Aquí tenéis el de hoy. Gracias a las que me decís que os gusta la historia, a las que me hacéis amables críticas constructivas, a las que hacéis aportaciones, a las que preguntáis... Como ya os dije es la primera historia que escribo y son vuestras orientaciones las que me ayudan a saber cómo lo hago. Igualmente gracias a Maria José por el tiempo que dedica a "betearme" y despejar mis inseguridades.


Capítulo 26

BPOV

Como ya imaginaba, Daniel no apareció en el hospital de Seattle para ingresar. James contactó con su amigo policía y, como también esperaba, le dijo que no había nada que hacer porque no había crimen. Ni siquiera podía ordenar que investigaran a la madre de Daniel porque las sospechas no eran "de peso". Cuando James intentó la vía de la negligencia chocó con la misma pared legal. El comisario le explicó que no se podía decir que el niño tuviera una grave enfermedad y su madre le negara los cuidados, lo cual sí habría sido punible, sino que no había acudido a un centro hospitalario para completar un estudio diagnóstico, y eso no era ilegal. Resumiendo mi sensación se podía hablar de auténtica impotencia. Parecía que sólo podríamos actuar legalmente si el niño si el niño sufría. Era desesperante.

Pasé toda la semana atormentándome. Pensaba que durante el ingreso, o al menos el seguimiento del caso de Daniel, del cual me había encargado, debería haber sospechado algo. Edward estaba preocupado de verme así, y le agradecí que no me tomara por una exagerada, cosa que algunas personas pensaban, entre ellas Jessica. Yo apenas podía dirigirle la palabra, no podía evitar pensar que su falta de mano izquierda era la responsable de que la madre de Daniel hubiera huido y no tuviéramos pruebas de su manipulación.

Agotada la vía legal ya incluso antes de iniciarla opté inmediatamente por aceptar el ofrecimiento de Edward de investigar a la madre de Daniel. Jasper se encargaría de saber dónde se encontraba y qué hacía, y a partir de ahí mantenerla vigilada.

-El tiempo es fundamental en una reanimación cardiopulmonar. Cuando vayáis a comprobar los signos vitales, empezad por el pulso, y luego la respiración. Si no hay pulso, no habrá respiración, pero puede no haber respiración y existir latido durante unos minutos.

Se nota que nunca has intentado reanimar a un vampiro. Pueden respirar o no, pero nunca laten… Vaya cosas que se me ocurre pensar en plena clase, debería concentrarme en lo que están explicándome. ¿Tendré un trastorno de déficit de atención y no lo sé? No, más bien falta de sueño crónica.

De pronto sentí el codo de Mónica clavarse en mis costillas y di un respingo.

-¡Doctora Swan!- el instructor del curso de reanimación cardiopulmonar intentaba captar mi deficitaria atención y parecía mosqueado.

-¿Qué?- dejé de apoyar la mejilla en mi mano y me puse erguida.

-Estaba preguntándole por la relación que debe existir entre las compresiones torácicas y las respiraciones en la reanimación de niños.

-Quince compresiones por cada dos respiraciones, tanto con uno como con dos reanimadores.

El instructor me miró, satisfecho a medias. Estaba claro que me había echado el ojo y tendría que estar más atenta, puede que la próxima pregunta fuera más complicada.

-¿Se puede saber qué te pasa? Estás en la luna- susurró Mónica.

-Nada, tranquila, sólo es cansancio - repuse sin perder de vista al instructor, que ahora estaba conectando el simulador de desfibrilador.

Afortunadamente hicimos una pausa para el café. El instructor nos estaba provocando mucho estrés para que los alumnos nos pusiéramos en situación de urgencia vital, y un descanso era necesario. Me dirigí hacia la cafetería, donde había quedado con Edward. Lo vi antes de entrar, esperándome sentado en una mesa al lado de la ventana. Mi corazón se aceleró y recordé aquella guardia en la que me invitó a un café. Sonreí, parecían haber pasado siglos.

Al entrar pude observar las miradas de refilón que le dirigían varias de las mujeres del local. Sus bellos ojos, que observaban el paisaje exterior con mirada indiferente, se iluminaron en el momento en que se cruzaron con los míos. Se levantó de la silla y cuando me acerqué me besó fugazmente en los labios. Con eso sólo bastó para serenarme. Sólo él podía conseguir que un minuto mi corazón latiera enloquecido y al minuto siguiente la paz invadiera mi cuerpo. Pedí un café en la barra y me senté enfrente de él.

