Buenos días. Seguimos con la historia (al menos yo...). Tengo que deciros que me encantan vuestras sugerencias, no os cortéis ;-). El argumento está en mi cabeza y tengo unos cuantos capítulos adelantados, pero lo bueno de ir escribiendo es que, a veces, una frase o un comentario de una lectora me ha inspirado para cambiar algo de los capítulos siguientes... Así que ya lo sabéis, no sólo me alegra leer vuestros comentarios sino que influís en el relato. Lo del embarazo o no embarazo de Bella... tenéis buenas ideas. Ya veremos qué pasa. Pero ya os dije que Edward es estéril, y eso no lo cambia nadie. Ya expliqué mis motivos.

Que no se me olvide desear suerte a I love Edward con sus papeles para la admisión en la Facultad de Medicina. Suelo responder a vuestros comentarios por mensaje, pero creo que os responderé a todas aquí, porque si no sólo puedo contestar a las que comentáis y estáis registradas.

Gracias a Maria José por su lectura. Para no variar (que más quisiera), los personajes de Twilight no me pertenecen, la historia sí.

Pues nada, que ya estamos en la "Rain city". En mi perfil hay un par de fotografías si alguna quiere ambientarse, pero no son necesarias para la historia.


Capítulo 29

-Bien, ¿y cuál es el plan?- pregunté.

Estábamos parados en medio de la calle, enfrente del hotel, como dos turistas más. El día era típico de Seattle, nublado pero con una temperatura bastante agradable. No parecía que fuera a llover en breve, pero lo más probable era que en un momento u otro cayera alguna que otra gota, así que llevaba un práctico paraguas plegable en mi bolso.

Habíamos estacionado el coche en el parking del hotel y, tras firmar en recepción, dejamos las maletas en manos del botones. Ni siquiera habíamos visto la habitación. Edward lo había preferido así con la excusa de que teníamos poco tiempo para disfrutar de paseos turísticos en nuestro corto fin de semana, pero yo pensaba que era lo más sabio si de veras íbamos a hacer turismo. Sólo de pensar en estar con él en una habitación de hotel me ponía la libido por las nubes... aún más.

-Bien, algo que hemos de hacer por fuerza es subir a la Aguja Espacial. La tenemos aquí al lado, así que podemos hacerlo ahora- repuso él señalándome con un gesto de la mano el más representativo edificio de la ciudad.- Luego tenemos mucho donde elegir. ¿Hay algo que desees ver? Está el mercado Pike Place, el Centro de Ciencias Pacific, nos podemos perder por las calles del distrito histórico... -sonrió viendo que yo asentía a todas sus sugerencias con entusiasmo infantil.

-He oído que el Zoológico de la ciudad vale la pena- añadí a sus sugerencias.

-No quieres ir al Zoo, Bella- negó, moviendo lentamente la cabeza de uno a otro lado, mirándome fijamente.

-¿Cómo que no quiero...?- protesté, y él levantó una mano para detenerme.

-Perdona, quería decir que no quieres ir al zoo... conmigo- se puso la mano en el pecho para remarcar la última palabra. Entonces comencé a comprender.

-¿Por qué? ¿Sería como una especie de buffet libre prohibido o algo así?- le piqué.

-Isabella Swan, tú sí eres una especie de buffet libre prohibido, y no te salto a la yugular a la primera de cambio- sonrió burlón y yo me ruboricé. Era un gran avance en nuestra relación, hacía un mes no se habría atrevido a bromear con ese tema.- Me refiero a que yo no engañaría a los demás animales tan fácilmente como a los humanos. No querrás aterrorizar a esos pobres seres que no tienen la más mínima posibilidad de huída y lo saben, ¿verdad?- sin dejar mirarme puso sus dedos bajo mi mandíbula con suavidad y me di cuenta de que lo contemplaba boquiabierta.

Distraída, negué con la cabeza. De pronto mi mente había estado vagando por otros derroteros, recordando la noche en que tomó mi sangre. Sonrió torcido, como si me leyera el pensamiento, pasó su brazo por mi cintura y empezó a caminar en dirección a la Aguja Espacial, arrastrándome con él.

Visto lo visto, tenía razón: lo mejor sería alejarse del Hotel.

