¡Buen domingo! Gracias por leerme, y por vuestros comentarios. El próximo capítulo será el martes y pondré otro el viernes. La semana siguiente volveré a actualizar lunes y jueves como hasta ahora.


Capítulo 21

BPOV

-¡Tenías razón, Angela! Bells, nena, tu guardarropa está para que lo metan en la UCI, necesita una reanimación inmediata - comentó Anne mirando el interior de mi armario con expresión de sorpresa.

Ignoré su comentario mientras me abotonaba los vaqueros. Había perdido algo de peso, y no es que me sobrara. Tendría que alimentarme mejor, estaba claro que las sesiones de sexo con mi amante implicaban bastante gasto calórico. Por no hablar de la falta de sueño.

-Eso llevo diciéndole desde hace semanas, pero no paraba de darme largas. Menos mal que ahora tiene una buena razón para hacerme caso -repuso Angela, apoyada en el marco de la puerta de mi habitación, mirándome con sorna.

-Sí, una razón de más de metro ochenta- asintió Anne, sonriente.

-Y además, la poca ropa de vestir que tiene ni se la pone… tiene una falda preciosa gris que no usa nunca. Bueno, al menos hace muchos días que no te la he visto- comentó mi indiscreta compañera de piso.

Maldita sea, la falda. Esta mujer era una detective, un observador sabueso, y parecía que olfateaba mis secretos. Percibí mis mejillas coloreándose al recordar de forma inevitable y vívida el día en que aquella prenda de ropa había pasado a mejor vida. No me atreví a mirar a Angela y me concentré en bajar la cabeza, la mirada y calzarme las botas. Sentí un cosquilleo en mi nuca, seguramente el sitio donde mi compañera había clavado su atenta mirada. Ni siquiera sé cómo había podido hacer que se creyera que el reposabrazos del sillón lo había roto yo intentando moverlo de sitio mientras limpiaba. Quizá me vió tan sofocada que decidió no investigar más.

-Dadme un respiro, chicas- bufé, mientras me ponía las botas.- ¿Mónica tardará mucho en llegar?

- No lo creo, dijo que estaría aquí a las cinco y pasan un par de minutos -repuso Anne mirando mi despertador- Y bueno, con ese pedazo de maromo que te gastas ¿podemos saber por qué no le hacías caso a Angela? ¿Es que no te apetece ponerte guapa para él?–inquirió Anne. Ella era una chica guapa y además gustaba de realzar sus encantos. No comprendía que todas no éramos así.

-Siempre he odiado ir de compras, es un trauma infantil no superado –repuse, seria.

-¿Trauma infantil? -dijo Anne, cerrando las puertas de mi ropero y girándose para observarme.

-Sí. Mi madre es muy presumida, y le encanta ir de compras. Cuando yo era pequeña muchas veces me llevaba con ella, porque hace años hacía bastantes guardias y quería aprovechar para estar conmigo todo el tiempo que tenía libre. Como además es bastante indecisa podía llegar a tardar una hora en decidirse por qué par de zapatos o qué pieza de ropa quedarse. Es un encanto, así que las vendedoras que ya la conocían se lo tomaban con filosofía, pero para mí era un aburrimiento mortal. También le gustaba comprarme ropa a mí y hacía exactamente lo mismo, con lo que el suplicio era doble. Pasé horas y horas de mi infancia dentro de probadores y tiendas, y así fue como aborrecí esos lugares. Fue un condicionante negativo, cuando oigo las palabras "tienda", o "probador" inmediatamente empiezo a sentir ansiedad - me subí la cremallera de la bota y me puse de pie.- Lista. Cuanto antes nos vayamos antes volveremos.

-Que te crees tú eso, Bella Swan. Hoy que tu chico está de guardia eres toda nuestra. Iremos de compras, haremos una sesión de peluquería y manicura, y luego cenaremos en un restaurante de la zona marítima-dijo Anne. La miré horrorizada y se carcajeó. De repente se oyó el claxon del coche de Monica.

-Eh, paso por lo de ir de compras y la cena, pero nada más- repuse firmemente, dirigiéndome veloz hacia las escaleras, como si escapara de algún peligro. Anne y Angela me siguieron.

-Bueno, lo de la manicura y la peluquería era broma para hoy, pero quedan para otro día. No, si al final Edward nos hará un monumento- se burló Anne. Me giré y le hice una mueca.

-A él le gusto tal como soy.