-No hay ni rastro de ella- suspiró Edward cuando le pregunté por las pesquisas que estaba haciendo su hermano- No hay ningún registro de alquiler, compra, pago con tarjeta, recibos de compañía eléctrica, móviles… a nombre de Jane Smith. De hecho, hay millones de estos registros, como puedes imaginar, pero filtrando la búsqueda ninguna es la que nos interesa. Los datos que teníamos sobre que el niño nació en Inglaterra y estaban divorciados ni tan siquiera son fiables.

En aquel momento la camarera se acercó a nosotros con mi bebida. Mientras la depositaba sobre la mesa rozó con su brazo a Edward sin quitarle la vista de encima. Sentí una punzada de ira. ¿Se podía ser más descarada? Sentí un íntimo placer al comprobar que él no apartaba sus ojos de los míos.

-¿Cómo puede ser? –sorbí mi café e hice una mueca involuntaria. Maldito café americano aguado, nunca me acostumbraría a él.

-Estoy seguro de que el nombre actual era falso y ahora ha vuelto a la identidad que tenía antes, o puede que haya adoptado una diferente. Pero lo cierto es que el rastro de Jane y Daniel Smith se inicia y se pierde en Forks. Es como si se los hubiera tragado la tierra.

-Mierda. Eso es peor de lo que pensaba. Entonces… ya debía estar huyendo de algo cuando apareció por Forks- Edward asintió, ambos habíamos llegado a la misma conclusión.- ¿Hace cuánto?

-Poco más de tres años. El niño tenía apenas un año cuando llegaron aquí.

¿De qué huía esa mujer? Mi sentimiento de impotencia era cada vez mayor, lo sentí como una opresión alrededor de mi pecho. Edward me miró con preocupación y yo evité sus ojos, reparando en su bebida.

-¿Puedo tomarme tu café? Me vendría muy bien, estoy bastante atontada.- Él movió lentamente la cabeza de lado a lado.

-No. Estás demasiado nerviosa. Si estás atontada es porque no duermes bien, y no lo vas a solucionar con sobredosis de cafeína. Al revés, lo empeorarás.

Sabía que tenía razón, pero me enervaba cuando usaba ese tono profesional conmigo. Además, cuando Edward me vetaba algo me entraban más ganas de hacerlo. Alargué la mano hacia su taza pero apenas inicié el movimiento él ya la había apurado, mirándome con petulancia. Yo sabía hasta qué punto le desagradaba cualquier comida o bebida que no se tratara de sangre, así que me quedé con la boca abierta ante su reacción.

-Isabella Swan, eres imposible. ¿Sólo disfrutas llevándome la contraria a mí, o es con todo el mundo?- me observó ceñudo, haciéndome sentir como una niña traviesa- Hablo en serio. Cada noche te despiertas varias veces. Esas ojeras cada vez son más profundas -dijo, rozándomelas apenas con sus dedos. Cerré los ojos al sentir la dulzura de su contacto.- Me preocupas. Tarde o temprano los encontraremos, Bella, debes intentar calmarte. Ella no va a hacer nada, estará alerta después de lo que sucedió y pasará un tiempo hasta que vuelva a hacer de las suyas, si es que lo intenta. Al fin y al cabo en tres años es la primera vez que actúa. Daniel no tiene más historial médico que sus revisiones normales y los dos ingresos en el hospital.

Respiré profundamente. Tenía razón. No podía seguir así, era inútil y mi salud se estaba resintiendo. Debía tomarme las cosas con más calma y frenar mi imaginación.

En aquel momento me sobresaltó el sonido de mi móvil.

-¿Bella?- la voz de mi madre sonó al otro lado de la línea.

-¡Mamá! ¿Estáis bien?- me preocupé, no esperaba una llamada de mi familia.

-Claro, hija… sólo era para avisarte con tiempo.

-¿Avisarme? ¿De qué?

-Hija, se nota que estás enamorada, vives en las nubes. ¿No recuerdas que hablamos de hacerte una visita? Por cierto, aún no nos has mandado ninguna foto de Edward, pero no hace falta, ya lo veremos en persona.

-¿C-cuándo venís?- farfullé, sorprendida.

-El próximo fin de semana, hija. Como no queremos molestarte nos quedaremos en Seattle y desde allá viajaremos a Forks para verte.

