¡Buen día! Os agradezco mucho el interés por leer y comentar, es un placer leeros ;-). Os deseo ánimos y mucha suerte a todas las que estáis con exámenes. Gracias también a mi beta, M.J.

Y sin más... aquí están los papás.


Capítulo 27

El aeropuerto de Seattle, el Sea-Tac, estaba invadido por multitud de viajeros que iban y venían y por familiares que acudían a recibir o despedir a sus seres queridos. Mis padres habían aprovechado las fiestas de Pascua para venir a visitarme, y al parecer mucha más gente había decidido viajar en estas fechas.

Edward había ido a recoger las llaves del coche que mis padres habían alquilado por Internet; con los datos que me habían facilitado esperaba que no tuviera problemas. Mientras tanto yo me sentía nerviosa esperando en la Terminal de llegadas, y no paraba de apoyarme sucesivamente en uno y otro pie. De hecho, lo que tenía eran ganas de saltar y correr para ahogar un poco la intranquilidad que me invadía, pero no era el momento. Y de pronto los vi.

-¡Isabella!- gritó mi madre caminando presurosa hacia mí arrastrando una gran maleta de ruedas, seguida de mi padre, que arrastraba otra aún mayor.

Ambos lucían una ancha sonrisa en sus bronceadas caras. Un momento... ¿Bronceadas? No, estaban como siempre. Me había acostumbrado a la palidez de todos los que me rodeaban, por no decir la de Edward, y ahora me llamaba la atención su sano tono de piel.

-¡Ugh!- recibí el fuerte abrazo de mi madre intentando mantener el equilibrio- ¿Cómo que Isabella?- logré articular.

-¡Ah, era una prueba! ¡Qué bien, no te han sorbido el seso completamente, sigues siendo mi pequeña Bella!

-Dejémoslo en Bella, mamá- sonreí soltándola y abrazando a mi padre.

-Bella, cielo - dijo Charlie con voz tomada. Mi padre era hombre de pocas palabras.

-¿Habéis tenido buen viaje?

-Sí, por fortuna nadie ha necesitado un neurocirujano en pleno vuelo- dijo mi madre sonriendo- aunque nos habría ido bien un pediatra, porque mira, había un bebé que lloraba bastante, pobre, debía tener una oti...-dejó la frase en suspenso y miró detrás de mí, con la boca abierta y las pupilas repentinamente dilatadas.

-¿Qué...?-la miré con preocupación. Quizá había contraído algún virus durante el viaje. Seguí su mirada hasta encontrarme con... Edward.

Por supuesto. Sin que ninguno nos hubiéramos dado cuenta mi novio había venido y se había situado cercano a mí pero a una distancia prudencial, esperando que la efusividad del reencuentro se evaporara un poco. Di un paso atrás y le tomé de la mano, acercándolo hasta situarlo enfrente de mis padres.

-Mamá, papá, os presento a Edward.

Mi madre cerró la boca, la abrió de nuevo y la volvió a cerrar, mirando fijamente a mi vampiro. Parecía un pececillo que hubieran sacado de del agua en vez de una mujer hecha y derecha. Me dieron unas ganas casi irresistibles de darle una colleja para ver si reaccionaba. Mi padre, por desgracia, lo miraba con una ceja ligeramente arqueada y la expresión acusadora que yo ya me había esperado.

-Encantado de conocerles, señores Swan.- Edward tendió su mano.

Mi padre le dió un apretón de manos breve y seco, rehuyendo el contacto demasiado prolongado. Edward se dirigió a estrechar la mano de Renée.

Y entonces lo hizo. Sonrió de tal forma que me dieron unas ganas tremendas de sacar las gafas de sol y ponérmelas.

Mi madre parpadeó varias veces, completamente deslumbrada, mientras extendía su mano correspondiendo al saludo, y sus labios consiguieron curvarse en una tímida sonrisa.

¡Por dios, mamá, que tienes una edad!

-Es un placer, Edward. Me alegro de conocerte, tenía muchas ganas de ver al hombre que ha robado el corazón de nuestra hija. Y tutéame, por favor.

Me sonrojé. No estaba acostumbrada a que mi madre hablara así. Robar corazones... vale, sí, era cierto, pero... ¿qué había leído en el avión, alguna novela de las hermanas Brontë?

-El placer es mío. Y no ha sido un robo, sólo un intercambio- repuso Edward.