-Eso no lo dudo, Bella, pero aún le puedes gustar más. ¿Qué mal hay en ello?- repuso.

-Vale, vale… a ver, chicas, os estoy acompañando a hacer algo que va en contra de mi religión, ¿no? Fin del tema -gruñí mientras cerraba con llave la puerta de la casa.

Ang y yo subimos a mi coche de piloto y copiloto, y en el asiento de atrás se colocaron Mónica y Anne. En el sorteo me había tocado llevar mi coche y conducir a la ida y a la vuelta. Cuando se estaba poniendo el cinturón de seguridad Angela se inclinó hacia mí y me susurró:

-Ya me dirás dónde te olvidaste tu falda gris, porque me he quedado muy intrigada- la miré con los párpados entrecerrados, sonrojada.

-Eso es privado, señorita "quierosaberdemasiado"- espeté, mientras ella apretaba los labios para no sonreír. Suspiré y puse en marcha el coche y lo dirigí hacia la carretera. Iba a ser una dura jornada.

Llegamos a Port Angeles en mi coche y fuimos directamente a un gran centro comercial que había en las afueras. En esos sitios me sentía un poco como en casa, porque todos eran parecidos, con prácticamente las mismas tiendas. Mis amigas me hicieron entrar en absolutamente todas las tiendas de ropa femenina que había en el lugar, me obligaron a probarme decenas de pantalones, vestidos, faldas y jerseys. Me quedé con tres jerseys, un vestido, y un par de pantalones y faldas.

-Bueno, espero que estéis satisfechas, porque hasta dentro de un par de lustros no repetiremos esta experiencia. Ha sido una auténtica tortura - protesté.

-No seas quejica, Bells, aún nos queda la mejor parte.

-¿De qué se trata? ¿De clavarme astillas entre las uñas y la carne de cada dedo? ¿Quemarme con hierros candentes? - Angela sonrió ampliamente, y Anne y ella se dirigieron una mirada pícara.

-Eres una plañidera, Bella Swan, y una desagradecida. Esto lo hacemos por ti, y por lo menos Edward sí nos lo agradecerá - repuso Anne, y entre ambas me acercaron a la lencería. Monica iba cubriendo la retaguardia, como si en cualquier momento fuera a darme la vuelta y salir huyendo. Cosa que, por cierto, se me había pasado por la cabeza.

-Ah, no, por ahí no paso –negué con firmeza, pero no me sirvió de nada, se habían colocado una a cada lado, me habían tomado por los brazos y me arrastraron al interior de la tienda. Jamás habría pensado que unas chicas tan delgadas pudieran tener tanta fuerza. ¿Serían vampiras y yo no lo sabía?

-No pienso mirar nada de por aquí. Podéis obligarme a entrar pero no a mirar- dije tapándome los ojos con las manos.

-Eso de trabajar con criaturas contagia comportamientos extraños. ¡Bella! Si no miras te vamos a comprar lo que nos dé la gana y será peor, porque te compraremos el conjunto más indecente y pervertido que podamos encontrar y luego le preguntaremos a Edward si le ha gustado nuestro regalo. Y somos capaces -aseveró Anne cruzada de brazos, imperturbable.

Me sonrojé nuevamente sin poderlo evitar. Edward tenía mayor autocontrol ahora, pero al principio de nuestra relación unas cuantas piezas de mi ropa y principalmente de mi lencería acabaron hechas trizas entre sus manos. No quería ni imaginar cuánto podía durar en sus manos un conjunto excesivamente provocador. Era tirar el dinero.

-No pagaré lo que me compréis- dije, alzando el mentón orgullosamente.

-Y tanto que lo harás, lo pagaremos nosotras, será nuestro regalo de… no sé… ah, de bienvenida, que no te hicimos ninguno ¿verdad, chicas?-dijo Monica desde detrás de mí.

-Vaaaaale, os odio a las tres, ¿lo sabéis? - refunfuñé, y empecé a mirar entre las perchas de la tienda.

Al final escogí un par de conjuntos, uno en negro y otro en azul, y un camisón que me daba vergüenza hasta mirarlo y no sabía si me lanzaría a ponérmelo. Era ropa interior mucho más atrevida de la que solía usar, pero también me apetecía cambiar.

Una vez finalizamos las compras fuimos a cenar a un restaurante de la ciudad. Estaba situado en el puerto, cerca de la cafetería donde Edward y yo tuvimos nuestra primera cita. Me parecía que habían pasado muchos meses desde entonces y tan sólo habían sido unas pocas semanas. Era ya de noche, pero el tiempo estaba siendo más primaveral, y eso se notaba en la mayor afluencia de turistas.