Escuché un prolongado gruñido de fondo.

-¿Qué dice papá? Creo que no está muy de acuerdo.

-Tu padre quiere pescar y prefiere quedarse en algún hotelito cerca del parque natural. Ya sabes… aburridísimo. Como vamos a estar una semana entera supongo que al final haremos mitad y mitad- suspiró ruidosamente.

Eran tan distintos que aún no comprendía cómo podía ser que siguieran juntos. Mi madre era básicamente urbanita, y a Charlie le encantaba la vida rural. Al planificar las vacaciones siempre discutían.

-Mamá… espera que hable con Angela. Hay sitio en nuestra casa, y no creo que ella tenga ningún inconveniente en recibiros. Podéis estar la mitad de días en casa y el resto en Seattle.

-Mmmm… de acuerdo, Bella, aunque no queremos molestaros, cielo. Habla con tu amiga, ¿eh? Si está de acuerdo házmelo saber hoy, porque en ese caso tendría que cambiar la reserva..

-Vale, mamá. Te quiero. Y a papá también, aunque siga enfadado conmigo.

-No está enfadado ya, hija, es que… es de pocas palabras, ya sabes - percibí que mi madre sonreía.

De nuevo escuché los gruñidos de fondo y no pude evitar sonreír yo también, maravillándome de que siguieran juntos y se amaran tan profundamente a pesar de los años y las diferencias. Colgué y quedé unos segundos pensativa.

-Tus padres, ¿eh?- Edward parecía divertido.

-Ajá- lo miré alzando una ceja, sin encontrarle la diversión a la situación.

-Creo que te llaman- dijo él, mirando por encima de mi hombro.

Me giré. Mónica me hacía un gesto desde la puerta de la cafetería, indicando que el curso estaba a punto de reiniciarse. Me despedí con un beso rápido de Edward y me uní a ella.

El resto de la tarde pasó velozmente, entre masajes cardiacos, intubaciones y electrocardiogramas. El ambiente era estresante y cuando acabamos el curso estábamos agotados y tensos. Lo que me faltaba para el insomnio.

Mientras me cambiaba de ropa en el vestuario femenino recordaba la promesa de Renée de venir a verme, pero el tiempo se me había pasado volando gracias a Edward, y mi preocupación por el caso de Daniel había hecho el resto. Tenía que hablar con Angela. Menos mal que el fin de semana no tenía guardia ni ningún plan especial… aparte de estar con mi vampiro. Pero lo cierto es que, pasada la sorpresa inicial, me apetecía mucho la visita de mis padres. Llevaba casi cuatro meses sin verlos.

Salí del vestuario y me encontré a Edward esperándome fuera, apoyado contra la pared con los brazos cruzados. Su despeinado cabello cobrizo brillaba a pesar de la mortecina luz de los fluorescentes del pasillo y vestía una camisa azul cuyas mangas dobladas dejaban ver sus fibrosos antebrazos. La llevaba informalmente por fuera del vaquero, que era de color negro. Mi pobre memoria visual jamás hacía justicia a su belleza. En aquel momento recordé la primera vez que lo vi, y especulé qué pensarían mis padres de él.

-Quisiera leerte el pensamiento- dijo, mirándome intensamente.

-Lo sé, y no sabes cuánto me alegro de mantener mi privacidad mental- le saqué la lengua y él alargó los brazos y me rodeó la cintura, anulando la distancia que nos separaba.

-Tenías esa mirada.

-¿Cuál? -me sonrojé. Mi mente estaba cerrada a él, pero el cuerpo me traicionaba.

-Esa que pones cuando dices que te deslumbro. Pero había algo más.- Me besó la cabeza con ternura e inspiró con fuerza.

-Cullen, no sé de qué te quejas, no te hace falta leerme el pensamiento- intenté aparentar fastidio, aunque su proximidad me estaba alterando, y él lo sentía. Como siempre. - Recordaba la primera vez que te vi, e intentaba imaginar lo que pensarán mis padres.

-No te preocupes por eso. Usaré toda mi capacidad seductora con ellos- me dirigió su impactante sonrisa torcida y el corazón amenazó con salirse de mi pecho. Intenté separarme un poco para serenarme pero él no me lo permitió.

-No dudo que seduzcas a mi madre, estoy segura de que en décimas de segundos la tendrás rendida a tus pies. Pero Renée es muy intuitiva, no sabes cuánto. Me preocupa que note... algo raro.

