¡Buen principio de semana! Me alegro de que la historia de Rosalie os haya parecido interesante. Con Jasper no hay ningún problema, eso os lo puedo adelantar, tiene su papel en la historia y será más adelante. Gracias a todas por leerme y por vuestros amables comentarios que, como siempre os digo, me alegran el dia. Ahí va uno más.


Capítulo 24

BPOV

Las horas pasaban rápidamente y se acercaba el jueves. Edward trabajaba en la presentación para el congreso, pero afortunadamente tenía suficiente con concentrarse en ello por las noches. De día seguíamos disfrutando de nuestra mutua compañía. Varias veces tuvimos que refrenarnos, mejor dicho, él nos refrenaba a ambos, insistiendo en que era una orden médica: yo debía hacer reposo. Cuando persistió en esta actitud el miércoles, pasados ya siete días de mi accidente, comencé a tener serias dudas sobre su sinceridad. Intuí que su actitud ya no sólo reflejaba temor por los posibles efectos tardíos de la conmoción que yo había sufrido. Ahora había algo más, pero sabía que no conseguiría nada intentando razonar con él, pues las pocas ocasiones que yo había sacado el tema desviaba la conversación por otros derroteros.

Tenía que pasar a la acción.

Aquella mañana fui al hospital con Edward para que me quitaran las grapas, cosa que hizo Jared en un santiamén.

-Qué artística sutura te hice- dijo, apartando mi cabello y observando cuidadosamente la cicatriz- Menudas manos ha perdido la alta costura conmigo.

-Lo que tú digas, pero no me imagino un traje de Armani cosido con grapas, la verdad- bufé.

-Bah, los artistas de verdad nunca son apreciados en su época- repuso él, arrugando la nariz con fingido disgusto.

Cuando estuve lista fui a saludar a mis compañeros y después llamé a la puerta del despacho de Emily.

-Hola, Bella, qué alegría verte – se levantó y fue a darme un rápido abrazo.

-Sí, yo también me alegro de estar de vuelta, y la verdad es que tengo ganas de ponerme a trabajar ya. El "trauma" me ha dado el alta y dice que mañana me podré incorporar a pleno rendimiento, con guardias y todo.

- ¿Seguro que estás completamente recuperada? -preguntó, observándome intranquila.

-Sí, fue un susto grande, nada más. Me quedará una bonita cicatriz de recuerdo, por suerte está bien cubierta por cabellos.

Estuvimos un rato hablando de asuntos del trabajo y tras despedirnos me dirigí al parking del hospital. Edward me había prestado su coche para hoy y aún quedaban muchas horas para que saliera del trabajo, así que me dirigí a mi casa y recogí lo que necesitaba para mi plan, guardándolo a buen recaudo en una pequeña maleta que usaba para llevar ropa de recambio a la casa Cullen.

Pasé a buscar a Edward a la salida del hospital, y nos dirigimos hacia su casa para pasar la que sería nuestra última velada juntos hasta su partida. Evité insinuarme y me mantuve toda la tarde en plan "qué bien estamos como amigos". En otras circunstancias él habría sospechado algo, pero ahora seguramente se sentía demasiado culpable como para recelar de mi actitud.

Cuando vino a darme las buenas noches yo aún estaba vestida y cepillándome los dientes. Me besó con suavidad en la mejilla y se marchó al comedor. Le gustaba trabajar sentado junto al fuego con el portátil, aunque por lo que yo sabía no sentía frío y podría haber trabajado de pie sin problema.

Esperé unos instantes y abrí la maleta, de donde saqué la pieza de lencería más indecente que tenía: el corto camisón negro de satén y encaje, que había comprado hacía una semana en el centro comercial de Port Angeles. Me desnudé, cogí el camisón y rápidamente me lo puse. Ni tan siquiera me miré al espejo. Enrojecí tan sólo de imaginar cómo se me vería con esa pieza de ropa puesta, pero en el comedor había un hombre bloqueado por un temor que yo desconocía y tenía que usar la artillería pesada. Aunque… ¿y si no funcionaba? Si fracasaban mis intentos sería señal de que el problema era más grande de lo que yo temía… aparte de que mi ego quedaría bastante tocado.