-Vale, Zoo descartado- dije, concentrada en los folletos que había cogido del mostrador de la recepción.- ¡Oh! ¡En el Centro de Ciencias hacen una exposición sobre Harry Potter!- exclamé, mostrándole el papel.

-¿Harry Potter? ¿Magos, hechizos, escobas que vuelan? – se burló enarcando una ceja.

-Ajá. Y vampiros- repliqué muy seria.

-Y brujas- respondió con intención, sujetándome inmediatamente las manos para detener el golpe que iba a propinarle.

-Serás...- gruñí.

-Me refiero a que me tienes hechizado y todo eso, no te lo tomes a mal- rió.

Me besó mientras sujetaba mis manos por detrás de mi espalda y le correspondí con pasión. Se separó unos centímetros de mi cara y pude ver que sus ojos se habían oscurecido levemente.

-¿Entonces, empezamos por la Aguja?- murmuró cerca de mis labios, su aliento dulce embriagándome.

Tuve que esperar unos segundos para recordar de qué estaba hablándome. A la mierda, llévame a la habitación. Pero no fue eso lo que contesté.

-A la Aguja- repuse, intentando frenar mi agitada respiración.

*.*.*.*

La vista de Seattle a 200 metros de altura era espectacular.

-La visibilidad no es muy buena hoy, pero siempre vale la pena subir aquí.- explicó Edward. Asentí, convencida.

-Y de noche debe ser increíble- comenté, observando la ciudad desde lo alto. Los lagos Unión y Washington se veían magníficos.

-Claro que lo es. Luego lo comprobarás.

-¿Qué?

-He hecho una reserva en el restaurante. Tenemos una mesa... al lado de la ventana.

-¿Cómo lo has conseguido?- No debía ser fácil encontrar una reserva libre con tan poca antelación.

-Uno tiene sus contactos – guiñándome un ojo me tomó de la mano mientras nos dirigíamos hacia el ascensor.

Habíamos decidido pasear por el bonito distrito histórico de la ciudad aprovechando que la lluvia se hacía esperar. Podíamos dejar las actividades a cubierto, como la visita al Centro de Ciencias, para el día siguiente... si es que la hacíamos. No me apetecía encerrarme en ningún sitio, quería disfrutar de ese día con Edward, rondar por las calles, deleitarme de nuevo con la vitalidad, el movimiento, la velocidad y el anonimato de una gran ciudad. Me gustaba la vida tranquila en Forks pero ahora, al estar de nuevo rodeada de altos edificios y con toda esa animación, sentía que mi cuerpo había echado de menos todo eso y vibraba de energía.

Tomamos el monorraíl y nos dirigimos hacia Westlake center, otra zona de la ciudad. Posteriormente paseamos por la zona histórica y, bendiciendo nuestra buena suerte climática, compré unos sandwiches para hacer picnic en uno de los bonitos y grandiosos parques de la ciudad. Cuando acabé mi bocadillo, me tumbé sobre el pecho de Edward, que estaba apoyado contra un enorme cedro. Inmediatamente me rodeó con sus brazos y sentí cómo inhalaba y besaba mi cabello. Cerré los ojos, completamente relajada, abandonándome con laxitud a la sensación de ser amada.

Jamás había sido una romántica, y a pesar de tener un ejemplo de amor duradero en mi propio hogar no creía en el amor eterno. Pero Edward y su familia me habían demostrado que uno podía continuar seducido por la misma persona durante siglos. Edward me había hablado de la relación que mantenían Esme y Carlisle, Alice y Jasper, y yo misma había sido testigo de cómo se miraban Emmet y Rosalie. Parecía ser una característica de su especie, quizá un instinto, aunque pensado así no sonaba muy romántico. Angela había dicho que Edward sería capaz de pedirme que me casara con él pero que no lo hacía por no asustarme. ¿Tendría razón? Por mi parte, yo me sentía completa e inevitablemente atraída por el hombre que me tenía entre sus brazos. Cada vez que lo miraba sentía el mismo flechazo en mi pecho, el mismo cosquilleo en mi estómago, la misma necesidad de tocarlo, de que me tocara. ¿Sería siempre así?

-Estás muy pensativa hoy- Edward rompió el silencio y me acarició la piel de la cara con dedos fríos. Su piel amoldaba su temperatura a la del exterior, y empezaba a hacer fresco.