-No te angusties, Bella. Todo saldrá bien – susurró sin apartar sus ojos de los míos. Intentar descifrar su mirada me fue imposible, pero algo escondía, estaba segura.

-Para ti es fácil decirlo. Y también me preocupa Charlie. Te echa la culpa de mi decisión de quedarme aquí en Forks, con la que no está en absoluto de acuerdo. Y por si fuera poco te mirará en plan "¿Así que tú eres el que se acuesta con mi dulce hijita? Te estoy vigilando, chico"- hice una pobre imitación de la voz de mi padre.

-Pero eso no es del todo cierto- repuso muy serio, entrecerrando los párpados e inclinándose un poco sobre mí.

-¿El qué?- pregunté sin comprender.

-No sólo nos acostamos. También hacemos el amor de pie, sentados, contra la pared, en el suelo, en…- puse mi mano sobre su boca.

-¡Edward!- exclamé. Había conseguido que me sonrojara.- Pueden oírte- añadí en un tono de voz más bajo, mirando hacia ambos lados del pasillo.

-No hay nadie en los vestuarios, ni cerca de aquí –respondió besando mis dedos y apartándolos suavemente de sus labios. Su expresión cambió, provocándome un jadeo. Sus iris se estaban oscureciendo.

-Edward… no. Aquí no- balbuceé, hipnotizada por su mirada. Respira, Bella. Respira.

-¿Por qué no? He deseado hacerlo desde que te encontré justo aquí intentando librarte del acoso de Mike Newton- susurró contra la piel de mi oreja provocando que todo el vello de mi cuerpo se erizara.

Cerró aún más el cerco que me aprisionaba contra él, lo que me hizo sentir su dura erección contra mi abdomen. ¿Allí? ¿En el hospital? ¿En los vestuarios? Mi corazón latía enloquecido, y no sabría decir sí era más por la excitación que se apoderaba de mí o por el miedo a que nos descubrieran. Sin dejar de rodearme con su brazo de hierro, comenzó a moverse en dirección al vestuario femenino.

-Edward, n…-no pude continuar. Sus labios silenciaron los míos, y su lengua penetró en mi boca, invadiéndola con su delicioso sabor.

Gemí. Sentía una de sus manos acariciando mi cuerpo por debajo del jersey, generando placenteras oleadas que se dirigían directas hacia mi vientre, mientras la otra se hundía en mi cabello, sujetándome, apoderándose de mi boca. Su aliento era adictivo, embriagador, y yo apenas podía pensar, sólo sentir el fuego en mi interior, la presión de su cuerpo contra el mío, inmovilizándome contra la pared… del ¿aseo? Ni siquiera era consciente de haber entrado ya en el vestuario de mujeres. Me separé un poco para respirar. Ambos jadeábamos, aunque sólo uno de los dos necesitaba el aire.

-Quítate la ropa interior. Si lo hago yo no puedo prometerte que quede entera- pidió con suavidad sobre mis labios. Su voz era baja y ronca.

Mi última resistencia se evaporó al escucharle y ver su hermoso rostro transformado por el deseo, los iris negros y brillantes como una noche de luna nueva. Hice lo que me pedía, me quité las medias y mis braguitas. Me sentí tímida bajo su ardiente mirada.

Sin dejar de clavar sus ojos en los míos tomó el dobladillo de mi falda y lo subió lentamente, acariciando la piel de mis muslos al mismo tiempo. Nuestra respiración se hizo pesada y ruidosa. La humedad bañaba el interior de mis muslos y en aquel momento no me importaba nada más que tenerle dentro de mí. Puso una de sus manos en mi trasero y me alzó, mientras yo enlazaba mis piernas alrededor de sus caderas y envolvía su cuello con mis brazos. Deslizó sus labios por mi mandíbula, bajando hacia el cuello, lamiendo y succionando suavemente la piel. Gemí con más fuerza y él me correspondió.

-Me enloquece esa música que sale de ti. No pares- murmuró con voz ahogada por el deseo.

Atrapada entre la pared y su duro cuerpo, escuché el sonido de una cremallera.

-¡Ah!-grité sin poderlo evitar al sentirlo dentro de mí.

De su garganta salió un profundo gruñido y me besó vorazmente, su lengua me robaba el aliento poseyendo mi boca como su cuerpo poseía el mío. Su mano libre tomó uno de mis pechos, deslizando el pezón entre sus dedos, trazando círculos sobre él. La piel me ardía.