Pero no sería nada que no tuviera arreglo. Inspiré aire con fuerza y me dirigí hacia las escaleras.

EPOV

Aquellos días estaba ejercitando mi autocontrol hasta niveles insospechados. Bella se encontraba muy bien y era evidente que ya no necesitaba reposo. Esa misma mañana Jared le había quitado las grapas y la cicatriz presentaba un aspecto muy sano. Podíamos habernos dejado llevar como ella había intentado varias veces, pero cada vez que el deseo me acometía volvía a mí con violencia el recuerdo del perfume de su sangre. Entonces el monstruo que tenía dentro se agitaba y me imaginaba bebiendo de ella. No podía evitar que esta imagen me excitara y me horrorizara al mismo tiempo. Lo peor era que ella me había pedido hacerlo. Y ahora la deseaba pero temía no poder controlarme tan bien como hasta el momento, así que evitaba la intimidad con ella. Cuando volviera de Nueva York en unos días quizá la intensidad de mi recuerdo se hubiera apagado lo suficiente como para atreverme de nuevo a hacer el amor con Bella.

Aquella noche le di un casto beso en la mejilla y me fui rápidamente a trabajar. Absurdamente eché de menos que no se me hubiera insinuado ni una sola vez esa tarde, y que me dejara salir del baño sin dirigirme ni una sola mirada.

Estúpido, qué esperabas.

Abrí el portátil y comencé a repasar varios artículos que necesitaba conocer para poder hacer mi presentación. Me quedaban sólo unos pocos y acabaría enseguida. Después iría a acostarme al lado de Bella y pasaría el resto de la noche en su compañía, abrazándola, sintiendo su latido, su aroma, su calor… y una vez más controlando mi anhelo de estar dentro de ella.

De pronto la oí salir de la habitación y bajar las escaleras. Su ritmo cardiaco estaba acelerado, lo cual me intrigó. Alcé la vista y cuando llegó al pie de las escaleras pude verla.

Jadeé, y el portátil estuvo a punto de deslizarse hasta el suelo.

Por todos los… demonios.

Me quedé muy quieto, con las manos adheridas al ordenador, intentando controlar mi fuerza para no romperlo. Mi cuerpo se tensó como la cuerda de un arco.

-¿Te encuentras bien?- mi traidora voz sonó más ronca de lo que yo habría deseado.

-¿Qué? Ah, sí, es que me voy a preparar una infusión antes de acostarme- comentó como si no pasara nada, a pesar del rubor que invadía su rostro. Pasó por mi lado sin mirarme y se metió en la cocina. La escuché rebuscar entre los armarios durante unos eternos segundos durante los cuales mi voluntad se iba debilitando cada vez más- ¿Edward, puedes ayudarme?- dijo al cabo de unos instantes.

Diabólica mujer.

Me metí en la cocina, evitando respirar, intentando con todas mis fuerzas apartar la vista de aquella combinación de voluptuosas curvas y encaje negro. Imposible. Deseaba con todas mis fuerzas arrancarle esas ropas y hacerla gritar de placer.

Contrólate, Edward.

-No encuentro la valeriana, tú que eres más alto ¿puedes buscarla ahí arriba?- señaló una de las alacenas y luego me miró de arriba abajo. Noté que ocultaba una sonrisa. Era evidente lo que pasaba por mi mente, ella lo veía en mis ojos, y también bastante más abajo de ellos.

Se la alcancé y, casualmente, le cayó la caja al suelo, por lo que se agachó para recogerla, regalándome un excitante primer plano de su trasero. Demasiado para mí. Mi autocontrol se agotó. En un instante Bella estaba arrinconada entre mi cuerpo y la pared. Mi pecho se pegó a su espalda y le sujeté ambas manos con una de las mías.