Mi madre soltó una risita, se sonrojó como una colegiala y prácticamente ronroneó al escuchar la voz de mi ángel. Por dios, ¿pero qué hay hoy en el aire? Miré a mi padre y vi que este estaba poniendo los ojos en blanco. Tuve que contener una risa histérica. Parecía que cuanto más le gustaba Edward a mi madre menos le gustaba a mi padre.

Renée, Edward y yo volvimos a Forks en el Volvo, seguidos de cerca por Charlie, que iba en el coche de alquiler. Habían alquilado un Jeep Cherokee, que les iba a venir igual de bien para ir de pesca como para el tráfico urbano. La mujer que me trajo al mundo y mi novio vampiro no pararon de charlar en todo el viaje como si se conocieran de toda la vida.

Yo tenía razón, Edward tenía a mi madre comiendo de su mano desde el primer momento y mi padre era un hueso duro de roer. Estaba entre preocupada y estimulada por el desenlace de la visita; ansiaba que mi padre también diera su aprobación al hombre del cual estaba enamorada pero al mismo tiempo ardía en deseos de ver cómo se las ingeniaba Edward para engatusar a Charlie.

Había advertido a mis padres que Edward no cenaría con nosotros por sus problemas de intolerancias alimentarias, aún así en el momento de la cena hubo comentarios al respecto.

-¿Seguro que no vas a comer nada?- inquirió mi madre, observándole con preocupación.

-Sigo una dieta especial. No te preocupes, Renée- curvó los perfectos labios dulcemente.

Mi madre fue prudente y no preguntó nada, aunque le dirigió una penetrante mirada que me creó una sensación de desasosiego. Para colmo la mirada de Renée se desplazó hacia mí y no pude evitar sentir el calor en mi cara. Desvié los ojos hacia mi padre.

-¿Ese problema con la alimentación es algo que puedan heredar tus hijos?-preguntó Charlie mirando a Edward con expresión suspicaz.

-¡Papá!- lo miré furibunda, mientras sentía como la sangre recorría el camino contrario y mi rostro palidecía.

-No que yo sepa, señor Swan- repuso Edward con su expresión más angelical.

Angela distrajo la breve tensión que se había generado alabando la lasaña que yo había preparado y comentando anécdotas de nuestra convivencia. Mi madre hizo varias aportaciones en ese sentido. Mientras tanto Charlie no perdía de vista a Edward, pero a este se le veía increíblemente cómodo. La conversación fluyó por varios derroteros, hasta que, durante el café, mis padres comentaron los planes que tenían para esos tres días. Yo me había pedido fiesta el lunes para poder estar con ellos un poco más de tiempo. Iba a tardar mucho en volver a verlos. Si es que lo hacía...

-Iré de pesca mañana muy temprano, mientras Bella y su madre se dedican a ponerse al día. Después podéis venir los tres, y haríamos un pic-nic en las montañas, si os parece bien. ¿Tú pescas, Edward?-le dirigió de nuevo esa mirada de "cuidadito con la respuesta".

-No, a mí me va más la caza- repuso el aludido con una sonrisa mientras rozaba mi muslo con su mano.

El café que estaba sorbiendo se me atragantó y empecé a toser. Angela me golpeó suavemente en la espalda para que me recuperara. Charlie lo miró como dudando de lo que acababa de oir.

-No imaginaba que fueras hombre de exteriores... con esa palidez que luces.

-Toda mi familia es así de pálida, señor Swan -contestó mi novio con sinceridad. Intenté respirar en profundidad para relajarme un poco. Inspira Bella, cuenta cinco, espira, cuenta diez.

-¿Y qué cazas?

-Depredadores básicamente- y Edward comenzó a explicarle a mi padre sus extensos conocimientos sobre la fauna local de Forks hasta Alaska, pasando por Canadá. Conocía las temporadas de caza, las armas que se usaban... y que él no necesitaba, pero esa era una información innecesaria para Charlie.

Mi padre estaba fascinado. La caza deportiva nunca le había atraído, pero Edward y sus conocimientos del ecosistema local sí. Sin darme cuenta ambos estaban enfrascados en una conversación sobre las mejores rutas de los alrededores para ir a pasear, cazar o pescar. Renée, Angela y yo nos dedicamos a conversar sobre otros temas. El ambiente estaba ahora más relajado.