-Bella, te deseo tanto…Siénteme - susurró en mi oído, hundiéndose de nuevo en mí.

Sus palabras, su olor, su cuerpo, la situación... No pude más. Apenas un par de embestidas y mi cuerpo se estremeció con la violencia de mi orgasmo, arqueándome contra él.

-¡Edward!-grité. Él presionó sus caderas de nuevo contra mí, contra la pared. Una vez, otra, y otra. Sentí aumentar de nuevo la tensión en mi interior.

-Mírame, Bella. Quiero que esta vez lleguemos juntos- ordenó entrecortadamente.

Enlacé mi mirada con la suya mientras le recibía en mi interior y me sumergí completamente en aquella negrura tan profunda. Por unos segundos unas palabras se agolparon en mi boca, luchando por salir de ella. Pero no pude hablar, sólo gemir. Cuando de nuevo me sacudió una explosión de placer él me silenció cubriendo mi boca con la suya en un beso hambriento. Me dejé llevar por el torbellino que me transportaba liberándome, completamente abandonada en sus brazos. Apoyé mi cabeza sobre su hombro, acariciando la piel de su cuello con mi nariz, y me embriagué de su esencia mientras me serenaba. Olía tan bien…

-Esto es culpa tuya –murmuró al cabo de unos minutos. Sentí que sonreía.

-¿El... qué?- musité. Apenas podía pensar, menos aún hablar.

-Creo que beber tu sangre tiene efectos secundarios que desconocía. Antes te deseaba, pero desde aquella noche lo que siento por ti es... casi doloroso. Hasta ahora pensaba que era algo transitorio por los días que estuvimos separados.

-Oh- me había dejado sin palabras.

Me depositó en el suelo con cuidado y, en silencio, me ayudó a ponerme la ropa interior, pues yo aún sentía mis huesos como de gelatina.

No era justo. Su aspecto lucía como si acabara de salir de una refrescante ducha matutina, pero el mío... no quería ni verme en el espejo. El agotamiento del día y al final... esto. No me arrepentía en absoluto, pero en aquel momento mis neuronas estaban todas pugnando por dar las buenas noches y apagar la luz.

-¿Debería preocuparme? ¿Algún efecto secundario más que no me hayas dicho y que deba saber? - pregunté con voz débil. Edward me miró, divertido.

-Ninguno más... hasta el momento- repuso mientras abríamos la puerta del vestuario sin separar su brazo de mi cintura. Yo estaba tranquila, sabía que si había alguien alrededor él lo habría sabido.

Me daba la sensación de que llevaba escrito en la frente "acabo de practicar sexo alucinante". Al pasar por delante del guardia de seguridad que había en la recepción me tapé la cara con el cabello y miré para otro lado, mientras Edward le daba las buenas noches.

-Gracias a tu reacción ahora sí sospecha algo- bromeó Edward al entrar en el coche. O eso esperaba yo, que fuera una broma.

Viajamos en silencio hasta mi casa. Pensaba en lo que él me había dicho.

-¿Cómo sientes ahora el deseo de mi sangre? Quiero decir, desde aquella noche. ¿Sigues notándolo más suave?

-Sí. Es como si ahora deseara más tu cuerpo que tu sangre. Aunque no te engaño, me gustaría repetir la experiencia dentro de un tiempo... si tú también lo deseas- respondió sin dejar de mirar la carretera, intentando aparentar despreocupación.

Dioses. Este hombre... este vampiro iba a matarme, pero no de la forma tradicional. Lo haría a base de sobrecargas de placer. Mi traidor cuerpo respondió a sus palabras a pesar de la extenuación que lo invadía. Sentí humedad en mi ropa interior. Edward inhaló de forma evidente, y no necesité mirarle para saber que sonreía. Me ruboricé, miré por la ventanilla e intenté bromear para cambiar de tema.

-Claro que lo deseo. En el fondo sé que todo esto lo haces por mí, para que duerma bien-bromeé para aligerar el ambiente. Dormir. Necesitaba dormir.

-Eso también.

Habíamos llegado a mi casa. Las ventanas de la cocina y el comedor estaban iluminadas, indicando que Angela estaba preparando la cena. Edward abrió mi puerta y cuando salí del coche me envolvió en un fuerte abrazo.

-Te amo, Bella Swan. Jamás nada ni nadie me ha hecho tan feliz.

