de Angela. Estaba poniendo un gotero y esperé a que terminara. Salió del box con la cara exultante de felicidad.
-¿Y esa cara?-pregunté.
-Me ha llamado Jacob esta mañana-me estremecí levemente al oír su nombre- Dice que va a trabajar seis meses en la unidad de transporte médico urgente y que puede que algún día nos veamos si tiene que hacer un traslado de Forks a Seattle. Uao- miró hacia el cielo y sonrió.- Una dosis extra de Jake.
-Me alegro mucho- fingí una cara feliz pero no sabía mentir. No era una buena noticia. Cuanto más alejado estuviera Jake de Forks, tanto mejor para mí.
-¿Te pasa algo?- me miró preocupada. Mi cara era transparente y Angela observadora.
¿Que tu novio es un paranoico?
-Nada, Angela, es que estoy hecha polvo. Nos vemos luego...- dudé un instante- o mañana, depende del plan con Edward.
-No hagas nada que yo no haría, como se suele decir-guiñó un ojo.
-No sé qué contestarte, puede que me cante una nana y yo caiga en coma profundo hasta mañana- contesté con fastidio.
-Será posible que pienses en perder el tiempo durmiendo… La vida es corta, Bells.
No la de todos.
-Lo sé, lo sé, ya sabes que cuando salgo de guardia estoy de mal humor, sobre todo si no he dormido-me disculpé. Le apreté la mano con gesto cariñoso y me largué a casa.
Hasta el jueves. Gracias por leer y por vuestros comentarios.
