Feliz jueves. Gracias a todas las que comentáis y seguís esta historia, me dáis energía para continuar. Y a mis dos pre-lectoras. Aquí va el 18.


Capítulo 18

Abrí los párpados. Sentía cansancio. Desorientación. Apagué el primer despertador, el de la mesita de noche, y me levanté tambaleante para desconectar el segundo despertador, el que había dejado en el pasillo. Mi segundo pensamiento -el primero fue "mierda, qué sueño"- fue para Edward. A estas horas de la tarde ya debía estar en su casa. Cogí el móvil y marqué su número. Estaba hecha una pena pero llevaba muchas horas sin sentir su contacto y en estos momentos ya sufría un agudo síndrome de abstinencia. ¿Cómo me podía haber enganchado a él tanto en tan poco tiempo?

-¿Ya estás despierta?

-No, hablo en sueños. Pues claro que estoy despierta - gruñí.

-Dios. Si estás de ese humor mejor nos vemos otro día, no quiero arriesgarme a que me muerdas. ¡Menudo carácter! – se burló.

- Lo siento, no me lo tengas en cuenta. Es que me sienta fatal la privación de sueño. Es capaz de sacar a la luz a la señora Hyde que hay en mí.

-¿Quieres decir que si pasáramos toda una noche haciendo el amor, a la mañana siguiente vería a la Hyde esa? Es para pensárselo- contestó en tono serio.

-Edward…- hice una pausa, tomé aire y me mordí la lengua para no soltarle otro gruñido.

-Lo siento, lo siento… te propongo un trato: dejaré al señor Burlón haciendo compañía a tu señora Hyde y pasaré a buscarte. ¿Estás presentable ya?

-Sí.

Era un decir. Presentable… no mucho. La cara de zombi que tenía ganaría en palidez a la de Edward, aunque a mí esa blancura no me quedaba tan bien. Por no hablar de las ojeras, y mi vestuario… Miré mi armario una y otra vez. No, definitivamente había mentido, no estaba nada presentable. Me duché y me puse lo primero que pillé, unos vaqueros y una vieja sudadera. Anoté mentalmente por enésima vez: ir de compras con Angela. La pobre estaba tan harta de que no le hiciera caso en ese tema que había dejado un cartel pegado a la puerta de mi armario ropero, por dentro. Así que cada vez que lo abría leía "TENGO HAMBRE. LLÉNAME". Esta vez iba en serio, tenía que hablar con ella y quedar un día para ir a Port Angeles.

Cuando Edward me vio se iluminaron sus dorados ojos a pesar del aspecto que yo lucía, me atrapó por la cintura y me besó con suavidad. Sonrió con su frente apoyada en la mía.

-Si fuera Alice te habría arrancado esa ropa de encima. Yo también tengo ganas, pero no por los mismos motivos, es obvio.

-Está claro que la señora Hyde y el señor Burlón no han tenido una buena cita. A este ya lo tenemos de vuelta -murmuré.

-No le puedes culpar. ls señora esa es bastante insoportable - sonrió mi vampiro, y sentí que empezaba a desaparecer mi mal humor. Estaba recibiendo mi dosis.

Había nombrado a Alice. ¿Habría sido ésta capaz de ocultar sus pensamientos? ¿Debía yo sacar el tema? Me moría de ganas de aclarar algunos puntos con él. Lo arrastré hacia el sofá del comedor y nos sentamos. No contento con tenerme a su lado me cogió y me sentó sobre sus piernas, lo que no era de mucha ayuda para mi perjudicada concentración. Empezaba a olvidarme de lo que quería hablarle. Tampoco ayudaba el que jugara a enredar sus largos dedos entre los mechones que me caían por la espalda.

-No te preocupes, Bella. Alice vino a verme, y sé de lo que hablasteis- dijo con dulzura. No me leía el pensamiento pero era evidente que era transparente para él.

-Alice… ¿te explicó algo?