Mis padres y mi amiga se fueron a dormir pronto, los primeros por puro agotamiento y ésta porque trabajaba al día siguiente en turno matinal. Edward y yo nos quedamos en la cocina fregando los platos de la cena.

-No ha sido tan difícil, ¿no? -dijo, pasándome la fuente de la lasaña ya limpia para que la secara.

-Eso lo dirás tú, y no comprendo cómo. Charlie no te lo ha puesto nada fácil- froté con más fuerza de la necesaria. Mi padre me había puesto de los nervios.

-Tu padre me gusta, aunque yo no le guste a él. Sólo intenta protegerte, y por eso es borde conmigo. Cree que tengo demasiado poder sobre ti, y aún tiene que juzgar si uso bien ese poder. Y por las decisiones que estás tomando últimamente, no se lo parece.

-¡Eso también me mosquea! Como si yo no tuviera capacidad para tomar mis propias decisiones- protesté.

-¿Quieres decir que si no nos hubiéramos conocido habrías seguido con el plan que habías previsto cuando aterrizaste en Seattle?

-No lo sé... pero eso es algo que no importa ahora. Las cosas son así- insistí, cabezona.- A mamá sí la has conquistado-sonreí al recordar la actitud de Renée.

-Tu madre cree que soy un ángel bajado del cielo para cuidarte – asintió.

-Eres un ángel caído, más que bajado - le piqué, dándole un suave golpe de caderas.

-¿Doctora Swan, me está provocando?-su voz sonó melosa.

-Sólo te he llamado ángel caído y te he dado un golpe de caderas- repuse. De pronto la atmósfera de la cocina había cambiado.

-Eso es suficiente. No sé cómo pero ahora me has recordado que tengo algunas cosas pendientes contigo. He tachado sólo una de la lista.

-Sé cuál es la que has tachado - contesté, notando el calor en mis mejillas.- ¿Y qué más cosas tenemos pendientes, si puede saberse?- inquirí con un tono que intentaba aparentar indiferencia con muy poca fortuna. La excitación impregnaba mi voz.

Me alejé de él un poco. No estaba dispuesta a ponérselo fácil, pero él se secó las manos con una lentitud inquietante y dejó el trapo al lado del fregadero sin tan sólo mirarme.

-El día que te cortaste con las tijeras, ¿lo recuerdas? - ¡Cómo olvidarlo! - Angela nos interrumpió.- Se giró, encarándome. Se fue acercando a mí sin apenas moverse ni parpadear, sus ojos fijos en los míos como un cazador sobre su presa.

-Lo recuerdo - dije en un hilo de voz, dando un paso atrás.

-Y ahora miro esa encimera y pienso... - se interrumpió bruscamente y volvió al fregadero como si nada hubiera pasado.

-¿Piensas...?- pregunté, confusa. En aquel momento escuché pasos por la escalera y volví a coger el trapo.

-Hola, chicos. No sé qué me pasa que estoy agotada pero no puedo dormirme. Será el jet lag. Voy a hacerme una infusión de valeriana. ¿Dónde la tenéis? - mi madre entró en en pijama y bata, con cara de cansancio y sin darse cuenta de que la temperatura de la cocina estaba diez grados más alta que la del resto de la casa.

-En aquella alacena- señalé con la cabeza, mientras terminaba de secar las copas.

-Edward, tú que eres más alto ¿podrías alcanzármela?-pidió Renée.

La copa cayó de mis manos, pero por fortuna no se rompió. Mi mente se llenó de imágenes de la noche en que le había dicho exactamente la misma frase a Edward... la noche que bebió de mí. Aparté mi rostro color rubí de la vista de mi madre y estudié atentamente una de las copas que había secado, mientras Edward acercaba la caja de las infusiones a Renée y se ofrecía amablemente a prepararle una. Estaba segura de que él ni tan siquiera había pestañeado, pero a mí me costaba esconder mi sofoco.

Una vez preparada, Renée se tomo su valeriana en unos cuantos sorbos que a mí se me antojaron eternos.

-Bueno, chicos, gracias por la ayuda. Bella, hija, dejad eso, que es muy tarde. Y mañana tienes que estar descansada, tenemos que aprovechar el poco tiempo que tenemos juntas - diciendo esto me dio un beso de buenas noches y se despidió de los dos.

Las miradas de Edward y la mía se cruzaron. En la suya bailaba la risa pero yo, que no tenía tanto autocontrol, directamente me tapé la boca ahogando las carcajadas medio histéricas que pugnaban por escapar de mí.

