Espero que hayáis tenido unos felices días de Semana Santa. Mil gracias a las que me leéis y me hacéis saber que seguís la historia. Y gracias también a Maria José y P.


Capítulo 19

BPOV

Era domingo por la noche. El peor momento de la semana, quizá exceptuando el lunes por la mañana. Angela había ido a pasar cuatro días a casa de Jake, en Seattle, y no volvía hasta el dia siguiente. Así que Edward y yo habíamos tenido dos días por delante para nosotros solos, dos días para los que habíamos hecho muchos planes: ir de excursión por el Parque Natural, cenar en su compañía en un restaurante de Seattle del que le habían hablado muy bien, pasear por la zona portuaria de Port Angeles…. Sí, teníamos muchos planes. Que se quedaron en eso. Al final nuestro fin de semana consistió en hacer el amor en cada rincón de su casa el sábado y en cada rincón de la mía el domingo.

En mis 26 años sólo había tenido una pareja, Marc. Nuestra relación duró lo que la carrera de medicina. Lo dejamos de mutuo acuerdo, o mejor dicho, de mutuo aburrimiento. Al terminar la carrera él se marchó a hacer la especialidad de anestesia a Madrid y yo me quedé en Barcelona. Nuestras llamadas se fueron espaciando cada vez más de forma natural hasta que nos dijimos adiós. Con él conocí lo que era la intimidad con un hombre... pero Edward había despertado sensaciones en mi cuerpo que jamás había experimentado. A lo largo de las semanas que llevábamos juntos me mostró que era un amante tan dulce como apasionado, insaciable, atento e incansable. Me llevaba al cielo, una y otra vez. El único límite eran mis humanas fuerzas.

Mi vida era mi presente, y mi presente era él. No pensaba en el futuro, ahora no me importaba demasiado.

-Un beso por tus pensamientos - susurró Edward.

Abrí los párpados. A través de la ventana podía ver la luna tapada a medias por una cortina de nubes y ante mí su silueta recostada, abrazándome con suavidad. Antes de él jamás había podido dormir abrazada a nadie.

-Nada importante. Recordaba.

-Entonces no quieres el beso.

-Tonto… siempre quiero tus besos. Pero no acepto los sobornos -sonreí.

-Algo tengo que ingeniarme, ya que no te leo la mente. ¿Quizá otro tipo de sobornos?-preguntó con voz insinuante.

-No sé en qué estás pensando, pero si es en lo que creo te recuerdo que soy humana. Apenas puedo moverme - reí.

-Para lo que estoy pensando no hace falta que te muevas.

-Estás loco.

-Por ti.

-Vale… te diré lo que pensaba. Me acordaba de mi primer y único novio. Sólo eso.

-Ahora me dejas más tranquilo -bromeó. Cambié de postura y me apoyé sobre su pecho, mirando su rostro.- ¿Sólo ha habido un hombre del que estar celoso? -preguntó, ascendiendo con la mano a lo largo de mi espalda hasta llegar a la nuca. Casi ronroneé de placer.

-No ha habido ningún hombre del que estar celoso, porque ninguno puede compararse contigo.

-Creo que acabo de sufrir una sobrecarga de ego.

-¿Es eso posible? ¿Se puede sobrecargar más?- abrí los ojos y la boca desmesuradamente, componiendo una exagerada mueca de sorpresa.

-Swan, ¿estás intentando ofender a un vampiro?- preguntó con voz acerada. Algo en su tono hizo que parara de reírme.

-No me das miedo.

-No deberías haber dicho eso.

Bella bocazas. En una décima de segundo había invertido nuestras posiciones y quedó encima de mí, con su cara amenazadoramente cercana a la mía.

-Repite eso- su dulce aliento me rozó la piel de los labios.

-No… me… das... miedo- repetí, mientras mi latido cardiaco alcanzaba un volumen audible incluso para mí misma. A pesar de la penumbra fui capaz de ver que Edward sonreía perversamente.