-¿Lo dudabas? Alice me lo explicó todo. Ni siquiera intentó ocultarme sus pensamientos como había pretendido hacer antes de verme. Bella, ella y yo tenemos una relación muy próxima. En cuanto me vio comprendió que no deseaba ocultarme nada. Repitió vuestra conversación palabra por palabra a una velocidad increíble hasta para un vampiro. Le caíste muy bien, aunque no sé qué pensarías tú de ella. Su comportamiento fue bastante impresentable, por lo menos al principio. Si no hubiera visto lo arrepentida que estaba me habría enfadado mucho con ella -frunció el ceño.

-Al principio no le gustaba mucho, eso quedó bien claro. Pero luego hablamos y hablamos… y me sentí como si nos conociéramos desde hace años.

-Alice no tenía nada contra ti cuando se presentó aquí. Lo que no le gusta es que ciegas sus visiones y eso la hace sentir que yo soy vulnerable. Y se preocupa por mí. Para ella representa todo un problema, no sé si lo llegas a imaginar.

-Sí, supongo que es como si yo perdiera alguno de mis cinco sentidos por la proximidad de alguien. ¿Por qué crees que pasa eso?

-Creo que es una especie de don. Algunos de nosotros teníamos ya ciertas… capacidades antes de ser vampiros, y al transformarnos estas se intensificaron. Esto le pasaba a Alice. Otros las desarrollamos después de la transformación, como me pasó a mí.

-¿Todos los vampiros tenéis dones especiales?

-Muchos tenemos algún don. No todos. Y tu don debe ser muy fuerte para manifestarse tan intensamente aún siendo humana -me miró con curiosidad.

Pensé que por desgracia mi recién descubierto "don", como él decía, no me era muy útil en el mundo de los humanos. Y de momento no sabría cómo sería de útil siendo vampira porque el llegar a transformarme no entraba en mis planes. No ahora. Pero quería saber si Edward y su hermana habían hablado de ello.

-Entonces… ¿te contó toda nuestra conversación?-su expresión se volvió cautelosa, sabiendo que tocaba un tema espinoso. Sí, habían hablado de todo.

-Ya le dije a Alice que no se metiera donde nadie la había llamado. Si no me hubiera dado una ración extra de esos pucheros que sólo ella sabe hacer la habría estrangulado-bromeó.- Olvida eso ahora.

Cambié de tema. El siguiente de la lista también era un tema difícil.

-Edward… ¿qué piensa tu familia de nosotros como pareja? Me dió la sensación de que no son muy felices con el tema.

-No ha de importarnos, Bella -negó con la cabeza y me clavó su mirada de miel. Sus dedos se fueron desplazando de mi cabello hasta la piel de mi cuello, apenas un roce pero suficiente para aturdirme. Era obvio que él deseaba cambiar de tema. Hice un esfuerzo para olvidar la sensación que esos dedos causaban en mi piel y me obligué a volver a la conversación.

-Entonces estoy en lo cierto. Eso es que no les gusta la idea- repuse. Para mí era lógico. Edward suspiró al ver que su estrategia fallaba.

-No les gusta la idea de que yo esté con una humana, no de que esté contigo, Bella. Ellos temen muchas cosas de esta relación, es… extraña. Puede que seamos un caso único. Carlisle me explicó que había investigado y no había encontrado nada, ni siquiera en leyendas antiguas, sobre una relación sentimental entre un vampiro y una humana, quizá porque… - dudó un momento- porque cuando sucedía la parte humana de la relación no sobrevivía.

-Qué manera más rebuscada de decir que el vampiro se merendaba a la humana- gruñí.

-Tienes un peculiar sentido del humor, Swan.

-Y tú di las cosas por su nombre, Cullen. No me uses frases rebuscadas. Me haces pensar demasiado y no estoy en condiciones.

-Volvió Hyde. - Rió y me acarició la cara, ignorando mi amenazador ceño. - Estoy convencido de que igual que ahora le gustas a Alice puedes llegar a gustarles a los demás. Si no te conocen saliendo de una guardia, claro.