-No se puede negar que te pareces a tu madre- dijo él entornando los párpados, y tuve que taparme la boca más fuerte.

Al cabo de unos minutos recuperé la capacidad de hablar. Con el incidente de mi madre la temperatura de la habitación había vuelto a la normalidad.

-Ha sido un día muy largo, Edward - sofoqué un bostezo.- Será mejor que vaya a dormir.

Le di un casto beso en los labios y me dirigí hacia las escaleras.

-Oh... De acuerdo. Está claro que esa encimera está maldita- dijo. Su voz sonó como la de un niño frustrado, y de nuevo sofoqué mi risa.

Las horas junto a mis padres transcurrieron veloces. Mi madre me expresó en varias ocasiones lo adorable que era mi novio y lo dichosa que estaba de verme tan enamorada. Por otra parte, parecía que Charlie estaba más abierto a no considerar a Edward persona non grata. Su antagonismo había mejorado un poco al volver de una exitosa sesión de pesca salvaje el sábado a la hora del almuerzo. El domingo pasamos la mañana los cuatro juntos, visitando el bellísimo parque nacional, y por la tarde Edward me dejó tiempo libre con Charlie y Renée. Aún teníamos mucho de que hablar.

El lunes lo dedicamos a pasear por Port Angeles los tres. A mis padres les gustaba el mar tanto como a mí, y aunque no hacía sol la temperatura era agradablemente primaveral. Charlie y yo nos sentamos en un banco del puerto mientras Renée se acercaba a una tienda cercana a por unos cafés para llevar.

-Papá... ¿por qué no te cae bien Edward? -mi pregunta rompió el cómodo silencio en el que estábamos envueltos y la sorpresa hizo que mi padre me mirara parpadeando. Lo pensó unos segundos y suspiró.

-No me cae mal. Bien, al principio sí, yo ya venía predispuesto en su contra, y cuando vi lo colgada que estabas por él...

-¿Colgada? – reí entre dientes al escuchar a Charlie expresarse de esa forma.

-Enamorada hasta la médula, si lo prefieres. Me preocupé mucho al verte así, hija - desvió la mirada hacia el mar al notar mi sonrojo. - Cuando amas le das mucho poder a la otra persona sobre ti, y yo no sabía cómo Edward iba a usar ese poder... pero me ha hecho cambiar de idea.

-¿El qué te ha hecho cambiar de idea?

Charlie dudó un poco antes de contestar. No solíamos tener conversaciones profundas, pero no tendríamos muchas más oportunidades de dejar las cosas claras antes de que se marcharan y para mí era importante.

-Su forma de mirarte-dijo con suavidad.

No necesité que se extendiera más. Le tomé de la mano y pestañeó un par de veces antes de apartar sus oscuros ojos de nuevo, ojos que yo había heredado, incómodo pero feliz.

-Aún así sigue sin gustarme nada la decisión que tomaste – apuntó. Yo suspiré entre exasperada y aliviada. "Charlie Gruñón" no se había ido ...

Mis padres habían previsto partir rumbo a Seattle al terminar la cena. Para mí estos últimos momentos en su compañía estaban resultando especialmente duros. En un arrebato masoquista, o quizá realista, intenté imaginar cómo me sentiría si fuera nuestra última despedida y jamás los volviera a ver. Me invadió un sentimiento de desolación tan brutal que jadeé. En aquel momento mi madre entraba en la cocina.

-Hija... ¿qué te sucede?- Me observó con cierta ansiedad a pesar de que intenté componer una sonrisa.

-Nada, mamá. Estoy bien- agité la cabeza y me centré en lo que estaba haciendo, cortar una tarta para el postre.

-Bella. Dime la verdad. Dentro de poco nos vamos a separar y no sé cuándo volveré a ver a mi hija.

Era lo que faltaba para hacer que las lágrimas fluyeran por mi cara.

-En serio, estoy bien, es que... ya os echo de menos y aún no os habéis marchado- Renée me abrazó con fuerza, meciéndome.

-Hija, nosotros también te echamos de menos. Pero estoy feliz de ver que tienes a alguien que cuide de ti y de que tienes una buena amiga. Y nosotros seguiremos estando ahí, para lo que tú necesites. Aunque estemos a miles de kilómetros- me dijo con voz serena y firme.