-Buen intento. ¿Por dónde iba? Ah, sí… creo que te debo un beso –atrapó mi boca con la suya y me besó hasta que mi voluntad se redujo a cenizas.

-¿Decías?- oh, dios, esa sonrisa.

-Eres un monstruo terrible -susurré sin aliento, rendida.

-Lo sé. Y ya sabes lo que hacen los monstruos terribles. Se comen a las inocentes muchachitas- y sin darme tiempo a réplica devoró mi boca.


Cuando me levanté él ya estaba vestido y me observaba desde el sillón con una expresión indescifrable. Me dolían varias partes del cuerpo y lo que no me dolía parecía curiosamente anestesiado. Al ducharme descubrí en mi piel algunos hematomas superficiales. También sentía otros dolores en lugares más íntimos, pero nada de eso me importaba lo más mínimo. Me sentía enormemente feliz. Aunque había algo en su expresión que me inquietaba. Durante el desayuno hablamos de diferentes temas, pero yo observaba algo diferente en su comportamiento. Como si quisiera decirme algo y no supiera cómo. En cuanto subimos al coche no pronunció una palabra más.

-Estás un poco silencioso- comenté, un tanto intranquila.

-Bella, ¿no tienes nada que explicarme?- su voz sonó forzadamente casual.

-No, que yo recuerde- repuse, confusa.

-Entonces quizá hagas memoria si te digo que esta noche has hablado en sueños.- Una alarma se encendió en mí.

-Ah, sí, a veces lo hago. Hablo en sueños, sobre todo cuando voy falta de sueño. ¿Y qué he dicho esta vez? Suelen ser tonterías sin sentido- Tonta Bella, esto último suena a excusa.

-No sé si tendrá sentido para ti "Jacob, te marchas ya o me pongo a gritar" - comentó Edward con el ceño fruncido.

Mierda. El corazón me dio un más que inoportuno vuelco.

-No sé qué sería… algún sueño que no recuerdo. ¿Por qué le das tanta importancia?-contraataqué, repentinamente enfadada por el interrogatorio. Me miró con el ceño aún más fruncido.

-Bella, no se la daría si no estuviera seguro de que me estás mintiendo.

-Si me vas a llamar mentirosa se acabó la conversación- gruñí mientras me cruzaba de brazos, apretando los labios. Observó mi gesto, incrédulo.

-¿Estoy saliendo con una mujer de 26 años o con una de 6? -Edward era un amante perfecto, pero su psicología femenina dejaba mucho que desear. Se me ocurrieron varias bonitas respuestas con referencia a su edad pero preferí omitirlas.

-Déjame en paz.

-No hasta que me digas por qué parecías tan angustiada cuando hablabas en sueños y por qué estás ocultándome cosas. ¿Te asustó Jacob Black? Tienes que explicármelo.

-No es nada importante. Si lo fuera te lo diría -repuse obstinadamente.

-Si no es importante puedes decírmelo-sus ojos llameaban de ira. No sabía si estaba enfadado con Jacob o conmigo.

-No.

-Entonces iré a ver a Jacob Black y le preguntaré por qué discutía con la mujer que amo.

-¡No! - el grito se me escapó. De repente giró el volante y paró en el arcén. Se encaró hacia mí.

-Pues será mejor que me lo expliques tú misma- replicó con voz endurecida.

Observé su expresión fría y me dolió. Nunca se la había visto y no deseaba hacerlo. Giré la cabeza, mirando por la ventanilla el bosque cercano. Si creía que presionándome de esa forma iba a hacerme cambiar de idea no me conocía.

-Tendrás que confiar en mí –le hablé al cristal, observando cómo se empañaba.

-Bella, comprende que sólo quiero proteger lo que más quiero. Tú. – Su tono de voz se había dulcificado hasta ser suave como el tercipelo. Vaya. Cambio de estrategia.

Exhalé con fuerza.

-Ya tengo bastante con los paparazzi del hospital. No necesito también un guardaespaldas, gracias.