-Pienso en cuánto te amo- murmuré. Sentí sus brazos ceñirse con más fuerza a mi alrededor.

-Entonces no deberías estar tan silenciosa- noté que sonreía.- Vamos a movernos un poco, comienza a refrescar demasiado para estar en el césped. Además, diría que va a llover- Se puso en pie ágilmente y alargó su mano para ayudarme a levantar.

-¿Ya tienes pensado qué querrás hacer cuando acabes la especialización?- me preguntó Edward mientras salíamos del parque cogidos de la cintura.

-No sé decirte. Tenía las cosas tan claras hasta que te conocí... y ahora ni siquiera soy capaz de decidirme- el sonrió.

-Quizá te dejabas llevar por lo que tu padre consideraba mejor para ti y no era lo que de veras deseabas.

-Y quizá ahora me dejo llevar por lo que siento por ti- repliqué.- Me nublas el entendimiento. Pero ¿sabes qué?- añadí rápidamente cortando su réplica- Que me da igual. Lo que de veras deseo es estar contigo, me da igual el sitio. Supongo que por eso no me acabo de decidir. Porque no es important...eh!- Edward me acababa de levantar del suelo con el brazo que me rodeaba la cintura, haciéndome volar para sortear un amplio charco que había cerca de la acera. Una pareja de ancianos pasó por nuestro lado y nos sonrió con simpatía.

-Vale, la próxima vez que me vayas a poner en órbita avisa, tengo vértigo- dije, riendo.

Seguimos paseando entre las animadas calles de la ciudad durante el resto de la tarde hasta que tomamos un taxi para volver al hotel, pues se aproximaba la hora de la cena. El clima seguía siendo benigno con nosotros y no había llovido en todo el día.

-Alice me llamó el otro día-comentó Edward. Estábamos sentados en la parte de atrás del taxi, su pulgar derecho acariciando el dorso de mi mano izquierda.

-¿Alice?- inquirí.

Alice me había llamado varias veces y en todas y cada una de ellas se disculpaba por su comportamiento en nuestro primer encuentro. Rosalie me llamaba una vez por semana y hablábamos de todo un poco. Ahora se le había metido en la cabeza que cuando acabara la especialidad tenía que conseguir un postgrado en Harvard y subespecializarme. Parecía una hermana mayor, y yo estaba segura de que si Charlie la conociera se iban a llevar muy bien. Ella jamás me hablaba de transformarme, pero estaba preocupada porque me labrara un futuro aparte de la relación con su hermano.

-Sí, me ha pegado la bronca porque en todo este tiempo que ha pasado su marido es el único Cullen que no conoces. Así que ha organizado una cena.

-¿Una cena para los cuatro?

-No, una cena con toda mi familia. Si estás de acuerdo- añadió con cautela.

Lo cierto es que ya era hora de conocer a la familia de Edward al completo. Hacía tiempo que quería agradecer a Jasper el interés que se había tomado con todo el asunto de Daniel, pero la sola idea de estar sentada a una mesa con un montón de vampiros observándome mientras comía me resultaba un tanto inquietante, y no pude evitarlo. Involuntariamente me recorrió un ligero escalofrío.

-Bella, ¿tienes miedo?- Edward se movió en su asiento encarándome con mirada incrédula.

-Es que me impone conocer a mi familia política- repuse, sonriendo torpemente. Por si no fuera bastante con la mueca que había dibujado mi rostro, me sonrojé ante su escrutadora mirada.

-No puedo creer que a estas alturas tengas miedo de... lo que somos. Y menos después de...- no continuó pero clavó sus ojos en la zona de mi cuello que sus colmillos habían perforado, ahora ya sana y libre de marcas delatoras.

-Sí,- confesé- ¿no será una cena un poco rara?-de repente se me acercó tanto que sentí su aliento contra mi oreja.

-Tú procura no hacerte ningún corte y todo irá sobre ruedas- susurró en voz apenas audible- lo miré a los ojos y pude detectar la risa brillando en ellos, mientras apretaba sus labios escondiendo la sonrisa que pugnaba por salir a la superficie.