-Este tiramisú está de vicio. Si me dieran a elegir entre él y buen sexo, no sabría qué escoger- dijo Anne relamiendo la cuchara de forma un tanto provocadora. El camarero la echaba miradas de soslayo de vez en cuando, y yo me alegré de no tener el don de Edward para leer los pensamientos.

-¿Por qué tienes que escoger? Se pueden mezclar las dos cosas- repuso Angela con sonrisa traviesa.

-Mmmmm, tienes razón, Angela, no hay por qué escoger – respondió Anne entornando los ojos mientras seguía con la cuchara en la boca.

-Nena, cálmate, me da ganas de deciros a ti y al tiramisú que os busquéis una habitación- comentó Mónica, simulando estar escandalizada.

-Vale ya. Las tres. Si ya sois unas pervertidas sin ir achispadas no os digo nada ahora, con un par de copas de más. Ya está bien - la verdad es que con esa conversación me estaba alterando un poco, y sin darme cuenta estaba echando de menos a Edward.

-Lo que tú digas, madre superiora. Estás amargada porque te ha tocado a ti conducir y no puedes beber. Venga, anímate y cuéntanos algo de Edward, ¿qué tal es en la cama?

-Eso son cosas privadas, Anne. ¿Y qué tal es Paul? - contraataqué.

-A Paul aún no lo he catado, pero te aseguro que no tardará en caer. Y no cambies de tema. ¿Si yo te contara algo íntimo de Paul tú me contarías algo de Edward?

-No- concedí.- Tú misma lo has dicho. Eso es íntimo.

-Otro día te emborrachamos y nos lo cuentas.- Ante mi silencio se giró hacia Angela.- Ang, explícanos tú algo ¿son ruidosos?

-No, que va, cuando duermen juntos parece que hagan eso, dormir- contestó mi amiga con expresión de inocencia. Si Angela supiera las veces que Edward había ahogado mis gemidos y mis gritos en su boca para que no nos escuchara… -De todas formas algo debe pasar entre ellos, porque la cara de felicidad que pone esta mujer por las mañanas da asco- rió y le saqué la lengua.

Recordé la noche en que Edward mordió una de mis almohadas para no gritar y tuvimos que recoger las plumas desperdigadas por toda la habitación para evitar que Ang las viera por la mañana y tuviera tema para meterse conmigo durante toda una semana.

-Pidamos un café antes de irnos. Lástima que mañana trabajamos, si no podríamos ir a la zona de pubs de la ciudad, seguro que ahora estará muy animada- comentó Anne.

-¿En miércoles?-me sorprendí.

-Hija, esto no es Forks. Y aquí hay mucho turismo- contestó Monica.

La noche era muy oscura, para no variar el cielo estaba completamente encapotado y no dejaba ver la luz de la luna. Cuando llevábamos unos minutos en el coche empezó a llover, una lluvia fina pero continua. No me gustaba conducir de noche y con precipitación, pero me había tocado, así que abrí bien los ojos y aminoré la velocidad, recordando la cantidad de accidentes que eran atendidos en el hospital de Forks por imprudencias. Mis amigas continuaban la cháchara pero me desatendí de ellas, con todos mis sentidos puestos en la carretera.

Y aún así me sorprendió. De pronto una sombra se interpuso en la trayectoria del coche, saliendo de la nada. Mi reflejo fue girar el volante para esquivarla. El coche patinó en la humedad de la carretera como si hubiera una pista de hielo bajo las ruedas y finalmente todo dio vueltas. Sentí un dolor muy agudo en la parte lateral de la cabeza. Escuché gritos, ruidos de metal doblándose, y de pronto silencio. Me concentré en mis sensaciones. Me dolía la cabeza, pero podía mover manos y pies. Unas voces fuera del vehículo rasgaron ese silencio.

- Dios… El coche ha dado una vuelta completa de campana.

-Hay alguien que sangra ahí dentro, tenemos que sacarles de ahí. Voy a llamar a emergencias. Mierda con el ciervo ese.

-El ciervo ha hecho lo que le ha dado la gana, yo no he podido detenerlo pero tú tampoco, Rose.

-Quitaré la llave del contacto.