Escuché como inspiraba y espiraba con lentitud, probablemente intentando calmarse. Seguí observando el paisaje a través del cristal de mi ventanilla. Él arrancó el motor y volvimos a la carretera, siempre en silencio. Al llegar al hospital bajé del coche antes que él y entré sola. Algunas caras me miraron al pasar y me saludaron. Quizá si no tuvieran tema de conversación en la comida podrían departir sobre las posibles causas de nuestra pelea.

Apenas llegué a la sesión de la mañana cuando Mónica salió disparada del despacho. Casi chocó conmigo porque estaba mirando el mensaje de su "busca".

-Ven conmigo, Bella, hay una cesárea de gemelos y además son prematuros. Mejor cuatro manos que dos.

-Ah, qué buena manera de empezar la mañana. Esto espabila más que el café. ¿Muy prematuros? –pregunté mientras la seguía, poniéndome a su altura.

-Son de 32 semanas. Es cesárea porque el primer gemelo va de nalgas.

-Bueno, podía ser peor.

Llegamos al área quirúrgica de la maternidad y, tras el engorro de ponernos el uniforme estéril, pasamos al antequirófano. Miré por la ventanita de la puerta del quirófano mientras Mónica comprobaba que la cuna térmica estuviera encendida.

-Joder, ¡pero si aún están poniéndole la epidural! ¡Un día nos llamarán antes de que hagan al niño! ¿Es que se creen que no tenemos nada que hacer en todo el día que esperar aquí dentro?- gruñí.

-¡Vaya humorcito mañanero que tenemos! ¿Has discutido con tu novio? -comentó Anne, pasando por mi lado y dirigiéndose al lavabo que había a la entrada del área estéril.

Mónica me miraba, sentada en una camilla que había en el pasillo, con las piernas colgando. Me senté a su lado.

-Lo siento, chicas. Sí, supongo que ha sido la primera discusión- Mónica me miró con comprensión.

-Bueno, pues ya sabes lo que se dice de qué es lo mejor de las discusiones de enamorados, Bells- repuso Anne guiñándome un ojo.

En un gesto universal a todos los cirujanos alzó las manos al terminar de lavarlas como si la estuvieran atracando, y apretó con el pie el botón que activaba la apertura automática de la puerta del quirófano, desapareciendo por ella.

-Anímate- instó Mónica, dándome un golpecito en la mano - Parece que hoy va a salir el sol unas horas. Después de comer podemos subir un rato a la azotea y tomar el sol, estás casi tan pálida como Edward.

-¿Sol? -repuse volviendo la cabeza hacia el ventanal detrás nuestro. En efecto, los tenues rayos de un tímido sol asomaban entre unas nubes gruesas.

-Sí, sol, esa bola de fuego que se ve brillar en el cielo. Poco más de dos meses aquí y ya se te olvidó del significado de esa palabra, Bella- se carcajeó Mónica.

-Ah, sí, como lo añoro -contesté de forma automática.

Me levanté de la camilla para comprobar cómo iba la cesárea mirando a través del cristal de la puerta y le hice un gesto a mi compañera para que se acercara. Anne ya estaba realizando la incisión en el útero y era muy rápida.

En esa situación siempre se me ocurría la misma imagen: como en un partido de fútbol americano, la matrona recogía al bebé de brazos de la ginecóloga, rápidamente lo envolvía en un paño estéril, se acercaba atravesando la puerta con el bebé y allá estábamos nosotras, en la portería, esperando para parar el gol.

Los dos bebés nacieron sin complicaciones y con un peso aceptable, por lo que pronto podrían pasar a la habitación con sus emocionados papás.

La mañana pasó tranquila. Me sentía mal por la discusión con Edward, sabía que él sólo se preocupaba por mí, pero no estaba dispuesta a que me tratara como a un ser débil e indefenso, aunque comparada con él eso es lo que yo era. Pero también tenía mi orgullo. Desanimada, bajé al comedor con mis compañeras.