-Te dije que no jugaras con fuego, pero tú insistes una y otra vez- susurré en su oído.

-Me gusta jugar con fuego si tú ardes conmigo... ¿no era así?- ronroneó de forma increíblemente sensual. Esa mujer iba a matarme.

Como respuesta dibujé su oreja con la punta de mi lengua, mordisqueé el lóbulo y recorrí con mis labios la delicada piel del cuello, escuchando con placer cómo sus latidos se desbocaban, sintiendo cómo se estremecía bajo mis caricias, y penetró en mí el incitante aroma de su excitación. Con la mano libre me dediqué a acariciar su cuerpo, con lentitud al principio, luego con avaricia, con el deseo acumulado durante todos esos días estallando en mí. A pesar de mis anteriores temores no había señales de que el monstruo de mi interior despertara.

Mi mano se desplazó siguiendo la peligrosa curva de sus caderas, hacia el interior de sus muslos. Como respuesta ella se arqueó contra mí, rozando mi erección con sus nalgas, provocando que un gruñido vibrara en mi garganta. Seguí mi camino, deslizando la mano bajo sus braguitas, palpando la abundante humedad acumulada en aquella zona. Gimió.

-Estás ardiendo, amor. Cómo me gusta sentirte así… - murmuré contra la piel de su cuello. Era un placer ver su vello erizarse ante ese sencillo gesto.

Mojé mis dedos entre sus pliegues e introduje dos en su interior, acariciándola en los puntos que más la encendían, provocando que sus gemidos se intensificaran. Era tan excitante provocarle ese placer y sentirla así, completamente a mi merced… Pero no me engañaba, era yo quien estaba dominado por esta mujer. Podía hacer de mí lo que quisiera, y lo sabía. Su cuerpo se retorcía intentando liberarse mientras sollozaba de placer. Mi erección empezaba a ser dolorosa, pero no dejé de atormentarla con mis dedos hasta que un prolongado espasmo convulsionó su cuerpo y mi mano se llenó de su humedad. Su respiración fue volviendo paulatinamente a la normalidad. Entonces la liberé y la volteé, observando su provocadora expresión de placer. Pasé mi lengua por mi labio inferior y vi la lujuria brillar en sus oscuros iris.

-Te quiero. Te deseo. Ahora - habló con voz entrecortada.

-Amor. Debes ser paciente - sonreí de lado y la tomé en brazos, depositándola en la mullida alfombra que teníamos enfrente de la chimenea. En un instante me despojé de mi ropa. Ella intentó hacer lo mismo pero la detuve.- No. Déjame que te desnude.

-No lo destroces. Quiero que me dure más de una noche- suplicó.

-Esto no es una prenda, es un arma destructora. No puede estar en tu poder- contesté mientras le deslizaba las braguitas hacia los pies.

Las aparté y volví a erguirme. Bella me miraba con los ojos llameantes. Por encima de la suave tela tomé sus pezones entre mis dedos y los acaricié. Su aliento se agitó de nuevo mientras una de sus manos se perdía entre mis cabellos y la otra se dirigía a mi miembro, que comenzó a acariciar y presionar por toda su largura. Se puso de puntillas y tiró de mi cuello, atrapando mis labios con su boca, mordiéndome el inferior y succionándolo, al tiempo que aumentaba la presión de su mano sobre mí.

-Deseo tenerte dentro de mí, llenándome. Mi cuerpo está vacío sin el tuyo. Te echaba de menos - murmuró contra mi boca.

Bella me estaba excitando cada vez más y me costaba controlar la situación, era ella quien llevaba el ritmo y a mí me estaban pasando factura los días de abstinencia. La tumbé delicadamente sobre la mullida alfombra y me coloqué encima de ella, intentado recuperar el control, pero sus caricias estaban volviéndome loco. Me besó profundamente y su lengua trazó dibujos sobre la mía, sobre mis dientes, en un beso exigente que hizo trizas lo poco que quedaba de mi dominio. Por encima del fino tejido aprisioné uno de sus pezones entre mis dientes y lo introduje en mi boca, mordiéndolo suavemente. Se arqueó contra mí.