-Ja - hice una mueca, aunque no le faltaba razón.- Hay algo más que quisiera hablar contigo. Alice es muy hermosa- me miró esperando que continuara.- Tú también lo eres -alzó una ceja.

-¿Y?

-¿Es normal eso en los de tu especie?-de pronto su mente se iluminó y comprendió por dónde iban los tiros.

-¿No habíamos quedado en que no eras celosa?

-No, era que no estaba celosa. Pero ahora me imagino que tendrás varias ex despampanantes por ahí dispersas y no puedo evitar sentirme mal- me miré las manos, que tenía entrelazadas, y luego a él.

-¿No confías en mis sentimientos por ti?-arqueó las cejas.

-Sí, sí confío. Sólo dime… ¿cuántas? No me asustaré, 120 años dan tiempo para mucho.

-Te sorprenderías... Probé suerte una vez, pero no estaba enamorado. La relación duró dos años... la más larga que he tenido, y tendría que haber durado menos.

-¿Y?

-¿Y, qué?

-No me vas a decir que el resto de los años tus impulsos sexuales han estado sin satisfacer. Porque me voy a asustar, si tienes toda esa energía que gastar - él rió.

-No, cuando lo he necesitado he tenido alguna relación esporádica con otra vampira, pero sólo de unos días, sabiendo ambos que no había compromiso. De esas he tenido varias, y no lo cuento como relación. Ni siquiera recordaría los nombres de la mayoría.

¿La mayoría? ¿Cuántas habían sido? No, ahora no estaba preparada para escuchar la respuesta. Un harén de preciosas vampiras rodeando a Edward era un pensamiento nada bienvenido en este momento. Pero no pude evitar seguir con mis indagaciones.

-¿Y son hermosas todas las vampiras? No me has contestado todavía.

-Lo son, pero- posó sus manos en mi nuca, entrelazó sus dedos con mi cabello y me clavó una mirada ardiente - Bella, ni una sola me ha hecho sentir una centésima parte de lo que tú me haces sentir. Porque estoy enamorado de ti, y no lo estaba de ellas. Ninguna me hizo sentir como si volviera a latirme el corazón. Ninguna desató el fuego que tú enciendes en mí sólo con inspirar tu aroma, con mirarme, con rozarme. Ninguna me hizo reír como tú, o desear que dijera cualquier cosa sólo para poder escuchar su voz.

Sentí que mi ansiedad se evaporaba. Alargué la mano para rozarle la cara con las yemas de mis dedos. Notaba la electricidad entre su piel y la mía aún antes de tocarle, como si mis terminaciones nerviosas presintieran su tacto. Le acaricié el perfecto rostro bajando por la frente, los pómulos, el fuerte ángulo de la mandíbula, los sensuales labios, la nariz. Cerró los ojos y le besé los párpados, recorriendo el camino hasta su boca, que se entreabrió dándome paso. Mi lengua jugó con la suya dulcemente. Desplazó las manos descendiendo por mi espalda pero lo aparté con delicadeza.

-No. Déjame tocarte – pedí. Él suspiró y siguió con los ojos cerrados.

Bajé ambas manos por su cuello, apenas rozándole. Su piel era suave y firme, con un tacto levemente frío. Descendí hacia el cuello de la camisa y empecé a desabrocharlo, lentamente, sin prisas. Abrió los ojos y los hundió en los míos. Quemaban. Entreabrió los labios pero le puse un dedo encima para silenciarle. Introduje mis manos por la abertura de su camisa, acariciándole el torso, quitándosela, colocándome a horcajadas sobre él. Observé su perfección y me incliné sobre su cuello, inspirando su aroma, llenándome de él, acariciándolo con mis labios, con la lengua, mientras seguía sintiendo cómo su pecho se movía de forma cada vez más agitada.

-Bella… no puedo quedarme quieto más tiempo. No me pidas eso-gimió.

-Ejercitemos tu autocontrol- sonreí contra su cuello, y procedí a intentar desabotonarle los vaqueros, que ya mostraban una considerable erección. Con un poco de colaboración de su parte le quité el resto de ropa. Admiré su escultural cuerpo y me mordí el labio inferior.