-¿Te quedas tres meses más, Bella? Me enteré ayer -comentó Mike, tomando un poco de puré de patatas. Aunque lo que con ese nombre servían en el comedor de personal bien habría podido servir para alisar las grietas que había en la pared de mi habitación. Tenía que hablar con Angela sobre eso.

-Y eso que aún no lo ha publicado el Times- rió Monica. Puse cara de resignación.

-Sí, la verdad es que aquí aprendo pediatría a nivel más primario, y creo que amplía el abanico de posibilidades una vez haya terminado. Y yo creo que me bastará con seis meses en Seattle para hacer currículo.

-¿De veras vas a volver a España? ¿No nos echarás de menos?-inquirió Mónica.

-De momento es lo que tengo planeado. Ya veremos qué pasa- miré mi manzana fijamente, como si fuera una bola de cristal y de ella pudiera extraer la información que necesitaba. Lo cierto es que vivía tanto el presente que ni me había planteado lo de mi vuelta a España. Lo veía como algo muy lejano.

Tal como habíamos quedado nos dirigimos a la azotea del edificio después de la comida, pues teníamos unos minutos de descanso todavía. Me sentí deprimida. No podía olvidar que el helipuerto era el lugar donde Edward me besó por primera vez, y me atacó la nostalgia. Afortunadamente el sol ayudó a desvanecer la tristeza que empezaba a embargarme.

Era un placer sentir el calor de los rayos solares en nuestro cuerpo. Nos tumbamos las tres en medio del helipuerto, con los brazos y piernas en cruz, para recibir la máxima irradiación posible. Por el aspecto del cielo no tenía pinta de durar mucho tiempo, y había que aprovecharlo. Hacía una temperatura tan agradable que nos quitamos las batas y nos quedamos sólo con el pijama blanco de manga corta.

-Espero que no haya ningún traslado urgente en helicóptero- comentó Mónica.

En aquel momento escuchamos a lo lejos un inconfundible sonido que se acercaba.

-Moni, chica, ¿tienes poderes o qué? ¡Podías decir algo así como "espero que no aparezca Brad Pitt por Urgencias y me invite a cenar"!-exclamó Anne, sentándose y poniendo una mano a modo de visera para otear el horizonte.

En efecto, un helicóptero se acercaba en la lejanía. Debía haber algún traslado urgente, aunque nada de pediatría o nos habríamos enterado, porque Monica continuaba llevando el "busca".

-Será mejor que volvamos abajo -dije.

Me separé de ellas y me dirigí a Urgencias. Quería saber qué pasaba, si podía ser útil en algo. No, no quería engañarme. Quería ver a Edward, lo necesitaba. Cuando llegué el box de reanimación estaba ocupado por varios profesionales que no paraban de moverse de un lado a otro.

-¿Qué sucede? -pregunté a Claire, que estaba saliendo de otro box.

-Bueno, medicina de campaña, ya sabes, esto es un hospital pequeño. Hay un chico joven que ha tenido un accidente de moto, y tiene un hematoma intracraneal, al parecer epidural.

-¡Dios! ¡Si aquí no hay neurocirujano! -exclamé, angustiada. Ese hematoma podía provocarle la muerte en pocos minutos si no se vaciaba.

-No, pero hay gente con valentía y experiencia – dijo Claire.- Los traumatólogos le acaban de hacer una craneotomía de urgencia y le han vaciado el hematoma. Los cirujanos le están poniendo un drenaje torácico, porque también tiene hemotórax.

Ahora comprendía la llegada del helicóptero. Lo cierto es que en la zona alrededor de Forks había muchos accidentes, particularmente de moto, así que no era algo raro encontrarse pacientes politraumatizados casi a diario, y el personal estaba entrenado para técnicas que en los hospitales grandes sólo dominaban los más especialistas. Era algo que me gustaba de ese hospital, con los medios mínimos conseguían muy buenos resultados.