Dentro del coche estábamos en silencio absoluto. De repente se me ocurrió que ellas no habían pronunciado palabra y mi corazón se detuvo por unos segundos. Y si…

-Chicas, ¿estáis bien?– dije en un tono de voz bordeando la histeria. Respiré mejor cuando una por una todas fueron contestando afirmativamente.

Una cara asomó por mi ventanilla, que estaba rota. No la distinguía bien por la oscuridad y la incesante lluvia, pero parecía una mujer joven. Quitó las llaves del contacto y habló tras echar un rápido vistazo al interior del coche. Su voz sonó serena y musical, y tenía un móvil pegado a la oreja.

-Estoy llamando a emergencias, veo que estáis todas conscientes. ¿Podéis moveros? ¿Alguna de vosotras tiene dolor? Huele a sangre.

¿Huele a sangre?

Me toqué un lado de la cabeza, donde me había golpeado, y me olí la mano. Por fin fui consciente de que el líquido cálido que me bañaba el cuello era sangre que manaba de mí.

-Yo, yo estoy sangrando. Creo que me he golpeado la cabeza contra la ventanilla.

-¿Emergencias? -dijo la chica desde fuera del coche. Pero no pude oir lo que decía porque de nuevo se oyó un sonido de hierros por todos lados y las puertas del lado del conductor y de atrás desaparecieron de su sitio– Sí, aquí les esperamos. ¿No podías sencillamente haber abierto las puertas en vez de montar el numerito, Emmet?

-Las puertas estaban atascadas, y mejor salir por ahí que por la ventana, ¿no? Dios, acabemos pronto, este olor a sangre es demasiado para mí. Yo no estoy tan acostumbrado como tú, aunque tendré que hacerlo.- Mientras decía esto, iba ayudándonos a salir del coche una por una. La chica estaba dando los datos de nuestra posición.

El que tenía de nombre Emmet, que tenía el tamaño de un armario empotrado, me tomó en sus brazos con cuidado y me sentó en el suelo, bajo un árbol junto a las demás. De pronto escuché un zumbido en mi cabeza, mi dolor aumentó y todo se volvió negro. Antes de perder la conciencia tuve un último pensamiento: Emmet, Rose… Cullen? Y escuché el grito de Angela.

-¡Bella!

EPOV

-Edward, han llamado de Emergencias en carretera. Dicen que tienen un aviso de accidente en la carretera de Port Angeles y que estemos preparados. Acaba de salir la ambulancia hacia allá -dijo Paul, asomándose al box donde me encontraba explorando a una paciente.

-¿Sabemos el estado de los heridos? -pregunté.

-Al parecer son cuatro chicas, la persona que ha llamado a Emergencias se ha identificado como médico y es quien las ha encontrado. Ha dicho que tres de ellas tienen varios hematomas y pequeñas heridas, pero que la otra está inconsciente, es la que traen primero. Edward ¿qué pasa? ¿Dónde vas?- La angustia comenzó a invadirme y busqué mi móvil. Estaba tan nervioso que me costó sacarlo de mi propio bolsillo.

-A llamar a Bella. Esta tarde iban de compras a Port Angeles Angela, Monica, Anne y ella. – Marqué su número.- Vamos, Bella, contesta, contesta- imploré en voz baja.

Paul se había acercado y esperaba en silencio, atento al teléfono y a mi expresión. Me salió el buzón de voz. Al ver que no recibía respuesta sacó el suyo.

-Voy a probar suerte con Anne. - Tampoco hubo respuesta. Nos miramos con la angustia reflejada en nuestro rostro. Él había palidecido. No hubo suerte tampoco con Monica ni Angela.

Sólo nos quedaba esperar.

De pronto se abrió la puerta de entrada de Urgencias y pasó una camilla con dos paramédicos, dirigiéndose a toda prisa al box de reanimación.

-Mujer, 26 años, traumatismo craneoencefálico con herida abierta, ha perdido la conciencia hace poco, Glasgow 10, sospechamos un hematoma epidural aunque no hay focalidad neurológica.

Apenas alcancé a oir lo último que decía el paramédico por dos razones. La primera, que esa mujer era Bella. La segunda, que su hermoso cabello, el cuello, la camisa… todo estaba empapado de ese olor que me volvía loco. Mi cuerpo me impulsaba hacia ese aroma con una fuerza imposible de resistir.

O casi imposible.

Edward, mente en blanco. No respires. No te muevas.