-Gracias por la ayuda. Ahora quiero probar una cosa. Quédate muy, muy quieto- susurré mientras mordisqueaba su cuello y bajaba hasta la clavícula.

Tomé su erecto miembro, acariciándolo arriba y abajo, presionándolo, disfrutando del suave tacto, excitándome al sentir su placer, al escuchar cómo su respiración se entrecortaba y varios sensuales gemidos se escapaban de sus labios. Echó la cabeza hacia atrás, los párpados de nuevo cerrados. Mi excitación iba en aumento arrastrada por la suya, el deseo que sentía en mi interior se extendía nublándome la mente, haciéndome perder el poco control que me quedaba. Tenía que probar el sabor de todo su cuerpo. Fui bajando lamiendo, mordisqueando, deteniéndome en los pezones, en el abdomen, en el bajo vientre, hasta llegar a la sensible piel de su miembro. Sentí cómo Edward contenía la respiración. Sin parar de acariciarlo, lo rodeé con la boca, ascendiendo y descendiendo, acariciándolo con la lengua, succionándolo, cada vez con más insistencia, una y otra vez. Su sabor era excitante y sus sonidos de placer me estaban volviendo loca. Me acarició la cabeza e intentó apartarme suavemente.

-Amor… no puedo… aguantar más- apenas pudo pronunciar las palabras. Me separé un instante.

-Déjame probarte, Edward -pedí casi sin aliento.

Él cerró los ojos y agarró con fuerza el reposabrazos del sofá. Seguí disfrutando con mi íntima caricia, hasta que su cuerpo se tensó y emitió un largo gruñido profundo, animal, y yo bebí de él, completamente extasiada por el placer que le había proporcionado. Nos quedamos quietos unos segundos, sus manos enredadas en mis cabellos, su cabeza reclinada hacia atrás. Jadeé al darme cuenta de que el reposabrazos estaba parcialmente arrancado. Incluso en ese momento no puede evitar pensar qué le diría a mi amiga. De repente en uno de esos rápidos y desconcertantes movimientos se puso en pie, amarrando mis piernas alrededor de su cintura.

-Creo que necesitamos una ducha -murmuró roncamente en mi oído.

Me depositó en el suelo del baño con suavidad, me apoyó contra la pared y empezó a quitarme la ropa. Lo hizo lentamente, sin perder de vista mis ojos, hipnotizados por los suyos. Se arrodilló para quitarme las braguitas, bajándolas con lentitud. Mi pecho subía y bajaba trabajosamente. Lo deseaba tan intensamente que casi me asustaba lo que me hacía sentir.

-No te imaginas la vista que tengo desde aquí. Eres muy hermosa, Bella.

Esa mirada oscura y su expresión animal volvían a poseerme, no podía apartar la vista de él. Cuando terminó de quitarme la lencería comenzó un lento ascenso con sus manos desde los pies acariciándome las piernas, el hueco de la rodilla, los muslos, pasando a la parte interna de estos, ascendiendo hasta mi zona íntima. Jadeé sonoramente y él sonrió lascivamente, pasando la punta de la lengua por sus labios. Sólo verle sonreír así hacía que la sangre ardiera en mis venas. Mis rodillas amenazaban con no soportar mi peso y me apoyé con las manos contra la pared.

-Estás deliciosamente cálida. Y tan mojada… -su voz era un murmullo aterciopelado.

Introdujo uno de sus largos dedos en mi interior al tiempo que acariciaba mi clítoris con el pulgar, y con la otra mano me rozaba las nalgas. No pasaron ni unos instantes y me derramé en su mano con un fuerte gemido. Pero él no paró, acercó su boca a mi zona más sensible y comenzó a lamerme. Me tomó una pierna y la pasó por encima de su hombro, sujetándome. Siguió moviendo su dedo en mi intimidad, tocando puntos que provocaban que mi placer ascendiera a cotas aún desconocidas por mí.