-Te necesito ya. Soy tuya - Rogó.

Sus palabras de entrega me trastornaron. Necesitaba unirme a ella, perderme en su cuerpo, más de lo que jamás había necesitado. Entré en su cálido interior en una sola embestida. Gritó mi nombre y me abrazó fuertemente, clavando sus uñas en mi espalda. Levantó sus piernas y me rodeó con ellas, profundizando aún más la penetración.

-Dilo otra vez. Di que eres mía, Bella. – La besaba y la mordía en la boca, la oreja, el cuello, saboreaba su piel y su seductor aroma mientras me hundía en ella, intentando controlar la fuerza que instintivamente se apoderaba de mí.

-Tuya, soy tuya, Edward. Siempre- dijo, clavando sus brillantes ojos en mí.

Cubrí sus apetitosos labios con los míos y mi lengua devoró su boca. De pronto ella retomó el control y sin que yo tuviera voluntad para evitarlo me empujó suavemente, sin separarse apenas, quedando yo sentado y ella encima de mí a horcajadas. Pasó las manos por detrás de mi nuca, entrelazándolas con mi cabello, y comenzó a moverse sobre mí, jadeando cada vez más, mientras inclinaba la cabeza hacia atrás y cerraba los párpados con abandono. Mis manos acariciaban la largura de su espalda, sus pechos llenos, sus nalgas, disfrutando del sedoso tacto de su cálida piel. De repente ella incrementó el ritmo de sus caderas y la profundidad de sus movimientos y nuestros gemidos se elevaron con una cadencia cada vez mayor. Acerqué la boca a su cuello extendido, tentador, donde podía ver la yugular a través de la piel de alabastro, podía sentir su calor en mis labios, y la rocé con los dientes. Sin previo aviso, el monstruo de mi interior despertó. Separé de inmediato mi boca de su piel.

-Edward. Quiero que me tomes. Que bebas de mí. Hazlo, amor mío - su voz sonaba entrecortada y suplicante, mientras tiraba de mi nuca, acercándome de nuevo a su cuello.

El corazón le latía desbocado y recordé de nuevo el olor embriagador de su sangre, aquel aroma que me invadió y me poseyó durante unos interminables minutos. El deseo provocó un doloroso nudo en mi interior. Deseo de su sangre y deseo de su cuerpo. El monstruo. Edward. No sabía dónde empezaba uno y acababa el otro. Ya no era dueño de mí. Mis colmillos se extendieron, por primera vez desde que estaba con ella. Bella gimió cuando rocé su cuello y su respiración se detuvo por unos instantes. Gritó cuando mis dientes penetraron la sensible piel y se clavaron en ella, pero no fue de dolor, yo podía sentir cómo su interior se contraía una y otra vez sobre mí, mientras bebía el líquido que se deslizaba ardiente, exquisito y adictivo por mi garganta. Era la unión absoluta con la mujer que amaba. Sin separarme ni un centímetro la tumbé en el suelo y seguí succionando y lamiendo su herida mientras la penetraba. Me hundí una y otra vez en su interior, provocando con cada embestida un nuevo grito de placer. Me sentí cercano al éxtasis. Sus contracciones y sus gritos, la extraordinaria experiencia de beber de ella mientras su cuerpo me acogía profundamente… todo unido provocó que por fin mi tensión estallara, se liberara y nos llevase a tocar el cielo, esta vez juntos. Después de eso se desvaneció.

BPOV

Desperté tumbada en el sofá envuelta por una manta, apoyada en el regazo de Edward, que depositaba ligeros besos por mi frente y mi cabello. Sentirle sobre mi piel era delicioso. Al notarme despierta se movió un poco y acercó su hermoso rostro al mío.

-Esta vez no me has asustado. Con esa sonrisa pintada en tus labios era imposible que tuvieras nada grave.- Me miró con expresión seria.