-No tiene gracia, Edward Cullen- fruncí el ceño y le di un pequeño golpe intentando apartarlo de mí. Mi cuerpo estaba empezando a responder como lo hacía ante su cercanía.

El se apartó un poco sin apartar la vista de mis ojos, esta vez sin ocultar la sonrisa que curvaba sus apetitosos labios. En aquel momento el taxista estacionó delante de nuestro hotel. Edward abonó el importe de la carrera mientras yo salía del vehículo. Cuando el taxi se alejó él se plantó delante de mí con las manos suavemente apoyadas sobre mis hombros.

-¿Cuál es el problema?

-No sé, me imagino la situación... y no lo puedo evitar- de nuevo mi piel sintió un suave escalofrío. Esta vez él me miró con cierta tristeza. Levantó su mano y rozó apenas la piel de mi mejilla. Esta vez el escalofrío que sentí no tenía nada que ver con la inquietud.

-No quiero que te sientas incómoda u obligada, Bella. Les diré que posponemos la cena, ya se me ocurrirá alguna excusa.

-¡No!- exclamé, no soportaba ver esa expresión en sus ojos.- No. Tan sólo... no sé, no puedo imaginar estar cenando y vosotros ahí mirándome. Me da apuro.

-Ya le dije eso a Esme, pero la pobre pensó que eso te haría sentir más cómoda, más como si fuéramos... humanos. No sabes lo bien que podemos fingir que comemos. Son muchos años de práctica. O podemos comer de verdad y luego irnos al baño a vomitar...

-¡Pero vaya tontería! Sé lo que sois, y que finjáis comer o comáis y luego vomitéis la comida o lo que sea que hagáis no me va a hacer olvidarlo. Edward, no le des más vueltas, ha sido una reacción totalmente involuntaria. Ahora lo he pensado mejor y quiero hacerlo. Pero que no sea una cena. Yo llegaré a tu casa ya cenada, y nos podemos reunir en el comedor, cerca de la chimenea...- me sonrojé de nuevo al terminar la frase. No podía evitar pensar en aquella chimenea con la gruesa alfombra frente a ella sin recordar "aquella" noche.

-Lo sé- murmuró él mientras sus largos dedos acariciaban mi cuello.-Yo tampoco puedo estar ahí sin acordarme de ti.

Sentía el aire más denso a nuestro alrededor. Si seguíamos así al entrar en el hotel dudaba que volviéramos a salir hasta mañana por la mañana como mínimo. Le eché un vistazo a la Aguja Espacial, despidiéndome silenciosamente de la cena. De pronto escuché la musical risa de Edward.

-Doctora Swan, que usted carezca de autocontrol no significa que a mí me suceda lo mismo- me besó rápidamente en los labios y, tomándome de la cintura, me condujo hacia la entrada del Vintage.- Te he prometido una cena a doscientos metros de altura y la vas a tener- afirmó.

¿Era yo tan evidente o sólo que él era bueno leyendo mis expresiones? Sonreí con timidez y meneé la cabeza. Supuse que ambas cosas.

La suite que nos esperaba superaba ampliamente a mi escasa imaginación. Me quedé parada como una estatua en el umbral de la habitación, mirando el interior con la cara de un niño en el día de Reyes. El interior era luminoso, amplio y la decoración era cálida. A través del amplio ventanal y a pesar de la escasa luz del crepúsculo destacaba la majestuosa vista de la Aguja Espacial. Las nubes acariciaban la línea del horizonte, amenazando descargar encima de nosotros toda el agua que habían reservado durante el día.

En aquel momento me elevé sobre el suelo y no pude evitar que se me escapara primero un grito y luego una carcajada. Edward me había tomado en sus brazos y entraba en la suite. Me depositó con suavidad en el suelo y le tomé de la mano para explorarla. Tras un pequeño recibidor había una sala con gran sofá y dos sillones dispuestos cerca de una falsa chimenea. Me ruboricé al mirar a la chimenea. ¿Hasta cuándo va a durar esa reacción de mi cuerpo?. A la izquierda de la sala se abría la puerta que daba al dormitorio. Lo presidía una enorme cama de matrimonio, y disponía de otro enorme ventanal similar al de la salita contigua. La visión de la cama no hizo sino potenciar mi sensación de timidez. No me comprendía a mí misma. Había compartido muchos momentos íntimos con el hombre que, de pie a mi lado, me tomaba de la mano suavemente. ¿Por qué de pronto sentía como si fuera nuestra primera vez? Percibí la respiración de Edward, que de pronto era lenta y profunda.