-Gracias, mamá- el calor y la seguridad de su abrazo y sus palabras me invadieron como cuando era una niña y acudía en busca de consuelo. Respiré profundamente y sonreí con sinceridad.- Y ahora vamos a sacar este pastel antes de que Charlie venga a asesinarnos por haberlo dejado solo con Edward.

Era miércoles. Mis padres estaban ya en Seattle, recordando lugares comunes y visitando a antiguos amigos, y mi madre me llamaba cada día para asegurarse de que estaba bien.

Aquel día me tocaba llevar el busca por la mañana, y parecía que iban a fundírsele las pilas al trasto diabólico, porque había ido loco desde que yo había tomado el relevo. Ahora que ya no teníamos apenas gripes ni bronquitis nos atacaban los virus primaverales. Hoy tocaba gastroenteritis.

-¿Y cuántas veces dice que ha vomitado?- pregunté a la madre de mi pequeño paciente, mientras le palpaba el abdomen.

Era un niño con muchas cosquillas y estaba resultando más difícil de lo esperado. La madre dudó durante unos segundos y contestó:

-Por lo menos 10 veces.

-¡Qué vaaaaaaaa!- exclamó el pequeño desde la camilla, agitando una mano y mirando a su madre indignado. Acto seguido giró la cabeza de nuevo hacia mí y añadió con aplastante seguridad para ser un niño de cinco años- Dos.

Tuve que aguantar la risa al notar la expresión de la señora mirando a su hijo. Era del tipo "quién eres tú y qué has hecho con mi pequeño".

Salí del box y me dirigí al mostrador situado en el centro de la sala de Urgencias para escribir tres informes de alta.

-Los resultados de la analítica de tu paciente, Bells- Angela dejó el papel en el mostrador y se alejó. Le eché un vistazo a los resultados y salí disparada detrás de mi amiga.

-Ang, ¿te sucede algo? -me situé a su lado, acomodando mi paso al suyo.

-No, no. Es sólo cansancio... ya sabes, tanto doblar turnos no es bueno para la salud.

-Cierto. ¿Quieres que tomemos un café rápido?- levanté el papel que me había entregado-. Doy este informe de alta y nos escapamos diez minutos.

-No, Bella, ahora no puedo- curvó los labios pero la sonrisa no le llegó a los ojos.

-Está bien... entonces luego podemos quedar para tomar algo en el pub- insistí.

-Puede. Luego hablamos, ¿vale?- me apretó el brazo a modo de despedida y se metió en el box de traumatología.

Fin del diálogo.

Me preocupaba mi amiga. Hacía un par de días que la notaba taciturna, no la había visto así desde que nos conocimos, y eso me creaba ansiedad. En varias ocasiones le había preguntado si le pasaba algo, pero la respuesta constante era una negativa. ¿Tendría problemas familiares y no me lo había dicho? Sabía que también era hija única y que su relación con sus padres era muy distante, quizá el verme a mí con los míos había despertado viejos fantasmas en ella. O quizá era Jake... ¿la estaría presionando para dejar su trabajo en Forks? Lo cierto es que no tenía ni idea de qué era lo que agobiaba a Angela. Agité la cabeza para librarme de estos pensamientos y me metí de nuevo en el box de pediatría.

La mañana del sábado me levanté temprano. Había quedado con Edward para ir de excursión. No me podía creer que estuviera haciendo tantas excursiones. En el pasado mi torpeza me había vuelto reticente a todo lo que fuera senderismo, pero la belleza de aquellos parajes, el profundo conocimiento que Edward tenía de ellos y la seguridad que me proporcionaba su compañía había conseguido variar mis gustos. Ahora era una actividad que esperaba con gran placer.

Me dirigí al baño pero vi la luz bajo la puerta y bajé las escaleras para ir al aseo de la planta baja.

Desayuné mi bol de cereales y preparé café. Era extraño. Angela aún no había salido del baño y había pasado casi media hora. Subí las escaleras y llamé suavemente a la puerta.

-Angela.

No hubo respuesta.

-Angela, contesta, por favor, me estás preocupando.

Pasaron unos eternos minutos hasta que escuché su voz.

-Pasa, está abierto- sonó rota y eso me hizo abrir la puerta de golpe, asustada.


Parece que la visita de los padres ha ido bien, ¿no?

Gracias por seguir leyéndome y dejar vuestras opiniones. Besos y hasta el lunes. Cuidaos mucho.