-Edward, me vas a matar- protesté entrecortadamente y él apartó brevemente su boca de mí.

-Vuelve a correrte para mí, cielo -pidió, introduciéndome otro dedo, lamiendo, y succionando suavemente mi clítoris. Mi cuerpo volvió a estremecerse, casi convulsionando de placer, y él también bebió de mí. Tuvo que sujetarme con fuerza para evitar que me deslizara hacia el suelo del baño, sin fuerzas para nada más. Mis piernas claudicaban.

-Todavía no he terminado contigo - su voz sonaba profunda y erótica.

Me alzó y me metió dentro de la bañera, abriendo el grifo de la ducha. Me rodeó fuertemente con sus brazos y se fundió con mis labios, besándome con ternura, acariciando mi lengua con la suya. Pude probar mi sabor, mezclado con el de su boca y con el del agua que corría por nuestras pieles. Siempre consciente de mis necesidades, se apartaba brevemente para dejarme respirar, y volvía a invadir mi boca de una manera que, aunque me parecía imposible, volvía a hacer que estuviera excitada. Su sabor era una droga para mí. Descendió hasta mis pezones, los mordisqueó y trazó círculos en la areola con su lengua, succionándolos.

-No puedo más, Edward- él me ignoró y siguió con su tormento. Bajé mi mano hasta su miembro, que estaba más que preparado.

-Aún no -susurró. De pronto me volteó y se apretó contra mi espalda, acariciándome los pezones con una mano y bajando la otra hasta mi clítoris. Mordisqueaba mi cuello y por un momento pensé qué sentiría si me mordiera más profundamente, e inexplicablemente para mí este pensamiento me excitó. Intenté tocarle pero él no me dejó, sujetándome ambas manos con una suya.

-Ahora me toca a mí, cielo. ¿Dónde está tu autocontrol? –no podía verlo, pero sí imaginar su sonrisa torcida y su mirada de deseo.

-Edward, no puedo más. Te quiero dentro de mí - pedí.

En un movimiento me abrió ligeramente de piernas y me inclinó ligeramente hacia delante. Me penetró de forma enloquecedoramente lenta, retirándose cada vez que avanzaba un poquito, torturándome. Con la mano libre acariciaba mi clítoris, suavemente, aumentando mi tensión interna pero sin darme la liberación.

-Ya estoy dentro de ti, amor... no puedo ni explicarte cómo te siento.

-Edward…-supliqué, casi lloré.

-Shhh- su aliento chocó contra mi oído. Fue su única réplica. Siguió acariciándome, entrando suavemente, saliendo de mí, dejándome vacía.

-Joder...Edward...te...odio -gemí a duras penas.

-Lo sé, amor – sonrió sobre mi cuello, provocándome un escalofrío. Intenté moverme pero me tenía completamente sujeta. Sentía un deseo tan intenso que dolía físicamente.

-Por favor…

-No -dijo mientras seguía con su juego.

-Por favor, por favor…hazlo ya -supliqué casi llorando.

Entonces se deslizó dentro de mí, profundamente y de una sola vez, provocándome un orgasmo que devastó mi cuerpo; grité y me apoyé contra la pared de la ducha para no caer y él empezó a bombear dentro de mí con fuerza. Gemíamos y gritábamos con cada embestida, hasta que me llevó de nuevo al clímax y lo sentí descargar dentro de mí. Me sujetó al notar que mi cuerpo cedía y me dio la vuelta. Me apoyé en su hombro, completamente exhausta, mientras él me abrazaba con fuerza y el agua caliente se deslizaba por mi espalda.

-¿Me sigues odiando?-murmuró contra mi pelo, al cabo de unos instantes. No podía hablar, pero asentí con la cabeza y hundí mis dedos en el húmedo cabello de su nuca. Él rió suave y me meció lentamente, como acunándome.


¿Habíais echado de menos a Edward? ;-)

Nos vemos el próximo lunes. ¡Gracias por leer y comentar!