-Voy a meter las maletas en la habitación- dijo con suavidad. Liberó mi mano y, giró sobre sus talones.

Aproveché para meterme en el baño. Era tan perfecto como el resto de la suite. Disponía de una amplia bañera con jacuzzi a la que se accedía por unos escalones. Dioses... aquí cabemos los dos juntos. Sentí un estremecimiento de placer en mi vientre ¡Contrólate, Isabella! A su lado había una ducha con columna de hidromasaje. Acaricié la suave y fría superficie de la mampara, y miré la hora en mi teléfono móvil. Ya me había duchado por la mañana, no necesitaba hacerlo. Tendría que ir arreglándome ya o llegaríamos tarde a la reserva del restaurante.

Me giré para ir a buscar mi maleta y choqué contra el duro cuerpo de mi novio, al que no había percibido a pesar de estar casi pegado a mi espalda. Reboté contra él de tal forma que tuvo que tomarme por la cintura para evitar que me cayera hacia atrás. Apoyé mis manos en su pecho y alcé la cara para recriminarle que no me hubiera avisado de su presencia, pero no pude hablar. Su expresión era contenida pero sus iris eran oscuros. Jadeé. Durante unos segundos nos quedamos paralizados, sólo sentía, sentíamos, el vertiginoso latido de mi corazón. Él no respiraba, y me di cuenta de que yo tampoco cuando sentí la imperiosa necesidad de inhalar una bocanada de aire. Él cerró los párpados durante unos instantes y suspiró. Al abrirlos vi que sus ojos volvían a tener el cálido tono ámbar.

-Me pones difícil lo del autocontrol echándote de esa manera en mis brazos, Bella- sonrió.

Iba a contestarle que si no se acercara tanto a mí o por lo menos avisara de ello no provocaría que mi conocida torpeza se manifestara, pero lo dejé en un rápido:

-Vale.

Abrí mi pequeña maleta y saqué el vestido que había traído, la ropa interior, los zapatos y mi neceser de maquillaje y me encerré en el baño. La cena en el cielo de Seattle empezaba a pender de un hilo tan fino que no habría podido soportar el peso de una araña, y esa era la mejor manera de evitar tentaciones por ambas partes.

Me puse el vestido, era quizá demasiado ligero para esa época del año pero el fin de semana nos había bendecido con temperaturas agradables y lo aproveché. Unas finas medias negras que me llegaban hasta la parte alta del muslo y unos zapatos de tacón completaban el conjunto. Me quité la goma de la coleta y peiné mis rebeldes ondas hasta que cayeron con suavidad por mi espalda. La imagen del espejo me devolvía una mirada brillante y unas mejillas sonrosadas producto del estado de excitación en el que me encontraba, por lo cual me limité a delinearme los ojos, ponerme sombra de ojos en marrón y beige, rimmel y pintarme los labios con un tono melocotón. Me miré en el espejo satisfecha con el resultado. Respiré profundamente, abrí la puerta del baño y me dirigí a la habitación. Supuse que Edward ya se habría arreglado. Cuál fue mi sorpresa al encontrarme una nota sobre la mesa de la sala, donde distinguí la elegante caligrafía de mi novio.

Bella, te espero en recepción.

E.

Pues vaya. ¿Qué mosca le había picado ahora? Tomé mi bolso y la chaqueta y salí de la suite, un poco contrariada. Al salir del ascensor miré a mi alrededor buscando a Edward.


Me ha salido muy azucarado, ¡lo sé, lo sé! ¡Sobredosis de dulce! Pero quería que estuvieran juntos sin... sin. De momento. *Tos de disimulo*

El próximo lo cuelgo el domingo en vez del lunes... Gracias por leerme y dejar vuestros comentarios. Que sepáis que antes de escribir el capítulo estuve echando un vistazo a una web de turismo en Seattle y lo de la exposición de Harry Potter en el Pacific Science Center es cierto, aunque ya no la hacen.

Besos a todas. Se os quiere.