-¡Edward, Edward, reacciona!- sentí como me tomaban de los hombros y me intentaban zarandear. Miré enfrente mío. Paul me observaba con expresión atónita. Miré hacia el box y negué con la cabeza. No podía hablar. No debía tomar aire o no podría contenerme. Paul tomó las riendas al ver que no me movía.

-Carol, ve a llamar al adjunto de cirugía. Edward, vete a la salita -ordenó.

¿La salita? Demasiado cerca de ese aroma. Y demasiado lejos. Quería estar con ella pero no podía, no iba a ser de ninguna ayuda si perdía el control, y estaba a punto de hacerlo.

Bella.

De pronto unos brazos literalmente me arrastraron fuera del hospital. Miré sin ver al ser que tenía tanta fuerza como para movilizarme a pesar del estado en que me encontraba. El ser al que no distinguía, ya que sólo tenía ante mí la imagen de la cabeza de Bella manchada de sangre, me apoyó con fuerza contra la pared externa del edificio. Se acercó una sombra que al parecer nos había seguido y le habló a la primera sombra.

-¿No reacciona? - esa voz… hice un esfuerzo para enfocar al exterior y no a las imágenes que tenía dentro de mí.

-Está como catatónico. Mierda ¡EDWARD! ¡Reacciona, no me obligues a darte un bofetón!- Exclamó con la cara muy cercana a la mía. Por fin pude enfocar.

-Emmet…-el aludido se separó un poco, tomando aire con fuerza.- Rosalie -dije mirando a la sombra al lado de Emmet.

-Edward, has estado a punto de dar un espectáculo ahí dentro- masculló Emmet.

-No, no, he podido contenerme- contesté, frotándome la cara. La voz aún me salía con dificultad, como si no tuviera aire suficiente para hablar.

-Pues no lo parecía. Más bien parecía que estabas al límite de tus fuerzas. Menuda escenita se habría montado -bromeó mi hermano. Rosalie lo miró furibunda y este calló inmediatamente.

-No es momento, Em. Edward, ella está bien. Ha estado consciente unos minutos hasta desmayarse. Se recuperará. Estoy segura de que sólo es una fuerte conmoción. Dudo que haya sangrado interno, no había focalidad neurológica y no le palpé ninguna fractura. Ahora sólo hay que estar alertas a que no haga edema cerebral.

Escuchar estas palabras de la boca de Rosalie me tranquilizaron mucho. Era una excelente traumatóloga y su excepcional sentido del tacto y el olfato, increíbles incluso para un vampiro, la hacían aún mejor. Apenas necesitaba de radiografías y otras pruebas de imagen para detectar pequeñas fracturas o hemorragias internas.

-Gracias, Rosalie. Podrías…

-¿Entrar para preguntar por ella? Claro- Sonrió y me apretó una mano. A veces dudaba de si era tan capaz de leerme la mente como yo a ella.

El aire fresco de la noche, el olor a vegetación, iba penetrando en mí, haciéndome olvidar un poco la esencia de Bella. Pasaron unos minutos hasta que me serené un poco. Ahora tan sólo estaba impaciente por tener noticias del estado de Bella.

-¿Mejor?

-Sí…

-¿Quieres que entre y le borre la memoria al tío que hablaba contigo? Por fuerza tiene que haber notado algo raro.

-¿Paul? No, no. No he captado ningún pensamiento extraño. Ha creído que estaba así por miedo a que mi novia estuviera grave.

-Tú no habrías captado nada de nada, ni aunque te lo hubieran gritado con un altavoz pegado a la oreja, tío. Ni siquiera me has oído llegar.

-Es cierto… bueno, luego comprobaré qué ha pensado sobre la situación. ¿Sabes cómo ha sido?-me pasé la mano por el pelo.

-Lo siento mucho… Rose y yo paseábamos y hemos asustado a un ciervo. Cuando nos hemos dado cuenta de que iba directo a la carretera y hemos oído el motor de un coche me he lanzado a detenerlo pero no he llegado a tiempo- Emmet me miraba apesadumbrado.

-Los accidentes ocurren, y no ha sido culpa tuya. Lo que importa es que no ha pasado nada grave, aunque me quedaré más tranquilo cuando sepa el resultado de las pruebas.

En aquel momento Rose asomó por la acristalada puerta de Urgencias.

-Edward. El TAC es normal y Bella está despierta. Pregunta por ti.


Nadie dijo que fuera una relación fácil...¿no? Besos a todas, se os quiere. Hasta el martes.