De pronto me giré, como si hubiera escuchado una voz en mi mente, aunque era consciente de que no había sido así. Entonces vi a Jacob acercarse por el pasillo de urgencias en dirección al box de reanimación. Me miraba con un odio tan intenso que me dolió el corazón. Después noté que sus ojos se desplazaban en otra dirección, más allá de mí. Edward salía de aquel box, quitándose una bata verde de quirófano. Me sonrió al verme. El cambio en su expresión fue tan rápido que apenas pude darme cuenta de que había estado sonriendo, pues ahora sus ojos miraban más allá de mí, con una mirada asesina. Su labio superior se retrajo levemente, enseñando sus perfectos dientes en un gesto que no era una sonrisa.

La expresión de Edward me recordó a una pantera a punto de lanzarse sobre su presa. Los brillantes e hipnóticos ojos clavados en Jacob, su flexible cuerpo súbitamente tenso, como preparado para saltar, los colmillos apenas insinuados... Estaba tan quieto que pensé que ni tan siquiera respiraba. Por un momento temí que perdiera su férreo autocontrol y me acerqué a él asustada, interponiéndome en la dirección de su mirada. Mi orgullo sufrió un pequeño desplante, porque no conseguí desviar sus ojos de Jacob ni un ápice. Me giré para observar a este y pude ver que arrugaba la nariz y había clavado en Edward su mirada de odio. Jacob quedó estático durante escasos segundos, que a mí me parecieron una eternidad. De repente reaccionó y entró en el box de donde Edward había salido momentos antes. Cuando Jake desapareció de su vista aquel desvió sus ojos hacia mí y su mirada se dulcificó.

-Ahora estamos trabajando, pero luego tenemos que hablar, Bella. En tu casa, por la tarde - murmuró.

Su voz sonaba contenida, pero su cuerpo se había relajado. Sentí que el peligro había pasado. Me apretó el brazo levemente a modo de despedida y se dirigió al cubo de la ropa sucia, donde depositó la bata de quirófano que aún llevaba en la mano. Decidí que mi presencia allá era un estorbo, y subí a la consulta externa a estudiar las historias clínicas de los pacientes que visitaría al día siguiente.

Escuché el sonido del helicóptero despegando. Mi mente, que había conseguido centrar en los papeles que tenía delante, se liberó y empezó a divagar. Recordé la discusión con Edward. Ahora probablemente ya sabía lo que había pasado entre el quileute y yo. Tenía claro que había leído la mente de Jacob, de ahí su reacción. No comprendía a qué se debía el intenso odio de este, pero estaba segura de que mi novio vampiro no era un peligro para nadie. Estaba convencida de ello. Decidí dar carpetazo al tema en mi mente y seguir con el trabajo.

Cuando por fin llegué a casa me pareció que había sido un día muy largo. Tenía muchas ganas de ver a Edward, y en ese momento nuestra pequeña discusión de la mañana me parecía una absoluta estupidez. Me estaba preparando un café cuando por fin sonó el timbre de la puerta. Abrí tras observar por la mirilla.

-Hola-dijo, casi con timidez.

Edward estaba parado en el umbral, guapo hasta dolerme el corazón, como siempre. Llevaba unos vaqueros negros, camiseta azul, tenía ambas manos en los bolsillos, y me observaba dubitativo. Sin pensarlo ni un segundo me abalancé sobre él y me abrazó con fuerza. Sus labios se desplazaron por mi cabello hasta mi rostro y de ahí a mis labios, besándome con ternura, una y otra vez.

Por fin, tomé su mano y lo conduje a la mesa de la cocina. Nos sentamos frente a frente y esperé a que él hablara. Mientras una de mis manos aguantaba mi taza de café la otra se entrelazaba con la suya.


Me encantó la escena del libro (lde la película también, aunque es algo distinta) donde Bella le dice a Edward que no le tiene miedo y él responde que no debería haber dicho eso. Tenía que ponerla, aunque a mi manera, claro ;-).

La próxima el jueves. Gracias por leer y por comentar. Los términos médicos los podéis "googlear" pero si tenéis cualquier duda no dudéis en preguntarme.