-Estoy en un lío, ¿verdad?- pregunté, intentando simular un poco de arrepentimiento.

-En uno muy grande. Pervertidora... –sus ojos se entrecerraron y por fin sonrió mostrando su perfecta dentadura.

-De acuerdo, pero no me arrepiento de nada. Por un momento creí que moría de placer, de veras. Creo que me temblará el cuerpo durante días. Y no ha sido sólo algo físico, ha sido... me he sentido... -busqué la palabra- era como estar fundida contigo.

-Lo sé. Me he sentido igual - murmuró con suavidad.- Eres peligrosa, Isabella Swan. Debería tenerte miedo… pero me alegro de que me hayas pervertido -acarició mi nariz con la suya.- Aunque no deberías arriesgarte de esa forma -su expresión se puso seria de nuevo.

-No ha pasado nada, Edward. Yo lo sabía, te has podido contener- le acaricié la mejilla y su expresión se dulcificó.

-Temeraria Swan- negó con la cabeza y repartió ligeros besos por mi rostro.

-No soy temeraria, o sí, o tal vez sólo confío en ti más que tú mismo -murmuré, disfrutando de las caricias de sus labios.

-Gracias, amor. Por confiar en mí. Por el generoso regalo que me has hecho. Por hacerme sentir algo... indescriptible.

Nos besamos con ternura y nos quedamos en silencio durante unos minutos, abrazados y sumergidos en nuestros propios pensamientos.

-¿Qué crees que pasará ahora? ¿Crees que soportarás el deseo mejor que antes?

-No lo sé… puede que sí, o que sea incluso peor ahora que te he probado- deslizó sus labios por mi cuello y pasó la punta de su lengua lentamente por la herida. Me deleité en las sensaciones que me invadieron con este sencillo gesto. - Lo cierto es que ahora no siento deseo de volver a beber de ti. Parece que he quedado satisfecho, de momento… Por cierto, tendrás que ponerte un apósito o algo para ocultar esto, las incisiones son bastante sospechosas.

-Cierto, no había pensado en ello- me preocupé un poco, seguro que la intuitiva Angela sospecharía cualquier cosa rara… pero no tan rara como la que realmente había sucedido. Bueno, ya me las arreglaría. Aunque con ella no me funcionaría el camisón… ¡El camisón! Lo busqué con la mirada y Edward se percató.

-Está allá- señaló con expresión culpable.

Imposible de reconocer, mi prenda más atrevida yacía hecha múltiples jirones justo enfrente de la chimenea. Miré al vampiro, indignada.

-¡Lo siento! Ni tan siquiera recuerdo el momento en que lo he hecho. Joder, si hace cinco minutos no recordaba ni mi nombre- se quejó alzando las cejas, y compuso una mueca que desencadenó mi risa.

-Ya lo veo, lo juzgaste, lo condenaste y ejecutaste la pena. Mi pobre camisón.

-¿Camisón? Un nombre demasiado largo para una prenda tan corta. No llegaba ni a "ca".

Esta vez nos reímos los dos. Entonces me fijé en un pequeño cambio en sus iris, que al principio había atribuido a la luz del fuego.

-Están con un tono algo rojizo… tus ojos.- Él suspiró.

-Lo sé, es por haber tomado sangre humana. Pero sólo durará unas horas, porque no he tomado mucha- me miró con la culpa reflejada en su semblante, mordiéndose el labio.- Bella, prométeme que tomarás un poco de hierro estos días. No te he quitado mucha sangre, pero la necesitas toda.

-Tranquilo, lo haré.

-Y ahora necesitas dormir. Tenía que leer algunos artículos más pero lo puedo hacer mañana en el aeropuerto. Esta noche quiero estar contigo.

Y sin esperar mi opinión me alzó en brazos rodeada por la manta como si fuera un enorme rollito de primavera y me transportó a nuestra habitación.


Pues eso... ya la mordió. No sé qué os habrá parecido.

¡Hasta el jueves!