-Yo también te amo, Edward- apoyé mi cabeza en su pecho. En aquel momento deseé con toda mi alma escuchar el latido de un corazón, y me aferré a su cuello desesperadamente.

Al cabo de unos momentos nos separamos y me tomó por los hombros, estudiándome el rostro atentamente.

-Tengo que ir de caza esta noche, pero sabes que puedo posponerlo. ¿Estás bien?- su mirada de preocupación me sondeaba.

-Sí, muy bien. Vete de caza, además de alimentarte necesitas gastar energías o terminarás conmigo - le golpeé el hombro con suavidad, forzando una sonrisa.

-Entonces hasta mañana, amor - era evidente que no me había creído, pero me besó con suavidad y subió al coche.

Aquella noche Angela y yo hablamos durante la cena y planificamos la estancia de mis padres. Como ya había supuesto, ella estaba encantada de recibirles en casa aunque apenas los iba a ver, porque de nuevo iba doblando turnos para ir a ver a Jake al siguiente fin de semana.

Cuando cabeceé por tercera vez sobre el plato de comida mi amiga me mandó a la cama sin derecho a rechistar. Me puse el pijama lo más rápidamente que pude y me metí bajo el edredón. Me coloqué de lado, mirando hacia la ventana, y cerré los párpados. A pesar del sueño tardé mucho en dormirme; las palabras que no habían podido salir de mi boca esa tarde cuando estaba con él no cesaban de rondar por mi cabeza, atormentándome: Quiero estar contigo toda la eternidad. Hazlo ahora. Transfórmame.

No supe qué hora era cuando me desperté y lo vi enfrente de mí en la penumbra de la habitación. Arrodillado en el suelo apoyado sobre sus talones, me observaba quieto como una esfinge. Parpadeé, y extendí la mano para tocar su cara y asegurarme de que no era un sueño.

-Edward... ¿ya te has alimentado? -acaricié sus suaves cabellos.

-Sí, he tenido suerte con la caza. Te echaba de menos- susurró.

Se colocó detrás de mí en la cama, abrazándome la cintura y acoplándose a la curva de mi cuerpo. De inmediato sentí que mis músculos se relajaban. Hasta ahora no había sido consciente de lo tensa que estaba.

-Estabas inquieta en tu sueño ¿Hay alguna cosa que me quieras contar?- su voz era suave pero había cierta ansiedad.

Intenté recordar lo que estaba soñando y no lo conseguí. ¿Habría hablado en sueños? Recordé las palabras que me hostigaban. ¿Las habría pronunciado en voz alta? ¿Valía la pena hablar de ello en este momento? No, no todavía.

-No, amor- mentí.

-Entonces buenas noches, Bella. Descansa - pronunció con resignación.

No me dormí, no pude. La luz del alba invadió poco a poco la habitación y entonces me volteé en la cama, encarándolo. Su mirada dorada era dulce y preocupada al mismo tiempo.

-Es como si se me desgarrara el alma- él asintió, esperando a que prosiguiera- ¿Cuánto tiempo estás dispuesto a esperarme, a esperar que me decida a transformarme?

-Toda tu vida, amor mío.

No pude evitar una risa amarga al escucharle.

-¿Y me desearás igual cuando sea una abuelita de 80 años?

-¿Me desearías tú si yo aparentara 120 años?- alzó ambas cejas y yo no pude evitar reír con el gesto que compuso.- Quizá te desearía menos, pero te amaría igual que ahora.

-Vale. Así que aún tengo tiempo para decidirme- una lágrima brotó de mis ojos.

-Tenemos mucho tiempo, mi Bella- contestó al tiempo que lánguidamente secaba la humedad de mi cara con sus largos dedos. Luego se los llevó a la boca y los lamió.

Yo estaba enferma... enferma de Edward. Él era mi veneno y mi antídoto. Jamás tenía suficiente de él, pues cuanto más me daba más lo necesitaba. A pesar del agotamiento acumulado, de mis dudas, de todo... ese sencillo gesto, que él hizo de forma natural, me encendió.

-No creo que vuelva a dormirme. Y aún queda una hora para que suene el despertador- murmuré apartando con lentitud la vista de sus dedos. Me mordí el labio inferior y observé con placer cómo sus ojos se oscurecían a modo de respuesta.


Hasta el jueves. Llegarán los papás de Bella... ¡Gracias por vuestros comentarios, se os quiere!